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Gramática y
diccionario
Juan Gutiérrez Cuadrado.
Universidad de Barcelona |
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Para tratar adecuadamente el tema de esta comunicación conviene deslindar, en primer
lugar, los conceptos de gramática y diccionario; después, repasar brevemente su historia
común y examinar las relaciones actuales entre ambos; por último, reunir las
conclusiones más destacables.
1. Es útil empezar señalando las distintas acepciones en que puede
utilizarse el término gramática, así como las diferencias entre lexicón
y diccionario, aunque no las respetemos sistemáticamente en nuestra exposición
(Gleason, 1967: 85). En principio, contamos con el uso del término gramática, al
menos en cuatro sentidos distintos: a) el mecanismo que conforma la
estructura interna de una lengua; b) el mecanismo mentalde la lengua
que domina cada hablante; c) la descripción de una lengua (tenga o no
carácter normativo) generalmente presentada en forma escrita; d) la
disciplina escolar en cualquiera de los niveles académicos. Respecto al diccionario,
distinguimos: a) el lexicón, noción abstracta que abarca todo el
vocabulario de una lengua, tal como puede concebirse en el cerebro de todos los hablantes
de esa lengua, con toda la información sintáctica y semántica asociada a cada entrada
(el lexicón del español, en cuanto opuesto al del gallego, vasco o catalán, por
ejemplo); b) en segundo lugar, un léxico, también abstracto, del que cada
hablante dispone en su cerebro (sólo parcialmente semejante al léxico de otro
hablante); c) el diccionario, un objeto concreto, cuaderno manuscrito, libro
impreso, disquete de ordenador, etc., que consultamos cuando queremos ampliar, comprobar,
etc., algunos segmentos de nuestro propio léxico (Kay, 1991: 35); d) por fin, el vocabulario,
disciplina escolar relacionada con el diccionario en los diversos escalones del
sistema educativo o en el aprendizaje de lenguas extranjeras.
A partir del paralelismo más o menos exacto de los dos conjuntos de nociones es posible
distinguir las relaciones entre: a) el mecanismo mental de una lengua y
el lexicón (o entre la gramática mental de cada hablante y su léxico),
y b) la descripción gramatical y el diccionario. Sin
embargo, nos fijaremos sobre todo en la segunda relación y en el reflejo que en ella
proyecta la primera. Para ello sólo nos interesaremos por los diccionarios monolingües
generales, aunque de vez en cuando me refiera a los escolares o a los monolingües para
extranjeros.
Dado que no escasean las definiciones sobre qué sean o deban ser los diccionarios,
empezaré por caracterizar el diccionario léxico monolingüe funcionalmente, partiendo de
una sugerencia de Putnam (1975) (que recoge una larga tradición de la lexicografía
americana): el diccionario léxico es un instrumento capaz de transmitir a los hablantes
de la lengua el uso de las palabras que no conocían, por medio de las definiciones. Sin
embargo, no debemos consentir que nos atrape la aparente transparencia de tal enunciado:
es indispensable precisar cuándo juzgamos que un hablante ha aprendido una palabra que
desconocía. Podríamos aceptar (Miller, 1984) los siguientes casos: a) El
hablante, de acuerdo con el criterio más rígidamente cualitativo de la sinonimia, es
capaz de sustituir la voz definida por su definición en todos los contextos de su lengua.
Parece una exigencia exagerada, a juzgar por los resultados negativos de las pruebas que
se han llevado a cabo con escolares de niveles diferentes. b) El hablante es capaz
de construir alguna frase con la nueva palabra aprendida. (La definición, por tanto, es
buena y aporta una información adecuada para satisfacer el criterio productivo). c)
Por fin, desde una perspectiva pedagógica, una definición acertada proporciona al
hablante la información suficiente como para que incluya pasivamente la palabra definida
en su vocabulario.
Es cierto que la mayoría de los diccionarios monolingües cuentan con la intuición del
hablante y satisfacen solamente las exigencias mínimas del apartado c), pero
éstas son insuficientes para los usuarios escolares o extranjeros, a los que no se les
puede suponer la intuición lingüística común. Por otro lado, no puede perderse de
vista que el diccionario se convierte cada vez más en un instrumento cultural
sistemático: las personas que no se hayan familiarizado con él a lo largo de sus años
de escolaridad no lo consultarán regularmente. Ello, a su vez, supone que podrán
redactarse diccionarios léxicos monolingües más técnicos, pero también implica que se
deberán redactar los correspondientes diccionarios escolares. Por tanto, hemos de pensar
en los diccionarios léxicos como instrumentos de educación y formación (Galisson, 1988:
22) y no concebirlos como si se tratara de literatura de masas. |
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2. Es sabido que la filología
occidental se incubó en el ambiente de los monasterios, catedrales o universidades de la
Edad Media, donde maestros y escolares se esforzaban en entender la tradición latina
(Díaz y Díaz, 1978). En aquellos círculos los glosarios aparecieron muy pronto:
unilingües al principio, bilingües después y, andando el tiempo, se convirtieron en los
primeros diccionarios latinos, unilingües o multilingües (Buridant, 1986). Desde finales
del siglo XII hasta el XV estuvieron en vigor en las escuelas de latinidad
gramáticas que reunían reglas, ejemplos y excepciones desgajados acríticamente de los
textos, entre las que destacan Alexandre de Villedieu, Doctrinale (1199),
Graecismus de Evrart de Béthune (+ 1212), citadas por Alfonso X, también conocidas
en el siglo XV castellano, junto al Catholicon de Joannes Balbis
(1286), o el tardío Pastrana. No es ocioso observar que en aquel conjunto de disciplinas,
que abarcaba desde la ortografía hasta la retórica, nunca se planteaba con nitidez la
distinción entre gramática y diccionario: predominaba una concepción gramatical
lexicalista (Niderehe, 1992: 100), aunque paralelamente, sobre todo desde el siglo XIII, la
teoría gramatical (gramática especulativa) en la que los problemas del signo
ocupaban un lugar destacado (Rey, 1991) se desarrolló extraordinariamente
(Bursill-Hill, 1971, 1976 y 1977).
A pesar de la distancia técnica entre los trabajos medievales y la obra de Nebrija, por
ejemplo, podemos descubrir que, en este autor, a la manifestación exterior de dos
instrumentos, gramáticas o diccionarios, no corresponde sino una única actividad de
base, la enseñanza de la lengua o el comentario filológico (C. Codoñer, 1992). Para
convencernos de ello, basta con examinar las obras medievales, mezcla de diccionarios y
gramáticas por ejemplo, el Catholicon (Bursill-Hall, 1977: 4) o el Verbiginale
(Pérez Rodriguez, 1990) y, las Introductiones de Nebrija
(diccionarios de valencias, según Perona, 1992: 3 l). Así, ya en las de 1481 los
paradigmas gramaticales que abren el texto se cierran con un vocabulario final y alternan,
en el centro, con comentarios de excepciones. A este esquema se someten de una manera más
o menos parecida otros muchos autores renacentistas, como Palsgrave (Kibbee, 1985: 37-39),
G. Miranda (Ramajo, 1987: 219) o el Brocense (Minerva, cap. III o págs. 328-395);
y podría alargarse la nómina fácilmente hasta ciertas gramáticas latinas del siglo
XIX, con parecidos contenidos (Márquez de Medina, 1817). En resumen, los textos
gramaticales, latinos o romances, siempre han incluido análisis casuísticos de
excepciones, generalmente ordenada alfabéticamente, o listas de voces con su rección,
que podrían encontrar un perfecto acomodo en el diccionario. Esta práctica es paralela a
la de los lexicógrafos: ¿cómo olvidar la cantidad de información gramatical que está
presente en todos los diccionarios occidentales? En un prólogo de trece páginas, Nebrija
(1492) dedica dos a justificar su obra antes su protector, algo más de seis a dilucidar
las cuestiones de la interpretación de las distintas clases de vocablos, una a prosodia y
etimología, y casi tres a sintaxis. Con el Renacimiento se introducen las marcas de las
partes de la oración, género, número y clase verbal en casi todos los diccionarios, y
se conservan todavía en los actuales, examinados desde este punto de vista por Alvar
Ezquerra (1982).
Si de los textos gramaticales y los diccionarios volvemos los ojos a la gramática y al
léxico, descubriremos que desde la Edad Media hasta nuestro siglo la riqueza del
pensamiento gramatical no ha sido escasa, y que sus cambios de rumbo no han carecido de
importancia (Padley, 1976; Rey, 1973-76; Droixhe, 1978), pero también podremos constatar
que la mayoría de las teorías semánticas se centraba en el signo lingüístico aislado,
en la palabra (Rey, 1971: 161): la palabra se engarzaba a través de la analogía y la
etimología en la gramática. Las leyes gramaticales regulaban los usos de las diferentes
categorías: en la gramática se estudiaban las regularidades y algunas excepciones; en el
diccionario las irregularidades, el universo inabarcable de los signos. Después de
Leibniz, impulsor del divorcio entre semántica racional y lingüística (Rey, 1991: 18l),
la palabra vuelve al centro de la reflexión semántica con Bréal (Rey, 1977: 156). Con
el estructuralismo los análisis de la estructura y composición de los signos
morfemas, etc alcanzan su máximo esplendor (Nida, 1946), a la par que la
noción de palabra entra en cuarentena y se multiplican los estudios de campos semánticos
(Trier, 1931; Ullmann, 1977; Coseriu, 1978: 206-38 y 1981). Sin embargo, el reparto de
objetivos entre el diccionario y la gramatica suele ser el tradicional: lo irregular
frente a lo regular (Hjelmslev, apud Rey, 1971: 156; Lamiroy, 1991b: 133, o el
amplio panorama de Lyons, 1977, I y II).
Por fin, no puede dejarse sin comentario el hecho de que los diccionarios siempre se han
presentado con un perfil más bien confuso: por eso tiene tanto valor la declaración de
Humboldt (1836: 93) de que el léxico no es una masa amorfa inerte. La imagen imprecisa de
los diccionarios desde el siglo XIX hasta la mitad de nuestro siglo ha contribuido a
distanciarlos de las teorías lingüísticas: a) muy influidos por las políticas
editoriales; b) marcados por la obsesión de las nuevas incorporaciones del léxico
técnico y científico: el acento se ha puesto en los rasgos enciclopédicos (Rey-Debove,
1991: 148); c) caracterizados como objetos concretos diferentes de la gramática,
gracias a la escolarización generalizada. Sin embargo, paradójicamente, los diccionarios
contemporáneos han conservado sus vínculos con la misma gramática que sus primeros
antepasados renacentistas. Y quizá podría pensarse que, así como ha evolucionado la
teoría lingüística, igualmente debería evolucionar la gramática que está presente en
los diccionarios. |
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3. La discusión abierta sobre la relación entre la gramática y el diccionario
es un episodio reciente de la lingüística y arranca de varios hechos que enumeraré
esquemáticamente:
a) Las necesidades de la enseñanza de
segundas lenguas: se ha llamado la atención sobre la mayor abundancia de información
sintáctica en los diccionarios para extranjeros, auténticos adelantados en este campo
(Cowie, 1983: 107; Sinclair, 1987:105-8; Hartmann, 1992). La enseñanza de segundas
lenguas obligó a los lexicógrafos que redactaban diccionarios para extranjeros a incluir
regularmente ciertas informaciones sintácticas que no tenían cabida en los diccionarios
monolingües convencionales. Un caso ejemplar es el de H. El Palmer y A. S. Hornby,
quienes fueron responsables, entre 1927 y 1948, de que se incorporaran a los diccionarios
del inglés informaciones gramaticales, como la distinción entre sustantivos contables y
no contables o los «verb patterns», hoy generalizadas (Cowie, 1989: 589).
b) La aparición y consolidación de la teoría lexicográfica o metalexicografía,
disciplina que propone abordar el estudio y la realización de los diccionarios
científicamente, acentúa los planteamientos teóricos de la lexicografía, acercándolas
a las corrientes lingüísticas contemporáneas, y arrincona las tradicionales
invocaciones al arte del lexicógrafo. El desarrollo de la metalexicografía
se hace evidente si nos fijamos en la multiplicación de congresos específicos de
lexicografía, en textos como los de Ilson (1986) sobre la profesión de lexicógrafo, en
la enciclopedia editada por Hausmann et al. (1989-91), en los tradicionales
manuales de Zgusta (197l), Rey (1977), Hartmann (1983) e Ilson (1987), o en las
publicaciones de Dubois.
c) El desarrollo de teorías gramaticales, sobre todo de la gramática generativa,
en las que el peso de la sintaxis es fundamental: aunque varias teorías se han fijado en
la relación entre léxico y gramática, es evidente que la preocupación de las
corrientes generativas por articular tal relación explícitamente ha impulsado con
fuerza las investigaciones en este campo.
d) El desarrollo de los programas de traducción automática (King, 1992; Bel,
1992: 5-6).
Me referiré brevemente a las diferentes
tendencias que investigan el binomio sintaxis-diccionario: a) léxico-gramática; b)
teoría de reacción y ligamiento; c) teorías funcionalistas y gramáticas de
valencias.
3.1. La construcción de un léxico-gramática fue teorizada por M.
Gross, interesado un tiempo por la gramática generativa y los lenguajes formales, pero
volcado después en la compilación de un corpus importante de datos para poder observar y
describir empíricamente los fenómenos sintácticos. Gross, influido por Harris y
Tesnière, ha expuesto en muy diferentes momentos de su larga trayectoria sus principios
teóricos y prácticos (1975), pero los ha vuelto a resumir recientemente (1991). Busca
construir un diccionario electrónico del léxico central del francés, las formas que
dominan los gramáticos y un léxico periférico con los términos técnicos. El léxico
se compone de formas simples (verbos, adjetivos, nombres y adverbios con las otras partes
invariables de la oración) y formas compuestas, que se resuelven en las simples. La
descripción parte de un principio básico: «Les entrées du lexique ne sont pas des
mots, mais des phrases simples» (1981: 48). El verbo es una clave sencilla para acceder a
la frase y nunca se separa ni de su sujeto ni de sus posibles complementos esenciales;
cada entrada (frase) dispone, además, de un conjunto particular de otras formas generadas
por transformación (pasiva, pronominal, etc.) que se debe determinar y representar. Las
construcciones ser + adj., con función predicativa, o los sustantivos
predicativos con verbo soporte son tratados como los verbos, auténticos
protagonistas del léxico-gramática de Gross (1981).
Hay que reconocer que esta doctrina ha resultado muy fructífera. Además de los
materiales para un diccionario electrónico, los planteamientos de Gross han fomentado
numerosos trabajos léxico-gramaticales, se aprovechen o no en los diccionarios
monolingües, de indudable interés para los lexicógrafos. No es el momento de citar las
numerosas contribuciones de sus colaboradores y discípulos sobre el francés. Por versar
sobre el español, merecen mencionarse los trabajos de Carlos Subirats (1987) y B. Lamiroy
(1991 a), esta última con suficiente información bibliográfica sobre otras
investigaciones de este círculo. |
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3.2. La relación teórica entre lexicón y gramática se
ha discutido, sobre todo, en la gramática generativa. Desde la orientación inicial de
esta corriente, totalmente transformacional, en la que no se distinguía entre morfología
y sintaxis y se concebía la estructura profunda como un mecanismo excesivamente abstracto
e incontrolable por su poder transformativo, hasta los trabajos de Chomsky (1981, 1982)
sobre rección y ligamiento, se ha recorrido un largo camino: Hoekstra, Van der Hulst y
Moortgat (1981: 1-15) trazan los hitos lexicalistas. Sánchez de Zavala (1974-76) recuerda
con seguridad el desarrollo de las tendencias semanticistas. Ostler (1980: 19-29) repasa
las concepciones de las gramáticas del caso. Muestra un cierto acuerdo con Jackendoff;
critica las generalidades de Fillmore (1977) también criticado por García
Hernández (1986); señala las dificultades del modelo localista de Anderson (1977)
y descubre aspectos interesantes en Chafe y Carter.
No cabe duda que desde 1981 se ha producido un giro lexicista (Demonte, 1991) en la
gramática generativa. Se están desarrollando diferentes tendencias teóricas y ensayando
nuevas aproximaciones al problema, incompletas y heterogéneas, pero todas coinciden en
cuestiones fundamentales: que la gramática posee un lexicón compuesto por un
conjunto no ordenado de entradas léxicas que especifican el conjunto de los argumentos
inherentes, semánticamente seleccionados por un predicado y catalogados como papeles
temáticos: agente/causa, paciente/tema, etc. Wasow (1983: 310) comentaba al final de su
trabajo:
The present paper assumes
thecorrectness of Bresnans (1978) position on this question, and tries to reconcile
it with my earlier arguments for the opposite conclusion. What has emerged from this
attempt is evidence that one may derive considerable benefit from utilizing thematic
information in a theory of lexical rules.
El problema clave, por tanto, es la
proyección del léxico en la sintaxis: ¿cómo se proyecta la información temática
depositada en el léxico, información sobre relaciones entre predicados y argumentos, en
las representaciones sintácticas básicas o profundas?
Los fundamentos cognitivos de la realidad argumental han sido discutidos por diferentes
psicolingüistas, sin que de momento se haya llegado a un acuerdo: Tanenhaus y Carlston
(1989) y Komisarjusky Tyler (1989) son muy favorables a estos planteamientos; Frazier
(1989) se muestra muy vacilante y Nuyts (1992), más inclinado a la gramática funcional
de Dik, muy escéptico.
Lo importante de todos estos trabajos, en efervescencia continua (véase, por ejemplo, la
crítica a los papeles temáticos de Ravin, 1990, el artículo de Dowty, 1991, sobre
selección argumental, o el número monográfico de la Revue Quebécoise dedicado a
esta cuestión), es que se plantean análisis semánticos y sintácticos de los que surgen
distinciones aprovechables parcialmente en lexicografía, al menos desde una perspectiva
teórica. Incorporarlas o no al diccionario es una decisión que tiene que ver, en la
mayoría de los casos, más con la política editorial que con las decisiones teóricas. |
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3.3. La teoría de la reacción y ligamiento no es la única que se ha
ocupado de la relación entre léxico y sintaxis. Parece que los planteamientos de
Fillmore a pesar de las críticas que ha recibido pueden dar frutos
interesantes, a juzgar por la muestra que presenta Knowles (1992).
La organización de la gramática funcional de Dik (1980 y 1989-90), tan bien acogida en
ciertos círculos del cognitivismo (Nuyts, 1992), abre también nuevos caminos a la
lexicografía, como se desprende del resumen que el propio Dik (1981: 3-6) elabora: las
nociones funcionales desempeñan un papel importante en el aparato descriptivo de la
gramática funcional. Se distinguen tres clases de funciones: semánticas (agente,
meta, receptor.. ), que definen los papeles de los participantes en los estados de las
cosas designados por las predicaciones; sintácticas (sujeto y objeto), que definen
diferentes perspectivas del estado de las cosas; pragmáticas (tópico y foco), que
señalan el estado informativo de los constituyentes dentro de las acciones comunicativas
en que se usan.
La teoría limita mucho las reglas y estructuras que se utilizan: no se permiten
transformaciones ni filtrados estructurales, y las entradas léxicas no se descomponen en
elementos más abstractos, sino que las estructuras usadas en generar expresiones
lingüísticas contienen lexemas integrales de la lengua objeto.
Cualquier expresión lingüística se describe de acuerdo con un esquema general
tripartito: tema, predicación, coda. El tema define el universo del discurso al
que se refiere la predicación. La coda proporciona información suplementaria o modifica
lo contenido en la predicación.
La predicación consta de uno o varios operadores (tiempo, aspecto...), algún predicado y
una serie de posiciones para un número determinado de términos argumentales asociados
con el predicado. Los predicados son expresiones que expresan propiedades o relaciones;
los términos se refieren a entidades de algún mundo. Esencialmente, una predicación es
la aplicación de algún predicado a un número adecuado de términos. Algunos términos
se incorporan al lexicón como básicos (nombres propios, pronombres). La mayoría, sin
embargo, se derivan mediante reglas de formación. Todos los predicados se contienen en
estructuras predicativas, estructuras que especifican sus propiedades fundamentales
semánticas y sintácticas. Algunos predicados se dan también en el léxico como
básicos. Otros se derivan mediante reglas de formación de predicados. Unos y otros
constituyen las estructuras predicativas nucleares, que constan del predicado y de las
posiciones de los términos exigidos por ese predicado (argumentos del predicado). Las
estructuras predicativas nucleares se pueden expandir por posiciones de términos
satélites, que no funcionan en la definición del estado de cosas, pero dan información
adicional. Las estructuras predicativas especifican: la forma del predicado, la categoría
sintáctica a la que pertenece, el número de argumentos que requiere, las restricciones
de selección y las funciones semánticas de los argumentos. Siguiendo a Dik, Catalá
(1992) ha clasificado los verbos del Diccionario de la Real Academia en 17 grupos,
según la organización de las valencias argumentales y la semántica del predicado
(acciones, estados, procesos o posiciones).
Con preocupaciones no muy alejadas de las funcionales se desarrollan las gramáticas de
valencias que tienen en Tesnière a un ilustre predecesor, arraigadas sobre
todo en Alemania, teórica y prácticamente (Zöfgen, 1989). En efecto, además de varios
textos teóricos, han servido de base para algunos diccionarios productivos (Engel, U., y
Schumacher, H., 1976; Helbig, G., y Shenken, W., 1973; Sommerfeldt, K. E., y Schreiber,
H., 1974). También se nota su poder de atracción en el campo de la lexicografía
hispánica, como puede comprobarse en V. Báez (1988), C. Eggermont (1990), Rizo
Rodríguez (1992) y, sobre todo, según demuestra el hecho de que se estén elaborando
algunos diccionarios de valencias en el dominio del español (uno en Bélgica Y otro
dirigido por V. Báez, Sevilla, 1992), además del de Construcción y Régimen de
G. Rojo (1992).
Para acabar, no está fuera de lugar mencionar aquí el diccionario combinatorio del
francés de Melcuk (1984-88) o los planteamientos de Dubois (198l), partidario de
organizar las unidades léxicas de acuerdo con su específica distribución morfológica y
sintáctica a la vez, o los diccionarios de colocaciones (Hausmann, 1989, I).
Todos se apoyan en la misma idea: es impensable e imposible separar léxico y sintaxis.
Sinclair (1991: 108) lo expresa con cierta contundencia:
The conclusion that can be drawn
from this and other examples is that it si folly to decouple lexis and syntax, or either
of those and semantics. The realization of meaning is much more explicit than is suggested
by abstract grammar [...]. Most everyday words do not have an independent meaning or
meanings but are components of a rich repertoire of multiword patterns that make up text.
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4. La sintaxis y el diccionarioEn el caso del español, vamos a limitar el examen de la
relación entre gramática y léxico a la cuestión prioritaria de la sintaxis y el
diccionario, porque en «la actividad científica, como en la política, la conducta que
se atiene al dividir para vencer resulta siempre a la larga la más
razonable» (Michelena, 1963: 55). Con ello esquivamos varios problemas fundamentales, que
deberán abordarse detenidamente en otra ocasión: a) los relativos a la
morfología léxica (S. Varela, 1990, y J. Pena, 1991) que tanto interés han despertado
en la lexicografía francesa (Corbin, 1987 y 1991; Gruaz, 1988; Plénat, 1991) y que, sin
duda ninguna, pueden desempeñar un papel fundamental en la configuración de un
diccionario (J. Pena, 1976: 26-51; Ettinger, 1982: 234); b) los relacionados con
las categorías gramaticales, ni mucho menos solucionados para siempre (Bosque, 199l),
como demuestran las recientes manifestaciones de J. Dubois (1991: 141-2):
Les formes nominales en -age,
-ment, -tion, etc., étroitement apparentées morphologiquement et syntaxiquement à
ce que lon appelle le verbe, sont le plus souvent exclues de la définition
morpho-syntaxique de ce dernier, alors que, du point de vue grammatical, rien ne justifie
cette exclusion
También vamos a prescindir
explícitamente de las dificultades que acarrea la definición de los monemas funcionales
o gramaticales en el diccionario (Werner, 1982: 215-18 y, sobre todo, Mugdan, 1989). En
principio, la mayoría de los lexicógrafos aceptan que, en este caso, los lemas
correspondientes deben definirse metalingüísticamente y que sus definiciones, por
consiguiente, no son parafrásticas. Análisis tan detallados como el de L. Santos (1991)
ponen de manifiesto que es más fácil enunciar los principios generales («un buen
diccionario no es una gramática, pero en buena medida, porque una gramática no es un
diccionario») y descubrir las inconsistencias de los diccionarios en este campo que
encontrar los oportunos remedios para una situación que todos los lexicógrafos
consideran insatisfactoria (Sinclair, 1987: 106).
La tradicional separación entre sintaxis y diccionario está expuesta con total claridad
por el primer gran teórico de nuestra lexicografía contemporánea, J. Casares (1950).
Amparándose en la autoridad del estructuralismo entonces vigente (Martinet, Hjelmslev)
distingue con rigor el significado de los signos aislados del de las combinaciones
sintácticas (págs. 314-315):
[...] «el portero tiene dos
hijas» es un sintagma saussureano, como lo es cualquier oración, pero el lexicógrafo
sólo puede ver ahí cinco palabras que deberá estudiar por separado cuando les toque el
turno por orden alfabético.
Este pensamiento configura diversos pasajes de su Introducción...,
como por ejemplo cuando trata de los efectos estilísticos de carácter sintáctico:
Si una figura de dicción,
como dijimos, puede afectar a la palabra misma y a sus valores estilísticos, las figuras
de construcción hipérbaton, pleonasmo, elipsis, etc no dejan huella en las
palabras que utilizan (pág. 155).
Es verdad que nuestro autor acude a la sintaxis para delimitar las
unidades lexicográficas simples o compuestas y que, al plantearse los efectos
estilísticos de la diversa posición del adjetivo, advierte que el lexicógrafo debe
tomar en cuenta la «calidad afectiva» de la diferente colocación (pág. 127); pero no
cambian sus concepciones por ello.
Esta tradición teórica es la que reflejan los diccionarios contemporáneos del español,
como demuestran bien Alvar Ezquerra (1982 y 1991) y Haensch (1982b y 1990). Sin embargo,
las informaciones sintácticas tradicionales explícitas, aunque heterogéneas, abundan en
los diccionarios: no, es fácil definir ciertas lexías complejas prescindiendo de su
construcción, ni es sencillo dar cuenta de ciertas acepciones prescindiendo de la clase
del sujeto o del régimen verbal. Al régimen verbal dedica la primera edición de la
Gramática académica (177l), las páginas 253-321 y Bello (núm. 1192) insiste en varias
ocasiones en que es una información que debe figurar en el Diccionario. Alvar
Ezquerra (1982) testimonia la presencia de esta información en nuestros diccionarios y
Ahumada (1989) repasa la que está recogida en el DRAE. La cuestión que debemos
plantearnos, por consiguiente, es por qué la información gramatical explícita que
proporcionan muchos diccionarios sigue siendo muy parecida a la que Nebrija incluía en
los suyos.
De la pregunta anterior se puede deducir que no creemos que sea suficiente la información
sintáctica implícita que encierra todo diccionario, como defiende Rey-Debove (197l), por
más que los lexicógrafos, al redactar sus obras, tengan que presuponer la competencia
gramatical de los hablantes y que introduzcan ejemplos como descripción implícita
gramatical (Haensch, 1990:1749). Aun olvidando los frecuentes desajustes pragmáticos o de
registro de los ejemplos construidos, no puede negarse que se les encomiendan excesivas
responsabilidades: muchos lectores son incapaces de comprender las dificultades a las que
el ejemplo se refiere (Harras, 1989: 611-613).
Sin duda ninguna, el primer trabajo que propugna un alineamiento de la lexicografía
española contemporánea con los nuevos planteamientos sintácticos es el de F. Lázaro
(1971), como reconoce también I. Ahumada (1991: 21). En una fecha tan relativamente
temprana, y aprovechando el órgano de expresión de la recién nacida Sociedad Española
de Lingüística, el autor recordaba los orígenes teóricos de la relación entre
sintaxis y «diccionario» (lexicón) en la gramática generativa y el desarrollo
posterior de modelos conceptuales que concedían especial atención al léxico, como los
de Fíllmore, McCawley, Lakoff, etc. Llamaba la atención inmediatamente sobre el trabajo
de los lingüistas rusos Apresyan, Melcuk y Zolkovsky: estaban elaborando un
diccionario de la lengua rusa en el que tenían en cuenta los aspectos combinatorios y
explicativos.
Establecidas tales premisas, discusiones sobre sintaxis y léxico en ciertos autores
generativistas, y materiales de un diccionario ruso, F. Lázaro emprendía el análisis de
la relación entre algunos verbos y los correspondientes sustantivos abstractos. No
pretendo repetir aquí los ejemplos concretos que seleccionaba el autor sino subrayar el
blanco al que iban dirigidos todos sus razonamientos: la conveniencia de cambiar el rumbo
de nuestra lexicografía. Los análisis concretos se iniciaban con esta cautela:
No es mi propósito exponer
el detalle de esta magna empresa, que puede inaugurar una nueva etapa de la lexicografía.
Lo que pretendo, tan sólo, es apuntar la necesidad de tareas de este tipo aplicadas
al español (pág. 74)
Y concluía, para que no hubiera lugar a dudas:
Son cuestiones, unas de tipo
lexemático, otras diacrónico, y aun otras de carácter estrictamente gramatical,
susceptibles de ser ahondadas en una futura investigación de nuestro vocabulario, y
que habrán de tener consecuencias lexicográficas (pág. 81)
El cuerpo del trabajo, por otro lado, estaba repleto de advertencias
inequívocas:
Parece obvio que un diccionario concebido a la altura de lo
que ya sabemos sobre la estructura del léxico y sobre su indisoluble relación con la
Gramática, tendrá que precisar, en este caso, y bajo la entrada de recibir, las
restricciones nominalizadoras que experimenta el verbo (pág. 80).
Las orientaciones que F. Lázaro
deseaba para nuestra lexicografía las han cumplido parcialmente algunos hispanistas
formados en las tradiciones desarrolladas fuera de nuestras fronteras. Así, trabajos como
los I. Bordelois (1988) sobre la relación entre la estructura temática y el sufijo
nominalizador -da o el trabajo de J. Schroten (1992) sobre la polisemia y la
estructura argumental de algunos verbos de movimiento.
Otro planteamiento de la relación entre sintaxis y diccionario se ha ido desarrollando al
amparo de la noción de contorno, término acuñado por M. Seco para traducir el
francés entourage de Rey-Debove. En efecto, M. Seco, analizando la conmutabilidad
de definidor y definido en varias definiciones del DRAE, descubre que se confunden en
ellas «lo que es el verdadero contenido del definido y lo que es su contorno (limitado
o no limitado) en los enunciados de habla en que se presenta el término» (Seco, 1979:
39). El contorno precisa Seco puede ser el objeto directo potencial del
definido, el objeto indirecto, el complemento adverbial o el sujeto. Propone marcarlo con
paréntesis cuadrados, en vez de otros signos, como los paréntesis redondos que
utilizaban algunos diccionarios o las flechas que utiliza María Moliner. Reafirma así la
doctrina expuesta un año antes, cuando había aludido al contorno de los
adjetivos, había trazado concisamente la historia del empleo de la colocación en los diccionarios sajones (Webster, Oxford) o franceses
(Hatzfeld y Darmesteter, Petit Robert), y había prometido su utilización sistemática en
el futuro Diccionario del español actual (Seco, 1978: 23-28).
La atención a los fenómenos del contorno cuenta con cierta tradición en la
filología hispánica, pues ya Cuervo se interesaba por tales cuestiones (Ahumada, 1989:
123 y sigs.). Gili Gaya se preocupa del contorno en el Diccionario Vox (1945) y
aparece también en otras obras peninsulares, como el Diccionari (1932) de Pompeu
Fabra, aunque no sistemáticamente (J. Rafel, 1989). Sin embargo, tras la propuesta de M.
Seco, varios lexicógrafos Canellada (1988), Alvar Ezquerra (1982 y 1992), Porto
Dapena (1988) o Ahumada (1989) se han vuelto a ocupar del concepto y lo han acogido
favorablemente. Su utilidad para redactar diccionarios está fuera de duda: marcar los
argumentos de los predicados hace las definiciones más claras e inteligibles. Además,
las precisiones de los dos últimos autores citados, con referencias teóricas explícitas
a la organización sintáctica, sitúan la noción de contorno en su marco
apropiado; pero me parece que convendría terminológicamente, siempre que fuera posible,
aceptar argumento, denominación muy extendida entre los gramáticos de diferentes
tendencias. |
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5. Conclusiones y perspectivasDespués de esta exposición, más extensa de lo
imaginada, parece claro que la exigencia prioritaria con la que se topa la lexicografía
española contemporánea no está relacionada con la enciclopedia, aunque no puede
menospreciarse la compilación de extensas bases de datos, sino con la interrelación de
los dos elementos del binomio sintaxis y léxico; interrelación, por otra parte, que se
podría estudiar partiendo de un léxico fundamental, no exageradamente extenso. Si
tuviera que resumir algunas conclusiones señalaría:
a) Es necesario que se desarrollen las
teorías gramaticales, sobre todo las que teorizan la interdependencia entre léxico y
sintaxis, como la gramática generativa, léxico-gramática, gramática funcional,
gramática casual... Ello nos permitiría poner al descubierto problemas parecidos a los
que se descubren en otras lenguas y conocer mejor muchas parcelas de nuestro léxico
todavía oscuras.
b) Es también útil que, al mismo tiempo, se sigan desarrollando los proyectos de
diccionarios electrónicos y de valencias que están en marcha, o que se fomenten nuevas
iniciativas en este o en otros campos parecidos (diccionarios combinatorios, diccionarios
pragmáticos...).
c) Es conveniente que en el marco de aquellas teorías se establezcan trabajos
lexicográficos concretos, y que se aproveche la información de los diccionarios
electrónicos para las obras lexicográficas monolingües, porque el acercamiento teórico
entre léxico y sintaxis es una realidad (por más que se enfoque de diferentes maneras),
y los logros concretos conseguidos por multitud de trabajos que se apoyan en esta alianza
son evidentes: desde el diccionario electrónico de Gross y todos los trabajos que ha
inducido, hasta los numerosos artículos en los que se examina la relación de diversos
aspectos semánticos y sintácticos en la gramática generativa o en la gramática
funcional.
Ahora bien, no puede perderse de vista que muchas
de estas investigaciones están en continua expansión, tienen por objeto último la
sintaxis y, por ello, no pueden aprovecharse completamente en lexicografía. En efecto,
los resultados del acercamiento entre gramática y léxico son todavía discretos, si los
evaluamos solamente por el peso de la sintaxis en el diccionario. No es extraño, por
consiguiente, que los propios lexicógrafos se encuentren divididos en cuanto al tipo de
información sintáctica que deben incorporar a sus diccionarios y cómo presentarla
editorialmente (Ilson, 1990, y Sinclair, 1987) o Rey-Debove (1971), muy escéptica. Sin
embargo, cometeríamos un grave error de perspectiva si no apreciásemos en su justo valor
la cantidad de sugerencias y nuevos puntos de vista para enjuiciar las cuestiones
tradicionales que nos han aportado estos trabajos sintácticos. Aun adelantando que la
representación gráfica editorial no sería una cuestión baladí, las vías para
incrementar en un diccionario la información sintáctica de acuerdo con un objetivo
determinado no están, ni mucho menos, agotadas (Corbin, 1992). Las preocupaciones
por la viabilidad comercial de los proyectos, que siempre me han obsesionado, me parecen
ahora secundarias. Es posible que en algunas ocasiones el esfuerzo por incorporar
información sintáctica pueda fracasar, pero a pesar de todo, se habrá ganado mucho en
conocimiento del léxico y, tangencialmente, las definiciones habrán mejorado en
coherencia y homogeneidad. Entre las cuestiones que podrían incorporarse y que servirían
para cambiar radicalmente el aspecto del diccionario, por ejemplo, enumero (en parte de
acuerdo con Boulanger, 1989: 257): la definición de los abstractos, la sistematización
de las diferencias entre sentido real y figurado, la información sobre sintaxis del
adjetivo, el marcar la oposición en los sustantivos entre acepciones contables y no
contables; el contar con las restricciones sistemáticas de muchos derivados adjetivos,
marcar los argumentos de los verbos (la oposición MATAR/ASESINAR parece residir en la
diferencia entre el sujeto como CAUSA o como AGENTE, la diferencia argumental entre
BACHEAR/SE= llenar los baches de una vía pública (AGENTE-PACIENTE) y
llenarse una vía pública de baches (CONSTRUCCIÓN ERGATIVA convertida en
proceso) parece clara, diferente sin embargo de ENFADAR/SE, donde parece
predominar la oposición CAUSA-PACIENTE frente al PROCESO).
El problema de muchos de estos fenómenos sintácticos es que parecen tener su sitio
apropiado en diccionarios de valencias o electrónicos y no en los de uso normal. Ya he
señalado que los alumnos deben familiarizarse con el Diccionario en las escuelas e
institutos. Pueden ser entrenados en el manejo del nuevo modelo de diccionario en su vida
escolar. No les será difícil aprender las notaciones convenientes, aunque la
representación gráfica haya que discutirla. Las actuales abreviaturas de los
diccionarios no son tan claras como los editores proclaman, y sólo con un aprendizaje
escolar se dominan. ¿Se ha hecho una encuesta en nuestro país a los usuarios del
diccionario sobre el significado de «u.t.c.s.» o «part. pres.»?
A modo de reflexión final, me atrevería a subrayar una vez más las propuestas de F.
Lázaro, plenamente vigente más de veinte años después del momento en que se
escribieron: necesitamos investigaciones rigurosas sobre la gramática de nuestro léxico
para encauzar nuestra lexicografía por senderos diferentes de los que alarman a F. Lara
(1988: 237) («la lexicografía hispánica es, en su mayor parte, una lexicografía de status
quo»).
Es significativo que en un texto dedicado a la profesión del lexicógrafo (Ilson, 1986)
se hable poco de formación gramatical, aunque sí se mencione la formación académica;
quizá porque varios autores, como Zgusta resume en sus conclusiones, formulan la
necesidad de crear grupos de investigación integrados en gabinetes lexicográficos.
Probablemente se llegaría así a una situación ideal, porque el lexicógrafo tiene sus
objetivos y el gramático los suyos propios, pero es necesaria la colaboración: el
lexicógrafo, entre otras cosas, es un testigo del uso, y el gramático, también entre
otras cosas, un experimentador... Ambos se necesitan. |
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