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 PROBLEMAS DE LEXICOGRAFÍA

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El futuro de los diccionarios del español
Manuel Alvar Ezquerra. Universidad de Málaga


El intento de decir en unas pocas palabras cuál va a ser el futuro de nuestros diccionarios, o cómo debería serlo, encierra no pocos peligros y dificultades debido a que la actividad lexicográfica depende de múltiples factores, unos lingüísticos, otros no.

Sí nuestros diccionarios son hoy lo que son es porque nuestra lexicografía ha cumplido ya más de quinientos años, y debe a una tradición mantenida durante tanto tiempo mucho de su actual realidad. El respeto a esa tradición hace que los repertorios de léxico tengan sus virtudes y también sus defectos. Lo bueno bien está y no debemos tocarlo. Lo malo habrá que corregirlo. Pero si nos quedamos mirándonos a nosotros mismos, a nuestras obras, habremos perdido la perspectiva y la necesaria capacidad de comparación, y, por ello mismo, de crítica. Hemos de volver la vista para ver qué es lo que se hace en el entorno más cercano, como en el pasado ese mismo entorno miraba hacia acá para escudriñar lo que se realizaba en nuestro solar.

Entre los factores que condicionan la lexicografía hay unos de índole externa a la propia disciplina y otros que le son inherentes.

La profesión del lexicógrafo es tanto o más digna que cualquier actividad en la que el hombre da lo mejor que tiene, y a ella se dedica en cuerpo y alma durante toda su vida. Por ello debe merecer todos nuestros respetos. No es, ni debería serlo, la labor de un aficionado que se siente capacitado para decir aquello que le gusta, cuando le gusta y como le gusta. Se debe a unas reglas y a unas condiciones muy estrictas, pues de lo contrario sus obras valdrían de poco. Es un lingüista al que se exige un amplio conocimiento de su propia lengua, e incluso de alguna más cuando hace repertorios multilingües, a lo que deben añadirse no pocos saberes sobre algunas técnicas, y un dominio del conjunto de la realidad extralingüística muy superior al que necesitan los expertos en otras materias. Pero hay más, como el diccionario es un instrumento didáctico, en sus manos está la formación de muchas personas, por lo que la responsabilidad es grande, aunque no se vea, o no se quiera ver, habitualmente. Ésas son las razones por las que hoy se habla de la lexicografía como de una profesión emergente en Europa: su profesionalidad y su responsabilidad. Tenemos la obligación de hacer que se respete la labor del lexicógrafo y su obra, a la vez que deberemos rechazar a los intrusos que, sin los conocimientos y la formación necesarios, pretenden sentar cátedra con un par de términos mal aprendidos v asimilados. Que cada cual trabaje en aquello para lo que está capacitado, y que no se tome a la lexicografía ni a los diccionarios como una pasarela a la que cada cual puede venir a lucir sus encantos y el primor de su habilidad para cortar y coser paños, menospreciando el quehacer de cuantos, desde hace siglos, realizan un trabajo continuado, silencioso, y sin esperar nada a cambio, como mucho la crítica y el desprecio.

Pero si no se toma con la seriedad necesaria el trabajo del lexicógrafo, o su menester lo realizan personas venidas desde otros dominios, habrá que pensar en que no hay una formación adecuada para tener los lexicógrafos que necesitamos. España es uno de los países europeos con menor número de lexicógrafos, lo que tampoco es de extrañar si observamos que la disciplina está ausente de la mayor parte de los planes de estudios de nuestras Universidades —y no sé si en los nuevos la situación ha mejorado algo—, que son pocos —aunque su número crece— los cursos, congresos y publicaciones de carácter general que dejan espacio para la lexicografía. Y también es verdad que cuando se le concede la necesaria atención no siempre se tiene muy claro lo que es la lexicografía, confundiéndola —incluso los especialistas— con la lexicología. Es necesario fomentar la presencia de la lexicografía como materia científica, distinta de la práctica lexicográfica, en todos los ámbitos, ya que la sociedad necesita lexicógrafos, de la misma manera que precisa especialistas de otros dominios. Ya no es cierta —y no creo que lo haya sido sino en contados casos— la idea de que el autor de diccionarios es un personaje que tiene una habilidad especial para cazar palabras y definirlas, gracias a lo cual logra enriquecerse sin mayor apego a lo que hace. El lexicógrafo de nuestros días, y del futuro, debe ser una persona con una sólida formación lingüística y con firmes conocimientos teóricos, a la vez que deberá estar entrenado para llevarlos a la práctica. Será capaz tanto de estudiar y analizar la forma y contenido de los diccionarios como de llevar a cabo su confección con una solidez mínima.

Otra de las necesidades inmediatas que tiene la lexicografía es la de hacer entender qué es un diccionario y para qué sirve. Porque está muy bien que en la teoría todos sepamos en qué consiste un diccionario, pero ¿realmente se usa? ¿de verdad es la obra de consulta que habría de ser? Ya que se trata de un instrumento didáctico, tendríamos que enseñar su manejo, y a saber explotarlo en la enseñanza de las lenguas, tanto la primera como las segundas. Que el desconocimiento del diccionario, y de la labor del lexicógrafo, es general nos lo deja bien patente el poco uso que se hace de él en las clases de lengua, y en el tipo de críticas que se vierten sobre sus páginas, incluso entre especialistas. Se busca más lo anecdótico, lo marginal, lo intrascendente, que lo general y complejo. Para quien no conoce lo que es un diccionario, o para el vago, o para el ignorante, es más fácil encontrar una etimología mal formulada, una acepción no consignada o mal definida, o tal palabra que se dice en mi pueblo. Pero tanto, o más importante que un diccionario recoja todas las palabras y acepciones es que esté bien construido, que tenga una coherencia interna, que responda a un modelo de lengua predefinido, etc. El lexicógrafo no lo puede saber todo, por ello comete errores, pero su obra debe estar bien hecha. Quien critica lo ínfimo sólo da muestras de sus limitaciones y de su pereza, pues no basta con decir lo que está mal, para ello vale cualquiera un poco avispado. Hay que construir. La lengua es de todos, y a todos nos sirve. La colaboración es siempre esperada en lexicografía, pero pocas veces llega. ¿Se podrá contar en el futuro con la necesaria cooperación?

Una cuestión importante que habría de tener muy presente la lexicografía en los años venideros es la de la forma del diccionario, tanto por lo que respecta a la presentación de los materiales como al soporte físico de esos materiales. En realidad, no es algo que afecte directamente al lexicógrafo, pero se encuentra implicado. Quienes tienen la máxima responsabilidad en este aspecto son las editoriales, organismos e instituciones patrocinadoras o que realizan diccionarios.

Convendría que el producto comercial que es el diccionario, como sucede con cualquier otro producto comercial, estuviese sometido a unos controles de calidad y que cumpliese unos requisitos mínimos. Es un llamamiento que debemos hacer a las autoridades competentes para evitar el intrusismo y la reedición continuada de obras plagadas de barbaridades, sin la revisión y actualización necesarias. Es preciso tanto para elevar la calidad final del diccionario, como porque así se habrá contribuido a mejorar la formación cultural y lingüística de la sociedad, que no es poco, pues las consecuencias que se pueden derivar son grandes y a nadie se le escapan.

Pese a lo dicho, el control de la calidad no es la única manera de conseguir diccionarios mejores. También habría que impulsar la competencia con el fin de que quienes tienen la misión, o la posibilidad, de hacer y publicar diccionarios se esforzaran por lograr productos cada vez de mayor calidad, y adecuados a las necesidades de los usuarios.

Dentro de la concepción del diccionario como elemento didáctico, hay que insistir en la conveniencia de que se realicen en un futuro inmediato repertorios escolares, esto es, diccionarios que satisfagan las necesidades de los usuarios en edad escolar. Quiere ello decir que estén pensados y realizados con esa finalidad, y que no se nos hagan pasar como diccionarios concebidos para ese público obras que sólo son una reducción de otras más amplias, hechas sin consideraciones objetivas ningunas. Habrá que incluir las voces con las que se puedan encontrar esos usuarios, y no sólo aquellas que considere subjetivamente el diccionarista. Las definiciones no deberán dejar paso a la ambigüedad, y todas las palabras que se utilicen en ellas tendrán que estar, a su vez, definidas o explicadas en la obra, para que el texto sea cerrado y no sea obligatorio acudir a otros repertorios, dando una pobre imagen de lo que es un diccionario.

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En varias ocasiones me he referido a la necesidad de mejorar la calidad interna de los diccionarios, más acuciante en unos casos que en otros. Pero no solamente es necesario introducir esas mejoras. Es conveniente saber realmente qué diccionarios se necesitan. Tengo la certeza de que los diccionarios de que disponemos no son todos los posibles, ni mucho menos, y ni tan siquiera son los más apropiados para los usos que se les dan. Y ello se debe, entre otros motivos, a la falta de otros repertorios, y al desconocimiento generalizado de lo que es un diccionario, incluso entre los profesores de lengua y entre los libreros, cuya opinión y consejo influye decisivamente en la adquisición del diccionario. La formación de unos y otros es, pues, tarea fundamental. Sólo de este modo llegaremos a eliminar la constante confusión, en muchas ocasiones fomentada por quienes no deberían hacerlo, entre diccionario, diccionario enciclopédico y enciclopedia. Son obras distintas, con unas utilidades distintas, y que no deben sustituirse mutuamente. La tarea que queda por hacer en este sentido no es menuda.

Creo que en adelante habrá que tener muy presente al destinatario del diccionario, pues con frecuencia se olvida que los repertorios lexicográficos no son obras para el lucimiento teórico de quienes las ejecutan, sino que tienen una utilidad práctica. Pasar por alto las necesidades de los usuarios es olvidar una parte fundamental para que los diccionarios cumplan adecuadamente su cometido.

Cuando sepamos realmente cuáles son las obras que precisan los usuarios será el momento en que se pueda proponer la ejecución de un repertorio u otro. Sin embargo, hay unos cuantos diccionarios de los que está necesitada nuestra lengua, algunos de ellos en curso de ejecución.

En primer lugar hay que mencionar el diccionario histórico. Si es la Academia la encargada de hacerlo habrá que oír sus necesidades y apoyarla para que nuestra lengua se una lo antes posible a las lenguas de cultura de nuestro entorno que disponen de obras similares desde hace muchos años. Y si el diccionario histórico está mal planteado, o es viejo, o no responde a las necesidades actuales, habrá que adoptar las determinaciones necesarias para que no se esterilice en su propia ejecución. Un diccionario histórico es el fundamento sobre el que construir la lexicografía moderna de una lengua.

Considero necesario, también, que los diccionarios del futuro contengan abundantes ejemplos, no como ornamentación, sino como modelos de uso de las palabras, como contextualización de lo que se dice en el artículo. La falta de ejemplos se achaca continuamente a nuestros diccionarios, sin que se ponga un remedio eficaz, tal vez por comodidad —y economía de los editores—, tal vez como mantenimiento de una malhadada tradición.

Es preciso confeccionar diccionarios para la enseñanza del español como segunda lengua. Los diccionarios bilingües de que disponemos adolecen de muchas faltas: el léxico consignado no es el más reciente, las informaciones que contienen no siempre son exactas, las necesidades y las búsquedas quedan frustradas con frecuencia, etc. Y no existe, que yo conozca, ningún diccionario monolingüe concebido para enseñar el español a extranjeros.

Una de las partes del contenido de nuestros diccionarios que merecería una dedicación especial en el futuro es la de los regionalismos, tanto los peninsulares como los americanos. No voy a entrar aquí en la discusión sobre si se deben marcar o no los españolismos, pues deberíamos acudir a justificaciones lingüísticas y no lingüísticas. Parece que queda fuera de toda duda que los diccionarios generales deben dar cabida a los usos no generales. ¿A todos? He aquí el problema, ¿dónde poner los límites para que el diccionario siga siéndolo, y represente tanto la norma general como el uso? Por otra parte, el contenido de los diccionarios generales dependerá en buena medida del conocimiento que tengamos del vocabulario regional, razón por la que en el futuro tendremos que llevar a cabo no pocos trabajos sobre el léxico. Los atlas lingüísticos ya son una realidad para grandes zonas de nuestra lengua, ahora hay que sistematizar el vocabulario contenido en ellos, tal y como se ha hecho para el ALEICan y se está haciendo con el ALEA. Junto a los repertorios surgidos de los atlas no estaría de más hacer otros de carácter acumulativo con los índices, glosarios, vocabularios, etc., de carácter local, comarcal, regional, etc., en curso de realización para el aragonés y el andaluz. Cuando se hayan realizado esos vocabularios tendremos buenas bases para corregir y ampliar el contenido de los diccionarios grandes. La necesidad es patente para todos los dominios del español, aunque tal vez más imperiosa para el americano, por cuanto su extensión geográfica es enorme y las noticias que poseemos sobre su léxico no siempre son actuales, y muchas veces fragmentarias e incompletas.

Algo similar cabría decir para el léxico de carácter científico y técnico, aunque la responsabilidad en este caso es compartida entre lingüistas y especialistas en las distintas materias. No es un problema estrictamente lingüístico, como el del léxico regional, sino que adquiere otras dimensiones.

En el futuro los diccionarios deberán dejar de estar basados en la competencia lingüística del lexicógrafo, o grupo de ellos, para dar paso a repertorios construidos sobre datos directamente comprobables. En este sentido adquiere una importancia relevante la constitución de córpora lingüísticos que proporcionen a los diccionaristas los datos que precisan. El corpus no es un objetivo para el lexicógrafo, sino el medio, el instrumento de que se ha de servir, por lo que no deberá desviar su atención. Aquí nos encontramos con una dificultad añadida, pues no existen para el español córpora de amplias dimensiones construidos de una forma coherente, excepción hecha del español de Méjico. Todo lo demás son retazos inconexos. Y los córpora habrán de valer tanto para diccionarios sincrónicos como históricos, para obras generales y para repertorios técnicos. Dada la amplitud de un corpus multifuncional y multivalente, y dado su carácter precompetitivo, no es una tarea que pueda acometer uno solo. Para el español debe ser un empeño nacional, y al margen de intereses inmediatos, por más que una de sus primeras aplicaciones, y más rentables, sea la elaboración de diccionarios. Los beneficios que se extraerían de un corpus en otros ámbitos de la lingüística son enormes, y por lo que nos interesa ahora no sólo valdría para la elaboración de diccionarios fundamentados en datos reales, sino también para mejorar los existentes, corrigiéndolos y enriqueciéndolos con los ejemplos de los que se hallan tan en falta.

Por último, queda hablar de la forma material de los diccionarios en el futuro. Con los nuevos avances tecnológicos ya no puede pensarse en el diccionario como el libro de consulta al que estamos acostumbrados. Los diccionarios del futuro, y algunos ya son realidad en nuestra lengua desde hace años, estarán en soporte magnético para ser consultados por medios electrónicos. No hablo de la informatización de los repertorios y bases de datos léxicos, que es ya una necesidad, sino de repertorios léxicos que bajo distintas formas, especialmente CD-ROM y libros electrónicos, podrán adquirirse y manejar en ordenadores personales, o consultar a través de redes de información. Ya no serán diccionarios por cuanto las informaciones no se consignarán por el común orden alfabético, y serán multifuncionales, pudiéndose realizar búsquedas más completas y complejas que las que permiten los diccionarios de papel. La revolución electrónica que se está produciendo en los diccionarios terminará con los problemas del orden alfabético y las letras del español, y dejará sin sentido las discusiones sobre la preferencia del orden alfabético o del ideológico.

En la nueva era, la función del lingüista, del lexicógrafo, terminará con la preparación de los datos lingüísticos o enciclopédicos; el resto corresponde a la informática, por más que la colaboración sea imprescindible para obtener el máximo provecho de la labor del lexicógrafo y del técnico. Con estas nuevas obras poseeremos mayor información y más posibilidades de llegar a ella, de modo que será innecesario poseer un diccionario alfabético para un tipo de consultas, otro conceptual para otras búsquedas, uno técnico para cuestiones específicas, o uno ilustrado para otras. Las posibilidades técnicas en estos momentos son enormes, y todo ello cabe es un pequeño disco no mayor que la palma de la mano y que puede ser consultado en un aparato (con teclado y pantalla) que cabe en el bolsillo y funciona con pilas. Se termina una etapa en la historia de la lexicografía y nace otra. El debate más importante que han mantenido los lexicógrafos durante el pasado verano era si desaparecería el diccionario de papel para dejar paso al electrónico. Ambos pueden convivir, y estoy convencido de ello, de la misma manera que han coexistido, y se han necesitado, la imprenta o la máquina de escribir y la escritura manual. Es una discusión sin consistencia, cuya única razón es la llegada de una nueva generación de repertorios léxicos.

 

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