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Manuel Alvar Ezquerra
La normalización de las entradas en los diccionarios
de ámbito geográfico restringido |
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La confección de un diccionario supone la aceptación,
de entrada, de una serie de normas que el lexicográfo debe
aceptar y respetar a lo largo de toda la obra para que ésta
tenga coherencia y sistematicidad, y para que pueda cumplir con su
principal cometido: ser útil al usuario.
Por supuesto, las normas que siga el diccionarista han de ser las
mismas que posea el público al que va destinado. Si no es así,
deberán ser explícitas para que no haya la menor la
duda, y para que quien vaya a buscar una información que le
interese no se encuentre en un laberinto en el que no halle no la
salida, sino tan siquiera la entrada.
Una de las primeras tareas con que se han topado los autores de diccionarios
ha sido la de establecer un orden de los elementos recogidos en el
interior del repertorio léxico, para acompañarlos de
las informaciones pertinentes que sirvan a quien acuda a consultarlo.
De ahí que a lo largo de la historia de la lexicografía
hayan existido dos tipos de obras, las que ordenaban el léxico
conceptualmente y las que lo hacían formalmente. Unas y otras
han tenido sus ventajas y sus inconvenientes, que no nos son desconocidas:
agrupar las voces relacionadas entre sí por su contenido o
por la cosa designada, o acumularlas de acuerdo con un orden formal
fácil de memorizar y encontrar; y ahí residen también
las dificultades, pues no siempre el usuario tiene la misma idea que
el diccionarista de la manera de organizar o concebir la realidad
extralingüística, ni siquiera de la materia lingüística,
o puede suceder también que la ordenación formal no
permita llegar a la palabra que se necesita en un momento determinado.
Por fortuna, la vieja oposición que viene dividiendo los diccionarios
y a sus autores durante siglos y siglos, y que en la moderna
lingüística ha tenido su interpretación en una
de las dicotomías más conocidas, formuladas por Ferdinand
de Saussure, parece que está desvaneciéndose por las
posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías: las posibilidades
de búsqueda en los diccionarios electrónicos, en especial
en los que ya circulan bajo el formato de CD-ROM, nos permiten no
sólo acceder al contenido del diccionario a través de
las palabras de las entradas (lo cual respondería al modelo
formal anterior, reproduciéndolo bajo otro formato), sino también
a lo contenido en las diferentes definiciones que acompañan
a las entradas (lo cual, con los defectos que todavía existen,
respondería al modelo conceptual en buena parte, aunque aún
no están desarrolladas las herramientas adecuadas para este
tipo de búsquedas en los diccionarios en CD-ROM), además
de permitirnos otras pesquisas hasta ahora insospechadas, a no ser
mediante un paciente rastreo manual: por ejemplo, a través
de la lengua de origen, del ámbito geográfico, de la
especialidad en que se usa, etc., por no hablar de las facilidades
que permite el empleo de máscaras y comodines para llegar a
formas desconocidas, o para agrupar voces con elementos comunes (si
no fuera porque se trata de un pasatiempo que consiste en eso, en
pasar el tiempo, estaríamos ante una sencillísima manera
de resolver crucigramas, por ejemplo). |
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La consolidación del orden alfabético para distribuir
las entradas en un diccionario es muy reciente, y a lo largo de la
historia ha estado sometido a criterios muy distintos, según
las concepciones de los propios autores sobre el modo de ordenar los
signos, y las diferencias que había entre ellos, en lo que
ha influido no poco el valor fónico de las letras.
Uno de los usos más particulares que se ha hecho del alfabeto
es el orden seguido por Gonzalo Correas en su Vocabulario de refranes
y frases proverbiales (el original es de 1627), que ha traído
de cabeza a los modernos editores de un repertorio sólo conservado
manuscrito en diversas copias. El orden que utilizó Correas
en el Vocabulario de refranes no respondía a un capricho
pasajero, sino a una decisión meditada que explicará
un poco más tarde en su Ortografía kastellana nueva
i perfeta1: las letras
se dividen en varias clases, a la primera pertenecen las cinco vocales,
a, e, i, o, u, y son las primeras
del abecedario porque son las más nobles (excuso la justificación
de la secuencia de las letras en cada clase); a la segunda clase pertenecen
r, l, n, s, z, x, d,
que Correas llama finales porque son las que pueden utilizarse
a final de sílaba y de palabra, pudiéndose pronunciar
alguna de ellas sin vocal que la acompañe (fueron llamadas
semivocales por los griegos y latinos), razones por las que
deben ir antes del resto de las consonantes; a la tercera clase pertenecen
f, g, b, k, p, t, v,
llamadas liquidantes por Correas ya que pueden combinarse con
las líquidas del grupo anterior; y a la cuarta clase pertenecen
m, rr, ch, ll, ñ, y h,
que no se pueden pronunciar sino delante de vocal, por lo que las
llama antevocales2.
Al pasar el texto por la imprenta, los editores se han debatido entre
seguir el orden utilizado por el autor, o el más común
en la lengua, ya que de emplear el de Correas se hacía difícilmente
manejable la obra, o si se actualizaba se perdían las primitivas
intenciones del compilador. Éste fue el criterio de la edición
de Miguel Mir3, el casi
paleográfico fue el empleado por Louis Combet4,
quien lo justifica escribiendo:
«Planteábase en primer lugar el problema
de la presentación del texto, con la triple alternativa de
la modernización total (ed. de 1924), de la modernización
parcial (ed. de 1906), o de la conservación íntegra
del texto tal como aparecía en el ms. Hemos visto ya los
inconvenientes de los dos primeros métodos. A las razones
precitadas, venía además a añadirse la consideración
de la personalidad profesoral de Correas y de la originalidad de
sus teorías gramaticales, las cuales, si bien siguen la vía
abierta por Nebrija, llegan mucho más lejos en cuanto a fonetismo.
Modernizar el texto del manuscrito ¿no sería privar
a los investigadores modernos de una muestra valiosa de las teorías
del catedrático salmantino aplicadas a una obra importante?
No se me escapa que el conservar la disposición del ms. original
hace más difícil el manejo del libro; pero si se considera
que no existe, en lo que toca a los refranes, un método de
clasificación absolutamente satisfactorio, y que la dificultad
sube de punto en el caso de la colección de Correas, integrada
por un material de extraordinaria heterogeneidad, se comprenderá
que la reproducción íntegra del original tenía,
desde el punto de vista científico, considerables ventajas.
Transcribo pues exactamente el manuscrito, indicando entre corchetes
el comienzo de cada una de sus páginas (a las que remiten
las notas cuando en ellas se cita el texto del mso.). Además,
para hacer más fácil la consulta, se reproduce arriba
de las páginas de la izquierda el alfabeto de Correas, con
lo cual podrá orientarse sin mayores dificultades el lector,
ya prevenido y culto, al que se dirige la presente edición».5
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Cuando, más de un siglo antes, Nebrija había acometido
la confección de sus diccionarios grandes hubo de plantearse
la cuestión del orden de las letras para presentar sus materiales,
cuestión que no debió formularse en los repertorios
menores que elaboró antes y después del Diccionario
y del Vocabulario, pues el volumen de su contenido no representaba
un gran inconveniente para buscar las palabras ordenadas alfabéticamente.
Tampoco se planteó el problema en el anterior Universal
vocabulario de Alonso de Palencia (1490), ya que el orden que
se seguía era el que había, alfabético, en el
diccionario latino que traduce y que consta en la columna de la izquierda
de su repertorio en español y latín.
Así, en el Vocabulario español-latino (de ¿1495?)
del maestro nebrisense, no sólo hay que buscar las combinaciones
de ch tras todas las de c, sino que el valor de esta
letra hace que primero aparezcan las secuencias de c + a,
c + o, c + u, y después las de
ç + a, c + e, c + i,
ç + o y c + u, en una sucesión
que no es difícil de comprender; otro tanto hace con la g,
anteponiendo las secuencias con el valor de /g/ a aquellas en que
tiene el valor /c/, debiéndose buscar las palabras por las
combinaciones ga, gue, gui, glo, go,
gr, gu, ge, gi. Es más, para facilitar
la búsqueda al lector, cada columna del repertorio va encabezada
por las combinaciones de dos letras con que comienzan las palabras
que hay en ellas, de modo que no resulta muy difícil dar con
lo buscado. Como es bien sabido, tampoco Nebrija se dejó llevar
por la inercia en la secuencia de las letras, y explicó su
valor en el libro primero de la Gramática castellana
(1492).
Algo más complicado resulta encontrar lo que se busca en el
diccionario de uno de sus seguidores, el Vocabulista aráuigo
en letra castellana de fray Pedro de Alcalá, impreso como
complemento del Arte para saber ligeramente la lengua arábiga
(Granada, 1505), en el que las voces se siguen con el criterio nebrisense,
no en vano es la fuente de su elenco, pero introduciendo un nuevo
factor de ordenación: se agrupan las palabras de cada letra
por categorías gramaticales, de modo que para encontrar una
voz cualquiera hemos de ir al lugar que corresponda por el alfabeto
(a, b, c, d, e, etc.), y allí
buscar entre los verbos, los nombres (sustantivos y adjetivos; el
artículo el está entre los nombres), los adverbios,
y las conjunciones y las preposiciones, y dentro de cada categoría
se ha de mirar por la secuencia alfabética aludida, de manera
que si no se presta un poco de atención puede encontrarse el
lector buscando entre los términos de una categoría
diferente a la que desea encontrar, por lo que en el encabezamiento
de cada página se indica cuál es la categoría
y la secuencia de letras que se registran.
El modelo de Nebrija es el que seguirá, por ejemplo, Sebastián
de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española
(Madrid, 1611), aunque con no pocas transgresiones debidas a la poca
firmeza gráfica del canónigo de Cuenca, y a que, en
ocasiones, aparecen consecutivamente palabras de la misma familia
que, de haber seguido un orden alfabético estricto, hubiesen
figurado en lugares muy separados del diccionario. La misma manera
de ordenar los materiales es la que apareció en la segunda
edición de la obra (Madrid, 1674). Cuando se ha editado modernamente
el Tesoro, se ha respetado el criterio del autor, «cosa
imprescindible tratándose de un texto de su índole»6.
En el índice final de las palabras consignadas en el repertorio
que puso Martín de Riquer al final de su edición, la
ç sigue a la c y precede a la ch, mientras
que en el Index verborum de John M. Hill7
la c y la ç son tratadas como si fueran la misma
letra, sin que se presente ninguna justificación, salvo la
de que «se ha guardado el orden rigurosamente alfabético»8,
y de que Covarrubias utiliza unas letras por otras en el interior
del cuerpo de la obra. |
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Podría citar algunos casos más para hacer ver lo arduo
de la labor del diccionarista, junto a los problemas físicos
para ordenar los materiales, una vez que se admite y consolida el
orden alfabético, ya que el contenido de los diccionarios no
sólo es labor de acarreo, por más que ello haya sucedido
con mucha frecuencia, sino que también hay incorporaciones
nuevas que no encuentran bien el lugar a donde ir, a falta de ordenadores
electrónicos que nos pongan automáticamente cada cosa
en su sitio, o de papeletas que ir introduciendo en ficheros, pues
no se empiezan a utilizar hasta muy avanzado el siglo XVIII,
tanto que el Diccionario de Autoridades se confeccionó
según la manera tradicional de trabajar, pero esto son cuestiones
que he tratado en otra parte y que no afectan directamente a lo que
deseo exponer hoy9.
Los inconvenientes con que se han tropezado los autores de diccionarios
a lo largo de la historia han sido muchos, y la cuestión de
la forma de las palabras, y la secuencia de las letras, ha estado
siempre presente en su quehacer, tanto que no son pocos quienes han
elaborado diccionarios y manuales de ortografía. Por eso he
recordado aquí a Nebrija o a Correas, cuya preocupación
por la labor diccionarística y por la ortografía tal
vez sean independientes; no se dejen en el olvido los padecimientos
que tuvo la Academia durante la impresión del Diccionario
de Autoridades, y cómo poco tiempo después de finalizada
aquella ingente labor tuvo que hacer una Ortografía,
antes incluso que la Gramática. Había que normalizar
el uso de la lengua, necesidad mucho más fuerte por cuanto
ya se habían completado los últimos grandes cambios
fonológicos de la lengua, que exigían una nueva ortografía,
acorde con la nueva pronunciación.
La forma de las palabras en los diccionarios parecía haber
quedado resuelta con la Ortografía académica,
salvo cuestiones de menor importancia, y que, por supuesto, no afectan
al orden alfabético, salvo en las modificaciones que se han
producido desde el siglo XVIII, aunque no afectan
grandemente al conjunto. Sin embargo, la incorporación de los
regionalismos en los diccionarios generales, y, sobre todo, la aparición
de repertorios consagrados exclusivamente a voces de uso regional,
volvió a poner estas cuestiones sobre la mesa de quienes se
lanzaron a hacer diccionarios de ámbitos geográficos
reducidos, regionalismos, localismos, etc.
Con escasos antecedentes, la lexicografía regional del español
se inicia durante el siglo XIX10,
y pese al interés por la afirmación regionalista, no
se hace hincapié en la necesidad de normalizar el léxico
regional, pues está constituido por palabras que pertenecen
a la masa léxica de la lengua, y su representación gráfica
no tiene por qué seguir unas normas diferentes. Se acepta lo
establecido sin que parezcan surgir razones suficientes para hacerlo
de otra manera. Es más, de ese modo se pueden parangonar fácilmente
las hablas regionales a la general, y contribuir a su enriquecimiento.
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La representación gráfica de los regionalismos, o de
las voces usadas en una determinada región aunque pertenezcan
al caudal general de la lengua, parece tomar un nuevo rumbo cuando
se utilizan los repertorios lexicográficos como algo más
que un instrumento para la descripción lingüística,
y se ven rodeados de intenciones de otra índole que no vienen
al caso, o se convierten en el instrumento de afirmación regionalista
frente a la lengua general, que se toma como un medio de opresión
o de nivelación con el que se pretende eliminar lo patrimonial
y diferenciador del ámbito en cuestión.
Con el primer diccionario de regionalismos peninsulares, el Ensayo
de un diccionario aragonés-castellano11,
Mariano Peralta pretendía contribuir al enriquecimiento del
repertorio académico, al cual consideraba demasiado centralista,
actitud que también representa Jerónimo Borao, autor
de otro diccionario de aragonesismos12.
Pero una cosa son las intenciones de aquellos primeros autores de
colecciones de palabras regionales, y otra los resultados que podemos
observar en las obras que siguieron, especialmente las que nos llegaron
un siglo después.
Al acometerse la confección de repertorios de carácter
regional, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX,
los diccionaristas se han visto en la necesidad de tomar una decisión
en la representación de las formas, para lo que se ha seguido
alguno de estos criterios:
- normalizándolas conforme a las reglas generales de la
lengua,
- representando la pronunciación de una manera más
o menos fiel a través de los caracteres normales de la
escritura, o bien mediante unos signos adecuados para la necesidad
sin una base científica,
- acudiendo a un sistema de transcripción fonética.
Las soluciones adoptadas en la lexicografía regional se dirigen
en todos los sentidos, por lo que las muestras son muy variadas, incluso
con graduaciones en el paso de una a otra.
En su Vocabulario del dialecto murciano, Justo García
Soriano13 prefirió
poner un amplio estudio introductorio explicando las características
dialectales del habla de la región, y así tuvo menos
problemas para poner en la nomenclatura de su repertorio las formas
con un alto grado de normalización, pese a que pretendía
reflejar los ragos dialectales más acentuados (vulgarismos
generales, modificaciones debidas al influjo del oriente peninsular,
y cambios propios del murciano), siempre dentro de la consideración
del murciano como una variedad del castellano14.
Ésas son las razones por las que encontramos en el interior
del Vocabulario el reflejo de la pronunciación vulgar
o rústica como en las entradas chirrío chirrido,
delantará delantarada (pero hay moñigada,
no moñigá, por ejemplo), der del,
guisque guizque, moo modo, muanza
mudanza, vainte veinte, vesita
visita, etc.; e incluso formas más dialectales,
como esfalijar desvalijar o zalabre, que
remite a salabre, y otras. |
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Jesús Neira y M.ª Rosario Piñeiro, al confeccionar
su Diccionario de los bables de Asturias15
quisieron hacerlo bidireccional, castellano-bable y bable-castellano,
de manera contrastiva entre lo regional y lo general, lo cual les
obligó a tomar decisiones diferentes para cada una de las partes:
«En él [el Diccionario Castellano-Bable],
la palabra castellana aparece con su equivalente bable en sus distintas
variantes [...] Las características fónicas, morfológicas
y léxicas sitúan muchas veces a un vocablo en una
zona muy concreta y lo excluyen de otras. Pensemos en contraposiciones
como fichu / jiyu / fiu; santu / sentu
/ sontu; casas / cases / casis; tsuna
/ chuna / lluna; morréu / morrió
/ morrú; molineiro / molineru / moliniru
[...] La lectura atenta de algunos de los artículos de este
diccionario nos permitirá profundizar en la peculiar distribución
geográfica de fenómenos léxicos, fonéticos
o morfológicos. Como en la lengua las palabras no están
aisladas sino en múltiples conexiones con otras, se remitirá,
siempre que se ha juzgado necesario, las referencias de un vocablo
a otros. De esta manera, el diccionario se hace más vivo.
Sólo dentro de una red múltiple, las palabras van
precisando su sentido.
»La organización de la segunda parte (Diccionario
Bable-Castellano) es más simple y esquemática.
La palabra bable aparece sólo con su definición o
en sus diferentes acepciones. Aunque naturalmente este vocablo tiene
una localización concreta en una o varias zonas de Asturias,
esto no se indica en el diccionario bable-castellano. Tampoco se
anotan las variantes propias de otras hablas, como igualmente no
se incluyen los derivados, frases o refranes, pero todo esto puede
encontrarse bajo la voz castellana a la que remiten las palabras
que aparecen en mayúsculas en la definición.
»En el Diccionario Bable-Castellano sólo se
incluyen las palabras que difieren del castellano. No incluimos
las que coinciden semántica y fonéticamente con él
(casa, vaca, puente), o se diferencian únicamente
en la vocal final -u / -o (perru / perro),
-i / -e (esti / este) o en la pérdida
de la -d (salud / salú). De este modo
hemos conseguido aligerar notablemente esta segunda parte del diccionario.
Pero estas voces, coincidentes total o parcialmente con el castellano,
no por ello dejan de ser tan bables como las demás, porque
así aparecen espontáneamente en el uso diario. Estas
concordancias son lógicas si se tiene en cuenta el origen
y la historia de los bables. Algunas son producto de una evolución
común desde los orígenes (casa, fuente,
agosto), otras proceden de penetraciones y adaptaciones del
castellano antiguo o moderno. No se puede pretender que lo más
asturiano es lo que más se aleja del castellano. Lo
peculiar de los bables es la diversidad. Los finales en -o,
-e, -as son legítimamente bables, de algún
bable, como las en -u, -i, o -es de otros.
Así río, agosto, mayo, verano,
vino... son formas habituales en la mayoría de los
bables del centro, aunque puedan parecer castellanizantes a hablantes
orientales o de Occidente. Pero su asturianidad se señala
bien a las claras cuando se combina en el discurso con otras voces
exclusivamente bables: agosto sicu, morgaces y cistu;
en mayo quema la vieya el tayo; ñon se
pesquin truchas a bragas enxutas. Sólo para quien está
fuera del sistema chocan agosto con sicu, mayo
con tayo, pesquin con truchas o bragas.»16
Si los repertorios de léxico de ámbito regional van
destinados a un público especializado, el interés es
tanto léxico como fonético, produciéndose una
solución híbrida que termina por no satisfacer a nadie;
unos no consiguen encontrar con facilidad lo que buscan, y otros no
ven la utilidad de un remedo que no lleva a ninguna parte. Algo de
esto es lo que sucede con el Diccionario extremeño de
Antonio Viudas Camarasa17,
en cuyo «Prólogo» explica el autor: «Ante
todo, con el Diccionario extremeño se pretendió
confeccionar un instrumento útil al servicio de otros investigadores
de las hablas hispánicas, con el fin de que se pudiera comprobar,
fácilmente, si una determinada voz tenía vigencia en
algún punto del territorio extremeño». Y añade,
«hemos seguido un criterio fonético para elaborar este
Diccionario extremeño»18,
para lo cual se elimina la grafía v del sonido /b/,
utilizando sólo la b, para la aspiración de la
s y otras consonantes implosivas, así como para la aspiración
del sonido /c/ se emplea la h, que se alfabetiza en su lugar,
el yeísmo se representa con y que también se
alfabetiza en su lugar, y se prescinde de la grafía h
cuando no representa sonido ninguno, de modo que se encuentran palabras
como cahtilleho para representar el castillejo general,
zabihondo para el sabiondo general, bertedera
para la vertedera, huego para el fuego, engüerar
para enhuerar, ehcaldao para escaldado, abellana
para avellana, etc., pero a la vez hay un picabuey terminado
en una y con la que no sabemos a qué atenernos, o dos
formas para una misma voz, como perigallo y perigayo,
o grafías como la de zefrar o ziquiroque mientras
que para ese sonido habitualmente se emplea ce o ci,
o acentuaciones como la de pié, etc., que no hacen más
que sembrar las dudas en los usuarios y la desconfianza en los investigadores
a los que se destina el repertorio. |
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Más estricto se pretende el anterior Vocabulario de la Alta
Alpujarra de María Jesús García de Cabañas19,
confeccionado con unas intenciones más objetivas, para lo que
«se han excluido deliberadamente todas aquellas palabras que,
perteneciendo al español general y no aportando ninguna novedad
en su significación, alteran su forma con fenómenos
fonéticos varios. Se han evitado en nuestro vocabulario casos
de aféresis, como lacena; de prótesis, como dir,
ayunque; de epéntesis, como toballa; equivalencias
acústicas, como golver, agüelo, güerta,
etc., y, en general, cualquier cambio o cambios que alteren una palabra
sin afectar su significado, como caloroso, ilesia, anque,
ande, desanchar, ñudo, paralís,
etc., etc., que tanto pueden engrosar un vocabulario dialectal y que,
en la mayoría de los casos, son fenómenos comunes al
lenguaje vulgar de toda España», y añade la autora
que «cada vocablo va en transcripción fonética
para dar más fiel idea de la realidad de cada palabra y de
su pronunciación. Para estudiar la pronunciación se
han utilizado cuantos medios técnicos estuviesen a nuestro
alcance [...]»20.
De esta manera el sonido de c + a, o, u
se representa como k y se alfabetiza en su lugar, y otro tanto
sucede con el sonido de c + e, i, /q/, que se
incluye en el lugar de la c, y no en el de la z como
también hubiera sido posible, mientras que el sonido //
se ordena tras todas las combinaciones de /q/, al tiempo que se utiliza
una amplia serie de signos del alfabeto fonético de la Revista
de Filología Española, completados con una serie
de diacríticos, y que hacen imposible buscar una palabra a
un no especialista, y sufrir incluso a los especialistas. Valga como
muestra de esta obra, y de otras que ponen las entradas en transcripción
fonética, un par de páginas elegida al azar (Figura
1).
La transcripción fonética de las entradas no es algo
nuevo, y responde a los principios científicos con que la filología
realizaba las descripciones de hablas regionales. La podemos encontrar
en el «Vocabulario» con que Fritz Krüger acompañó
su monografía sobre San Ciprián de Sanabria hace casi
ochenta años21,
y en el cual «van sólo incluidas palabras cuyo interés
no es simplemente fonético»22.
El modelo se repite, por ejemplo, y para la misma variedad lingüística,
en el «Vocabulario» que hay en el estudio sobre El
habla de Babia y Laciana de Guzmán Álvarez23,
aunque no respetó minuciosamente todas las realizaciones, ya
que «de los vocablos que únicamente difieren de los castellanos
en la variación del timbre vocálico, no se expresan
más que aquellos que sirven de ejemplos en los fenómenos
correspondientes»24,
y es que, podríamos añadir, el léxico es una
cosa y la fonética otra, aunque vayan muy unidas, especialmente
en las descripciones que encontramos en las monografías de
las hablas dialectales, de las cuales tenemos abundantes ejemplos
para todos los dominios del español. No debemos confundir las
necesidades de estos trabajos, en los cuales, evidentemente, se recoge
léxico aunque no siempre con una finalidad lexicográfica,
con las de los vocabularios, léxicos, diccionarios, etc., de
ámbito geográfico reducido.
En algún repertorio se muestran las entradas léxicas
señalando únicamente los rasgos fonéticos que
se consideran más importantes en la zona descrita, independientemente
de que sean propios de ella, o únicamente reflejen una pronunciación
vulgar, ni siquiera dialectal, haciendo caso omiso de cualquier otro
fenómeno, como hemos visto que hizo Justo García Soriano.
Una muestra de ello puede consultarse en otro elenco de la misma región,
el bien elaborado Vocabulario del noroeste murciano de Francisco Gómez
Ortín25, en el
que se pueden ver entradas como atartana(d)o, ná(da),
caú(z), chamarí / chamaril / chamarís
(z), encapa(d)or, horma / holma, jeja
/ geja, jelimohi / jilimoji / jilimoje,
orujate / urujate, pelús / peluz
(pero no pelú), pensa(d)o: no querer a uno
ni pensao ni solostrao, resurtí(d)a, ro(d)illa
/ ruiya, rojiá(da) / rujiá(da),
seroná(da), y muchos ejemplos más que se pueden
encontrar. Bien es cierto que cada forma va también alfabetizada
en el lugar correspondiente, donde se indica si se trata de una variante
fonética, remitiendo a la entrada bajo la que se puede encontrar,
que responde a la normalizada según las reglas generales de
la lengua, con lo que, por un lado, se está ofreciendo una
buena copia de variantes formales, y, por otro, se muestra cuál
es la forma preferida, cuando no se indica en la definición,
como, por ejemplo, en bresca, definida como brisca, juego
de naipes, en ejajar desgajar (DRAE), separar con
violencia la rama del tronco donde nace, en ejracia desgracia,
en tenajero tinajero [...], etc., pues de haber sido normalizadas,
hubieran sido la forma general en la lengua, y no hubieran tenido
que aparecer en el repertorio: es una manera de recoger variantes
que se habrían perdido de haber llevado la sistematización
hasta sus últimas consecuencias. «Este libro engarza
la diferencia con lo que es común en la geografía del
español y ensancha el número de palabras usadas y no
registradas antes en ningún sitio conocido.»26
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Esa solución intermedia fue también la empleada por
Jesús Álvarez Fernández-Cañedo en el «Vocabulario»
que puso en su monografía sobre el habla de Cabrales27,
tal vez porque era la que aparecía en el vocabulario del Concejo
de Colunga que elaboró Braulio Vigón28,
en el que figuran entradas como barbullaú, ada
barbotado, chispu borracho, deu
dedo, dexasa dejarse, güeu
huevo, lición lección,
midir medir, pitase empollarse los
huevos, xunta junta, etc. Sin embargo, el
de Jesús Álvarez Fernández-Cañedo es algo
más complejo, pues junto a entradas en las que se representan
las variantes de la palabra (como abezau, ezá,
-ezada acostumbrado, amistá amistad,
apartasi apartarse, biyanu, -ana
villano, costieya costilla, durmir
dormir, empliau, -pliá, -pliada
empleado, maúru, -ura maduro,
pasasi pasarse, etc.), hay otras en las que se
emplea algún signo que no es de nuestro sistema gráfico,
lo cual, en un primer momento causa sorpresa, y hay que ir al lugar
correspondiente del estudio para saber lo que representa: la ö
es el signo empleado para la o labializada (por ejemplo, en
buö buey, delincuönti delincuente,
puör poder, toyuözu hoyo
donde se cuece la cal, yadronzuöpu ladronzuelo,
etc.), además de utilizar otros signos fonéticos (como
abau abajo, euncir desuncir,
embruar embrujar, embo.royar, estrébede.s,
to.ntu, etc.). Algo similar, aunque sin utilizar signos fonéticos
especiales salvo la indicación con una tilde de la sílaba
tónica de todas las palabras, es lo que hizo Ángel
Ballarín Cornel en su Vocabulario de Benasque29,
en el que encontramos formas como ansuélo anzuelo,
brincá brincar, cansáu cansado,
dído dedo, escribí escribir,
féixo haz, morí morir,
mósa moza, práu prado,
síncha cincha, tucxxx-xooo 'voz para
detener al asno, etc., etc.
Un paso más adelante dentro de los vocabularios regionales
lo representa el que puso Manuel Alvar en su monografía sobre
el español de Tenerife30,
en la cual las entradas están normalizadas con arreglo al sistema
gráfico general, y a continuación se ofrece la transcripción
de la pronunciación de la voz, separando lo que es de interés
para la fonética y la dialectología, de lo que es de
interés para la lexicología y la lexicografía,
por muy dialectales que sean. Más adelante, Alfonso Reta Janariz31,
al estudiar el habla de Eslava, prefirió poner sólo
la transcripción fonética estrecha, con supresión
de algunos signos, acompañando a las voces de su «Vocabulario»
que lo requerían32.
La presencia de la transcripción fonética parece menos
necesaria cuanto más cercano sea el sistema descrito al sistema
general de la lengua, como ocurre cuando se confeccionan vocabularios
de regiones castellanas, por más que el castellano haya sido
muy olvidado en la lexicografía española, como puso
de manifiesto hace muchos años don Vicente García de
Diego, sin que se haya puesto remedio a la situación33.
Fernando González Ollé normalizó totalmente las
entradas del extenso vocabulario de su monografía sobre La
Bureba34, justificándolo
de la única manera posible:
«Para las voces coincidentes con el Diccionario
de la Academia se adopta la forma que en él presentan; para
las no contenidas en él, la que presumiblemente tendrían.
Es decir, no figuran las meras variantes fonéticas debidas
a la pronunciación descuidada, incorrecta, vulgar, etc.,
porque su inclusión en el presente vocabulario supondrían
multiplicar indebidamente la extensión de éste. Además
resultaría innecesario, ya que la pronunciación burebana
coincide plenamente con la del castellano vulgar común y,
en algunos rasgos más típicos o marcados, ya ha sido
descrita en el estudio fonético. Por la misma causa se ha
podido prescindir, sin grave inconveniente, de la transcripción
fonética, cuya adopción, en este caso, presentaba
serios inconvenientes tipográficos, económicos, etc.
»Tienen cabida, sin embargo, las variantes que me parecen
de carácter estable o comprobada aceptación general
en el espacio estudiado o las que son debidas a cruces con otras
palabras, etimología popular, etc., causas que aseguran la
estabilidad y posible perduración de la nueva forma.»35
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A la vista de las numerosas recopilaciones de términos regionales
en que se ha normalizado la entrada según la ortografía
general, y cuya relación es imposible además de
innecesario hacer aquí, parece que la mejor solución
desde el punto de vista lexicográfico, por las razones que
hemos venido viendo, aunque de vez en cuando se dejen ver algunos
de los rasgos que se consideran peculiares del habla representada,
o, simplemente, son vulgarismos, como los pocos que registra José
S. Serna en su repertorio manchego36
(por ejemplo, azaite aceite, azaituna aceituna,
defunto difunto, esgarro desgarro,
esvalijar desvalijar, meaja miaja,
migaja, sudaera sudadera, y muchos más).
Antonio Lorenzo, Marcial Morera y Gonzalo Ortega en su Diccionario
de canarismos37 justifican
la normalización ortográfica cuando escriben que «todos
los repertorios de voces dialectales plantean, lógicamente,
algunos problemas ortográficos que obligan a tomar determinadas
decisiones en este sentido. En el presente diccionario hemos seguido
los criterios siguientes. Cuando se trata de una voz hispánica,
nos atenemos a la ortografía académica [...] Las palabras
que presentan sistemáticamente aspiración procedente
de f- inicial latina, tienen doble entrada (hincarse / jincarse,
hosco / josco, huyón / juyón),
aunque la definición se ofrece en la ortografía con
j, por ser la que corresponde a la voz realmente usada. A las palabras
en cuya formación entra el prefijo des-, aunque frecuentemente
se pronuncian sin la d inicial (desconchar / esconchar,
destarrar / estarrar, descamisar / escamisar)
se les da entrada en este diccionario por dicha letra. Asimismo, queremos
señalar que los verbos terminados en -ear se ortografían
de esta manera, pese a que en la pronunciación popular dicho
grupo vocálico se realiza como diptongo: pulear / pilpiar,
gemiquear / gemiquiar»38.
Cuando en los últimos años del siglo XX
han comenzado a publicarse los tesoros léxicos de las hablas
regionales, el problema de la normalización gráfica
ha tomado una nueva dimensión ya que los materiales que han
empleado tienen una procedencia muy dispar, y con un valor muy diferente.
Unas veces, las informaciones procedían de atlas lingüísticos
en los que prima la representación fonética de cada
uno de los sonidos de la palabra; otras, eran de repertorios en los
que se intenta ofrecer un remedo del habla popular; otras, de obras
sin apenas interés lingüístico ya que estaban confeccionadas
con otros fines, etc. Por otra parte, la fiabilidad de esos mismos
materiales tampoco es homogénea, pues unas veces han sido recogidos
por solventes filólogos y otras por meros aficionados incultos
movidos solamente por un respetable amor al terruño, aunque
sin preparación filológica alguna, por no hablar de
eruditos con unos conocimientos mal adquiridos e interpretados que
cometen las mayores tropelías en nombre de unos conocimientos
que desconocen, o jubilados que encuentran refugio en las palabras
para matar las horas de tedio o hacer presentes todos sus recuerdos
y saberes prácticos. |
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Si quienes han elaborado los tesoros hubiesen dado cabida a las formas
léxicas tal como las encontraban hubiésemos tenido unas
obras perfectamente inútiles con unos contenidos tan heterogéneos
como sus fuentes. Por ello ha sido necesario uniformar los datos y
hacerlos manejables por los usuarios, por más que éstos
sean en buena medida especialistas.
Como es bien sabido, el primero de los tesoros léxicos amplios
de hablas regionales fue el del español de Canarias39.
Sus autores manejaron el ALEICan40,
donde las palabras están transcritas fonéticamente,
y para pasarlas al repertorio les dieron una transliteración
que respetase, en la medida de lo posible, la representación
de la pronunciación, aunque se alfabetizaron bajo la entrada
con la forma normalizada según la grafía general de
la lengua, de manera que, por ejemplo, bajo la entrada ventolina
encontramos la forma bentolina, bajo verde las formas
berde y belde, bajo cerro se halla serro,
bajo cruceta se encuentra kruceta, bajo revolcar,
reborkar, rebolká y rebolkar, bajo sucio,
susio, bajo mardicionento, mardisionento, bajo
mermeja, melmeja (no hay remisión a bermeja,
ni de ésta a mermeja), bajo estafador aparecen
las variantes ahtafador y ettafador, bajo plateado,
platiado, etc., etc., pudiéndose encontrar abundantes
ejemplos más, aparte de las numerosísimas, y necesarias,
remisiones internas, como desde la entrada habobo a abobo,
abubo, altabobo, habugo y jabugo, desde
hanequín a henequín, tollo, anequín
y janequín, desde lante a adelante, adelante
y lantre, desde roba a roa y roda, etc.,
etc. Los autores de la obra lo han dejado claramente explicado:
«Se ha realizado una transcripción ortográfica
de la mayoría de las entradas, respetando en las subentradas
las variantes fonéticas que pudieran interesar como, por
ejemplo, las que reflejan la oscilación en la pronunciación
entre sordas y sonoras, los cierres de las vocales, etc. [...]
»La consonante velar sorda se registra en la subentrada generalmente
transcrita con k, mientras que en la entrada, para conservar
el orden alfabético, se ha convertido en c o qu
según los casos. La velar sonora aparece siempre, en la subentrada,
como g, mientras que en la entrada puede convertirse en gu
o g siguiendo la grafia correspondiente. Cuando los vocablos
contienen una h aspirada, se han transcrito ortográficamente
con ésta, sin ella, o con j, según la indicación
del DRAE, del DICC.MAN o de otros léxicos canarios. Por último,
en las subentradas, la s y los pocos casos de z que
se documentan se recogen, respectivamente, como s y como
z, mientras que la interdental fricativa sorda q puede
aparecer como c o como z según las distintas
grafias.»41
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Cuando Eugenio Miguélez publicó uno de estos tesoros,
aunque en su título no lleve la palabra tesoro, el Diccionario
de las hablas leonesas (León, Salamanca,
Zamora)42, explicó
cuál había sido su criterio para dar un carácter
unitario a lo que encontró en las fuentes de que partía,
y eso que no fueron muchas las empleadas por él, al menos en
comparación con los tesoros de otros ámbitos:
«Los vocabularios de Babia y Laciana, de San Ciprián
de Sanabria y de Cabrera Baja muestran la representación
fonética de los vocablos. Me ha parecido más práctico
unificar la grafía con los demás vocabularios. Sin
embargo, he conservado los dos fonemas consonánticos no coincidentes
con los castellanos. Así, la prepalatal fricativa sorda se
respeta con la representación gráfica de ,
cuando esos vocabularios y el del Valle Gordo la incluyen. En cuanto
a la dentoalveolar africada sorda, considero que el grupo castellano
ts puede representarla con suficiente aproximación.
Cuando alguna palabra se diferencia en vocabularios distintos sólo
por uno de estos fonemas, incluyo las dos formas. Habrá de
entenderse que la forma con dicha prepalatal o dicha africada pertenece
a los vocabularios que he citado. En el orden alfabético,
la dentoalveolar africada sucede a tr, como en castellano. En cuanto
a la prepalatal fricativa sorda, coloco tras la s las palabras que
inicia (como hace Concha Casado), pero cuando dicho fonema va en
interior de la palabra, se identifica a efectos de orden alfabético,
con la s, por servidumbre hacia el ordenador.
»Por no multiplicar las entradas por variantes nimias del
mismo vocablo en vocabularios diferentes, he optado por unificar
dichas variantes cuando se trata de las neutralizaciones o-u, e-i
átonas finales, o r-l del infinitivo, a favor de las grafías
del vocabulario que tomé en primer lugar. Lo mismo puede
entenderse de la doble forma de los verbos reflexivos o pronominales
en ase-arse. Conste, sin embargo, que Ángel Iglesias Ovejero
en El habla de El Rebollar refleja siempre u-i-l respectivamente,
y otros autores prefieren también representar la relajada
final O-U como u. De todos modos, es bien sabido que en todo el
ámbito del leonés, al sur de la Cordillera Cantábrica,
la -o final es relajada y cerrada, por lo que todas las palabras
de cualquier vocabulario que represento con -o final igualmente
podía haberlas escrito con -u, y viceversa. Las variantes
b-v, h-no h las he resuelto a favor de la que me pareció
etimología más correcta. Si he respetado las terminaciones
-áu, no lo he hecho con -ao, por considerarla forma coloquial
del castellano -ado. Variantes con otros fonemas sí he procurado
respetarlas.»43
Como se ve a través de esas líneas, con el criterio
seguido se pretende respetar las informaciones originarias, aunque
dando cuenta de lo diferenciador con respecto a la norma general,
lo caracterizador de las hablas leonesas, a la vez que se sutituye
la transcripción fonética por el sistema gráfico
generalizado. Por otro lado, no parece muy convincente, por falta
de objetividad, que en algunas palabras la grafía que se adopte
sea la del «vocabulario que tomé en primer lugar».
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En cierta medida puede considerarse un tesoro lexicográfico,
aunque de ámbito muy restringido el más antiguo Diccionario
dialectal del Pirineo aragonés de Gerhard Rohlfs44,
en el que, pese a lo reducido del ámbito geográfico
ha seguido unos criterios parecidos a los que estamos viendo, aunque,
por el carácter más especializado podría haber
optado por otras soluciones: «Excluyo los vocablos que pertenecen
a la lengua nacional (castellano o español) o se diferencian
solamente un poco, por banal o regular variación fonética,
del lenguaje común [...] La transcripción que empleamos
corresponde al sistema castellano (prescindiendo de una transcripción
fonética). Con la grafía x (cf. cat. caixa,
deixar, moix, ximple) se expresa la prepalatal
fricativa sorda que en francés se escribe con ch (chanter,
poche, vache) [...]»45.
Además, señala con diéresis los hiatos en que
hay vocales cerradas, como en aürrar ahorrar
o aürtá abortar.
Para la elaboración del Tesoro léxico de las hablas
andaluzas46 preferí
poner todas las piezas léxicas que encontré con arreglo
a las normas gráficas generales, independientemente de la forma
que hubiera en las fuentes utilizadas (transcripción fonética
en los atlas y otros repertorios, grafías aproximativas a la
pronunciación, etc.), lo cual me llevó, en muchas ocasiones,
a la modificación del contenido de fuentes de una gran implantación
o reconocimiento pese a sus defectos como el Vocabulario
andaluz de Antonio Alcalá Venceslada47,
sobre todo cuando la interpretación etimológica obligaba
a ello, por más que en la obra no figure la etimología
de los términos acopiados: no se trata de un repertorio etimológico,
que dejo a quienes se encuentren con fuerzas para ello, sino estrictamente
lexicográfico, aunque el lexicógrafo, entre sus cometidos,
se vea en la necesidad de acudir a la etimología para interpretar
adecuadamente las informaciones que le llegan y poderlas ofrecer de
manera objetiva. Ello me obligó a poner un sistema de referencias
internas para llevar al usuario al lugar correcto. Es cierto que de
esta manera se han elaborado los materiales, del mismo modo que se
han modificado multitud de definiciones para no repetir constamente
informaciones similares (han quedado muchas otras muy próximas,
que tal vez se refieran a lo mismo, pero para las que no disponía
de datos suficientes como para proceder a la reducción). Todo
ello quedó explicado en el «Prólogo»:
«El Tesoro léxico de las hablas andaluzas,
insisto, es un repertorio de carácter léxico, por
lo que, siempre que ha sido posible, hemos procurado que las palabras
consignadas tengan una grafía normalizada, lo cual nos ha
llevado a corregir la forma que figura en las fuentes de las que
partimos. Así, por ejemplo, en el Vocabulario andaluz
de Alcalá Venceslada figuran los artículos acerrear
y aserrear (iniciar el rebuzno asnal y rebuznar,
respectivamente) que se agrupan bajo la primera de esas formas,
o velbajo y velvajo con definiciones y localizaciones
diferentes, cuyo contenido encontrará el lector ahora
entre las demás informaciones de berbajo, que no está
en ese repertorio, pero sí en otros (la Academia registra
la forma, aunque con un sentido diferente); y en otra de nuestras
fuentes puede figurar un berrugate, que consignamos como
verrugate, o bizcornear y viscornear en otro
de los repertorios, que agrupamos bajo la primera de esas formas,
suciambre y zuciambre con la misma definición,
suciedad, y en la misma localidad, que recogemos sólo
bajo la que aparece en primer lugar, etc. En todas las ocasiones
mantenemos la referencia del lugar en que lo hemos encontrado por
más que la grafía que proporcionamos no se encuentre
allí. En cualquier caso, en este Tesoro incluimos
un envío interno desde la forma de la cual partimos a la
forma donde registramos las informaciones para que el usuario no
se encuentre totalmente desasistido en sus búsquedas.
»Bien es sabido que las hablas andaluzas presentan una ingente
cantidad de fenómenos fonéticos que modifican la estructura
de la palabra, y van más allá de las meras alteraciones
fonéticas para afectar a cuestiones de morfología
y de léxico. También en este caso, se ha procurado
restituir una grafía normalizada, o que podría serlo,
salvo cuando se afectaban otros niveles de la descripción
lingüística. Hemos actuado así no con la intención
de someter a reglas, de normalizar, nuestras hablas (lo cual queda
fuera de nuestras intenciones por diversas razones que ahora no
vienen al caso), sino con la de proporcionar al usuario un sistema
de consulta que fuera fácil de entender y de manejar (de
este modo salación, relámpago y
rayo, o esalación documentadas en el ALEA,
se han incluido como exhalación, aunque remitiendo
desde esas otras formas). Por otro lado, a ello nos han obligado
nuestras mismas fuentes, que no siguen un criterio uniforme, ni
siquiera en el interior de cada una de ellas, con lo cual las repeticiones
bajo formas distintas son frecuentes; por ejemplo, en el Vocabulario
andaluz de Alcalá Venceslada encontramos en un lugar
la voz descorregirse, definida como desarreglarse.
Refiérese principalmente a la diarrea, y en otro escorregirse,
tener cámaras de vientre; y en ese mismo repertorio
s. v. capa aparece de media capa con la definición
persona que no es ni de la plebe ni de la clase media,
mientras que la entrada media capa tiene el sentido de pelantrín,
pequeño propietario en esta ocasión mantenemos
las dos formas bajo la entrada capa; y también
de este repertorio salona vasija de barro de cabida
de algo más de media arroba, que sirve para trasegar el vino
y vinagre y zalona vasija grande, de barro sin
vidriar, de boca ancha y con una o dos asas. Es lo mismo,
bajo dos formas diferentes y con definiciones distintas. Inconsistencias
de este tipo se encuentran a lo largo de todos nuestros materiales,
lo cual nos ha obligado a unificar criterios, manteniendo una sola
entrada (para los ejemplos anteriores, descorregirse, zalona),
aunque con referencias internas para llevar al lector hasta el lugar
adecuado (desde escorregirse se remite a descorregirse
y desde salona a zalona), con una sola definición
tras la entrada normalizada que nos acerque de la mejor
manera posible al sentido descrito (desarreglarse, tener cámaras
de vientre para el primer caso de nuestro ejemplo). Pero no
siempre el trabajo ha sido cómodo, pues, en ocasiones, se
ponían al descubierto contradicciones, como ocurre con desmoticar
y esmoticar, definidas por Alcalá Venceslada de la
misma manera bajo las dos formas, pero la primera como propia de
Jaén, y la segunda general de la región, o con desmosar
y esmosar, la primera sólo de La Guardia (J.) y la
segunda sin especificación geográfica ninguna, o con
despicar y espicar, la primera de Belalcázar
(Co.) y la segunda general, etc. [...]
»En otras ocasiones no ha sido posible poner la forma normalizada,
pues se presentaban varias posibilidades; por ello, se encontrarán
entradas como almodá, que es almohada, aunque
no se deberían descartar totalmente interpretaciones como
almodada, o incluso almodal por un hipotético
cruce con cabezal, entre otras razones porque es uno de los
valores que tiene. Y así también figuran almodán,
almodilla y almodón.»48
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Me he permitido copiar esta larga cita del «Prólogo»
de la obra por el interés que tiene para las cuestiones que
se han de tratar en esta mesa redonda, de modo que se vea la complejidad
del problema, que no puede resolverse de un solo plumazo. Es más,
la dificultad no se acaba ahí, pues quedan fuera del repertorio
variantes fonéticas que de haberse seguido otros criterios
hubieran tenido cabida en él, como puedan ser, por ejemplo,
las diferentes realizaciones de árbol (arbo,
albo, álbol, álbol).
Durante la redacción de la obra tuve que dar cuenta de la marcha
de los trabajos, y expliqué cómo las variantes fonéticas
pueden trascender sus límites y afectar a la morfología,
y a la expresividad, por lo que las determinaciones que se tomen han
de ser bien meditadas para no modificar en un ámbito lo que
pertenece a otro: «restituimos la correcta escritura en multitud
de casos, como en las terminaciones -ao que han pasado a serlo
en -ado, hemos devuelto la d- que se había perdido
en muchas palabras comenzadas por des- (esaborido, esbaratar,
escabezar, esancado deszancado, esrenguido,
esferulado, esgargaritado, esnuclar, etc.), hemos
deshecho las fusiones fonológicas, como f < s
+ b (por ejemplo, en efarrar, efalagar, efarriar,
efabado, esfancar, esfaratar, esfareto,
etc.) [...] Con el fin de facilitar las búsquedas, y para no
empobrecer los datos, en muchas ocasiones remitimos desde la forma
documentada hacia la forma que empleamos en nuestro Tesoro
[...] En alguna otra ocasión hemos preferido dejar la voz tal
y como estaba debido a su expresividad, a su empleo general, a que
no se trataba de un uso exclusivamente vulgar, etc. (por ejemplo,
¿cómo hacer de un manúo, con toda su carga
despectiva, un cursi manudo?)»49.
Pese a lo dicho entonces, y en otros casos como malafollá,
la normalización recomendaba las soluciones manudo y
malafollada, cuya expresividad se percibe fácilmente
no sólo por una pronunciación más o menos vulgar,
sino también por la formación misma de las palabras.
Es el continuo tejer y destejer para volver a tejer del quehacer lexicográfico.
En todos los casos, los tesoros no pueden sustraerse completamente
a lo caracterizador, a lo que los hablantes regionales consideran
normal en su ámbito, por lo que las remisiones internas en
este tipo de repertorios son muy frecuentes, aumentadas por el caudal
de variantes morfológicas, no sólo fonéticas,
que deben tenerse en consideración, y que no pueden perderse
sin desvirtuar la imagen léxica de las variantes lingüísticas
que se están recogiendo. |
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La cuestión de la norma lingüística en los diccionarios
no se ciñe exclusivamente a la forma de las palabras, por muy
importante que ésta sea, sino también a otros aspectos
no léxicos, algunos de los cuales han sido aludidos antes.
Así, por ejemplo, no resulta infrecuente encontrar entre las
columnas de los diccionarios formas del paradigma de algunas voces,
en especial de los verbos irregulares, como ayuda para que los usuarios
puedan encontrar aquello que buscan, o, únicamente, para proporcionales
una información sobre elementos lingüísticos que
les son desconocidos. De esto ya me ocupé en un largo trabajo50,
donde, entre otras cosas, decía que
«Ello sucede en cualquiera de los diccionarios grandes
y, por supuesto, en los bilingües: en la nomenclatura del DGILE
el lector podrá encontrar formas como anduve, quepo
o sepa51; en
la del DUE están las entradas cupe; cupiste,
fui, fuiste, fue, fuimos, fuisteis,
fueron o yergo, yergues, etc.52
Por supuesto, no deben confundirse esas cabezas de artículo
(aunque en muchas ocasiones esté truncado) con otras formas
no canónicas, pero que responden a usos particulares, tal
como sucede en bastantes ocasiones con los participios irregulares.
No querría dejar de señalar que en el Diccionario
de Autoridades (1726-1739) las anomalías de los verbos
formaban artículo independiente (quizás sea ésa
la explicación de todas las que perduran hoy), pero fueron
suprimidas en la primera edición reducida de la obra (1780).»
En el reciente Diccionario del español actual de Manuel
Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos53
no aparecen esas formas paradigmáticas, por la concepción
misma del diccionario estricta en los principios lexicográficos
y por el público al que va destinado, que se supone conocedor
de la morfología del español, la verbal y la no verbal,
y que, además, dispone de otras obras de consulta para solventar
las dudas de este tipo que puedan presentársele.
El carácter especial de la presencia de las formas paradigmáticas
en el cuerpo del diccionario queda manifiesto por el tipo de informaciones
que las acompañan, ya que, frente al resto del léxico
definido en metalengua de contenido, son voces en las que se da cuenta
en metalengua de signo: se explica su uso, su valor gramatical, no
su significado.
Si podemos encontrar este tipo de entradas en los diccionarios generales
de la lengua, no habrá de sorprendernos que también
aparezcan en el interior de los diccionarios que dan cuenta de las
hablas regionales. Y junto a esos elementos, podremos hallar otras
variantes, considerando que todo aquello que se aparta de la norma
general forma parte, necesariamente, de lo particular, lo regional,
lo propio y diferenciador, sin detenerse a considerar que esas manifestaciones
que no pertenecen a la norma de la lengua pueden ser normales en el
uso de la lengua en cualquier lugar en que se hable. Así, por
ejemplo, podemos encontrarnos con las formas salirá
y salirán del verbo salir54.
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De lo expuesto se deduce que, de una manera u otra, es necesaria una
normalización de las entradas, especialmente en su forma gráfica,
ortográfica, para que los repertorios de hablas dialectales,
regionales, etc., puedan cumplir con sus cometidos de atender las
necesidades de sus destinatarios. La normalización será
tanto más necesaria cuanto el público al que vayan dirigidos
esos diccionarios sea más extendido.
La transcripción fonética es sólo válida
para especialistas, y no es una solución totalmente satisfactoria
para búsquedas léxicas, ya que, de todos modos, sólo
representa una pronunciación ideal, por muy fonética
que sea, o responde a la de un solo individuo que se toma como representativo
de la comunidad descrita. Ello, por otra parte, no deja de ser un
intento de normalización, aunque bajo una apariencia distinta,
porque ¿cómo se puede poner una sola representación
fonética cuando el habla de una comarca, de una región,
no es sino el conjunto de hablas muy diversas?, ¿no se debería
interpretar eso como el modelo de pronunciación, esto es, la
pronunciación correcta en ese ámbito geográfico?
No se debe olvidar que una cosa son las monografías de carácter
regional, local, etc., donde la pronunciación constituye una
parte importante, y otra cosa es el léxico. La fonética
y el léxico pertenecen a niveles de análisis lingüístico
diferente, y no pueden entremezclarse en los diccionarios sin conducir
a inconvenientes, por no hablar de errores, confusiones, etc. Por
ello, no puedo estar totalmente conforme con lo que dice Miguel Ropero
para las letras de los cantes flamencos: «Existen, sin duda,
algunos fonemas con sus correspondientes variedades alofónicas,
que son característicos del andaluz; sin embargo, cualquier
escritor que quiera reflejar el habla peculiar de Andalucía
o de las coplas flamencas, sin recurrir a la transcripción
fonética o fonológica que sólo serían
comprendidas por especialistas, se encuentra con el problema de que
no existe una norma gráfica ni ortográfica para expresiones
peculiares andaluzas o flamencas»55.
Poco antes había escrito que «la sistematización
de grafemas es tanto más necesaria cuanto que cada día
son más abundantes las publicaciones sobre temas andaluces
y flamencos»56.
Y es que una cosa es el reflejo escrito de la pronunciación,
castiza, y otra cosa es que exista una norma gráfica para el
léxico, pues del mismo modo se podría afirmar que no
hay una norma gráfica para la entonación, ni para otros
elementos que intervienen en la comunicación oral.
Llegados a este punto, entramos en otra parte de la cuestión,
que cae fuera de mis intereses actuales, y que ha hecho correr no
poca tinta desde hace mucho tiempo, la del reflejo literario, y escrito,
en general, de la expresión de hablantes dialectales y rústicos,
llegando a crear verdaderos estereotipos en los que se exageran unos
rasgos y se omiten otros, consolidándose, como sucedió
con el sayagués, y el hablante rústico en el teatro
del Siglo de Oro, un modelo ajeno a la realidad lingüística.
En la creación literaria es difícil diferenciar lo dialectal
de lo vulgar, y el «castellano medio popular va a ser
con su arcaísmo ocasional, con su plebeyez constante
lo que caracterice, ya, a toda nuestra literatura mal llamada dialectal.
Literatura vulgar, en castellano vulgar, salpicada por dialectalismos
que afloran, allí donde la espontaneidad suele contaminarse
menos, en el léxico»57.
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Nos estamos moviendo, tal vez imperceptiblemente, en dos dobles planos,
el de la lengua y el del habla, el de la lengua y el de las hablas
dialectales, regionales, etc. ¿Cómo se puede normalizar
la expresión de una manera diferente a la de la lengua? ¿Cómo
someter a reglas la pronunciación, cuando lo característico
de ésta es su variedad, y la de la norma es su uniformidad?
¿O es que queremos conferir el rango de lengua, con todas sus
propiedades, a lo que no es más que un conjunto heterogéneo
de realizaciones? En este caso no estaremos sino cayendo, de nuevo,
en aquello que no servía, pues si se busca la normalización
de la expresión hablada porque las grafías generales
no nos valen ¿por qué habría de servir la nueva
norma? Toda solución que se busque en este sentido no dejará
de ser un mal remedo de la pronunciación verdadera, para la
que sólo vale la transcripción fonética. Cualquier
otra solución que se busque no dejará de ser un mero
artificio (lexicográfico, literario...) para poner de relieve
algún rasgo que se quiera destacar, nada más, prescindiendo
de las demás características de la pronunciación.
La escritura, todos lo sabemos, es insuficiente para dar cuenta de
la lengua hablada, y la normalización únicamente es
posible cuando concurren otras circunstancias que hacen que una modalidad
lingüística sea una lengua. En el plano estrictamente
léxico, para que sean homogéneas y comparables entre
sí todas las variedades habladas, para que sepamos cuál
es la riqueza léxica de la lengua, la única representación
posible es a través de las normas gráficas generales
que son las que dan trabazón y consistencia a la lengua, a
la vez que hacen que sea estable y durable, permanente y sólida,
que resista al paso del tiempo, independientemente de que con la escritura,
y para otros fines, deseemos reflejar hechos de habla, pero ya no
estaremos hablando del léxico sino de otras cosas diferentes,
por muy lingüísticas que sean. Y nada de ello debe ser
obstáculo para que lleguemos al conocimiento de toda la riqueza
léxica de la lengua, «pues hay infinidad de voces que
nunca se escribieron y que escondidas en oscuros rincones aclaran
grandes zonas de la historia lingüística o proyectan nueva
luz sobre la vida del lenguaje, mucho más movible y activa
de lo que permite ver el criterio normativo de los gramáticos»58.
No olvidemos que la lengua escrita es la referencia fija, especular,
de cualquier modalidad lingüística hablada, que se arraiga
en la conciencia de los hablantes y actúa como elemento de
unión de todos aquellos que hablan una misma lengua, a pesar
de sus variaciones, que se producen porque está viva, pues
en las lenguas muertas, desde nuestra perspectiva actual, ya no puede
producirse la variación. Cualquier hablante, independientemente
de la modalidad lingüística que emplee, se identifica
con los demás hablantes de la lengua a través de la
forma escrita, común a todos, y una normalización supone
la condena de unos usos y la aceptación de otros, lo que contradice
uno de los principios de la descripción lingüística,
que no hay unos usos mejores y otros peores. El diccionario, como
reflejo de la lengua, y garantía de su pervivencia, debe reflejar
la norma, la que sea, pero una; lo demás es objeto de otras
parcelas del análisis y descripción lingüísticos.
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Las consideraciones que he venido exponiendo surgen al enfrentarnos
con diccionarios que quieren dar cuenta de la lengua hablada. Sin
embargo, son muchos los repertorios cuyo punto de partida no es la
lengua hablada, sino la escrita, y, entonces, el problema no aparece
porque se ha trasladado de lugar: el diccionario registrará
únicamente aquello que haya encontrado documentado, y, como
la escritura suele respetar las normas gráficas generales,
estaremos ante formas normalizadas, contribuyendo, además,
a la fijación de la lengua. Recuérdese cómo el
Diccionario de Autoridades se concibió para fijar la
lengua, tomando como modelo el buen uso de los escritores. Es cierto
que carecemos de una literatura dialectal, por lo que difícilmente
se podrán concebir diccionarios documentados en textos dialectales,
pero no es menos cierto que disponemos de repertorios de ámbito
geográfico restringido basados en textos escritos de carácter
regional, folclórico, castizo, en los cuales la representación
de las entradas refleja la forma general, la normal, en la lengua,
con escasas desviaciones.
En ese sentido cabe mencionar el Vocabulario andaluz de Antonio
Alcalá Venceslada59,
ampliamente ilustrado con citas de textos escritos, así como
la nueva generación de diccionarios de algunas zonas del español
de América, el extenso Diccionario ejemplificado de chilenismos
y de otros usos diferenciales del español de Chile de Félix
Morales Pettorino, Óscar Quiroz Mejías y Juan Peña
Álvarez60, y el
no menos amplio Diccionario de Venezonalismos dirigido por
María Josefina Tejera61,
en los que la forma de las entradas no planteó problemas, pese
a que para la redacción del segundo también se hicieron
encuestas orales. Es más, en el «Estudio preliminar»
que la investigadora venezolana puso al frente de su obra se lee:
«El Diccionario que aquí se presenta es descriptivo,
es decir, no pretende imponer una norma, aunque en cierta manera,
esta tarea no escapa a ninguna obra de este tipo, pues no es posible
evitar que los lectores tomen como preceptos las informaciones que
se dan allí. Sin embargo, nada ni nadie podrá alterar
la actitud especial que tiene el venezolano ante su lengua, una actitud
que se caracteriza por la completa libertad de creación, justificada
por necesidad expresiva o lúdica». Y continúa:
«Esta actitud que se hace más patente cuando se trata
de ordenar la gama variada de matices y de expresiones que ofrece
cada unidad léxica, es muy difícil de plasmar en un
diccionario, porque al ordenar y rotular se clasifica lo que en el
lenguaje oral es fluctuante, dudoso, sobreentendido o sugerido. El
lexicógrafo se siente impositivo o arbitrario cuando reduce
por primera vez la libertad del lenguaje a las fórmulas limitadas
de las convenciones de un diccionario. Otras veces, cuando la palabra
ya ha sido consignada en otros estudios ya distantes en el tiempo,
sorprende el giro inesperado de su trayectoria en el transcurrir histórico»62.
Sobra cualquier comentario a esas explícitas palabras, si bien
hay que decir que se incluyen algunas entradas dobles, o variantes
de una voz, remitiendo a la forma que se considera más aceptable63
(por ejemplo, la entrada burrundanga que remite a burundanga,
u hobo, ovo, que, además, remite a jobo,
o manirote, manirota, o paltó-levita,
paltolevita, o pantry, pantri, o tunebo,
tunevo, o sumbí que remite a zumbí,
y algunas otras). |
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Si la pretensión de la obra es, además, de carácter
histórico, será necesario dar cuenta de cuantas variantes
se hayan documentado de cada voz, como sucede en el Amerikanistisches
Wörterbuch de Georg Friederici64,
en el que las variantes son muy numerosas, y no sólo por el
hecho de ser de carácter diacrónico, sino también
por los inconvenientes para representar palabras que nunca antes habían
sido escritas (véase, por ejemplo, bajo la entrada ceyba
las variantes la çeyba, el céiba; ceýba,
ceyva, veyua, ceíba, ceiba, çeiva,
ceiba puchotl; ceybo, ceibo, ceivo; seiba,
séiba y zeyva, bajo mango las variantes
mangu y magu, bajo yacón, yakón,
llacón y yacuma, y otras muchas que se encuentran
en cada página de la obra).
Deseo terminar esta intervención con las palabras que utilizaba
Antonio Narbona para concluir un trabajo sobre cuestiones parecidas
a las que he tratado hoy:
«la incorporación o pérdida de una
forma o un vocablo, etc., no es algo que se impone o produce de
repente, de una vez por todas y en todos los usuarios; la aceptación
o asunción, parcial o total, de cualquier innovación
o variación por los miembros de una comunidad emana de una
especie de acuerdo o consenso, casi nunca explícito, que
se produce con el paso del tiempo, y, claro es, básicamente
por razones de conveniencia, interés, eficiencia y rentabilidad,
En definitiva, todos los que forman parte de una comunidad idiomática
(no por igual, claro es) participan en el avance o retroceso de
cualquier cambio. Y lo hacen porque comprueban a cada paso que con
las acomodaciones de ciertos rasgos y con el abandono de otros no
tienen nada que perder, ni siquiera dosis de identidad, y
sí bastante que ganar; entre otras cosas, el sentirse integrados,
desde su(s) peculiar(es) modo(s) de hablar el español, en
una única y superior norma panhispánica, de
la que no parece que los andaluces tengan el menor interés
en distanciarse o separarse, lo que, además, iría
contra la historia y la realidad misma de Andalucía, que
ni lingüísticamente ni desde ningún punto de
vista puede, ni quiere, considerarse periférica».65
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Notas:
- Salamanca, Jacinto Tabernier, 1630. Hay
una reproducción facsimilar moderna, Madrid, Espasa-Calpe,
1971. Véase lo que dice en la pág. 64, y la relación
de las letras en la pág. 65.

- Véase la explicación en las
págs. 65-75 de la obra, a continuación de las cuales
se explica cómo de deben pronunciar y cómo se deben
enseñar.

- Madrid, 1924, en la «Advertencia
para la segunda edición» (la primera había
aparecido en 1906); hay una reproducción moderna con prólogo
de Víctor Infantes, Madrid, Visor Libros, 1992.

- Burdeos, Institut dÉtudes
Ibériques et Ibéro-américaines, 1967.

- Pág. X del «Prólogo».

- Cfr. la pág. XIII de las
palabras preliminares que puso Martín de Riquer al frente
de la edición que preparó, Barcelona, Horta, 1943.

- Index verborum Covarrubias Orozco: Tesoro
de la lengua Castellana, o española. Madrid, 1674-1673,
Indiana University Studies, Bloomington, 1921.

- En la pág. IV del «Prólogo».

- Véase lo que expuse en «El
largo viaje hasta el diccionario monolingüe», Voz
y Letra, V-1, 1994, págs. 47-66.

- Me remito a lo que dije en «Lexicografía
dialectal», Estudios de Lingüística.
Universidad de Alicante, 11, 1996-1997, págs. 79-109.

- Zaragoza, 1836; reimpreso en Palma de
Mallorca, 1853. Disponemos de una edición facsimilar de
esta salida, Madrid, El Museo Universal, 1984.

- Diccionario de voces aragonesas, precedido
de una Introducción filológico-histórica,
Zaragoza, Imprenta y Librería de D. Calisto Ariño,
1859, aumentado por el autor en 1884, Zaragoza, y completado con
una lista de palabras de la Litera de Benito Coll y Altabás,
y otra de palabras de uso en Aragón hecha por José
Valenzuela de la Rosa, Zaragoza, Imprenta del Hospicio Provincial,
1908.

- Justo García Soriano, Vocabulario
del dialecto murciano. Con un estudio preliminar y un apéndice
de documentos regionales, Madrid, Bermejo 1932; reed. Murcia,
Editora Regional de Murcia, 1980.

- «Estudio preliminar», pág.
LXVI.

- Oviedo, IDEA, 1989.

- «Prólogo», págs.
15-16.

- 2.ª ed., Cáceres, ed. autor,
1988.

- Pág. XXXII de la «Introducción».

- Madrid, Real Academia Española,
1967.

- En las palabras preliminares.

- ritz Krüger, El dialecto de San
Ciprián de Sanabria. Monografía leonesa, Madrid,
CSIC, Anejo IV de la Revista de Filología Española,
1923.

- En la nota de la pág. 119.

- Madrid, CSIC, Anejo XLIX de la Revista
de Filología Española, 1949.

- En la nota de la pág. 267.

- Murcia, Editora Regional de Murcia, 1991.

- José Muñoz Garrigóas
y José Perona, «Los vocabularios murcianos»,
apud Ignacio Ahumada (ed.), Vocabularios dialectales.
Revisión crítica y perspectivas, Jaén,
Universidad, 1996, págs. 83-100; la cita procede de las
pág. 94.

- Jesús Álvarez Fernández-Cañedo,
El habla y la cultura popular de Cabrales, Madrid, CSIC,
Anejo LXXVI de la Revista de Filología Española,
1963.

- Braulio Vigón, Vocabulario dialectológico
del Concejo de Colunga. Edición preparada por Ana María
Vigón Sánchez, Madrid, CSIC, Anejo LXIII de la Revista
de Filología Española, 1955.

- Zaragoza, Institución Fernando
el Católico, 1971.

- Manuel Alvar, El español hablado
en Tenerife, Madrid, CSIC, Anejo LXIX de la Revista de
Filología Española, 1959.

- El habla de la zona de Eslava (Navarra),
Pamplona, Diputación Foral de Navarra, Institución
Príncipe de Viana, 1976.

- En la pág. 109 del libro.

- Véase lo que expuso en «El
castellano como complejo dialectal y sus dialectos internos»,
en Revista de Filología Española, XXXIV,
1950, págs. 107-124.

- Fernando González Ollé,
El habla de La Bureba. Introducción al castellano actual
de Burgos, Madrid, CSIC, Anejo LXXVIII de la Revista de
Filología Española, 1964.

- En la pág. 54 de la obra.

- José S. Serna, Cómo habla
La Mancha. Diccionario manchego, 2.ª ed., Albacete, Imprenta
Cervantes, 1983.

- La Laguna, Francisco Lemus, 1994.

- En las «Advertencias» de la
obra, pág. 16.

- Cristóbal Corrales Zumbado, Dolores
Corbella Díaz y M.ª Ángeles Álvarez
Martínez, Tesoro lexicográfico del español
de Canarias, Madrid, Real Academia Española-Gobierno
de Canarias, 1992; 2.ª ed., 3 vols., 1996.

- Manuel Alvar, Atlas lingüístico
y etnográfico de las Islas Canarias, 3 vols., Madrid,
Cabildo Insular de Gran Canaria, 1975-1978.

- En las «Advertencias», págs.
15-16 de la primera edición; el texto no se cambió
para la segunda salida de la obra.

- 2.ª ed., León, Monte Casino,
1998. La primera edición es de 1993.

- Págs. VIII-IX de la «Introducción»
de la obra.

- Zaragoza, Institución Fernando
El Católico, 1985.

- Pág. XVII.

- Madrid, Arco/Libros, 2000.

- Andújar, 1933; 2.ª ed., Madrid,
Real Academia Española, 1951; reimpresión, Madrid,
Gredos, 1980; otra edición facsímil de la de 1951,
con un anexo de más de setecientas autoridades literarias
inéditas recogidas por el autor, con estudio preliminar
de Ignacio Ahumada, Jaén, Universidad de Jaén-CajaSur,
1998.

- Esta larga cita procede de las págs.
12-14 del «Prólogo» de la obra.

- En «El Tesoro del andaluz»,
apud Ignacio Ahumada (ed.), Vocabularios dialectales,
citado, págs. 43-58; la cita procede de las págs.
47-48.

- «Diccionario y gramática»,
Lingüística Española Actual, IV-2, 1982,
págs. 151-212, después recogido en mi Lexicografía
descriptiva, Barcelona, Biblograf, 1993.

- Además de asgo, corrupto,
entredije, inscripto y tinto que señalé
en el comentario de mi Lexicología y lexicografía,
Salamanca, Almar, 1982. Sin embargo no figura ninguna de las irregularidades
del verbo aducir, por ejemplo.

- En el comentario que ofrecí en
mi Lexicología y lexicografía, recién
citado, ya había anotado la presencia de repuse.

- 2 vols., Madrid, Aguilar, 1999.

- En el Vocabulario de las palabras y
frases bables que se hablaron antiguamente y de las que hoy se
hablan en el principado de Asturias, seguido de un compendio gramatical,
de Apolinar de Rato y Hevia, Madrid, Tipografía de Manuel
Ginés Hernández, 1891; existe una edición
moderna aparecida bajo el título de Diccionario bable,
Barcelona, Planeta, 1979, preparada por Ramón de Rato.

- Miguel Ropero, «Problemas lexicográficos
del andaluz», en Esperanza R. Alcaide, M.ª del Mar
Ramos y Francisco J. Salguero (eds.), Estudios lingüísticos
en torno a la palabra, Sevilla, Universidad, 1993, págs.
189-202; la cita procede de la pág. 191.

- Ibídem.

- Manuel Alvar, Poesía española
dialectal, Madrid, Alcalá, 1965, pág. 20.

- Manuel Alvar, Poesía española
dialectal, citado, págs. 10-11.

- Véase, por ejemplo, Francisco Manuel
Carriscondo Esquivel, Literatura y dialectología.
La obra de Antonio Alcalá Venceslada, Córdoba, Publicaciones
Obra Social y Cultural CajaSur, 1999.

- 4 vols., I y II, Valparaíso, Academia
Superior de Ciencias Pedagógicas, 1984-1985, III y IV,
Valparaíso, Academia de Playa Ancha de Ciencias de la Educación,
Valparaíso, 1986-1987.

- Caracas, Universidad Central de Venezuela-Academia
Venezolana de la Lengua-Fundación Edmundo y Hilde Schnoegass,
I, 1983, II y III, 1994.

- Las citas proceden de las págs.
XI-XII.

- «Estudio preliminar», pág.
XXIII.

- Georg Friederici, Amerikanistisches
Wörterbuch und Hilfswörterbuch für den Amerikanisten,
2.ª ed., Hamburgo, Cram, De Gruyter and Co., 1960.

- Antonio Narbona Jiménez, «Norma(s)
y hablas andaluzas», en Actas de las jornadas sobre «El
habla andaluza. Historia, normas, usos». Estepa, 24, 25,
26 febrero 2000, Sevilla, Ayuntamiento de Estepa, 2001, págs.
17-31; la cita procede de las págs. 30-31.

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