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Tradición e
innovación en las investigaciones
en la historia de la lengua española
Paul M. Lloyd. Universidad de
Pennsylvania |
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Dentro de las limitaciones de espacio y tiempo de que dispongo para esta breve
contribución al congreso, me veo obligado a ofrecer algunas ideas más bien en forma de
escorzo en vez de presentarles un comentario detallado. Si dejo de mencionar algunas obras
o algunos temas de valor, no será por falta de buena voluntad tanto como por la brevedad
necesaria en una ponencia de este tipo. No puedo hacer una reseña de todas las obras más
importantes de años recientes, tarea además ya realizada con gran claridad y concisión
en un estudio de Thomas J. Walsh (1990) a quien remito para detalles bibliográficos.
Mi tema consta de dos divisiones grandes: tradición e innovación, lo cual no significa
que no sea necesario distinguir entre otras subdivisiones conceptuales, o sea, la
posibilidad de innovación dentro de la tradición y la innovación conceptual a que puede
contribuir aspectos y elementos de la tradición. Veamos unos ejemplos.
Una de las obras más tempranas de historia lingüística del español es la de Bernardo
José de Aldrete, Del origen y principio de la lengua castellana ó romance que oi se
usa en España del año 1606. En este libro Aldrete presenta como prueba de su tesis
de que el castellano o romance es descendiente directo del latín traído a la península
una serie de lo que hoy podríamos llamar «leyes fonéticas». Es decir, Aldrete cita
listas de palabras latinas de toda clase y sus equivalentes en castellano, mostrando por
la regularidad de las equivalencias que debe haber una conexión directa entre el étimo
latino y su reflejo moderno. A pesar de que Aldrete no había adoptado como suyo el lema
de los Junggrammatiker que «las leyes fonéticas no conocen excepciones», es evidente
que en práctica obraba con el concepto. Desde entonces, todas las gramáticas históricas
del español (como de otras lenguas) han empezado con un estudio más o menos extenso de
los sonidos de la lengua y su evolución. La gran ventaja ofrecida por el estudio de la
fonética es la limitación necesaria a un grupo no muy extenso de unidades, lo que
permite al investigador hacer un estudio bastante completo. Además, los sonidos son
elementos que esencialmente carecen de significado por sí mismos y sólo en otro plano de
la lengua, la morfología, ganan significado y función.
Una parte de la tradición de la fonética histórica es la limitación del estudio al
establecimiento de correspondencias diacrónicas entre los étimos y sus reflejos
medievales y modernos como hizo Aldrete (Aldrete, Libro II, cap. X) sin ninguna tentativa
de explicar esas correspondencias. El investigador puede considerar un gran numero de
tales correspondencias como testimonio suficiente para mostrar una descendencia histórica
del español del latín (con exclusión, naturalmente, de los préstamos cultos). Esta
tradición seguirá en el futuro, sin duda, pero otro aspecto de la tradición seguramente
cambiará. Los manuales de gramática histórica tradicionales suelen limitarse
precisamente a los sonidos individuales sin más ni más. Esta tradición se ha llamado en
algunos lugares el punto de vista «atomístico». Por ejemplo, podemos ver en el Manual
de Menéndez Pidal, y el de García de Diego y los más recientes de Lathrop y Resnick
que por lo general sus autores presentan cada sonido (o cada letra) y cada combinación de
sonidos, uno por uno. A veces, como en el manual de Menéndez Pidal, hay una discusión
bastante extensa de las palabras excepcionales.
En esta tradición no se suele discutir las conexiones posibles entre diferentes sonidos
que muestran cambios semejantes ni se extiende el estudio de los cambios fonéticos más
allá de la descripción escueta con poca atención a la explicación de por qué y cómo
ocurren los cambios. Así Menéndez Pidal menciona la pérdida de la cantidad vocálica
del latín antiguo, pero fuera de eso no dice nada sobre las causas ni el proceso de la
isocronía. Otros cambios importantes se mencionan a veces pero como si su desarrollo no
necesitara explicación. Un ejemplo notable es el caso del ensordecimiento de las
sibilantes sonoras del castellano medieval, sin duda un cambio único en las lenguas
románicas occidentales. Menéndez Pidal, por ejemplo, dice en una línea que las
sibilantes sencillas intervocálicas se confunden desde el siglo XVII (pág.
113), y en otra que las africadas asibiladas también se confunden (pág. 149) pero es lo
único que dice del asunto. No menciona que hay quizá una conexión entre los dos
fenómenos. Hanssen y García de Diego ni siquiera hablan una vez del asunto, y Lathrop
hace una sola referencia al ensordecimiento de las sibilantes intervocálicas (pág. 88).
Resnick informa al lector del ensordecimiento en una página sin detalles (pág. 111). Una
excepción a esta indiferencia hacia las causas de los cambios es el famoso cambio de /f-/
> /h-/, que casi todos parecen sentir que necesita alguna explicación, siquiera en
algunas frases.
Uno de los temas más importantes de las ciencias humanas en el siglo veinte es el
concepto de la «estructura», o sea la idea fundamental de que los elementos en una
actividad humana tienen que estudiarse como unidades dentro de un sistema. Es decir, estos
elementos, de cualquier naturaleza que sean, sólo pueden comprenderse plenamente si se
los considera no como entidades aisladas sino como partes de una red de relaciones de la
que ganan su «valor». Esta innovación nos ha permitido comprender mejor el desarrollo
fonético de los sonidos de una época histórica a otra, partiendo de la idea de que todo
cambio fonético tendrá repercusiones en las otras unidades del sistema. Esta
orientación puede contribuir a una explicación de la dirección que toman los cambios
fonéticos que falta en los libros tradicionales. Así es que en estudios más recientes
se nota que en vez de sólo presentar los cambios de la forma más breve posible hay por
lo menos un esfuerzo de mostrar por qué estos cambios ofrecen un problema al investigador
y cuáles son sus causas posibles, como se ve en Lloyd (1987), y en menos detalle en los
manuales de Cano Aguilar y Penny. El manual de fonética histórica de Ariza Viguera es un
ejemplo notable de este cambio de punto de vista. Podemos suponer que desde ahora será
imposible hablar de los cambios fonéticos sin tener en cuenta la necesidad de buscar
explicaciones de éstos.
El estudio de la morfología nominal y verbal también forma parte esencial de la
tradición «fonética», por decirlo así, siendo los morfemas algo parecido en su
aspecto concreto a los fonemas de una lengua. Aunque es difícil separar claramente la
morfología y la sintaxis (y algunos ni quieren hacerlo, prefiriendo hablar de
«morfosintaxis»), el desarrollo fonético de los morfemas, sobre todo los que forman
parte de los paradigmas, suele ser un tema de importancia en la tradición de la
gramática histórica. Al mismo tiempo, como los morfemas forman parte de los sistemas
verbal y nominal, es más obvio que en el caso de los fonemas que sus cambios se deben a
más que a cambios físicos. La analogía, que ha hecho un papel tan importante en el
cambio morfológico, obliga al investigador a pensar, por lo menos hasta cierto punto, en
las causas del cambio dentro de una estructura. Así vemos en los manuales tradicionales
una sección de morfología, si no tan grande que la fonética, por lo menos, de alguna
extensión. Por ejemplo, en el Manual de Menéndez Pidal hay 130 páginas sobre la
morfología, en contraste con 170 de fonética, mientras que García de Diego tiene una
proporción menor de morfología a fonética: 55 páginas a 125.
En cuanto a la evolución de la formación de palabras varía grandemente en los textos
más conocidos. Siendo, como es, por lo menos una parte de la lexicología, los
investigadores pueden creer que no forma parte esencial de la gramática histórica.
Menéndez Pidal tiene solamente 7 páginas en contraste con 50 páginas en Hanssen y 36 en
García de Diego.
Dentro de esta tradición de estudio del desarrollo fonético-morfológico, una
innovación que seguramente va a contribuir al estudio completo será el hallar nuevas
fuentes de información para los cambios fonéticos y quizá morfológicos. Podemos
mencionar de paso las concordancias del Dictionary of the Old Spanish language (de
Lloyd Kasten y John Nitti, de próxima aparición en la Universidad de Wisconsin)
(Dworkin). (El diccionario del español medieval de Müller también será una gran ayuda
a los investigadores). El haber puesto en forma magnética para uso de los ordenadores
modernos hará posible una riqueza de datos que antes era sólo posible con muchísimos
años de lecturas de ediciones que muchas veces no reflejaban fielmente los manuscritos
originales. El tener a mano del estudioso estas fuentes seguramente nos permitirá hacer
muchas precisiones en el futuro (véase por ejemplo el artículo-reseña de Craddock,
1985-86). Aquí una innovación resulta de la nueva tecnología del ordenador electrónico
que ha contribuido tanto a la manipulación de cantidades enormes de datos en la última
parte del siglo veinte. El DOSL evita muchos errores (no todos) que se deben a las
ediciones defectuosas de textos medievales mediante el uso de los manuscritos antiguos
más fidedignos para las transcripciones electrónicas en que se basa el diccionario.
También estudios recientes más detallados y de aspectos de la fonética no estudiados
profundamente hasta ahora podrán presentar nuevos hechos sobre la fonética histórica.
Las obras detalladas de Pensado (1981, 1983) seguramente serán una fuente valiosa, como
se ve en un estudio reciente de Craddock (1991) que demuestra lo que debe llamarse una
nueva «ley fonética» del castellano. Y por lo que se hace a otros estudios que no han
formado parte de lo tradicional en el estudio de la historia lingüística, abajo se hará
referencia.
Aquí podemos considerar también unas innovaciones conceptuales sobre lo que debemos
considerar las fuentes del románico medieval. La obra maestra de Menéndez Pidal, Orígenes
del español, por primera vez hizo uso de textos que parecían estar escritos en lo
que modernamente llamaríamos latín. Concentrándose en los «errores» de escritura
Menéndez Pidal percibía no simples errores debidos al descuido sino indicios de la
pronunciación vernácula del día. El que Menéndez Pidal considerara las variantes
ortográficas como paralelas a la variación fonética de los estudios dialectales de su
día le permitía encontrar los comienzos de los cambios fonéticos típicamente
castellanos mucho antes de lo que se había creído posible antes. La concepción de
Menéndez Pidal parecía muy moderna en ciertos aspectos (Lloyd, 1971). Es decir,
Menéndez Pidal creía ver en estos textos testimonio directo de la variación producida
cuando una tradición antigua cede terreno gradualmente ante una nueva tradición
fonética con la que está en competencia. A pesar de que puede haber ciertos reparos en
cuanto a la manera en que Menéndez Pidal recogía sus materiales (p. ej., Torreblanca,
1989-90), la originalidad del maestro no podría contestarse.
Menéndez Pidal nunca llevó a su última conclusión las implicaciones de su punto de
partida, y se limitaba mayormente a la variabilidad fonética con unas pocas páginas
sobre la morfología y la sintaxis. últimamente hemos visto una verdadera innovación
conceptual que ofrece la posibilidad de revolucionar nuestra actitud hacia las fuentes
utilizables para la investigación de los orígenes del románico. La tesis de Roger
Wright (1982) sobre la interpretación de los textos escritos en la Europa románica
después del fin del gobierno imperial (y antes también) ha suscitado un interés enorme.
Según la interpretación de Wright y otros, podemos considerar los textos escritos de la
época carolingia en territorio románico no ejemplos de lo que hoy nos parece «otra
lengua», es decir, «el latín», sino sólo la forma establecida para escribir la lengua
románica cotidiana. Es decir, no hay que confundir la situación en la Europa románica
con la de los territorios no románicos como la Gran Bretaña, Irlanda, y la tierra
germánica y céltica de Europa donde en efecto lo que se escribía era de verdad una
lengua claramente distinta de la hablada (Wright, 1991 a). Si contiene por lo menos
una parte de la verdad, la tesis de Wright nos permitiría utilizar muchos textos que
antes se excluían del campo de «lo románico», como, por ejemplo, colecciones de
cartularios municipales y otros documentos escritos por escribanos inferiores que
carecían de un conocimiento activo del lenguaje literario de las grandes obras clásicas
y las obras de los padres de la iglesia (Blake, 1987). Y no tendríamos que limitarnos a
lo fonético, como había hecho Menéndez Pidal. También la sintaxis de estos documentos
podría ilustrar bien la sintaxis del romance de su tiempo y no solamente la fonética
(Blake, 1991, 1991 a; aparecerá).
Este punto nos lleva a una consideración de un aspecto del desarrollo histórico que
tradicionalmente no suele estudiarse con mucho detenimiento en las gramáticas
históricas: la sintaxis. El estudio de la sintaxis histórica ha ocupado siempre un lugar
muy modesto en las gramáticas históricas. No es que falten estudios históricos de la
sintaxis. Algunos manuales como el de Menéndez Pidal sólo toman en consideración la
fonética y la morfología, aunque su autor había prometido una sección sobre la
sintaxis (según Catalán, 1974, 72). Mi proprio texto pospone la sintaxis para un segundo
tomo. Los manuales de Resnick y Lathrop siguen a Menéndez Pidal en esto. En cambio,
Hanssen dedicaba casi 90 páginas a la sintaxis. García de Diego examina también unos
aspectos sintácticos, como la concordancia, e incluye una sección sobre lo que llama
«propiedad» que incluye cambios léxicos y semánticos, además de las equivalencias
españolas de los casos latinos, el uso de los pronombres en el Siglo de Oro, y otros
temas que son parcialmente sintácticos. Cano Aguilar tiene en su sección sobre el
castellano medieval una parte extensa sobre la «morfosintaxis», con énfasis en como
refleja la morfología románica los cambios en los patrones sintácticos del latín.
Lapesa, en su gran historia (1981), tiene varias secciones sobre la sintaxis en su
capítulo sobre el castellano medieval y del siglo de oro, pero bastante reducidas en
comparación con otros temas. |
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Uno de los problemas principales con el estudio del
desarrollo sintáctico ha sido la definición precisa de exactamente lo que es la
sintaxis. De todos los aspectos de la lengua es el en que la «dependencia... de otros
modos de percibir los hechos lingüísticos varía con diferentes escuelas y con
diferentes lingüistas» (Dembowski, 1980, I: 159). Al mismo tiempo ya que el enfoque
principal de la teoría lingüística en los últimos 30 años ha sido precisamente la
sintaxis es más que probable que sea estudiada con más atención en el futuro. Para esta
clase de estudios los textos en forma electrónica mencionados arriba como base del DOSL
pueden ser de utilidad cuando se estudia la sintaxis de uso de palabras individuales,
como, p. ej., los adverbios y o ende (Wanner, 1991, 180-8l). Para
estructuras mayores, como las frases, todavía falta una base adecuada que se podría
utilizar de la misma forma. Hasta ahora el investigador tiene que leer muchísimos textos
en busca de los rasgos que se estudian, y si por alguna razón los hechos recogidos por el
estudioso no son adecuados, los textos necesariamente tienen que releerse. Por eso los
planes de Dieter Wanner de la Ohio State University de construir una base electrónica de
estructuras sintácticas en la prosa del castellano medieval puede hacer posible muchos
estudios de mayor extensión. Hasta ahora, sólo existe una cantidad reducida de textos en
forma electrónica con codificación de los papeles sintácticos de cada palabra, como,
por ejemplo, «sujeto», «verbo», «objeto», grupo preposicional con determinante,
sustantivo, etc. Las frases mismas también tendrían una clasificación al nivel de la
frase, p. ej. frase aseverativa, imperativa, interrogativa, relativa etc. (para más
detalles ver Wanner, 1991). Hasta la fecha la base existe sólo en forma tentativa (un
«pagaré» como dice Wanner). Requerirá mucho trabajo para establecerse, pero creo que
ofrece la posibilidad de estudios de gran extensión, puesto que estaría al alcance de
todos los interesados y no solamente pocas personas. La existencia de tal base seguramente
estimulará a muchos a emprender estudios que antes habrían necesitado demasiado trabajo
para hacerse.
Otra tradición notable, especialmente de las historias de la lengua, más que en las
gramáticas históricas, es el tomar los textos literarios como fuente principal de
información sobre la lengua. Por ejemplo, en el estudio del orden de las palabras en el
español medieval en la gran Historia de Lapesa el autor usa como fuente casi
única El cantar de Myo Cid (Sec. 58). Lo mismo se ve en la popularización de
Alatorre, recientemente reeditado. En esto, puedo hacer mías las palabras de Rolf
Eberenz, que confirman lo dicho por Catalán (1974, 131-2 l), en su luminoso artículo del
año pasado:
«Convendría explorar más
detenidamente los documentos relativos a otras esferas de la vida, y ello no sólo para el
estudio del léxico y la fonología, ... sino también para el análisis histórico de la
morfosintaxis».
Con Eberenz, me es difícil creer
que es justo hablar de la «lengua del Siglo de Oro» u otras épocas o generaciones
literarios si en eso hay una implicación de que hay « ... isomorfismo entre las
transformaciones del idioma y las corrientes artísticas, extremo que hasta el momento no
se ha podido probar con argumentos convincentes».
Según Eberenz lo que hasta ahora no
se ha hecho es estudiar la relación entre los grandes movimientos sociales como la
colonización y repoblación de la península en la Edad Media, la crisis social y
dinástica del siglo XV, etc. y su relación con la lengua. En realidad, sí se
ha estudiado tal relación pero ha sido bastante excepcional, como en un artículo de
Sturcken, o los estudios de Peter Boyd-Bowman sobre los orígenes de los colonistas
españoles en la América del siglo XVI y muchos estudios relacionados, como el de 1973.
Hacer pronósticos del futuro es siempre arriesgado. Un descubrimiento inesperado puede
abrir una puerta a la investigación de cuya existencia antes ni siquiera se había
sospechado. Nuevos puntos de vista pueden obligar a los investigadores a repensar mucho,
si no todo, de lo que han hecho. Por eso, no es posible determinar con seguridad los
caminos que seguirán los estudios de nuestra disciplina. Al mismo tiempo, es posible
percibir ciertos senderos en los es probable que vayan los estudios, y quizá en esta
contribución muy breve he podido indicar cuáles pueden ser algunos de ellos. |
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