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Presente y futuro del libro y de la lectura
Alexis Márquez Rodríguez
Director de Monte Ávila Editores,
Venezuela
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El libro y la lectura se han
convertido en uno de los temas favoritos en la sociedad actual. Todos los días se habla
de ello en los periódicos, en la radio, en la televisión, en las aulas universitarias,
en congresos, simposios, mesas redondas y coloquios nacionales e internacionales, en la
UNESCO, en los ministerios de educación y de cultura de todos los países, en fin, en
todo el mundo... El punto de partida, casi invariablemente, es la afirmación de que cada
día se lee menos, y se achaca tal supuesto a diversos factores, pero sobre todo a los
medios de comunicación audiovisual. Según
numerosas personas que se ocupan del tema, estos medios han venido desplazando a la
lectura como actividad favorita de jóvenes y adultos, y acabarán aniquilándola del
todo. Por supuesto, la cesación de la lectura como actividad más o menos cotidiana
significa, entre otras cosas, la muerte definitiva del libro.
¿Hasta qué punto es cierto todo eso? La
respuesta es muy difícil. Quienes afirman que cada día se lee menos se basan sólo en
observaciones empíricas, y posiblemente superficiales, pues no se han hecho, que sepamos,
investigaciones serias, de corte científico, que permitan unas conclusiones al respecto
suficientemente seguras y fiables. Las mismas estadísticas que pretenden avalar esa
afirmación son sospechosas, no sólo en la medida en que lo son todas las estadísticas
sobre fenómenos sociales, sino también porque tampoco han sido obtenidas mediante
procedimientos del todo ajenos a lo primitivo y rudimentario. |
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No podemos, pues, afirmar
categóricamente que hoy día se lee menos, igual o más que antes. Pero sí podemos decir
que cada día se publican más libros en el mundo. En los países donde la industria
editorial ha sido tradicionalmente fuerte, la producción de libros ha ido en aumento,
pese a la crisis económica que hoy atraviesan todos los pueblos de la tierra, aunque,
como es natural, con desiguales indicadores de gravedad. Al comienzo de la fase más aguda
de dicha crisis, también la industria editorial, actividad económica como cualesquiera
otras, sufrió serios descalabros.
En los países que siempre habían sido grandes
productores de libros, desaparecieron muchas editoriales pequeñas o medianas, pero no del
todo, porque casi siempre fueron absorbidas por otras empresas más grandes y poderosas,
las cuales tuvieron el acierto de conservar los sellos, colecciones y demás
características de las editoriales absorbidas. Y es un hecho fácilmente verificable que
la industria del libro ha sido uno de los renglones que, aun cuando la crisis persiste en
buena parte del mundo, han logrado un grado apreciable de recuperación. |
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Por otra parte, y paralelamente a
ese comportamiento de las principales editoriales en los países de mayor desarrollo, en
los menos desarrollados, donde prácticamente no existían editoriales, han ido
apareciendo empresas productoras de libros, de diversos tamaños, características
económicas y orientaciones.
Incluso pequeñas agrupaciones alternativas,
empeñadas en la producción, a veces artesanal, de libros que, por diversas causas, no
tienen posibilidades de ser acogidos por las casas editoras más o menos grandes e
importantes. En muchos lugares se ha desarrollado también la reproducción en fotocopias
de fragmentos de libros, o de libros enteros, para lo que incluso se han constituido
pequeñas empresas de tipo rudimentario o familiar.
Sin embargo, puede argüirse que el aumento en la
producción cuantitativa de libros no significa necesariamente que aumente también el
hábito de leer. Ello puede ser verdad, pero aquí entramos de nuevo en el círculo de las
hipótesis, difícilmente sostenibles si no se hace un estudio serio y confiable del
fenómeno. Mas hay otros datos que se relacionan con el mismo asunto, como es, por
ejemplo, el aumento, en algunos casos extraordinario, del número de bibliotecas en casi
todos los países, y, además, el incremento considerable y constante del número de
usuarios de esas bibliotecas. |
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Esto puede deberse, claro está,
entre otras razones, al encarecimiento, a veces desorbitante, del precio de los libros,
pero de todos modos no deja de ser un síntoma que, al parecer, se contradice con la
creencia muy generalizada de que cada día se lee menos.
Suele decirse, en apoyo a la idea acerca de la
presunta disminución de la costumbre de leer, que antes se leía más, particularmente en
el ámbito escolar, desde la primaria hasta la Universidad. La gente de nuestra
generación leía más que ahora, es verdad. En nuestra infancia y juventud generalmente
leíamos todos, pero éramos muchos menos en las aulas. Las necesidades sociales y
políticas trajeron como consecuencia la masificación de la enseñanza.
El abandono de la educación por los gobiernos en
los países capitalistas llegó a ser tan grande, que le permitió decir al pensador
argentino Héctor P. Agosti lo siguiente: «Si la escuela no es el índice único de la
cultura, representa sin embargo su exterioridad más visible y significativa. Mirada desde
este ángulo, la degradación cultural no puede ser más notoria: es el acta de acusación
más tremenda que podemos erigir contra las clases dominantes». |
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En Latinoamérica, las dictaduras
vesánicas y primitivas redujeron a irrisorios los esfuerzos educativos. Y cuando en casi
todos los países de nuestro Continente nos sacudimos las últimas dictaduras padecidas en
el presente siglo, hubo que hacer enormes esfuerzos para incorporar millones de niños y
jóvenes a los sistemas escolares. Sobrevino entonces la masificación, como un mal
necesario.
Y fue un mal, no porque lo fuese
intrínsecamente, sino porque se aumentaron al máximo las matrículas escolares,
recurriendo, incluso, para ello a medidas heroicas anunciadas como «provisionales», pero
no se supo adoptar nuevos sistemas de enseñanza, y se pretendió atender a los enormes
grupos de niños y jóvenes incorporados a las escuelas, liceos y universidades, con los
mismos métodos diseñados para educar pequeños grupos. Y aquellas medidas
«provisionales» para un terrible mal, como es la ausencia de los niños y jóvenes de
las escuelas, se fueron convirtiendo en permanentes. |
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No es posible, pues, afirmar de
manera categórica que hoy se lee menos que antes, ni que se lee más, mientras no se haga
una investigación a fondo, con una metodología que garantice que sus resultados sean
suficientemente confiables. Lo que sí nos parece evidente es que hay actualmente una gran
desorientación en la lectura por parte de los jóvenes. Una de las fallas más notorias y
graves de los sistemas educativos reside en que enseña mal a leer, y no orientan
debidamente a los niños y jóvenes acerca del arte de la lectura.
La mayor parte de lo que leen los niños y los
jóvenes se reduce a fragmentos de los textos escolares, para satisfacer escuetamente los
requerimientos mínimos de sus tareas de aprendizaje. Leer sólo textos escolares, por
supuesto, no es de por sí malo, pero requiere lecturas complementarias, tanto de
enseñanza como recreativas.
Además, hoy es muy común que los lectores,
principalmente los niños y jóvenes, abandonen la lectura de un libro por la mitad o
apenas comenzado. Y ni siquiera se trata siempre de obras voluminosas, cuya extensión
pudiera justificar su abandono, sino muchas veces de libros breves, cuya lectura se
abandona, además, no por desinterés o desagrado de su contenido, sino por indisciplina
intelectual, que es de las peores. |
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Por otra parte, es evidente,
aunque cuesta mucho reconocerlo y aceptarlo, que la lectura ha sido, es y será siempre
una actividad minoritaria. Es inútil e ilusorio pretender que todas las personas, sin
excepción, tengan el hábito de leer. Contra ello se tropieza con un inconveniente
insuperable relacionado con el gusto. La lectura tiene que ser, más allá de las
obligaciones escolares o de cualquier otra índole, algo voluntario, basado necesariamente
en la satisfacción de un gusto individual. ¿Y cómo se puede lograr que todo el mundo
sienta placer en la lectura?
El gusto de leer es exactamente igual al gusto
por la buena música, por el deporte, por el cine, por la pintura, por el teatro, por la
ópera, hasta por algún tipo de comidas y bebidas. Y así como a nadie se puede obligar a
tener determinados gustos de esa naturaleza, tampoco puede obligarse a nadie a sentir
gusto por la lectura. Y no se trata necesariamente de personas incultas o de baja
extracción social.
Entre individuos de un elevado nivel económico o
social, e incluso de un alto grado de escolaridad y de formación profesional, hay mucha
gente que no se siente atraída por la lectura. Y están en su derecho. Aunque no figure
en las tablas de los derechos humanos, el gusto (o, si se quiere, el mal gusto) es un
derecho inalienable de todas las personas. |
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Esto de que los buenos y asiduos
lectores sean siempre una minoría parece, además, un hecho natural. Pensemos en una
sociedad donde todas las personas, sin excepción, o con muy pocas, tuvieran el hábito de
leer frecuentemente: ¿Qué cantidad de libros y periódicos tendrían que imprimirse para
satisfacer tan enorme demanda? Sin embargo, esto no quiere decir que no se deba hacer
esfuerzos para que esa minoría sea cada vez más grande. Las campañas pro lectura deben
ser constantes, inteligentes, persuasivas, con miras a lograr que cada día se incorporen
más personas a la minoría de lectores.
Pero si hacemos esfuerzos para aumentar el
número de aficionados a la lectura, pensando que podemos lograr un éxito de un 90 o 100
%, al verificar que sólo pudimos alcanzar un porcentaje mucho menor puede cundir la
decepción y el pesimismo, por creerse que el esfuerzo ha fracasado. Por ello es
importante que las campañas en favor de la lectura se realicen a conciencia de que el
resultado siempre será limitado, pero también de que es posible mantener un núcleo
importante de buenos lectores, e incluso hacer que ese núcleo se incremente
constantemente.
Paradójicamente, el hecho de ser la lectura
habitual y sistemática una actividad minoritaria, viene a resultar en cierto modo
favorable, porque permitirá la supervivencia del hábito de leer, más allá de los
fatídicos vaticinios acerca de la muerte de la lectura, y aun del lenguaje articulado,
sustituidos, según dicen algunos, tardíos seguidores de Marshall McLuhan, por la imagen
icónica de los llamados medios audiovisuales. |
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No es verdad que los medios
audiovisuales sean una amenaza mortal para el libro y el lenguaje articulado. No es
difícil verificar que la mejor promoción que puede hacerse a una obra literaria es
llevarla al cine o a la televisión. Inmediatamente que la obra aparece en las pantallas
cinematográficas o de la televisión, la gente, es decir, esa minoría lectora de que
antes hablamos, va a las librerías o a las bibliotecas en busca del libro. Pareciera que
la versión audiovisual no fuese suficientemente satisfactoria para esos lectores, que
buscan en las páginas impresas lo que en las pantallas no encontraron.
De modo que, entre el libro y los medios
audiovisuales, se ha venido estableciendo una especie de mutua cooperación en la que
ambos instrumentos se complementan, en vez de interferirse. Ahora bien, esa interacción
supone que el libro asuma, ahora más que nunca, su papel de medio de comunicación.
De hecho, siempre lo ha sido.
Es lógico que lo haya sido y lo sea, puesto que
el libro es en la historia de la cultura, a partir de cierto momento, muy remoto, la más
acabada realización del lenguaje escrito, que a su vez marca la plenitud del lenguaje
articulado como medio de comunicación más completo y eficaz. Ni siquiera el
periódico, con todo lo enormemente importante de su función comunicativa, ha logrado
quitar al libro su carácter fundamental de medio de comunicación escrita por excelencia. |
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El periódico y el libro, por
supuesto, son medios de comunicación diferentes, al mismo tiempo que también
complementarios. Pero es evidente que esa minoría lectora de que tanto hemos hablado ha
mantenido su fidelidad al libro, aun sin prescindir tampoco de la lectura del periódico.
Éste es, claro está, un recurso masivo para la información, en mucho mayor grado que el
libro. Pero, para ese sector de los seres humanos, el libro es imprescindible, porque en
sus páginas tiene cabida un mayor volumen de información que en los periódicos.
Más aún, al libro van los buenos lectores a
completar, precisar, ampliar y ahondar la información, necesariamente escueta y
esquemática, que le han suministrado los periódicos. Cuando, desde este punto de vista,
hablamos de periódicos, no nos referimos, por supuesto, a las revistas especializadas,
científicas o de otra índole, porque éstas sólo se hermanan con el periódico por la
periodicidad de su aparición, pero de hecho, por su estructura, su contenido y sus
funciones específicas, tal tipo de revistas, sin importar cuál sea su formato, están
más cerca del libro que del periódico propiamente dicho. |
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Podría objetarse que la simple
supervivencia, hasta el presente, de ese núcleo de buenos lectores fieles al libro, que
ya hemos definido como minoritario, no garantiza que esto sea siempre así, pues al ir
desapareciendo los individuos que hoy forman ese sector, las nuevas generaciones irán
siendo cada vez mayormente adictas a los medios audiovisuales, y a sus más recientes
derivaciones en el campo de la informática, con lo cual la costumbre de leer libros irá
siendo más o menos rápidamente aniquilada. No creemos que eso ocurra. La minoría
lectora en cada sociedad siempre estará allí, porque su costumbre de leer responde a una
necesidad vital, que no todos los seres humanos sienten con la misma intensidad, pero que
sí define a determinadas personas.
Recordemos lo que dijimos más arriba, respecto
al gusto de las personas. En todo conglomerado humano habrá siempre núcleos que aman y
disfrutan la música, la pintura, los deportes, el cine y demás expresiones estéticas
y/o recreacionales. Siempre será una minoría, pero su existencia está asegurada por un
rasgo intrínseco de la condición humana de esos seres que, de esa manera, pertenecerán
a lo que podría definirse como un sector privilegiado de la población.
Por supuesto que la existencia de este sector,
como ya lo dijimos, podrá ser fortalecida, y ampliadas las dimensiones del mismo,
mediante campañas inteligentemente diseñadas y realizadas para favorecer la lectura.
Pero el ansia de leer en determinadas personas ha sido, es y será siempre un hecho
natural, aunque posible de ampliarse, mejorarse y fortalecerse. |
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En este mismo orden de ideas, se
ha dicho también que a los ya tradicionales medios audiovisuales se ha unido ahora la
informática, para hacer más inevitable la muerte del libro. Y se esgrime como argumento
la existencia ya de las versiones electrónicas, mediante el cederrón, lo cual permite la
lectura de libros enteros en la pantalla de las computadoras más sencillas y comunes.
Es verdad, existe incluso una bellísima versión
electrónica de la edición príncipe del Quijote, que podemos literalmente «hojear», ya
no sólo en la tranquilidad de nuestras casas, sino en cualquier lugar donde nos
encontremos, con la ayuda de una computadora portátil, de reducidas dimensiones.
Sin embargo, ¿habrá alguien realmente capaz de
leerse totalmente las dos partes del Quijote en una pantalla de computadora? Lo dudamos
mucho. Versiones como ésas de obras extensas, de lectura más o menos compleja, nunca
pasarán de meras curiosidades, dignas de tenerse y de exhibirse ante otras personas,
deslumbradas por tamaño prodigio. Pero sí serán excelentes y de mucho uso cuando se
trate de obras instrumentales, como diccionarios, atlas, compendios estadísticos, ciertos
libros de texto, etc., que, como herramientas de trabajo, deban ser consultados
periódicamente, lo cual en tales casos se facilita muchísimo. Pero de ahí a la lectura
propiamente, como estudio e investigación o como solaz y recreación, media un abismo. Y
en este caso el libro resulta insuperable. |
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No creemos, pues, en la muerte
del libro como medio de comunicación, y en tanto que tal, como fuente insuperable de
conocimientos, de información de todo tipo, pero también de solaz y de placer. El
círculo de los lectores, por otra parte, seguirá siendo minoritario, aunque de hecho se
pueda extender, haciendo que de manera continua se incorporen más personas al
privilegiado club de los lectores asiduos. |
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