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La gramática
contrastiva (español-alemán)
Hans-Martin Gauger.
Universidad de Friburgo |
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Lo que no se puede negar es el interés didáctico de la gramática contrastiva: se trata
de ir a buscar al que quiere aprender una lengua al sitio donde
lingüísticamente se encuentra. Hay que saber, por lo menos, donde está,
porque lo que sabe lingüísticamente, lo sabe de una manera confusa aunque segura. No
sabe lo que sabe. Es un saber inconsciente. No es inconsciente este saber, por cierto, en
el sentido freudiano de la palabra: no pertenece al inconsciente en el sentido
sistemático («ello», «Es»), es inconsciente, en un sentido puramente
descriptivo; pertenece a lo que Freud llama el «preconsciente», «das Vorbewusste» (lo
que es o puede ser inconsciente en un sentido descriptivo, pero que es
susceptible de hacerse consciente). Hay que confrontar, pues, lo que ya sabe el que quiere
aprender una lengua (sin saber lo que sabe) con lo que tiene que saber para
expresarse correctamente en la lengua que está aprendiendo.
Pero la gramática contrastiva tiene también un interés teórico. La gramática
contrastiva es una gramática comparativa (el término «comparativo» sería
perfectamente adecuado, si no estuviese ocupado ya por lo que nació a principios del siglo
XIX: en la gramática histórica, la comparación tiene otra finalidad). La gramática
contrastiva compara, sin interesarse por lo histórico, por una reconstrucción,
fenómenos lingüísticos en cuanto a dos, tres o varias lenguas. El problema de la
comparación es en este caso también (y en este caso todavía más que en otros) el tertium.
La comparación, para que sea razonable (en efecto: «comparaison nest pas raison»),
presupone un tertium: una base en relación con la que se compara. La comparación
por sí sola no sirve para nada. El enfoque razonable me parece ser el enfoque
onomasiológico. Y este enfoque no vale sólo para la gramática contrastiva, sino para la
descripcion de una sola lengua también: tiene, al lado del interés interlingüístico,
un interés intralingüístico también.
El enfoque onomasiológico parte del contenido para llegar al «nombre»,
to ónoma, a lo
«formal», a la expresión material (que no es, en realidad, «material»: es algo
psíquico, pero realizable materialmente). La onomasiología ha sido en un principio un
método dentro de la lexicología: se parte de un contenido léxico, y se examinan los
lexemas que lo «expresan». Era y sigue siendo una corriente dentro de la escuela
neogramática. Empezó hace cien años con el libro de Ernst Tappolet sobre los nombres de
parentesco (1895); pero el término «onomasiología» lo introdujo Adolf Zauner (1902) en
su estudio sobre los nombres románicos para las partes del cuerpo («un estudio
onomasiológico», dice el subtítulo). Pero este punto de vista, este enfoque vale
también para la gramática. Ha sido aplicado a la gramática por Ferdinand Brunot en su
libro famoso (pero no muy conocido) La pensée et la langue (1922): «Hay que
decidirse a crear métodos lingüísticos en los que los hechos ya no se ordenen según el
orden de los signos, sino según el orden de las ideas». Es decir: no según las formas
materiales, sino según los contenidos expresados. En vez de «ideas» preferiríamos hoy
en día hablar de «contenidos». No se procede, pues, «from form to meaning», sino, en
este caso, al revés «from meaning to form» (lo que no presupone que el camino
contrario, el bloomfieldiano, sea equivocado).
El tertium, en la gramática contrastiva, tiene que ser un elemento de contenido,
no un elemento material. Las lenguas se diferencian, sobre todo, por sus procedimientos
materiales (no sólo, evidentemente, pero sobre todo). Por esto, los tertia no
pueden ser otra cosa que elementos de contenido: se comparan procedimientos materiales en
cuanto a tertia de «contenido». Demos algunos ejemplos de tertia posibles:
la negación, la interrogación, la exhortación (hay, en cuanto a la intención del
locutor tres tipos fundamentales de «frases»: la declaración (el «lógos
apophantikós» de Aristóteles que es un caso particular de «semantikós»: no hay
«lógos semantikós» porque todo «lógos» es ya por ser «lógos»
«semantikós»; cf. de interpret. 4.17 a I, la interrogación y la exhortación), el
poner de relieve, la atenuación, la deixis local, la deixis temporal, la comparación, la
modalidad (el llamado modo es sólo una de las varias expresiones de la modalidad), la
presentación de una acción sin nombrar al agente, la moción femenina, la presentación
de un proceso visto como acción (suceso), la presentación de un proceso visto como
estado.
Se ve que este enfoque vale para la comparación intralingüística también: una lengua
natural, es decir una lengua histórica (porque «natural» quiere decir en este
caso «histórico») se caracteriza por un fenómeno fundamental que se podría llamar la polimorfia
(es un término de Marlo Wandruszka): varios medios, varios instrumentos distintos
sirven para la expresión de un contenido idéntico (la sinonimia no es otra cosa que un
caso particular en el léxico de la polimorfia). Hay, pues, entre estos
instrumentos una «equivalencia funcional» Esta equivalencia es un hecho a la vez
intralingüístico e interlingüístico: por instrumentos distintos se llega a lo mismo,
se consigue lingüísticamente lo mismo, «par divers moyens on arrive à
pareille fin» es ésta también (y sobre todo) una verdad lingüística...
Pero la «equivalencia funcional» no es la verdad entera: hay también es una
expresión algo paradójica la parcialidad de esta equivalencia, de hecho se
trata de «equivalencias funcionales parciales» (otro término de Wandruszka).
Uno de los problemas, evidentemente, será, para el enfoque onomasiológico, el siguiente:
¿cómo llegamos a los tertia? Hay, teórica y prácticamente, dos posibilidades: a)
la construcción de un sistema de «universales», es decir, en este caso, de tareas
expresivas con las que cualquier lengua particular (ya por ser lengua) se ve enfrentada;
no se trata aquí de universales tal como se conciben muchas veces, es decir no de
elementos, sino de rasgos universales (esenciales o empíricos distinción
importante y problemática de Eugenio Coseriu) que caracterizan el lenguaje como
tal, es decir cada lengua particular (por ejemplo, son los rasgos más importantes:
semanticidad, alteridad, creatividad, historicidad); se trata no de rasgos
característicos, sino de tareas expresivas que, inevitablemente, tienen las lenguas en
«el mundo», porque la intencionalidad del lenguaje es «el mundo»; en el proyecto de
Hansjakob Seiler, el llamado «Proyecto de universales de Colonia», se distinguen, por
ejemplo: aprehensión (el proceso de concebir lingüísticamente como objetos los
elementos del mundo que nos rodea), determinación (el proceso de presentar estos
objetos de tal manera que el «receptor» sepa de qué se trata), posesión,
participación (esta última categoría se refiere al verbo, al proceso verbal); todo
esto es sumamente problemático (cf. W. Raible, Junktion, Eine Dimension der Sprache
und ihre Realisierungsformen zwischen Aggregation und Integration, Heidelberg, 1992;
este enfoque «noemático» es también el de Klaus Heger); es problemático este
acercamiento entre otras cosas porque lo que necesitaríamos como tertia serían,
pues, tareas comunicativas, es decir elementos de contenido que hay que expresar,
sencillamente porque «el mundo» fundamentalmente idéntico para todas las lenguas
y todos los hombres lo exige; b) un análisis semasiológico previo de una
forma material determinada (por ejemplo: imperfecto, imperativo, acusativo personal,
determinantes posesivos, la voz pasiva, el subjuntivo, etc.), una forma, pues, de una
de las dos (o varias) lenguas que se analizan contrastivamente. Este último
procedimiento parece más seguro, menos discutible: así tenemos la garantía de analizar
«desde dentro»: no aplicamos a una lengua lo que es un peligro un criterio
ajeno, artificial y excesivamente general. Además: la construcción de un sistema
noemático (como también, inevitablemente, la descripción de los universales esenciales)
ya implica, de hecho, una base empírica: lo que se construye está condicionado, en
realidad, por lo que ya se sabe por la lengua o las lenguas que sabe uno. Finalmente: a la
gramática contrastiva le sobran tales construcciones, no tiene que ponerse en un punto
exterior a las lenguas que compara. Puede empezar por una forma determinada de una de
sus lenguas, la analiza semasiológicamente, identifica lo más exactamente posible uno
de los varios contenidos («ideas», «funciones») que expresa la forma material
elegida; pregunta después y con este paso entra en el camino onomasiológico:
¿cómo se expresa, cómo se puede expresar, este mismo contenido a) en la
lengua a la que pertenece la forma material elegida (enfoque intralingüístico), b)
en la lengua o las lenguas con la que se compara o con las que se comparan
contrastivamente la lengua en cuestión (enfoque interlingüístico)? Veamos este esquema.
El camino es, pues, el siguiente: análisis semasiológico, «subida» hacia un contenido
o varios contenidos (flecha I), «bajada» entonces de un contenido (de uno solo) hacia
los otros instrumentos en la misma lengua (flecha II.a) y hacia los instrumentos en
la otra lengua (o en las otras lenguas) (flecha II.b); comparación, finalmente,
otra vez semasiológica, intralingüística e interlingüística: es esta última el
análisis contrastivo propiamente dicho que reúne, sin mezclarlas, las perspectivas
onomasiológica y semasiológica. La meta ideal sería, pues, evidentemente, la
comparación de todos los instrumentos disponibles. De esta manera se llegaría, si
el análisis es exhaustivo, a un panorama completo de lo que las lenguas consideradas pueden
decir y más aún de lo que deben decir (para aludir a la observación acertada
de Roman Jakobson según la cual las lenguas se distinguen no tanto por lo que pueden decir,
sino por lo que deben decir).
Lo que acabamos de esbozar vale no sólo para una «lengua» (en el sentido saussureano),
vale también para cada acto de «parole». La lengua presenta, ofrece, tiene a la
disposición del locutor estos instrumentos diversos; y en el momento de hablar en
cada momento en que hablamos nos decidimos muy inconscientemente, por lo
general por uno de estos instrumentos ofrecidos. Es decir, en cada acto
lingüístico de cierta extensión se da, varias veces, de una manera implícita, la
situación de la que parte, a la que se refiere el enfoque onomasiológico. Por un
lado tenemos el impulso, la intención expresiva (lo que se quiere decir que incluye
también, inevitablemente, un como: el cómo se quiere decir lo que se quiere
decir); por otro tenemos los instrumentos lingüísticos (de la lengua en cuestión)
que corresponden a esta intención, que la traducen.
Este procedimiento tiene como consecuencia que no se respetan las divisiones
lingüísticas acostumbradas: léxico, gramática, elementos suprasegmentales. Lo que en
una lengua, por ejemplo, hace la gramática, lo hace en otra (o incluso en esta misma
lengua) un elemento léxico: Estaba comiendo cuando sonó el teléfono - Ich ass
gerade, als das Telefon klingelte. |

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Esto no significa, naturalmente, que estas divisiones no tengan ningún sentido (por
el contrario, tienen su justificación, sobre todo la distinción entre léxico y
gramática, por muy difícil que sea a veces).
Las formas materiales reunidas por un análisis de este tipo presentan (junto con su
contenido correspondiente) lo que se podría llamar un «programa»: un elemento
lingüístico que «sirve» para la expresión de un contenido preciso. Si un elemento
material sirve (lo que ocurre normalmente) para la expresión de dos o de varios
contenidos, este elemento es la forma material, el significante de dos o de varios
programas. La llamada voz pasiva, por ejemplo, expresa: a) insistencia en el
«paciente» de una acción (independientemente de toda idea de «sufrimiento»), b)
una acción sin nombrar al agente (independientemente de toda idea de «actividad»): dos
programas «homonímicos». Pero estos dos contenidos pueden ser expresados por otros
programas también: programas «polimórficos», «polimorfia» de los programas
intralingüística e interlingüísticamente. Lo que nos interesa aquí es el
hecho de que una lengua tiene, para expresar cierto contenido, varios programas, programas
«parcialmente equivalentes». Lo mismo vale interlingüísticamente. Nos interesan aquí
no sólo la equivalencia, sino también su parcialidad, es decir, lo distinto dentro de lo
parecido.
La noción de «programa» es más adecuada que la de «estructura» porque implica cierta
apertura, implica la tensión entre lo proyectado, la disposición como tal y la
realización. Se puede concebir la gramática como un conjunto de programas; hay que
concebirla así. Una lengua es un saber que consiste en un conjunto de programas
entrelazados de los que el hablante dispone de una manera implícita. La noción de
«programa» corresponde a la realidad de la lengua que es una realidad psíquica
(Saussure: «au fond tout est psychologique dans la langue»). Una lengua es siempre
lengua de alguien, es siempre el saber (lingüístico) de un sujeto. Y este saber
lingüístico no se puede separar fácilmente del saber que ya no es lingüístico, sino
que es conocimiento del mundo, porque el lenguaje no es extra-mundano: saber una lengua
significa saber algo, incluso mucho sobre el mundo: un saber que en la vida diaria resulta
suficiente. Ciertas manifestaciones del estructuralismo clásico habían prohibido la
comparación; habían enarbolado el inmanentismo como principio (no hay que mirar hacia
otras lenguas cuando se habla de una; «noli foras ire!», «extra structuram nulla
salus»): «estructura», «sistema» significan, en efecto, posibilidad incluso necesidad
de una descripción imanente. El tabú de la comparación es un error (ya por el valor
heurístico de la comparación); pero hay en esta prohibición una idea acertada, una
verdad: una lengua es una «copresencia»; sus elementos son elementos lingüísticos
porque pertenecen al mismo tiempo, simultáneamente a una conciencia unificadora y
organizadora, presencia simultánea en una conciencia...
Un ejemplo (análisis semasiológico y onomasiológico): acción y estado. Empecemos con
la expresión de acción y estado en el verbo español; tenemos aquí el modo de acción
(dormir, dormirse) y el aspecto (leía, leyó).
Diferencia entre modo de acción y
aspecto:
En el verbo español
(como en el verbo en todas las lenguas románicas) tenemos un «sistema» dominantemente
temporal combinado con un «sistema» aspectual. Hay, teóricamente, sistemas puramente
aspectuales y puramente temporales, luego sistemas dominantemente aspectuales combinados
con un sistema temporal, y el caso contrario, que es el de las lenguas románicas. Los
«tiempos» del verbo español considerados como formas materiales expresan:
el tiempo, los aspectos (presentación como acción o como estado), los estadios
(leía, leyó versus he leído ausencia o presencia de una relación con el
presente), modalidades (si vendiéramos ahora, ganábamos mucho).
Formas materiales del español que expresan el estado (presentación
onomasiológica de los hechos):
El pretérito
imperfecto.
El verbo cópula ser (cuando se trata de atribuciones de cualidades); ser
expresa estado dentro de lo que ya es estado (comparado con
estar).
Los sustitutos de cópula (resultar, quedar,
seguir, continuar, -ir, andar, venir).
El gerundio.
Perífrasis verbales con el gerundio: estar+gerundio, seguir,
continuar, ir, andar, venir+gerundio.
Elementos léxicos.
Elementos derivacionales (-ear).
Formas materiales del
español que expresan la acción:
El pretérito
indefinido.
El pronombre reflexivo (dormirse).
Elementos derivacionales (a-, en-).
Elementos léxicos.
Expresión de estado en
alemán:
Ausencias (comparado
con el español): falta una diferenciación aspectual (er las -
leía, leyó); falta
una diferenciación en la cópula según el criterio estado-acción (era,
estaba muy divertido - er war sehr lustig); faltan sustitutos de cópula
(me resulta imposible hacerlo - es ist mir nicht möglich, es zu
tun, ich kann es nicht tun); faltan
perífrasis verbales del tipo estar+gerundio.
El participio del presente alemán corresponde en parte (sólo en parte) al
gerundio español en esta función: Volvió silbando - Pfeifend kam er zurück; el
participio alemán es sobre todo un adjetivo.
Instrumentos léxicos, locuciones verbales: Gerade dabei sein, etwas zu
tun = estar haciendo u.c.; «preferencia» del alemán por el registro adverbial.
Sufijos derivacionales (para verbos desustantivales) en -ern, -eln
(hämmern, fingern, pudern, blättern
Hammer, Finger, Puder, Blatt; tröpfeln, tafeln, radeln, äugeln
Tropfen, Tafel, Rad, Auge).
Ciertos prefijos derivacionales be-, an-, fort-, weiter-, durch-, hin-:
bewohnen, andauern, fortmachen, weitermachen, durcharbeiten, vor sich hinbrüten
wohnen,
dauern, machen, arbeiten, brüten.
Expresión de acción
en alemán y en español:
Ausencia de un
instrumento aspectual en alemán.
Pronombres reflexivos (español): dormirse, marcharse, llevarse (programa
muy limitado).
Prefijos aspectuales:
alemán:
auffliegen ( fliegen)
einschlafen ( schlafen)
enthüllen ( Hülle)
durchfahren ( fahren)
zerschlagen ( schlagen)
español: a-, en-
deadjetivales: agrandar,
arreciar, atiesar; enajenar, ensuciar, enloquecer, empobrecer;
desustantivales: amueblar, acatarrarse, apoderarse, arrodillarse,
avasallar; encestar, endiablar, endomingar, engomar.
Tipos en en-: 1. Encerrar; 2. Encarcelar; 3. Engordar; 4. Envenenar
(1. = Prefijo auténtico; 2. = Prefijo parasintético con contenido léxico; 3. =
prefijo parasintético sin contenido, pura verbalización de un adjetivo; 4. =
Prefijo parasintético sin contenido, pura verbalización de un sustantivo; pero en cada
caso se trata de un proceso tipo acción, de una «perfectivización»).
La situación contrastiva típica
entre el español y el alemán (se observa muy bien cuando se comparan original y
traducción): prefijo verbal de acción en alemán, «implicación» del contenido
«acción» en español (ausencia en lo material, lo que de ningún modo significa
ausencia en lo semántico): er setzt seinen Hut ab: se pone el sombrero, se quita el
sombrero. Luego el llamado chassé-croisé,
es decir:
prefijo (en alemán)
verbo de dirección (en español)
verbo finito (en alemán)
forma
verbal infinita (en español)
Lo que acabo de esbozar corresponde
a lo que se expone en el segundo tomo de la Vergleichende Grammatik Spanisch-Deutsch que
publicamos en 1989, en la Editorial Duden en Mannheim, Nelson Cartagena (Heidelberg) y yo.
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