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Luis Fernando Lara
Los diccionarios contemporáneos del español
y la normatividad |
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¿Por qué cree la gente en los diccionarios? ¿Por
qué acude al diccionario no sólo para buscar información
acerca de algo que ignora, sino para encontrar en él información
verídica y correcta? Estas dos preguntas son centrales si queremos
situar en su justa dimensión el papel que tienen los diccionarios
en una comunidad lingüística moderna, como la nuestra.
No dudo que muchos lectores de diccionarios y aun muchos lexicógrafos
reaccionen con perplejidad a ellas y opten por considerarlas insulsas.
Pero no lo son. Este uso de los diccionarios es uno de sus fundamentos;
aquél que los vuelve partes integrantes de la vida social y
que hace de la lexicografía uno de los dominios de la lingüística
en donde la relación entre la lengua y la sociedad se manifiesta
siempre de manera crítica, pues la expectativa de veracidad
y corrección es más exigente para un diccionario que,
incluso, para una obra científica, con todo y que de ésta
se dé por sentado su compromiso con la verdad. |
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¿De qué verdad tratan los diccionarios? No en primer
lugar de la que surge de la correspondencia entre un hecho o un fenómeno
y su descripción exacta o su explicación y su predicción,
que es el caso del tratado científico y de las enciclopedias,
que en ese sentido son summas del conocimiento científico
adquirido en una época determinada 1,
sino ante todo de la que se funda en la inteligibilidad pública,
es decir, de la que se precipita desde la manifestación verbal
de las experiencias individuales de la vida hacia la socialización
de esas experiencias, que entran en circulación para toda la
comunidad lingüística; la verdad social, que se origina
en la experiencia y el conocimiento pero se interpreta en la comunicación
verbal, en la tradición y en la cultura. Pues lo que transmite
el diccionario no es sólo la experiencia verificable de un
hecho o de un acontecimiento, sino además esa experiencia manifiesta
y valorada en una tradición verbal, en una lengua histórica,
en una cultura. La veracidad de los diccionarios se funda entonces
en su capacidad para analizar y formular con precisión, concisión
y validez social el significado de los vocablos y el uso de esos vocablos
en la comunidad lingüística. En esa medida es tan importante
para el diccionario la verdad del significado como la valoración
social del uso del vocablo.
En este artículo me ocuparé de la cuestión de
la validez social de los diccionarios, que ya traté, en general,
en mi libro referido antes, pero ahora lo haré en relación
con la lexicografía hispánica contemporánea.
La validez de los diccionarios contemporáneos de la lengua
española está entrando en crisis, debido a una serie
de cambios que se han venido produciendo en nuestras sociedades y
en sus respectivos agentes normativos, como efecto lógico de
acontecimientos históricos internos y externos a ellas.
La historia de los diccionarios de la lengua española ha estado
determinada, hasta ahora, por la actividad de la Real Academia Española
2. Debido a la manera en
que la Academia adquirió su papel de principal agente normativo
en todo el mundo hispánico 3,
todos los diccionarios que se han escrito hasta épocas recientes,
tanto los integrales españoles como los diferenciales peninsulares
y americanos, han derivado su validez de los diccionarios académicos.
Se puede analizar esa validez en tres aspectos: el origen y el manejo
de los documentos que permiten establecer las nomenclaturas de los
diccionarios, proceder a las inserciones posteriores de vocablos en
la nomenclatura y realizar el análisis lingüístico
(ortográfico, gramatical y semántico); la manera en
que hacen el análisis semántico de los vocablos, elaboran
sus definiciones y ordenan sus acepciones; y el carácter normativo
con que se componen las nomenclaturas, las marcas de uso y los comentarios
de corrección. |
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Quizá se pueda sostener la idea de que el único acervo
original de documentos en la lexicografía hispánica
ha sido, hasta hace casi treinta años, el de la Academia Española
4; y este acervo descansa,
sobre todo, en el que recogió para la elaboración de
su primer diccionario, llamado de Autoridades 5.
De entonces para acá la Real Academia ha venido acrecentando
su acervo de vocablos, con la ayuda de las Academias hispanoamericanas.
En cambio, los diccionarios que han venido publicando diferentes casas
editoriales en España y en Francia desde el siglo XIX
no parecen haber acopiado información original por sí
mismos, sino que han seguido los procedimientos acostumbrados de refundición
6 de los datos que ofrecen
los diccionarios académicos. Así, sobre la base de la
nomenclatura y las definiciones académicas, estos otros diccionarios
se limitan a reunir algunos cientos de voces nuevas, hacer correcciones,
simplificar definiciones y combinar de diversas maneras y para diferentes
fines los vocablos que les interesan, sin que se conozcan sus criterios
y sus métodos, ni mucho menos se sepa de la existencia de algún
corpus sistemático de datos.
Mientras que el diccionario de la Academia reinó soberano sobre
la idea de la lengua de las sociedades hispanohablantes, sus defectos
de acopio de vocablos (defectos que sufren todos los diccionarios,
por naturaleza) se explicaban por la estrecha prescriptividad que
se ha reconocido siempre a la Academia Española. Un vocablo
faltante en su nomenclatura no se consideraba un defecto de documentación,
sino una decisión de la Academia, para no aceptar voces
que no contribuyeran a poner en práctica su lema de «limpiar,
fijar y dar esplendor a la lengua». Como en la mayor parte de
los casos se trataba de extranjerismos, de voces dialectales, de voces
populares no castellanas o de términos técnicos, es
muy probable que, en efecto, la Real Academia haya tomado muchas veces
la decisión de no incluirlos en su diccionario, a pesar de
contar con datos suficientes de su existencia, pues al fin y al cabo
su orientación a la lengua literaria lo hizo, desde un principio,
un diccionario selectivo. Eso facilitaba que los diccionarios de las
editoriales comerciales se desmarcaran de él y reclamaran como
virtud propia y suficiente motivo de venta el incluir en sus nomenclaturas
voces no consideradas o todavía no aceptadas por la
Academia. Los diccionarios de regionalismos, por su parte, de carácter
diferencial, dependían siempre de la comprobación de
que los vocablos incluidos en ellos no aparecieran en el diccionario
académico 7. |
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La filología decimonónica influyó sobre la lexicografía
de manera importante precisamente en el acopio de datos. Se exigía
fidelidad a los textos, búsqueda de datos preciosos para la
reconstrucción histórica de los vocablos, documentación
exhaustiva, independientemente de su calidad literaria y, en cambio,
desestimación de todo criterio normativo. El New English
Dictionary o Diccionario de Oxford, el mejor ejemplo de esa lexicografía
filológica, hizo pasar a segundo plano en su comunidad lingüística
el criterio normativo; éste tuvo que ser tomado por otros diccionarios
y por otros agentes sociales 8.
En la historia de la lexicografía española, esa influencia
se manifiesta en el proyecto del nuevo diccionario histórico
de la Academia Española, de Julio Casares 9.
El «principio filológico», como llama Alain Rey
al método preconizado por los diccionarios históricos,
pone en evidencia la limitación de los criterios normativos
y muchas veces puristas con que se han elaborado los diccionarios
académicos. Se puede suponer que, desde el momento en que se
dio comienzo a los trabajos del diccionario histórico en la
Academia, la actividad lexicográfica de esta institución
se repartió entre dos clases de diccionarios, elaborados para
dos finalidades diferentes: la histórico-filológica
y la inmediata social-normativa: el diccionario histórico,
planeado de acuerdo con el «principio filológico»,
y el muchas veces llamado «vulgar», con su carácter
normativo tradicional; el llamado Diccionario manual, caracterizado
por su mayor flexibilidad en la inclusión de palabras todavía
no aceptadas por la Academia y, en ese sentido una especie
de diccionario provisional (aunque su composición distinta
lo convirtió en un valioso instrumento de trabajo) forma parte
de la misma finalidad social-normativa. El «principio filológico»
no alteraba, de esa manera, la tradición normativa de la Academia,
y, al mismo tiempo, la Academia reconocía cierto valor al puro
registro lexicográfico. |
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Pero la influencia posterior de la lingüística moderna
y sus objetivos descriptivistas y sincronicistas no tardó mucho
en hacerse notar. De la lingüística surge la necesidad
de formar grandes corpus de datos, que provean a la lexicografía
con material actual, vasto y representativo de un estado de lengua
determinado, ya no guiado por el interés histórico,
sino por el de la pura descripción del estado de la lengua
10.
La necesidad de trabajar con corpus se sentía más en
América que en España, no sólo por la influencia
de la lingüística, sino sobre todo debido al papel que
ha tenido la lexicografía del regionalismo en nuestro continente
y al carácter secundario que la Real Academia le ha dado históricamente
a las variedades americanas del español. Los diccionarios de
regionalismos, aun cuando se redactaban para censurar barbarismos,
vulgarismos y solecismos desde mediados del siglo XIX
hasta el último cuarto del XX, respondían
también al deseo inconfeso de encontrar en un diccionario palabras
queridas de cada región española o hispanoamericana,
sin alterar el predominio documental y normativo del diccionario académico.
Pero a base de diccionarios de regionalismos no es posible pretender
que se reconoce toda la lengua de una región (por ejemplo,
de un Estado nacional como México). En primer lugar, porque
las voces realmente usuales en cada región no son sus regionalismos,
que son voces marginadas por su proveniencia (los amerindianismos,
los africanismos, por ejemplo), por el ámbito natural que nombran
(nombres de plantas y de animales) o por su uso (voces populares,
coloquiales, groseras, etc.). Por el contrario, el español
usado en cada región comparte con todas las demás un
gran conjunto de voces de la lengua histórica, sólo
que, debido precisamente al predominio normativo y selectivo de los
diccionarios académicos, nunca se ha podido comprobar cuánto
hay en común entre todas las regiones hispánicas, cuánto
han variado a partir del núcleo común, y en qué
ámbitos de la lengua se hace más intensa la variación.
Por eso a base de una selección aleatoria y muchas veces caprichosa
de vocablos, hecha por un conjunto de individuos amantes de la lengua
de su tierra (por ejemplo, los miembros de las Academias correspondientes
o los redactores lexicográficos de una editorial), generalmente
refundiendo datos de pequeños diccionarios o de listas de palabras
recogidas de cualquier manera, y mediante comparaciones mecánicas
entre sus datos y los diccionarios académicos no es posible
ofrecer un registro representativo suficiente de la variedad regional
en cuestión. En segundo lugar, porque todavía no hay
suficientes acopios documentales sistemáticos que permitan
comparar los usos regionales entre sí, o un gran diccionario
del español peninsular que atienda por completo a sus diferentes
regiones y, en consecuencia, pueda servir de medio de comparación
con los usos de otras regiones 11.
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Por eso la necesidad de trabajar con corpus extensos de datos se ha
generalizado en los últimos treinta años, aunque desgraciada
y paradójicamente todavía no en la mayor parte de Hispanoamérica
12. Gracias a esa necesidad
hay ahora varios corpus del español como los citados antes
en notas. Los integrantes del equipo lexicográfico del Diccionario
del español de México fuimos los primeros en trabajar
con un gran corpus de datos lingüísticos para elaborar
un diccionario contemporáneo. Nuestro Corpus del español
mexicano contemporáneo (1921-1974) se construyó
en 1974 para poder reconocer, de manera integral, el español
de México.
El corpus de datos es el único acervo capaz de nutrir a la
lexicografía con suficientes vocablos que compongan una nomenclatura
basada en la realidad social de la lengua; sirve también para
hacer estudios cuantitativos de frecuencia de uso y de dispersión
geográfica y social de los vocablos, que lleven a una determinación
apegada a la realidad de las marcas de uso de las palabras; dota al
análisis semántico de contextos suficientes para desentrañar
los significados de las voces y provee al lexicógrafo de ejemplos
reales para ilustrar el uso de los vocablos. En la situación
en que se encuentra actualmente nuestro conocimiento de la variedad
hispánica, sólo el trabajo con corpus bien construidos
13 nos permite identificar
las voces que son comunes a todas las variedades y las que se restringen
a solamente algunas regiones. Precisamente la limitación regionalista
de la lexicografía hispanoamericana, combinada con el predominio
normativo del diccionario académico, han sido los causantes
del desconocimiento de la verdadera riqueza y de las dimensiones de
la variedad de la lengua española en el mundo hispánico.
Sólo cuando conociéramos con suficiente precisión
el vocabulario real de todas las regiones hispánicas podríamos
pretender que conocemos el léxico de la lengua española
en su totalidad. En cambio, las viejas costumbres lexicográficas
de refundir materiales previos, acopiar palabras según las
capacidades individuales de los equipos lexicográficos, y desdeñar
la consideración seria, bien documentada y objetiva de las
variedades del español contemporáneo, como sucede con
muchos diccionarios comerciales, por ejemplo, con la segunda edición
del Diccionario de uso del español de la Editorial Gredos
el nuevo Moliner están poniendo en crisis
la validez de esos diccionarios para el conjunto de los hispanohablantes
no españoles en el mundo. |
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Pues las sociedades hispánicas contemporáneas tienen
ahora mayor conciencia de sus propias características; sienten
mayor justificación para exigir diccionarios ajustados a su
realidad lingüística y conocen los productos lexicográficos
con que cuentan otras grandes comunidades de lengua, en particular
la inglesa y la francesa. Cuando la Editorial Aguilar vende en Hispanoamérica
el Diccionario del español actual de Manuel Seco como
si fuera un diccionario de toda la lengua española, en vez
de reconocer, como lo hace su autor, que es un diccionario del español
peninsular, no sólo engaña a sus compradores, sino los
desorienta e induce conflictos normativos entre sus lectores menos
educados. Este diccionario, sin embargo, tiene un sólido sustento
documental, por lo que, considerado en lo que sí contiene,
es sin duda una importante contribución al conocimiento del
español contemporáneo peninsular; el nuevo Moliner,
en cambio, sin un sustento reconocible, es cada día menos válido
como diccionario de toda la lengua española. |
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Si era una costumbre de la lexicografía hispánica incluir
en los diccionarios voces que la Academia de la lengua no aceptaba
todavía, sus autores lo hacían señalándolo,
lo que era un reconocimiento explícito a la autoridad normativa
de la Academia; en los diccionarios más recientes, ese reconocimiento
tiende a desaparecer. Por un lado, debido al hecho saludable, de que
la sociedad española se está desembarazando de muchas
actitudes autoritarias y tiende a aceptar muchas voces ella misma,
sin la intervención de la Academia; por otro, debido al paso
que han dado sus lexicógrafos en dirección a una posición
descriptiva y no normativa en la elaboración de diccionarios.
Pero una actitud descriptiva comienza por asegurarse de la calidad
y la extensión de los datos de que se dispone; de otra manera,
el diccionario se convierte en un conglomerado de informaciones de
diversa calidad, de límites imprecisos y de confusión
en el tratamiento de los vocablos. El paso de la lexicografía
normativa a la descriptiva requiere garantizar la calidad de los datos
descriptivos y una comprensión más cuidadosa de los
fenómenos normativos en el mundo hispánico, que apenas
se ha dado. |
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La normatividad es un elemento inherente a la vida de las lenguas.
Una cosa es la reducción científica que opera la lingüística,
para despejar la complejidad real de los elementos de la lengua y
poder descubrir cómo es su sistema lingüístico
sin que intervengan las normas (una reducción necesaria y legítima),
y otra cosa es que la normatividad existe y es imprescindible para
que la lengua cumpla su papel de comunicar a sus miembros, urdir sus
redes sociales y ofrecer un horizonte de inteligibilidad al conocimiento.
Como he señalado en otros trabajos, interpreto la normatividad
hispánica a partir, por lo menos, de dos valores compartidos
por todas nuestras comunidades: el de la unidad de la lengua y el
del reconocimiento de las tradiciones verbales populares14.
El primer valor se ha manifestado desde Nebrija hasta ahora, tanto
en España como en Hispanoamérica y es el que funda la
capacidad normativa de la Academia Española (así como
la validez panhispánica de los otros grandes diccionarios elaborados
en España); el segundo se observa desde la narrativa de los
Siglos de Oro y la manera en que el Diccionario de Autoridades
recoge voces populares, e incluso de germanía, hasta la más
reciente novelística hispánica. Si el valor de la unidad
de la lengua no sobreviviera, no estaríamos ahora hablando
de lexicografía hispánica, sino que ésta se habría
fragmentado en muchas lexicografías, basadas en valores etnocéntricos
o rígidamente nacionalistas. Si el valor de las tradiciones
populares no se hubiera conservado, los lectores del Diccionario
del español usual en México15
no se reunirían en grupos diversos para festejar la manera
en que este diccionario recoge las tradiciones verbales populares
mexicanas. |
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De esos dos valores se derivan dos clases de normas: las que buscan
conservar la inteligibilidad mutua de todos los hispanohablantes y
las que aprecian la lengua popular de cada región hispánica,
cada día más contrarias al estrecho casticismo y a la
selección orientada sólo a la lengua de la Península,
que practicaba la lexicografía tradicional (que, hasta ahora,
son las que han dado mayor validez al trabajo que realizamos en México).
La actividad lexicográfica de la Real Academia ha logrado,
a lo largo de los siglos, instaurar un vocabulario culto, de origen
sobre todo literario, cuyo uso forma parte de todas las variedades
regionales del español. En cambio, ha sido errática
y por ello azarosa en su registro de voces coloquiales y populares
en todo el mundo hispánico; de allí proviene la validez
de la lexicografía regionalista. A la lengua culta pertenecen
también los vocablos científicos y técnicos,
de acuerdo con las tesis del Círculo de Praga, que siguen ofreciendo
los criterios más adecuados para comprender ese nivel de uso
de las lenguas16. Sin
embargo, la idea de la lengua que predomina en nuestras comunidades
lingüísticas es tan exclusivamente literaria que desdeña
las voces científicas y técnicas, lo cual se ha venido
convirtiendo en un problema cada día más grave de la
lexicografía hispánica y de los hispanohablantes, que
no encuentran las suficientes obras de consulta que les ayuden a seguir
el paso de la civilización contemporánea. |
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Por debajo de esos dos valores hispánicos se agrupan valores
secundarios, definidos por cada sociedad hispánica. Así
por ejemplo, un valor mexicano es el aprecio de las voces amerindias
que han entrado a formar parte de su español17. De ellos se
producen normas, hasta ahora sólo implícitas y tendenciales,
como la del respeto de la ortografía de los amerindianismos
en relación con sus rasgos fonológicos reconstruidos
por la filología y la lingüística.
La Real Academia está cambiando y reconoce, aunque no lo haga
explícito con claridad, que sus diccionarios deben ampliar
sus criterios de selección del vocabulario, de acuerdo con
las demandas de la comunidad hispánica, insertando en su diccionario
cada día más voces técnicas y científicas,
y más voces regionales, documentadas por las Academias correspondientes.
Sin embargo, no se advierte todavía una consideración
profunda del carácter actual de la normatividad hispánica,
que le ayude a modernizarse sin caer en el registro aleatorio de voces,
en deslizamientos sincronicistas que hagan desaparecer de su diccionario
voces antiguas o desusadas, en la incorporación unilateral
de voces científicas y técnicas de uso sólo peninsular
y en la incorporación poco informada de voces regionales provenientes
de las Academias correspondientes18.
El diccionario de la Academia ha sido siempre pancrónico y
selectivo. A lo largo de dos y medio siglos ha venido sumando voces
a las que aparecieron en su primera edición, la de Autoridades.
En tanto no se publique el diccionario histórico, aquél
es el único registro público de muchas voces que hoy
están en desuso, pero que forman parte de la tradición
y de la cultura léxica hispánica19.
A la vez, su selectividad ha sido la muestra más patente de
su normatividad. A pesar de eso, a veces parece que algunos académicos
preferirían hacer de este diccionario una obra dedicada únicamente
al vocabulario en uso, es decir, convertirlo en un diccionario sincrónico
y descriptivo. Modificarlo de esa manera conlleva un riesgo, que consiste
en poner en crisis su tradición normativa, sin que se pueda
prever cuál será el resultado en diferentes sociedades
hispánicas acostumbradas a ella. Recuérdese la conmoción
que causó en los Estados Unidos de América la conversión
del diccionario Merriam-Webster, en 1961, en una obra descriptiva,
que abandonó muchas de sus marcas normativas de uso. ¿No
sería mejor hacer un diccionario totalmente nuevo, con características
diferentes, más acordes con los métodos de la lexicografía
contemporánea, en vez de desvirtuar la composición tradicional
del diccionario académico y desorientar a muchos de sus lectores?
La Academia bien podría sostener, junto a su diccionario normativo,
uno descriptivo, semejante al que está preparando el Institut
d'Estudis Catalans para el catalán. |
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Los diccionarios comerciales de las grandes casas editoriales españolas,
que ya compiten con los diccionarios académicos, tampoco han
querido darse cuenta de que necesitan mejorar mucho sus datos y tomar
en cuenta las variedades hispánicas en su conjunto, si desean
seguir publicando diccionarios de validez general. Hasta ahora, su
inclusión de voces científicas y técnicas, coloquiales,
populares y regionales de España e Hispanoamérica descuida
tanto las normas que rigen la lengua culta, como la realidad lingüística
general, con lo que están comenzando a ofrecer diccionarios
de la lengua española sesgados, limitados y parciales. Algunos
de ellos parecen creer que el español americano es una unidad,
que se puede tratar fácil y simplemente mediante suplementos.
Hispanoamérica todavía no se decide a componer diccionarios
integrales del español en cada región (por ejemplo,
la centroamericana) o en cada país. No parece haber duda de
que el método del diccionario integral por regiones o por países
es más eficaz en cuanto a la capacidad de recoger datos con
suficiente representatividad y exhaustividad, que hacerlo desde un
solo lugar y abarcando todo el mundo hispánico. Es más
fácil documentar la lengua española en veintiun diccionarios
integrales, como el Diccionario del español de México,
que en uno solo, para cuya elaboración se necesitarían
decenas de encuestadores, documentalistas y lexicógrafos, reclutados
en todo el mundo hispánico. El diccionario integral por regiones
también tiene que cuidar su papel normativo, pues se le pondera
en relación con la posición que toma respecto de la
Real Academia y con las normas de corrección vigentes en cada
región. |
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Los diccionarios de regionalismos, en cambio, tienen diferente papel
social: nadie espera de ellos que propongan una normatividad sino,
por el contrario, que su capacidad para recoger lo peculiar de cada
región contradiga la selectividad académica. Por otro
lado, los diccionarios de regionalismos no se miden en relación
con el valor de la unidad de la lengua, sino con el del aprecio de
la lengua popular20. Cuando optan por el método contrastivo,
como en los casos de los diccionarios de Augsburgo, su función
es más de carácter científico, histórico
y de apoyo a la traducción, que extensamente social21.
Hoy en día hay varios agentes normativos en el mundo hispánico,
capaces de competir con la normatividad académica: la prensa,
con sus manuales de estilo; la televisión internacional, dominada
por criterios yanquis y el espontaneísmo de los hispanohablantes
nacidos o avecindados en los Estados Unidos de América; los
ministerios de educación de cada país; la radio, con
la fuerza que da la lengua hablada, siempre más apegada a la
realidad cotidiana que la lengua escrita; y los diccionarios. En todos
los casos su acción sobre la lengua tiene efectos normativos.
Por su valor simbólico, los diccionarios podrían seguir
siendo los principales agentes normativos del mundo hispánico.
Como señalé en otro artículo22,
a pesar de los defectos que le hemos censurado durante más
de un siglo a la Real Academia, hoy es ya una institución de
la sociedad y no una institución gubernamental, lo que le da
legitimidad, precisamente en el momento en que, con diferentes pretextos,
la ideología del neoliberalismo y la coartada de la globalización
con que oculta el predominio del capitalismo salvaje y el darwinismo
social está dispuesta a imponer no sólo sus reglas a
las lenguas (el caso de la eñe, hace pocos años), sino
las lenguas a los pueblos (el caso de la imposición del inglés
como lengua exclusiva de la ciencia, la tecnología y el comercio)
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Como la Real Academia, las grandes casas editoriales que publican
diccionarios y las universidades e institutos de investigación
que elaboran diccionarios, deberían hacerse cargo de la responsabilidad
social que les corresponde, asegurando la calidad de su información
y buscando, con una comprensión adecuada y profunda de la normatividad
hispánica, la legitimidad social que pueden ganar frente a
las sociedades hispánicas.
Quedan por tratar varios aspectos más de la normatividad en
lexicografía, como el de la consideración de los dialectos
en relación con la lealtad que sientan por ellos sus hablantes,
el del reconocimiento posible de normas dialectales, el de las marcas
de nivel de uso, que tienden a mezclar normas lingüísticas
con normas morales, el de la posibilidad de elaborar nuevos diccionarios
de autoridades, etc. Pero la extensión de este artículo
ya no me permite hacerlo. La validez social de los diccionarios, como
espero haber mostrado, es un tema que debe explorar bien la lexicografía
hispánica contemporánea. |
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Notas:
- Entre muchas otras, ésta es una
más de las diferencias entre enciclopedias y diccionarios.
Cf. mi libro Teoría del diccionario monolingüe,
El Colegio de México, 1997.

- Hace falta una historia crítica de los diccionarios españoles,
en particular, además de los americanos, y una historia
metódica de la lexicografía hispánica. Separo
ambas historias porque corresponden a objetos de estudio diferentes:
los diccionarios, como objetos verbales recibidos por las sociedades
hispánicas en diferentes momentos de sus historias y de
la cultura, y los métodos con que se han elaborado; la
lexicografía hispánica, determinada por la práctica
académica y la influencia tanto de la formación
de los mercados para los diccionarios, como de las lexicografías
de otras lenguas, en especial de la francesa.

- Un tema que forma parte de esa deseada
historia crítica de los diccionarios hispánicos,
en este caso referida a la vida social española durante
el siglo XVIII y a partir de la aparición
del Diccionario de Autoridades, y a la vida social hispanoamericana,
a partir de la aparición de las primeras listas diferenciales
de vocablos usados en América.

- Nuestro Corpus del español mexicano
contemporáneo (1921-1974), que es la base documental
del Diccionario del español de México, se
formó en los años 1973-74.

- El Corpus diacrónico del español
(CORDE) que ha puesto recientemente la Academia a disposición
del público parte de ese acervo originario; el Corpus
de referencia del español actual (CREA), en cambio,
es un acervo moderno, elaborado con criterios muy diferentes de
como se hizo en el pasado. Criterios, por cierto, muy cuestionables,
que no trataré ahora.

- Se podría hablar también de plagio; sin embargo,
el plagio ha sido una costumbre en la lexicografía mundial
y no se le censura como cuando se trata de obras de un autor determinado.
Pues aunque todos los diccionarios tienen autor, su materia es
el acervo social del léxico y el significado que explicitan
es el que ha adquirido cuño social. Quizá por eso
los autores de los diccionarios siempre pasan al segundo plano,
incluso cuando inauguran una tradición lexicográfica
o imponen un estilo lexicográfico, como en los casos de
María Moliner, Pierre Larousse o Noah Webster. Se puede
demostrar que cada uno de estos autores copió definiciones
de diccionarios precedentes, y cada uno de ellos ha sido objeto
de copia por los posteriores. Por eso se habla en lexicografía
de «refundiciones», como cuando se trata de obras de
la tradición literaria, rehechas o incorporadas a otras
más modernas. Es que el diccionario es una obra de la sociedad,
para la cual sus autores son solamente los instrumentos de su
elaboración concreta.

- Cf. Luis Fernando Lara, «La
cuestión de la norma en el Diccionario del español
de México», en Dimensiones de la lexicografía.
A propósito del Diccionario del español de México,
El Colegio de México, México, 1990, pp. 157-194.

- Al respecto, véase el primer capítulo de mi libro
antes mencionado.

- Véase su Introducción
a la lexicografía moderna, Madrid, Revista de Filología
Española, anejo LII, 1950, especialmente la cuarta parte.

- Aunque al hablar de corpus de datos
tendemos a entender que se trata de grandes conjuntos de textos
reunidos con la ayuda de una computadora y manejados mediante
sistemas de bases de datos automatizadas, hay que considerar que
también son buenos corpus los que se forman mediante resultados
de encuestas bien planeadas, de acuerdo con los objetivos de representatividad
y riqueza descriptiva.

- El Diccionario del español actual,
dirigido por Manuel Seco y publicado por Aguilar en 1999 toma
como corpus la prensa española de la posguerra, pero no
considera la lengua hablada, y aunque recoge muchas voces regionales,
no identifica los lugares o las regiones en que se usan.

- Considérese el Corpus del español
de Chile, construido por Leopoldo Sáez Godoy y el proyecto
de Carlos Coello para hacer lo mismo en Bolivia.

- No me es posible extenderme en este artículo
a tratar la manera de construir un corpus que sea útil
a las necesidades de la lexicografía. Sólo quiero
señalar que no se trata simplemente de reunir decenas de
millones de unidades gráficas, acumuladas de cualquier
manera, aprovechando la capacidad que tienen las computadoras
electrónicas. Sobre el modo en que se estructuró
el Corpus del español mexicano contemporáneo
véase L. F. Lara, R. Ham e I. García Hidalgo, Investigaciones
lingüísticas en lexicografía, El Colegio
de México, México, 1980 y el ya citado Dimensiones
de la lexicografía, pero se puede agregar mucho más,
teniendo en cuenta los otros corpus que se han creado posteriormente
para documentar la lengua española.

- Véase «Normas lingüísticas:
pluralidad y jerarquía», Español actual,
71 (1999), 13-20 y «Lengua histórica y normatividad»,
en prensa, así como «Por una redefinición de
la lexicografía hispánica», NRFH, 44,2
(1996), 345-364, y «El Diccionario del español de
México como vocabulario dialectal», en Ahumada, I.
(ed.), Vocabularios dialectales. Revisión crítica
y perspectivas, Universidad de Jaén, Jaén, 1996,
pp. 15-29.

- Este diccionario es una versión
pequeña del Diccionario del español de México
y está basado en el Corpus del español mexicano
contemporáneo antes mencionado. Su nomenclatura se
determinó a partir del estudio cuantitativo de los vocablos
de uso más frecuente y mejor dispersos en la República
Mexicana. Se publicó en 1996, en El Colegio de México.

- Cf. Paul Garvin, «The standard
language problem: concepts and methods», en D. H. Hymes (ed.),
Language in Culture and Society, A reader in Linguistics and
Anthropology, Harper and Row, New York, 1964, pp. 521-528
y J. Vachek (ed.), A Prague School Reader in Linguistics,
Indiana University Press, Bloomington, 1967.

- Entre los estudios que hacen falta está el de los valores
que dan vida a las normas de cada región o de cada país
hispánico.

- A este respecto, un solo ejemplo: la inserción
de la voz chilango como gentilicio de los nacidos en la
ciudad de México, que causó conmoción y fuertes
protestas en México cuando se la oficializó
en la nueva Ortografía de la Real Academia, aunque
ya estaba incluida así desde la edición del DRAE
de 1992. El carácter de gentilicio a una voz, en realidad,
peyorativa ¿le fue dado por la Academia Mexicana?

- Naturalmente, se puede suponer que esas voces no desaparecerían
realmente, mientras se conservaran en el acervo académico,
o se pudieran consultar en el disco compacto que está ofreciendo
la Academia con todas las ediciones de sus diccionarios. La composición
tradicional del diccionario cambiaría radicalmente y no
se puede prever cuál sería la reacción de
muchos lectores, que prefieren no usar medios electrónicos.

- Véase en especial el Diccionario
ejemplificado de chilenismos, de Félix Morales Pettorino
y Oscar Quiroz Rojas, Universidad de Chile, Santiago, 1983.

- He ahí otro enojoso caso de engaño
al público: La serie de obras del Nuevo diccionario
de americanismos, dirigida por Günther Haensch y Reinhold
Werner, había publicado sus diccionarios diferenciales
y contrastivos de colombianismos, uruguayismos y argentinismos
como tales, en colaboración con el Instituto Caro y Cuervo.
Por alguna razón, el convenio se deshizo y la serie pasó
a la editorial Gredos, sólo que ahora se llaman, falsamente,
Diccionario del español de Cuba, de Argentina,
etc. como si fueran diccionarios integrales equivalentes al Diccionario
del español de México. Y aunque el nombre general
del proyecto ha cambiado al de Diccionarios contrastivos del
español de América, puede uno estar seguro de
que sus lectores se sentirán confundidos.

- «La nueva Ortografía
de la Academia y su papel normativo», NRFH, 48,1 (2000),
1-23.

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