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La edición de
textos literarios*
Alberto Varvaro. Universidad
de Nápoles |
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La premisa fundamental y evidente de todo estudio serio de cualquier tradición literaria
y lingüística es disponer de los correspondientes textos. El estudio resultará tanto
más valioso cuanto mayor sea el número de los textos disponibles; y en caso extremo,
resulta oportuno tener presentes todos los textos llegados hasta nosotros. Esto, que
parece evidente para cualquier persona culta, no resulta, sin embargo, tan claro tanto en
los círculos intelectuales como fuera de ellos, que junto al aspecto cuantitativo, al que
aludía, exista uno cualitativo. De un mismo texto, de hecho, existen o pueden existir
ediciones con un grado de fiabilidad completamente diversa. Quien sea capaz de darse
cuenta de este desnivel admitirá la necesidad de disponer de los textos en ediciones que
sean lo más fiables posible.
¿En qué consiste la fiabilidad de un texto? La respuesta debe contemplar al menos dos
aspectos:
1. El texto debe estar publicado haciendo todos
los esfuerzos para conservar o restablecer la forma deseada por su autor, ya que contamos
los filólogos con el axioma según el cual toda copia (y por tanto, cualquier edición)
implica la generación de errores.
2. El procedimiento seguido por el editor debe poder ser controlado (y por tanto, falsado)
en todas sus fases por parte del lector.
No es este el momento de pararse en equívocos
que están muy difundidos, pero que no pueden ser tomados en serio. La cualidad textual de
la edición nada tiene que ver con su calidad tipográfica o bibliográfica: libros y
manuscritos de gran belleza y/o rareza pueden dar lugar a ediciones deplorables, y
viceversa. Ni tampoco la fiabilidad filológica tiene que confundirse con la existencia y
la calidad de eventuales comentarios histórico-críticos, que también son de interés
literario: el trabajo ecdótico es premisa indispensable para la lectura crítica, pero
ésta ni lo sustituye ni lo refuerza. Y así sucesivamente.
Sin embargo, debo dedicar algunas palabras a equívocos más serios. En primer lugar, los
relativos a la extendida creencia de que la fidelidad se identifica o se asegura por la
reproducción paleográfica o además anastáticadel testimonio, especialmente
si se trata de un texto único; y que este tipo de reproducción hace inútil cualquier
otro tipo de control. Hay que decir en seguida que debemos estar contentos por la
frecuencia con la que hoy se ponen a disposición de los lectores reproducciones cada vez
más perfectas de manuscritos e impresos raros. Pero éstas no hacen ni superflua ni
inútil la producción, bastante más laboriosa, de ediciones de un tipo completamente
diferente.
Resulta obvio que las reproducciones pueden ser utilizadas por un número de lectores
bastante menor que los de las ediciones de otro tipo. Para leer directamente los
manuscritos de El Cantar del Cid o del Libro de buen amor o las poesías de
San Juan de la Cruz o incluso, por lo que se refiere a los impresos, textos desde finales
del siglo XV hasta el XVII, es necesaria una capacidad propia de los estudiosos y no
del lector no especializado.
En segundo lugar, es necesario distinguir entre los manuscritos autógrafos (o impresos
cuidados por el autor) y simples copias o impresos raros o únicos, pero no cuidados por
el autor. Está claro que el texto de los primeros tiene ya de por sí un valor del que
carecen los segundos. Pero también entre los autógrafos (o impresos cuidados por el
autor) hay que hacer distinciones: podemos tener el autógrafo de una fase de redacción
anterior a la final, y que, por el contrario, solamente nos queden copias de ésta; en
este caso, el texto del autógrafo resultaría de gran interés (más adelante volveré a
hablar de este tipo de problemas), pero el valor que tendrían las copias de la redacción
final sería, en definitiva, mucho mayor.
Por otra parte, es un mito que el autógrafo final, en los casos en que existe, sea de por
sí un texto que no necesite ninguna elaboración crítica. Todos los escritores, incluso
los grandes autores, cometen errores, se distraen, no son consecuentes, y siempre y en
todo caso tienen que ser interpretados. Baste pensar en los usos gráficos (grafía,
puntuación, uso de las mayúsculas, separación de las palabras, etc.), que son siempre
significativos ya por respetar una determinada tradición, que es una tradición cultural,
ya por innovar, separándose de ella. Las costumbres gráficas tienen que ser
interpretadas, y por tanto deben ser comprendidas por el editor y ser comprensibles para
el lector en su significado, cosa que a menudo lleva a la decisión de sustituirlas con
signos modernos de aspecto diferente, pero de función análoga. Basta pensar en el cambio
que con el tiempo ha sufrido el empleo de la coma: el fetichismo del documento puede
oscurecer la comprensión real del mismo.
Admitamos también que la reproducción anastática de autógrafos de las fases de
redacción finales de un texto puede considerarse suficiente por sí misma: habremos
resuelto así una pequeña parte de los problemas que se derivan de la exigencia de tener
un corpus amplio y fiable de textos literarios españoles de cada época. De hecho, es
mucho mayor el número de textos de los que no poseemos este tipo de autógrafos o de
ediciones revisadas cuidadosamente por el autor. En ese caso seguirá siendo necesario
trazar los procedimientos que han de seguirse en los casos en los que no disponemos de un
autógrafo.
La operación preliminar es la fatigosísima y poco gratificante, pero indispensable, de
la recensio. Los filólogos usan el término testimonio, considerando que el texto
es como un enigma policíaco respecto al que cualquier fuente (manuscrita, impresa o
citada indirectamente) puede ser comparada con un testigo, que está en disposición de
aportar al juicio su versión de los hechos, su punto de vista, más o menos auténtico y
útil para una reconstrucción, siempre opinable, de lo que realmente ha sucedido.
El estudio de la literatura española, desde el punto de vista de la recensio, no
parece estar en desventaja respecto a otros, en cuanto que dispone ya de instrumentos de
trabajo utilísimos, pero no es poco lo que todavía queda por hacer. Se podrían citar
obras más antiguas y a veces todavía útiles, pero la Bibliografía de la literatura
española de José Simón Díaz ofrece un punto de partida indispensable, en ella
antes que una bibliografía crítica, se ofrece un repertorio de los testimonios
textuales. Pero debo decir que hay una obra de ámbito más limitado, la Bibliography
of Old Spanish Texts, dirigida con una admirable tenacidad por Charles Faulhaber
(Berkeley), que al principio podría parecer poco útil e incluso burda, pero que a medida
que se han ido sucediendo las ediciones está demostrando con insistencia lo útil que
puede ser, en este campo, la investigación sistemática. La Bibliography demuestra
ya lo que podemos esperar de un banco de datos, impreso o en disco, cada vez más completo
que identifique y haga un listado de todos los testimonios de una franja cronológica de
producción literaria, en este caso la medieval en lengua castellana. Aparecen manuscritos
totalmente desconocidos u olvidados, pero a veces de gran importancia; en todo caso, salen
a la luz incluso textos desconocidos o redacciones desconocidas de textos importantes.
Quizá haya quien dude de que estas operaciones sean útiles, incluso aunque se hagan con
instrumentos tan complejos como los ordenadores. Para demostrar lo contrario, aludo
brevemente a la experiencia que llevé a cabo, hace ya más de treinta años, al empezar a
preparar la edición de las poesías de uno de los mayores escritores del siglo XV
castellano. No se puede decir precisamente que Juan de Mena haya sido alguna vez olvidado:
se habrá convertido en un modelo negativo, pero siempre será un modelo. En definitiva,
no había podido imaginar que, teniendo en cuenta los poquísimos testimonios usados por
los editores, iban a aparecer al menos 52 manuscritos y que de ellos fuera posible
recuperar siete poesías todavía inéditas, de un total de 151 versos. Y esto por no
hablar de las ventajas que una base de documentación tan amplia ha supuesto para la
posterior edición de las poesías menores, recientemente llevada a cabo por Carla De
Nigris.
La Bibliography de Faulhaber y de sus colaboradores y los ejemplos que he dado
afectan a la literatura medieval. Se podrían añadir otros para las obras posteriores,
pero creo que debe decirse que la situación es menos satisfactoria. En España no existe
todavía nada comparable al Institut de Recherche et dHistoire des textes de París.
Sería oportuno y deseable que la Real Academia de la Lengua o el Instituto Cervantes se
propusieran constituir algo análogo, que impulsara, por ejemplo, la constitución y el
progresivo enriquecimiento de un banco de datos electrónico con el fin último de recoger
todas las informaciones accesibles sobre todos los manuscritos y todas las obras impresas
en lengua española y en sus variantes dialectales. Es una compilación grandiosa pero
irrenunciable. Igualmente oportuno sería la constitución de algo similar al Institut des
Textes et Manuscrits Modernes, también en París, o al Fondo Manoscritti di Autori
Contemporanei de Pavía, para recoger con inmediatez los manuscritos de los autores
contemporáneos, antes de que entren en la circulación del comercio de la bibliofilia y
sobre todo antes de que se dispersen o, incluso, sean destruidos.
Es oportuno aclarar inmediatamente que, cuando dispongamos del inventario, por muy
completo que tienda a ser, de los testimonios manuscritos e impresos de todos los textos
literarios españoles, tampoco habremos resuelto todavía el problema de sus ediciones.
Dispondremos sólo del mejor punto de partida, podremos solamente comenzar a interrogar a
estos testigos con la garantía de una base informativa amplia y sin demasiado temor a que
aparezca de improviso un testigo desconocido y valioso.
Sobre el procedimiento que debemos seguir cuando se entra a fondo en el problema de las
ediciones hay profundas divergencias, y no es menor la separación entre la teoría y la
práctica. Hace un siglo y medio se formalizó un método que tomó el nombre de Karl
Lachmann (editor de textos bíblicos, latinos y germánicos), que asume una analogía
entre los testimonios manuscritos y los descendientes biológicos de un origen común y
pretende reconstruir las relaciones genealógicas entre ellos mediante la identificación
de los errores que, al encontrarse los mismos en dos o más de ellos, prueban la
descendencia de un mismo antepasado, en el que tales errores se han producido. En el caso
de que haya errores comunes a todos los testigos, entonces será posible afirmar que todos
descienden de una única copia que los tenía ya, copia a la que llamaremos arquetipo.
De esta forma resulta posible diseñar un verdadero y auténtico árbol genealógico de
los testimonios (el stemma). El texto del arquetipo se reconstruye con seguridad
gracias al testimonio concordante de ramas genealógicas diversas; por el contrario, en
los casos en los que ramas diferentes dan lecturas diversas igualmente valiosas, la
elección del texto se deja a juicio del editor, así como a su criterio corresponde
reparar los errores que se refieran al arquetipo.
El método lachmanniano parece tener una objetividad pareja a las exigencias de una
cultura embebida de positivismo y hace albergar la esperanza (o ilusión) de operaciones
puramente mecánicas. En realidad, el concepto, absolutamente básico, de error carece de
cualquier objetividad y otros muchos aspectos teóricos del método pueden estar expuestos
a importantes críticas. En el plano práctico, todo el que haya intentado aplicar tal
procedimiento sabe que funciona mucho mejor para los estratos más bajos del esquema que
para los altos, mejor en las tradiciones poco nutridas de testimonios que en las ricas,
mejor en los casos de copias pasivas que en las que han sufrido la contaminación y la
refundición.
El éxito del método recibió un serio golpe a finales del primer decenio de nuestro
siglo, mucho antes de que se adoptara por los historiadores de la literatura española:
fue a causa de la comprobación de Joseph Bédier de que gran parte de los stemmas lachmanianos
construidos por los editores daba como resultado dos ramas; en esta situación, que tenía
muy poco que ver con la realidad, sin embargo, les dejaba libres para intervenir
ampliamente en la constitución del texto, con lo que actuaban de una manera mucho más
subjetiva de lo que pretendían. Frente a una manera de proceder como ésta, muy
dependiente de la intervención del editor en la constitución del texto, Bédier
reivindicaba los derechos de la historicidad concreta de los testimonios, que había que
privilegiar frente a los artificios de los editores, para lo que propuso un método
alternativo: la selección del mejor testimonio al que atenerse, siempre que no estuviera
equivocado. Un caso ejemplar fue el de la Chanson de Roland, cuya tradición
manuscrita, a pesar de todo, está constituida por un códice que todos reconocen como
superior a los demás, muy reelaborados, por lo que la elección tras sopesarlo
todo resulta obligada, pero no se puede decir lo mismo del método utilizado con el
códice privilegiado.
El método de Bédier insiste mucho más en la pars destruens que en la construens.
La llamada a la historicidad y a la realidad del testimonio es saludable y
justificada, pero bastante más problemática es la elección del mejor testimonio. En
realidad, el éxito de esta propuesta está sometido a la circunstancia de que parece que
así se justifica la ignorancia o al menos el conocimiento superficial del
resto de la tradición, con ventaja para el texto de aquel testimonio que ha sido
considerado el mejor con razones más o menos válidas: su integridad, legibilidad,
coherencia, aparente corrección, incluso el hecho de que esté en una biblioteca
fácilmente accesible.
La discusión entre partidarios de Lachmann y de Bédier ha sido interminable, a veces
encendida, pocas veces provechosa. En España ambos métodos fueron acogidos tarde, aunque
hayamos tenido óptimos ejemplos de ediciones científicas. Ha prevalecido un empirismo un
poco diletante, que podría ser considerado como una forma débil (y a menudo ignorante)
de bedierismo: se da preferencia a un testimonio elegido sin demasiada sutileza y se
concede al editor amplia licencia para intervenir, ya sea conjeturando o recurriendo a
otros testimonios, elegidos más o menos al azar. La mayor parte de las ediciones
corrientes de clásicos españoles es de este tipo. Su fiabilidad está por debajo del
umbral exigido a la ciencia, ya sea porque la base testimonial es bastante escasa y
casual, o porque las comprobaciones por parte del lector son muy limitadas o nulas. Así,
se entiende la reacción que me atrevo a llamar fetichista. Aludo, por ejemplo, al gran
trabajo del Seminario Hispánico de Madison, Wisconsin, que produce ediciones de textos
medievales basados en un único testimonio y casi sin intervención del editor, ni el
recurso a otras correspondencias críticas, salvo el aparato de variantes más o menos
utilizables. |
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Pero también en este caso estamos lejos del objetivo de lograr disponer de un corpus
crítico adecuado de los textos literarios españoles de todos los tiempos. Estamos lejos
por dos motivos diferentes: no sólo por el hecho de que la mayor parte de las ediciones
suelen basarse en un único testimonio, sino también porque olvidamos un aspecto
fundamental de la historia de la cultura, que es la historia de la tradición.
Esto resulta claro a través de la metáfora por la que llamamos testimonio, es decir,
testigo, a cualquier ejemplar manuscrito o impreso de un texto. Cualquier
lector de novelas policíacas sabe bien que lo que dice un testigo, para recabar una
verdad que desconocemos, debe ser valorado en relación con su mentalidad, su capacidad,
sus intereses y su punto de vista. En definitiva, el testimonio adquiere sentido en, y a
través de, la situación del testigo ante la realidad. En la crítica textual esto es
aún más cierto: todas las copias (y todas las ediciones) constituyen un fenómeno
cultural, resultan de unos intereses específicos, responden a unas exigencias de gusto, y
se sitúan en lo que se denomina historia de la recepción de un texto. Copias y ediciones
tienen cada una un sentido y un valor por sí mismas, aparte de lo que nos muestran de
otra copia o edición perdida o ausente, de la que proceden inmediatamente o del arquetipo
o incluso del original.
Por tanto, los testimonios son fenómenos culturales de la historia. Pueden tener poca o
mucha originalidad, poco o mucho valor, pero rara vez carecen de sentido. El conjunto de
estos fenómenos culturales de los que se han conservado y de los que se han
perdidoconstituye una historia, la de la tradición del único texto en conexión
con la historia de las tradiciones de otros textos, que es un capítulo importante de la
historia de la cultura en su conjunto. Por tanto, en cualquier caso sería preciso
estudiarlo. Incluso los que no compartan las posturas de la escuela alemana que tiende a
identificar historia de la literatura con historia de la recepción, admitirán que es
bastante significativo saber dónde y cómo ha sido compilado y difundido un texto. La
historia de la tradición de las obras literarias medievales españolas resulta así un
capítulo de la historia de la cultura española posterior a la Edad Media. Es muy
significativo que después de 1500 hayan sido poquísimas las obras anteriores a los Reyes
Católicos que han encontrado la vía de la impresión (o incluso de la copia manuscrita)
y que estas pocas fueran casi siempre jurídicas o históricas, pero no literarias. La
historia de la tradición del Romancero, por citar otro ejemplo, es de por sí una
contribución a la reconstrucción de la historia de la cultura española.
Pero limitémonos a considerar la tradición en función del propio proceso de edición:
en rigor, cualquier tradición textual resulta diferente a cualquier otra, pues es el
medio a través del que se destaca la problemática específica de un texto. Dado que el
trabajo del editor es fundamentalmente una restauración, sólo la verificación de su
historia particular le permite intervenir en él, encontrar y aplicar una fórmula única
que se adapta a ese texto pero que puede no adaptarse a otros: exactamente lo mismo que
sucede con un edificio o con un cuadro. Cualquiera de los presentes recordará, por citar
un ejemplo concreto, cómo la reciente restauración de Las Meninas ha ido
acompañada de un profundo estudio de la historia del cuadro, documentado por una
excelente exposición en el Prado. Análogo debe ser el modo de proceder del editor de
textos.
Pudiera alguien tener la impresión de que rechazo tanto el método de Lachmann como el de
Bédier, o incluso cualquier método. Nada menos cierto, pues trato sólo de mostrar que
ningún método editorial puede tener un valor absoluto, ni puede aplicarse sin atender a
la naturaleza de la obra y a su tradición histórica. El fin que nos proponemos al
publicar científicamente un texto sigue siendo el mismo que enuncié al principio (la
restauración de la voluntad de autor), los criterios de máxima son igualmente constantes
(inventario de todos los testimonios, su estudio en profundidad, conocimiento de sus
relaciones recíprocas, etc.). Lo que no puede ser constante es la terapia de
restauración, que debe depender caso por caso de las circunstancias.
Hasta ahora he hablado del original como de un texto fijo, ne varietur, pero muchas
obras literarias del pasado o del presente tienen, por el contrario, una compleja historia
de redacción, pasan a través de más de un original. Antes o junto a la historia de la
recepción está la del texto. Para las obras del pasado más lejano este segmento
genético frecuentemente se ha perdido, o es indemostrable o altamente problemático, como
en el caso del Libro de buen amor. Más tarde la situación cambia, al menos a
partir, de casos como los de San Juan de la Cruz o de Fernando de Herrera.
En estos casos no tiene sentido invocar a Lachmann o a Bédier. Para estos problemas, más
que nunca, el método editorial debe depender del estado de los testimonios y de la
reconstrucción de su dinámica. Sólo una sólida hipótesis sobre la diacronía de los
materiales de redacción permite encontrar una solución concreta que ponga a disposición
del lector cada una de las fases autónomas, sin subordinar a la final o a la que
consideramos como la mejor. Todos los materiales intermedios, las aproximaciones, las
correcciones, los progresos, se muestran en relación a la fase textual autónoma hacia la
cual llevan o de la cual se apartan. El texto, que consideramos entidad finita y cerrada,
se convierte en un proceso. Se entiende cómo en este caso, más que nunca, el editor debe
mostrar todos los materiales y explicar por qué los ha valorado y ordenado en un
determinado modo. Sólo así un texto se hace comprensible y verificable en su
elaboración.
Insisto una vez más sobre la verificación. Obviamente la exigencia es análoga en todos
los tipos de ediciones, y es fundamental. Para que una operación sea científica es
necesario que se pueda verificar, en definitiva, que sea explícita y que el recorrido
realizado por el científico pueda repetirse y eventualmente ser refutado. El principio
vale para todas las ciencias, incluso para la ecdótica, de forma que las ediciones que no
satisfagan esta exigencia no son científicas; puede que sean útiles e incluso estar bien
hechas, pero seguirán siendo intrínsecamente diletantes. Tenemos hoy cierto número de
ediciones científicas de textos literarios españoles, pero son todavía pocas. El deber
que nos podríamos imponer es que por cada texto relevante de la literatura española
exista en un plazo breve de tiempo al menos una edición de nivel científico.
He dicho ya que las explicaciones de los criterios editoriales es algo completamente
diferente de la lectura crítica en sentido literario. Pero ahora debo precisar que un
grave error muy difundido entre quienes practican la crítica del texto consiste en
sostener que el trabajo de constitución del texto se pueda separar en sentido abstracto
del de interpretación. Esto sólo es verdad en el sentido de que el texto, una vez
constituido, es el punto de partida para múltiples lecturas e interpretaciones, pero es
peligrosamente falso si pretende que la operación de restauración del texto sea
autónoma y, separable de la de entenderlo. Si es verdad lo que hemos dicho antes, que
publicar científicamente un texto significa elaborar de forma racional y, verificable
todo el material tradicional, esto supone como consecuencia que cualquier operación
llevada a cabo por el editor, no sea nunca automática, pues ha de estar fundada en un
juicio interpretativo. Por otra parte, es evidente que la misma noción de error, que en
cualquier caso resulta esencial para realizar una edición, se basa en un juicio
hermenéutico. El error es lo que no tiene sentido en relación al contexto o a cuanto
atendemos por las más diversas razones; el error no es tal de por sí, ontológicamente,
sino en cuanto lo consideramos como tal. Una lectura, naturalmente, puede ser errónea en
un autor o en un contexto y correcta en otros.
Esto no significa que la interpretación haya de servir para prevaricar el texto. Ésta no
debe vincular al lector a la elección del editor y debe ser clara pero con discreción,
sin extenderse bajo o junto al texto. Vuelvo a un ejemplo aparentemente nimio, pero a
menudo decisivo: la puntuación. Cuando un texto está muy lejano del uso moderno, ya por
la escasez de signos de puntuación (como en la Edad Media), ya por exceso de ellos (como
en la época barroca), el lector puede encontrarse con problemas, motivo por el que el
editor debe actualizar la puntuación de forma que transmita las mismas informaciones que
quería dar el autor, pero con los convencionalismos de hoy, y debe explicar aparte los
criterios a los que se ha atenido. En bastantes casos, las soluciones posibles serán
múltiples y algunas decisiones editoriales podrían anular esta multiplicidad; es
oportuno, por tanto, adoptar una puntuación clara pero ligera, que sugiera pero que no
condicione, que ayude pero que no ate. En cuanto al comentario interpretativo, cuando es
exuberante, acaba por distraer e imponerse. Lo que es obvio y claro no es necesario
comentarlo, pero en los pasos difíciles u oscuros creo que el editor debe declarar lo que
ha entendido y, si es necesario, reconocer que no lo ha entendido, para que el lector
colabore con él en la operación abierta de la interpretación.
En un congreso de Lengua Española sería imperdonable no tratar de los problemas
lingüísticos que plantea cualquier edición. Cada texto, y si es literario
especialmente, es en primer lugar una construcción lingüística compleja, y por otra
parte, precisamente por esto, no puede ser editado sin ser interpretado. Pero de esta
circunstancia fundamental derivan consecuencias complejas. No siempre resulta claro que
las decisiones que tome el editor en relación con la constitución de un texto,
proporcionen resultados importantes para quien usa el texto como fuente lingüística.
Pondré un solo ejemplo relativamente fácil de enunciar (pero dificilísimo de
resolverse). De algunas obras medievales tenemos testimonios con un aspecto dialectal
divergente, por ejemplo uno con trazos occidentales (leoneses) y otro con orientales
(aragoneses). Si decidiéramos que es posible o necesario publicar un texto compuesto,
¿insertaríamos lecturas de aspecto dialectal oriental sobre un fondo occidental, o
viceversa? El resultado sería un vestido de Arlequín. ¿Traduciremos una lectura
«occidental» pintándola de forma «oriental» o viceversa? ¿Sobre qué base o con qué
autoridad? ¿Decidiremos, por ejemplo, sobre la base de las rimas, cuál sería la
variedad dialectal original y lo volveríamos a escribir todo en esta forma? Sería algo
falso, y sobre todo absurdamente homogéneo, donde ninguna realidad lingüística lo es.
Nuestra situación de editores no mejora mucho si decidimos seguir un método conservador.
Si tenemos motivos para defender que el original tenía un determinado colorido dialectal,
pero ninguno de los testimonios lo conserva, en ningún caso podremos reescribirlo de
nueva planta. Y si lo que se conserva es un testimonio muy defectuoso, la elección
tendrá que hacerse entre dar un texto mejor, pero con un colorido no original, o con el
colorido original pero con continuas correcciones.
En conclusión, resulta evidente que el problema de la sistematización lingüística del
texto es todavía más delicado que el de la fijación del texto mismo. Aquí es fácil
aceptar, aunque con cierta prudencia, un cierto número de intervenciones (selección de
lecturas de testimonios diversos o conjeturas), pero para la lengua las dificultades son
tanto mayores cuanto menos estandarizada esté. Quien trabaja con textos latinos o
españoles de los últimos siglos, da por descontado (con razón o sin ella) que en ellos
el polimorfismo lingüístico es excepcional y, por tanto, se cree autorizado a intervenir
basándose en el principio de analogía, que en este caso se llama usus scribendi. Pero
si el texto está en español medieval, el polimorfismo es la regla y no estamos
autorizados a crear una variación no documentada, de la que no estamos en situación de
definir reglas ni límites, ni a hacer desaparecer la existente.
También desde este punto de vista, volvemos a la exigencia de un escrupuloso respeto de
lo que es auténtico. Nótese que digo «auténtico» y no «original». Para el
lingüista, de hecho, lo que es auténtico es también, a su modo, original. Si, por
ejemplo, en un manuscrito del siglo XV de don Juan Manuel tenemos una lectura que podemos
demostrar que no ha salido de la pluma del escritor, para el lingüista ésta es
igualmente auténtica, sólo que no se refiere al autor sino al copista, no al siglo XIV, sino al XV. Por el
contrario, una corrección de un editor moderno, en el mejor de los casos (cuando se
reconoce como tal) no le sirve de nada al lingüista, y en el peor, lo engaña, porque le
hace pensar que el propio don Juan Manuel hubiera escrito la forma que ha sido creada por
el editor moderno.
Se dice que en los momentos creo raros en que don Ramón Menéndez Pidal se
dedicaba a sus nietos, a éstos les gustaba hacer con él un juego que ponía a prueba la
extraordinaria erudición del abuelo: le leían unas cuantas líneas de un texto y le
pedían que adivinara qué era. Si el texto era breve y sin otros indicios, don Ramón
debía juzgar basándose en los aspectos lingüísticos. Pero a veces ocurría que su
respuesta era rechazada por sus nietos triunfantes, porque el texto era más antiguo de
cuanto creía el doctísimo abuelo. Lo que ocurría era que ellos habían tomado el
párrafo de la Biblioteca de Autores Españoles, cuyas ediciones, poco respetuosas,
destrozaban el prestigio doméstico del gran maestro.
Ahora bien, las ediciones de textos literarios hechas con el fin de servir también al
lingüista, deben ser extremadamente respetuosas con su vestido habitual y, por las
razones de explicitud Y control a que me he referido antes, no pueden faltar las
anotaciones lingüísticas. No me refiero a un glosario de las palabras difíciles o
desusadas, que es ciertamente útil, pero que afecta sólo a un aspecto particular de la
lexicografía. Hoy, se puede despojar íntegramente un texto, sin moverse uno de su
domicilio, con un ordenador personal normal y con simples, pero óptimos, programas. Esto
permite realizar exámenes bastante más variados, complejos y profundos, que van de los
usos gráficos a la sintaxis, de la morfología a la semántica. Para obras de una cierta
dimensión podrían prepararse en volúmenes separados el texto y el estudio
lingüístico.
En cualquier caso, sería oportuno que la Real Academia o el Instituto Cervantes se
propusieran realizar una nueva colección de textos literarios españoles de todos los
tiempos, de elevada fiabilidad científica y que estuvieran además acompañados de
glosarios o concordancias y de estudios lingüísticos. La colección sería, por los
textos, el punto de referencia para reimpresiones de tipo más comercial y
proporcionaría, por los glosarios o concordancias, una base de materiales ricos y
homogéneos para una nueva consideración del español en todas las épocas y en todas sus
formas.
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* Traducción del italiano
de D.ª Pilar Palanco. |
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