|
|
Ángel Martín
Municio
El español y la ciencia |
|
Los orígenes de la ciencia y del lenguaje científico
No tiene demasiada importancia si las primeras señales de una
incipiente comunicación científica fueron los elementales
algoritmos de las tablillas de arcilla en el periodo paleobabilónico,
o los cálculos de volúmenes en los papiros egipcios
del segundo milenio antes de nuestra era, o el sistema sexagesimal
mesopotámico. Da igual porque la comunicación matemática
nació cuando, cientos de miles de años antes, las conexiones
sinápticas del cerebro en evolución permitieron al hombre
contar, en coincidencia con el origen del lenguaje y
en coincidencia con el origen de su propia naturaleza; para luego,
en su interacción con el pensamiento, comenzar el razonamiento
abstracto. Y no será en vano que filósofos, lingüistas
y antropólogos, coincidan en reconocer que sin el concurso
de los signos seríamos incapaces de reconocer las ideas. El
pensamiento en sí mismo sería como una nebulosa donde
nada está necesariamente delimitado, y donde nada sería
distinto antes de la aparición de la lengua. De aquí
que el pensamiento sea imposible sin lenguaje; y más aún,
como aseguró en el s. XVIII el gran naturalista
Buffon, el hombre habla debido a que tiene razón. Y
es así que todo hombre piensa en su lengua, y ella se identifica
con sus imaginaciones y sentimientos.
A este propósito no olvidemos que la lengua es la primera ciencia
que posee el hombre. La lengua es una primera clasificación
del mundo, y ella nos muestra una organización de la realidad;
pero esta inicial descripción científica por el lenguaje
natural sirve demasiado trabajosamente a ciertos tipos de realidades
científicas. El desarrollo de la ciencia y la continua aparición
de nuevos dominios van acompañados de una necesidad de superación
del lenguaje natural. La lengua natural sirve, sin embargo, a manera
de cañamazo sobre el que se enjaretan los términos específicos
del lenguaje científico, con pretensiones más o menos
universalistas, e, incluso, los mismos sistemas simbólicos
con ambición universalista plena. Es a modo de un nivel especial
dentro de la lengua general; se trata de una lengua modificada, de
un sistema de signos dotado de menos ambigüedad, que se usa juntamente
con la lengua natural en proporciones variables. De otra manera, entre
el lenguaje natural y el lenguaje lógico-matemático
con mayor grado de simbolismo existe un gradiente de cientifismo que
tiende hacia la abstracción y a un mejor ajuste a la estructura
de la realidad. Todos los dominios de la ciencia se empeñan,
sin embargo, en crear un lenguaje simbólico apropiado a su
objeto. Objetividad y cuantificación que se van alejando de
los modos usuales del lenguaje, a la vez que este se adapta en su
intento de lograr aquellos fines. |
|
De esta manera, el lenguaje sirvió siempre para expresar las
preocupaciones del pensamiento acerca del origen y la naturaleza del
hombre y del universo. Y expresión de estas preocupaciones
habrían de ser las creaciones literarias mítico-religiosas
en todas las lenguas; las que darían paso a la exaltación
artística de los mitos y, a su lado, al razonamiento filosófico
y al razonamiento matemático. Sin que deje de tener que ver
con esta relación el que, efectivamente, la matemática
griega naciera en perfecta unidad con la filosofía; y el que
de su identificación naciera el método axiomático-deductivo
aún en vigor para la correcta demostración de las verdades
establecidas por los teoremas.
De entonces acá, las obras de Arquímedes, Euclides y
Apolonio de Parga, y su sistematización, tuvieron vigencia
hasta el Renacimiento. Y, entre todas, los 13 libros de «Elementos»
de Euclides con la Biblia las dos obras que más ediciones
han conocido y entre las de mayor influencia cultural en la historia
de la civilización recopilan ordenadamente definiciones,
postulados, axiomas y proposiciones, de los que pudo afirmar Rey Pastor:
«Si pretendieras agregar o quitar algo reconocerías de
inmediato que te alejas de la ciencia y te acercas hacia el error
y la ignorancia».
Tras ello, hubo de atravesarse la larga Edad Media en la que los diez
siglos árabes y latinos ocuparon un lugar esencial en los orígenes
de la ciencia europea. No en vano, la ciencias del cálculo
la aritmética, el álgebra y la trigonometría,
las ciencias de lo concreto y lo práctico deben más
a la ciencia oriental que a la griega; y en esas rutas hacia Europa
de la matemática t la ciencia greco-oriental de las que
España fue, sin duda, la principal vía de paso
el papel del mundo árabe significó algo más que
el de un simple intermediario y aparece representado principalmente
por el álgebra de Al-Khwarizmi y la trigonometría esférica
de Ibn al-Haytham, o Alhazen, autor de un tratado de Óptica
que sirvió de guía de los conocimientos sobre la luz
y la visión en el Oeste europeo medieval. |
|
Precisamente, una de las interacciones entre el Oeste europeo y los
centros peninsulares de la ciencia árabe, al finalizar el primer
milenio, fue la que representó el tratado De Astrolabia,
del obispo de Reims, Girberto dAaurillac, pronto Papa Silvestre
II. A la vez el Canon de Medicina del médico y filósofo
Ibn Sina, o Avicena, consolidó el conocimiento médico
acumulado por griegos, romanos y árabes. La Óptica
de Alhazen y el Canon de Avicena han servido tradicionalmente como
piezas maestras para enmarcar el estado de la comunicación
de la ciencia universal en la transición al segundo milenio.
Momento este, por otro lado, que supuso la trascendente iniciación
del castellano, cuando, en el s. X, el scriptorium
de San Millán, centro neurálgico de su biblioteca, pudo
participar en el porvenir de la lengua neonata, con los Comentarios
a los Salmos, la copia de la Ciudad de Dios de San Agustín,
y, sobre todo, el famoso códice 46, diccionario enciclopédico
de la época con el vocabulario, la cultura y el pensamiento
medievales. Y, ante aq uellos iniciales documentos, ante las innovaciones
y las vacilaciones lingüísticas de hace un milenio, no
tenemos, de entrada, sino reconocer con Marañón los
esfuerzos de los que nos precedieron en los siglos pasados porque
«los que heredan una gran riqueza no se dan cuenta de ella como
los que han tenido que ganarla con su esfuerzo. Nosotros tenemos una
situación de privilegio por haber aprendido esta lengua clara
de Castilla. Pero este privilegio lo tenemos que merecer cada día
con nuestro esfuerzo y con nuestro amor. El tesoro de una lengua ilustre
significa un servicio permanentemente alerta, un anhelo constante
de perfección». Lo han merecido, en efecto, todos los
que, de un lado, tras los balbuceos monacales, han ido pasando hasta
nuestros días el testigo de la perfección y la belleza
de la lengua; y, de otro, los que en empresas militares, misioneras,
colonizadoras y de cultura, la aventaron por mares y continentes.
Sin embargo cinco siglos antes de que el castellano pasara a ser universalidad
en Lope, y, en Cervantes, el arranque de los tiempos modernos
en la historia del hombre; y mucho antes también de que la
lengua fijara su norma en la gramática de Nebrija, sirvió
ya a Alfonso X el Sabio como lengua de la ciencia y de la técnica
en El Saber de Astronomía y en El lapidario,
y como lengua enciclopédica de cultura, del derecho y de la
ley, en Las Partidas. |
|
La experiencia americana
Si la transición al s. XVI supuso, con
Cristóbal Colón y Vasco de Gama, el descubrimiento de
nuevos mundos sobre la Tierra; en la transición al XVII,
Galileo dirigió su telescopio a los cielos y allí descubrió
también nuevos mundos: que Júpiter tenía lunas,
que Venus tenía fases, el Sol manchas y la Luna montañas.
De esta manera, si Europa tuvo que empezar a compartir con América
su presencia de todo tipo en la Tierra, el cosmos geocéntrico
hubo de dejar paso a la imagen heliocéntrica del universo,
y la humanidad se vio desplazada desde una posición central
predominante, en el medio de todo, al lugar periférico de un
planeta menor. Y no cabe la menor duda de que los cambios sociales
y políticos medievales bajo la influencia de los inventos de
la técnica, los descubrimientos y descripciones de los nuevos
mundos y los desamarres escolásticos, experimentaron una coalescencia
que propició el nacimiento de la ciencia moderna. Los Principia
de Newton, en 1687, como un modelo para la descripción exacta
de la naturaleza, significaron el comienzo de la ley y el orden
en el mundo físico, y las posibilidades de alcanzar a la descripción
del cuerpo humano y de la mente.
Entre tanto, el castellano se había hecho universal con las
Crónicas de Indias de los protagonistas descubridores
Colón, Cortés, Díaz del Castillo, Valdivia,
Núñez Cabeza de Vaca, Jiménez de Quesada y Cieza
de León. Y si la lengua tuvo a la vez en el Inca Garcilaso
un espléndido ejemplo de transducción lingüística
y cultural, y el origen de la dimensión de la literatura americana,
fueron también el Descubrimiento, sus expediciones, viajes
y navegaciones, razones de varias de las aventuras españolas
del conocimiento en aquellos siglos. Era, es bien sabido, la época
de los viajes de Magallanes y Elcano, de la estancia de Pizarro en
Perú y de Cortés en México, y de la apertura
de la ruta de las Indias por Vasco de Gama. Lo que forzosamente había
de repercutir en el interés singular por las aplicaciones náuticas
y cartográficas de la ciencia física y matemática.
Y a la vez, indudable por otro lado, que el ambiente de la Corte española
favorecía el fomento de las aplicaciones pragmáticas
de las matemáticas: la cosmografía, la cartografía,
las mediciones geodésicas, la astrología, el arte de
navegar, las técnicas de arquitectura y construcción,
y la ingeniería militar.
A la sagacidad de Felipe II no pudieron hurtársele ni la decadencia
de nuestra matemática, ni que la causa de los errores de nuestras
cartas náuticas fuera la falta de conocimientos científicos.
Por ello, y como reacción a los nuevos descubrimientos y garantía
del éxito de los exploradores y de la resolución de
problemas prácticos, Felipe II firmó en Lisboa, el 25
de diciembre de 1582, las cédulas fundacionales de la Academia
Real Matemática de la que el arquitecto Juan de Herrera
sería su primer director. Acerca de ella, en la dedicatoria
que Raimundo Lulio hiciera a Felipe II de su Arbor scientiae,
se puede leer: «...mayormente aviendo V.M. en sus felicissimos
dias hecho una marced tan señalada en establecer en esta su
Corte una Academia donde se leen todas las Mathematicas y Philosophia,
poniendo para ello maestros tan eminentes y de tanta erudición
y experiencia. Púselo en nuestra lengua Castellana por ser
la voluntad de V. Magestad que en V. Academia se lean todas las sciencias
en esta lengua, para que tanto bien sea a todos más fácilmente
aprehendido y comunicado». A la finalidad de coordinación
de científicos y técnicos de todas aquellas disciplinas
soportadas por las matemáticas, debió añadirse
la importancia del esfuerzo científico cooperativo y, ya en
aquella época, la diseminación social del conocimiento
científico. Y, a este respecto, no deja de ser curiosa la mención
de los famosos profesores de la Academia por parte de algunos de sus
alumnos que, evidentemente, no lo fueron menos. Así es el caso
de la Epístola de Belardo a Amarilis, en la que Lope
habla de sus estudios: primeras letras, artes, Raimundo Lulio,
matemáticas...; y, con más detalle, en el acto V
de La Dorotea, el autor, por boca de uno de sus personajes,
afirma: «Esto estudié en mi tierna edad del doctísimo
portugués Juan Bautista Labaña, y solo tal vez juzgo
por curiosidad, y no de otra suerte, algún nacimiento; pero
no responde a las interrogaciones por ningún caso. El hombre
no se hizo por las estrellas, ni el libre albedrío les puede
estar sujeto...». Y en la Jerusalén conquistada,
una marca original anota «Juan Baptista Lauaña. Mathematico
insigne», y, a su lado, los versos: «Maestro mío,
si la Etherea mides / o Elementar región, o por la historia
/ real de España despreciaste a Euclides, / no dejes en sus
líneas mi memoria». |
|
Si la Academia Matemática cumplió en el s. XVI
y parte del siguiente una misión que bien tuvo que ver con
el conocimiento científico y técnico imprescindible
a la materialidad de la empresa descubridora; la colonización
y, en particular, las grandes expediciones científicas representaron
una impresionante aventura del conocimiento. Sus misiones científicas,
concretadas las más de las veces a los campos de la botánica,
la minería y la metalurgia, sacaron a relucir nombres ilustres
Alonso Barba, José Celestino Mutis, los hermanos Fausto
y Juan José Elhuyar, entre otros que pusieron en marcha
durante muchos años numerosas iniciativas sociales, científicas
y del pensamiento, universidades incluidas, bajo el amparo de la lengua.
Iniciativas, experiencias y entusiasmo sin límites de las gentes
de la ciencia, que afianzaron la personalidad cultural de los reinos
americanos. Y fue bajo este ambiente cuando los españoles han
realizado una de sus mejores aportaciones a la historia de la química;
porque fue esta época la única de la historia en la
que nombres españoles se inscribieron en la más famosa,
universal y permanente de las cartas de la ciencia: el sistema
periódico de los elementos. Figuran en ella tres elementos
químicos el wolframio, el vanadio y el
platino en la historia de cuyos descubrimientos aparecen,
respectivamente, los hermanos Elhuyar, el alcalaíno Andrés
Manuel del Río y el famoso marino Antonio de Ulloa. Estoy seguro
de que no existe mejor escaparate externo ni esquema que más
veces se haya reproducido en infinidad de libros de todas las lenguas
que el simbolismo universal de la carta periódica de los
elementos. Y en esta formidable comunicación de la ciencia,
en esta historia, ni antes ni después de la Ilustración
ha habido otros nombres españoles descubridores de elementos
químicos; época en la que, como en ninguna otra, se
acercó a Europa la naciente ciencia española.
Ocurría, además, y sigue ocurriendo, que las regiones
periféricas, y este rincón americano lo era, tienen
un singular metabolismo cultural. Ocurría y ocurre que la distancia
de los centros neurálgicos de renovación cultural hace
que sus propios productos sean recibidos con el retraso suficiente
para que se ofrezcan distintos y, con apariencia de estatismo se conserven
más tardíamente. Conforme a estas ideas, fue Mutis con
toda seguridad uno de los representantes periféricos más
fieles a esa especie de mosaicismo cultural, a ese cambio de actitud
mental, social y científica del hombre renacentista, cuando
contempla la nueva relación del hombre consigo mismo y con
el mundo, sus nuevas tierras, sus nuevos mares y su nueva naturaleza;
la nueva dimensión, espiritual y física, de soledad
y de distancia. Porque renacentista fue la atención tan singularizada
que Mutis prestó a la experiencia y a la producción
de libros sobre plantas. Pero, a la vez, sintió Mutis la necesidad
ilustrada de una nueva organización para responder a las apetencias
del conocimiento racional, del dominio de la naturaleza y de las causas
de las cosas. Y a pesar de que, desde su llegada a Nueva Granada,
tuvo que esperar 23 años para conseguir la aprobación
real de la expedición, Mutis dedicó a Carlos III, con
el nombre de Borbonia Augusta, uno de los más bonitos
ejemplares de la Flora de Bogotá. Fue testigo avisado
del despertar del mundo cultural y político americano del s.
XIX, al que de tantas formas contribuyó,
incluidas la educación y la formación de elites inquietas
y dinámicas de sabios discípulos, y la creación
de cátedras, programas y planes económicos, lingüísticos
y culturales. Y al reseñar el encuentro de Mutis con Humboldt
y Bonpland, bien merece la pena hacerlo con las mismas palabras que
lo hizo el mejor historiador de la obra de Mutis, el que fuera Director
de la Academia de la Historia de Colombia, Guillermo Hernández
Alba: «Por dos meses comparten la mesa y el hogar del patriarca
de los botánicos del Nuevo Mundo, que los desconcierta con
su sabiduría increíble. Jamás soñaron
los dos europeos encontrar en la lejana planicie bogotana una biblioteca
especializada como en la misma Europa no llegaron a conocer. Ellos,
tan difíciles de sorprender en cuestiones científicas,
se vieron súbitamente en un paraíso sin sierpes engañosas,
de que era soberano un anciano sacerdote, que hacía cuarenta
años ilustraba las ciencias en tales términos que sería
pasmo de las edades». |
|
Y a las noticias y comunicaciones científicas llegadas de América
se refirió Rodriguez Carracido, Rector de la Universidad de
Madrid y Presidente de la Real Academia de Ciencias, de esta manera:
«La cultura importada por la dinastía borbónica
fue puramente literaria en sus comienzos, pero la gran estimación
concedida a los que entonces eran llamados conocimientos útiles
promovió los estudios científicos dando la preponderancia
a los que conducían a la explotación y acrecentamiento
de las producciones naturales. Nuestros estadistas, influidos por
las tendencias de su siglo, mostraron gran interés en poseer
el inventario de las riquezas minerales y vegetales de las colonias,
y con este deseo renació la literatura científica hispanoamericana».
Los importantes estudios sobre la minería y la flora americana,
y su correspondiente comunicación científica en español,
no lograron conectar con todo lo que la ciencia europea venía
ya mostrando sobreabundantemente. No supieron nuestros políticos,
tampoco con toda seguridad ni los científicos ni los filósofos,
compartir las innovaciones metodológicas que suponía
la autonomía de la ciencia, entre otras novedades de
la vida social y política del s. XVII;
ni, mucho menos aún, incorporarse a la posterior revolución
y empleo de la química, en el s. XIX,
que consiguió el aislamiento e identificación de numerosos
productos naturales procedentes de plantas. La lengua española
que mantuvo las brillantes aportaciones de las singularidades de la
flora americana, no pudo servir de medio de comunicación a
una posterior ciencia, y que, sin embargo, facilitó el camino
a otras lenguas europeas.
Quizá sea conveniente resaltar en este momento que, con la
entrada en el s. XIX, se difuminó primero,
y acabó colapsándose esa convergencia global de la ciencia
española ilustrada con la ciencia europea. Sin entrar en las
reconocidas razones de este fracaso, lo cierto es que durante el primer
tercio del s. XIX se frustraron los signos de
continuidad científica a que España aspiró. Sucedió,
y es también evidente, que cualquier intento de renovación,
fuera educativa o de creación de instituciones, quedaba casi
necesariamente rezagado y con perspectivas anticuadas; y la contribución
de los científicos, en el mejor de los casos, era informativa
y carente en general de la imprescindible aportación creadora. |
|
La ciencia moderna. Europa y España
Y, en lógica consecuencia, muy poco es lo que España
y su lengua contribuyeron en este siglo a esa fantástica misión
de dar nombre a las cosas recién descubiertas. No estará
de más, por otro lado, que recordemos lo que a la naciente
ciencia europea le estaba reservado. Porque fue este siglo en el que,
de manera completa, vivieron Bernard (1813-1878) y Pasteur (1822-1895),
y descubrieron la etiología de las enfermedades y las primeras
vacunaciones; y Darwin (1809-1882) publicó El origen de
las especies. Fueron además los años de Koch (1843-1910)
y del aislamiento de los bacilos del cólera y de la tuberculosis;
de Behring (1854-1917) y los sueros antibacterianos. Fueron los años
de la genética de Mendel (1865), del descubrimiento de los
cromosomas por Flemming (1875) y de los centros funcionales del cerebro
por Charcot (1825-1893); de la síntesis de productos naturales,
como el índigo, por Bayer (1879) y el gran desarrollo de la
síntesis orgánica por Berthelot (1860); del descubrimiento
de los rayos X por Röntgen (1895) y de la radiactividad por Becquerel
(1896). Fueron los años del nacimiento de la termodinámica
(1853), de la teoría de la valencia (1858), de la teoría
de los campos electromagnéticos de Maxwell (1864), de la teoría
cinética de los gases de Boltzmann (1877), de la teoría
de los conjuntos de Cantor (1883), de la lógica matemática
de Frege (1892) y de los números algebraicos de Hilbert (1897).
A su lado, fueron también los años en los que se llevó
a cabo la obtención industrial de la aspirina, del aluminio
y del primer colorante artificial; se abrió el primer pozo
de petróleo, y se diseñaron el primer motor de explosión
y el primer vehículo automóvil con motor de gasolina
de cuatro tiempos; se tendió el primer cable trasatlántico
y Bell inventó el teléfono; se fabricó el celuloide
y la seda artificial; entró en funcionamiento la primera locomotora
eléctrica de la Casa Siemens y el alumbrado eléctrico
de Nueva York; y tuvo lugar la primera sesión pública
de cine.
La historia nos prueba que nuestro último cuarto del s. XIX
se instauró en una múltiple vaguada: la de nuestro desarrollo
científico, la de la institucionalización de la ciencia
como actividad socioeconómica e, incluso, la de la consideración
social de la ciencia. Y harto parece que de las inquietudes críticas
de unos pocos y de las noticias y sucesos que llegaban de Europa,
pudieran surgir individualidades e instituciones responsables de ese
despegue de la pendiente a ras de suelo con las que divisar, al menos,
ya que no alcanzar, el imponente rastro europeo.. Múltiple
vaguada que alcanzó sus mínimos en las últimas
décadas del s. XIX, y que, del costado
de la modernidad, en los comienzos del nuevo siglo, ya tuvo atisbos
de ilusión por la utilidad de la ciencia y el saber; y que,
por tanto, habían de manifestarse en la aparición de
los medios modernos de comunicación de la ciencia. Y, así,
la Sociedad Española de Física y Química
se constituyó en 1903, la Asociación Española
para el Progreso de las Ciencias en 1908, y la Sociedad Matemática
Española en 1911; cada una de las cuales tenía como
más importante misión la publicación de la correspondiente
revista con los trabajos originales de la incipiente investigación
española; y, obligadamente, por supuesto, la de llevar a cabo
la conexión con las Asociaciones Internacionales y las Uniones
Internacionales, elaboradoras de normas y nomenclaturas para la denominación
de sustancias y fenómenos, y el establecimiento de fórmulas.
Efectivamente, las asociaciones para el progreso de las ciencias fueron
un curioso fenómeno asociativo, síntoma de la popularidad
de la ciencia y del deseo de aumentar sus relaciones sociales, que
se extendió por los grandes países europeos durante
el s. XIX. La alemana se fundó en 1822,
la británica en 1831, la americana en 1848 y la francesa en
1872. |
|
Si en la transición entresiglos hacia el XX
se pudo vislumbrar una débil pero clara pendiente positiva
en el avance de nuestra ciencia, y, por tanto, de nuestra comunicación
científica, habrían de ser los mismos hombres del XIX
Cajal, Echegaray, Carracido, Torres Quevedo, entre los más
sobresalientes los que hubieron de regir las instituciones científicas
y administrativas que, bajo la idea de ciencia experimental,
maduraron en la primera década del s. XX:
el Laboratorio de Mecánica aplicada (1906), el Laboratorio
de Investigaciones físicas (1910) y la Junta para la
Ampliación de Estudios e Investigaciones científicas
(1907). Se trató, sin duda alguna, de una modesta incorporación
de la ciencia española a las corrientes mundiales, con más
entusiasmo y mejor intención que los resultados alcanzados.
De esta ilusión fueron, sin duda, manifestación las
palabras de Blas Cabrera, en una recepción en la Academia de
Ciencias con motivo de la visita de Einstein a España en 1923,
bajo la presidencia del Rey Don Alfonso XIII, al asegurar: «...la
España científica que hoy encontráis en embrión
inicia el camino para llegar al lugar que tiene el inexcusable deber
de ocupar».
En efecto, sin nombres españoles que merecieran figurar en
aquella excelente nómina del s. XIX,
tampoco es momento de exégesis, bien reconocidas de un lado,
ni de lamentaciones inútiles, de otro. Sí es magnífica
oportunidad, sin embargo, para que enfilemos el porvenir de la lengua
española en el seno de una política lingüística
de «intelectualización» de una lengua estandarizada,
que fuerce su incorporación a los grandes sistemas de comunicación
y a las interfaces con la moderna instrumentación informática,
a la confección y uso de las grandes memorias electrónicas
y a la explotación de servicios, a las múltiples necesidades
de una correcta creación terminológica, y que, por supuesto
e imprescindiblemente, contribuya a la comunicación lingüística
de la ciencia y la cultura españolas. Porque, como muy bien
se ha escrito (F. Marcos Marín. «El español lengua
internacional». Fundación Juan March (1995). Madrid):
«La conclusión dista mucho, por el momento, del triunfalismo
engañoso de los desinformados de turno: la internacionalidad
del español es más relativa que absoluta, aunque esta
consecuencia no sólo depende de la utilización, sino
también de la falta de inversión. El español
podría ser realmente una lengua internacional si se realizaran
los esfuerzos oportunos para que así fuera, lo que equivale
a decir si se considerara la rentabilidad de la inversión lingüística».
Habida cuenta de que esta adecuación, y la capacidad de acceso
de las lenguas a las nuevas tecnologías se está convirtiendo
en algo así como una forma de selección natural previa,
que va a regular su supervivencia en el seno de una nueva modalidad
de darwinismo social. Adecuación que ha de enraizarse
en la cultura y suponer la imposición de determinadas pautas
sociales y políticas. A fin de cuentas, no es sino la propiedad
que tiene la tecnología de configurar la sociedad. Y, particularmente,
como fruto de las consecuencias de la explosión de las tecnologías
de la información y la comunicación sobre la evolución
de la sociedad civil, sus riesgos y esperanzas: empleo, trabajo,
cultura, acceso al conocimiento, derecho, democracia,
educación y ética. A lo que se unirá
toda una colección de factores adicionales de crecimiento al
estilo de la educación continuada y en la salud; la telemedicina
y el teletrabajo; las industrias culturales, de masas electrónica,
informática, fotografía, micromecánica, etc.,
de formación, del ocio y del espectáculo; el aprovechamiento
de la evolución de la demografía; las actividades de
asociación no lucrativas; los servicios propios de los sistemas
de control y redistribución banca, seguros, administración,
etc.; el multilingüismo como factor fundamental de interdependencia;
y, en general, la impregnación del medio humano y la satisfacción
de sus intereses materiales, espirituales o políticos, por
las facilidades de comunicación. |
|
El lenguaje científico
Entre las múltiples referencias que han destacado la importancia
del quehacer lingüístico al servicio de la comunicación
científica, pocas tan autorizadas como la del prof. Lapesa,
hace más de un cuarto de siglo, cuando afirmaba: «No
podemos desatender el momento histórico en que vivimos. La
sociedad se transforma; la ciencia y la técnica llenan de realidades
nuevas el mundo; las formas del vivir cambian a ritmo acelerado. La
sacudida alcanza, con intensidad sin precedentes al lenguaje. De una
parte, por la invasión de palabras nuevas, resultado unas veces
de la mayor comunicación entre los distintos países
y de la uniformación internacional de las formas de vida. Otras
veces, como consecuencia de la ampliación del campo de intereses
del hombre medio, a quien afectan rápidamente los progresos
científicos y técnicos que antes eran sólo materia
de especialistas. Es preciso que la Academia esté a la altura
de las circunstancias para que la riada no sea inundación destructora,
sino fertilización de nuestra lengua y refuerzo de su unidad(...)».
Si de esta manera, y con la mejor autoridad, queda justificada la
atención de la lengua a la erudita innovación de las
ideas; según el planteamiento orteguiano «el acto creador
responde a una apremiante necesidad de decir». Y, como corolario,
el hombre tiene mucho que decir porque tiene mucho que hacer; y, dentro
de este quehacer, el hombre busca la verdad de la naturaleza en una
función inventiva que abarca la creación poética,
el decir del pensador y el filósofo para entenderse consigo
mismo, y, además, la actitud del científico para expresar
el nuevo fenómeno o la nueva propiedad del mundo. Y, de esta
manera, fenómenos físicos y biológicos, propiedades
de la materia, sustancias, formas, seres vivos, etc. van pasando a
tomar parte de esa realidad a la que hay que nombrar. Así pues,
las verdades del mundo y de la vida, cualquiera que sea el nivel de
su significación, van a necesitar una innovación semántica
en la que van a coincidir el poeta, el pensador y el científico.
Así, cuando los hombres de mi generación entrábamos
en la universidad acababa de comenzar la aplicación clínica
de la penicilina, los demás antibióticos estaban
por descubrir, no se había inventado el transistor y,
en geología, ni se hablaba de la tectónica de placas.
Los elementos químicos andaban alrededor del centenar, frente
a los 112 hoy descubiertos y nombrados. Nadie había oído
hablar de los púlsares y los quásares.
No existía ninguna de las técnicas hoy tan habituales
de la imagen médica, al estilo de la ecografía,
la resonancia magnética y la colonoscopia, o
de la cirugía láser y la angioplastia.
La farmacología no había prolongado nuestras vidas con
los b-bloqueantes, los antisentidos
y la acción sobre los canales de iones o los fenómenos
de apoptosis. Con dificultad se podía prever el desarrollo
actual del espacio y los océanos. Más
aún, en poco más de una década se han identificado
nuevas enfermedades y nuevos mecanismos etiopatológicos.
La transducción de señales biológicas
está dando lugar a un completo universo de nuevas y singulares
proteínas. Los procedimientos de la biotecnología
han engendrado los anticuerpos monoclonales, las interleuquinas
y los interferones, los animales y plantas transgénicos,
la terapia génica y la fecundación in vitro.
Entre otras muchas aportaciones de la moderna biología, los
procedimientos experimentales de amplificación del DNA
y las técnicas de clonación destinadas tanto
a la reproducción como a la obtención de materiales
celulares especializados para su utilización terapéutica.
Las ciencias ambientales y el estudio del cambio climático
han sacado a relucir el agujero de ozono, la lluvia ácida
y toda una serie de contaminantes químicos. Los descubrimientos
de nuevos materiales han creado los fulerenos y los nanotúbulos.
De las ciencias de la computación y la ingeniería del
conocimiento han emergido con una rapidez extraordinaria nuevos lenguajes
de programación, las redes neurales y la inteligencia
artificial, que intentan desvelar o imitar, a toda la distancia
que se quiera, el funcionamiento del cerebro humano. Y hoy mismo,
surgen nuevos campos del conocimiento al estilo de la genómica,
la proteómica y la bioinformática, rellenos
de conceptos, de estrategias y de métodos nuevos que hay también
que nombrar. |
|
Precisamente, porque hoy grandes zonas de la biología son principalmente
matemáticas; es el caso, por ejemplo de la genética
de poblaciones. Cuando la biología se interpreta en términos
de la química y de la física, y resultan de esta manera
las zonas del conocimiento que responden a los nombres de bioquímica
y biofísica, se tiende a prescindir de lo descriptivo
a favor de lo cuantitativo; se sustituye la palabra por la magnitud
y su valor por el número. Merced a las matemáticas,
las estrellas han salido de la mitología para figurar en las
tablas de las magnitudes astronómicas. Y cuando las matemáticas
se instalan en el meollo de una ciencia, los conceptos de esa ciencia,
sus métodos y su comprensión se vuelven, inexorablemente,
menos reducibles al lenguaje corriente. Y todo ello conforma cuantitativa
y cualitativamente el incremento de la información científica
y atestigua la creciente complejidad de la terminología
de la ciencia. A ella contribuye actualmente, a través
de su actividad en campos relacionados con las ciencias, cerca del
80 por ciento de los hombres y mujeres situados en la cima del nivel
intelectual. Asimismo, las publicaciones de los últimos años
en los campos de la ciencia y de la técnica están dando
origen a un nuevo lenguaje que contiene unos tres mil términos
técnicos adicionales innovados cada año; con mucha diferencia,
el mayor porcentaje de todas las innovaciones lingüísticas.
Datos contundentes de la insistencia y la rapidez con que los avances
de la Ciencia y la Tecnología se abren paso en la terminología
de la ciencia.
Quienes tabulan el crecimiento de las ciencias están trazando,
simplemente, el nuevo mapa del mundo. Y en este mapa se puede contemplar
que más del 95 por ciento de todos los hombres y mujeres de
ciencia de todos los tiempos están vivos en la actualidad;
que el número de trabajos relevantes en los campos de la física,
la química y la biología, durante los últimos
años pasa de los tres millones; y que en cada una de las últimas
décadas se duplican los índices críticos de las
publicaciones científicas. Sin embargo, no deja de ser extraordinariamente
significativo que si en la época en que Lapesa decía
aquello de que la ciencia y la técnica llenan de realidades
nuevas el mundo, los contenidos científicos en la moderna
biología se duplicaban aproximadamente cada diez años;
hoy, al cabo de un par de décadas, esta duplicación
de los nuevos hallazgos tiene lugar cada 15 días.
Estas y otras muchas aportaciones científicas han sido la causa
de la afirmación del periodista Stewart Brand cuando afirma:
«La ciencia es lo único noticiable. Cuando uno ojea un
periódico o una revista, todos los contenidos de interés
humano son el mismo el-dijo-ella-dijo de siempre, la política
y la economía los mismos lastimosos dramas cíclicos,
las modas una patética ilusión de novedad, y hasta la
tecnología es previsible si uno sabe algo de ciencia. La naturaleza
no cambia demasiado; la ciencia, sí, y los cambios se acumulan
alterando el mundo de manera irreversible». |
|
Situación global que ya fue reconocida en nuestro anterior
Congreso de Zacatecas (L.Pagliai. I Congreso Internacional de la Lengua
Española, Zacatecas.México), al afirmar: «La situación
del español en la ciencia y la tecnología nunca hubiera
sido una preocupación en un Congreso internacional de la lengua
española de no haberse producido un cambio sustancial en la
superficie de contacto entre ciertos productores de sentido científico-técnico
y una importante mayoría de extraños a él. Mientras
nuestros lógicos, matemáticos o físicos hablaban
entre ellos (bien o mal, con mucha o poca contaminación lingüística,
de acuerdo o no con la norma y el uso de la lengua), por ejemplo sobre
las expresiones del álgebra de Boole, a muy pocos incomodaba:
nada nuevo desde Pitágoras, Euclides o Aristóteles en
el discurso científico de Occidente. La cuestión cobró
dimensiones de problema acuciante cuando sofisticaciones científicas
precisamente como el álgebra de Boole desembocaron
en desarrollos tecnológicos patentables y en productos de una
industria de punta que por su intrusión masiva y creciente
en la cotidianeidad se convirtió en un hecho de cultura revolucionario.
Nadie ignora que los avances actuales en el campo de la investigación
científica y los desarrollos tecnológicos ligados a
los sectores más dinámicos de la economía tienen
en el inglés su lengua vehicular. Verdadera lingua franca del
fin de este milenio, su imperio por el momento avasallante
deriva de problemáticas conocidas por los sociolingüistas:
el grado de vitalidad, cohesión, expansión, difusión
y penetración de una lengua depende del prestigio que, para
propios y ajenos, tenga la cultura de la cual es portadora (...)».
Dentro, pues, de esta reconocida exigencia de una política
lingüística coherente, el proceso de intelectualización
de la lengua española resulta imprescindible en el quehacer
político nacional de la comunicación científica,
e, incluso, se ha señalado su urgencia por importantes motivos
económicos internacionales. Algunos de ellos, que pudieran
afectarnos de forma muy directa, se refieren a la puesta en vigor
del Mercado Común del Sur, y a la necesidad de confeccionar
repertorios terminológicos especializados energía,
economía, medio ambiente, etc. en portugués y
español, que solucionen múltiples problemas de comunicación
entre consumidores y productores de Brasil y las naciones de la cuenca
del Plata. Otros influyen, de manera muy general, sobre nuestro prestigio
lingüístico y político en el seno de la Unión
Europea; y es bien sabida nuestra limitada presencia e influencia
en este campo.
En este necesario gran proceso de intelectualización
de la lengua española ha de tomar parte una colección
de proyectos parciales que añadir al señalado
de los recursos terminológicos cuyo comportamiento cooperativo
sólo puede producirse sobre la base de la coherencia política.
Y si a los científicos habría que mostrarles que sus
jergas, a veces necesariamente crípticas y casi siempre buscadamente
elitistas, tendrían en la lengua y en su corrección
un gran valor añadido; la administración y la gestión
de nuestra ciencia, bajo cualquiera de sus denominaciones, debería
ser consciente de la necesidad de buscar el imprescindible equilibrio
entre la lógica aceptación de las novedades, generalmente
en inglés, en las revistas especializadas de la literatura
científica actual, y el absurdo y cursi desmerecimiento de
las publicaciones científicas por el sólo hecho de serlo
en español o en revistas españolas, oficialmente desconsideradas
en una dudosa apreciación de los méritos investigadores
académicos. |
|
La terminología de la ciencia como compromiso social
El lenguaje y la terminología de la ciencia y de la técnica
sirven hoy, además, para empalmar los intereses y los logros
de la comunidad científica con aquellos otros que sirven a
la sociedad y a la cultura. Si bien es cierto que una gran parte de
la actividad de la comunidad científica tiene como objetivo
principal la búsqueda de la verdad desde una estructura socialmente
organizada, otros ingredientes básicos de la actividad científica
se refieren a dar el debido cauce a la presentación de sí
misma, a la comunicación del nuevo conocimiento como compromiso
social y a la transformación del hecho profundo de la verdad
científica en opinión, primero del individuo conocimiento
superficial propio del vulgo, y, luego, en opinión
pública como atención colectiva y general.
La terminología de la ciencia ha de servir, pues, a
la comunicación interna de la ciencia y, a la vez, al conocimiento
público de la ciencia, es decir, a la promoción de
la cultura científica y tecnológica. De un lado,
la comunicación interna posibilita el paso fácil a través
de los dominios particulares de la ciencia. Paso entre las fronteras
disciplinares, que es el mismo que ocurrió en la creación
científica cuando los hallazgos del químico Pasteur
o el físico Röntgen revolucionaron la medicina; o cuando,
actualmente, la biotecnología se beneficia de los vuelos espaciales
al conseguir una mejor purificación de proteínas y enzimas
en condiciones de ingravidez. Sirve, además, esta multiplicidad
de dominios para que el especialista no pierda el contacto con los
estándares establecidos por otros especialistas, y para que
todo su componente terminológico científico y técnico
participe en numerosas cuestiones de política pública.
Por otro lado, si desde la revolución científica, hace
varios siglos, la repercusión económica y social de
la ciencia, y por tanto de su terminología, constituyen un
soporte del Estado, a nadie puede extrañar la posición
excepcional de la autonomía de la Ciencia en el conjunto de
la cultura universal. De otro lado, tampoco hace falta excesiva clarividencia
para darse cuenta de que la penetración del lenguaje de la
ciencia y la técnica no es sólo un problema lingüístico
sino que ocupa un lugar importante en los planteamientos políticos
y económicos. De esta manera, a la relevancia de la Ciencia
y a sus relaciones culturales y sociales se une el valor añadido
de que su adquisición y su comunicación pertenecen a
esa especie de soberanía compartida que es el idioma común.
Soberanía compartida que exige la existencia de los inventarios
de voces técnicas y la normalización terminológica
de la ciencia en español. |
|
Dinamismo de la terminología de la ciencia
Resulta indudable que frente al fantástico progreso de la creación
científica y de su comunicación internacional, el diseño
terminológico está obligado a exhibir un dinamismo
que se traduzca en responder don prontitud a los nuevos estándares
internacionales por ejemplo, de las magnitudes y unidades de
medida y sus símbolos, de las denominaciones de los nuevos
elementos químicos desde los números atómicos
106 al 112; en utilizar los elementos compositivos propios de
la derivación léxica; en adecuarse a las complicaciones
frecuentes de la sinonimia; en estar vigilante frente a los cambios
sincrónicos que se producen en la terminología en los
momentos de reestructuración de los dominios científicos;
en estar atentos a las relaciones entre las formas nominales y verbales,
a los problemas planteados por la aposición de sustantivos
en los lemas compuestos y a la evolución fonética de
su utilización progresiva. Es, sin embargo, en el nacimiento
de los nuevos vocablos, o mientras su asentamiento es oscilante, es
decir a su tiempo, cuando la atención terminológica
ha de ser más cuidadosa. A este sentido del adelantamiento
como norma de la terminología de la ciencia, ya se refería
Marañón, en 1956, con motivo del II Congreso de Academias
de la Lengua Española, cuando decía: «La vida
no se divide ya en literaria y técnica. Quiérase o no,
somos ya todos técnicos. El poeta más puro o el filósofo
que vive en un a pura abstracción están necesariamente
contaminados cada una de las horas del día con las ciencias
y con su lenguaje, por la sencilla razón de que todos las necesitan.
La Ciencia y la Técnica tienen la vitalidad y la razón
de ser suprema de su necesidad y de que, inexorablemente, lo será
más cada día. Y su lenguaje es igualmente inseparable
de la vida y, en consecuencia, tiene derecho también al cuidado
oficial, es decir, a la misma fijeza y al mismo esplendor de sus vocablos
literarios. Sobre esto, sobre la razón de incluir las ciencias
en los grandes léxicos, no hay, pues, duda posible dentro de
una lógica elemental». Y en otro lugar, «El Diccionario
oficial de la lengua española, gloriosa por otros tantos motivos,
ostenta como lema uno que me atrevo a calificar de no enteramente
oportuno, a pesar de haber alcanzado una popularidad de sentencia,
sin duda porque como es ocurre a tantas otras sentencias, proverbios
y refranes, y como a los lemas de los antiguos blasones (...) su aceptación
y conversión en dogma se ha hecho no a favor del contenido
sino a favor de la música, de la eufonía de las palabras.
Pero, en realidad, la principal función de los organismos que
velan por la corrección del idioma es crear a tiempo la palabra
exacta que conviene a los hechos y a las ideas nuevas. Adelantarse,
en suma, a la sanción empírica de la calle, la cual
tiene más en cuenta el garbo de la palabra que su exactitud». |
|
La ciencia en España y la colaboración hispanoamericana
En primer lugar es importante observar la situación española
reciente en relación con algunos parámetros de la actividad
científica mundial. La tabla
1 muestra la situación de los 15 primeros países
del mundo y de la Unión Europea, en cuanto a su producción
científica durante el periodo 1993-1997. En ella se observa
que la producción científica global de la UE se aproxima
a la de los Estados Unidos; y que España ocupa la undécima
posición mundial y el sexto lugar en la UE.
Cuando, en el mismo periodo, el parámetro considerado es el
factor de impacto del conjunto de las publicaciones de la UE,
la tabla 2
muestra que España que ocupa la sexta posición
en el porcentaje de la producción científica global,
se retrasa a la undécima posición en cuanto al
factor de impacto, aproximación cuantitativa de la importancia
científica de las publicaciones, detrás de países
como Austria, Finlandia, Suecia, los Países Bajos y Dinamarca.
El factor de impacto relativo referido a la media mundial
de las publicaciones científicas españolas es de -21,
muy por debajo de la media mundial que es la que ocupan, por ejemplo,
Austria e Italia. De estos datos puede concluirse que el nivel cuantitativo
de la producción científica española no guarda
relación directa con la medida de su calidad. La figura
1 muestra la evolución de la calidad del factor de impacto
de las publicaciones españolas en comparación con los
mismos datos de la UE y de la media mundial; de donde se deduce muy
claramente que la pendiente de la gráfica correspondiente a
las publicaciones españolas es superior a la de las publicaciones
mundiales o de la UE, y, en consecuencia, cómo se van achicando
las diferencias entre dichos factores de impacto a lo largo, sobre
todo, de las dos últimas décadas.
Este factor de impacto globalizado puede subdividirse de acuerdo con
la naturaleza de los campos de conocimiento científico. Precisamente,
la tabla 3
muestra los países de la UE que lideran mayores índices
de impacto una serie de dichos campos, sin que España
pueda apuntarse a alguna de estas situaciones de primacía científica.
La tabla 4
muestra el impacto relativo de las publicaciones españolas,
con relación al valor medio mundial, en una serie de especialidades
científicas; y no deja de ser importante subrayar que algunas
de las áreas de mayor prestigio en España Bioquímica,
Biología molecular, Inmunología, entre otras muestran
valores relativos muy bajos, -42, -46 y -44, respectivamente. Hecho
que aparece claramente demostrado en la figura
2, en la que son estas tres especialidades las que, con gran diferencia,
encabezan la evaluación cuantitativa de la calidad de las publicaciones,
a través de los factores de impacto durante el periodo 1993-1997.
Aparente contradicción que se interpreta porque son, precisamente,
estas mismas áreas de conocimiento las que, en su conjunto,
lideran en el mundo y en Europa la cuantificación de la calidad
científica, como se puede observar en la figura
3. |
|
No deja de ser notable la consideración del cociente de
los factores de impacto de las publicaciones correspondientes
a los periodos 1993-7 y 1981-5, en cada uno de los países de
la UE, detallados en la tabla
5. El valor de este parámetro es, indudablemente, un índice
del progreso científico que ha tenido lugar entre los periodos
considerados; índice cuyo valor máximo corresponde a
España, 2.12, frente a una media mundial de 1.31 y una media
de la UE de 1.36. La tabla
6 muestra los valores de dicho cociente de factores de impacto,
referidos a los periodos 1993-7/1981-5, debidos a una serie de áreas
científicas. Estos valores sin olvidar que son cocientes
permiten apreciar las áreas en las que el progreso científico
ha sido superior a la media mundial; aunque bien pudiera suceder,
y de hecho es lo que sucede, que los valores bajos de algunos de estos
cocientes se deban a que sus niveles antiguos los denominadores
ya fueran suficientemente altos en el cuatrienio de referencia 1981-5.
Interpretación que coincide con los hechos que, en la
figura 2 y la figura
3, hablan de la superior calidad global de estas especialidades
y que, ya en el periodo 1981-5, alcanzaban en España un nivel
apreciable.
Dentro del tema de las publicaciones científicas, el
nivel y la naturaleza de la colaboración internacional
y, sobre todo, la colaboración con la ciencia hispanoamericana,
son de importancia principal.
La figura 4
nos ofrece un amplio panorama, tanto del considerable aumento de la
cooperación internacional de España que multiplica
seis veces el número de publicaciones en colaboración
al pasar del periodo 1981-5 al 1991-5, como de la distribución
de dicha cooperación. Dentro de este panorama, cabe destacar
la lógica mayoría que ofrece la colaboración
con los Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania e Italia; y,
por otro lado, merece la pena subrayar la general escasa cooperación
con los países hispanoamericanos, e, incluso, la notable disminución
relativa a casi la mitad de los porcentajes de la totalidad
experimentada por la cooperación con México y Chile.
|
|
También es de gran interés la consideración de
la colaboración internacional, en particular con España,
vista desde algunos aspectos de la ciencia hispanoamericana. Así,
la figura 5
y la figura
6 desvelan hechos importantes de la cooperación internacional
de Argentina y Chile. De un lado, se ven, en ambos casos, muy aumentados
los trabajos internacionales de ambos países al pasar del periodo
1981-5 al 1991-5; y, de otro, se aprecia cómo disminuyen las
colaboraciones con los Estados Unidos, mientras aumentan las magnitudes
de la colaboración científica con España, en
particular en el caso de Argentina.
Otra situación de especial interés es la que ofrece
la cooperación internacional de Brasil, que presenta la figura
7. Quizás, el dato más destacado de esta cooperación
científica es la disminución relativa de la colaboración
con Estados Unidos, en tanto que se aprecia una tendencia a aumentar
la colaboración con países hispano hablantes, España,
Argentina, México y Chile; aunque sus valores absolutos sean
en todos los casos excesivamente bajos. De ello es buena indicación
la recogida en la figura
8 al mostrar la escasez de recursos totales destinados a la cooperación
científica con estos países por parte de las Universidades
españolas y el CSIC, principalmente. A ambas instituciones
se debe casi el 90 por ciento de las copublicaciones españolas
e hispanoamericanas durante 1990-6, como se recoge en la figura
9.
Quizás, son estos datos últimos los que bien pudieran
resumir las aspiraciones conjuntas del español como lengua
científica y de todos los países hispano hablantes en
el ejercicio y el disfrute de la creación científica
y técnica.
|
|
|
|
|
|