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Francisco Rubio Figueroa
El español florece en la tierra fértil brasilera
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Los geopolíticos brasileños ambicionaron para su país
un glorioso destino imperial. Desarrollaron arrogantes teorías
y diseñaron aventuradas estrategias de dominio para convertir
a su país en una gran potencia. Pero olvidaron que, como afirmaba
Antonio de Nebrija, «la lengua es siempre compañera del
Imperio».
Según ellos creían, Brasil debía dominar el gran
espacio de América del Sur en su condición de «país
superior» de la región. En ese sentido teorizando sobre
los criterios económicos, comerciales, financieros, ideológicos
y militares que llevarían a Brasil a su destino manifiesto.
Esas pretensiones de dominación estuvieron vigentes casi un
siglo, por lo menos desde los tiempos del barón de Río
Branco, el astuto diplomático que ganó para su país
sin disparar un tiro unos 830 mil kilómetros cuadrados de territorio,
hasta el final de los gobiernos militares que hubo de 1964 a 1985. |
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En los Estados Mayores militares, en el Ministerio de Relaciones Exteriores,
en las academias castrenses, en la Escuela Diplomática el asunto
fue estudiado exhaustivamente. Para «el Brasil, actualmente,
la opción es agrandarse o perecer», aseguraba en 1952
el general (aún era coronel) Golbery de Couto e Silva, considerado
el más influyente de los geopolíticos brasileños.
Los planes estratégicos que se elaboraron eran tan ambiciosos
como fantásticos. Los más ultras consideraban incluso
que «la guerra era inevitable». |
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«Sudamérica é nossa»
La revista estadounidense Newsweek señalaba en agosto
de 1973 que los brasileños habían logrado poner «un
pie en la mayoría de los países de América Latina
encontrándose, incluso, algunos de ellos bajo su hegemonía...»,
quizás en referencia a Paraguay y Bolivia. En esa época
los diplomáticos del régimen militar brasileño
agregaba el semanario «afirman sentirse orgullosos
de la acusación (a su país) de ser imperialista».
Los brasileños recreaban sus teorías a partir de la
vieja idea de integrar a toda América del Sur en una misma
nación. Así idealizaron ese «gran espacio continental»
controlado por ellos y afirmaron que no había otra alternativa
para que «las naciones sudamericanas sobrevivieran». Llegaron
incluso a defender el recurso a la «conquista» en previsión
de la resistencia que opondrían a sus planes los estados suramericanos.
Más moderados otros sostenían que el proyecto brasileño
«exigía» a las demás naciones suramericanas
«sacrificar parte de su soberanía». En la época
de apogeo de las dictaduras suramericanas, los geopolíticos
brasileños consideraban que era «fundamental» para
su país dominar el Cono Sur «política, económica,
financiera y militarmente».
Los grandes objetivos permanentes de Brasil eran salir al océano
Pacífico vía Ecuador y Perú, y al mar Caribe
por Venezuela; explotar recursos naturales en naciones vecinas; controlar
el corazón boliviano para dominar América del Sur; satelizar
Uruguay; heredar las colonias portuguesas de África; lograr
la hegemonía en la cuenca del Plata; convertir el Atlántico
Sur en el «Mare Nostrum» brasileño y tener presencia
en la Antártida, entre otros. |
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Los geopolíticos brasileños tardaron mucho tiempo en
darse cuenta de que además de la voluntad expansionista, de
planes para imponer su hegemonía sobre los pueblos vecinos,
de los ejércitos y de las armas, eran necesarios enormes recursos
económicos de los que carecía un país como el
suyo que aún luchaba para salir del subdesarrollo.
Quizás pensaban ellos que les favorecía en sus planes
la inversión cultural y económica que se había
producido en América a raíz de la independencia de las
colonias hispanas, pasando a tener la primacía los Estados
Unidos de Norteamérica y, en segundo lugar, los Estados Unidos
de Brasil, que este era entonces el nombre oficial del país.
Así Brasil bien podía venir a convertirse en la potencia
hegemónica suramericana, un contrapeso en el sur a los Estados
Unidos del norte o el gendarme necesario del mundo occidental ojo
avizor al sur de Panamá y con su prominente barriga nordestina
a dos horas de avión de las costas del África meridional. |
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La disgregación en la América hispana fue producto de
la independencia de las antiguas colonias pero también de rivalidades
enconadas que acabaron separando proyectos como el de la Gran Colombia
bolivariana o generalizaron durante buena parte del siglo XIX
los enfrentamientos civiles. Con todo, las nuevas repúblicas
tuvieron desde el comienzo una conciencia de unidad cultural mantenida,
sobre todo, a través del idioma español. El imperio
español en lo idiomático resultó así indestructible
y de la misma manera que la rivalidad política entre los imperios
español y portugués en el suelo americano continuo durante
más de tres siglos después del tratado de Tordesillas,
ambas culturas pugnaron durante siglos como dos placas tectónicas
en permanente fricción.
Al contrario de lo que creían los estrategas tradicionales
brasileños, Brasil no se proyecta hacia el resto de Suramérica
ni su frontera oeste debiera estar en los Andes ni tiene necesidad
de corredores con el Pacífico o el Caribe, entre otras teorías
fantásticas. En realidad Brasil se configura como el movimiento
prodigioso del mundo sudamericano hacia el océano Atlántico.
Es la América Hispana la que definitivamente se desparrama
lentamente sobre Brasil desde las crestas de los Andes, a través
de la Orinoquia, por los abismos amazónicos en los que alucinaron
Lope de Aguirre y sus marañones, desde las antiguas misiones
jesuíticas... en fin por todas sus fronteras terrestres exceptuadas
las guayanas. |
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¿De qué Brasil hablamos?
Brasil como nación es un volcán en actividad. Sus placas
sociales y culturales aún chocan sordamente unas contras las
otras produciendo grandes contrastes y enormes paradojas. Algunos
de sus intelectuales dudan de la existencia todavía de una
nacionalidad brasileña basada en valores históricos.
Por ejemplo, João Ubaldo Ribeiro, uno de los escritores brasileños
más prestigiosos, en una reciente entrevista periodística
expresaba con seguridad su convencimiento de que «la verdadera
fundación de Brasil ocurrió en 1958 cuando se conquistó
el primer título de campeón mundial de fútbol».
«Brasil de todas las razas» parece ser un país
contradictorio. Así al menos lo pone de manifiesto un reciente
libro que a los 500 años de la llegada de los portugueses y
cuando han transcurrido cerca de 180 años desde la independencia
nacional, intenta dar respuestas, Para entender a Brasil, en
la pluma de 37 ensayos de otros tantos autores. Hay quien asegura
que Brasil sigue siendo «una nación inconclusa»
y quien remata que es un país «difícil de entender»
pero del que todo el mundo gusta con facilidad. «Hay que construir
un país de verdad», proclama otro. Las elites «egoístas»
e «insensibles» que no entienden o no gustan del pueblo
«manipulan» los mecanismos de riqueza y conocimiento y
son culpables de que Brasil sea «injusto» y «desigual»
con una grandes ciudades en las que campea la «cultura de la
violencia», aseguran otros ensayistas. Un autor afirma que el
brasileño «aún no ha decidido si es un genio o
una mierda»; otro asegura que al país le pierde «el
cinismo» que cunde; y un tercero que el país bascula
entre la «sensualidad» y la «irreverencia».
Brasil «muerde el polvo» del camino desbravado por Estados
Unidos, señala otro, y el que le sigue echa en falta un nacionalismo
a semejanza del estadounidense. Brasil posee «una gran unidad
lingüística y una enorme diversidad cultural», proclama
otro. |
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A vueltas con la lengua
Los historiadores conjeturan que cuando llegaron los europeos en 1500
había en Brasil entre un millón y 8,5 millones de individuos.
¿Quién puede saber cuántos eran los parientes,
amigos y enemigos de aquellos «devoradores de cristianos»
entre los que a duras penas pudo sobrevivir el alemán Hans
Staden a mediados del siglo XVI. Staden los
describió y dibujó como «crueles y
salvajes devoradores de seres humanos asados» pero también
dijo de ellos que eran «personas bonitas de cuerpos bronceados
por el sol y de buena estatura, tantos los hombres como las mujeres».
Una revista semanal que se edita en la ciudad de São Paulo
informaba a mediados de junio pasado que, según las cuentas
del estadounidense «Summer Institute of Linguistic», en
Brasil se hablan 195 lenguas. «Una Babel de lenguas domésticas»,
titulaba la revista esa información resumida en unas pocas
líneas bajo una foto de unos circunspectos indios en formación
de punta de flecha ataviados como para recibir otro enjambre de turistas. |
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La proliferación de lenguas, obviamente, es consecuencia de
la abundancia de tribus aborígenes en Brasil, tantas que ni
las autoridades saben cuantas ni los individuos que las forman. El
último estudio conocido revela la existencia de 216 tribus
que reúnen a unos 350.000 individuos, una población
parece que por vez primera en ascenso después de llevar 500
años menguando. Todavía hoy es frecuente que el Instituto
Nacional del Indio informe de la aparición en el corazón
amazónico de alguna pequeña tribu «no descubierta»
que «jamás tuvo contacto con el hombre blanco».
Sean los indios que fueren en 1500 o los que quedaren ahora, se hablen
en Brasil alrededor de las 170 lenguas oficialmente catalogadas o
las 195 que decía el «Summer Institute of Linguistic»,
lo real es que todos los pueblos que usan esas hablas, menos una de
ellas, resultan una curiosidad antropológica, una anécdota
cultural, una cifra más para el culto nacional a la grandilocuencia
y quizás algunas de ellos el eco de un estertor desde dentro
del ojo del huracán de la globalización que está
barriendo a todo lo que es periférico. |
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Algunas de esas lenguas son habladas en comunidades con cuyos miembros
apenas se puede organizar una partida de cartas. ¿Cuántos
jumas quedan hoy en Brasil, por ejemplo? Se dice que el año
pasado eran unos cinco, exactamente el número hasta el que
sabían contar aquellos «salvajes» con los que convivió
Hans Staden. Para cantidades mayores que cinco señalaban sus
propios dedos o apuntaban a varios indios queriendo significar la
cantidad de dedos en las manos y los pies de todos ellos. Y aunque
las autoridades se ufanan de que los nativos brasileños están
aumentando, hay pueblos en fase de extinción y quedan otros
unas 16 se presupone en las profundidades amazónicas aún
sin contactar.
Aunque sean parte de los estereotipos con que se conoce a Brasil en
Europa y parte de América, todas las tribus indias brasileñas
son un frágil manojillo humano que apenas representa el 0,002
por ciento de los 170 millones de brasileños, un mundo aparte
que parece estar saliendo del ciclo de la explotación a la
que la mayoría estuvo sometido para volver a sus tradiciones
ancestrales. |
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Víctima de una mezquindad cultural
Brasil conserva sobre todo del colonizador portugués, pese
a lo mezquinos que estos fueron en asuntos culturales, un idioma cuyo
uso, sin embargo, tardó 300 años en generalizarse y
casi otros 200 años tener homogeneidad, aunque siempre ha habido
una pugna por crear una lengua brasileña en contraposición
al lenguaje portugués.
Los portugueses hicieron una colonización de cangrejos, en
la costa Atlántica, y fueron incapaces de ocupar y poblar el
espacio brasileño. Quien expandió el imperio luso fueron
sus descendientes mestizos cuando se lanzaron a la conquista. Eran
los bandeirantes que partieron sobre todo desde la ciudad de São
Paulo para conquistar millones de kilómetros cuadrados y avanzaron
incluso más allá de la línea establecida por
el tratado de Tordesillas. Eran aventureros codiciosos y voraces que
no tenían el claro sentido de servir a los intereses lusos
pero que terminaron siendo muy útiles a los mismos. |
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Los primeros colonizadores de Brasil eran gente práctica que
tuvo que aclimatarse, mezclarse y hacer alianzas con los nativos para
amasar riqueza en el comercio del entonces codiciado Pau Brasil. Eran
portugueses, franceses y españoles disputando el control de
las tierras y del comercio, cautivando a los indios, mezclándose
con ellos. Mucho más prácticos en el negocio que en
la cultura, aquellos extranjeros se aclimataron. «Se volvieron
casi indios», afirman historiadores, quienes agregan que aquellos
primeros europeos andaba desnudos, comían mandioca, aprendían
los nombres autóctonos de las plantas y los animales y se comunicaban
en la lengua nativa.
La cuestión del habla en Brasil ha estado asociada desde el
inicio de la colonia a ciclos socioeconómicos. Hoy lo que está
sucediendo en Brasil es también consecuencia del nuevo ciclo
económico donde ha entrado el país.
Los primeros europeos como se ha expresado adoptaron la llamada
«lengua general» común en las costas de Brasil: el
tupí. Era la lengua necesaria paras todos: los mercaderes,
los aventureros, los habitantes de las ciudades en su relación
con los naturales
Fue durante casi dos siglos sino idioma oficial
sí el habla más común y extendida por necesaria
para todos como consecuencias de las conveniencias sociales y económicas
de esa época colonial y de que Brasil era un inmenso océano
selvático con unas pocas islas de civilización y cultura
portuguesas. |
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El idioma de la metrópolis portuguesa sólo consiguió
desplazar al cabo de dos siglos de pugna lingüística al
«habla general». La «lengua brasílica»,
obviamente, no podía ganar la batalla de las otras lenguas,
incluidas las que llegaron de Africa con los esclavos negros etiópicas
las llamaban algunos historiadores, ni tampoco rivalizar eternamente
con el idioma de los vencedores portugueses.
Con las expansiones desde la costa hacia el oeste en la mitad del
siglo XVII el uso del portugués, aunque
acriollado, se fue extendiendo. En otras circunstancias sociales y
económicas, como fueron las explotaciones mineras, sobre todo
la fiebre del oro, ya en el siglo XVIII, y las
prédicas de los misioneros se concretó el ciclo de expansión
del portugués, que se comenzó a imponer y consolidar
como lengua nacional, aunque ese proceso posiblemente aún no
haya acabado. La llegada de la casa real portuguesa a principios del
XIX en huida de Napoleón dio inicio al
proceso de hegemonía de lengua portuguesa.
En 1819 fray Francisco dos Prazeres escribía: «en el presente
la lengua corriente del país es el portugués; los instruidos
lo hablan muy bien, pero entre los rústicos todavía
anda un cierto dialecto resultado de la mezcla de lenguas». |
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A principios del siglo XIX las tribus indígenas
mayormente estaban «aportuguesadas» aunque pronunciaban
de manera incorrecta. Los viajeros de la época recogieron que
los ancianos seguían usando la lengua de sus ancestros, que
se conservaban expresiones autóctonas o que, incluso, hablaban
un portugués trufado con las lenguas nativas. Había
ciertas tribus en el Mato Grosso que usaban el español y el
portugués aparte de varias hablas propias.
Todavía a mediados del siglo XX quedaban
zonas del interior de Brasil donde se usaban un lenguaje que los viajeros
a duras penas entendían. Fue con el desarrollo de la televisión,
a partir de los años setenta del pasado siglo, sobre todo con
la implantación a nivel nacional de la Rede Globo de Televisión,
que el portugués hablado en Brasil fue teniendo a la homogeneidad.
Y es que en Brasil la potencia colonizadora había prestado
poca atención a la educación. Los colonizadores portugueses
apenas permitieron la enseñanza del bachillerato en colegios
regentados por religiosos pero nunca la universidad, a diferencia
de lo que sucedía en la América española donde
la universidad llegó casi con los conquistadores. En el siglo
XVI en Hispanoamérica se fundaron universidades
en Santo Domingo, Lima, México, La Plata, Sucre, Bogotá
y Quito. En Brasil la primera universidad surgió en 1930, es
decir, cuatrocientos años después de la primera universidad
de la América Española. Con la imprenta pasó
algo semejante. El primer periódico brasileño, por ejemplo,
se imprimió en Inglaterra a principios del siglo XIX. |
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En 1960 la tercera parte de los niños brasileños estaba
todavía sin escolarizar y el 40 por ciento del país
era analfabeto. Motivos culturales pero también sociales y
raciales. «La escuela brasileña hasta ayer ha sido sólo
blanca. En mi clase había sólo un negro», decía
en una reciente entrevista periodística el Ministro de Educación
de Brasil, Paulo Renato Souza, recordando su época de escolar,
que transcurrió hace unos cuarenta años. Actualmente
el 97 por ciento en edad escolar obligatoria, que va de los siete
a los catorce años, está escolarizado, y el analfabetismo
ha descendido al 11 por ciento. «Estamos convencidos de que antes
de dos años no quedará un sólo niño en
Brasil que no vaya a la escuela», agregó el Ministro en
la misma entrevista. |
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El español en desarrollo
Hoy Brasil parece estar lejos de los viejos sueños imperialistas.
Después de decenios de ensimismamiento, autarquía, quimeras
y utopías, ese enorme país se ha abierto. Se ha convertido
en una economía pujante, con una sociedad en permanente ebullición
que conforma un gigantesco mercado interno y unas reglas de mercado
que parecen bastantes claras, aunque posiblemente dependa de las elecciones
generales que se celebrarán el próximo año la
estabilidad y el rumbo definitivos.
Brasil parece haber entendido que para alcanzar el tan ansiado objetivo
de liderazgo suramericano no basta con ser más grande que sus
vecinos. Ha percibido que aprender español es una necesidad
dictada por la nueva geografía económica y es un imperativo
derivado de las nuevas políticas que tienden a lo global. Y
es que ese Brasil, aunque muy influenciado por la cultura estadounidense
como el resto de la América Latina, siguen teniendo su mayor
referente cultural, económico y social en Europa. En comercio,
si ir más lejos, la Unión Europea es el principal cliente
de productos brasileños y de dónde Brasil más
importa, delante de Estados Unidos. |
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También se nota entre los brasileños la seguridad de
que ya no basta seguir con aquello que acostumbramos a presumir: que
el idioma del otro está chupado. Como afirmaba en vena de humor
el reconocido dibujante brasileño Millôr Fernández,
«el español es esa lengua que todos creemos que hablamos.
Hasta que nos encontramos a alguien que realmente habla español».
Vale decir lo contrario.
En Brasil hay actualmente una actitud pública y privada sin
precedentes hacia el español que podría convertir en
bilingüe a la clase media de ese país suramericano. Eso
ocurrirá sin duda en un plazo de tiempo prudente si no fueran
abandonados los planes oficiales para que el idioma español
sea una asignatura obligatoriamente ofrecida por todos los centros
de enseñanza media del país, donde actualmente hay cerca
de ocho millones y medio de alumnos, mientras que hay otros treinta
seis millones de estudiantes, a partir de siete años de edad,
en la enseñanza básica obligatoria y cerca de dos millones
y medio más matriculados en universidades. Hablamos de una
población en edad de estudios bastante superior al total de
habitantes de España.
Algunos estados de la federación brasilera han adoptado ya
la enseñanza del español en sus escuelas. Inicialmente
el Gobierno central quiso que el español fueran enseñado
obligatoriamente en todos los institutos de primaria y secundaria
del país, pero durante el trámite parlamentario del
proyecto de ley sufrió diversas modificaciones. Actualmente
está congelado por razones que tienen que ver con la imposibilidad
de aplicar dicha ley sobre todo porque harían falta nada menos
que 200 000 profesores de español. Puede que también
haya influido las presiones hechas por naciones como Francia, Italia
y Alemania, cuyas lenguas figurarían como primeras víctimas. |
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No obstante, el ministro brasileño de Educación, Paulo
Renato de Souza, en la última alusión pública
al asunto que hizo, manifestó que la ley pueda ser aprobada
todavía este año. El próximo puede resultar complicado
por ser un año netamente electoral. Si la ley fuera aprobada,
se espera que el español sea masivamente acogido por los alumnos
por razones tan claras como la proximidad cultural, la superación
de viejos prejuicios culturales, la facilidad en el aprendizaje y
las nuevas alternativas laborales que se están abriendo en
el país con la maciza inversión española.
Así las cosas parece necesario un fuerte compromiso oficial
de toda la comunidad de países hispanohablantes en el sentido
de contribuir a salvar el enorme escollo que representa para Brasil
tener tan elevada cantidad de profesores que la enseñanza del
español demandaría. |
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Brasil y España en perspectiva
Hace tan sólo cinco años a lo español no se le
veía porvenir en Brasil Y es que en muy pocos años España
ha pasado para Brasil de ser un territorio virtualmente ignoto a un
país sorprendente, que impresiona y también asusta.
Como en el resto de América Latina también en Brasil
el XIX fue, como lo señalaba Salvador
de Madariaga, «un siglo francés por excelencia»
y en algunas regiones del país lo siguió siendo hasta
mediados del siglo XX. Cualquier carioca de
60 años recuerda, por ejemplo, que en las escuelas de Río
de Janeiro aprendían a cantar el himno brasileño, pero
también la Marsellesa.
En la segunda mitad del siglo XX España
tenía concentrados sus esfuerzos en recomponer su enorme y
privilegiado patrimonio cultural de América y no se interesó
por Brasil. Hubo que rehacer las relaciones con las repúblicas
hispanoamericanas, que tan maltrechas habían quedado no sólo
por los hechos de sus independencias sino por la torpe política
de Madrid durante el resto del siglo XIX; hubo
que lograr que la cultura española tomara en esas repúblicas
prestigio y hubo que crear una corriente favorable de sentimientos
mutuos. |
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Estuve en Brasil como corresponsal de octubre de 1981 a abril de 1985.
Hace un año volví para una segunda etapa profesional
esta vez de manera muy relacionada con el idioma pues había
que crear e implantar allí el nuevo servicio internacional
de noticias de la Agencia Efe en el portugués de Brasil. De
manera que creo que comparando lo que España era para Brasil,
y viceversa, en los ochenta con lo que es ahora posiblemente logremos
tener una idea de ese cambio tan vertiginoso, tan sorprendente por
inesperado, que ha habido en el conjunto de las relaciones entre ambas
naciones y en el sentir del pueblo brasileño con respecto a
España.
Cuando en octubre de 1981 llegué a Brasil con la misión
de abrir la primera oficina de Efe en la capital federal del país
siempre me sorprendió que el brasileño común,
preguntón por lo general, mencionara una decena de países
para averiguar mi nacionalidad sin acertar a nombrar España.
Cuando yo aclaraba mi condición de español resultaba
normalmente que España no les decía absolutamente nada,
salvo que era el país sede del próximo campeonato mundial
de fútbol, que se iba a disputar en 1982. |
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Cuando acabé mi primera experiencia periodística en
Brasil y me marche al Paraguay en 1985 el panorama de desconocimiento
de España no había cambiado un ápice. Hay que
matizar que también en España había y sigue
habiendo un conocimiento superficial y anecdótico de Brasil.
Yo diría más drásticamente que al español
común sigue teniendo de Brasil una idea bastante simple. Parece
que la indiferencia e ignorancia otrora tradicionales entre España
y Portugal, el cisma ibérico, también ha separado las
culturas lusa e hispana allende los mares.
Puede resumirse que las relaciones entre Brasil y España en
los años ochenta eran de ignorancia mutua; a lo sumo de cordial
simpatía. En lo político, España culminaba su
transición a la democracia y Brasil transitaba por la suya,
tan peculiar por conveniencia de los mismos generales que se habían
apoderado del poder en 1964. Algunos pocos sectores de la oposición
brasileña miraron entonces a España quizás por
una cuestión de novedad, a la que tan apegados son los brasileños,
que por convicción en busca de inspiración para articular
un consenso que permitiera llevar a buen puerto su propia transición.
Los intercambios comerciales entre los dos países se reducían
a un puñado de dólares y las inversiones eran inexistentes.
El hermético y protector régimen económico vigente
entonces en Brasil empeoraban las cosas. No había tampoco relaciones
culturales. Los españoles también teníamos una
idea folclórica de Brasil basada en la tópica trilogía
fútbol-carnaval-café, idea que, lamentablemente, no
ha cambiado significativamente al día de hoy y que es muy común
al resto del mundo. Hace unas pocas semanas, por ejemplo, en una reunión
social un abogado español me confesó sin rubor que había
sabido de la existencia de un escritor brasileño llamado Jorge
Amado el mismo día en que se enteró de su muerte por
el periódico. Un diplomático español con diecisiete
años de carrera, de ellos por lo menos siete pasados en Suramérica,
inquirió: «¿Quién es ese?». Las lágrimas
que en su limbo literario debieron derramar Doña Flor, Gabriela,
Tieta y el universo de personajes de Amado por ese gran desconocimiento
que hay en España sobre la literatura brasileña son
también mis lágrimas. |
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Cuando España se preparaba para conmemorar el V Centenario
de la llegada de Cristóbal Colón, Brasil sólo
formaba parte del proyecto gubernamental de la casa común iberoamericana.
Aparte la acción oficial, Brasil parecía fuera de cualquier
plan y ni siquiera muchos recordaban que Vicente Yañez Pinzón,
compañero de Colón en aquel primer viaje de 1492, había
descubierto Brasil ocho años después si bien el conquistador
final terminaría siendo el portugués Pedro Alvarez Cabral,
a quien la mayoría de los brasileños tiene como su descubridor
oficial. |
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Brasil y España hoy
La consolidación democrática brasileña, la apertura
al exterior de su economía, las privatizaciones y el establecimiento
a partir de 1994 del Plan Real de un clima económico de confianza
y normas claras y estables para el capital extranjero han desembocado
en que Brasil y España hayan pasado a tener el mayor momento
de aproximación política, económica y cultural
en toda la historia. Esa intensificación de las relaciones
con Brasil representa para España la culminación del
proceso de recuperación de su presencia de América Latina,
que se había iniciado décadas atrás desde postulados
culturales y que alcanzó su momento de esplendor con el arribo
de los capitales que en los pasados años noventa convirtió
a España en uno de los mayores inversores extranjero en la
región, con unos 50 000 millones de dólares. |
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En contraste con la ignorancia supina de aquellos años, ahora
España y lo español están de moda en Brasil y
ellos es motivo de celebración y felicidad. Los hay que se
frotan las manos. El «ataque español» comenzó
en serio en 1997, año desde el que se han concretado cerca
de cuarenta operaciones de compra de empresas brasileñas por
parte de los inversores españoles atraídos a partir
de 1994 por el proceso de privatización y la estabilidad económica
que resultó del Plan Real.
El desembarco español sorprendió a los brasileños
por inesperado. Nunca en Brasil se había pensado en España
como país inversor ni mucho menos que España llegase
en un momento determinado a tener metidos en Brasil más capitales
que los Estados Unidos. Pasadas la sorpresa y las emociones encontradas
iniciales, Brasil, tal como sostenía un colega periodista,
«ha abierto una puerta para entrar en otra cultura».
Desde luego que de la mano del dinero español está llegando
cultura española. Por ejemplo, el año pasado vimos en
Río de Janeiro grandes colas con motivo de la exposición
«Los esplendores de España» de pintura clásica
del Siglo de Oro. Recientemente ocurrió lo mismo en São
Paulo con la exposición de pintura del siglo XX
titulada «De Picasso a Barceló». Hace unos meses,
la literatura española fue la invitada especial a la Bienal
de Libro de Río de Janeiro. Cada día aumenta la colaboración
entre las universidades brasileñas, antes orientadas a Estados
Unidos, y las iberoamericanas y en particular con las españolas. |
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Un nuevo ciclo económico abre las puertas a otra lengua
En el Brasil de hoy puede estar comenzando a suceder que un nuevo
idioma se abre camino por necesidades económica. Recordemos
que hace poco más de tres siglos el idioma de los colonizadores
comenzó a sobreponerse y doblegar por razones netamente económicas
al de los indígenas costeños, que hasta el siglo XVIII
había sido habla general.
¿Qué diferencia hay entre aquellos extraños comerciantes
del palo del Brasil que se asentaron en el litoral Atlántico
de este territorio y los ejecutivos que hoy se instalan en Río
de Janeiro, São Paulo y otras capitales brasileñas bregando
por las actuales fuentes de riqueza? Ellos también aprenden
el idioma local, imitan las costumbres, se apegan al «cafecinho»,
al «rodicio», la «capirinha» y al «chope»;
caen en el carnaval y el samba y, porque no, también sobre
las nativas, se casan o emparejan y forman familias. Igual que los
europeos del siglo XVI, los de ahora se mezclan
en la pugna por el control de la riqueza que sale de las modernas
junglas brasileñas. Han pasado 500 años pero «en
tierra de indios el europeo se convierte siempre en salvaje»,
afirma el sociólogo, profesor y periodista brasileño
Juca Kfouri, más conocido en su propio país como cronista
y crítico de fútbol.
Brasil parece que se ha configurado actualmente como la mejor y más
segura meta para los capitales extranjeros en la región. Los
capitales españoles han entrado en todos los sectores y se
han extendido por un territorio que es casi 18 veces mayor que el
de España y más que el triple del conjunto de la Unión
Europea. Los brasileños están conscientes de que los
españoles han llegado a su país para quedarse, para
contribuir con sus inversiones al desarrollo y al crecimiento. Es
en el contexto del ingreso de los capitales españoles y del
proceso de integración en Suramérica que el Gobierno
de Brasil decidió impulsar la enseñanza del español
en el bachillerato. |
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El aprendizaje del español tiene como base el desarrollo económico
brasileño. Por un lado, es una necesidad dictada por la geografía
económica y la nueva geopolítica. En esta nueva etapa
Brasil tiene en sus vecinos hispano hablantes el tercer mercado, tras
la Unión Europea y Estados Unidos. Brasil precisa de sus vecinos,
sobre todo, energía: gas, petróleo, electricidad
y también exportar para ellos cada vez más. Antiguamente
los estrategas brasileños pensaban en la conquista o la sumisión
militar de esos vecinos pero hoy los empresarios y el Gobierno de
Brasil piensan en la manera de mejorar sus negocios y las relaciones
dentro de América Latina. Saben que para ello dominar el idioma
de esos vecinos es absolutamente primordial. Para los jóvenes
que buscan su primer empleo saber español es un reto en una
nación donde las empresas españolas han entrado en la
mayoría de los sectores. Aprender español es pues una
realidad impuesta por los mercados.
El aprendizaje del español surge también como una necesidad
derivada de los proceso de integración económica en
curso en América. |
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Brasil es el país con el mayor peso en la región y en
términos de economía y población equivale al
resto de la América Hispana sin México. En la unión
aduanera Mercosur, que nació en 1991, Brasil como nación
y el español como idioma marcan la pauta. Además, Brasil
parece querer servir de nexo de unión entre las naciones suramericanas
de cara a la próxima integración del Área de
Libre Comercio de las Américas oponiendo algún contrapeso
posiblemente conveniente al presumible predominio que Estados Unidos
tendrá dentro en esa enorme zona de libre comercio.
Del avance del español en Brasil puedo dar testimonio, aparte
por los carteles luminosos de las academias de idiomas que proliferan
anunciando la enseñanza del español. Hace diez años
a Efe le resultaba virtualmente imposible encontrar en Brasil periodistas
que supieran español, hasta el punto de que teníamos
que seguir captándolos en los países suramericanos con
los consiguientes trastorno y carestía que ello representa.
Hace menos de dos meses dirigí personalmente el proceso de
selección de aspirantes a los puestos de trabajo que en la
Delegación de Efe en Brasil se abrían como motivo de
la implantación del Servicio en Portugués. La selección
se realizó a tres niveles: a) periodistas experimentados en
el área de la información internacional; b) periodistas
recién egresados, y c) estudiantes de último curso de
comunicación social. La condición común era el
dominio del español. Bien, bastó un simple anuncio en
los tablones de dos facultades de periodismo solicitando candidatos
a becarios y la circular que la directora de formación profesional
de un prestigioso periódico envió a través de
Internet en busca de redactores para que recibiéramos en pocos
días el triple de solicitudes que plazas había disponibles. |
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La mayoría de candidatos demostró tener un nivel de
español aceptable al trabajo que se proponía y la tercera
parte de ellos era bilingüe. Gente joven toda ella abriéndose
camino profesional que había aprendido español por iniciativa
propia en academias mientras estudiaba periodismo, conscientes me
dijeron de la importancia que nuestro idioma estaba teniendo en Brasil
y en el mundo.
Flojearon más, por ejemplo, en conocimientos de la realidad
y la cultura de su entorno hispanoamericano y de su propio país
que del idioma español. El 80 por ciento no supo acertar la
extensión de Brasil expresada en hectáreas y el 79 por
ciento no supo citar los países fronterizos con el suyo. Hubo
un masivo, pero no sorprende, acierto a las preguntas relacionadas
con los Estados Unidos. También masivamente confundieron un
nuncio con un pregonero, una olimpiada con un deporte y los conceptos
de soberanía y extraterritorialidad. En política suramericana
de los últimos 20 años tenían mayoritariamente
una enorme empanada. En literatura, por la forma como se distribuyeron
sus respuesta a tres preguntas relacionadas con la La fiesta del
chivo, esta novela resultaba escrita a cuatro manos por Mario
Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, con prólogo
de Julio Cortázar, mientras que el chivo era para ellos Anastasio
Somoza o el mexicano Porfirio Díaz. Sólo cinco tuvieron
suerte al marcar correctamente la casilla al lado del nombre de Rafael
Leónidas Trujillo.
El español, pues, parece que avanza a buen ritmo en Brasil.
Los brasileños ven al español posiblemente como el gran
vehículo de integración con sus vecinos y de apertura
al mundo que su país buscó con tanta ansia como desaciertos. |
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