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La situación del español en la
ciencia y la tecnología
Lucila Pagliai
Doctora en Letras de la Universidad de Buenos
Aires
Argentina
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Si tuviera que definir mi lugar
aquí, diría que he sido invitada en calidad de «híbrido posmoderno», con un pie en el
campo de las Letras y otro en los sistemas de investigación científica y tecnológica,
especialista en todo y en nada, para estar a la altura de los tiempos.
Como hispanohablante argentina (y más
precisamente porteña), las postulaciones y opiniones de este trabajo se apoyan
exclusivamente en mi visión del contexto latinoamericano urbano y letrado y
de las complejas relaciones entre un «nosotros» al sur del Río Grande al que tomo
como conjunto soslayando diferencias que sé insoslayables en otros niveles de
análisis y el mundo anglófono del norte desarrollado, también tomado como un todo
con las mismas salvedades que el conjunto anterior.
Esos son el bagaje, la experiencia y el sesgo
desde donde hablo. Datos que no me pareció irrelevante adelantar en un Congreso
Internacional de la Lengua Española. |
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En este trabajo, me propongo
plantear algunas cuestiones vinculadas con la situación del español en la ciencia y la
tecnología en relación con la lingua franca, el prestigio cultural, el poderío
económico y el dominio tecnológico, con el fin de circunscribir ciertos aspectos del
problema y adelantar algunas propuestas.
Jergas ha habido siempre en la ciencia y la
tecnología: se trata, por definición, de un mundo iniciático regido por determinados
paradigmas de investigación y desarrollo, con producción sólo evaluable por los pares,
y fuertemente ligado al poder de la corporación. Dado el concepto de acumulación
alrededor del cual se organiza, tampoco es una novedad que científicos y tecnólogos de
distintas nacionalidades hayan siempre recurrido para comunicarse e intercambiar sus
hallazgos a una lingua franca, que fue variando a lo largo de los tiempos en
función de la hegemonía de las naciones que esa lengua expresaba.
La situación del español en la ciencia y la
tecnología nunca hubiera sido una preocupación central en un Congreso Internacional de
la Lengua Española de no haberse producido un cambio sustancial en la superficie de
contacto entre ciertos productores de sentido científico-técnico y una
importante mayoría de extraños a él. Mientras nuestros lógicos, matemáticos o
físicos hablaban entre ellos (bien o mal, con mucha o poca contaminación
lingüística, de acuerdo o no con la norma y el uso de la lengua), por ejemplo, sobre las
expresiones del álgebra de Boole, a muy pocos incomodaba: nada nuevo desde Pitágoras,
Euclides o Aristóteles en el discurso científico de Occidente. |
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La cuestión cobró dimensiones
de problema acuciante cuando sofisticaciones científicas como el álgebra de
Boole desembocaron en desarrollos tecnológicos patentables y en productos de una
industria punta que por su intrusión masiva y creciente en la cotidianeidad se convirtió
en un hecho de cultura revolucionario.
Nadie ignora que los avances actuales en el campo
de la investigación científica y los desarrollos tecnológicos ligados a los sectores
más dinámicos de la economía tienen en el inglés su lengua vehicular. Verdadera lingua
franca del fin de este milenio, su imperio por el momento avasallador
deriva de problemáticas conocidas para los sociolingüistas: el grado de vitalidad,
cohesión, expansión, difusión y penetración de una lengua depende del prestigio que,
para propios y ajenos, tenga la cultura de la cual es portadora; como es sabido, en el
imaginario colectivo de Occidente, la cuestión del prestigio, además de los símbolos
visibles de refinamiento y sofisticación entre ellos, el buen uso del idioma, desde
la época de Isabel la Católica, estuvo siempre determinada por dos factores
subyacentes: el poderío económico y el dominio tecnológico. |
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Como corresponde al estado actual
de las relaciones de poder, la consecuencia lógica es que el lenguaje de las nuevas
tecnologías tenga en el inglés su lengua hegemónica: en ese idioma se piensan y
configuran los sistemas operativos, se entablan los diálogos con la máquina, se
establecen los protocolos y se estructuran los mensajes, se escriben los materiales
instruccionales y, voluntaria o involuntariamente, esa forma particular de ver, segmentar,
pensar y decir la realidad que constituye la lengua inglesa impregna y controla de
manera creciente dada su extensión hacia públicos cada vez más amplios los
sistemas de comunicación. |
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Lenguaje, cultura, ideología e identidad
Si el lenguaje y la tecnología son actualmente
dos vehículos interactuantes de comunicación, como tales, se hallan impregnados de
ideología en tanto sistema organizador de la cultura. Sin entrar aquí en la complejidad
del debate semiótico sobre la ideología, el lenguaje y la cultura, diré que utilizo el
término ideología en el sentido que le da Umberto Eco (1974) en un trabajo en el
que parte del conocido modelo de Hjemslev, que organiza el lenguaje en «forma y sustancia
de la expresión» y «forma y sustancia del contenido», para trasladar sus alcances al
análisis semiótico de la cultura, a la que Eco sitúa en el campo de las formas del
contenido: «Cuando se habla de 'ideología', en sus variadas acepciones, se entiende
una visión del mundo compartida por muchos hablantes y, en el extremo, por toda una
sociedad»; esas visiones del mundo se integran en distintos sistemas semánticos y
estos en un Sistema Semántico Global que constituyen «modos posibles de dar forma
al mundo». Cada sistema semántico, en consecuencia, da cuenta de una visión parcial del
mundo y, como tal, «puede ser revisado teóricamente cada vez que nuevos mensajes, al
reestructurar semánticamente el código, introduzcan nuevas cadenas connotativas y, por
lo tanto, nuevas cadenas de valor». |
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En ese marco, «la ideología es
un mensaje» que la sociedad va adquiriendo gradualmente «como elemento de código»
(126); dado que «la estructura sintáctica del código precede a la individuación de los
elementos pertinentes de significado, el sistema semántico no genera la estructura
sintáctica del código, sino que ocurre lo contrario, y somos obligados a ver la
estructura del mundo en términos impuestos por el sistema de reglas generativas del
código. En ese caso, no es la cultura la que determina el lenguaje, sino el lenguaje el
que determina la cultura» (131).
En otro nivel y con otro alcance, estas
conclusiones resultan útiles para ilustrar el problema que nos ocupa; digámoslo así: la
cultura hispánica, en tanto sistema configurado por una determinada visión ideológica
del mundo organizada en el sistema semántico del español, se genera a partir de la
estructura sintáctica del código de la lengua española; de ahí que, la amenaza
concreta sobre el sistema de reglas generativas de ese código que supone actualmente el
avance del sistema de reglas generativas del código de la lengua inglesa en los grandes
sistemas de comunicación y en las diversas interfases con las máquinas, apunta, en
última instancia, a los basamentos de la cultura que porta la lengua española. |
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En esa línea de análisis, es
interesante recordar que cada modelo hegemónico a través del sistema semántico de
su lengua también hegemónica crea su propia ideología modeladora de la vida
cotidiana de la sociedad: el capitalismo de la Revolución industrial, por ejemplo, se
construyó alrededor de conceptos como el trabajo y la libertad (à la limite, la
libertad de contratos).
El capitalismo de la globalización se constituye
sobre un concepto des-concertante en tanto oxímoron estructurado sobre la idea de unidad
de un mundo fragmentario: un gran mercado concentrado para una aldea planetaria de entidad
virtual y existencia viable por y en las tecnologías de la comunicación, naturalmente
hegemonizadas por la anglofonía.
En ese mundo cada vez más competitivo y
oligocrático, la cercanía informativa como ilusión totalizante y democratizadora cumple
la función de avecinar las piezas del mosaico global que la lingua franca
reunifica, traduce, vuelve inteligible y hasta amigable en la apariencia. |
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Al borde del nuevo milenio parece
haber surgido entonces un nuevo «darwinismo social», que coloca la clave de la
supervivencia no ya en ciertas aptitudes sino en la capacidad de acceder a las nuevas
tecnologías. En estos momentos, «conectarse», aunque sea precariamente, con la
estructura de pensamiento que plantea la máquina, es decir con el código de la lengua
dominante en el mundo de las comunicaciones y las tecnologías de la palabra, significa
poseer una contraseña, algo así como lo que Jacques Derrida (1986), refiriéndose a la
forma de pronunciar determinada sílaba en los tiempos bíblicos de Efraín, define en el
interior de una lengua como un schibboleth: «toda marca insignificante,
arbitraria» que no tiene ningún sentido en sí misma, pero que se convierte en un rasgo
distintivo «para pasar una frontera», «acceder al derecho de asilo» o «ser habitante
legítimo de una lengua».
Para que sea efectivo como salvoconducto, como
contraseña, no solo es necesario conocer el schibboleth; es necesario conocer la
diferencia, controlarla, participar de ella. «Esta inscripción de la diferencia en el
cuerpo (por ejemplo, la capacidad fonética de pronunciar de un modo u otro o de acceder a
las nuevas tecnologías de la palabra, se podría agregar) no es siempre natural, ni tiene
que ver con una facultad orgánica innata. Su origen supone, en sí mismo, la pertenencia
a una comunidad cultural y lingüística, a un ambiente de aprendizaje, en suma, a una
alianza» (cfr. Sztrum, 5). |
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Extrapolando estos conceptos de
Derrida, podría decirse que en la sociedad actual de la información y la comunicación,
la no posesión del schibboleth, la no pertenencia a la comunidad cultural y
lingüística que tiene acceso a las nuevas tecnologías, comienzan a actuar como factores
estigmatizadores que generan fracturas entre las generaciones, las clases sociales, los
territorios, los hablantes de distintas lenguas, los lugares y niveles de acceso; al mismo
tiempo que lo supranacional, lo urbano, los servicios, las lenguas codificadas, el cambio
volátil y lo descartable van adquiriendo prioridad social cada vez más excluyente (cfr.
Bulot y Delamotte Legrand 1995).
En el marco de esta descripción crítica del
modelo, el problema central que subyace a la defensa del idioma es el de la
democratización del acceso a la cultura tecnológica: no son ciertamente las clases
dominantes, ni los intelectuales, ni los miembros de la cultura empresarial o corporativa
los que carecen de las llaves de ingreso ni los que eventualmente perderán el castellano
frente a los avances del inglés; tampoco los científicos y tecnólogos cuyas relaciones
con las cuestiones de la lengua siempre han sido muy peculiares. |
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La situación del
español en la ciencia y la tecnología
Para Gianni Vattimo (1986), existe una relación
casi causal entre la presencia omnímoda de las comunicaciones y lo que ha dado en
llamarse posmodernidad (y también sociedad posindustrial): «Se puede
convenir que la modernidad se caracteriza por el 'primado del conocimiento científico'
(...), pero hay que precisar que hoy esta primacía se manifiesta sobre todo como la
primacía de la técnica, y no en un sentido genérico (cada vez más máquinas para
facilitar la relación del hombre con la naturaleza) sino en el sentido específico de las
tecnologías de la información. (...) Precisamente aquí es probable que esté la
diferencia entre lo «moderno» y lo «posmoderno» (17-18).
Más allá de la especificidad del vedetismo
técnico posmoderno del que habla Vattimo, lo cierto es que ciencia y tecnología son dos
caras interactuantes de un mismo quehacer.
En ese marco, para comprender mejor el estatuto
actual de la lengua española en los circuitos internacionales de investigación en
ciencia y tecnología, me parece interesante retomar algunos aspectos vinculados con el
discurso científico y los mitos de su objetividad y ahistoricidad. |
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Si se piensa en la distinción
entre «discurso explicativo» y «discurso argumentativo», pocos dudarán en incluir al
discurso científico en el primero y al ensayo de opinión en el segundo. Sin embargo,
como señala Herman Parret (1995), «los textos científicos contienen estrategias
explícitas de persuación y manipulación. El hombre de ciencia emplea técnicas
canónicas que manifiestan un saber-hacer. Estas estrategias y técnicas traicionan
en el sentido de denunciar, dejar ver una estructura de poder (por ejemplo, la
asimetría académica entre el profesor y el estudiante, el establishment
científico).
La 'voz' del hombre de ciencia o del filósofo
funciona como un actante al que se oponen anti-sujetos (proyectados por el propio actante)
y co-sujetos (por ejemplo, ciertas corrientes o tradiciones científicas generalmente
citadas a menudo por el actante)». Como en el más puro discurso doxológico, en el paper
científico «el anti-actante es un oponente imaginario y su presencia en el texto da la
posibilidad de una discusión interna o de un diálogo implícito o escondido» (66).
Entre estas postulaciones de Parret me interesa
rescatar las siguientes: el concepto de «saber-hacer», la cuestión del «poder
científico» y la dialéctica entre «anti-sujetos» y «co-sujetos» del discurso, para
tratar de mostrar a través de ellos las relaciones actuales entre el español y la lingua
franca. |
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Como es sabido, la investigación
y el desarrollo son posibles gracias a tres factores interactuantes: decisión política
de promoverlos, financiación para llevarlos a cabo y masa crítica de recursos humanos.
Basado en escamoteos ideológicos de corte deontológico sobre los cuales se construye, el
«saber-hacer» del discurso científico se vincula, entre otras cosas, con la habilidad
para plantear líneas de investigación financiables, como si fueran objetivamente
necesarias para el progreso de la ciencia en el marco de las necesidades de crecimiento de
la propia sociedad.
En este aspecto, tanto los anti-sujetos
como los co-sujetos elegidos por el actante para configurar el dicurso científico
patentizan (a través de la cadena de citas, contactos académicos, referencias a centros
de investigación, etc.) las relaciones de poder en tanto marcas de pertenencia o
exclusión del establishment científico nacional e internacional. |
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Es obvio recordar que el
prestigio, traducido en la mayor o menor apropiación por otros del discurso científico,
es directamente proporcional a su cercanía a los centros y laboratorios líderes en cada
rama del conocimiento que, al ser los que generan y arriesgan las investigaciones y los
desarrollos punteros, encaminan naturalmente hacia las líneas de su interés el grueso de
la financiación (propia y ajena a través de convenios de intercambio, proyectos
conjuntos, joint-ventures, etc.); más obvio aún es recordar que estos centros y
laboratorios se hallan localizados en su flagrante mayoría en países no hispánicos del
norte desarrollado, y que si la lengua vehicular del mundo científico y tecnológico es
desde hace años el inglés, no se trata de una lineal injusticia imperialista sino del
propio peso de las investigaciones y desarrollos que se piensan, producen y comunican en
esa lengua (cfr. Martín Mayorga 1995).
En ese sentido, este breve texto producido por un
grupo de investigación argentino me parece paradigmático: «La presente solicitud de
participación del Profesor... está basada en la gestión avanzada de un programma de
cooperación técnica con la JICA (Japan International Cooperation Agency) para la
creación del Animal Science and Meat Research Center, en el Departamento de Zootecnia de
la Facultad»; la facultad de la que se habla pertenece a la Universidad de Buenos Aires,
los redactores del proyecto son investigadores de habla hispana y los pares encargados de
su evaluación también, pero la actividad para la que se solicita financiación está
localizada en un centro argentino cuyo nombre oficial está en inglés, sin que medie en
el texto ninguna de las marcas habituales (comillas, bastardilla, subrayado) que muestre
en sus autores la necesidad de indicar que saben, al menos, que se trata de palabras en
una lengua extranjera. |
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Esto nos lleva a otras
comprobaciones de interés ligadas a la llamada «conciencia lingüística», es decir, a
cómo un hablante, según Bulot y Delamotte Legrand (1995), «percibe su propia práctica
lingüística y la de su entorno, cómo la nombra y cómo define las relaciones de su
habla con las hablas que lo rodean» (125): sin duda, el cuidado de la lengua materna como
instrumento precioso de comunicación y las complejas relaciones entre lenguaje, cultura,
ideología e identidad no entran en las preocupaciones de la mayoría de los científicos
y tecnólogos, sean o no hispanohablantes (y tampoco cabría agregar en la de
los empresarios ligados a la innovación tecnológica, en cuyas manos están, entre otras,
las decisiones concernientes a las formas de transmisión y difusión de las nuevas
tecnologías entre interesados y usuarios).
Esta no incumbencia, este «estar en otro lado»
de los científicos y tecnólogos con respecto a la lengua tiene antiguas raíces en la
vieja dicotomía entre «lo bello y lo útil», «la poesía y la técnica», «las
ciencias del espíritu» y «las ciencias de la naturaleza», acentuada por la taxonomía
científica del positivismo. |
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Esta suerte de divorcio
histórico entre lo que a comienzos de la década de 1960 se sintetizó en conceptos como
«cultura de los intelectuales literarios» y «cultura de los científicos básicos» se
refleja, además de en su posición divergente frente al valor agregado de la lengua, en
la paradoja de que la cultura científico-técnica por definición elitista y
críptica para la mayoría de los mortales asimila «cultura letrada» con «cultura
erudita», a la que rechaza por su discurso enclaustrado y reaccionario. Por otra parte,
el hecho de que el cuidado y el control del idioma se asocie con instituciones
prototípicas de la cultura erudita como las Academias de la lengua, alejó aún más a la
comunidad científica y tecnológica de una visión menos sesgada del problema.
Terminología
científico-técnica y transmisión de know how
Además de la legítima preocupación por el buen
manejo del idioma en personas que poseen los más altos niveles de educación formal
no se trata de una cuestión de estilo sino de claridad de pensamiento, otro
aspecto inherente a la comunidad científica y tecnológica que suele preocupar a los
interesados en cuestiones de la lengua es el de la terminología. |
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La globalización de la economía
trajo, en el plano lingüístico, un efecto colateral, especialmente ligado a
instituciones académicas de vigilancia y control de la lengua y a empresas editoriales
afines: la producción en inglés-español de varios y diversos glosarios, repertorios y
diccionarios de términos científicos y tecnológicos, flagrantemente sesgados hacia las
nuevas tecnologías de la información y la comunicación, como no podía ser de otra
forma. A estos materiales en inglés-español, en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay,
debido a los intercambios producidos en el marco del Mercado Común del Sur o MERCOSUR, se
agregan repertorios terminológicos en portugués-castellano y castellano-portugués, que
ponen en relación términos ligados a la necesidad concreta de comunicarse entre
productores y consumidores en el español de la Cuenca del Plata y en el portugués del
Brasil, de la manera más afinada posible.
En cuanto a la producción de glosarios,
repertorios o diccionarios en inglés-español, me interesa apuntar aquí dos inquietudes
relacionadas con la materia que abordan y con la amplitud geográfica hispanohablante.
Por una parte, la uniformidad en la comprensión
del léxico, en inglés, de la alta tecnología es casi universal: on line, software,
chip, modem, format, server o e-mail quieren decir lo mismo
para cualquier no anglófono que entienda operativamente lo que quieren decir, aunque
desconozca el término equivalente en su lengua. Por la otra, la existencia en el español
de variantes significativas de uso especialmente visibles en el vocabulario
según de qué comunidad lingüística se trate: si bien la lengua española es una en el
inmenso y diverso espacio en que se la habla, ¿se puede consignar en un diccionario que
en toda América Latina se dice «afiliado a un servicio telefónico»? ¿o se dice
abonado? ¿computador o computadora? ¿ordenador? ¿contestador automático o secretaria
electrónica? ¿fax o telefax? Si se quiere ser serio desde el punto de vista
lexicográfico, habrá que atribuir cada variante a el o los países correspondientes.
Pero, diferencias como éstas, ¿constituyen variantes significativas para la
comprensión? ¿es útil y necesario consignarlas en un dicionario de estas
características? |
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Estas y otras preguntas
semejantes sobre la función y el alcance de este tipo de glosarios, repertorios y
diccionarios conducen a una problemática central: ¿a quiénes se destinan estas
publicaciones? ¿para qué se las utiliza? ¿quiénes serán sus usuarios principales? Por
tratarse de terminologías en gran parte ligadas a máquinas personales accionadas por
inexpertos, es evidente que la cuestión de los repertorios tecnológicos actuales se
vincula, en última instancia, a otra de suma importancia en un negocio dominado por las
compañías anglófonas: la traducción de los materiales instruccionales o procedurales.
La palabra «traducción», en este caso,
adquiere una carga semántica doble: el objetivo de un buen material instruccional
debería ser, por una parte, traducir el lenguaje tecnológico a los códigos culturales
habituales del usuario común, no especializado y generalmente cauteloso frente a las
novedades; por la otra, traducir la lengua original de redacción de las instrucciones a
un español estándar, correcto y adecuado.
El discurso instruccional en apariencia tan
simple y obvio como para no haber merecido hasta ahora especial atención en el ámbito
empresarial iberoamericano y tampoco en el universitario no especializado constituye
un caso particular dentro del conjunto más amplio de los enunciados directivos, con
recursos gramaticales específicos (el modo imperativo en el español, por ejemplo)
destinados a reflejar relaciones cognitivas y de interlocución asimétricas entre el
emisor y el receptor (un experto autorizado a dar instrucciones explícitas sobre el
procedimiento y un receptor que desconoce el procedimiento y quiere aprenderlo: algo así
como el modelo discursivo de la transmisión oral del maestro artesano de la Edad Media a
su discípulo aprendiz). |
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Si bien el modelo de instrucción
de los manuales y folletos actuales sigue siendo básicamente el mismo, dada la
complejidad de la cadena de mediaciones entre el experto y el usuario, la instrucción se
caracteriza por ser siempre diferida, lo que dificulta la transmisión secuencial del
procedimiento y refuerza la necesidad de ajustar las estrategias del lenguaje a una
comunicación no presencial, a distancia y mediatizada por la escritura.
«Como acto de habla, la instrucción se
encuentra orientada hacia la acción extraverbal. Requiere, por lo tanto, formas
discursivas que vinculen habla y actividad». Para Peter Dixon, es precisamente esta
característica de «discurso orientado a la ejecución práctica de acciones» la que
otorga al discurso instruccional autonomía comunicativa y funcional. Sin entrar en la
discusión del problema, solo apunto aquí que para otros lingüistas como Greimas o Jean
Michel Adam la instrucción sería una subclase de la narración (Greimas) o de la
descripción (Adam). (Cfr. Silvestri 1995, 11-18.)
Dada la condición de hecho cultural invasor y
revolucionario que han adquirido las nuevas tecnologías de la información y la
comunicación, todo indicaría que la problemática de su traducción a lenguajes
comprensibles para el mayor usuario actual (individual, doméstico, solitario ante la
máquina) no se vincula con la siempre iniciática y sofisticada terminología
científico-técnica de manejo exclusivo de los especialistas, sino con la producción de
un discurso procedural que actúe como interfase calificada entre el tecnólogo y el
usuario; es decir, con la producción de materiales instruccionales cada vez más claros y
amigables, centrados en el receptor y no en el emisor, escritos en buen castellano y con
un manejo adecuado tanto del vocabulario tecnológico como de las secuencias del
procedimiento. |
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Esta escena, tan familiar en la
América Ibérica, que describe el escritor argentino Juan Martini (1996), es inimaginable
en el mundo desarrollado: «Hace pocos días, en un diario de Buenos Aires, los
proveedores argentinos de Internet denunciaban que el 90 por ciento de las consultas que
reciben se deben a la ignorancia de los usuarios. El problema es que los proveedores
prometen más de lo que cumplen: conexiones instantáneas, comunicaciones on line,
velocidad de vértigo, sonido como en el cine, acceso a foros o newsgroups... El
problema es que los proveedores no configuran bien los programas que cada usuario
necesita. El problema es que los soportes técnicos están compuestos por dos o tres
jóvenes que no dan abasto para sostener tanta demanda insastifecha... Hay, como siempre,
una alternativa.
Es la siguiente pesadilla: usted insiste y su
proveedor le manda un técnico a su casa servicio que hay que pagar aparte, es
claro y así llega a su casa un joven que no habla, no escucha, mastica chicle, se
sienta cinco minutos frente a su máquina, teclea con indiferencia, hace una brevísima
demostración, dice, 'OK, man'. Usted firma y él se va. La pesadilla se hace
realidad cuando usted intenta reproducir algo de lo que el joven técnico le demostró que
se podía hacer... Es un momento, ese, difícil. Usted está solo, sin ayuda, acusado en
los diarios de ignorante, inválido frente al futuro que se le escapa de las manos». |
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Cuando digo que esta escena es
inimaginable en el mundo desarrollado, no es porque crea que los ususarios no atraviesan
allí por angustias semejantes en sus relaciones con la máquina, sino porque: 1º) el
proveedor lo visitará tantas veces como sea necesario hasta que su programa funcione;
2º) una vez instalado y en funcionamiento, la mayoría de los usuarios no podrá
contratar los servicios pagos de jóvenes soportes técnicos; 3º) el usuario contará
para solucionar sus problemas con materiales instruccionales que utilizan su propia
lengua, su sistema de pensamiento, el abanico de sus conocimientos; es decir, que están
escritos para él: minimizados al máximo los obstáculos, solo le restan las dificultades
propias de todo nuevo aprendizaje.
Esto, en cuanto a la pragmática del discurso
instruccional de las nuevas tecnologías y a sus peculiaridades léxicas. Otro aspecto
totalmente diverso del problema es el vocabulario científico: aunque específico, más
acotado y de difícil acceso para los que no pertenecen al campo disciplinario es, como el
léxico general de la lengua, un repertorio abierto, indeterminado y finito de morfemas
libres, palabras compuestas y locuciones. Por tratarse de un discurso novedoso cuyo
objetivo es encontrar modos de consignar el desplazamiento de las fronteras del
conocimiento, las relaciones léxico-semánticas del discurso científico se basan tanto
en terminologías disciplinarias consolidadas como en la creación frecuente de
neologismos de procedencia casi inevitable de la lingua franca de la
especialidad que, lo mismo que en la lengua general, constituyen un signo de
vitalidad del idioma (y de la disciplina). |
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En ese contexto, no es en las
incorporaciones léxicas ni en el purismo de la lengua española donde deben buscarse los
ejes del problema del uso de la español en la ciencia y la tecnología (y los eventuales
caminos de salida), sino en la calidad de la producción en ese campo, verificable en la
relaciones de marginalidad-centralidad de los hispanohablantes con respecto a la
producción científica y a las nuevas tecnologías, especialmente de la información y de
la comunicación; cuestiones todas de gran actualidad, estrechamente vinculadas con la
importancia estratégica que tanto el sector público como el sector privado otorguen al
desarrollo científico y tecnológico como motor del crecimiento de un país (cfr.
Fernández Cirelli 1996 y Sanz 1996).
Política
lingüística, política cultural, política científica y tecnológica
Contrariamente a lo que haría suponer el triunfo
actual del mercado y las privatizaciones, el grueso de la financiación de la
investigación y el desarrollo continúa al menos en América Latina a cargo
de los Estados; es recientemente a partir de las patentes y de su posibilidad de
convertirse en productos de reproducción e impacto masivo hecho escaso en América
Latina, dada su radialidad con los centros de poder científico cuando la relación
se invierte, y son las empresas (farmacéuticas, químicas, informáticas, de
telecomunicaciones, de software, etc.) las que pasan a invertir en investigación y
desarrollo creando sus propios departamentos de innovación tecnológica o estableciendo
convenios con las universidades (raramente también en los países de América Latina,
dado que son pocas las empresas de envergadura con matriz en estos países). |
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Con respecto a las controvertidas
relaciones actuales entre el Estado nacional y las empresas multinacionales, Jacob
Gorender (1996) realiza algunas consideraciones de gran interés en el marco de este
trabajo: «Las empresas multinacionales no se desgarran de los Estados nacionales en los
que se originan sino que sufren las contingencias de las economías nacionales de esos
Estados. No se trata solamente de una cuestión de organicidad histórica, sino del hecho
concreto, palpable y a veces brutal, de que las empresas multinacionales necesitan de su
Estado nacional para legitimarse y para contar con amparo político y salvaguardas
jurídicas tanto para su actividad en el mercado interno como en el mercado mundial...
Cuando la matriz se sitúa en un país de amplio mercado interno, la empresa multinacional
encuentra en éste su soporte fundamental, el punto de apoyo para la expansión
globalizante.
Éste es el caso de las empresas multinacionales
más numerosas y fuertes, las de los Estados Unidos, Japón y Alemania, tríada dominante
en la economía mundial. Las actividades de investigación y desarrollo de las empresas
multinacionales tienen también sus centros más importantes en los Estados nacionales de
origen, dado que, por regla general, es en ellos donde disponen de los mejores recursos en
materia de cuadros científicos y de infraestructura. Por último, son competencia
exclusiva de la matriz las decisiones estratégicas particularmente aquellas que
conllevan fuertes inversiones, las líneas de investigación que implican costes
considerables y las innovaciones significativas de proceso y de producto» (13-14). |
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De estas apreciaciones de
Gorender podría inferirse que no es la ausencia del Estado lo que caracterizaría a esta
época de economías globalizadas, sino la presencia de otro Estado que se retira de sus
funciones habituales y reaparece con fuerza para defender ciertos intereses en nombre de
la Nación.
En el marco de las relaciones actuales entre
Estado nacional y empresas multinacionales, cabe preguntarse entonces, a quiénes
preocupan las cuestiones de glotopolítica (uso este término con el alcance de
«acción del lenguaje sobre la sociedad» que le da la Escuela de Rouen), dónde se está
definiendo la política lingüística (es decir, «la acción de la sociedad sobre el
lenguaje») y, de plantearse una política explícita de la lengua, si este Estado
cada vez más alejado de la responsabilidad social continuará siendo el
agente privilegiado para impulsarla (por ejemplo, promover la enseñanza de determinadas
lenguas extranjeras, reglamentar el uso del idioma en los medios de comunicación y en la
comercialización de los productos, reformar o reforzar la ortografía frente a las
tecnologías actuales de circulación de las comunicaciones, etc.). |
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Dado que la lengua es la
representante simbólica de la Nación «La ortografía también es gente»,
escribió Fernando Pessoa, por lo general, la necesidad de establecer políticas
lingüísticas y leyes del idioma surge, lo mismo que la cuestión de la identidad, en la
confrontación con un otro portador de otra lengua y otra cultura, vividas como amenaza.
Es curioso que recientemente en 1992 tanto Francia especialmente problematizada por
sus relaciones con el Magreb como Estados Unidos en constante debate interno
frente a la inmigración masiva de latinos y orientales necesitaran afirmar en sus
Constituciones al francés y al inglés, respectivamente, como lengua nacional de sus
Estados.
En la América Hispánica, hacia fines del siglo
XIX, el aluvión inmigratorio europeo y el bilingüismo aborigen, unidos a la necesidad de
consolidar la idea de nación para organizar el país y disciplinar su fuerza de trabajo,
produjeron algunos modelos de políticas lingüísticas y educativas triunfantes: entre
otros, como ejemplos extremos, la institucionalización en el Paraguay del bilingüismo
español-guaraní, y la ley de enseñanza gratuita, universal y obligatoria impartida en
castellano en la Argentina babélica. |
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Entre el laissezferismo y
la promulgación de leyes del idioma, los distintos países de la América Hispánica han
venido transitando su propio camino en relación con las políticas de la lengua;
tránsito que, en el caso de los países plurilingües, se ha asociado a debates de
importancia crucial sobre la identidad de sus pueblos y el estatuto de la nación. En lo
quese refiere específicamente a la protección del castellano en tanto que lengua oficial
del Estado, a grandes rasgos, México, Colombia y Cuba han propuesto medidas con el
consenso necesario; en la Argentina reciente, la llamada Ley Asís inspirada en la
célebre Ley Toubon de Francia que antes de su modificación atacaba hasta los
extranjerismos del lenguaje científico intentó prohibir el uso de términos
extranjeros en la vía pública y en la televisión y acabó con la borrascosa renuncia de
su autor, el ministro de cultura.
Lo cierto es que en la América Ibérica, con o
sin políticas explícitas de protección de la lengua nacional, aunque con diferencias de
grado según los países, se impone una verdad de Perogrullo: la penetración léxica del
inglés es notable, extendida y creciente. Sin embargo como ya se ha dicho al hablar
de la terminología científico-técnica, en lo que hace al destino de una lengua,
no son los neologismos ni la incorporación directa de términos extranjeros lo que debe
preocupar, sino la valoración, propia y ajena, de la cultura de la cual es portadora. |
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Esta valoración de la lengua y
su cultura se vincula con lo que Teixeira Coelho (1996) llama capacidad de régimen,
meta final de toda política cultural y, por lo tanto, lingüística; es decir, «la
habilidad de las instituciones políticas de un país, o de una comunidad, para lidiar con
los problemas que la atromentan». «Algunos países, como Francia, se plantean la
cuestión con nitidez y tienden a mantener esa capacidad; en ese país prevalece la
voluntad de que la cultura sea un componente básico, primero de una cierta identidad
francesa, e inmediatamente, europea». Para Coleho, la única forma de que una cultura en
situación de conflicto interno recupere su capacidad de régimen es decir, su
dinamismo, su posibilidad de liderazgo, el prestigio de su lengua, el orgullo de la
pertenencia en el marco de su comunidad, es desarrollando políticas que traten de
«mantener en equilibrio la tensión entre lo local y lo universal, la diferencia y la
redundancia, la variación y la repetición» (26-28).
Si en el mundo actual de la alta tecnología,
lengua, ciencia, tecnología y cultura son componentes solidarios de un mismo sistema, las
políticas lingüísticas, culturales, científicas y tecnológicas en tanto que
factores que operan sobre esos campos también deberán ser pensadas como conjuntos
solidarios e interactuantes, si se las quiere eficaces. |
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A modo de conclusión provisoria
Como señalan Narvaja de Arnoux y Bein (1995), la
cuestión actual de la lengua desenmascaró el problema central, que es quién conduce el
mundo y hacia dónde, y si esa dirección nos gusta, y si queremos participar y cómo en
esa «comunidad de destino» que plantea la globalización.
En tanto que emergentes de esa cuestión central,
los lenguajes codificados, las traducciones literales, los discursos directivos, los
vocabularios específicos, los términos extranjeros, las cuestiones ideológicas, de
política lingüística y de glotopolítica están como hemos visto a
la orden del día y no es poco el ruido que obstaculiza y deteriora la comunicación para
la acción.
En este nuevo panorama, ¿qué papel le cabe
entonces a la lengua española en el proceso de democratización del acceso a la cultura
tecnológica? ¿cuál su estrategia de conservación y desarrollo en el sistema
científico y técnico frente a la nueva lingua franca? ¿qué tipo de acciones
resultarían eficaces? ¿desde dónde producirlas? |
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Lo primero que salta a la vista
es que no es desde el campo de los que encarnan la hegemonía glotopolítica
actual de donde provendrán las políticas salvadoras ni las soluciones creativas:
rompiendo tanto con el hábito del paternalismo como de la queja retórica, hay que asumir
que los protagonistas de la cuestión de la lengua española en la nueva sociedad de la
información y la comunicación somos nosotros, los hispanohablantes.
Lo segundo, es que los hispanohablantes somos
legión (e incluyo en esta legión a la comunidad que habita en los Estados Unidos); y si
se refuerzan los lazos de solidaridad iberoamericana cuidando de no caer en un nuevo
dominio glotopolítico sino esforzándose por anudar los lazos comunes, los
que hablamos español más los que hablan portugués constituyen, sumados, un número
altamente significativo en términos de consumidores potenciales de tecnología
informática y comunicacional. |
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Esta referencia a los
consumidores se basa en que no parece que en esta era del avance por el momento,
incontenible de la reingeniería globalizada, el achicamiento del Estado, las
privatizaciones, la ley de los mercados, la recesión y la desocupación, sean los
gobiernos de los países de América Latina los que estén en condiciones de liderar
inversiones estratégicas para el cuidado de la lengua española. Parecería en cambio que
sí cabría apoyar este tipo de proyectos a las empresas más dinámicas con su matriz en
países de habla hispana (especialmente las de comunicaciones, electrónica, informática,
desarrollo o provisión de software), dado que para decirlo en el lenguaje mercante
de actualidad y retomando los conceptos de Gorender, los hispanohablantes
constituimos un «mercado interno virtual» de más de trescientos millones de habitantes:
plataforma de lanzamiento nada desdeñable hacia la globalización para las empresas
vernáculas, y espacio privilegiado para profundizar las relaciones entre nuestras
universidades y el sector socioeconómico, a través de convenios de vinculación
científica y tecnológica que potencien la transferencia en español de saberes y haceres
mutuos (cfr. Desarrollo... 1997).
Antes de avanzar en esta línea, quiero decir que
no se me escapa que esta apelación al mundo de las compañías es un gesto de real
politik: si bien muchos de nosotros creemos que esta institucionalización global de
la injusticia no debe prosperar y para ello hay que dar la batalla, dura e inédita,
en otros campos, mientras no se tenga la fuerza colectiva para sustituirla, una
ideololgía sólo puede ser enfrentada con cierto éxito desde su interior, es decir,
utilizando las mismas cadenas connotativas (y por lo tanto, las mismas cadenas de valor)
de la cultura que la expresa: como magníficamente enseña la literatura, para acordar el
retiro de Quijote hubo que disfrazarse de Caballero de la Blanca Luna. |
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En lo que se refiere al discurso
científico y tecnológico, cabe hacer una distinción: una cosa son los abstractos de los
papers, que necesariamente deberán ser escritos en la lingua franca dada su
necesidad de difusión y comprensión lo más inmediata posible entre los científicos de
distintas lenguas (al menos mientras la cuestión de las patentes no apunte con más
virulencia al corazón «explicativo» del paradigma actual); y otra es la correspondencia
y los documentos institucionales de los organismos promotores de ciencia y técnica como
las universidades y los consejos de investigación, que siempre deberían ser
escritos en castellano: por tratarse de los estamentos más altos de educación en todos
los países, esto marca una política lingüística, fija una actitud frente al idioma y
la cultura y, en lo que hace a las relaciones internacionales, establece con las
instituciones iguales el necesario marco de paridad y respeto multicultural y
plurilingüe.
Volviendo al ámbito empresarial vinculado con
las tecnologías de la información y de la comunicación, todo indica que su
participación en la promoción de la lengua española podría comenzar a concretarse a
través de, por lo menos, dos líneas de acción paralelas: una más modesta e
inmediata relacionada con los usuarios de las máquinas y la transmisión de know
how; la otra más ambiciosa y estratégica con la investigación y el
desarrollo de alta tecnología.
En la primera línea de acción, cabría a los
directivos de las empresas y a sus tecnólogos concienciarse de la importancia
estratégica del discurso instruccional en tanto que nuevo valor agregado y otra «marca
de calidad» del producto para el ususario hispanohablante, con el fin de implantar en las
empresas su utilización hábil y correcta en la redacción o traducción de manuales,
folletos, procedimientos, instructivos en soporte papel, informático, digital, etc. |
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No se trata solo de comprar
computadoras, módems, lectores de CD-Rom, instalar correos electrónicos o acceder a
Internet, sino de saber usarlos: cuantos más hispanohablantes manejen
adecuadamente las nuevas tecnologías por esa característica de iceberg que
tiene la cultura sofisticada, mayor y más calificada será la información en
español que circule por las autopistas, mayor el interés por su lengua y más amplio el
espectro de difusión de su cultura en el espacio cibernético; visto el problema desde
esta perspectiva, no cabe duda de que los materiales instruccionales en tanto que
instrumentos de capacitación, presencial o a distancia, constituyen la clave inicial para
democratizar el acceso a la cultura tecnológica en el mundo de habla hispana, y un punto
de partida interesante para el acercamiento fructífero entre lingüistas y tecnólogos.
En la segunda línea de acción, cabría a las
empresas realizar fuertes inversiones en investigación y desarrollo que permitan a la
comunidad científica ibérica y a su vehículo de expresión, la lengua española, tomar
posiciones en el campo de las tecnologías punta: como lo prueba la historia, no existe
una «mentalidad científica sajona» y una «mentalidad artística latina»: son ideologemas
con los que es posible romper si se tiene la voluntad política de asignar los recursos
necesarios. |
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Para concluir, me parece
importante insistir en que en este nuevo orden globalizado, la preocupación por el
control idiomático de las comunicaciones añade a la legítima batalla por el idioma como
rasgo distintivo de un pueblo y de su cohesión identitaria nuevos componentes: desde una
perspectiva más abarcadora de las complejas relaciones actuales entre lenguaje, cultura,
poderío económico y dominio tecnológico, el lugar que ocupe en las nuevas tecnologías
una lengua y su cultura mostrará, quizás más afinadamente que los indicadores
económicos clásicos, el dinamismo social de sus comunidades y la importancia relativa de
sus naciones; ahora más que nunca podría decirse que, como hacia fines del siglo XIX
postuló Ernest Renan para la nación, la lengua «es un plebiscito de todos los días». |
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REFERENCIAS: |
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