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El fin del libro o el destino de los hijos de
Athenea
Blanca Liliana Fenoy
Facultad de Ciencias Humanas, Universidad
Nacional de San Luis
Argentina
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Y a pesar de la niebla verde en los labios y
del frío gris en los ojos,
su voz corroe la distancia que se abre entre la sed
y la mano que busca el vaso. Ella canta.
ALEJANDRA PIZARNIK
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La escritura, la página escrita, parece ser el último destello, la
última de las metamorfosis que asume en Occidente la búsqueda de la verdad. Sin embargo,
al romperse la fascinación imaginaria que giraba en torno de la razón de un sujeto
pensante, la escritura no puede ya ocupar ese lugar, y pasa a ser sólo la ruinosa huella
que muestra algo del silencio en el que la verdad parece habitar.
El lenguaje ya no tiene garantías (Dios ha muerto) y la escritura escribe el
silencio que se desliza interminable como imposible hacia lo imposible. La escritura,
superficie de alteridad irreductible, desplaza el objeto hacia el infinito, instaurando la
disrupción y la pérdida de toda referencia fundante. Una época como la nuestra que pasa
a concebir el ser como el habla de la escritura, renuncia a toda pretensión
universalista, busca el silencio que haga callar el pensamiento, para poder abordar su
condición enigmática y abismal.La
conciencia y su sujeto correspondiente no dicen ya la verdad porque han perdido el
atributo de la universalidad y entonces recurrimos al inconsciente y su correspondiente
sujeto, es decir, el representante anecdótico y contingente de una verdad que se
fragmentó en múltiples sujetos, para apelar ahora a la escritura, texto-textura de una
promesa que sabiendo que ya no dice nada en su decir, alienta la esperanza de producir la
verdad que resta en el exterior del texto, cuya representación imposible dice lo real
para «mí».
Nómadas de la lengua, resto, evocación ausente
y desafiante de lo que, no habiendo sido dicho, está ahí como realidad de la ausencia,
afuera, Otro (¿América, innominada e innombrable?).
El último intento, ya no de hablar, sino de
escribir acerca de la imposibilidad del nombrar es el lugar asignado a la escritura,
posibilitadora de una crítica a una historia lineal, transformada en historia textual,
que desvía la reflexión hacia la búsqueda del sentido en la (de la) escritura. |
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¿Qué pasa en Occidente cuando el todo comienza a desmigajarse, cuando el Otro comienza a
irrumpir, cuando el afuera comienza a vislumbrarse por los intersticios del logos, de la
lengua?«La escritura, la escritura llega
como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la
vida, nada, excepto eso, la vida»[1].
¿Podemos preguntar qué es el libro? ¿Es tan
claro, tan evidente, que se pueda hablar del libro? ¿Cuál es la lengua de la escritura?
¿Cuáles son las condiciones de posibilidad de la escritura?
Y también: ¿Qué sería abandonar el libro?
¿Podemos hablar de su fin, tantas veces anunciado?
A partir de Barthes[2], podemos decir que la escritura consiste en utilizar signos de
escritura, en tanto que repetición de lo que hay de repetible en el lenguaje. Y que esta
repetición no tendría que ver con una comprensión del lenguaje en tanto que
temporalidad (ya que en ese caso la escritura sería entendida simplemente como la que
recoge lo que no se debe olvidar), sino con el espacio, y especialmente con ese fragmento
de espacio que es el libro.
Entendida así, la escritura crea un objeto, no
lo expresa, lo hace existir, le da una materialidad que ya no es la del cuerpo sino la
materialidad de las palabras. Un objeto tal no puede ser entonces una imitación, una
representación de lo real, sino que hace que ese objeto exista, comience a existir y hace
que haya siempre en él como en todas las cosas existentes para el sujeto
humano un excedente del que no se puede dar cuenta. La descripción no es aquí
reproducción, sino más bien desciframiento.
Escritura sería, también, una cierta forma de
interrogarnos acerca de la lengua, al tomar su aspecto de bifurcación, de desdoblamiento,
por el cual, además de contar algo, de decir algo, muestra también algo sobre ella
misma, habla de sí misma.
Reduplicación interminable, a partir del vacío
que se genera a su alrededor, que es la que nos autoriza estar aquí: las exégesis, los
comentarios, los redoblamientos, en tanto lenguaje infinito que le permite hablar de sí
mismo.
Resumamos brevemente desde dónde podemos decir
estas cosas: por un lado, la relación verdad-representación clásica cae, al ser
entendida, la verdad, como sometida a las contingencias históricas; y la representación,
como pura seducción de verdades hospedadas en la materialidad significativa que confina
las viejas máscaras. |
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La imposibilidad de la representación como unidad, fractura y fragmenta la
verdad histórica y da lugar a ese resto que se traduce como Otro, dando lugar a la
pluralidad de las expresiones, a las modulaciones de la verdad en su exigencia (política)
de ser representada, quedando reducida a partes o fragmentos del archivo de los objetos
teóricos que afronta la conciencia moderna.Y la lengua, que a partir de Nietzsche, Mallarmé, Hölderlin o
Rimbaud deja de ser el lugar privilegiado que une el mundo con la posibilidad de ser
nombrado, y pasa a ser, justamente, el lugar donde se muestra esa imposibilidad.
Por lo tanto, la escritura clásica que buscaba
poner la imagen y el instante que la soporta al abrigo de las cosas perecederas, es
denunciada como poseedora de algo que se ha escurrido fuera de toda significación y de
toda verdad: nada, ausencia del mundo, el ser del que nada se puede captar, nada hacer,
nada decir, ya que todo nos separa de la obra.
Como dice Blanchot, «una distancia íntima se
esboza entre quien mira y el objeto de su mirada»[3],
de allí que la mirada y su duración tengan que ver con el espacio y no con el tiempo. El
libro es el espacio que se da entre el objeto y la mirada, fruto de un acto anónimo y
solitario ya que no existe más la posibilidad de remitirlo a un sujeto racional que lo
construya, sino simplemente a la llamada del arte, la llamada del regreso al día que
solicita una forma, en una nueva disimulación. El espacio que no queda ya definido por
las leyes de la retórica sino por la biblioteca, en un lenguaje que acentúa la
reduplicación infinita y que pasa a ser leído como escritura. La obra como
desposeimiento, como exigencia impersonal, un inverso de la memoria que muestra la ceguera
profunda que habita en el centro mismo del pensamiento, eclipse de la razón, pensamiento
que nace siempre de un afuera que no existe todavía, que ha de venir en un regreso
nostálgico a la incertidumbre del origen.
Esto puede ser entendido como una clausura, pero,
como dice Foucault o Blanchot, esto no es el fin, sino la búsqueda de una individualidad
de orden diverso al del sujeto de la razón teórica clásica (la univocidad del ser,
asentada sobre el volver de la diferencia): y allí sí, recién allí, el ser que lo dice
todo, porque dice su fracaso. |
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Según Foucault[4], si se ha
podido llegar a creer que estamos en el tiempo del fin es porque se ha confundido el
lenguaje con la temporalidad, habiendo dejado de lado la particular relación del lenguaje
con el espacio. Hasta el siglo XIX, el libro
era el soporte accesorio de un habla preocupada por la memoria y el retorno. Pero a partir
de que el lenguaje se torna cada vez menos histórico y sucesivo, es en la espacialidad
del libro donde aparece su origen, siempre repetible, aunque definitivamente sin memoria.
La literatura, ajena al tiempo, pasa a ocupar el
espacio imposible de un libro, el volumen de un libro. El lenguaje cada vez más distinto
de sí mismo, se muestra como un lenguaje inmóvil y fracturado que, por eso mismo,
produce una sensación de tiempo fragmentado y final.
De ahí que las relaciones de la literatura con
la lengua parecen hacer necesario un ejercicio de destrucción, de descomposición, de
metamorfosis. Volvernos nómadas, inmigrantes, gitanos de nuestra propia lengua, pasar por
un proceso de desterritorialización, por un ejercicio de desconocimiento.
Deleuze y Guattari[5] cuando plantean el problema de la escritura, van a llamar a este
movimiento sobre la lengua «literatura menor», entendiéndola como «la literatura que
una minoría hace dentro de una lengua mayor». Su consecuencia «es que, en ese caso, el
idioma se ve afectado por un fuerte coeficiente de desterritorialización». Aclarando que
ésta es la exigencia de cualquier escritura ya que «menor» califica las condiciones
revolucionarias de cualquier literatura en el seno de la llamada «mayor o establecida».
Siguiendo el planteamiento de Deleuze y Guattari,
podemos, quizás, entender un poco el tema de la escritura en Latinoamérica, callejón
sin salida que encierra a los pueblos cuando buscan acceder a una escritura, y que hace de
su literatura algo que se encuentra en constante lucha con la imposibilidad: imposibilidad
de no escribir, imposibilidad de escribir en español, imposibilidad de escribir de
cualquier otra manera. |
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Como dice Arguedas después de escribir su primer relato Agua: «Cuando yo
leí ese relato en ese castellano tradicional, me pareció horrible, me pareció que
había disfrazado el mundo tanto casi como las personas contra quienes intentaba escribir
y a quienes pretendía rectificar. Unos seis o siete meses después, las escribí de una
forma completamente distinta, mezclando un poco la sintaxis del quechua dentro del
castellano, en una pelea verdaderamente infernal con la lengua»[6].O en otro
lugar: «Escribí el primer relato en el castellano más correcto y literario del
que podía disponer. Pero yo detestaba cada vez más aquellas páginas. No, no eran así
ni el hombre, ni el pueblo, ni el paisaje que quería describir, casi podía decir
denunciar. Bajo un falso lenguaje se mostraba un mundo como inventado, sin médula y sin
sangre, un típico mundo literario, en que la palabra ha consumido a la obra»[7].
Lenguaje de papel o artificial al que hay que
conseguir sacarle la médula de su sentido, para poder nombrar un espacio innominado, el
español de América muestra su desterritorialización.
Escribir pasa necesariamente por el
desconocimiento de la lengua.
El siglo que comienza con un anuncio, la muerte
de Dios, ha dado como corolario el nacimiento del libro, y entre ellos el libro
latinoamericano.
El último texto de Arguedas dice así:
«He vuelto de un viaje no tan inútil que hice a
Lima. Habrán de dispensarme lo que hay de petitorio y de pavoroso en este último diario,
si el balazo se da y acierta. Estoy seguro que es ya la única chispa que puedo encender.
Y, por fuerza, tengo que esperar no sé cuántos días para hacerlo.»[8]
El balazo se da y acierta, lo que queda es un
libro.
¿La historia de Arguedas es nuestra historia?,
dividido entre dos lenguas, entre dos razones, siendo ineludiblemente dos sujetos: el de
la tierra madre americana y el del padre europeo, entre los dos mundos que le dividían la
piel.
Y una posibilidad de salvación: la literatura,
«me han dicho que si consigo escribir...». ¿Por qué la escritura puede
salvarnos? ¿Cómo justificar una afirmación que no puede alegarse desde la razón
dominadora? ¿Cómo una obra puede crear un pueblo, un lugar?
La salud como literatura, como escritura,
consiste en inventar un pueblo que falta, inventar un pueblo, pueblo venidero todavía
sepultado por las traiciones y las renuncias, pueblos, tribus, escribir por ese pueblo que
falta, en un devenir otro de la lengua, en un disminuir esa lengua mayor, en una línea
mágica que escapa del sistema dominante.
El zorro de arriba y el zorro de abajo
de Arguedas, sin embargo, es todavía una interrogación sobre la obra y la locura.
Inaugura laboriosamente, dolorosa y trágicamente, un nuevo pensamiento de las fronteras,
una nueva experiencia de la casa, del hogar y de la economía.
Encuentro con la locura de la lengua, la lengua
asentada sobre una locura fundamental, la forma vacía de la que viene la obra, es decir,
el lugar donde no deja de estar ausente, donde jamás se la hallará, porque nunca se ha
encontrado allí. El lenguaje de la literatura que no se define por lo que dice sino por
el afuera que deja nombrado. Es el propio lenguaje el que delira, el vacío hacia el que
es atraída el habla poética. |
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Construir el espacio del libro en Latinoamérica, crear el espacio latinoamericano, pasa
por la construcción de este libro del mundo. La lengua latinoamericana ha creado un
espacio, a la vez particular y universal como todos los espacios, por fin tiene una lengua
que consigue crearlo, juego desplegado en un lugar que le es propio. La repetición de lo
mismo del lenguaje que lo hace coincidir con lo que no es. Se trata del desconocimiento de lo que queda por venir, ni
substancia, ni esencia, ni existencia. Fantasmas, herencias, generaciones, generaciones de
fantasmas aunque esta mirada inaugural no alcanza a ver sino una noche más oscura que
entrega por lo tanto una esencia velada.
Se trata del por-venir, el por-venir que depende
de la procedencia.
Se trata de una axiomática, sobre lo que tiene
precio, valor, calidad, dignidad. La única manera de defender la lengua es atacarla, cada
escritor obligado a hacerse su propia lengua. Heterogeneidad radical de una herencia,
hemos heredado la lengua, pero la herencia no es nunca algo dado, es, como dice Derrida[9], siempre una tarea. Habría una lógica que nos
remite a la herencia y las generaciones, pero vuelta también, en un tiempo heterogéneo y
disyunto, hacia el porvenir no menos que hacia el pasado.
Libros sin final, porque la mano que los
escribía moría en el intento, Arguedas, o Pizarnik, con su muerte dan vida a la
posibilidad de la escritura, morir de escritura, silenciarse, enmudecer a un cierto
discurso, para abrirse a una lengua nueva, trabajosa.
Como dice Deleuze[10], escribir implica romper con la propia lengua, transformar la
lengua propia en extranjera, trabajar la materia de la lengua hasta que de ella logre
salir una lengua nueva.
Arguedas, exponente del desgarro que implica
hablar «la lengua latinoamericana», dice «he sido feliz con mis insuficiencias porque
sentía el Perú en quechua y en castellano»[11].
«Imitar desde aquí a alguien resulta
escandaloso. Soy provinciano de este mundo.»[12]
Deleuze[13]
plantea que el escritor, la escritura, inventa dentro de la lengua una lengua nueva, una
lengua extranjera en cierta medida y en la medida que la inventa, crea nuevas lenguas,
extrae nuevas estructuras gramaticales y sintácticas, la hace estallar, la hace delirar,
la lengua tiende hacia el límite que rompe las fronteras, que comunica con lo exterior.
Pero el límite no está fuera del lenguaje, sino que es su afuera, personajes de una
historia y una geografía que se va reinventando. La escritura altera aspectos concretos
de modos de ser, experiencias del lenguaje, no es una experiencia más, es la experiencia
de un pueblo, singularizada en una letra.
«... nunca es eso lo que uno quiere decir / la
lengua natal castra / la lengua es un órgano de conocimiento del fracaso de todo poema /
castrado por su propia lengua... entre lo decible / que equivale a mentir (todo lo que se
puede decir es mentira) el resto es silencio / sólo que el silencio no existe.»[14] |
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Cuando Arguedas tiene que romperse al no encontrarse con ninguna de las
lenguas (la materna que es la de la tierra y la paterna que es la de la ley), se destruye
en ese desgarramiento que lo sume en lo real absoluto, deviene cerdo, perro, muerte, en el
territorio insoportable de la soledad.En mi país, en mi lengua, Alejandra Pizarnik, escribe sobre el
dolor que significa el lenguaje, el vacío que nombra, el espacio que inventa y construye.
Y ahí está el ser del libro, objeto y lugar de
la literatura: «el emplazamiento blanco donde todos después de la descripción pueden
volver a encontrar un espacio universal de inscripción, empresa meticulosa para
desencajar el barullo del mundo»[15].
Transgresión, risa, locura, amor, odio, como
experiencias del pensamiento[16].
Arguedas busca construir una lengua que nombre lo
innombrable en una lengua extranjera (en este caso el español), para un paisaje, un
pueblo que ya ha perdido la posibilidad de ser nombrado exclusivamente en quechua.
Digamos que inaugurar esta intencionalidad le
cuesta la vida, es necesario un hombre nuevo que pueda escribir en esa lengua, y con su
muerte lo crea. Pero no es una experiencia personal, sino que se deriva de una práctica
colectiva, al arrancarnos de la experiencia que creíamos poseer, de la certeza que
supuestamente creíamos abrigar.
Por eso es que el libro no tiene fin, porque si
tuviese fin, lo que se acaba es el sujeto, la posibilidad de crearse infinitamente, en
cada época, en cada momento, en cada sufrimiento, en cada injusticia, en cada alegría,
en lo innombrable, que de repente adquiere posibilidad de nombre, giro lingüístico que
nombra lo que hasta ayer era imposible, en la brecha insalvable y por eso mismo infinita.
El hombre, ser de escritura, necesita crearla y reinventarla cada día para ser.
En la distancia insalvable entre la pregunta y la
respuesta responde la palabra del único sujeto que habla: el libro. El lenguaje que
vuelve a sí mismo, para disolverse en el silencio ya que no puede reducirse a lo que
alguien quiso decir.
Nosotros, ubicados en otro espacio, que es el
mismo, pero que habita la distancia de la diferencia, cuando repetimos, cuando repetimos
lo que hemos heredado de Occidente (sus lenguas, sus mitos), hacemos surgir en la
repetición de lo mismo, la diferencia reduplicada.
Nuestros tiempos no son los mismos, aunque
vivamos la misma fragmentación.
Lo que para la tradición europea implica una
ruptura con la idea del todo, para nosotros, para la escritura, debemos construirlo,
inventar un todo. Lo que aparentemente puede parecer lo mismo, deviene experiencia de la
diferencia. Cuando Pizarnik busca la palabra perfecta, cuando Arguedas busca la lengua que
nombre este espacio, cuando Borges quiere construir su biblioteca, es otra cosa que se
está inventando en la insistencia de lo mismo[17].
Pero para liberar la diferencia precisamos de un
pensamiento sin contradicción, sin negación, un pensamiento que diga que sí a la
divergencia; un pensamiento afirmativo cuyo instrumento sea la disyunción; un pensamiento
de lo múltiple, de la desarticulación dispersa y nómada, que disemina las coacciones de
lo mismo, que insiste y subsiste en un juego de repeticiones.
En lugar de la imagen todavía incompleta y
confusa de una Idea que desde siempre poseería respuesta, el problema es la idea misma, o
más bien, la idea no tiene más modo que el problemático: pluralidad distinta cuya
obscuridad siempre insiste más y en la cual la pregunta no cesa de moverse.
El infinito de la obra como infinito del
espíritu. Continuo combate que atraviesa nuestra biblioteca como alegato del
superviviente a la crueldad del siglo. La obra se ha producido cuando la violencia del ser
consigue manifestar al excluido, denunciando la apariencia sobre la que se sustenta el
discurso del poderoso, apariencia y sombra de una palabra que no puede ser dominada ni
aprehendida, palabra inasible, momento indeciso de la fascinación.
Cuando más se piensa el mundo como hecho a la
medida del hombre (¿cuál?), más es necesario que el arte deba tender hacia ese punto
donde nada tiene aún sentido. Recordarnos tenazmente la equivocación, orientarnos hacia
ese espacio donde todo lo que nos proponemos, todo lo que hemos obtenido, todo lo que
somos, todo lo que se abre sobre el cielo y la tierra, retorna al sin sentido, donde lo
que se aproxima es lo no serio y lo no verdadero, como si a lo mejor surgiese de allí la
fuente de toda legitimidad.
Escribir es hacerse eco de lo que no puede dejar
de hablar. Repitamos a Pizarnik: «en la noche ella eleva sus brazos suplicantes y
crea a voluntad una pequeña noche de luna...»
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NOTAS: |
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1. Durás, M.: Escribir,
España, Tusquets, 1994. 2. Especialmente El
grado cero de la escritura, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973, o «Variaciones sobre la
escritura», en Campa, R., La escritura y la etimología del mundo, Buenos Aires,
Sudamericana, 1989.
3.
Blanchot, M.: El espacio literario, España, Paidós, 1992.
4.
Foucault, M.: De lenguaje y literatura, España, Paidós, 1996. 
5.
Deleuze, G. y Guattari, F.: Kafka, por una literatura menor, México, Era, 1978.
6.
Arguedas, J. M.: «La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú», en Mar
del Sur, Lima,
1950.
7. Ibid.
8.
Arguedas, J. M.: El zorro de arriba y el zorro de abajo, Buenos Aires, Losada,
1971.
9.
Derrida, J.: Los espectros de Marx, Madrid, Trotta, 1995. |
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10. Deleuze, G.: Crítica y clínica, Barcelona,
Anagrama, 1996. 11. Arguedas, J.
M.: «La novela y el problema de la expresión literaria en el Perú», ob. cit.
12.
Arguedas, J. M.: «No soy un aculturado», Suplemento Anthropos N.° 31,
Barcelona, 1992.
13.
Deleuze, G.: Crítica y clínica,
ob. cit. 
14. Pizarnik,
A.: Obras Completas, Buenos Aires, Corregidor, 1993.
15.
Blanchot, M.: La escritura del desastre, Caracas, Monte Ávila editores, 1987.
16.
Foucault, M.: Theatrum Philosophicum, Barcelona, Anagrama, 1995.
17. La
problemática de la repetición y de la diferencia excede los límites de este trabajo
pero sustenta la modalidad de su planteo. (Ver, desde Nietzsche, Kierkegaard o Freud,
hasta Deleuze o Derrida, las implicancias sobre el modo de abordaje de los conceptos
tradicionales occidentales.) |
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