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El DRAE
Gregorio Salvador. Real
Academia Española |
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La nueva edición del DRAE, la vigésimo primera, acaba de aparecer en las
librerías y hace cuatro años escribía yo que, entre las previsibles desilusiones que
nos pudiera traer el noventa y dos, confiaba en que no fuera una de las mayores la de esta
edición que preparábamos. Ya estarán por ahí afilando sus estiletes los críticos
contumaces, los que esperan una perfección inencontrable y los que hiperbolizan y
destacan las inevitables imperfecciones, va nos estarán echando los perros en busca de
las pistas perdidas, a la caza del imprevisto gazapo, y se estarán regodeando en los
círculos viciosos, que todos los vicios tienen adictos, aunque sólo sea con el pretexto
de denunciarlos; ya estarán, en fin, cargando sus escopetas para dispararnos las primeras
andanadas. Puedo adelantar que serán bien recibidas las críticas si son de recibo, y que
la Academia ha agradecido siempre cualquier observación atinada, porque el Diccionario
académico es, por principio, de todos los hispanohablantes y lo que ha hecho y viene
haciendo la Academia, aunque a veces se equivoque, es dar fe de los usos comprobados,
cuando son buenos y de general aceptación.
A mi juicio, enteramente personal, es más lo que sobra que lo que falta, aunque pronto
nos empiecen a señalar olvidos y carencias, porque ha sido tradicionalmente reacia la
Academia a eliminar lo que ya había aceptado. Confieso que he leído la primera página
con temor. Los dos primeros sustantivos que el diccionario venía ofreciéndonos, uno
desde su primera edición, otro desde 1884, han desaparecido por fin. ABA «Medida
de longitud equivalente a dos anas que se usó antiguamente en Aragón, Valencia y
Cataluña», y ABAB «Marinero turco libre que se empleaba en las galeras a falta
de forzados». El medievalismo de una y el arcaísmo de la otra ya se expresaban,
adverbial o verbalmente, pero era fácil suponer que la primera, referida en textos
documentales a la ciudad de Lérida, de ser algo sería voz catalana, pero no lo es,
según Corominas, sino una palabra fantasma que se ha alojado durante 267 años en nuestro
Diccionario oficial y tan a la vista. En cuanto a la segunda, es una voz turca
sin más, que incluyó el P. Terreros en su Diccionario, sin ocultar su origen, y
que saltó a la duodécima edición del DRAE, en 1884, desde el Diccionario
Enciclopédico de Gaspar y Roig. A mí el vocablo espectral y el inquietante marinero
turco, así tan en la puerta, me desazonaban sin que yo lo pudiese remediar. Y estaba
temiendo que poseyeran extraños poderes ultraterrenos y que no hubiese manera de
desalojarlos, porque ni la evidencia del Diccionario histórico lo había logrado.
Pero ya está libre de ellos la página primera y eso nos permite adentrarnos en el Diccionario
con mayor confianza y seguridad, sin espectros ni turcos en la retaguardia. Se han hecho
muchos barridos de estos, aunque hayan quedado algunas brozas y no pocas rinconeras. De
hecho, toda edición supera la anterior. Y hay esperanzas fundadas de que la próxima
mejore considerablemente la presente, con nuevas técnicas, con nuevos planteamientos, con
nuevos métodos de revisión. Sin embargo, quiero repetir aquí lo que muchas veces ya he
dicho: No podremos tener un diccionario de la lengua española que alcance la excelencia
que han logrado ya los de otros idiomas, inglés, alemán, italiano o francés, mientras
no completemos el Diccionario Histórico, porque no existe en absoluto posibilidad
de tener un buen diccionario selectivo, un certero diccionario de uso, sin la base de un
diccionario de esa clase, de un tesoro integral de la lengua. No quiero pisarle su
intervención al presidente de la mesa, pero todos esos críticos despiadados del DRAE bien
podrían gastar sus fuerzas en echar una mano al Histórico, porque a los de todas
esas lenguas que he dicho no les faltaron colaboraciones y ayudas de todo tipo, estatales
y privadas, individuales y colectivas; se consideraron tales obras como una empresa común
y en España, en cambio, casi nadie ha acudido, en más de cuarenta años, a la llamada
que en su día hizo Julio Casares, su iniciador, a los amantes del idioma, que resultaron
ser pocos y escasamente apasionados. Ahí han de centrarse todos los esfuerzos, si
deseamos verdaderamente poseer algún día un diccionario lo bastante solvente y seguro,
que ofrezca suficiente fiabilidad. Y no sólo el académico, sino cualquiera de los otros,
que lo que han hecho, tradicionalmente ha sido copiarlo en gran medida, pues al fin y a la
postre el método consagrado de la lexicografía es el plagio con correcciones, porque
bien mirado no hay otro y todo lo que está bien en los que existen hay que mantenerlo,
tal cual, en los que se vayan haciendo.
De todos modos, dejando a un lado lo que de bueno o de malo pueda tener el Diccionario
académico, conviene reflexionar unos instantes sobre lo que es y sobre lo que representa.
A comienzos de este siglo, Ferdinand de Saussure estableció que la lengua es un sistema
de signos mutuamente relacionados que existe «en la forma de una suma de acuñaciones
depositadas en cada cerebro, más o menos como un diccionario cuyos ejemplares,
idénticos, fueran repartidos entre los individuos». Como toda la lingüística
contemporánea ha sido, de un modo u otro, una prolongación de su pensamiento, las
imágenes usadas, en sus explicaciones, por el sabio suizo se han convertido en un lugar
común y todos convenimos en que el hablante de una lengua lleva, idealmente, en su
cerebro un diccionario y una gramática de esa lengua, lo que constituye su modo de
posesión de ella, lo que técnicamente denominamos su idiolecto. Bien es verdad que el
propio Saussure se apresuró a matizar que la lengua no está completa en ningún
individuo y que sólo existe entera y perfecta en la colectividad. Diré yo ahora que lo
que resulta casi idéntico en todos los hablantes de un idioma es el sistema gramatical
grabado en su mente, que los guía en la construcción adecuada de sus frases, y asimismo
el sistema fonológico que les permite distinguir, sin error, las palabras que escuchan,
pero no así el diccionario. La posesión del léxico, cuantitativa y cualitativamente,
difiere mucho de unas personas a otras y nadie nunca, ningún hablante de ninguna lengua,
ha poseído ni puede poseer en toda su extensión el vocabulario íntegro de la lengua que
habla. Como no lo posee todo, lo puede seguir acrecentando durante toda su vida y la
extensión de su vocabulario nos dará la exacta dimensión de su cultura. |
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El hablante reconoce en su lengua un producto de la tradición colectiva y se sirve de
ella para comunicarse con los demás, para vivir con los otros. Suele tener conciencia de
su valor instrumental y de que es un bien público, no sólo suyo ni enteramente suyo, del
que puede hacer uso hasta donde sea capaz de manejarlo. Sabe que hay más palabras de las
que el utiliza, que a veces oye vocablos cuyo significado se le escapa y, a poca
instrucción que posea, sabe también que esas otras palabras están en el diccionario; de
ahí que llegue a considerar, con acierto, ese libro como una necesaria e insustituible
prolongación del idioma. Su lengua tiene la dimensión de su memoria y esa otra latitud
externa que le proporciona el diccionario.
Esto explica la importancia social del diccionario, su multiplicación editorial, su
presencia constante el único libro en muchos hogares, la atención que
concita y hasta el hecho de que llegue a suscitar un cierto sentimiento reverencial y
respetuoso en sus usuarios, porque él resolverá sus dudas y les dirá siempre la última
palabra sobre las palabras. Y esa última palabra, esa verdad definitoria, los
hispanohablantes se la han venido atribuyendo al Diccionario de la Academia, que
tiene valor normativo, que dirige pleitos, que zanja discusiones. Un diccionario que se
considere autorizado, que establezca la norma léxica, que perfile la propiedad
semántica, es pieza esencial en la conciencia idiomática colectiva y ayuda valiosísima
para cada sujeto hablante y de ahí esa preocupación generalizada por el DRAE. Pocos
libros, por lo tanto, tan necesitados de rigor en su construcción, de esmero en su
elaboración, de atención en sus detalles como estos en que se ordenan alfabéticamente y
se definen las palabras del idioma y más aún si se trata, con justeza o sin ella
no quiero entrar ahora en esa cuestión del Diccionario modelo, del
que establece la norma y posee la autoridad que le confiere su prestigio y que debe seguir
manteniendo, en aras de la unidad lingüística, de la coherencia idiomática.
Y los dispenso a ustedes de escuchar la lectura del último folio, porque vamos escasos de
tiempo, el mío se concluye en este instante y, aunque sólo sea de modo indirecto, les
recuerdo que el principio de economía, del que nada se ha dicho, es fundamental y básico
en cualquier tarea lexicográfica.
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