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Elena M. Rojas Mayer
La norma hispánica: prejuicios y actitudes
de los argentinos en el siglo XX |
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1. Introducción
El tratamiento de un tema como el de la norma lingüística
es sumamente complejo y multifacético, según puede advertirse
en los numerosos estudios que lo respaldan a lo largo del siglo XX1.
Las referencias y precisiones del término en la lingüística
hispánica constituyen sólo un ejemplo del gran caudal
existente a nivel internacional: norma académica, norma
ejemplar, norma lingüística, norma idiomática,
norma lingüística culta, norma lingüística
castellana, norma hispánica, norma nacional, norma regional,
norma local, norma social, norma sociolingüística, norma
escolar, norma informática, etc.
Sin embargo no puede hablarse de estas denominaciones taxativamente;
los límites son flexibles y alternan según dónde,
cuándo y en qué situación se supone ubicada la
acción lingüística (Zamora Salamanca [1985:227-249]).
En su determinación específica intervienen factores
lingüísticos, pragmalingüísticos, socioculturales,
histórico-políticos, psicológicos, por lo cual
debemos tenerlos en cuenta al estudiar el problema en relación
al español.
Las variaciones en el enfoque del tema se deben, fundamentalmente,
a la extensión geográfica de la lengua, a la diversidad
de las formas correspondientes, a la variedad de modalidades lingüísticas,
a quiénes escriben sobre ella y a la necesidad general de fortalecer
la lengua según lo establece el ideal político de unidad.
Para poder deslindar los alcances del concepto de norma lingüística,
partamos de la propuesta de Coseriu (1992:86) respecto del hablar:
«El hablar es una actividad humana universal que
es realizada individualmente en situaciones determinadas por hablantes
individuales como representantes de comunidades lingüísticas
con tradiciones comunitarias del saber hablar».
Además, «cada uno habla por sí y también
en los diálogos se asume, alternativamente, el papel de hablante
y de oyente» (p. 87), lo cual nos lleva a insistir en que normalmente
se habla para ser oído por otro, para llegar al prójimo,
para dar lugar a la comunicación de unos con otros. De aquí
que es conveniente que los interlocutores tengan conocimiento no sólo
del idioma que empleen, sino también del mundo en que ambos
actúan, para una mejor interpretación mutua2.
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2. Hacia una definición de las actitudes lingüísticas
en la Argentina
Hace algunos años, un grupo de investigadores argentinos3
realizó una investigación sobre Actitudes lingüísticas,
en un significativo número de hablantes cultos de ambos sexos
y de distintas generaciones, con el propósito de conocer cuál
era el ideal de lengua que predominaba en el país.
Las preguntas giraron en torno de si ese ideal lo representaba algún
tipo de norma, el modelo académico hispánico o el argentino,
la expresión lingüística de los medios de comunicación,
la de los escritores consagrados, la de alguna región del país
o la de una generación determinada.
Sin embargo, la mayoría de los informantes se inclinó,
en primer lugar, a favor de la norma que dicta la Academia Argentina
de Letras y, en segunda instancia, por la norma de la Real Academia
Española, valorándolas como entidades rectoras del uso.
Por otra parte dejaron claro que el ideal lingüístico
del buen uso responde al nivel cultural de los hablantes, no al lugar
geográfico (Rojas, 1991:265-283), por lo que los hablantes
cultos de todo el país respondían a una norma culta
argentina, si bien el habla de la Capital Federal ejerce un fuerte
atractivo sobre la población del resto del país4,
como suele ocurrir por lo general en relación a las capitales.
M.ª Beatriz Fontanella, como coordinadora de su obra póstuma
El español de la Argentina y sus variedades regionales,
ofrece una visión actualizada de las variedades lingüísticas
de la Argentina5 dentro
de la unidad del español en este país. La actitud común
de las investigadoras que participan en la obra conjunta es mostrar
las distintas peculiaridades correspondientes a normas estandarizadas
y subestandarizadas que componen la norma argentina de acuerdo a la
norma culta de cada región. Observa E. Rigatuso (2000:27):
«... esta explicitación y formalización
de la realidad idiomática actual del español de la
Argentina se constituye en un punto de consulta insoslayable para
la implementación y aplicación de futuras políticas
lingüísticas en nuestro país (a nivel nacional
y regional), dando el necesario marco de referencia general para
la constitución de las mismas sobre la base de la realidad
lingüística de la comunidad nacional».
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3. Algunas consideraciones sobre los tipos de norma
En toda sociedad se requieren normas lingüísticas
de distinto tipo para lograr una comunicación adecuada a cada
situación. Son convocadas por la necesidad de regulación
que impone la heterogeneidad de la lengua en sus modalidades oral
y escrita, si bien la norma prescriptiva, debido a sus características,
demanda mayores exigencias.
Algunos de los tipos de norma de nuestro interés son:
- la norma lingüística española, que tendría
como patrón la norma académica, o sea, la
prescriptiva;
- la norma ejemplar, que se trataría de la norma académica
tomada como modelo por la panhispanidad6;
- la norma lingüística expresiva o idiomática,
que rige cada una de las variaciones lingüísticas
de la Península así como las de los diferentes países
hispanoamericanos, en situaciones concretas de habla;
- la norma pragmalingüística, que da las pautas de
cómo deben comportarse los hablantes en la interacción
con sus semejantes en situaciones determinadas.
La norma académica responde especialmente a las reglas
gramaticales y ortográficas mediante las cuales proceden las
Academias a través de diccionarios, tratados de gramática,
guías sobre ortografía. Tiende a garantizar la unidad
de la lengua7 al estimular
su aceptación entre los hablantes, que tácitamente convienen
en respetarla en pro de una mayor eficacia en la comunicación.
En el caso del español peninsular, su norma lingüística
responde en principio a la norma académica, la
que es considerada ejemplar por la comunidad panhispánica.
Justamente en un párrafo del «Prólogo» de
la Ortografía (1999:XVII-XVIII) dice:
«Lo que la Real Academia cree, con todas las Academias
asociadas, es que un código tan ampliamente consensuado merece
respeto y acatamiento, porque, en última instancia, los hispanohablantes
hemos de congratularnos de que nuestra lengua haya alcanzado con
él un nivel de adecuación ortográfica que no
muchos idiomas poseen. Pueden existir dudas para un oyente en el
momento de elegir el signo que corresponde a tal sonido en una voz
determinada, pero no existe prácticamente nunca problema
a la hora de reproducir oralmente el sonido que le corresponde a
cada letra, en cada situación, según las reglas establecidas.»
Para evitar confusiones en la recepción y retribución
de los mensajes, conviene que los hablantes no sólo compartan
la lengua, esto es, la norma lingüística, sino también
las normas que rijan en cada lugar geográfico y en la situación
en que se desarrolle la interacción comunicativa, respondiendo
al «saber lingüístico expresivo», a la competencia
lingüística8.
La norma lingüística expresiva o idiomática
se impone en los casos de variación histórico-geográfica,
sociocultural y estilística. Sería la modalidad que
Coseriu (1989:90) reconoce como «la norma objetivamente comprobable
en una lengua, la norma que seguimos necesariamente para ser miembros
de una comunidad lingüística». |
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Es decir, que se trataría de la realización tradicional
de la lengua en determinado lugar, aprobada cotidianamente por sus
hablantes, con formas cuyos rasgos pueden ser los mismos que aparecen
total o parcialmente en otra variedad o hasta coincidir con los que
dictamina la norma académica, pero que se sienten propios
por disponer de ellos todos los días. Esta afirmación
estaría en consonancia con la que hiciera Víctor García
de la Concha en su visita del 15 de junio del corriente año
a Buenos Aires, en cuanto a que «la lengua es la patria».
De cualquier manera, pese a emplearse la misma lengua en España
y en los países hispanoamericanos, la realización no
es homogénea y muchas veces varían los lexemas para
decir lo mismo o se utiliza la misma forma para distintos significados,
lo cual puede provocar confusiones en los hablantes. Así, por
ejemplo, si un español visita una provincia argentina, no obstante
ser usuario normal de la lengua, puede desconocer el léxico
usado en este país, por lo que necesitará información
lingüística previa (diccionario de argentinismos, lecturas
sobre esta variedad en libros o revistas) o por lo menos
la cooperación de un hablante nativo para comprender la realidad
lingüística que le es ajena. De lo contrario podría
tener inconvenientes si desconoce, por ejemplo, el léxico correspondiente
a la alimentación y, dentro de él, que se llama empanadillas
a los pastelitos que llevan exclusivamente como relleno dulce de cayote
(cabello de ángel) o de batata (tubérculo
de gusto similar al de las castañas) y que nunca contienen
carne o pescado como en España. A dichos pasteles, en la Argentina,
se les llama empanadas y su diminutivo es empanaditas.
Igualmente, entre tantos otros casos, pueden producirse desentendimientos
en situaciones como la que protagonizara un joven español que
desconocía la norma lingüística argentina, cuando
le dijo a una estudiante porteña que visitaba Madrid y se dirigía
a él con el pronombre vos como es habitual en su país:
«No me trates con tanto respeto. Puedes tutearme», con
la convicción de que el vos implicaba una formalidad
extrema y que debía usarse sólo para dirigirse a Dios,
a los santos y a los reyes.
Como dice Graciela Reyes (1888:11): «Aprender a escribir textos
exige más que dominar algunas técnicas de redacción
y algunas normas gramaticales». Ello es cierto, pero no sólo
para escribir, sino también para hablar y por ello existen
otras normas que se imponen sobre la actuación del hablante
y lo orientan en cuanto a lo que le conviene decir en cada oportunidad9.
Estas normas tienen bastante relación con la competencia lingüística
del hablante, quien conoce, por ejemplo, las formas de cortesía
y de atenuación del lenguaje que deben emplearse en cada situación.
Por lo tanto sabe, por ejemplo, cuándo y en qué situación
corresponde decir por favor, señor, señora, Su Merced,
querido, don, doña, gracias, muchísimas gracias, sentido
pésame, etc. Dichas expresiones funcionan dentro de contextos
determinados y pueden variar según las actitudes lingüísticas,
la modalidad discursiva, así como la procedencia geográfica
y social de los hablantes y la situación dialogal. De aquí
que, entre las consideraciones sobre el tema, conviene hablar de una
norma pragmalingüística, que regula la interacción
cotidiana de los hablantes de un lugar, en los distintos tipos de
contexto. |
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4. Antecedentes acerca de la norma lingüística en la
Argentina en el siglo XIX
Para conocer los orígenes de las concepciones del pueblo argentino
sobre la lengua en el siglo XX, debemos considerar
en primer lugar los factores históricos y sociales que motivaron
a los usuarios hispanoamericanos a oponer resistencia a la aceptación
de una norma lingüística hispánica, si bien no
debemos desconocer la fuerza que operaron los factores antes mencionados
en el proceder de los hablantes y los aspectos cognitivos y afectivos
que aún influyen.
Es fundamental observar dónde y cómo se originan las
actitudes de los hablantes argentinos y medir a partir de allí
su importancia en la construcción de los textos en los que
participan10. En relación
a ello conviene tener en cuenta algunas incidencias:
- la profundización de los conceptos lingüísticos
que las generan;
- la combinación de conocimientos, valoración y
actuación en la substanciación de las actitudes;
- la perdurabilidad y permeabilidad lingüística que
puede producir el contexto o la situación personal o grupal.
Sin duda estas circunstancias se vinculan a las actitudes propias
de los hablantes del siglo XX, si bien para
comprenderlas necesitamos citar algunos antecedentes histórico-lingüísticos
que tuvieron lugar en el siglo XIX y que por
lo general llegan a nosotros a través de la prensa. Así,
por ejemplo, gracias a las notas en los periódicos nos enteramos
de que la preocupación argentina por la norma ofrece antecedentes
en este siglo cuando comienza a actuar la generación del 37.
Es la época en que tiene lugar el conflicto lingüístico-cultural
entre el español peninsular y las distintas modalidades hispanoamericanas,
en la que la Argentina defiende los usos de su comunidad y cuestiona
la autoridad de España sobre el idioma.
Se advierte en esta postura el peso del factor ideológico marcado
por el nacionalismo de la época que aspiraba a desarrollar
una nueva identidad. Ello movió a los hablantes nativos a marcar
diferencias entre su modalidad lingüística y la de los
españoles, después de la etapa colonial en que se había
puesto de manifiesto la tendencia a despreciar las variantes hispanoamericanas
frente a la lengua española, tanto de parte de los españoles
como de los criollos. |
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En este período que Guitarte (1991:67) llama «de divergencia»,
Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez y
Domingo F. Sarmiento intervienen en acaloradas polémicas en
contra de los defensores del neoclasicismo y del purismo. Entre sus
desvelos está presente, por ejemplo, el propósito de
conservar la lengua española, pero sin los rasgos fonéticos
que la caracterizan. No obstante, entre otras pronunciaciones menos
nítidas toman cuerpo el seseo y el yeísmo
rehilado.
Sarmiento, amante de la educación y de las letras, y conocedor
del valor informativo y de la vena combativa que representaba la prensa,
en 1839 funda en San Juan el periódico El Zonda junto
con Quiroga Rosas. Pero es especialmente de nuestro interés
su participación en la redacción de los diarios chilenos
El Mercurio y El Nacional, y en 1942 en El Progreso,
que funda con Vicente F. López. Por diez años se dedica
al periodismo produciendo artículos que revelan su sentido
crítico sobre distintos temas y preocupación sociocultural.
Dentro de este marco inicia el accionar combativo contra Andrés
Bello, quien a través de un artículo denominado «Ejercicio
de lengua castellana», propone corregir el mal uso de esta lengua;
al que Sarmiento responde aduciendo que la creatividad de la lengua
no debía ser cercenada por una norma gramatical. Bello, tras
el seudónimo «Un quidam», expresa su temor por
la degradación de la lengua que va llenándose de extranjerismos,
por lo que desde su punto de vista debía ser controlada por
autoridades conocedoras en la materia.
Entonces se inician, a través de la prensa chilena, las duras
polémicas por diferencia de ideas11
de Domingo Faustino Sarmiento y Andrés Bello, quienes propusieron
sendas reformas ortográficas de acuerdo a cómo se pronunciaba
en América12. Los
lectores siguieron esta disputa con interés, pero la información
surgida de esta publicación sópo logró alargar
la polémica.
En una época en que las comunicaciones no se habían
desarrollado aún, la difusión de la norma lingüística
más cara a los argentinos, la del español, ocupa ya
su lugar en la prensa y, por medio de ella, en la Sociedad de la Información.
Luis Alfonso (1963:180-181) advierte acerca de la situación
en los años que siguen:
«... el habla común, cuajada de voces arcaicas
y campesinas primero, de barbarismos, especialmente de origen francés,
y de lunfardismos, en su mayoría italianos, después,
predominó hasta el último tercio del siglo XIX.»13
Hacia fines del siglo XIX la escolarización
avanza notablemente y «culmina en la alfabetización masiva,
ocurrida a partir de 1884 con la aprobación de la ley 1420
de educación obligatoria» (Fontanella de Weinberg, 1999:201).
Ésta legisla sobre una población que crece numéricamente
con un acentuado multilingüismo y multidialectalismo que franquearía
los límites del siglo XIX, en especial
en Buenos Aires14. |
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5. Las actitudes de los hablantes y la norma lingüística
en el siglo XX
De esta manera llegamos al siglo XX, con el
español compartiendo espacios con el francés como lengua
de cultura y de elegancia burguesa, y el italiano incorporado a la
vida cotidiana. Ambos se muestran de esta manera en las páginas
de los periódicos: los franceses inspirando la introducción
de vocablos propios y de textos más o menos extensos en francés,
lengua que era leída por la mayoría de la población
culta y que había constituido una elite cultural lectora de
revistas literarias como el Tucumán Literario o El
Porvenir.
Y los italianos, constituyendo las redacciones de los diarios más
importantes de Buenos Aires: La Nación, La Prensa,
Crítica, El Mundo y de gran parte de la prensa
masónica, liberal o de izquierda. La publicación de
diarios bilingües alcanzó hasta el norte del país.
Ello hace presuponer un número abundante y regular de lectores
aptos para leer en las dos lenguas. Ésa es la realidad del
idioma italiano que se extiende por todo el país. En Tucumán,
por ejemplo, entre fines del siglo XIX y comienzos
del XX se cuenta con dos periódicos bilingües:
el Rigoletto, periódico de redacción familiar
que llega hasta los primeros años del siglo XX
e Il Sofietto, que se publica hasta finalizar la primera década,
aunque en los últimos años abandona el italiano y se
redacta totalmente en español, probablemente en la búsqueda
de más lectores.
Sin duda el periódico bilingüe cumple una función
importante de preservación lingüística, que aspira
a alcanzar el mismo prestigio que la lengua oficial, a la vez que
constituye un excelente órgano de difusión, capaz de
informar a toda la colectividad al mismo tiempo (Rojas/Chervonagura,
1991:90-102).
Pero la composición étnica variará en 1914 ante
el ingreso de un gran número de inmigrantes españoles,
cuyo porcentaje duplicará el de los italianos, por lo que el
español refuerza su presencia en la prensa y toma el carácter
de medio informativo esencial.
Una vez superado el conflicto de identidades lingüísticas
y culturales que tiene lugar en la Argentina de principios del siglo
XX, puede deslindarse qué tipo de norma
o normas respetan los hablantes a lo largo de la centuria, así
como sus actitudes en relación a la realidad hispánica.
Sin duda el contexto sociocultural tiene un peso determinante tanto
en las actitudes personales como en las colectivas de los argentinos,
tanto en cuanto a las realizaciones lingüísticas orales
como a las escritas. El emisor puede elegir el tipo de formas y de
registros que le convenga emplear en cada circunstancia, siempre condicionado
por sus conocimientos previamente adquiridos y por el contexto en
el que actúa. |
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Al respecto se hace necesario aclarar que este país ofrece
un entramado de características diversas en el siglo XX,
muchas de las cuales evolucionan a lo largo de la centuria. Entre
ellas podemos establecer las variedades regionales, cada una con peculiaridades
que responden a normas propias que se han establecido con atención
hacia la norma hispánica.
Las normas que observamos se ajustan no sólo a las regiones,
sino a los niveles sociolingüísticos que pueden apreciarse
en cada una de ellas, algunas de las cuales ofrecen características
comunes entre dos o más niveles, o diferencias dentro del mismo
nivel en cualquiera de las variaciones posibles: diatópica,
diastrática, diafásica, diacrónica, con sus complicaciones
propias.
Concretamente, la modalidad argentina comienza a construirse en el
siglo XX sobre una situación multilingüe
y dialectal, debida como vimos a la fuerte inmigración
sufrida, con diferencias entre las hablas provincianas. Al respecto
se funda sobre un complejo número de actitudes lingüísticas,
en cuya determinación influyeron factores histórico-sociales
y pragmáticos15.
Desde los primeros años del siglo XX,
el argentino culto exhibe su orgullo por la fuerza y expresividad
de algunas voces particulares, con cabida en la incipiente norma argentina.
Jorge Luis Borges (1928:17), por ejemplo, dice:
«Nuestras mayores palabras de poesía arrabal
y pampa no son sentidas por ningún español. Nuestro
lindo es palabra que se juega entera para elogiar; el de los españoles
no es aprobativo con tantas cosas. Gozar y sobrar miran con
intención malévola aquí. La palabra egregio,
tan publicada por la Revista de Occidente y aún por
don Américo Castro, no sabe impresionarnos. Y así,
prolijamente, de muchas».
La actitud nacionalista va acentuándose cada vez más
en el correr de las primeras décadas del siglo XX
y da lugar al separatismo. Las palabras de Oliverio Girondo (1925:5)
se llenan de soberbia en boca de un amigo:
«... es imprescindible tener fe, como tú
tienes fe, en nuestra fonética, desde que fuimos nosotros,
los americanos, quienes hemos oxigenado el castellano haciéndolo
un idioma respirable, un idioma que puede usarse cotidianamente
y escribirse de americana con la americana nuestra
de todos los días».
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El sentimiento que separa la norma argentina de la norma hispánica
se define a partir de 1930, época en que decrece el número
de inmigrantes españoles (Fontanella de Weinberg; 1999:204)
y el hablante argentino acrecienta su orgullo de considerarse dueño
de la palabra surgida o adaptada a su contexto.
Cambours Ocampo (1983:16) transcribe lo dicho por Juan Francisco Giacobbe
(1948), donde se advierte la actitud prejuiciosa predominante de la
época hacia los españoles y su lengua:
«... el criollo, queriéndose disasociar de
su inherente elemento hereditario, comienza a separarse, en forma
intrínsecamente mental, del primer gran connubio de la herencia,
que es la lengua. El criollo hereda la lengua madre, sí,
pero no la acepta con todos los elementos tal cual es. La transformará
hasta el extremo de que, pareciendo la misma, no es la misma lengua
original. [...] El criollo detesta la expresión de lo inútil,
la expresión de lo pintoresco en lo paisajístico y
la expresión de la crónica entendida como medio de
propaganda».
Pero no sólo de parte de los americanos se produce el ataque
localizado en la lengua, sino que el rechazo a la variedad argentina,
de parte de los españoles, también es duro. En realidad,
se observa en esta época un gran número de disputas
verbales, con ataques mutuos, recelo y desprecio de ambas partes.
Participan, en esa época, Américo Castro, Giacobbe,
Abeille16, Costa Álvarez
y otros.
Pero no sólo se centró el problema en el léxico.
La Argentina mantuvo también una lucha importante a favor del
voseo pronominal-verbal, verbal o pronominal
según su modalidad de realización. Opinaba Américo
Castro (1961:130-131) en 1941, ubicando el fenómeno en Buenos
Aires, «la ciudad más importante y más culta del
mundo hispano»:
«Precisamente por ser ello así, deja estupefacto
al lingüista y al no lingüista, el que los porteños
de alto rango social e intelectual se hablen de vos, hecho
que no acontece en ninguno de los países hispanos, a poca
que sea la altura de su vieja tradición.»
Pese a las controversias17
originadas en torno al uso del pronombre vos y las formas verbales
correspondientes en la primera mitad del siglo XX,
éste gana la batalla finalmente y los argentinos de todos los
niveles socioculturales lo sentirán como el tratamiento más
propio y natural para hablar con sus interlocutores en situaciones
informales o íntimas y hasta en algunas circunstancias formales.
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6. Características de la norma argentina
Es importante detenerse a considerar algunas de las actitudes de aprobación
o desaprobación ante la norma lingüística hispánica,
puestas de manifiesto por los hablantes argentinos del siglo XX,
las cuales evidencian predisposiciones personales o colectivas que
ponen a descubierto los conceptos que sobre la realidad de una lengua
tienen sus hablantes.
Por un lado se observa que en general la población
muestra preferencia por el uso de las variedades lingüísticas
regionales. Sin embargo los hablantes de nivel sociocultural medio
y alto exteriorizan una actitud predominante de respeto hacia la norma
académica, particularmente en relación a la ortografía
y a las reglas gramaticales.
La prensa constituye una excelente aliada de las normas lingüísticas
en sus secciones atendidas con esmero y cuando da participación
al público a través de las «cartas de lectores».
Aquí, con cierta frecuencia, algún lector expresa su
preocupación por el «buen uso» de la lengua, ante
las faltas gramaticales atribuidas a los redactores periodísticos
y a los ciudadanos que escriben en ella, mediante opiniones fundamentadas
en consultas de diccionarios y gramáticas acreditadas por la
Real Academia Española.
Las preocupaciones están vinculadas al empleo excesivo de extranjerismos
y neologismos, al uso inadecuado de algunos términos o construcciones
gramaticales, etc. (Rojas/Chervonagura, 1991:276-282). Los comentarios
se manifiestan a través de reflexiones más o menos profundas
de sus lectores, los cuales expresan a veces un sincero respeto por
los códigos lingüísticos tradicionales, otras veces
manifiestan cierto temor por la incomunicación a que pueden
conducir los desvíos reiterados y otras muestran aferramiento
a lo que se considera lengua propia, aunque no responda a ninguna
norma válida (Rojas, 1988:99.284-285).
Lo cierto es que no obstante el avance de los medios de comunicación
del siglo XX: la radio, la televisión,
Internet, la prensa representa en la actualidad una de las vías
más efectivas para establecer contacto con el público
en general. Y si bien la televisión mantiene la atención
de los televidentes por un lapso mayor, es el periódico el
medio más adecuado para señalar las faltas morfosintácticas
más reiteradas18.
Entre ellas, los lectores se quejan por el dequeísmo,
por el uso del artículo ante los nombres propios, por
la confusión en el empleo de los tiempos verbales, como
cuando se dice Pareciera que va a llover por Parecería...,
Parece..., y por otras formas frecuentes en el habla de los
ciudadanos de menor nivel sociocultural. Pero no sólo son los
lectores los que realizan las observaciones acerca de las incorrecciones,
sino que también la prensa publica artículos de reflexión
lingüística o de información sobre decisiones tomadas
por las Academias o sobre actividades de sus miembros en relación
a la lengua. |
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Nos detendremos a evaluar el porqué de las actitudes de protesta
contra las desviaciones idiomáticas que manifiestan los lectores,
las que muchas veces dan lugar a polémicas, cuando al mismo
tiempo se evidencia el orgullo de los ciudadanos por diferenciar el
español hablado en la Argentina del español peninsular
y del que habla el resto de los hispanoamericanos19.
Acerca de ello creo que en definitiva se debe a que los
hablantes argentinos están aferrados a una constante búsqueda
de autonomía nacional; lo cual no significa un rechazo a la
identidad lingüística hispánica, sino que se trata
de la concreción del anhelo de una caracterización propia
dentro de la unidad panhispánica de la lengua. De allí
que el hablante culto atienda con respeto las propuestas académicas
sustentadoras de la unificación de la que se considera participante20.
6.1. Las variedades regionales
El número de variedades regionales difiere según correspondan
al campo de la fonética, del léxico o
de la morfosintaxis.
En cuanto a los rasgos fonéticos, la Argentina adoptó
el seseo al igual que el resto de los países hispanoamericanos
como una variación general, la cual se mantiene en el presente.
También se observan otras peculiaridades como, por ejemplo,
el yeísmo rehilado.
En cuanto a la fonética, obviamente la Argentina adopta
el seseo como el resto de los países hispanoamericanos. Pero
también se observa otro tipo de peculiaridades regionales,
como por ejemplo, en Buenos Aires y zona de influencia el yeísmo
rehilado y la pronunciación marcada de la /r/ múltiple,
mientras en el noroeste se destaca la pronunciación rehilada
de la /r/ y la aspiración marcada de -/s/, entre otras tendencias
menores.
Desde los años 60 la sociolingüística de carácter
laboviano presta atención a los rasgos fonético-fonológicos
observados primeramente en la pronunciación de los hablantes
de la provincia de Buenos Aires y zona de influencia; es el caso del
ensordecimiento de las fricativas /z/21
y /s/. |
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Más tarde esta modalidad de estudio sociolingüístico
desde una perspectiva cuantitativa variacionista22
se extiende a otros aspectos que tienen lugar en distintas partes
del país y que estudian la realización de -/s/, el seseo
y algunas variaciones relacionadas con las líquidas, como la
pronunciación marcada de la /r/ múltiple, mientras en
el noroeste se destaca su pronunciación rehilada; la confusión
entre -l y -r y la aspiración o realización de -/s/,
o la pérdida de -/d/ y -/d/-, entre otras variantes, así
como a múltiples aspectos gramaticales y lexicales.
Con respecto al léxico, la actitud del argentino en el siglo
XX es la de emplear las palabras que impuso
el uso en su país, ya fueran originarias de España,
de otros países europeos o de América. Así observamos
la presencia de un gran número de homónimos entre España
y Argentina, de los que citaremos sólo algunos: bombilla:
Esp., lamparilla eléctrica, Arg.: tubo de
metal provisto de un colador en la punta, para sorber el mate;
calentador: Esp. termo grande, eléctrico o a gas,
que calienta el agua que correrá por las cañerías
para uso doméstico en baños, lavadero y cocina;
Arg.: aparato de distintas dimensiones y materiales, sobre el
cual se calienta el agua en jarros y cacerolas; concha:
Esp., cobertura de muchos moluscos y crustáceos;
Arg.: órgano sexual femenino; paro: Esp.,
desocupación; Arg., huelga; pasta:
Esp., dinero, Arg., comida hecha a base de harina,
de procedencia italiana; piel: Esp., cuero liso
con que se fabrican bolsos, carteras, etc.; Arg.: cuero
sin depilar, muy apreciado para abrigo; prolijo/-a: Esp.,
largo, extenso; Arg.: cuidado, aseado; ruedo:
redondel de la plaza de toros; Arg., dobladillo
de faldas y bocamanga; saco: Esp., bolsa para cargar
granos u otras cosas; Arg., chaqueta; taco:
Esp.: pedazo de madera u otro material, trago;
Arg., tacón.
Igualmente se advierte el uso corriente de numerosas formas heredadas
de las lenguas indígenas, particularmente del quichua y del
guaraní. Por ejemplo, entre las primeras, cancha, choclo,
chala, chacra, papa, chirip, tambo, palta, humita, locro, etc.,
de uso generalizado en el país. Otras voces quichuas, usadas
solo en el noroeste, son: chanfaina, plato hecho a base
de menudos de cabrito, ají y vinagre, chuschar,
tirar el pelo, chango (chango tucumano,
changuito cañero), niño, muchacho,
caschi, perro, mishi, ´gato,
pallana, juego con cinco piedras pequeñas,
apacheta, montón de piedras, o chancaca,
tableta de miel de caña, se sienten como propias
las provincias del NOA.
Son de origen guaraní: vocablos como ananá, piña,
caracú, tuétano de la médula,
carpincho, roedor de pelo espinoso, tapera,
casa en ruinas, surubí, pez de río,
maraca, instrumento musical, vincha, cinta
que se pasa alrededor de la cabeza a la altura de la frente,
etc. |
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Entre las formas léxicas, caracterizadoras del habla argentina,
se destaca también el lunfardo, con voces difundidas por la
letra del tango. Encontramos: atorrante, persona con
malos hábitos de vida, que vaga sin rumbo, bacán,
hombre que vive como nuevo rico, falluto, jactancioso,
hipócrita, cafishio, proxeneta, gil,
otario, tonto, estúpido, fiaca, pereza.
Junto a éstas aparecen las clásicas formas del italiano,
incorporadas a la vida familiar, como nono/nona, chau,
y en la alimentación la pizza y diferentes tipos de
pastas: tallarines, agnolottis, ñoquis, ravioles, capellettis,
etc., mientras de los franceses, además de denominaciones
de comida y postres refinados como el soufflé, creppe,
sambayón, de bebidas: champagne, cognac,
y de los tipos de vino que se extendieron por gran parte de América,
como torronté, sauvignón, borgoña,
etc., quedaron nombres de elementos de confort: placard, somnier,
toilette, dressoire, de arreglo personal: maquillaje,
rouge, corset, etc.
En cuanto a la morfosintaxis, es indiscutible la elección
generalizada de los argentinos por el voseo en sus distintas
formas.
Sin duda la actitud del hablante argentino ante el voseo (Rojas Mayer:143-165)
pone al descubierto un proceso psicológico revelador del peso
que tiene en las decisiones lingüísticas el aspecto cognitivo,
el sentimiento de nacionalidad y la presión del contexto sociocultural.
Ello puede observarse en relación a la definición de
preferencia que se da en la comunidad argentina acerca de su uso.
Pues luego de una etapa de reticencia, en la cual los amigos usaban
el vos en el trato oral, pero en sus cartas cambiaban al tú,
lo mismo que en las obras literarias donde en solo escasas excepciones
se empleaba este pronombre, lo cierto es que el voseo se instala no
sólo en las situaciones mencionadas, sino en todas las modalidades
de habla.
A tal punto avanza, que en los últimos cincuenta años
ha llegado a tomar también espacios ocupados tradicionalmente
por el usted, como en el tratamiento de hijos a padres y de
nietos a abuelos; y en la última década del siglo, a
sustituir a usted en el tratamiento de los empleados de comercio
o de oficinas administrativas a sus clientes.
Respecto del cambio de actitud merece tenerse en cuenta cómo
se produce el fenómeno a nivel educativo. Pues hace alrededor
de quince años, los maestros y profesores tenían sus
prejuicios en cuanto a sustituir el tuteo por el voseo
para referirse a sus alumnos en clase, mientras en el recreo y en
la calle los voseaban. |
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Hasta aproximadamente la década de 1980, el paradigma pronominal
daba como única forma de tratamiento para la segunda persona
del singular el tú en los libros de enseñanza
de la lengua. Y ante el prejuicio de traicionar a la norma hispánica,
durante largos años se debatió en el Ministerio de Educación,
en los centros escolares y en las aulas universitarias argentinas,
si se debían enseñar las conjugaciones verbales con
el pronombre vos compartiendo el espacio de la segunda persona junto
a tú y usted.
En la modalidad argentina se advierten otras formas radicalizadas
en algunas zonas del país, como la construcción de ¿nos
vayamos?, ¿nos sentemos?, en lugar de vayámonos,
sentémonos.
Seguramente la escuela y el medio definen en muchos casos la preferencia
del hablante por una u otra modalidad lingüística. Por
el contrario, en otros casos, es la actitud del hablante o de su comunidad
lo que la determina. El hombre tiene la posibilidad de desarrollar
una serie de actitudes23 condicionadas
fundamentalmente por su manera de percibir la realidad.
Las consideraciones sobre la variación lingüística
en relación con los factores socioculturales se extienden poco
a poco a todo el país y se unen a las contribuciones dialectológicas.
Ello permite identificar las normas sociodialectales de las distintas
regiones de la Argentina.
Así, por ejemplo, el argentino culto utiliza con frecuencia
en su modalidad oral: «Recién me doy cuenta»,
o «Lo he visto recién» , para indicar el
carácter inmediato de la acción, pero evita la filtración
en la escritura. Otra construcción que se considera en forma
similar, es la que lleva la preposición de, como elemento ponderativo.
Por ejemplo se dice de alguien: «¡Es de bueno!»,
«Está de confundido...», formas que por
lo general no se encuentran en la lengua escrita.
Ello se relaciona, sin duda, con la misma actitud de respeto hacia
la norma académica que tenían los escritores argentinos
regionales de hace alrededor de cuarenta años, cuando encerraban
entre comillas los vocablos que reconocían como argentinismos.
Sin embargo lo particular es que las formas marcadas eran elementos
de la naturaleza, de índole vegetal o animal, mientras que
no se señalaban muchas formas de nuestro léxico que
no podían reconocer como americanismos (Rojas, 1985:33-42). |
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7. Conclusiones
De acuerdo a las observaciones realizadas sobre el comportamiento
de los hablantes a lo largo del siglo XX, la
norma lingüística que respetan, sus actitudes y sus antecedentes
en el XIX, podemos afirmar que la complejidad
de la lengua española con su diversidad de formas y la competencia
de normas e identidades lingüístico-culturales varias
permite a pesar de todo que se cumpla el principio de
«la unidad en la diversidad», que responde a una norma
hispana unificada.
Las actitudes manifiestas por los hablantes argentinos no son homogéneas
en todos los tiempos y los criterios de los ciudadanos son distintos.
Para muchos contemporáneos la norma más respetada es
la nacional, sin que por ello nieguen la orientación de la
norma académica hispánica.
Es decir, que la norma argentina responde al afán de los hablantes
por alcanzar las pautas necesarias para el mejor uso de la lengua
que le sirve de comunicación como modalidad habitual y concreta
entre los hablantes argentinos cultos. Pero se ajusta a la modalidad
lingüística usual de nivel sociocultural alto de otras
comunidades que por su parte también respetan la
norma académica. Es decir, que previamente a la unificación
con el español peninsular, las normas regionales establecen
una unificación nacional.
Por lo tanto, esto significa que por su parte las normas
cultas nacionales, con diferencias más o menos marcadas entre
ellas, salvan algunos prejuicios intranacionales y fijan su atención
en la norma hispánica o panhispánica como paradigma
ejemplar24 que permite
un mejor entendimiento en las distintas circunstancias en que requiere
de la comunicación. |
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Bibliografía
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al español de veinte naciones: la integración de América
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norma lingüística», en Anuario de Lingüística
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Notas:
- Manuel Alvar (1982) efectúa un exhaustivo
estudio de las afirmaciones y reflexiones realizadas respecto
de la norma hasta el momento en que escribe.

- Observa Coseriu (1992:115): «La interpretación
se realiza aquí sobre la base de un conocimiento general
de las cosas que se presupone al hablar. Si no se dan otras precisiones,
rigen aquellas determinaciones que se consideran habituales».

- Los investigadores integraban el Programa
de investigación El español mediterráneo
argentino, que reunía representantes de diez universidades
argentinas.

- A ello se debe la extensión del
yeísmo rehilado a otras variedades lingüísticas
del país, aunque no se da con la intensidad con que se
produce en Buenos Aires; la pronunciación de la /r/ por
hablantes de nivel sociocultural bajo de zonas en que la /r/ es
rehilada y, al regresar de la capital, el empleo de la muletilla
¿viste?, la tonada porteña, etc.

- El primer estudio con delimitación
de zonas dialectales que se publicara en la Argentina y en el
que se da una visión de conjunto, fue el libro de Berta
E. Vidal de Battini (1964) El español de la Argentina,
C. N. de Educación, Buenos Aires.

- Advierte Díaz Salgado (2000) que
«lo correcto y lo ejemplar no sólo no son lo mismo,
sino que no son siquiera comparables entre sí y no deberían
poder confundirse, ya que pertenecen a planos reales y ámbitos
conceptuales totalmente distintos: lo correcto es un modo de ser
del hablar y lo ejemplar es una lengua: una técnica histórica
del hablar».

- Leemos en el «Prólogo»
de la Ortografía de la lengua española (1999:XV):
«La Real Academia Española ha elevado a la categoría
de objetivo prioritario en los estatutos vigentes el de velar
porque los cambios que experimente la lengua española en
su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes
no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito
hispánico. Quiere esto decir que nuestro viejo lema
fundacional, limpia, fija y da esplendor, ha de leerse
ahora, más cabalmente, como unifica, limpia y fija
y que esa tarea la compartimos, en mutua colaboración,
con las veintiuna Academias de la Lengua Española restantes,
las de todos los países donde se habla el español
como lengua propia».

- Advierte Coseriu (1992:11): «Entendemos
por competencia lingüística el saber que aplican los
hablantes al hablar y al configurar el hablar. No nos referimos
al saber sobre las cosas sobre las que se habla, sino
al saber relativo, al hablar mismo y a su configuración».

- Opina Zamora Salamanca (1985:242): «Las
normas de comunicación lingüística pertenecen,
como afirma Hartung, a un tipo específico de normas sociales.
Cuando el niño aprende una lengua, adquiere un conocimiento
lingüístico basado en generalizaciones hechas a partir
de la experiencia del habla en situaciones comunicativas.
Este mismo tipo de experiencias permite la adquisición
simultánea de un saber metalingüístico
por parte del niño, en el cual estarían incluidas
las normas sociolingüísticas de interacción
que forman parte de la competencia comunicativa junto con las
reglas (en el sentido generativista del término) del conocimiento
(o competencia) de la lengua en cuestión».

- Observa Manuel Alvar (1982:45): «La
actitud de un hablante hacia su propia lengua está regida
por unos principios de carácter muy variado: pueden ser
psicológicos (reacción personal) o colectivos (reacción
de toda la comunidad); pueden haber sido adquiridos más
o menos tardíamente (aprendizaje) o representan un heterogéneo
mundo de experiencias (guía de conducta), etc.».

- Observa Angela Di Tullio (1999:195): «Lo
que separa a Sarmiento de Bello no son tanto sus opiniones sino
el hecho de que, para Sarmiento, la lengua no constituye un objeto
de interés en sí mismo. Recordemos que ambas polémicas
surgen de cuestiones vinculadas a la enseñanza, a la educación
popular. Muy distinta es la posición desde la que Bello
plantea sus puntos de vista. Es un gramático y un filólogo,
interesado en el objeto mismo y no tanto en sus aplicaciones».

- Dice Lidia Contreras acerca de la actitud
de Sarmiento (1999:184): «Se deja llevar por el violento
antiespañolismo que había seguido, en las generaciones
jóvenes, a las guerras de la Independencia y propone zafarse
de ese yugo impuesto por nuestros antiguos amos».

- Apud Haensch, G. (1999:568).

- Beatriz Fontanella de Weinberg (1999:203-204)
observa «que el perfil lingüístico de Buenos
Aires en la década de 1880 comprendía dos lenguas
mayores: español e italiano, y una lengua menor, francés,
que era lengua de un grupo de hablantes, a la vez que objeto de
estudio y lengua de cultura. Además se usaban como lenguas
especiales el inglés, que era lengua de cultura y de un
grupo inmigratorio reducido pero de gran peso económico
y social...».

- Dice Beatriz Fontanella (1999:204), «En
este avance e hipercaracterización de los rasgos propios
de la variedad estándar bonaerense se unen por una parte
el bajo prestigio que tenían las variedades peninsulares,
al identificárselas como lenguas de inmigrantes y, por
otra parte, la acción de la escuela, en la que el habla
de los maestros, que actúa como modelo, es la variación
estándar bonaerense».

- Con intención separatista, Luciano
Abeille (francés) había dicho en una conferencia
en 1900: «aquí hay dos naciones, la República
Argentina y la España. Los hombres que las componen se
hallan agrupados en territorios distintos, encerrados dentro de
fronteras distintas, se encuentran en distintas condiciones climatológicas,
son regidos por distintas formas de gobierno, amparados por leyes
distintas, tienen costumbres distintas y poseen una misma lengua...[...]
Pero estas dos naciones, estas dos almas no son idénticas,
y por lo tanto no es ni puede ser idéntica la evolución
de las ideas. Fatal y necesariamente, el léxico debe experimentar
un cambio, por lo menos en la significación de los vocablos
-omito por el momento hablar de la fonética y de la sintaxis».

- Entre los escritores argentinos que criticaron
duramente el voseo, se destaca Arturo Capdevila (1952:128 y 137),
quien decía: «la verdadera mancha del lenguaje argentino
es el voseo». Además afirmaba: «en la Argentina,
la gente de mayor alcurnia intelectual dice de tú,
cuando los otros emplearían el vos, y lo propio
acontece en todas las otras zonas infectas por el voseo en América».

- La acción de la prensa ha avanzado
en esta Sociedad de la Información que integramos a la
entrada del siglo XXI. Así La
Nación y otros diarios importantes permiten la actualización
de noticias por Internet, dos veces al día.

- Considera Borello (1969:197), que «las
causas por las cuales la Argentina, a través de sus grupos
realmente vivos y actuantes, creadores, hacedores, no dejará
de emplear sus giros peculiares (sean o no bárbaros, merezcan
calificativos peyorativos o elogiosos) son dos: a) un deseo de
personalidad nacional a ultranza, que tiene raíces históricas
todavía vivas, y que no dejará de ejercer libremente
su voluntad creadora en la lengua, como manifestación diferenciada
dentro del orbe hispánico. Y b) porque por detrás
de esta resistencia a acatar sanciones de igualación lingüística
(vengan de la gramática o de la misma Academia Argentina
de la Lengua), se esconde una polémica ya planteada en
la década del 20 y que tendrá lugar para realizarse
en el plano de los hechos en los próximos cuarenta años».

- El director de la Academia, García
de la Concha informó a la prensa, en Buenos Aires, de que
la edición 2001 del Diccionario de la RAE contendrá
más de 2 400 argentinismos sobre los 1 510 incorporados
en la edición de 1992. De esta manera la Argentina pasa
a ser uno de los países de habla española que ha
incluido el mayor número de registros de marca propia,
demostrando una actitud unificadora al cooperar con sus argentinismos
al tesoro léxico común de la lengua española.

- Este rasgo es conocido como el «yeísmo
rehilado», del que dice Guitarte (1955:270) que «parece
estar más extendido entre las mujeres que entre los hombres».

- Entre los estudiosos más destacados
podemos nombrar a M.ª Beatriz Fontanella de Weinberg (1973-1974),
Beatriz Lavandera (1975) y N. Donni de Mirande (1982).

- Observa al respecto Gómez Macker
(1999:183): «La llamada actitud, según la mayoría
de los expertos, es una tendencia, una disposición anímica
y conductual (favorable o desfavorable, proclive o adversa) adquirida
por experiencia; un complejo estado mental personal; un modo selectivo
de proceder orientado hacia algo que aparece al individuo como
dotado de algún valor positivo o negativo».

- Dice Juan M. Lope Blanch (1991:1 179):
«¿Cuál sería esa norma hispánica
ideal? La respuesta, teóricamente, parece fácil
y simple. La que practican todos los hablantes cultos los
buenos hablantes, las consideradas autoridades
de la lengua española».

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