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Antonio Briz Gómez
El castellano en la Comunidad Valenciana |
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1. Introducción
Nuestra modesta colaboración en esta mesa redonda consiste
en repasar la situación lingüística en la Comunidad
Valenciana, una zona de contacto entre el español y el catalán
en su variedad valenciano, atendiendo al marco sociocultural y político,
así como algunas consecuencias sociales (bilingüismo,
diglosia, conflictos lingüísticos) y lingüísticas
(transferencias, préstamos, cambios de código) derivadas
de tal situación.
2. Los datos oficiales sobre la situación lingüística
La valenciana es una comunidad en la que conviven dos lenguas, el
castellano y el valenciano, según la denominación oficial
y más común entre la población. Desde el punto
de vista lingüístico existe una situación de bilingüismo
social, aunque no total, pues existen zonas de uso exclusivo del castellano,
el habla churra, de marcada influencia aragonesa, y el habla murciano-manchega.
Según los datos oficiales de la Conserjería de Cultura,
Educación y Ciencia (1990) y los datos que nos proporcionan
las encuestas sobre el uso del valenciano (1992 y 1995), la situación
lingüística es de predominio del castellano en la comunicación
entre grupos. Los datos nos informan también de que el valenciano
se utiliza especialmente en el grupo familiar y con las amistades,
frente al mayor uso del castellano en el trabajo y en otras situaciones
comunicativas. Si se comparan los datos de estas encuestas, se observa
que ha aumentado el conocimiento y uso del valenciano en el nivel
oral y escrito, en comprensión y expresión, pero no
en el ámbito social. El castellano es la lengua de la calle
(1992: 58%; 1995: 53%), además de tener la primacía
en lo escrito. El 52,8 dice no saber escribir en valenciano; el 25%
un poco; bastante bien el 16,4%; perfectamente sólo un 5,8%.
Por regiones, el nivel más alto de uso tanto oral como escrito
del valenciano se da en la región de Castellón (castellano
y valenciano estarían al 50%), si bien sólo un 7,5%
dice saber escribirlo. El castellano supera en uso al valenciano en
Alicante y Valencia, salvo en las zonas de Alcoi y Gandía (La
Marina Alta, el Comtat, lAlcoià, la Vall dAlbaida,
la Safor, donde ocurre lo contrario). Los conocimientos más
bajos del valenciano se dan en Alicante. En esta región y en
la de Valencia y área metropolitana es donde menos se habla
y se lee.
En general, en las comarcas catalano-hablantes se habla el valenciano
más en casa y el tanto por cien va decreciendo por este orden
en la interacción con los amigos, en la calle, en las tiendas
tradicionales y en las grandes superficies. En las comarcas castellano-hablantes
(zonas de Orihuela, Requena-Utiel, etc.) el 80 % dice entender algo
o bastante el valenciano. Sólo dicen hablarlo el 8%, sólo
dicen leerlo el 3% y únicamente el 0,5% dice escribirlo. |
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3. Diglosia
3.1. El castellano como variedad de prestigio
Esta diferente funcionalidad y desequilibrio en el uso entre ambas
lenguas es consecuencia, especialmente, de la situación de
diglosia fuerte vivida durante los siglos XVIII,
XIX y hasta el último tercio del XX
(el Renacimiento de la lengua y cultura catalanas, impulsado por los
movimientos nacionalistas en Cataluña a finales del siglo XIX,
no tuvo reflejo en la región vecina, que siguió su proceso
de castellanización). La variedad de prestigio, de mayor valor
instrumental y de ascenso social, la utilizada habitualmente en textos
escritos y en usos orales más formales, era el castellano;
el valenciano era considerada la variedad baja, de uso más
propio y casi exclusivo de la interacción familiar o de contextos
comunicativos marcados por la inmediatez comunicativa.
3.2. La revalencianización. El conflicto lingüístico
En 1983, tras promulgarse la Llei dÚs i Ensenyament
del Valencià, se inicia el proceso de normalización
y uso del valenciano tanto en el ámbito social como educativo.
Este, unido a la revalencianización cultural o recatalanización,
según los términos de J. R. Gómez Molina (1998),
promovida en ámbitos intelectuales y por algunos grupos sociopolíticos,
choca con la situación diglósica y abre un conflicto
lingüístico, social y político [ver, entre otros,
Pitarch (1983), Gómez Molina (1986), Ferrando y otros (1989),
Mollà y otros (1989)], circunscrito sobre todo a ciertos ámbitos
y sectores, a los núcleos urbanos, así como a las zonas
castellanas de la comunidad, que entienden dicha revalencianización
como un mecanismo de imposición de una lengua que les es ajena.
A la tensión lingüística entre castellano/valenciano
ayuda el otro y más grave conflicto derivado de la consideración
del valenciano como lengua o dialecto del catalán.
3.3. La política lingüística y la lingüística
política
Una reflexión al hilo de lo anterior. Estoy convencido de la
necesidad y del beneficio que para la lengua tiene hacer una buena
política lingüística que afecte a la normalización,
al mejor conocimiento y empleo de la misma, al respeto hacia esta,
pero siempre y cuando no se confunda el hacer política lingüística
con el hacer lingüística política. Cuando
en la Comunidad Valenciana comienza el proceso de normalización
lingüística del valenciano quizá la afirmación
que sigue puede aplicarse a otras zonas bilingües la torpe
acción de algunos políticos ajenos a la lingüística
y de ciertos organismos públicos, así como también,
lo que es más grave, de algunos filólogos o pseudofilólogos,
aumentó el conflicto lingüístico y social entre
ciertos grupos.
Una lingüística política acaba por adscribir una
lengua o variedad, o, más en concreto, ciertas actuaciones
o actitudes lingüísticas a una determinada ideología
política. Así, el proceso de normalización del
valenciano se ha vinculado a las izquierdas; la indiferencia o intolerancia,
a las derechas. A estas se une el valencianismo; a aquellas, el catalanismo.
Sociopolíticamente, el castellano se vincula más al
centralismo, del mismo modo que el valenciano, al autonomismo, claro
que con una diferencia entre el valenciano estándar, más
progresista y catalanista, y el valenciano no estándar, más
conservador y valencianista. |
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Insisto en que tales asociaciones, aunque parecen inevitables, ayudan
a mantener, revitalizar u originar un conflicto lingüístico
y social como el existente entre valenciano-catalán y, en ningún
caso, ayudan a erradicar una situación diglósica como
la apuntada en relación al uso valenciano-castellano, quizá
todo lo contrario. De hecho, incluso hablantes de lengua valenciana,
algunos con mínima competencia en castellano, de estratos medios
o medio-bajos, en aquellos momentos no dudaban en afirmar rotundamente
el mayor prestigio del castellano.
Una política lingüística que desee acabar con una
diglosia fuerte, en mi opinión, no ha de vencer, sino convencer,
esto es, intentar modificar las actitudes hostiles, las valoraciones
negativas sobre una lengua, si bien nunca en perjuicio de la otra,
más aún cuando tal valoración se encuentra entre
los propios hablantes de esa lengua.
Del contacto de dos lenguas en el mismo territorio no deriva necesariamente
un conflicto lingüístico entendido como choque; tampoco
es automática la sustitución de una por otra, pese a
que exista una fuerte diglosia marcada por el prestigio de una de
ellas. Las lenguas solo corren verdadero peligro de sustitución
cuando y es de perogrullo los hablantes deciden dejar
de hablarlas, y las razones son múltiples y complejas. La política
lingüística puede ayudar a cambiar actitudes e incluso
conductas, la lingüística política extrema las
conductas y actitudes y alimenta las reacciones contrarias.
4. Las situación actual a partir de investigaciones sociolingüísticas
4.1. Actitudes
Por fortuna, actualmente, las creencias han cambiado y así
también las actitudes. La tolerancia lingüística,
el bilingüismo aditivo, de convivencia y coexistencia del valenciano
y del castellano, antes que sustractivo, es la actitud predominante
tanto de los usuarios bilingües como de los monolingües
en la Comunidad Valenciana, según los recientes estudios sobre
actitudes (Gómez Molina, 1998: esp. 98-99).
La situación de diglosia favorable al castellano, si existe
hoy (Blas Arroyo, 1994:153), solo es parcial, pues queda reducida
a grupos o a usuarios con unas características sociales muy
definidas (mayor de 55 años, nivel sociocultural bajo, de zona
rural, bilingüe con predominio del valenciano), en los que están
más enraizadas las anteriores creencias.
De acuerdo con tales estudios sobre actitudes, en la comunidad objeto
de estudio no existe rechazo por ninguna de las dos lenguas y, en
general, no existe presión por parte de los hablantes para
que se utilice una u otra. Hay una actitud positiva hacia el proceso
de normalización del valenciano, pero el uso predominante del
castellano es un hecho e, independientemente de las razones, se trata
de una elección legitima que ha de ser respetada, como lo es
igualmente la evolución positiva del empleo cada vez mayor
del valenciano sin menoscabo o perjuicio de aquella. Y otro dato importante
en relación con las actitudes: la lengua no es para el pueblo
valenciano su única seña de identidad social y cultural
(por ejemplo, en Valencia y área metropolitana, sólo
el 29,1% de los informantes encuestados cree necesario hablar valenciano
para sentirse valenciano, sea por lealtad, por utilidad, orgullo,
para evitar su pérdida, para la integración en el grupo,
etc.). Es una seña más bien de identificación
de grupo (endogrupo) político o social (Gómez Molina,
1998:95-96). |
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En cuanto al peso de las variables sobre estas actitudes, los mismos
estudios señalan que, al margen de la lengua habitual por
supuesto, la más determinante, son las mujeres, el nivel
medio y bajo y los mayores de 55 años los que valoran más
positivamente el castellano. El estrato joven es heterogéneo,
pues muestra divergencias en cuanto a creencias y actitudes sobre
ambas lenguas; determinados sectores manifiestan la inexistencia de
identidad-lengua, e incluso consideran el castellano como símbolo
de valencianismo, frente a otro sector que siente orgullo por hablar
valenciano y cree en su vitalidad futura. Los hablantes de la ciudad
valoran más el castellano.
El proceso llamado de normalización lingüística
ha de apuntar y respetar, por tanto, dicha tendencia. La normalización
no puede significar únicamente la regularización sistemática
de una de las dos lenguas, sino el uso normal, con total normalidad,
de una y otra en cualquier situación, y el respeto mutuo
hacia ambas; ha de buscar el equilibrio y no favorecer un nuevo predominio,
más aún si la sociedad así lo demanda. Pues bien,
es preciso indicar que hoy en la Comunidad Valenciana no existen trabas
políticas, ni ideológicas, ni tampoco, por supuesto,
legales que impidan el uso de cualquiera de las lenguas oficiales,
castellano o valenciano. El avance hoy en la normalización
del valenciano no es en perjuicio del castellano, y ello se observa
tanto en la actuación gubernamental como en general en las
actitudes hacia esta lengua. Tal proceso de normalización,
entendido para la mayoría como normalidad, se extiende
incluso a zonas castellanas de la Comunidad, donde el grado de tolerancia
al oír hablar valenciano, incluso al hablarles, es cada vez
mayor; la influencia de los medios de comunicación, en especial
de la radio y la televisión valencianas, ha sido determinante
en ese sentido.
El conflicto, más sociopolítico que lingüístico,
ya no está tanto entre el castellano y el valenciano, sino
entre el valenciano y el catalán. De ahí la reciente
creación de la Academia valenciana de la lengua, la cual, como
su nombre deja de indicar, se ocupa de la otra lengua de los valencianos
que no es el castellano. Pero las tensiones o problemas actitudinales
en ambos frentes solo se perciben actualmente en una minoría
de la población, entre algunos sectores, y, afortunadamente,
en sentido decreciente (Gómez Molina, 1998). Quizá,
unos de las razones de esta distensión sea la sustitución
de la lingüística política por una política
lingüística desde distintos ámbitos, y sobre todo
por el sentido común de la mayoría de la sociedad.
4.2. De uso diglósico a uso contextual
Cuando el avance de la normalización o normalidad de uso de
una lengua entre los miembros de la comunidad hablante termina con
la situación de diglosia y disminuyen o desaparecen los conflictos,
así como las creencias y actitudes negativas sobre alguna de
ellas, la actuación lingüística en una u otra se
convierte a veces en variedad situacional. En mi opinión, es
lo que ocurre en la Comunidad Valenciana. Dada la situación
de convivencia entre castellano y valenciano, de las actitudes positivas
del bilingüe y del monolingüe hacia dicho bilingüismo
activo o pasivo, de la tendencia general a considerar seña
de identidad el empleo de ambas, puede afirmarse que el anterior uso
diglósico se ha convertido en uso diafásico, es decir,
el empleo de una u otra lengua queda regulado por principios de relevancia
en un contexto y, subsidiariamente, por variables sociales. Dicho
de otro modo, actualmente, el castellano o el valenciano, en sus distintas
modalidades, constituyen variedades diafásicas y, en ocasiones,
diastráticas. En general, según los datos oficiales
y las investigaciones sobre el tema aquí tratado, el valenciano
sigue utilizándose más en familia o en ámbitos
de cotidianidad, especialmente en la comunicación de grupo,
y su valoración más positiva corresponde al componente
afectivo; el castellano se utiliza más en ámbitos profesionales,
en la comunicación entre grupos (componente conativo), y tiene
además un alto valor instrumental. Si atendemos ahora a las
modalidades lingüísticas de ambas lenguas, se constata
que el castellano no estándar y el valenciano no estándar
(por ejemplo, el apitxat o más castellanizado) se usan
en situaciones de informalidad (bar, casa, tienda
), frente al
valenciano y castellano estándar que se emplean en situaciones
de mayor formalidad (escuela, radio, TV...). |
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El uso diafásico sólo se ve alterado por ese ya viejo
conflicto valenciano-catalán, el cual no sólo no ha
ayudado al proceso de normalización, sino que antes bien lo
ha perjudicado hasta el punto de convertir la lengua española
en bando neutral y en refugio de los indecisos o inseguros, de los
indiferentes y de aquellos bilingües de lengua materna valenciana
que sienten heridas sus señas de identidad grupal (regional).
5. Consecuencias lingüísticas
Aunque la coexistencia prolongada entre castellano y valenciano ha
propiciado intercambios y transferencias en ambas direcciones (préstamos
culturales, básicamente léxicos, y préstamos
íntimos, en cualquier nivel), la influencia y acción
de la primera, como lengua de prestigio, ha sido mucho mayor. De hecho,
la situación de diglosia propició el estancamiento lingüístico
del valenciano, así como la escasa o lenta evolución
de las formas lingüísticas propiamente valencianas, al
tiempo que favoreció un proceso de sustitución de muchas
de estas por formas castellanas [según E. Casanova (1997:130),
el siglo XVIII es un momento clave para entender
el conservadurismo léxico del valenciano frente al catalán
central]. Tal conservadurismo choca en un momento dado con la evolución
propia de la variedad estándar catalana, lo que constituye
otro de los motivos del conflicto social ya aludido entre grupos pro-valencianistas
y grupos pro-normativistas.
Evidentemente, las influencias entre lenguas en contacto se ven favorecidas,
además de por las tendencias y evoluciones internas de cada
una de ellas, por la comunión de sus sistemas lingüísticos.
Una lengua se resiste a evoluciones extrañas, que no le sean
propias o añadan cierto equilibrio a dicho sistema. Si sucede,
hay que pensar que a la función estrictamente lingüística
se añade con fuerza otro tipo de función más
de carácter social o pragmático.
La tendencia del castellano en la comunidad, en cuanto a estas influencias
del valenciano, es de convergencia; es decir, los valencianismos coinciden
en cierto modo con procesos y tendencias (aunque no siempre normativas)
propios o semejantes del castellano general.
Si dejamos a un lado la influencia aragonesa, manchega y murciana
en ciertas hablas de la comunidad (comp. el habla del Alto Mijares,
el habla de Requena-Utiel, el habla de Villena, etc.), el español
levantino constituye una modalidad marcada por el contacto con el
catalán en su variedad valenciano, ciertamente multiforme dadas
las diferencias diatópicas observadas en las distintas áreas
(Castellón, Alicante y Valencia).
De dicho contacto de lenguas derivan algunas características
distintivas del español valenciano, que paso a enumerar. |
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En el nivel fónico, uno de los rasgos más evidentes
del citado contacto lo constituye la prosodia, en concreto, la entonación
(especialmente marcada en algunas zonas de la provincia de Castellón),
o los cambios acentuales (por ejemplo, en la composición con
clíticos aparece un segundo acento sobre el pronombre átono
de primera persona: [kámbiaméla]). Destacan algunos
fenómenos fonéticos como el de la pronunciación
labiodental de la grafía v, el ensordecimiento de la
consonante sonora /d/ en posición final [madrít]; el
seseo, ya no sólo en algunos bilingües con predominio
del valenciano y con escasa competencia en castellano, sino en algunas
zonas de habla castellana, como en la comarca de Buñol-Chiva,
contigua a Valencia; las aberturas vocálicas, etc. De especial
interés es la menor relajación articulatoria o pronunciación
ultracorrecta de algunos sonidos, por ejemplo, de la /d/ intervocálica
de los participios en -ado, de la grafía x [eksákto]
[A esta pronunciación ultracorrecta de algunos sonidos castellanos
en hablantes de lengua materna catalana en Lérida alude Monserrat
Casanovas (2000. Tesis, p. 71 y ss)].
Son casos de transferencias cómodas el empleo de algunas formas
conjugadas del verbo caler, petrificadas en ciertas construcciones:
no cal que vengas; la presencia de tal fenómeno en zonas
castellano-manchegas de la Comunidad apoyaría el supuesto origen
aragonés de la fórmula en castellano.
Fenómenos de reestructuración o de interferencia documentados
en el corpus Valesco (ver Briz, 1985 y Briz y grupo Valesco, e.p.),
así como en estudios específicos ya sobre dicho corpus,
Gómez Molina (2000), o sobre otros, Gómez Molina (1986),
Blas Arroyo (1993) y (1998), son:
- La personalización sistemática del verbo haber:
habían muchos coches, presente en el castellano vulgar
(A. Bello se refiere ya a este vulgarismo en castellano de concordar
el verbo haber con el complemento directo).
- El género femenino de voces como calor, olor (siempre
femeninos en catalán y presentes como vulgarismos en castellano).
- El uso de que, al comienzo de estructuras interrogativas
totales, ¿que viene Juan?, no siempre átono
(menos extendido, construccionalmente hablando, que en el español
de Cataluña); y parciales ¿que cuándo
vais al pueblo?, aunque en este caso átono y menos
significativo, pues el rasgo aparece en el español oral
general. Un estudio prosódico previo en CSL parece confirmar
que no son igual de átonos; comp.: ¿que viene?
(con tonema descendente: petición de confirmación,
pregunta asertiva) con ¿qué viene? (con tonema
final ascedente: pregunta exclamativa).
- La presencia continua de la pro-forma hacer, característica
también del español coloquial en general; son construcciones
típicas: hacerse un café, hacer vacaciones, hacerse
mal, hacer tarde, hacen un película de vaqueros, ¡qué
mal olor hace!
- El empleo de construcciones del tipo tener de hacer algo
(Blas Arroyo et alii, 1992:62), anticuadas o de uso más
restringido en castellano, aunque explicables en ambas lenguas
por cruce con «haber de hacer» (en castellano pervive
la perífrasis en indicativo, con la primera persona:
he de hacer).
- El uso frecuente del artículo con nombres propios, vulgar
en castellano.
- Las interferencias en el uso de las preposiciones: a/en (compárese
en castellano: sentarse a la mesa/en la mesa), entre las
que aparecen casos de no convergencia, por ejemplo, entre en/con
con valor de compañía o instrumental: viene en
tres amigos; empezó con cachondeo en el dichoso reloj.
En relación con otro de los fenómenos lingüísticos,
el cambio de código, cabe afirmar que los bilingües con
predominio del catalán cambian a menudo de lengua en presencia
de un castellanohablante, aun cuando sepan que tiene competencia pasiva,
ya sea, como señalábamos, por norma de conducta social,
solidaridad o neutralidad, ya, de manera muy localizada actualmente
(pueblos, mayores, nivel bajo), como demostración de conocimiento
de la lengua de prestigio ante el interlocutor castellano o ante otro
u otros interlocutores valencianohablantes (en algunas familias de
valencianohablantes, los padres se dirigen a sus hijos en castellano,
y los mismo sucede con los abuelos y nietos). Sólo cuando existe
un motivo informativo especial mantienen su lengua materna. En ámbitos
concretos, por ejemplo universitarios, la interacción puede
transcurrir en las dos lenguas. |
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En los semibilingües y monolingües en castellano la alternancia
de código es a menudo una estrategia social de aproximación
o solidaridad con el interlocutor valencianohablante; entra también
a veces el componente lúdico y así mismo pueden reconocerse
valores estilísticos y pragmáticos. Se trata especialmente
de formas rituales de saludo y despedida, expresiones pertenecientes
al lenguaje repetido, conectores pragmáticos, etc. Así,
como recurso de aproximación social, en algunos juegos de cartas:
no vaig; como recurso lúdico: me estoy pisando;
en expresiones exclamativas, como refuerzo de lo dicho, de la actitud
o punto de vista, modo de dar relieve singular: ¡la mare
que va!, ¡nos ha fotut!, ¡collons el tío! (a
veces con valor eufemístico); en fí; bon día.
En el corpus manejado los cambios de código aparecen con bastante
frecuencia en los relatos dramatizados o secuencias de historia en
estilo directo, ya reproduciendo la cita en el caso de los bilingües,
ya alguna palabra o expresión en el caso de semibilingües
o monolingües [ver Gómez Molina (2000) y Blas Arroyo (1998:
79 y ss)]. Por supuesto, tanto en los bilingües como en los monolingües
se producen alternancias no voluntarias; se dice y a veces también
se escribe, por ejemplo, consellería (se toma el termino
prestado, alternando la grafía catalana l.l con la presencia
de acento, propia del castellano, pero no del catalán).
6. Resumen y conclusiones
La situación de diglosia fuerte en la Comunidad Valenciana
entre catalán y español, en favor de esta última
lengua, así como el conflicto social entre ciertos grupos y
sectores al que había evolucionado se ha superado, se ha impulsado
la convivencia de las dos lenguas oficiales. Y si bien se ha revalorizado
el uso del valenciano, se ha extendido su funcionalidad más
allá del ámbito familiar, especialmente en ámbitos
educativos, y ha aumentado en los últimos años su prestigio
social, no ha sido en perjuicio del castellano. Hoy hay convivencia
pacífica entre monolingües castellanos (bastantes de estos
ya semibilingües) y bilingües. Sólo algunos hablantes
de tercera generación (mayores de 55 años), sobre todo
pertenecientes a estratos socioculturales medios-bajos o bajos, y
especialmente de zonas rurales, mantienen esa herencia diglósica.
El uso del castellano o del valenciano se vincula hoy a la situación.
Es más un empleo diafásico que diglósico. Los
parámetros comunicativos o de situación son los que
marcan con más frecuencia el empleo de una u otra lengua. El
predominio del castellano en lo oral (más aún en lo
escrito) y su mejor valoración en el componente cognoscitivo
no es tanto una cuestión de prestigio social como del mayor
poder y valor funcional e instrumental de esta lengua. El valenciano
queda como modalidad más valorada afectivamente y de uso más
frecuente dentro de un grupo, si bien con un ligero aumento en su
empleo en ámbitos formales. De lo anterior puede extraerse
una conclusión más general: las lenguas en contacto,
cuando no están en conflicto, acaban por convertirse para los
usuarios en modalidades lingüísticas usadas en virtud
de la situación, de las características sociolingüísticas
de los usuarios y del tipo de interacción. |
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El castellano es la lengua neutral. En una situación de conflicto
real o supuesto entre ambas lenguas o entre las variedades propias
del valenciano, el español es la lengua elegida. Además,
el hablante bilingüe tiende siempre al uso del castellano al
hablar con un extraño.
Aunque ninguna lengua en contacto con otra puede sustraerse a la acción
e influencia de esta, la historia lingüística, social,
cultural y política determina en cada caso el grado mayor o
menor de transferencias o de intercambios, así como la dirección
predominante de los mismos. El castellano, por ser la lengua de prestigio,
ha sido también la que ha ejercido una mayor influencia sobre
la otra lengua en contacto, el catalán en su variedad valenciano.
No por ello dejan de reconocerse ciertos rasgos, recogidos en este
trabajo, que individualizan el castellano de esta comunidad. Por supuesto,
las características lingüísticas y los rasgos socioculturales
de la población valenciana tienen consecuencias claras en relación
con los fenómenos de contacto ejemplificados, con su grado
de aparición, con la proporción e intensidad y con su
materialización, más aún si los comparamos, por
ejemplo, con los que aparecen en otras zonas de contacto del español
con el catalán. Sea el caso de la pronunciación ultracorrecta,
de ciertas construcciones sintácticas, etc.
Las transferencias del valenciano al español son, sobre todo,
de convergencia. Uno de los motivos principales del predominio de
tal tendencia convergente es el conservadurismo gramatical y léxico
del valenciano, su castellanización, o, si se prefiere, su
evolución siempre dependiente del castellano. De hecho, algunos
de los fenómenos lingüísticos apuntados pueden
documentarse en castellano medieval, o en modalidades vulgares, si
bien su frecuencia, las restricciones estructurales de empleo y el
ámbito al que se adscriben son distintos. Así pues,
gracias al contacto con el valenciano, hechos lingüísticos
del pasado y ciertas modalidades sociolectales del castellano se convierten
en rasgos propios de la variedad diatópica objeto de estudio.
El uso del castellano por parte de los bilingües tiene un carácter
específico (un bilingüe no es la suma de dos monolingües).
Dicha especificidad viene en parte marcada por la fusión o
intersección, que no suma, de lenguas en la interacción.
Las interferencias y los cambios de código expuestos más
arriba, ya por comodidad, ya por necesidad funcional, son manifestaciones
superficiales de esa especificidad, de la que curiosamente no son
conscientes los propios hablantes. Tampoco el castellano de los monolingües
en zonas de contacto de lenguas puede identificarse con el del hablante
castellano en general. En el caso de aquellos el contacto con la otra
lengua, aunque tenga carácter adyacente, favorece la presencia
de fenómenos lingüísticos de transferencia y cambio
de código, muchos de los cuales, como señalábamos,
buscan la comunión fática, tienen carácter lúdico
o presentan una función pragmática. Quizá, falten
estudios (por ejemplo, como el de Romaine, 1989) que insistan en esos
papeles pragmáticos en el habla de unos y de otros hablantes,
especialmente, en la interacción coloquial, pues ahí
es donde más frecuentemente se producen y más auténticamente
se manifiestan los hechos lingüísticos derivados del contacto. |
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