|
|
Charles B. Faulhaber
Las nuevas fronteras del español en la Sociedad
de la Información: una perspectiva norteamericana |
|
Llevo ya cuarenta años como amante de España, de su
cultura y de su lengua, o más bien de sus culturas y de sus
lenguas, porque España no sólo es plurilingüe sino
pluricultural. He presenciado los enormes cambios que han tenido lugar
en España durante estos cuarenta años, desde la tímida
apertura económica de la época franquista hasta la incorporación
de España dentro de una nueva comunidad europea. Por otra parte,
mis investigaciones académicas se han centrado, desde hace
más de veinte años, en el empleo de la informática
para el estudio de la literatura española medieval.
Así que, para hablar de las «Las nuevas fronteras del
español en la Sociedad de la Información» voy
a explorar tres ejes centrados en mis propios conocimientos: mi punto
de vista desde fuera, concretamente desde Estados Unidos; mis conocimientos
de España (y en menor medida de la América hispánica)
y mi simpatía para con su cultura y su lengua (vuestra cultura
y vuestra lengua) y, por fin, mis experiencias con la informática
y la difusión de sus productos.
Debo añadir que gran parte de esta ponencia la escribí
antes de los infames acontecimientos del 11 de septiembre. No creo
que cambien la sustancia de lo que digo, pero sí el tono, que
sería tal vez más elegíaco y menos triunfalista.
Voy a predicar un sermón, porque mi fin no es el análisis,
sino la acción; y el texto de este sermón lo voy a tomar
del evangelio según san Antonio de Nebrija, o sea, la Gramática
castellana.
En la introducción a ese texto, dirigida a la reina Isabel
la Católica, Nebrija relaciona la sociedad y la lengua en estos
términos: «siempre la lengua fue compañera del
imperio: & de tal manera lo siguió: que junta mente començaro<n>.
crecieron. & florecieron. & después ju<n>ta fue
la caída de entrambos». En 1492 Nebrija no pudo saber
lo proféticas que iban a ser estas palabras; porque, en efecto,
la lengua española acompañó el imperio español,
extendiéndose por todo el mundo en los siglos XVI
y XVII; y en el siglo XVIII
llegando hasta la remota California. La extensión actual del
español corresponde precisamente a los límites geográficos
del imperio español de comienzos del siglo XIX.
|
|
Da la casualidad de que el imperio español arranca justamente
con el desarrollo de la imprenta. Ya la Gramática castellana
de Nebrija se aprovecha de la innovación, como lo harán
los misioneros, catequistas y gramáticos españoles en
los lugares más apartados del mundo. Según ha señalado
Anthony Grafton, estudioso de la historia del libro, Internet no es
nada nuevo. La invención de la imprenta en Alemania en el siglo
XV y su internacionalización posterior
(con un asombroso paralelismo cronológico con la internacionalización
de la informática en el siglo XX, dicho
sea de paso) proporciona el instrumento perfecto para extender la
influencia del español al Nuevo Mundo.
Vemos algo semejante hoy día con el inglés. Se ha dicho,
y creo que acertadamente, que el siglo XX fue
el siglo norteamericano. En estos momentos, Estados Unidos es la única
superpotencia del mundo, aunque estamos viendo, después de
los horrores de Nueva York y Washington, que ser una superpotencia
tiene su precio, como España supo en Flandes. No viene al caso
trazar los elementos históricos que condujeron a Estados Unidos
al lugar que ocupa hoy día. Sí quisiera señalar
algunas de los que actualmente caracterizan su posición. Y,
aunque el ciberespacio no tiene límites geográficos
sino virtuales, su colonización obedece a las mismas reglas
que la colonización geográfica.
Tradicionalmente, el elemento más importante de un imperio
ha sido su superioridad militar, desde la falange de los griegos a
los tercios españoles, de Carlos I a la marina inglesa de las
guerras napoleónicas. En estos momentos, las fuerzas armadas
de EE.UU. sobrepasan con mucho las de cualquier otro país.
Pero, como ha demostrado el historiador Paul Kennedy, lo que mantiene
un imperio a la larga es su potencia económica, una potencia
que permite sostener las fuerzas armadas necesarias para mantener
la paz; y es la paz la que a su vez proporciona las condiciones económicas
necesarias para sostener la superioridad militar, en una relación
circular.
En estos momentos, la economía estadounidense es la más
pudiente del mundo, aunque tambalea un poco. Esta superioridad económica
no es una casualidad. Se debe a factores bien conocidos, como una
riqueza de recursos naturales y un sector laboral inteligente, bien
educado y activo, y el hecho de que pudo beneficiarse del largo período
de crecimiento después de la segunda guerra mundial. Pero tal
vez más importante aún, sobre todo en los últimos
años, ha sido una política consciente de quitar las
trabas al funcionamiento del mercado, de reducir en lo posible la
intromisión del Estado, o sea, el neoliberalismo. |
|
Otro factor económico que ha llegado a ser cada vez más
importante es la tecnología. A raíz primero, de la segunda
guerra mundial y, luego, de la guerra fría, EE.UU. ha invertido
una proporción significativa de su producto nacional bruto
en el apoyo de la investigación científica básica,
principalmente en las grandes universidades, tanto privadas como públicas.
Es clara la consecuencia para el inglés de estas inversiones
científicas: hoy en día el inglés, si no es la
lengua materna, es la segunda lengua que aprenden los científicos;
es la lengua de los congresos científicos internacionales;
es la lengua de la física nuclear, de la biología genética,
de la aviación internacional y, sobre todo, de la informática.
En campos científicos donde los conceptos básicos se
deben a científicos o técnicos de habla inglesa, es
completamente normal que la terminología básica también
sea inglesa. Si la lengua internacional de la ciencia en el siglo
XIX era el alemán, en el siglo XXI
es el inglés.
Un colega mío mayor me contó lo impresionado que quedaba
en los primeros congresos internacionales a que había asistido,
a finales de los años cuarenta, donde todos los científicos
europeos parecían hablar tres o cuatro lenguas. Cada participante
hacía preguntas en su propia lengua, y se le contestaba en
la misma lengua. Ahora, la lingua franca de los congresos científicos
es el inglés; y al mismo colega le parece muy bien que sea
así, que el inglés llegue a ser una lengua internacional
de facto.
A raíz de esta superioridad económica y tecnológica,
la cultura de EE.UU., sobre todo la cultura popular, ha llegado a
ser avasalladora. En la moda, la televisión, el cine, el fast
food... EE.UU. lleva la pauta en todo, sobre todo para los jóvenes.
Si bien todas las modas no comienzan en EE.UU., todas parten de allí.
¿A dónde quieren ir a estudiar los jóvenes? ¿Cuál
es la lengua que quieren aprender? ¿Cuál es la lengua
que aparece en sus camisetas? Estamos presenciando una monocultura
global.
El norteamericano medio y hasta culto encuentra esto perfectamente
normal. En la conversación, puede lamentarse de su monolingüismo,
pero en la práctica no ve ninguna necesidad de hablar otra
lengua. Habita un espacio geográfico de más de 5 000
kilómetros de extensión donde ni siquiera tiene que
percatarse de la existencia de otras lenguas.
Todo esto se puede resumir en una palabra: globalización.
Para muchos, la globalización significa el acercamiento económico,
político, cultural y desde luego lingüístico, a
la norma norteamericana. La globalización lleva una etiqueta,
y esa etiqueta reza «Made in U.S.A.». Para mucha gente
esta globalización de signo norteamericano es anatema y evoca
una resistencia fuerte, testigos otra vez Nueva York y Washington
y las manifestaciones cada vez más violentas en contra de la
Organización Mundial del Comercio y de otras instituciones
internacionales afines. |
|
La estadística de Internet
Donde esta globalización de signo norteamericano nos afecta
tal vez más llamativamente es en el espacio virtual de Internet.
Según la organización Global Reach, que mantiene la
estadística desde 1995, el 45 por ciento de los que utilizan
Internet actualmente lo hacen en inglés: un total de 218 millones
de personas; mientras que el 55 por ciento lo hacen en otras lenguas:
unos 266 millones de personas; pero en el caso del inglés,
estos 218 millones de personas representan casi el 44 por ciento de
la población total anglohablante, que suma 500 millones de
personas. Por otra parte, los 266 millones de personas que acceden
a Internet en otras lenguas representan menos del 5 por ciento de
unos 5 600 millones de personas. Mirado desde otra perspectiva, en
EE.UU., en el año 2000, había unos 135 millones de usuarios
de Internet, que representan casi el 49 por ciento de la población.
Sólo Canadá y Suecia, con un poco más de 49 por
ciento en los dos casos, lo sobrepasan; pero los usuarios canadienses
son sólo unos 15 millones, mientras los suecos son menos de
cuatro millones.
¿Cuáles son los números para España y
la América de habla española? Global Reach calcula un
público hispanohablante en Internet de unos 26 millones de
personas, de las cuales casi siete millones en España y México,
y ocho millones en los mismos EE.UU., de un total de unos 332 millones
de hispanohablantes mundialmente hablando; lo cual constituye aproximadamente
un 5,4 por ciento de los usuarios, frente al 45 por ciento de los
usuarios angloparlantes1.
Esto coloca al español en quinto lugar en cuanto a número
de usuarios, detrás del inglés, japonés (casi
10 por ciento), chino (8,4 por ciento) y alemán (6,2 por ciento).
Si se considera Internet desde el punto de vista de su contenido,
se calculan unos 313 000 millones de páginas actualmente, de
las cuales más de las dos terceras partes están en inglés,
seguidas «y muy de lejos¾ por el casi 6 por ciento de
las páginas en alemán y japonés, casi 4 por ciento
en chino, 3 por ciento en francés y sólo unas 2,4 por
ciento en español. Esto quiere decir que el español
es la sexta lengua de Internet, pero hay casi treinta veces más
páginas en inglés que en español.
La extensión del inglés, desde luego, no parte de su
superioridad lingüística, que no la tiene, sino de su
importancia como vehículo de una cultura de prestigio y de
la tecnología producida por esa cultura. Tampoco se debe esta
pujanza lingüística a la protección oficial del
inglés por los organismos estatales. El inglés no es
la lengua oficial de EE.UU., porque EE.UU. no tiene una lengua oficial;
aunque sí ha habido intentos en varios de los estados, como
California, de imponerlo como lengua oficial de ese estado. Tampoco
existe ninguna Academia de la Lengua en ninguno de los países
de habla inglesa.
A falta de estas instituciones protectoras, ¿puede el inglés
desmoronarse, perder su esencia? No creo. El inglés, lenguaje
germánico, empieza a sufrir la influencia del francés
masivamente después de la invasión de los normandos
en el año 1066. Sin embargo, sigue siendo una lengua germánica,
pero con una asombrosa flexibilidad y capacidad de aceptar préstamos
de otras lenguas, inclusive el español. El inglés sigue
conservando este carácter esencialmente germánico después
de 1 000 años de mescolanza.
¿Cuáles son las lecciones que podemos extraer de estas
observaciones un poco inconexas sobre el inglés? Al repasar
las ponencias y comunicaciones del Congreso de Zacatecas, amén
de escritos posteriores, es notable el reconocimiento casi unánime
del problema del lugar del español en Internet; y también
notable la gran unanimidad en las medidas que se deben tomar para
remediar ese problema. Aquí intentaré resumir estas
medidas, señalar lo que se ha hecho o no se ha hecho y adelantar
algunas propuestas concretas. |
|
¿Qué se puede hacer?
De inmediato la respuesta a esta pregunta es contundente: poco o nada.
Ni el español ni ninguna lengua puede mantener su influencia,
ni menos su vitalidad o pureza, a base de impulsos oficiales. Es impotente
el proteccionismo lingüístico, llámese política
lingüística o lo que sea, para extender la influencia
del español. Al asumir la dirección del Instituto Cervantes,
Jon Juaristi señaló que «las lenguas tienen una
enorme vitalidad y se desarrollan con independencia de su estructura.
El español no corre riesgo inmediato de perder su unidad como
lengua». Añadió que «los nacionalismos han
manipulado siempre las lenguas, incluso internamente. El purismo como
fenómeno ideológico y la necesidad de depurar la lengua
de elementos exóticos ha sido una constante en el comportamiento
de los nacionalismo culturales. Y pienso que son fenómenos
muy negativos para la vida de las lenguas» (Ortega Bargueño).
Así, mi primera recomendación es negativa: dejar de
preocuparse por la pureza de la lengua. Los solecismos, barbarismos
y extranjerismos no cambiarán en nada la esencia del español.
Las academias deben abandonar, oficialmente, el prurito de vigilar
por el buen español, cesar de debatir si se debe admitir
tal o cual palabra en el Diccionario de la Real Academia Española.
No; el apoyo al español tiene que ser indirecto. En este sentido
las apreciaciones del anterior director académico del Instituto
Cervantes, Francisco Marcos Marín, siguen siendo exactas, y
cito: «La palabra clave para el incremento de la presencia del
español en Internet es contenidos. El uso de una lengua depende
del volumen de información que transmita y la información
tiene una carga de utilidad: se usa porque se necesita. [...] Sería
sabia una actitud política que impulsara los contenidos en
español, porque es notable el número de centros de investigación
que publican electrónicamente en inglés. No se cuestiona
la necesidad de publicar en la lengua común de los científicos
contemporáneos, pero es necesario incentivar a quienes también
presenten sus investigaciones y propuestas en la lengua común
de los hispanoamericanos» («La lengua española
en Internet», publicado en El español en el mundo.
Anuario del Instituto Cervantes 2000). Tal actitud política
sería, más que sabia, imprescindible.
El apoyo más importante que pueden prestar los organismos oficiales
es de dos tipos: (1) a la investigación aplicada y (2) a la
investigación básica en determinados campos científicos
(cfr. Pagliai).
Investigación aplicada
En cuanto a la investigación aplicada, la Oficina del Español
en la Sociedad de la Información, creada por el Instituto Cervantes
el primero de enero de 2000, es un buen primer paso. Sus objetivos
están totalmente en la línea que voy preconizando, y
cito:
«Servir de plataforma a las industrias culturales
y de las Tecnologías de la Información.
»Lograr que las Tecnologías de la Información
estén al alcance de todos los ciudadanos.
»Utilizar intensivamente las Tecnologías de la Información
en la educación y la formación.
»Proyectar en el exterior la lengua española, su patrimonio
y su cultura.
»Promover la innovación y el desarrollo tecnológico
en las industrias de la Sociedad de la Información.
»Desarrollar y difundir las actividades del sector empresarial
español de las tecnologías lingüísticas
en Internet».
Sin embargo, es de notar que los resultados de las colaboraciones
de esta Oficina con las instituciones europeas se presenten sólo
en inglés. Que yo sepa, no se han traducido al español.
Noto también que gran parte del trabajo de la Oficina ha sido
recopilar información sobre los grupos y proyectos que hacen
ingeniería lingüística en España. Es de
lamentar que varios de los vínculos ya no funcionen. Tal vez
más eficaz sería establecer concursos para llevar a
cabo o proyectos concretos o investigaciones básicas y dejar
que los grupos o proyectos se autoidentifiquen. Una muestra de lo
que se debe impulsar es la convocatoria RILE, Recursos para el desarrollo
de la Ingeniería Lingüística en España.
|
|
De todas las metas de la Oficina, creo que las más importantes
son la de «lograr que las Tecnologías de la Información
estén al alcance de todos los ciudadanos» y «promover
la innovación y el desarrollo tecnológico en las industrias
de la Sociedad de la Información». Muy significativo
para impulsar la telaraña que no web mundial, será
la creación de una infraestructura robusta que facilite la
innovación y el empleo de las tecnologías puntuales.
Ya estamos vislumbrando una web semántica, de segunda
generación, en la que se codificarán las características
estructurales de las hojas con el lenguaje XML a la vez que se añadirán
los metadata necesarios para facilitar el acceso automatizado.
La web será un espacio dinámico, no estático
(cfr. Yee). Pues bien, será imprescindible que la documentación
técnica y la tecnología misma de esta web de segunda
generación esté accesible en español y que existan
herramientas baratas y fácilmente asequibles para permitir
a la comunidad hispánica creadora, en el más amplio
de los sentidos, la posibilidad de preparar unas web state-of-the-art.
El profesor Marcos Marín también señala la importancia
de la «I[nvestigación]+D[esarrollo] en el sector de las
telecomunicaciones: estudio de los accesos a la información,
módem, RDSI, cable, satélite, Internet e Intranet, Internet-2,
seguridad y cifrado». Añadiría yo que lo fundamental
es el desarrollo de las tecnologías conocidas: es imprescindible
agilizar el acceso al Internet por banda ancha, sobre todo módem
de cable o Línea de Suscripción Digital (LSD), eliminando
si es necesario las trabas legales. Es la manera más eficaz
de aumentar la demanda de contenidos en español.
Es también imprescindible coordinar unas herramientas básicas
para la ingeniería lingüística, como bases de datos
lingüísticos, programas que faciliten la lematización
de textos en español, el análisis gramatical, la traducción
automatizada, los diccionarios electrónicos, etc. En este sentido
es modélico el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua
Española de la Real Academia en formato DVD. Hay una muestra
en la web (http://www.rae.es/nivel1/buscon/ntlle.html),
pero debería montarse la base de datos entera. También
deben acabarse de una vez las dos masivas bases de datos lingüísticos
de la RAE, el Corpus Diacrónico del Español (hasta 1975)
y el Corpus de Referencia del Español Actual (desde 1975),
y dotarles de instrumentos de búsqueda realmente útiles.
Desde hace años se ha parado en «servicio en desarrollo»
(cfr. http://www.rae.es/nivel1/corpus.htm).
Lo mejor es enemigo de lo bueno.
Estos corpus son un tipo de contenido. Otro tipo, y tal vez el más
tradicional para la enseñanza del español, son los textos
literarios. Me parece absolutamente necesario proporcionar ediciones
electrónicas fidedignas de las obras más importantes,
sobre todo las obras completas de los grandes escritores. En este
sentido, la Fundación Ignacio de Larramendi ofrece un patrón
excelente, con su plan de publicar las obras completas de los polígrafos
españoles. Han salido ya las de D. Marcelino Menéndez
y Pelayo. Sólo una advertencia: deben cargarse a la web estas
ediciones además de publicarse en cederrón. Subrayo
también la necesidad de preparar estas ediciones con un trabajo
filológico al estilo antiguo; sigue siendo importante el rigor
científico. No basta digitalizar una edición cualquiera,
ni tampoco limitarse a las ediciones con más de 75 años
para evitar los problemas de derechos de autor. En este sentido el
modelo que se debe imitar es la nueva edición del Quijote que
el Instituto Cervantes encargó a Francisco Rico (http://cvc.cervantes.es/obref/quijote/indice.htm).
|
|
Un problema grave para la enseñanza del español en el
extranjero, pero de orden completamente diferente, es la casi imposibilidad
de encontrar buenas ediciones escolares que estén en el mercado
más de dos o tres años. Tampoco funcionan con la agilidad
necesaria las cadenas de distribución para encargar los textos
de clase: pedir un libro a la librería de la universidad, que
a su vez lo pide a un distribuidor en EE.UU., que a su vez lo pide
a un distribuidor en España, que finalmente lo pide a la editorial.
Y demasiadas veces sale la respuesta negativa agotada sólo
pocos días antes de que empiece el curso, sin que haya tiempo
para pedir un sustituto.
Para remediar este problema, se debe estudiar muy en serio la edición
sobre demanda, es decir, la salida de un texto electrónico,
con su introducción, notas, glosario, sobre papel, con sus
tapas y todo, en una tirada de sólo un ejemplar si así
lo pide el cliente. La tecnología existe; y utilizándola
se evitaría para siempre el problema de las ediciones agotadas.
Hasta ahora he enfocado el problema de los contenidos desde la óptica
del hispanismo, pero se extiende a todas las ramas del saber. En términos
del mercado, hace falta ampliar la oferta de contenidos de alta calidad
científica en español. Por ejemplo, deben proporcionarse
uno o varios foros para la publicación científica en
lengua española. Para ello se debe adherir a la propuesta de
la Biblioteca Pública de la Ciencia (Public Library of Science),
una iniciativa de las ciencias biológicas para permitir el
acceso gratis a los artículos en este campo (cfr. Millán,
La revuelta de los científicos). Es más, deben
crearse revistas electrónicas de alto rango internacional para
publicar sólo los artículos que han pasado por una evaluación
rigurosa. La fama de la ciencia española se perjudica con la
publicación de centenares de revistas locales, tanto de instituciones
culturales como de universidades, que sólo sirven para publicar
los estudios de eruditos y científicos locales. Todos estos
esfuerzos deben dirigirse hacia la web, pero con un rigor no visto
hasta ahora. Desde luego, hay que aceptar la publicación en
Internet como tan válida como la impresa a efectos del ascenso
académico.
Investigación básica
Paradójicamente, la política que más eficazmente
puede impulsar el uso del español en Internet no es
la que se concentra en el español como objeto directo de esa
política, la llamada política lingüística,
sino la que impulsa la innovación científica y tecnológica,
o sea, la investigación básica. La literatura está
bien; pero es sólo eso, literatura.
Aún más paradójicamente, este tipo de innovación
ya no se puede centrar en un país determinado. Cada vez más
será un contrasentido hablar de ciencia española
o ciencia norteamericana. La web ha hecho posible la
colaboración cotidiana de equipos científicos en diferentes
partes del mundo. Sería muy de desear que este tipo de colaboración
llegara a ser la norma en las instituciones españolas. En la
informática, concretamente, se deben llevar a cabo investigaciones
conjuntas con los centros de informática más prestigiosos
en EE.UU., como Berkeley, Stanford, el MIT. También deberían
intentar el mismo tipo de colaboración las bibliotecas y los
museos para coordinar la investigación sobre la digitalización
y la creación de normas internacionales. Conozco la historia
de varios intentos de este tipo que jamás han llegado a cuajar.
|
|
Una de las grandes diferencias entre el mundo hispánico y el
mundo norteamericano es el estatus legal de las instituciones culturales.
En España y los países hispanoamericanos, casi todas
estas instituciones son organismos del Estado. En EE.UU. hay tantas
particulares como oficiales; y hasta las oficiales reciben gran parte
de su apoyo financiero de personas privadas. Es necesario facilitar
el mecenazgo. Las instituciones públicas no lo pueden todo.
En España se puede citar la Fundación pro Real Academia.
Ese tipo de ayuda es todavía poco corriente, pero cuando existe
puede tener una importancia extraordinaria. Así, dos de los
proyectos tecnológicos más fecundos que he conocido
han salido de las varias fundaciones creadas por D. Ignacio Hernando
de Larramendi, para impulsar el conocimiento de los archivos españoles
e hispanoamericanos, y de D. Emilio Botín, en la creación
de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Sin embargo, las instituciones
oficiales muchas veces han visto estas aportaciones con recelo o no
han sabido aprovecharse de sus iniciativas.
Y esto me lleva a otra advertencia: la necesidad de que todas las
instituciones y las personalidades trabajen por el bien común,
sin preocuparse por las preeminencias ni el vedetismo. Existe
una tendencia a querer hacerlo todo, cuando lo más eficaz es
la colaboración. La colaboración, desde luego, requiere
cierta estabilidad en la dirección de las instituciones. Cuatro
directores del Instituto Cervantes en diez años son muchos.
Lo mismo se puede decir de la Biblioteca Nacional. El trabajo colaborativo
se hace realmente difícil cuando hay directores de turno, porque
imposibilita el trazar planes a largo plazo y darles tiempo para madurar.
Vale la pena mencionar que James Billington, director de la Biblioteca
del Congreso en Washington, lleva ya más de catorce años
en su puesto bajo tres gobiernos diferentes.
Finalmente, una de las lecciones del desarrollo científico
y tecnológico en EE.UU. es el papel desempeñado por
el azar en los resultados de la investigación básica,
o más bien la tensión entre la investigación
dirigida y la curiosidad humana. Muchas veces, los resultados más
importantes de una investigación no tienen nada que ver con
el objeto que se buscaba intencionadamente. Un ejemplo: el inventor
del láser, mi colega Charles Townes, buscaba sencillamente
un mecanismo para generar microondas como instrumento espectrográfico.
No tenía ni idea que el láser podría usarse en
la medicina, en los cederrones, en la fibra óptica. Y los que
buscaban una alternativa al alambre de cobre o al disco elepé
jamás habrían dirigido sus investigaciones hacia la
espectrografía.
Es decir, que la búsqueda de resultados de uso práctico
resulta con frecuencia contraproducente. El papel del Estado debe
limitarse a proporcionar fondos a sus investigadores más inteligentes
y trabajadores, dentro de parámetros muy amplios, y dejar que
investiguen. Sólo en medida muy pequeña debe sufragar
las investigaciones dentro de un aparato estatal, como el CSIC. En
EE.UU. la National Science Foundation proporciona los fondos a millares
de científicos, pero trabajan en las universidades, privadas
y públicas. Es, en cierto sentido, un mercado libre de ideas.
La investigación básica, en principio desinteresada,
la ciencia por la ciencia, es la que a la larga resulta ser más
práctica y más rentable. Ángel Martín
Municio señaló exactamente lo mismo hace un año
en su discurso en la Real Academia de la Historia en el vigésimo
quinto aniversario del reinado de Don Juan Carlos: «Ahora ese
provecho económico no se mantendría sin la Ciencia y
la Tecnología» (Valdelomar & Astorga).
En toda esta ponencia sobre las nuevas fronteras del español
en la Sociedad de la Información, tal vez haya parecido que
esas fronteras son las que lo separan del inglés, una especie
de Río Bravo lingüístico. Pero no es así.
Las fronteras que existen son realmente virtuales. Son fronteras solamente
de la imaginación. Y son fronteras que con la imaginación
y el trabajo pueden extenderse para hacer del siglo XXI
el siglo hispanoamericano. |
|
Bibliografía
Castells, Manuel: The Information Age: Economy,
Society and Culture. 3 vols. Oxford - [Boston], Blackwells, 1996-1998.
Vol. I: The Rise of the Network Society; vol. II: The Power
of Identity; vol. III: End of Millennium.
Asociación de Usuarios de Internet: «E[studio] G[eneral
de] M[edios] Datos generales de usuarios de Internet en España»,
en http://www.aui.es/estadi/egm/iegm.htm.
Estadística recogida en abril y mayo de 2001.
Global Reach: «Global Internet Statistics (by Language)»,
en http://www.glreach.com/
globstats/ (fechada 30 VI 2001).
Grafton, Anthony: «Living Through Media Revolutions: Some Help
from History», Gazette of the Grolier Club (N.S.) 52
(2001), pp. 5-30.
Instituto Cervantes: El español en el mundo. Anuario del
Instituto Cervantes 2000. Madrid, Instituto Cervantes, 2000 (http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_00/).
Instituto Cervantes: El español en el mundo. Anuario del
Instituto Cervantes 2001. Madrid, Instituto Cervantes, 2001 (http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_01/).
Instituto Cervantes. Oficina del Español en la Sociedad de
la Información (http://www.cervantes.es/internet/acad/oeil/mar_oeil.htm).
Kennedy, Paul M.: The Rise and Fall of the Great Powers: Economic
Change and Military Conflict from 1500 to 2000. New York, NY,
Random House, 1987.
Marcos Marín, Francisco A.: «La lengua española
en Internet», en Instituto Cervantes: El español en
el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2000. Madrid, Instituto
Cervantes, 2001 (http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_00/marcos/).
Martín Mayorga, Daniel: «El español en la Sociedad
de la Información», en Instituto Cervantes: El español
en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2000. Madrid, Instituto
Cervantes, 2001 (http://cvc.cervantes.es/obref/anuario/anuario_00/martin/).
Martín Mayorga, Daniel: «El idioma español en
la Sociedad de la Información», Primer Congreso Internacional
de la Lengua Española [Zacatecas] en http://cvc.cervantes.es/
actcult/ congreso/tecnologias/ponencias/dmayorga.htm.
Millán, José Antonio: «La revuelta de los científicos
o El editor como comadrona», en http://jamillan.com/revuelta.htm
(29 de agosto de 2001). Forma parte de José Antonio Millán
(ed.): Edición electrónica o digital, en http://jamillan.com/edicione.htm.
Nebrija, Antonio de: Gramática castellana. Salamanca,
Impresor de la Gramática de Nebrija, 19 de agosto de 1492.
En: ADMYTE: Archivo Digital de Manuscritos y Textos Españoles.
Madrid, Micronet - Sociedad Estatal Quinto Centenario - Ministerio
de Cultura - Biblioteca Nacional, 1992 (en cederrón).
Ortega Bargueño, Pilar: «Hay que reforzar la presencia
del español en la UE», El Mundo (24 de marzo de
2001).
Pagliai, Lucila: «La situación del español en
la ciencia y la tecnología», Primer Congreso Internacional
de la Lengua Española [Zacatecas], en http://cvc.cervantes.es/actcult/
congreso/tecnologias/ponencias/pagliai.htm.
Townes, Charles Hard: «Unpredictability in Science and Technology»,
en Martin Moskovitz (ed.): Science and Society, The John C. Polanyi
Nobel Laureates Lectures. Toronto, University of Toronto, 1995,
pp. 29-42.
Valdelomar, R. y Astorga, A.: «52 testigos de la vida española
trazan la historia de los 25 años de reinado de Don Juan Carlos»,
ABC (13 de noviembre de 2000).
Yee, Raymond: «The Sea Change of the Web: What is the SecondGeneration,
Semantic Web?», Berkeley Computing and Communications,
11.4 (Fall 2001), pp.15-17 (http://istpub.berkeley.edu:4201/bcc/Fall2001/feat.2ndgenweb.html). |
|
Notas:
- La cifra de 332 610 000 de hablantes de
español corresponde a 1997. El número de hispanohablantes
estimado para el decenio 2000-2010 se eleva hasta 395 millones,
que supone el 5,8 por ciento de la población mundial [Véase,
Otero, Jaime, «Demografía de la lengua española»,
en El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes,
1999, pág. 20, tabla 7]. Nota del Instituto Cervantes.
|
|
|
|
|
|