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INVESTIGACIÓN GRAMATICAL. INVESTIGACIONES DIACRÓNICAS

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Estrategias para la investigación en el español americano hasta 1656
Juan A. Frago Gracia. Universidad de Zaragoza

 
1. Por supuesto que el límite propuesto a esta ancha etapa de la periodización del español en América, por emplear el término que tan útil le resultó a Guitarte1, ha de tomarse con suficiente amplitud de miras como para no caer en la servidumbre de la compartimentación cronológica, ni en las inacabables discusiones que tan fútil pretexto puede provocar. De la misma manera es evidente que en los primeros años del período aquí considerado la documentación americanista no abunda, entre otras cosas porque los asentamientos españoles en el Nuevo Mundo aún eran muy reducidos tanto geográfica como demográficamente, y porque todavía no se habían fundado la Casa de Contratación de Sevilla ni el Consejo de Indias, organismos que echarían a andar en 1503 y en 1524, respectivamente, y que tanto supondrían para la conservación de los papeles enviados desde el otro lado del Atlántico. En cualquier caso, a caballo del año 1500 ya hay textos que en las recién descubiertas tierras indianas revelan caracteres lingüísticos del todo iguales a los que en la actividad escrituraria posterior van a darse2. Esto por un lado, pero, por otra parte, las fuentes producidas en los dominios americanos en los inicios de la colonización española difícilmente pudieron señalar rasgos distintos de los que manifestaran los corpus peninsulares, pues no llevaba mucho tiempo vigente el flujo migratorio y, por consiguiente, en el breve lapso comprendido entre la salida de España de cada viajero y la datación de sus escritos sería impensable que hubieran ocurrido variaciones mínimamente importantes en la lengua trasplantada.

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2. Nos hallamos aquí ya ante la primera disyuntiva metodológica, porque el historiador tiene la posibilidad de decidirse a trabajar exclusivamente con textos indianos, desentendiéndose de lo que a la sazón sucediera en el español europeo y tomando su vertiente americana como materia histórica con entidad propia desde sus mismos orígenes. O puede inclinarse por estudiar la realidad reflejada en el análisis de los documentos coloniales sin descuidar su contraste con el acervo textual más rico y variado del ámbito peninsular, siendo científicamente indiferente que dicha comparación ponga de relieve concomitancias o discordancias a propósito de los usos lingüísticos implantados en una y otra orilla del Atlántico. A todas luces parece que la opción planteada en primer lugar conlleva innecesarios riesgos, si no está viciada de raíz; al menos por lo que toca al logro de la verdadera historia de muy fundamentales aspectos del fonetismo hispanoamericano, así como a la dilucidación de decisivas cuestiones léxicas. En cambio, la segunda estrategia es mucho más razonable y el filólogo anteriormente citado sabiamente ha advertido que un buen conocimiento del español de la España de los siglos XV y XVI imprescindiblemente se requiere para abordar con garantías la historia de su andadura americana3. Un elemental sentido común aconseja que el problema se enfoque bajo esta doble perspectiva.

Si hemos de conceder que los cambios lingüísticos se propagan socialmente con notable lentitud, algo que muy pocos hoy pondrán en duda, obvio es que durante varios decenios del quinientos escasas discrepancias fonéticas sobrevendrían en el seno de las comunidades indianas frente al estado de la lengua que los emigrados habían llevado consigo, ni habrían logrado desarrollarse con bastante extensión los incipientes particularismos autóctonos, en el caso de que como tales hubieran existido. De su peso se cae, pues, que las diversidades internas en este terreno reflejadas por la documentación americana hasta mediados de la decimosexta centuria, e incluso hasta algo más tarde, apenas podían deberse más que a los habitantes del Nuevo Mundo nacidos en la Península Ibérica, puesto que aún eran muy pocos los criollos capaces de plasmar su habla en la escritura. Consecuentemente, habrá que sumergirse en los entresijos dialectales de España, y no sólo buscando el testimonio vulgar, e inmediatamente se verá, por ejemplo, que en las zonas sureñas actuaba el intenso relajamiento de /-r, -l /, el de /-s / con su secuela aspiradora, el yeísmo, la pérdida de la /-d-/, el seseo y el ceceo, junto a otros factores del llamado meridionalismo fonético4 . En lo que a estos fenómenos toca, los textos andaluces se comportan de modo harto distinto a los redactados fuera de Andalucía, especialmente en lo que al cambio seseo-ceceoso respecta, claro está. Lo propio se verifica en las fuentes americanas, en las cuales fácilmente se detecta la particular procedencia regional de los diversos autores por relación a dos grandes bloques geográficos, según tuvieran origen andaluz o no. Caso aparte forman los integrantes de las primeras generaciones criollas, los mestizos e indios asimilados al uso de la lengua española y los españoles que, no siendo naturales de Andalucía, se verían contagiados por la pronunciación de signo andalucista, si bien este extremo sólo tendrá rigurosa comprobación mediante testimonios autógrafos y nunca con otro tipo de información textual. Indudablemente, si tales coincidencias entre lo peninsular y lo americano durante las décadas de referencia se afirman concluyentemente, la historia del idioma común para quienes habitaban a uno y otro lado del océano se revelará con la debida coherencia, alejada de casualidades y de fortuitas confluencias. Pero dejemos que sean los documentos los que decidan, antes que el voluntarismo del lingüista únicamente guiado de su intuición o de sus presupuestos teóricos.

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3. He aquí una faceta de los estudios americanistas todavía poco explorada y en cuya profundización se debe avanzar con la vista puesta en el hecho de que a lo largo de por lo menos medio siglo no se rompe el cordón umbilical que unía a España y a América, en el sentido de que lo que en una parte había sido cuestión de normas regionales diferenciadas en la otra parte iba a tener los ribetes de un acusado entrecruzamiento sociolingüístico plenamente autónomo. Por supuesto, la explicación histórica del seseo andaluz ayuda no poco a comprender mejor la del americano, al mismo tiempo que el análisis de los textos indianos perfila con mayor nitidez la distribución geográfica y social del seseo andaluz. Efectivamente, en las cartas de los meridionales emigrados no faltan las alusiones a las localidades que los vieron nacer, así como a varias circunstancias del mayor interés sociológico (oficios, ambientes familiares, nivel económico, formación escolar, etc.), de manera que con semejantes piezas epistolares se nos ofrece la excepcional oportunidad de dibujar con creciente exactitud el mapa del modismo confundidor con sus dos variantes, la seseosa y la ceceosa, en su implantación andaluza, para así encontrar el punto de partida más seguro en la consideración del seseo y del ceceo americanos. Porque lo cierto es que cuando se descubren las Indias y mientras transcurren los primeros decenios de su colonización hispánica, dentro de los límites de Andalucía hay ya áreas bien definidas para una y otra modalidad fonética, de manera que si en el Nuevo Mundo se impone la seseosa es a causa de que ésta en el mediodía de España a la sazón disponía de un dominio propio, del cual, por cierto, saldrían numerosísimos individuos para hacer la travesía transoceánica y mezclarse luego con los usuarios del ceceo y de la distinción5. El triunfo del seseo en América ha de achacarse a una compleja serie de motivos, de los cuales los que con más rotunda evidencia destacan son los siguientes:

a) El seseo se extenderá con una cierta rapidez en los territorios indianos precisamente debido a que con su fisonomía moderna se conocía en zonas peninsulares que dieron importantes contingentes de emigrados, pues si en Andalucía aún hubieran pervivido los intermedios çeçeos y zezeos, o ello hubiera ocurrido en grado de gran generalización, probablemente en los vastísimos y mal comunicados dominios indianos las soluciones no habrían sido de tal uniformidad dialectal, sin que con esto quiera decir que la nivelación de signo seseante fuera completa, ni mucho menos. Incluso cabe la hipótesis de que en Andalucía espacios que hoy pertenecen al ceceo —no todos, desde luego— antaño hubieran sido reductos seseosos.

b) El menosprecio que eruditos y letrados dedicaron al ceceo de ningún modo condicionaría por sí solo el decantamiento de la sociedad hispanoamericana hacia el seseo, y es muy dudoso que la aludida atracción lingüística resultara bastante eficaz en los españoles que a Indias llegaron con pronunciación ceceosa. En este sentido, convendría disponer de referencias demográficas lo más exactas que sea posible allegar, relativas a las emigraciones andaluzas, según específicas adscripciones locales y comarcales que tienen que ver con el seseo, con el ceceo y con la distinción. Ni que decir tiene que, con esos datos no poco se favorecería la dilucidación del problema histórico en cuestión.

c) Entiendo que la minusvaloración del ceceo pudo influir más en el habla de los españoles que arribaran a puertos indianos fieles a una distinción del tipo / s / ~ / s /, es decir, en aquellos que todavía no se habían sumado a la norma más innovadora fonológicamente caracterizada por la presencia del elemento interdental / 0 /; y ello porque la proximidad articulatoria y acústica facilitaría el mencionado cambio en la pronunciación, siempre y cuando, naturalmente, dicha oposición intermedia entre los medievales /s, z, s, z / y los modernos / s / ~ / v / realmente hubiese existido en el español del siglo
XVI, en un sector de sus hablantes. Pero, sin discusión alguna, hubo de ser en las generaciones criollas descendientes de ceceosos y de distinguidores donde más eficaz fue dicho proceso de asimilación fonética, pudiéndose afirmar que en la tendencia a la criollización lingüística pronto desarrollada en el seno de las comunidades indianas radica la principal clave de la constitución del español americano como entidad en cierta medida diferenciada del español peninsular. En el transcurso de la primera centuria de colonización española —decenio más, decenio menos— la mayor parte de los documentos escritos en América que presentan grafías seseo-ceceosas ofrece asimismo rasgos grafémicos reveladores de los otros modismos andalucistas. A finales de dicho siglo son ya muchos los textos de autores criollos que recogen el conjunto o la mayoría de esas indicaciones fonéticas, sobre todo, aunque no exclusivamente, en las regiones en que el andalucismo consiguió arraigar con más fuerza; mas empiezan a ser también numerosas las piezas debidas a naturales de Indias en las cuales sólo se manifiesta el seseo y, en ocasiones, igualmente el ceceo. Es, por ejemplo, lo que se verifica en innumerables textos de zonas interiores de Nueva España antes de 1650.


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4. Las líneas de investigación que en este terreno sería necesario seguir quedan ya esbozadas en la exposición precedente. Evidentemente, debe estudiarse el seseo americano sin perder de vista su conexión con el peninsular, claro está que durante un primer período de común historia prudentemente establecido, y, dada la propia naturaleza de la evolución simplificadora, habrá que obrar en consecuencia, dejando de lado la vana tarea de rastrear por la distribución textual de ss y s las huellas del mantenimiento de una oposición antigua / s / ~ / z / en el continente indiano inequívocamente inexistente, a no ser en el habla de unos pocos emigrados: ni avala la supervivencia del arcaísmo fonológico el análisis de los documentos producidos a uno y otro lado del Atlántico, ni la consentirían un seseo o un ceceo bien consolidados, que exigen la previa pérdida de la marca opositiva de la sonoridad6. Por lo demás, es imprescindible progresar todavía mucho en una investigación convenientemente documentada, en la cual se tenga en cuenta la determinación de niveles socioculturales de grupo y que asimismo persiga la concreción del tempus en que va teniendo lugar la sedimentación de las diferentes variedades regionales del español de América.

Para la consecución del primer fin se requiere la pormenorizada interpretación de un crecido número de corpus compuestos por distintas manos y a ser posible distribuidos por todas las grandes circunscripciones indianas. No sólo se comprobará así, con fiables asideros empíricos, la verdadera gradación sociocultural en que muchos emigrados y criollos vivieron, sino que se dispondrá de un riguroso elemento de juicio para completar, cuando no para matizar y aun rechazar, apreciaciones muy generalizadoras, a veces lastradas por la pesada carga del apriorismo, que acerca de la cultura colonial se han formulado. El contacto directo con los documentos nos permitirá percibir, verbigracia, de qué manera en tierras americanas confluían sucesivas o interpuestas modas ortográficas y cómo se seleccionaba entre ellas, hasta qué punto el lenguaje oficial y administrativo afectó a toda clase de escritos particulares, incluso a los de más humilde factura, lo cual explica que en el español novohispano se popularizara el término forense mero, o podrá verse que un dominico de tan exquisita formación escolar como fray Andrés de Moguer, nacido en la villa andaluza por su apellido nombrada, no se libró de deslizar grafías ceceosas en elegantísimo texto epistolar7. En éste, y en tantos otros casos documentales de similar tipificación sociolingüística que podrían aducirse, se prueba que el tópico anticeceo ni de lejos tuvo la capacidad coercitiva que suele atribuírsele.

En cuanto al segundo objetivo que en esta vertiente de la indagación americanista propongo, se impone la complementación de planteamientos que abarquen la totalidad del ámbito americano con monografías de alcance meramente regional, en cierto modo semejantes a la que para Nueva Granada realizó Olga Cock Hincapié. Efectivamente, al principio, los indicios textuales del andalucismo fonético y los relativos al castellano no andaluz se reparten discontinuamente por toda la geografía indiana, allá donde había un español de esas dos ascendencias peninsulares apto para la escritura, y lo propio cabe decir de las restantes muestras del meridionalismo dialectal (yeísmo, neutralización de / -r, -l /, pérdida de /-s /, etc.) enfrentadas a las del fonetismo norteño, porque lo que va sugerido a propósito de requisitos en la investigación sobre el seseo vale para la concerniente a los demás modismos, con la salvedad de que en la comisión de los de carácter meridional también se implicaron gentes ajenas a Andalucía. Pero de lo que se trata es de identificar los eslabones conducentes desde la inicial dispersión colonizadora a lo largo y a lo ancho del Nuevo Mundo —con no demasiadas oportunidades para que un intenso intercambio normativo en ella se produjera, al menos por lo que la faz documental refleja— hasta una activa interferencia sociolingüística ya claramente perceptible y, aún más, hasta la configuración de un español de América regionalizado. Estos aspectos sin duda merecen una adecuada investigación, y tampoco ha de soslayarse sin más el papel que en la formación del español americano desempeñaron minorías lingüísticas como las de portugueses, catalanes y vascongados, que o se silencia gratuitamente o se magnífica en exceso —y, por supuesto, sin pruebas—, especialmente por lo que al caso de los emigrados de lengua vasca se refiere. Y todavía habrá que decidirse de una vez por todas a prestar la debida atención al ceceo americano, sobre el que los historiadores pasamos como por encima de ascuas, dándose así la sensación de que creemos que en América durante varios siglos no ha habido sino una pugna entre el seseo y la distinción, lo cual es demasiado suponer8.

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5. He dicho que no sólo había que estudiar el español de América en relación con el español de Andalucía, sino también con el del resto de España, incluso en lo que a las cuestiones fonéticas toca. Ahora bien, es en lo concerniente a los planos morfosintáctico y léxico donde más obviamente se impone esta necesidad metodológica. Parece fuera de toda discusión que en el período comprendido entre el descubrimiento y el año 1650, que he considerado fundacional en la historia del español americano9, al factor fonético le correspondió el protagonismo en la adquisición de su personalidad por esta modalidad de nuestra lengua, circunstancia que obliga a contemplar sus orígenes en un horizonte en el cual aparecen enfrentados los dos principales bloques, el andalucista y el no andalucista, en que por motivos de dicha índole lingüística por entonces se hallaba fragmentado —relativamente, se entiende— el español. El apartado léxico seguramente sigue en importancia al fonético en este orden de cosas, con la particularidad de que con incidencia tipológica digna de mención también entra en danza aquí el elemento indígena, pues no en vano se encontrarán inequívocas huellas de la criollización lingüística —puntuales en ocasiones, más frecuentes otras veces— precisamente en la forma con que ciertos autores adoptan el indigenismo. Se sabe, pues, que en su empleo las primeras crónicas abusan de los dobletes sinonímicos, de las definiciones y de las explicaciones fraseológicas, a menudo con el apoyo de la referencia hispánica, y ello ocurre cuando el escritor aun no se siente familiarizado con el exótico vocabulario, quizá tampoco con la realidad objeto de su designación, y cuando asimismo tal vez teme que esas extrañas palabras no serán comprendidas por sus lectores. Pronto, sin embargo, un fray Diego Durán en México (1570-1580) o el jesuita Alonso de Sandoval en Cartagena de Indias (poco antes de 1627) recurrirán a términos amerindios con toda naturalidad porque los vivían como propios, asimilados como estaban al español de cada una de estas zonas indianas10; idéntica óptica por aquellos años revelan el bogotano Juan Rodríguez Freyle y más al sur, en las regiones del Paraguay y Río de la Plata, el mestizo Ruy Díaz de Guzmán. El análisis contextualizado de los indigenismos léxicos, más que su simple inventario en tal o cual autor, es lo que puede rendir auténticos frutos históricos, debiéndose igualmente rastrear el proceso de su plena asimilación al español de América, en cada caso con la precisión textual aclaratoria de los indoamericanismos que se hicieron generales y de aquellos que se quedaron en sólo regionales. Desde luego no estaría exenta de interés una investigación en la cual se intentara calibrar la intervención de los religiosos en la difusión de determinadas voces autóctonas, y particularmente de los tainismos y otros vocablos caribeños, porque los frailes fueron quienes más estrecho contacto mantuvieron con los pueblos indígenas y los que mejor conocieron la geografía indiana por los frecuentes cambios en sus destinos misioneros; no poco contaría también en el apoyo que los hombres de religión dieron a las aludidas propagaciones léxicas la permanente comunicación que, aun desparramados por los más remotos confines de América, mantuvieron entre ellos a través de escritos de común lectura o por ocasionales encuentros personales, y no hay que echar en saco roto al tratar esta cuestión la asombrosa capacidad de percepción de la realidad lingüística amerindia —pienso ahora en tantas ilustrativas menciones sobre los sinónimos diatópicos— que demostraron muchos frailes españoles y que bien visible es en relevantes pasajes de las crónicas etnográficas. Otro aspecto en el que mucha tela queda aún por cortar es el de la introducción del indigenismo americano en el español peninsular, pues en la exposición de esta faceta histórica prácticamente no se han utilizado más que unos pocos apuntes lexicográficos y, sobre todo, fuentes literarias. Pero la lengua y el uso que de ella hacen sus hablantes no se vuelcan única e íntegramente en la literatura; si, por ejemplo, conociéramos los informes que de los inventarios notariales se desprenden, comprobaríamos que mientras en la Zaragoza del siglo XVI falta casi por completo el testimonio de las palabras de procedencia indiana, sobremanera abundan sus registros en Sevilla, y parecida correlación entre las hablas de ambas ciudades, aunque no tan tajantemente marcada, se atestiguará a lo largo de la centuria siguiente.

El americanismo léxico es un claro exponente de la adaptación del español al medio indiano y, por consiguiente, constituye un fiel reflejo de la tendencia criollizadora de la lengua, en el sentido más ampliamente cultural del término. Incluso, por referencia al período que nos ocupa, puede verse plasmado el proceso en cuestión con mayor objetividad o transparencia en el vocabulario que en la fonética, si bien en el primer caso estaremos condenados a toparnos en cada corpus con hechos aislados de la nueva situación lingüística que iba creándose, de donde la necesidad de expurgar ingentes y diversificadas masas textuales, y siempre la americanización afectará parcialmente al acervo léxico del español, en tanto que en el segundo se verían comprometidos enteros sectores del sistema. El americanismo léxico presenta varias caras, de ahí la dificultad de su definición pero las dos más caracterizadoras probablemente sean estas dos:

a) Por un lado, la de que vocablos de difusión meramente regional o dialectal, en España, acabarán extendiéndose por todos los rincones de las Indias o implantándose en amplias áreas de sus vastísimos dominios. Comoquiera que sea, el particularismo peninsular (andalucismo, aragonesismo, leonesismo, etc.) en el Nuevo Mundo muy pronto pasa a ser usado por individuos originarios de no importa qué punto de la geografía española. Como en el ámbito de la fonética sucedía, es aquí primordial contar con el hecho, definitorio y definitivo en una perspectiva causalista, de las mezclas de población que en el Nuevo Mundo se produjeron, sin las cuales mal se explicaría que voces regionales andaluzas como alfajor, estero o maceta y noroccidentalismos como fierro o frijol alcanzaran en América una generalización mucho mayor que en la propia España, donde las isoglosas tradicionales de tales términos no se han movido o han tardado largo tiempo en hacerlo, y esto sólo para algunos de ellos. Por tanto, habrá que aplicar en la investigación sobre el componente léxico del español americano las mismas precauciones y pautas que en la de su fonetismo son exigibles. A saber, en una primera instancia se deberá abordar las preferencias que en materia de vocabulario manifiestan distintos autores de procedencia peninsular, que incluso pueden incidir en la concreción dialectológica de que hace gala Gonzalo Fernández de Oviedo en esta observación: «fesoles ..., éstos se hacen acá en América muy bien ..., llámanse en Aragón judias y en mi tierra arbejas luengas».

Indudablemente, pues, también en este punto la pesquisa en fuentes americanas del
XVI aconseja un previo acercamiento a la geografía lingüística que trazaban los usos léxicos en la España del mismo siglo, de manera que, por ejemplo, estemos en disposición de sugerir la posibilidad de que fray Diego Durán va tuviera impreso en su habla infantil sevillana el participio del sintagma «maíz frangollado», sin necesidad de que fuera a asimilarlo en Nueva España, pues es lo cierto que, contra lo que en 1944 tan rotundamente afirmaba Corominas, no pocos occidentalismos originarios tal vez se trasladaron a Indias también en boca de andaluces, y no solo en la de leoneses y otros norteños, porque en Andalucía occidental existían antes del descubrimiento, según la historia de esta región (reconquista y repoblación medieval) con sólidas razones reclama y su documentación certifica. En el mismo orden de cosas, es lógico que un escritor como fray Bernardino de Sahagún en su obra cronística ofrezca un nutrido manojo de palabras exclusiva o preferentemente afincadas en el tercio occidental de España, entre ellas las siguientes: «cuando comían o bebían añuzcábanse con la comida y bebida», «las ponían en lugar de ojos unos frijoles negros», «allí le escamondaban todo», «bledos o cenizos», «unos chiflos hechos de barro cocido», «pero los que eran tochos y son alocados reíanse de este negocio», «llevaban emplumada la cabeza con plumas blancas a manera de bilma», «veis aquí con que habéis de pasar ocho páramos». Es bueno saber, sin embargo, cómo páramo iría a arraigar en unas zonas americanas y no en otras, pues al comienzo de la colonización se testimoniará en cualquier sitio donde haya un español en cuya habla regional esta voz fuera de curso legal, pero ello no confirma su vitalidad indiana, ni la descarta; para corroborar uno y otro extremo será preciso extender la investigación en términos textuales semejantes a los que en el caso del seseo se han apuntado.

b) Por otro lado está la acomodación semántica de muchos vocablos españoles a distintos aspectos propios del mundo americano. El cambio de significado —sea por transformación del sentido básico de la palabra, sea por el surgimiento de nuevas acepciones— es, en efecto, factor muy activo en la creación de americanismos léxicos, como, sin ir más lejos, se verifica en el mencionado páramo con su uso andino. Sabido es que las alteraciones en las diferentes unidades léxicas se experimentan con rapidez mucho mayor a la que es habitual en las evoluciones fonéticas y morfosintácticas, pero no sólo por lo que a su vertiente semántica toca, sino también en lo que respecta a la difusión geográfica y social del particularismo regional, si, como ocurrió en Indias, se dan las condiciones idóneas. Con Fernández de Oviedo se ha apreciado la viveza de ese ritmo en el registro de fesoles (variante de frijoles), y esta percepción se ve ratificada por numerosos escritos indianos de mediados del
XVI. Del mismo modo, cuando Cieza de León escribe «habían hecho algunas chozas que acá llamamos ranchos, en que estaban para se guarecer del agua», o «hicieron como mejor pudieron ranchos, que llamamos acá a las chozas para guarecerse de las aguas», tanto nos comunica el vigor que a la sazón tenía rancho con su fundamental significado americano, como sugiere que se desconocía en su Extremadura natal. Claro que de ello no se infiere que lo mismo ocurriera en las demás regiones españolas, puesto que idéntico valor de rancho aparece en corpus concejil andaluz de 1511: lo americano de este vocablo consistirá, por consiguiente, en su conversión de regionalismo peninsular en americanismo general y en la floración semántica a que dará lugar en el continente indiano11. En fin, es una sugerente línea de investigación la que concierne al americanismo léxico, y prometedora de inmediatos frutos, no es poco lo que ya se ha avanzado en este terreno, porque su detección resulta factible en muy diversas fuentes dentro del período histórico al que esta ponencia se dedica. Entre tantos otros autores, dará constancia de él Juan Rodríguez Freyle en pasajes como éstos: «salió el ladrón con el hurto, encaminándose a su casa, que estaba a tres cuadras de la iglesia», «hasta que los gallinazos descubrieron el cuerpo», «fuese metiendo por los pajonales y arcabuquillos», «los labradores, en sus cortijos y heredades o estancias, como acá decimos ... » Y el asimismo citado Alonso de Sandoval, quien en su De instaurada aethiopum salute ofrece varios fragmentos de interés documental similar al que a continuación aduzco: «si el negro es estanciero, casi es lo mismo, pues después de aver todo el día macheteado al sol y al agua ... ».


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6. Menos posibilidades hay de conseguir datos relativos a una caracterización americanista en materia morfosintáctica antes de 1650. Pero se trata de ir recopilando pacientemente fichas en las que se refleje lo que en este campo gramatical estaba marcando el futuro del español dentro de la diversidad que en América hoy presenta, y los rasgos diferenciadores se identifican unas veces con el apego a la tradición, los más hasta 1650, y con la innovación otras. En el plano morfofonético, las formas antiguas vide, vido, todavía se registran en la gran novela de Mateo Alemán y en los tres decenios siguientes se hará eco de ellas el padre Sandoval en el litoral caribeño de Colombia, noticias que de alguna manera ayudan a explicar su pervivencia en puntos del otro lado del Atlántico. Algo parecido, en el marco cronológico del período fundacional, cabe decir de imperfectos y potenciales de los tipos teníe y tendríe, por Gonzalo Correas atribuidos a manchegos y andaluces, R. Lapesa señala un testimonio precedente en Santa Teresa, que en los textos indianos de los siglos XVI-XVII frecuentemente van asociados al seseo-ceceo. Las Ordenanzas antequeranas de 1531 con tienen numerosísimos ejemplos de la construcción «ninguno no lo pague», habría que ver si lo mismo ocurre en corpus no andaluces de la época, y en documento de Pilas (Sevilla) del año 1555 aún se lee «los mis bienes», sintagma esporádicamente presente en escritos dominicanos, mientras que la doble negación (nadie no) se halla en la crónica mexicana de fray Diego Durán: más eslabones documentales nos conducirían hasta los actuales reductos americanos de ambos modismos. Incluso en los albores del siglo XVIII en fuentes hispalenses todavía compiten nos, vos, plurales de yo, tú, con nosotros, vosotros, como en el tratado doctrinal de Alonso de Sandoval, que también manifiesta ocasionales empleos de haber, 'tener' y de ser como auxiliar de verbos de movimiento (es ida), al lado de un intenso recurso a la pronominalización en frases como se salieron huyendo.

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7. Bastante se está trabajando en los últimos años en pro de una historia del español de América completa y rigurosa, en cuyo inicio y primer desarrollo no poco han contado entre los filólogos de allende el océano las admoniciones de Guillermo L. Guitarte y sus propias investigaciones, que han repercutido asimismo, aunque no todo lo que hubiera sido menester, en esta orilla peninsular, donde, sin embargo, nos ha guiado el denodado esfuerzo de M. Alvar en el estudio de las crónicas y de su léxico, por no hablar de sus imprescindibles descripciones sincrónicas. No obstante, queda mucho, muchísimo, por hacer, siendo perfectamente aplicable a esta capital faceta del hispanismo aquello de que «la mies es mucha y los obreros pocos», por lo que es obligación de quienes ya estamos en el tajo despertar vocaciones de americanistas serios y bien formados: quehacer no va a faltar para todos, ni atractivos temas de investigación, como sin duda lo son los que para la época que acaba hacia 1650 he ido desgranando en los anteriores folios. Creo que María Vaquero ha sabido ver muy bien la situación real en que nos encontramos, cuando indica que «afortunadamente parece que está empezando a desarrollarse, entre los lingüistas, el entusiasmo por la investigación directa en los archivos, sobre todo en el Archivo General de Indias, de Sevilla», pero advirtiendo a continuación que «en el momento actual debemos reconocer lo mucho que hay que investigar para llegar a trazar algún día la historia del español antillano»12. Debemos, pues, empezar la casa por los cimientos y no por el tejado, dejando a un lado pretenciosas grandes síntesis que no hacen sino entorpecer el recto camino con las ruinas que de ellas se irán haciendo. Humildad ante tanto como se ignora y sentido de la realidad son, pues, mínimas actitudes precautorias exigibles a todo estudioso del español americano, y documentación, grandes dosis documentales, cuando se trata de reconstruirlo históricamente.

Esta es la palabra clave, documentación, para todo historiador que se precie. Y el soporte textual ha de ser manuscrito y filológicamente seguro si el enfoque del trabajo es fonético-fonológico, condición que se está imponiendo en centros universitarios y de investigación de varios países, también de la América española. No hay otro material científicamente válido y los que alguna vez hemos utilizado fuentes impresas sabemos que los datos de ellas extraídos se hallan inevitablemente pendientes de su posible rectificación por el original: quien quiera continuar por esa cómoda senda, que sepa a qué riesgos se expone. Incluso en la enseñanza es aconsejable el manejo de documentos manuscritos, cuyo análisis puede, si no suplirse, sí completarse con transcripciones de carácter paleográfico13. Para la prospección morfosintáctica y léxica valen las ediciones, con tal de que sean rigurosas; pero los casos dudosos no se resolverán en ellas, debiéndose contar, además, con la manipulación a que cualquier original en mayor o menor grado se somete al pasar por la imprenta, circunstancia que especialmente debe considerarse si hay reediciones de por medio.

Afortunadamente, los archivos y las bibliotecas guardan bastantes obras literarias del período americano que nos ocupa en sus ediciones príncipes, aún en las redacciones hechas de puño y letra por sus propios autores, cuya lectura pocas veces resulta dificultosa.


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Notas:
  1. El término en cuestión figura en el título de su estudio «Para una periodización de la historia del español de América», Siete estudios sobre el español de América, México, UNAM, 1983, págs. 167-182. Sobre la divisoria cronológica aquí establecida, que incluye la etapa antillana o de orígenes y aproximadamente la mitad de la de florecimiento de la periodización propuesta por Guitarte, traté en «El andaluz en la formación del español amencano», I Simposio de Filología Iberoamericana (Sevilla, 26 al 30 de marzo de 1990), Zaragoza, Libros Pórtico, 1990, pág. 78.Volver al texto
  2. Puede comprobarse lo que digo en los textos originales datados entre 1493 y 1504 que figuran facsimilarmente reproducidos en Documentos colombinos en la Casa de Alba, introducción, transcripción y notas de Consuelo Varela, Madrid-Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla-Testimonio Compañía Editorial, 1987. Aparte de los continuados usos de -s- por -ss-, se registran en este corpus grafías seseo-ceceosas, elisiones de -s, el trueque de - l con - r y la elisión de la -d- en to 'todo'.Volver al texto
  3. Nunca estará de más recordar, como Guillermo L. Guitarte hace, que «la lengua del ocaso del Medioevo y del Renacimiento fue la que se trasplantó a América, y cuanto mejor conozcamos el español de los siglos XV y XVI, tanto mayor será la claridad con que podremos ver el origen y desarrollo de las peculiaridades del español de América», Actas del VII Congreso. Asociación de Lingüística y Filología de América Latina, Santo Domingo, Talleres Gráficos de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña, 1987, t. I, pág. 127.Volver al texto
  4. Es lo que creo demostrar en mi Historia de las hablas andaluzas, Madrid, Arco/Libros (en prensa). Ni que decir tiene que, no todos estos rasgos fonéticos son exclusivos del andaluz, aunque sí se dan en este dialecto con enorme intensidad, por lo que también se hace necesario explorar en la documentación de regiones situadas sobre la raya de Andalucía.Volver al texto
  5. Es lo que a todas luces manifiestan los textos epistolares manejados por Francisco Ruiz Fernández en su tesis doctoral Fonética del español de América del siglo XVI en cartas de emigrados andaluces a Indias, que en el curso de este Congreso va a presentarse.Volver al texto
  6. Documentación relativa a este aserto he aportado en «El seseo: orígenes y difusión americana», Historia y presente del español de América, coordinado por César Hernández Alonso, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1992, págs. 113-142.Volver al texto
  7. AGI, Audiencia de México, legajo 280, carta escrita el 15 de marzo de 1569 («Mui altos y mui poderosos Señores: la graçia de nuestro Dios biua el ánima de Vuestra Altesa...»).Volver al texto
  8. A esta cuestión me refiero en el artículo citado en la nota 6.Volver al texto
  9. Mi uso de este término lo he explicado en «El andaluz en la formación del español de América», I Simposio de Filología Iberoamericana, Universidad de Sevilla, Zaragoza, Libros Pórtico, 1990, págs. 123-146.Volver al texto
  10. Naturalmente, los dos autores emplean indoamericanismos generales, pero también otros de carácter regional, cada uno los de su propia zona. En cuanto a fray Diego Durán, las necesidades específicas de su crónica etnográfica explican que utilice asimismo muchas voces mexicanas que entonces no pertenecían al español novohispano, bastantes de las cuales todavía le resultan extrañas hoy.Volver al texto
  11. Véase mi «Rancho ‘vivienda rural o finca de campo’: un andalucismo léxico más del español de América», RFE, LXXI, 1991, págs. 339-345.Volver al texto
  12. María VAQUERO, «Historia del español en las Antillas. Etapa colonial. Etapa de las independencias», Historia y presente del español de América, pág. 280.Volver al texto
  13. Hace varios años que vengo empleando láminas facsímiles en mis clases de Español de América con rendimiento didáctico que en modo alguno se superará por el manejo de colecciones documentales, aun los de factura paleográfica, salvo en las posibilidades que éstas ofrecen de dar visiones más amplias tanto cronológica como geográficamente. En cuanto a este tipo de corpus, parece ser que la ALFAL va a publicar un volumen preparado por varios equipos repartidos por zonas en que al efecto se ha dividido la América española. También dirijo una edición de Documentos Lingüísticos hispanoamericanos, empresa en la que participan antiguos colaboradores míos de la Universidad de Sevilla. Entre nosotros, por razones obvias, los criterios son absolutamente uniformes y recurrimos a los fondos del Archivo General de Indias, preferentemente, pero asimismo de la Biblioteca Nacional y del Archivo Histórico Nacional. Hemos leído y transcrito miles de folios, en número que difícilmente habrá superado cualquier otro centro americanista, y bien podríamos haber sacado a la luz el primer libro, pues son muchos los cursos de trabajo dedicados a tal efecto, con tesis de licenciatura y de doctorado de por medio. No nos ha movido, sin embargo, ningún deseo de anticipación, sino muy distintas miras, aparte de que cuantas más obras del género haya en el mercado, tanto mejor será: la competencia y la posibilidad de elección son siempre saludables. Y una última sugerencia: los textos paleográficamente editados sólo sirven para un uso escolar; pero en la investigación no queda más remedio que el acudir personalmente a los bancos de los archivos.Volver al texto
 

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