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Raúl Ávila
Los medios de comunicación masiva y el español
internacional |
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Los medios y su espacio
Quienes han viajado por los países hispánicos han llenado
sus oídos de anécdotas acerca de las diferencias, sobre
todo de léxico y de pronunciación, que han encontrado
como turistas e incluso como especialistas en sus recorridos1.
El privilegio de viajar, cada vez más extendido, ha permitido
constatar estos hechos a un número creciente de personas. Los
estudios sobre la variación geográfica del español
son ahora también más abundantes y más detallados:
es suficiente ver el índice de las ponencias de los diversos
congresos sobre el español para constatarlo (p. ej., ALFAL
1999).
Hay algo novedoso en la actualidad: el papel de los medios de comunicación
masiva en la difusión de las lenguas. Ahora se puede estar
en contacto con los dialectos del español todos los días,
y en la propia casa, gracias a las transmisiones de televisión
que llegan a través de los satélites a todos los países
y regiones hispanohablantes y no hispanohablantes del
planeta. Además, mediante Internet el medio de comunicación
masiva más democrático inventado hasta la actualidad
es posible escuchar, desde cualquier lugar del mundo, las transmisiones
de una estación de radio que, en su lugar de origen, puede
estar restringida a una cobertura regional o nacional. |
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El contacto con el español escrito a través de un medio
de difusión masiva ha existido desde el siglo XV,
cuando se inventó la imprenta de tipos móviles. Tan
trascendental fue este invento que algunos investigadores lo consideran
un factor muy importante para la formación de las naciones,
en la medida en que permitió la estandarización de las
lenguas un elemento básico de identidad que sustentó
a los nuevos estados2. Tuvieron
que pasar casi cinco siglos para que surgiera un nuevo invento, que
es el equivalente para la lengua hablada de lo que la imprenta fue
para la escrita: la radio, que aparece en la década de los
años treinta del siglo XX, época
en la que se inicia también el cine sonoro. Muy pronto, unos
20 años después, llega la televisión a los hogares
(Ferrer 1997). En la actualidad se cuenta, dentro de Internet, con
la llamada red de redes, la WWW (o Malla Mundial Mayor, como
proponen en el Instituto Cervantes), espacio que une lo gráfico
y lo auditivo, la foto y el vídeo. En otras palabras, la MMM,
de base digital, representa la unión de la imprenta con la
radio y con el cine. En ese ámbito, como sabemos, hay cada
vez más textos en español, idioma que ha ido recuperando
espacios frente al inglés.
Los medios masivos, por sus propios intereses, buscan cubrir territorios
cada vez más extensos. Van desde la cobertura mundial y multilingüe
de la MMM, hasta la internacional de la televisión y la nacional
o regional de la radio, que también puede escucharse en diferentes
países a través de la onda corta. Los intereses asociados
a los medios sobre todo los económicos y los políticos,
requieren, además de una cobertura amplia, una lengua estable
que sea comprendida por la mayor parte de las audiencias. Éste
es el caso de lenguas como el inglés, el chino y el árabe,
para sólo mencionar algunas de las más importantes.
En cuanto al español, Cebrián Herreros constata lo que
he expuesto previamente. Como él dice, «La dimensión
internacional de la televisión es la vía para la consolidación
de la lengua española como lengua de mercado internacional»3.
En su opinión, «antes de provocar la disgregación
que en su momento sufrió el latín, la televisión
trasnacional refuerza la unidad del español y la combina con
el enriquecimiento de las diversidades nacional, regional y local
[...] Hoy la lengua acompaña al imperio televisivo» (Cebrián
Herreros, 1998:1 062-1 063). Algo semejante dice Zabludowsky (1998:34):
la red de satélites «permite la comunicación de
todos los hispanoparlantes por encima de las fronteras ficticias y
reales, uniendo lo separado por los océanos, acercando las
distancias y poniendo en la misma posibilidad de recibir el mensaje
al analfabeto y al sabio». Todos estos planteamientos y las
razones que he dado antes, permiten sustentar la hipótesis
de que la comunicación masiva promueve la convergencia lingüística
y limita, consecuentemente, los usos divergentes. |
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La unidad internacional del español
Se suele calificar 1898, sobre todo desde España, como «el
año del desastre», año en el cual, tras la guerra
contra Estados Unidos, se terminó el imperio español
con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Esta actitud
se reiteró en 1998, en ocasión del primer centenario
de aquella guerra. Baste señalar el título de un libro
que se publicó en ese año: España en 1898.
Las claves del desastre (Laín Entralgo y Seco Serrano 1998).
La organización del libro véase el índice
general no hace sino corroborar esa visión pesimista:
«Antecedentes de una crisis», «El problema de Ultramar.
La pérdida de las colonias», o «Consecuencias del
desastre. España, sola»4.
Sin embargo, desde Ultramar es posible considerar ese año como
el de la reconciliación, el del inicio de la nueva comunidad
hispánica que desea mantenerse unida tras sacudirse el yugo
de la época colonial.
La guerra de España contra los Estados Unidos tuvo esa consecuencia
positiva: unió a los hispanohablantes, que escucharon, entre
otras voces, la de José Enrique Rodó y, sobre todo,
por su difusión, la de Rubén Darío, quien propone
vigorosamente la unidad en Cantos de vida y esperanza:
Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
Las palabras de Darío, por cierto, tienen antecedentes en relación
con la política lingüística de Hispanoamérica.
Tras la independencia de las naciones hispanohablantes se discutió
la posibilidad de promover nuevas lenguas nacionales a partir del
español, o de aceptar, como dice Esteban Echeverría
en 1846, el legado de la lengua, bajo la condición de hacerla
prosperar entre todos (apud Guitarte, 1991:78). Lo mismo opina Rufino
José Cuervo unos pocos años después. Tras plantear
la legitimidad del español de América, el filólogo
colombiano propone la unidad lingüística como compromiso
de todos los países hispánicos, frente a la idea colonial
de un solo modelo lingüístico. La unidad señala
beneficia a todos (Cuervo 1867:45). |
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La vocación de mantener una lengua unitaria, convergente, que
se haga y desarrolle entre todos los hispanohablantes, se mantiene
hasta la actualidad. Se advierte claramente en la prensa escrita y
en la producción editorial, que siempre ha evitado los usos
nacionales en los libros de estudio. Incluso los autores de obras
literarias parecen haber renunciado a los localismos para favorecer
al gran público hispano. El llamado boom literario de
la novela hispanoamericana de la década de los años
sesenta del siglo XX es una constatación
contundente de esto. Esta nueva generación rompió con
los límites parroquiales y nacionales en su búsqueda
de un público más amplio, de nivel internacional. Por
eso los escritores utilizaron un español de ese nivel, pues
así podían atraer a una mayor cantidad de lectores (Donoso
1972:30 ss.). Esta actitud se advierte con toda claridad en el congreso
de intelectuales que tuvo lugar en la Universidad de Concepción,
Chile, en 1962. En esa reunión, en la que participaron, entre
otros, Pablo Neruda, Alejo Carpentier y Carlos Fuentes, se planteó
como destaca Donoso (1972:48) la necesidad de romper las
fronteras políticas e «inventar un idioma más
amplio y más internacional».
Actualmente hay, además, otras circunstancias, no siempre reconocidas,
que conducen a una nivelación interdialectal en algunos lugares.
Las anécdotas sobre el uso del español en diferentes
países resultan un aprendizaje cotidiano entre los hispanohablantes
de un país que no se considera hispánico y que como
dije antes contribuyó a darle cohesión a nuestra
comunidad cuando enfrentó a España: los Estados Unidos.
En ese país, como sabemos, se habla español en Miami,
Los Ángeles, Nueva York y Chicago, por sólo mencionar
unas pocas ciudades. Los hispanohablantes, en sus hogares, en las
calles o en las tiendas y restaurantes, tienen que decidir constantemente
qué palabra usar de las que ofrece el español
en su extensa geografía para comunicarse adecuadamente.
En ese país, además, se producen muchos programas de
televisión y radio en español, y hay muchos periódicos
en nuestra lengua. Por eso también los redactores tienen que
decidir cada día cuál de los sinónimos geográficos
deben usar para que sea comprendido por una mayor audiencia. Allí,
en los Estados Unidos, los hispanos son todos paisanos a pesar de
sus diferencias dialectales. Y si a veces no están de acuerdo,
manifiestan sus desacuerdos en español, su lengua común. |
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El lenguaje de los medios y sus críticos
La necesidad, antigua en la lengua escrita, de rebasar las fronteras
políticas para comunicarse con una comunidad lingüística
cada vez más extensa, se renueva en los nuevos medios masivos,
como la radio y la televisión. Dentro de estos dos medios,
la televisión parece ser la que recibe la mayor atención
y las mayores críticas. Tal vez esto se deba, por una parte,
a que es más reciente que la radio; y por otra, a su alcance
y a su capacidad de seducción y penetración. Baste saber,
en este sentido, que en América Latina más del 90 por
ciento de los hogares tiene por lo menos un televisor, que permanece
encendido el tiempo equivalente a «una jornada de trabajo diaria»,
y que es visto, en promedio, casi tres horas del día por cada
persona (Jara, 1998:1 006).
En el Congreso de la ciudad de Zacatecas, México (La lengua
española y los medios de comunicación, 1998) antecedente
del que ahora se realiza en Valladolid hubo un buen número
de ponencias referidas a este medio. La mayor parte de esos textos,
como podría suponerse dados los antecedentes con los que cuento
(Ávila 1998b:912 ss.), destaca el empleo inadecuado del lenguaje
en la televisión. La posición que puede servir de ejemplo,
aunque extremo, es la de De Pablos, quien hace referencia al «mal
uso de la lengua castellana que se contempla [sic, subrayado
mío] en los medios de comunicación españoles
de fin de milenio». Además, exige a los miembros de la
Real Academia Española que no sean tan complacientes, puesto
«que con tanta frecuencia aceptan y dan legitimidad a estas
actividades idiomáticas» (De Pablos, 1998, pp. 434-435);
y considera que el Diccionario académico «es un
recital de despropósitos» (p. 437). Según él,
«La Academia [...] ayuda al empobrecimiento y al error»
(p. 438), por lo que le propone un nuevo lema: «Acepta, vulgariza
y lamina» (p. 441). Añade a todo esto que «a las
empresas no les importa la pureza del lenguaje sino la cuenta de resultados»
(p. 441), y que, entre otros medios masivos, el diario español
El País parece caracterizarse por estar «lleno
de erratas y errores en las formas de presentación más
variadas», con «los errores y faltas de ortografía
más escandalosos» (p. 442). Cabe decir, por otra parte,
que De Pablos está a favor de Internet, entre otros motivos
porque «es todo lo contrario a nacionalismo» (p. 447).
En cuanto al uso de la lengua, probablemente condenaría ese
medio si revisara la sintaxis que se utiliza en los cuartos de charla
(o chat rooms) de los jóvenes. Por su parte, Mourelle
de Lema (1998:491-492) considera que el lenguaje de los medios es
«cada vez menos reflejo del dominio académico».
El cambio, sobre todo en el léxico, dice, «es, con harta
frecuencia, trepidante y aun traumático». Por eso menciona
que ese lenguaje ha sido calificado por los críticos de «mediocre,
al tiempo que resaltan su pobreza y desnaturalización».
Hay posiciones relativamente más mesuradas, como la de Cobo
Borda (1998) quien, tras recordar que después de la independencia
de los países americanos y la ruptura con España «fue
la lengua la que reanudó el vínculo», propone
como hacen algunos periódicos colombianos jalar
las orejas o dar coscorrones «a infractores de la lengua, y
que [esos periódicos] extiendan su rigor a las barbaridades
de la radio o los idiotismos de la televisión». Para
mejorar el empleo de la lengua en los medios, considera que es necesario
que trabajen juntos con la Academia (Cobo Borda 1998:65,66). Por su
parte, Blanquèr i Planelis (1998:974) opina que la televisión
debería ser un modelo del lenguaje, pero que en los programas
doblados o traducidos, e incluso en los noticieros hay «un vocabulario
muy reducido». La preocupación se extiende a profesionales
de los medios de diferentes países, como el mexicano Zabludovsky
(1998:32), quien, tras señalar que «el idioma que influye
ya no es sólo el que se publica en libros o periódicos»,
sino el que llega por satélite, considera que «es nuestra
obligación impedir que este invento magnifique los barbarismos».
También le preocupa a otro mexicano, S. Sarmiento (1998:1137-1139),
quien señala que se culpa a los medios por el mal uso del lenguaje,
pero ese lenguaje «no es más pobre de lo que usualmente
encontramos en las calles de nuestras ciudades [...] El bajo nivel
educativo de nuestra sociedad se manifiesta en los medios».
A él mismo le irritan las faltas de ortografía, los
solecismos, los barbarismos, y la pobreza de vocabulario. Sin embargo,
considera que es iluso suponer que los medios van a cambiar el lenguaje
o que pueden «imponer a la mayoría usos académicos
que, a pesar de ser obsesión de los puristas del lenguaje,
son ajenos a la enorme mayoría de la población».
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Unidad vs. diversidad
El aislamiento de los países hispánicos independientes
en el siglo XIX y principios del XX
era una buena razón para suponer que el español iba
a correr la suerte del latín. Las comunicaciones eran muy limitadas,
y los viajes requerían mucho tiempo. En la época actual,
a pesar de que se cuenta con aviones, radio, televisión, periódicos
de distribución nacional e incluso continental y redes de cómputo,
se mantiene la preocupación por la posible diversificación
de la lengua. Hay, sin embargo, una idea nueva, que surge de quienes,
por razones profesionales o académicas, están en contacto
con los nuevos medios: el exceso de uniformidad.
La dialéctica unidad vs. diversidad está representada,
por ejemplo, por el debate en relación con el llamado español
neutro que se pretende utilizar en los medios masivos, sobre todo
en la televisión. Petrella (1998:979) se refiere a la ley al
respecto, que fue aprobada en Argentina en mayo de 1986, y considera
que la idea es básicamente comercial. «Se procura dice
Petrella que el producto sea exportable a la mayor cantidad
de sectores del mercado y por eso se busca una lengua que prescinda
de las peculiaridades nacionales». Y remarca que «para
la elaboración de la ley así como para su cumplimiento,
no se consultó a ningún especialista en temas lingüísticos».
Esta ley fue complementada dos años más tarde mediante
una reglamentación según la cual «Se entenderá
por idioma castellano neutro al hablar puro, fonética, sintáctica
y semánticamente, conocido y aceptado por todo el público
hispanohablante, libre de modismos y expresiones idiomáticas
de sectores» (apud Petrella 1998:983). La investigadora
considera que, si se toma en cuenta la ley, el léxico sería
«reductivo»; y que los rasgos lingüísticos
corresponderían a distintas «normas dialectales yuxtapuestas».
Estos problemas señala afectarían sobre
todo a las obras de ficción, como las telenovelas o las películas
dobladas. En cambio, el español neutro podría tener
sentido en programas documentales o informativos (Petrella 1998:982,
987). |
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También se opone al español neutro Cebrián Echarri,
quien lo considera «creado en Hollywood». Dice además
que el idioma «es creado y difundido en gran parte por los medios
de comunicación», por lo que éstos son también
culpables de la difusión del español neutro. Las academias,
por otra parte, son el «resultado del despotismo ilustrado y
tienden hacia un elitismo que, a veces, provoca su distanciamiento
de la sociedad» (Cebrián Echarri 1998:86-89).
Mourelle de Lema quien, por otra parte, critica el lenguaje
de los medios (ver arriba) considera, citando a Criado del Val,
que una lengua estándar sólo sirve a intereses comerciales:
«Extraño español dice que se ha dado
en denominar español neutro [...que] se sigue utilizando
en doblajes que se hacen en México. Sus características
son, entre otras, las siguientes: acentuación neutra, con pocos
matices locales o regionales; lenguaje simplificado en léxico
y sintaxis hasta grados deplorables de empobrecimiento». El
autor, no obstante, ve positivamente el papel de los medios audiovisuales
en la «unificación del idioma común» (Mourelle
de Lema, 1998:493), lo que parece contradecir su rechazo a la idea
de promover una lengua estándar.
Frente a la crítica del español neutro, e incluso del
español estándar, hay otras posiciones que no muestran
preocupación por la unidad, sino por la fragmentación
de la lengua. L. M. Ansón, aunque reconoce el vigor actual
del español que será la segunda lengua mundial
en este siglo, se preocupa por el riesgo de fragmentación
que existe, según él, desde hace ya varias décadas.
Afortunadamente ese riesgo, como él mismo dice, «hoy,
en buena parte, está conjurado gracias a los medios de comunicación»,
especialmente a la televisión (Ansón 1998:74). |
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Español internacional, nacional y regional
Las posiciones anteriores sobre el lenguaje de los medios y la unidad
y la diversidad de la lengua son, en su mayor parte, subjetivas. En
muchas de ellas se manifiestan prejuicios sobre el uso de la lengua,
especialmente en la televisión. Se dice que en ese medio se
utiliza un español cuyo léxico se considera muy pobre
y desnaturalizado lleno de ismos, supongo, sobre todo
de barbarismos; y se reitera la responsabilidad que tienen los
medios en relación con el empleo del español, pues lo
que pasa por ellos se magnifica. Incluso se critica acremente e
ingenuamente el papel de la Academia y el contenido de su diccionario.
Por otra parte, se considera que el lenguaje de los medios no hace
sino reflejar el de la sociedad en la que están insertos.
En cuanto a la unidad de la lengua, parece haber acuerdo en que los
medios la promueven, en buena medida por sus propios intereses comerciales.
Frente a esto, se discute el llamado español neutro,
porque no corresponde a ninguna modalidad de la lengua y porque la
empobrecería. Sin embargo, se admite que podría ser
útil en programas informativos o documentales. Al lado de esto,
algunos incluso consideran inconveniente la estandarización
de la lengua. En contraste, aún hay quienes se preocupan por
la posible fragmentación del español.
En los últimos años se han hecho diversas investigaciones
sobre el español que se utiliza en los medios basadas en muestras
aleatorias y estratificadas que se procesan mediante programas de
cómputo5. Estos análisis
estadísticos aseguran una mayor objetividad y permiten la comparación
de los resultados que se han obtenido en el ámbito internacional,
nacional y regional. En esos estudios se muestra un panorama diferente
al que presentan los críticos del lenguaje de los medios, sobre
todo en lo relacionado con el léxico. A continuación
me referiré a este aspecto más detalladamente. |
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Riqueza léxica
Se ha dicho que el vocabulario que se utiliza en los medios es pobre.
Esto no parece ser así. Se puede comprobar la riqueza léxica
midiendo la densidad de los textos. Este indicador resulta de obtener
el número de palabras diferentes o tipos léxicos
por cada segmento de un determinado número de palabras gráficas.
En el caso de programas informativos o noticieros de difusión
internacional6, la densidad
iba de un mínimo de 67,6 (ECO) a un máximo de 69,6 (CNN),
con un promedio, para los cinco noticieros analizados, de 68,6 palabras
diferentes por cada segmento de 100 palabras gráficas7.
Estos índices de densidad son muy similares a los que en
el nivel nacional se obtuvieron en programas o textos informativos
de la radio, la televisión y un diario de Colombia8,
la radio de Costa Rica9
y la radio y la televisión de España10
y de México11.
También se parecen a los que se encontraron en el nivel
regional en la radio de Almería, España (López
González 2000). En estos medios la densidad iba de un mínimo
de 66,6 (Almería, radio, registro formal) a un máximo
de 68,8 (televisión, Colombia).
La densidad de otro tipo de programas, las telenovelas, también
es parecida a la que se encontró en los informativos. En el
análisis de dos de ellas, producidas en México, se encontraron
como promedio 71,4 en una de ellas, y 68,0 en la otra12.
Comparemos ahora los resultados anteriores con los que obtuvimos para
un ensayo de Octavio Paz, Tiempo nublado, que fue de 69,5; y para
la lengua hablada: el habla culta, de densidad alta tuvo una densidad
de 68,5; el habla de nivel medio, de 62,5; y el habla popular, de
densidad baja, de 56,5. Como se puede ver, el lenguaje de los medios
tiene una densidad muy semejante en ocasiones superior
a la del habla culta; y en todos los casos es superior a la del habla
de nivel medio. Además, la densidad de algunos programas informativos
y de una telenovela es más alta que la del ensayo, género
en el cual normalmente se utiliza un vocabulario extenso.
Hemos podido comprobar (Ávila 1999:32-34) que si se unen textos
de una densidad alta (68,5) hasta llegar a un número total
de 100 000 palabras gráficas, se obtienen cerca de 5 000 vocablos13.
Este vocabulario es el que usaría en forma activa una persona
culta, y es el que podría encontrarse en los programas de radio
y televisión con densidades semejantes a la alta, como ocurre
con la mayoría de los que he mostrado. |
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Dimensiones del léxico
Como vimos antes, hay quienes consideran que el léxico que
se emplea en los medios está lleno de barbarismos, solecismos
y otros ismos. Nuestras investigaciones, de nuevo, muestran otro panorama
a partir de la frecuencia de ese tipo de palabras dentro del conjunto
total del léxico que hemos recogido. Para esto clasificamos
los vocablos de acuerdo con su filiación en dos grandes grupos,
con base en las fuentes14
donde aparecen registrados: los de uso general o internacional y los
ismos, dentro de los cuales están, entre otras, las voces de
nivel nacional o regional.
Al respecto, en los programas informativos de difusión internacional
(Ávila 2000a) los vocablos de uso general iban de un máximo
de 99,5 (ECO) a un mínimo de 98,8 por ciento (CNI). Frente
a estos vocablos, los porcentajes de los ismos que encontramos americanismos,
mexicanismos, latinismos, helenismos, extranjerismos y otros15
no llegaron más allá del 1,2 por ciento. Además,
si se considera la frecuencia real de aparición de esos vocablos
en los textos la percepción que tendría la audiencia
los porcentajes de ismos van de un máximo de 0,25 (CNN) a un
mínimo de 0,1 por ciento (Radio Vaticana para España).
Esto quiere decir que las audiencias escucharían un máximo
de 25 ismos por cada 10 000 palabras, muchos de ellos conocidos o
fácilmente interpretables, como acordillerado, antisecuestro,
antiterrorista, armenocatólico, atacante,
balear, bolsa de valores, conscientizar, conservacionista,
contras (los), desocupación, extraditable,
fundamentalismo, incosteable, inframundo o trasnacional.
Dentro de estos ismos, los extranjerismos que recogimos que
podrían considerarse barbarismos fueron los siguientes:
bambino, country (música), fast track
(3 frecuencias), faul, hit, look (aspecto,
como en «un look de verano»), manager (pron. [mánayer])
nocáut, noquear, okey, pénalty
(2 frecs.), raid, ranking, ring (de boxeo), rock
(música), rugby, y set (2 frecs.). La frecuencia
total de esos extranjerismos es de 21, que corresponde al 0,02 por
ciento del total de 76 300 palabras gráficas que recogimos
en la muestra de informativos. Las audiencias escucharían 2
extranjerismos por cada 10 000 palabras. De nuevo, como puede verse,
la mayor parte de los extranjerismos son conocidos. Incluso muchos
de ellos deberían incorporarse a los diccionarios del español.
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El empleo de ismos en las telenovelas (Ávila 2000b) es parecido
al anterior. En ese tipo de textos encontramos que la frecuencia de
los ismos era de un mínimo de 0,2 a un máximo de 0,3
por ciento, en relación con un total de 29 097 palabras gráficas
(100%). Dentro de éstos, los extranjerismos aparecieron 21
veces, lo que corresponde a un porcentaje de 0,03, es decir, a 3 extranjerismos
por cada 10 000 palabras. Fueron los siguientes: baby (pron
[béibi]), bye [bái], chance (oportunidad,
posibilidad), hey (interjección), locker
(frec.: 2), miss, okey, show (frec.: 3), smog,
suite, sushi (frec.: 2), test (tecnicismo, frec.:
2), vedette y yes (frec: 3). Como puede verse, de nuevo
la mayor parte de los extranjerismos que encontramos son de uso general.
En cuanto al nivel nacional, en los programas de noticias mexicanos
(Ávila 1994:110, 112-113), la frecuencia de ismos fue de 0,6
por ciento en una estación de radio (XEB), y de 0,3 en una
de televisión (XEWTV). Además, dentro de esos vocablos
los mexicanismos eran prácticamente inexistentes: su frecuencia
fue de 3, lo que corresponde al 0,01 por ciento del corpus16.
En las telenovelas, que fueron producidas en México en primera
instancia para el público mexicano, aparecieron más
mexicanismos17, los que
llegaron a un total de 30 frecuencias (0,1%). Para España,
en los informativos de televisión el porcentaje de palabras
que no estaban registradas en el Diccionario de la lengua española
(1992) fue de 0,42 (Florián López 1999:1 011); y en
los de radio, de 0,13 (Ruiz Martínez 1999:1 269).
Finalmente, en la radio de Almería nivel regional
el porcentaje correspondiente a la frecuencia de las palabras no incorporadas
en el Diccionario es de 0,28 por ciento. Como señala
López González (2001:§ 5.2.5.7), esto revela «una
situación de alto apego a la norma léxica» del
diccionario académico. De nuevo, como en los casos anteriores,
la gran mayoría de las voces no registradas son comprensibles
a nivel internacional18,
y su uso parece lo suficientemente frecuente y general como para que
como dije a propósito de los informativos de nivel internacional
muchas de ellas fueran incluidas en los diccionarios. |
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Conclusiones
He tratado de mostrar que la lengua española tiene vocación
de unidad. Esta vocación, no impuesta, como en la época
colonial, se manifiesta en la nueva comunidad hispánica de
naciones independientes que surge a partir de 1898, y se mantiene
hasta la actualidad. Por su parte, los medios de comunicación
masiva, de la imprenta a la Internet, favorecen la convergencia lingüística
por motivos económicos, políticos y culturales. El alcance
y la penetración de los medios han creado la posibilidad de
que los hispanohablantes, por primera vez en la historia, puedan escuchar
diferentes dialectos en su propia casa, y los confronten con el suyo.
Esto tal vez conduzca a superar la actitud glosocéntrica de
imaginar que el mejor español es el propio, el del país
o la región donde uno vive.
Dentro de este panorama, me he referido a las críticas que
se han hecho a los medios, sobre todo a la televisión, en relación
con el aparente mal uso que hacen del español. Por el contrario,
a partir de investigaciones recientes que abarcan televisión,
radio y prensa de nivel internacional, nacional y regional, he mostrado,
con datos estadísticos confiables, que el lenguaje que se utiliza
en los programas o textos de noticias de radio, televisión
y prensa e incluso en las telenovelas, es denso incluso a veces
en exceso y tiene una riqueza léxica semejante a la de
una persona culta.
También he mencionado las discusiones que ha habido recientemente
en relación con la unidad o la diversidad de la lengua, y con
la posibilidad de utilizar un español neutro. Al respecto,
los responsables del español que se usa en los medios escritores,
corresponsales, editores parecen buscar un lenguaje que sea
comprensible a nivel internacional, por audiencias cada vez más
extensas o por un número mayor de lectores. La convergencia
lingüística tiene una clara confirmación estadística
en relación con el empleo del léxico de uso restringido
a un país o una región, o el uso de palabras de origen
no hispánico que he llamado ismos: mexicanismos,
neologismos o extranjerismos, entre otros, cuya frecuencia es
tan baja que resulta poco significativa. El léxico de nivel
internacional se utiliza incluso en los medios de alcance nacional
o regional en los cuales los ismos son, de nuevo, muy poco frecuentes.
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Los medios, de acuerdo con su alcance, requieren emplear un español
en los espacios internacional, nacional y regional. Los responsables
lo saben muy bien, y por eso se preocupan por la corrección
del estilo de los textos, y rechazan con frecuencia los localismos
o los extranjerismos, de acuerdo con su audiencia o sus lectores.
Las decisiones que tomen se deberían basar, en lo que respecta
al léxico, en la distribución de las variantes geográficas
en los países hispánicos y en el peso demográfico
de los mismos, y no en un modelo único, como en la época
colonial. Por eso hemos propuesto la redacción de un diccionario
internacional en el que estén representados, equitativamente,
todos los países y regiones hispánicas: un diccionario
en el que habrá no sólo venezolanismos, colombianismos
o argentinismos, sino también españolismos, voces exclusivas
de España, como ordenador o jersey (por computadora
y suéter, de uso más general). Los medios nos
pueden ayudar a aprender nuevos sinónimos, variantes geográficas
que no están en los libros correspondientes, como volante,
dirección, manubrio o timón; como
apartamento, departamento o piso; o como acera,
banqueta, andén o vereda. Y si la más
usual es la primera, todos tendremos que aprenderla e incorporarla,
por lo menos, a nuestro léxico pasivo19.
En todo caso, la responsabilidad no es sólo de los medios:
debemos compartirla todos los que estamos interesados por la lengua
española y por su situación actual frente a otras lenguas
en esta aldea mundial donde vivimos todos.
La lengua hablada, como sabemos, va también desde el ámbito
regional hasta el nacional y el internacional. La lengua española
común, la internacional, siempre se ha nutrido y enriquecido
con los usos nacionales y estos, a su vez han asimilado y difundido
la riqueza expresiva de los regionalismos. Así se ha formado
nuestra lengua. Las fuentes originales latina y griega se enriquecieron
con arabismos. Cuando el español se habló en América
recogió nuevas voces, como cacique, tomate, chocolate
o cancha. Estas palabras pudieron migrar gracias a que las
decían y las escribían los viajeros. Su difusión,
difícil sin duda, por las condiciones de la época, no
impidió que fueran adaptadas y aceptadas por quienes jamás
las habían escuchado, y que se extendieran por todo el mundo
hispánico e incluso fueran asimiladas por otras lenguas. De
esta manera enriquecieron nuestro idioma, nuestra visión del
mundo. Los medios no tienen por qué usar un lenguaje limitado
o empobrecido. El español de todos, el que he llamado internacional,
debe nutrirse de los usos nacionales y regionales. Pidamos a los medios
que los difundan y que, si es necesario, los expliquen20.
De esta manera se mantendrá la unidad pero se evitará
la uniformidad. Así nos enriqueceremos todos con las palabras
de todos. |
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Notas:
- Un libro muy conocido al respecto es el
de Rosenblat (1971).

- Así lo considera Huntington (2000:73).
Véase también Ávila (2001) para un desarrollo
más extenso de estas ideas.

- Desde un punto de vista económico,
el mercado hispano, nos dice Cebrián Herreros, tiene sólidas
bases «de homogeneidad lingüística y cultural»
(Cebrián Herreros, 1998:1 060).

- He comentado más detalladamente
todo esto en Ávila (1998a).

- Me refiero a las que se han realizado dentro
del proyecto Difusión Internacional del Español
por Radio, Televisión y Prensa (DIES-RTP). Para una descripción
más extensa del proyecto y otros artículos míos
sobre los medios, véase mi página en http://www.colmex.mx/personal/cell/ravila/index.htm.

- Las muestras fueron tomadas de los informativos
de televisión CNI (Canal de Noticias Internacional), CNN
en español (Cable News Network), ECO (de Televisa, México);
y de radio de onda corta, VTE (Radio Vaticana para España)
y VTH (Radio Vaticana para Hispanoamérica). Véase,
para todo esto, Ávila 2000a.

- Dentro de esas 100 palabras no se consideran
los casos de onomástica (nombres propios, de lugar o de
instituciones). Dado que la muestra de cada programa es de por
lo menos 10 000 palabras gráficas, las medidas de densidad
son el promedio de un mínimo de 100 unidades de 100 palabras
gráficas. En total, para los cinco informativos se obtuvieron
76 300 palabras gráficas. La densidad y otros datos estadísticos
se obtienen mediante Exégesis (1992), un programa
de cómputo diseñado ex profeso (Ávila
2000a).

- La densidad para informativos fue, en televisión,
de 68,6; en radio, de 66,6; y en un periódico, 68,4. En
el caso de Colombia, la televisión tuvo una densidad más
alta que la del lenguaje periodístico (Parra 1999:148).

- En promedio, la radio de Costa Rica alcanzó
la densidad de 67,1 (Barahona Novoa 1996:70).

- La densidad de los informativos de Radio
Nacional de España fue de 67,2 (Ruiz Martínez 1999:1
267); y de la estación TVE 1, de 68,09 (Florián
1999:1 010).

- La densidad para los noticieros de televisión
de XEWTV fue de 66, y para la estación de radio XEB, de
67 (Ávila 1994:109).

- Respectivamente, Desencuentro,
producida por Televisa, y Mirada de mujer, producida por
Televisión Azteca. Las muestras fueron tomadas en 1997
(Ávila 2000b).

- El vocablo equivale a una entrada de diccionario.
Es, por así decir, el nombre de una familia de tipos léxicos
o palabras diferentes. Así, el infinitivo incluye toda
la conjugación del verbo; y el sustantivo masculino singular,
las variantes en femenino y en plural. El programa Exégesis
(1992) permite asociar palabras gráficas a tipos léxicos
y a vocablos. Además, indica para cada vocablo si es de
uso general o si es mexicanismo, extranjerismo, neologismo, americanismo,
etc.

- Las principales fueron el Diccionario
de la Real Academia Española (1992), y el Diccionario
del español usual en México (1996). Para la
bibliografía completa de las fuentes, véanse Ávila
(2000a y 2000b).

- Se incluyen en esta categoría los
vocablos marcados como ismos en las fuentes que consultamos, y
también los que no aparecen en esas fuentes, o no documentados
(Ávila 2000a).

- Cabe señalar que en los informativos
de nivel internacional (Ávila 2000a) hubo una sola palabra
que puede considerarse exclusiva de un país, el mexicanismo
zapatista (frec.: 2) por el Ejército Zapatista
de Liberación Nacional que surgió e1 1 de enero
de 1994 en el estado mexicano de Chiapas. La voz, no obstante,
se comprende en el ámbito internacional. La consideramos
mexicanismo sólo porque aparece registrada únicamente
en el Diccionario del español usual en México
(1996).

- Entre ellos estaban apapachar (del
náhuatl, acariciar, mimar); carrerear
(apurar a alguien, como en «No me estés
carrereando»); cuate (frec.: 2, amigo,
uso coloquial, del náhuatl); cuete (borracho,
uso coloquial); escuincle (chiquillo, uso coloquial
y despectivo); fichera (mujer que acompaña
a los clientes en un bar o un cabaré), y güero
(frec.: 5, rubio). La lista completa está en
Ávila 2000b.

- Entre ellas están, p. ej., café
cantante, antidemocrático, antidisturbios,
centrodelantero, intercultural, multicine,
preacuerdo, rompecorazones, verdiblanco,
renegociar, postgrado, sobreexplotación,
y los apócopes tele y capi.

- Me he referido a todo esto de manera extensa
en Ávila (1998c). Por otra parte, es necesario señalar
que la incorporación al léxico activo de algunas
palabras tiene algunas repercusiones semánticas, como he
mostrado en otra investigación (Ávila 1997).

- Coincido con Pelly (1998:1 096), quien
propone que no se restrinja la variación, sobre todo en
telenovelas o programas humorísticos o de transmisión
en vivo. Por su parte, Cebrián Herreros (1998:1 057), considera
que los «términos, locuciones, giros y estructuras
gramaticales que [...] estaban restringidos a un país ahora
pasan a ser de conocimiento general. Las trasmisiones de acontecimientos
deportivos y de telecomedias han difundido formas exclusivas del
ámbito mexicano, venezolano o argentino por todo el continente
y por España [...] A medida que haya mayor circulación
de producciones audiovisuales habrá menos vocablos exclusivamente
regionales».

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