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PROBLEMAS DE LEXICOGRAFÍA

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Teoría y método en el diccionario del español de México
Luis Fernando de Lara. El Colegio de México

 

0. Una caracterización teórica del Diccionario del español de México es la siguiente: se trata de un diccionario monolingüe de lengua, social, integral, nacional, general, sincrónico, normativo, cultural, semasiológico y alfabético, cuya gramática de referencia es de carácter tradicional, aunque ajustada a la terminología impuesta por el sistema educativo mexicano, y cuyo artículo lexicográfico se compone de una entrada mencionada, seguida por una ecuación sémica cuyo conectivo es significar, una definición lexicográfica compuesta en lengua ordinaria (en el sentido filosófico de la expresión), es decir, en uso, de carácter ampliamente perifrástico, un doble ordenamiento de acepciones por núcleos, de carácter estereotípico, y ejemplos de colocaciones típicas así como de citas entresacadas de textos reales, hablados y escritos, del español mexicano contemporáneo.

Todos estos elementos distintivos, que no por prolijos dejan de ser ciertos, se hacen necesarios hoy en día si uno quiere situar una obra lexicográfica en su correcta dimensión teórica y a la altura de lo que exige la teoría contemporánea de la lexicografía. Pero aunque uno no tuviera necesidad de situarse en la teoría lexicográfica, cada uno de estos elementos tiene sus fundamentos y sus implicaciones en el método de trabajo y en los resultados que se obtengan. Esto convierte a la lexicografía contemporánea en una disciplina científica y en una profesión técnica, que convendría tomaran en cuenta el público en general y los responsables del financiamiento y la edición de diccionarios, tanto en las universidades como en las casas editoriales.

Los elementos distintivos del DEM se pueden ordenar en cinco órdenes: temporal, geográfico, social, gramatical y semántico. Con excepción del gramatical, que no plantea ninguna diferencia importante con los demás diccionarios, pasaré a explicarlos brevemente, con el objetivo de promover una discusión que hace falta en la lexicografía hispánica, si lo que buscamos es renovarla, tanto en sus teorías y métodos de trabajo, como en sus resultados.

1. En el orden temporal, el DEM es un diccionario sincrónico: se ocupa de estudiar y presentar el léxico del español de México entre 1921 y el presente. Para la vida de la lengua la fecha, cualquier fecha, es arbitraria. Por lo que la caracterización sincrónica es una convención de método y no de teoría. Como convención de método, lo que permite el plazo delimitado por lo que Josette Rey-Debove llamó «sincronía práctica», que es un «estado de lengua» saussureano, es acotar el campo documental y consecuentemente la responsabilidad de los autores del diccionario. Esta acotación debe permitir que los hablantes contemporáneos de español comprendan el léxico que constituye su horizonte de vida: desde las palabras de sus abuelos hasta las de los niños de hoy en día.

Pero esta sincronía del diccionario tiene también una repercusión teórica sobre la semántica de la obra y sobre la propia constitución de su objeto: al no apelar explícitamente a una historicidad de la lengua, deja en la penumbra la manera en que se formaron los signos y excluye, primero, la posibilidad de basar en sus datos el conocido juicio de autoridad etimológica que tantos servicios presta a la jurisprudencia y a varios campos de las ciencias humanas, y del cual depende centralmente la distinción semántica entre sentidos rectos o literales y figurados; segundo, la posibilidad de ordenar las acepciones en el artículo sobre una base histórica, de primeros registros; de donde resulta que una convención de método afecta la teoría de la significación o de la referencia que guía la concepción del sentido en el diccionario.

2. En el orden geográfico, el DEM1 es una obra restringida a las fronteras políticas de los Estados Unidos Mexicanos. No considera la realidad de que la lengua española está extendida, al norte, por California, Arizona, Nuevo México, parte de Colorado, Texas y en varios enclaves en los estados más norteños de los Estados Unidos de América; y al sur, como bien sabemos, desde Belice y Guatemala por el gran continente hispanoamericano. Pero, dentro de las fronteras políticas mexicanas, en cambio, se hace cargo de la diversidad dialectal del territorio mexicano, al que habrá de englobar asignando marcas de usos regionales a los vocablos que tengan esa peculiaridad. Es decir, el DEM es un diccionario nacional en relación con los diccionarios que se puedan escribir en otros países hispanohablantes, pero es también un diccionario de regionalismos mexicanos, en relación con los cuales tiene que someterse a criterios dialectológicos y diferenciales. La manera en que se manifiestan metódicamente estas diferencias geográficas es con el uso de marcas antes de los artículos o las acepciones que lo requieran. En el DEM utilizamos tres niveles de marcas: las más generales corresponden a usos muy extendidos regionalmente y sobre las fronteras dialectales, como sucede con el norte de México que, aunque está dividido en tres dialectos: norte, noroeste y noreste, de acuerdo con la delimitación dialectal provisional del profesor Lope Blanch2, en muchos vocablos muestra una unidad supradialectal. El segundo nivel de marcas se basa precisamente en la delimitación de Lope Blanch y distingue 17 zonas dialectales. El tercero y más específico nos sirve para indicar registros puntuales de usos; por lo general, en este caso señalamos los Estados federales en los que se ha encontrado el uso en cuestión, a falta de mejores documentos que nos permitan señalar su verdadera extensión.

Los resultados de nuestra investigación previa al diccionario no son lo suficientemente ricos como para reconocer la existencia de fronteras dialectales o para comprobar de manera suficiente registros anteriores a los nuestros, como los del Diccionario de Mejicanismos, de Francisco J. Santamaría, o contemporáneos, como los del diccionario de sonorensismos de Horacio Sobarzo, por lo que este aspecto del DEM requerirá mucha más investigación de campo en el futuro y mayor atención a los métodos contrastivos que la que les hemos prestado hasta ahora.

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3. El orden social del DEM es más complejo y obedece a una teoría de la lengua estándar basada en la enseñanza del Círculo de Praga. De acuerdo con esta teoría, la lengua estándar es aquella que se utiliza en todo el país, en textos más escritos que hablados, y que se impone socialmente como modelo de corrección (al hablar de modelo de corrección me refiero exclusivamente a la corrección que tiene vigencia social, no a la que dicten unilateralmente las Academias u otros agentes lingüísticos). Esta lengua no tiene ninguna marca y a ella pertenece la lengua utilizada en la misma redacción del diccionario. La parte más importante de la lengua estándar es la lengua culta, como se encuentra en obras literarias y científicas, en periódicos, etc. Los vocablos de la lengua culta tampoco se marcan; sólo reciben marcas ciertos vocablos de uso restringido, como algunos de uso exclusivamente literario (cieno por lodo, corcovado por jorobado, ahíto por satisfecho, etc.) o periodístico (avocarse por dedicarse, arquero por portero de fútbol, esférico por balón, tolete por bat en el béisbol, etc.).

Se marca, en cambio, los usos coloquiales y populares de la lengua estándar, así como las terminologías técnicas y los vocablos de sociolectos muy caracterizados, como la germanía (caló en México) y las groserías o malas palabras. Para distinguir los usos rurales de los urbanos, se marcan los primeros y no los segundos, de acuerdo con la teoría de la lengua estándar en que nos basamos.

El hecho de que el DEM quede así orientado por la lengua culta tiene un indudable efecto normativo: la lengua culta se ofrece como modelo de corrección. El lenguaje de la definición y lo definido mismo tienden hacia la lengua culta. En cambio, todas las marcas de usos sociales y regionales del DEM tienen valor descriptivo y no corresponden a prohibiciones. Señalan en qué ambientes o en qué tipos de texto se suelen usar los vocablos marcados, pero no pretenden rechazarlos como barbarismos o incorrecciones.

El DEM incorpora en su nomenclatura todo el vocabulario encontrado en nuestra investigación, sobre la base de su valor estadístico de frecuencia y de dispersión. Así por ejemplo, para el Diccionario básico del español de México, publicado en 1986, la nomenclatura básica se compuso del vocabulario fundamental, definido por la acumulación de los vocablos que dieron el 75 % de las ocurrencias en nuestro Corpus del español mexicano contemporáneo (1451 vocablos) más cerca de seis mil de vocabulario disponible en la educación elemental mexicana. Para el Diccionario del español usual en México, que esperamos poder publicar el año próximo, se tomaron en cuenta todos los vocablos cuya frecuencia total en el Corpus fuera mayor o igual a diez (cerca de 16 000 vocablos). Para el DEM definitivo tomaremos en cuenta todos los vocablos cuya frecuencia absoluta sea mayor o igual a dos (29 323 tipos). Eso significa que el punto de partida del DEM no es normativo sino descriptivo, y que no hay juicios previos de corrección. De ahí que, para molestia de varios puristas mexicanos incluyamos voces perseguidas como controlar, checar, sofisticado, computacional, etc., sobre la base de su verdadero uso en México.

La normatividad del DEM, por lo tanto, no es del tipo a que nuestra cultura de la lengua nos tiene acostumbrados: el diccionario registra usos indiscriminadamente, sólo orientado por su aparición estadística. Su normatividad aparece en el sesgo hacia la lengua culta. Pero no hay que olvidar que todo diccionario social, es decir, dedicado al uso público y no a cubrir la descripción del léxico en un programa de lingüística descriptiva, es una institución de cultura, que reconstruye en su texto el saber más preciso y desarrollado de la comunidad lingüística a propósito de su propia lengua.

Como se sabe, el DEM es el primer diccionario integral de la lengua española que se elabora fuera de España y sobre la base de una investigación original. Se distingue de los diccionarios de regionalismos bien conocidos por el hecho de que registra toda la lengua y no nada más la que diferencia a México del resto de la comunidad hispánica o de España. Este método nos permite, por un lado, eliminar las dificultades del contraste, que se presentan a todos los diccionarios diferenciales; por el otro, registrar con mayor coherencia y seguridad vocablos y usos que, aunque aparentemente de base hispánica o de significados generales, presentan ciertas divergencias con lo registrado por la Academia Española. Así por ejemplo, aparecen en nuestro diccionario voces aparentemente generales a todo el español, como clavado ‘salto desde un trampolín’, guarnición ‘borde de las banquetas o aceras’, ciudad perdida villa miseria en Argentina, callampa en el Perú, favela en Brasil, carátula ‘parte anterior y externa del reloj, sobre la que están los números y giran las manecillas’, o camellón ‘acera que divide en dos vías una avenida’, todas las cuales parecen ser mexicanismos de significado. Desde hace varios años he venido sosteniendo que, como táctica para llegar a conocer la realidad del léxico hispánico general, elaborar un diccionario integral de cada país hispanohablante es más sencillo y más rápido que pretender que tal diccionario lo haga una sola institución central. Pero además, el diccionario integral nacional tiene un valor legitimador de las hablas nacionales que resulta muy importante, en especial para los países hispanoamericanos.

4. Relacionado con el método integral del DEM se encuentra su carácter de diccionario cultural. En efecto, desde el momento en que lo que persigue el diccionario es una versión apegada a la realidad del léxico de un país, la definición lexicográfica, la determinación del significado estereotípico en el artículo, la ostensión de casos ejemplares y la selección de ejemplos de uso se basan necesariamente en lo que tiene sentido culturalmente para la comunidad lingüística nacional. Es decir, la lengua no se aísla de su contorno etnográfico particular ni de sus funciones simbólicas para la cultura nacional. Resulta entonces que un diccionario como el DEM registra un estado de la cultura; su validez no será totalmente extensiva a los otros países o a las otras regiones hispánicas, pero se convierte en una valiosa fuente de datos precisos, comprobados, que aporta mayor interés a lectores ajenos a la cultura representada. ¿Cuántas veces no le sucede, por ejemplo, a un lector de Juan Rulfo, que no encuentra en los diccionarios generales el sentido preciso de una palabra usada por Rulfo, y referida a Jalisco o a la región dialectal en que acontecen sus novelas o sus cuentos? Un diccionario cultural se orienta a registrar esos usos con los contextos pertinentes a ellos.

5. El orden semántico del DEM3 se caracteriza, en primer lugar, por su apego a la tradición hispánica y románica de los diccionarios de lengua, frente a la de los diccionarios enciclopédicos. De ahí que su teoría de la referencia, presidida por el verbo significar como ecuación sémica, siga la enseñanza saussureana del signo en contra de las teorías ontologicistas de la representación de la realidad por las palabras, teorías que todavía hoy predominan en el campo filosófico y de la semántica angloamericana. En segundo lugar, como diccionario semasiológico lo que explora es la sustancia de contenido de los signos y, en consecuencia, está atado a la inmanencia a una sola lengua, atadura tanto más clara en cuanto opta por el uso de la misma lengua como lenguaje de definición, en vez de estatuirla como «metalenguaje». Esta posición lo incorpora a la semántica de vena wittgensteiniana y, por lo tanto, a una doctrina semántica de carácter pragmático. En tercer lugar, el DEM se caracteriza por su análisis semántico, elaborado con la teoría del significado estereotípico, que lo acerca a planteamientos teóricos recientes de la semántica cognoscitiva.

El orden semántico es, sin duda, lo más jugoso de un diccionario. Pero el tiempo de que dispongo no me permite extenderme en explicaciones acerca de él. Así que valga esta apretada síntesis, más de carácter enunciativo que argumental de lo que es el DEM, para mostrar los principales elementos de teoría y de método que definen nuestro diccionario, con el deseo de iniciar de esta manera un contraste entre las diversas teorías y los distintos métodos de trabajo de nuestra lexicografía hispánica, a partir del cual podamos mejorar nuestra disciplina en favor de la amplia, rica y variada comunidad de la lengua española.


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Notas:
  1. Se pueden encontrar explicaciones detalladas de teoría y método de nuestro diccionario en: L. F. LARA, R. HAM e I. GARCÍA HIDALGO, Investigaciones lingüísticas en lexicografía, México, El Colegio de México, 1979, así como en L. F. LARA, Dimensiones de la lexicografía. A propósito del Diccionario del español de México, México, El Colegio de México, 1990.Volver al texto
  2. Cf. J. M. LOPE BLANCH, «El léxico de la zona maya en el marco de la dialectología mexicana», NRFH, 20 (1971), págs. 1-59.Volver al texto
  3. Sobre este aspecto, además de las dos obras antes mencionadas, se puede ver: L. F. LARA, «Une critique au concept de métalangage», Folia linguistica, 23, 3-4 (1989), págs. 387-404; «El discurso del diccionario», en WOTJAK, G. (ed.): Estudios de lexicología y metalexicografía del español actual, Tübingen, Niemeyer, 1992; «El lenguaje de la lexicografía», en ANSCHÜTZ, S. R. (ed.), Texte, Sätze, Wörter und Moneme. Festschrift Klaus Heger, Heidelberg, Heidelberger Orientverlag, 1992, págs. 413-426; «Tipos de definición lexicográfica en el Diccionario del español de México», en J. A. PASCUAL y B. GARZA C. (eds.), Actas del II Encuentro de Filólogos y Lingüistas de España y México, Universidad de Salamanca (en prensa) y «La ecuación sémica con ser y significar: una exploración de la teoría del estereotipo», en BARRIGA, R. y J. GARCÍA FAJARDO (eds.), Reflexiones lingüísticas y literarias, t. I., págs. 211-230, México, El Colegio de México, 1992.Volver al texto
 

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