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La lengua española en América
Rafael Lapesa. Real Academia
EspañolaEs frecuente que los lingüistas
hispanoamericanos, en lugar de contraponer el español de España y el de América,
prefieran decir «el español en España» y «en América». Y no les falta
razón, porque los problemas lingüísticos que se plantean a un lado y otro del
Atlántico no son siempre los mismos, y cuando lo son, no siempre se plantean en iguales
circunstancias. Véase, como ejemplo, el caso del bilingüismo. En España, el castellano,
convertido en español desde el siglo XVI, contiende con lenguas románicas hermanas, catalana y,
gallega, nacidas en el suelo peninsular de la Hispania romana, que tuvieron en la Edad
Media valioso cultivo literario y que lo han renovado con creciente pujanza en los
últimos ciento cuarenta años; o convive con el vasco, una lengua aborigen, prerromana,
excepcional reliquia tres o cuatro veces milenaria, pero hablada por gentes incorporadas
desde antiguo a la civilización occidental europea y que quieren convertirla en lo que
nunca fue, lengua de cultura escrita. En América la lengua española se extiende
imparablemente sobreponiéndose a las lenguas indígenas que han sobrevivido juntamente
con peculiaridades étnicas y sin pretensión de alcanzar rango de lenguas cultas. El
intento de otorgar cooficialidad al quechua, en el Perú de nuestros años setenta, fue
pronto abandonado. En Méjico, cuando el antiespañolismo de los políticos dirigentes era
todavía muy vivo, el programa revolucionario para dignificar al indio no pretendía
fomentar el cultivo del nahua, del otomí o del maya: el lema era «castellanizar y calzar
al indio».
Por otra parte, no hay un «español de España» extendido uniformemente en todo el
territorio nacional monolingüe. La variedad regional es grande: en toda la meseta
septentrional se acentúan los posesivos antepuestos al nombre («mi casa», «tú
padre») y se pronuncia como z la d implosiva (azvertir, verdaz, parez); desde
Navarra hasta Cantabria, Burgos y Palencia son corrientes «si yo podría», «cuando
vendrías», etc., en vez de si yo pudiera, cuando
vinieras. En el habla manchega está muy extendida la aspiración de la -s
final de sílaba o de palabra (loh otroh, nuehtro), lo mismo que la neutralización
de -r y -1 implosivas (tenel, sordao); y no digamos las
peculiaridades del extremeño, murciano, y sobre todo, del andaluz; ni entremos a señalar
las diferencias regionales de entonación y ritmo, ni las de léxico.
Otro tanto ocurre en el español americano: el de Méjico omite frecuentemente las
vocales átonas (necsito necesito, palabrs,
muchs grass, muchas gracias), frente al reposado
y cadencioso caribeño o frente al rioplatense, de acento enfatizador y entonación
italianizante. Las tensas consonantes de los altiplanos contrastan, como veremos, con su
articulación relajada o su omisión en las tierras llanas y costeras. Como rasgos comunes
a toda Hispanoamérica habríamos de limitarnos, en la fonética, a la indistinción de
eses y ces o zetas; y en la morfosintaxis, a la eliminación de vosotros, os
y vuestro, en beneficio respectivo de ustedes, les o los, las, y su,
suyo; y ambos rasgos coinciden con el uso general de la mayor parte de
Andalucía y son normales en Canarias. Añádase que la entonación y ritmo del español
americano, a pesar de sus variedades, dan la impresión de mayor musicalidad y menor
energía que los habituales en el Norte y Centro peninsulares, más representativos éstos
de lo que Américo Castro llamó «la dimensión imperativa de la persona». La oposición
más exacta sería la del español peninsular norteño y central, con las dos Castillas
como núcleo, y el «español atlántico», expresión acuñada por Diego Catalán en
1956-57, que engloba el andaluz occidental, el canario y el hispanoamericano. |
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En 1492 el dialecto románico nacido cinco siglos
antes en la Castilla cántabra y burgalesa estaba muy avanzado en su evolución; se había
extendido a costa de los dialectos vecinos el leonés y el aragonés a uno y
otro lado y las hablas mozárabes al sur. Poseía una literatura abundante y valiosa y se
había convertido en la lengua culta de la mayor parte de España. Gracias a Nebrija
contaba ya con una Gramática y diccionarios, adelantándose en esto a las demás lenguas
neolatinas. Dentro de su esencial unidad, las consonantes del castellano viejo estaban
transformándose más rápidamente que en el habla de Toledo, más conservadora y más
estimada en el uso cortesano. Por otra parte, en Toledo, Extremadura y Andalucía habían
cundido otros cambios de probable origen mozárabe, como el yeísmo, la confusión de r
y 1 finales de sílaba o de palabra (arcalde, «solviendo los
vientos», etc.) y la aspiración de la s o su omisión en esas mismas posiciones
finales («vo lo digo», por vos lo digo, contrato por contrasto,
etc.); y en la Andalucía occidental y central estaba muy extendido el ceceo-seseo. En
el año 1492, el de la Gramática de Nebrija y el primer viaje de Colón al Nuevo
Mundo fue también el de la expulsión de los judíos españoles que no quisieron hacerse
cristianos. Su emigración no fue conquistadora ni colonizadora. Buscó refugio en
comunidades extrañas sin fundirse con ellas, manteniéndose idéntica a sí misma gracias
a su tradición religiosa y a su peculiar castellano arcaizante. Los sefardíes, dispersos
y sin contacto con España, se atuvieron en general al sistema consonántico que aún
prevalecía con vigencia más estimada en la patria que habían tenido que abandonar: la
dicción toledana, con el yeísmo y con otros rasgos, pero el seseo/ceceo andaluz (esto
último como consecuencia de la probable abundancia de emigrados procedentes de la
Andalucía central y occidental). Mantuvieron y, en general, mantienen la distinción
fonética toledana entre b y v (con v labiodental en bastantes
zonas); conservan frecuentemente la aspiración de la h procedente de f latina
(hazer, herir, hízo, hijo) y distinguen las sibilantes
sordas de sus correspondientes sonoras, tanto en las dentales (sera
cera; mansebo, pasar; frente a coza cosa;
roza rosa, hermoza) como en las palatales (asuar, ajuar;
sabón, jabón; muzer, mujer; antozo, antojo;
garra, jarra). Nótese que esas palatales judeoespañolas,
supervivencia de las castellanas medievales, no se han convertido en nuestra j
velar ni en la h aspirada que la sustituye en Extremadura, Andalucía, Canarias y
extensas zonas de América. El judeoespañol no ha participado en los cambios
lingüísticos extendidos en España después de la expulsión.
Por el contrario los dominios españoles de América permanecieron en constante
comunicación con la metrópoli. Las primeras conquistas e instalaciones atrajeron
incesantes oleadas de nuevos colonos, portadores de las innovaciones lingüísticas que se
iban imponiendo en el uso peninsular. La principal de ellas fue el triunfo del
consonantismo castellano viejo sobre el toledano, triunfo debido en gran parte a la
instalación de la corte en Madrid. Felipe II, que la había tenido en Valladolid cuando
era príncipe heredero, llevó a Madrid como integrantes de su séquito a muchos
castellanos viejos, montañeses y vascos. El lenguaje de la cortesanía se desligó de su
tradicional identidad con el habla toledana. Consecuentemente se generalizaron la
igualación fonética de b y v, el ensordecimiento de las sibilantes sonoras
y la velarización de las palatales x y g, j. La aspiración de
la h procedente de f desapareció en Toledo, Murcia y Nordeste de
Andalucía; pero en Extremadura y resto de Andalucía no sólo se conservó en el uso
popular, sino que invadió el dominio de la velar resultante de las antiguas palatales x
y g, j; aún hoy extremeños y andaluces cultos que no aspiran la h de
hambre, harto, humo, etc., pronuncian habitualmente como h aspirada la g
o j de gente, giro, jamás, jornal, justo, dejar, lejos. Igual ocurre en
extensas zonas de América. |

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En la emigración española a las Indias, desde los
viajes de Colón hasta fines del siglo XVII participaron gentes de todos los dominios de la Corona de
Castilla; pocos de la de Aragón, porque, si bien aragoneses influyentes en la corte de
Fernando el Católico ayudaron eficazmente a Colón, tanto el descubrimiento como la
conquista de América fueron principalmente empresa castellana; y también porque
catalanes y levantinos se sintieron entonces más atraídos por Italia; pero desde el
siglo XVII fue importante el contingente catalán, balear y valenciano, y desde el XIX se
acrecentó mucho la de gallegos y asturianos. Es cierto, pues, que todas las regiones
españolas contribuyeron a la colonización, como afirmó Rufino José Cuervo; pero
también es innegable que la versión andaluza de la lengua española peninsular es la
más afín al español hablado en América. Mucho se ha discutido y se sigue
discutiendo sobre el andalucismo del español americano; pero hoy día la evidencia de los
rasgos coincidentes actuales cuenta con el apoyo irrefutable de testimonios documentados y
de estadísticas iluminadoras referentes unos al habla, y otras a la procedencia de los
españoles que se instalaron al otro lado del Océano entre 1492 y 1580. El Índice
geobiográfico de cuarenta mil pobladores españoles de América reunido por Peter
Boyd-Bowman prueba que el contingente andaluz fue mayoritario en los primeros tiempos del
período antillano, al formarse el sedimento inicial de la sociedad colonial americana;
después, aunque no mayoritario, fue doble o triple que el de cualquiera de las regiones
más aportadoras. Además, entre 1509 y 1579 más de la mitad de las mujeres emigrantes
fueron andaluzas, y en su gran mayoría, sevillanas. No es de extrañar pues, que el
seseo/ceceo se registre desde 1521 en Puerto Rico (causyon, caución),
desde 1523 y 1525 en Méjico (conçejo, concejo; hasiendas,
calsas, sinquenta), desde 1539 en Cuba (çurto surto;
oçequias, obsequias, exequias), y a mediados del siglo XVI en toda
la América española. Cosa parecida ocurre con el yeísmo (ayá,
allá; «hoyando las tierras», cogoio); con la confusión y pérdida
de r y l implosivas (Aznal Aznar, mercadel, servidó,
Guayaquí, ultracorrecciones (Panamar, «no puedo olvidad»); con la
aspiración y omisión de -s («los quale», démole, decanso, que
tará, que estará; mimo mismo); con la aspiración de h,
x y g, j (gecho hecho; gaser
hacer; muher, rrehistro, mahestad, San Hosed), y con la
relajación de g y d intervocálicas (plea, plega, plazca;
ahua, agua; calsaos, perdío, to, deseá).
La mayor parte de estos ejemplos corresponde a cartas de sevillanos incultos escritas
entre 1549 y 1635 en lugares muy distanciados, desde el Norte de la Nueva España hasta
Lima, Arequipa, El Cuzco y Potosí. Los andalucismos que tales misivas atestiguan no
siempre han arraigado en las zonas donde éstas se escribieron: reflejan la expansión
inicial del tipo de habla andaluz por toda la América española, pero no la
consolidación de cada uno de sus rasgos. La distribución actual de ellos es, en cambio,
el resultado del afincamiento definitivo, con distinta proporción de colonos de las
diversas procedencias de cada región, con mayor o menor influjo de las lenguas indígenas
y con diferentes condiciones de vida y cultura. De los andalucismos y meridionalismos
enumerados sólo el seseo/ceceo se ha generalizado a toda Hispanoamérica; el dominio del
yeísmo es muy vasto, pero discontinuo, pues a lo largo de los Andes hay varias zonas de
distinción entre ll y y, apoyadas en los adstratos quechua, aimara y
araucano, y otra en el Nordeste argentino y el Paraguay, ligada a la conservación de ll
en los hispanismos del guaraní. Los otros meridionalismos hispánicos se concentran en
Nuevo Méjico, Norte de Méjico, las Antillas, litoral del Caribe, Centroamérica, zonas
costeras del Pacífico y llanos del interior; la aspiración de la -s se extiende
además por todo Chile y países del Río de la Plata; en cambio la confusión de -r
y -l implosivas no se da intensamente sino en las Antillas, Venezuela, Caribe,
costas colombianas, Panamá, costa ecuatoriana y centro de Chile. Se sabe que tanto las
islas como la Tierra Firme del Caribe fueron asiento preferido por los emigrantes
andaluces del siglo XVI y por los canarios.
En las altiplanicies de Méjico, Ecuador, Perú y Bolivia el habla se aproxima a la de
Castilla mucho más que la de las costas y tierras bajas: conserva, con especial tensión,
la -s implosiva; no aspira la h; pronuncia fricativa la j,
pero menos al fondo de la boca que en el Norte y Centro de España, ante e, i,
la j y la g llegan a tener articulación postpalatal, y en Chile mediopalatal,
con sonido cercano al de la ch alemana de Ich, gleichen (muyier, yiefe).
No confunde ni omite -r y -1 finales de sílaba o palabra. Para explicar
estas diferencias se ha alegado la doble visita anual de la flota, con tripulación
predominantemente andaluza, a los puertos principales. También se ha pensado que en las
tierras altas, donde abundaba la población india, el lenguaje de los colonos se
mantendría, por oposición, más señorial y purista. Asimismo se ha supuesto que
castellanos y andaluces preferirían instalarse donde la altura y el clima correspondiera
mejor a los de las respectivas regiones españolas. Con mayor fundamento se ha señalado
la probable relación entre el origen castellano viejo o vasco de los primeros
colonizadores y algunos caracteres fonéticos y sintácticos de la sierra boliviana,
Chile, el Norte argentino y el Paraguay. El más destacado es la asibilación de las
vibrantes r y rr, así como la del grupo tr, con
oclusión alveolar seguida de fricación sorda que se acercan a las de una ch.
Ambos fenómenos se dan en la Rioja española, Navarra y Vascongadas; y, en el centro de
la extensa zona americana donde también se producen está la provincia argentina de la
Rioja, cuya capital fue fundada en 1591 por el gobernador de Tucumán Juan Rodríguez de
Velasco. Uno de los ríos de esta provincia es el de Rioja, y una de sus sierras, la de
Velasco. Entre 1540 y 1559, en los primeros tiempos de la instalación española en Chile,
el porcentaje de castellanos viejos y vascos fue más alto que el de andaluces, y otro
tanto parece haber ocurrido en el Paraguay. No es obstáculo el que r y rr
se asibilen también en Méjico: recuérdese la importancia social que allí tuvo el
elemento vasco, patente en la institución de las Vizcaínas en el siglo XVIII.
También en Vascongadas, Castilla la Vieja, Rioja y Navarra, así como en Aragón, tienen
gran arraigo contracciones de vocales en contacto, que en unos casos originan cambio de
timbre en una de ellas (pior, tiatro, cuete cohete)
y en otros causan desplazamientos acentuales (cáido, caído; páis,
máestro); ambos tipos de vulgarismo están muy extendidos en toda la América
continental hispanohablante, y menos en las Antillas, donde el andalucismo es más
intenso. No hay que olvidar, por último, que en el léxico español de América hay
muchos vocablos procedentes del Oeste peninsular: leonesismos como andancio
enfermedad leve, carozo hueso de una fruta, raspa de
la paroja, espiga del maíz, fierro, lamber, peje, piquinino,
galleguismos o lusismos como bosta, cardumen banco de
peces, soturno tristón, buraco agujero,
hueco, etc. Algunos occidentalismos pudieron entrar en la América hispana a través
de la Extremadura leonesa, Andalucía occidental y desde las Canarias, que recibieron no
pocos lusismos más, o desde el Brasil. |

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La diversidad de las lenguas indígenas, extinguidas
unas , y en uso otras, origina en el español americano una variedad geográfica de
substratos con diferente grado de actividad y situaciones de coexistencia distintas en
cada zona. En el español de regiones bilingües aparecen a veces rasgos indígenas
trasvasados: «letras heridas» del maya (oclusivas con cierre glotal) en el español
yucateco; equiparación de i y e (mantica manteca, mesa
misa), así como de o y u (dolsora
dulzura) en regiones donde se habla quechua, lengua que no posee sino tres
vocales, la a, una palatal y la otra velar, de vario timbre según los fonemas
inmediatos; adopción de sufijos (vidala vida mía), calcos
sintácticos, y semánticos, etc. En el Paraguay se ha formado una lengua mixta en la que
elementos léxicos españoles admiten morfemas guaraníes o reproducen estructuras
sintácticas de igual procedencia. Fuera de las zonas bilingües el influjo indígena en
el español de América se limita al vocabulario, principalmente al de la naturaleza, y a
la entonación, sin que se hayan reconocido apenas manifestaciones suyas de otro orden.
Mezclas de español y lenguas africanas se han dado y se dan entre la población negra en
diversos puntos del Caribe y en la costa colombiana del Pacífico. Caso especial es el del
papiamento de Curazao, cuya base es africano-portuguesa, pero que abunda en hispanismos y
en préstamos del holandés. |

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Otras divergencias dentro del español americano
obedecen al mayor o menor influjo de las cortes virreinales de Méjico y Lima, de las
universidades y demás focos irradiadores de las modificaciones que la norma lingüística
iba experimentando en España; también responden a la más temprana o más tardía
emancipación respecto de la metrópoli. Unos y otros factores intervienen en una realidad
tan significativamente sociocultural como es la repartición geográfica de los
tratamientos de confianza. En las áreas donde ese influjo cultural fue más poderoso, o
más duradera la dependencia de España, la antigua contienda entre tú cantas,
tienes o dizes y vos cantas o cantáis, tenés o
tenéis y dezís dirigidos a un solo interlocutor, se resolvió, como en
España, a favor de tú cantas, tienes y dices. Pero en las zonas
más alejadas de las Cortes, como la América Central, que nunca fue virreinato, el Río
de la Plata, que no llegó a serlo hasta 1777, y los Llanos de Colombia y Venezuela,
triunfó un sistema mixto, a la vez arcaizante y renovador, con formas pronominales
correspondientes a tú y a vos, distribuidas según sus funciones, y con
formas verbales desusadas en España desde los siglos XVI y XVII o que la
evolución fonética o la analogía había hecho ambivalentes (vos cantás, vos tenés,
vos sos, vos te guardás tu plata; vení, poné, tomá; vos estás, vos das, vos vas, vos
eras, vos fuistes, vos venías, vos quisieras, etc.) con vacilaciones o diversas
preferencias entre vos tengas y vos tengás, vos querrás y vos
querrés, sin que falten en algunas zonas vos cantáis, tenéis o
tenís. En el plural prevaleció en toda Hispanoamérica la sustitución andaluza de vosotros
cantáis, hacéis, decís por ustedes cantan, hacen, dicen con la
correspondiente eliminación de os por les, los o las y del
posesivo vuestro, vuestra. |

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La distribución geográfica de las formas de
tratamiento en el español americano nos ha puesto de relieve que junto a las variedades
de uso lingüístico explicables por la distinta oriundez de los colonizadores o por el
sustrato indígena de cada país, hay otras debidas principal o exclusivamente a factores
de índole sociocultural. Esto nos lleva a ocuparnos de la comunidad o disparidad de
rasgos en los distintos niveles del español hablado o escrito en España y en América. Empezaremos
por el lenguaje popular y vulgar, ciudadano o rústico. Conserva multitud de usos que
fueron moneda corriente en otros niveles sociales siglos atrás y cuentan con abundante
documentación en nuestros clásicos, pero que han sido desechados por la norma urbana
posterior. En el habla rústica de todo el mundo hispánico perviven cevil, melitar,
mesmo, josticia, sepoltura, menumento, rétulo, istancia, solenidá, dolor, naide, vide,
truje, dende, denantes, etc. En contraste con tales arcaísmos, la dicción vulgar da
libre paso a tendencias más o menos contenidas en otros estratos sociales, como ocurre
con las contracciones vocálicas (pior, tiatro, bául) o con el
desgaste de consonantes intervocálicas (cansá, perdío, hubiá, ties).
En el habla rústica, como consecuencia del secular aislamiento, es donde más arraigo
tienen los rasgos dialectales y locales, hoy amenazados por la emigración masiva de la
población rural a las grandes ciudades. La decadencia y casi inminente desaparición de
las hablas locales puede repercutir gravemente en el léxico, pues el vocabulario
campesino, muy conservador, no sólo es rico en términos referentes a flora, fauna,
suelo, ganadería, labranza, tracción e industrias tradicionales, sino en palabras de
noble solera correspondientes a otros aspectos de la vida. El léxico popular de las
ciudades está más influido por el vocabulario culto, no siempre interpretado con
exactitud; revela su gusto innovador con incesante creación léxica y fraseología,
muchas veces pasajera; y da cabida con frecuencia a términos procedentes de las jergas de
malhechores o a la mezcolanza lingüística, como en el lunfardo porteño, plagado de
italianismos jergales, o en el argot español, tan abundante en gitanismos.
El lenguaje del coloquio, oral por naturaleza, está más condicionado que el escrito
por las circunstancias de la situación que lo encuadra. El hablante cuenta con la
colaboración interpretativa del interlocutor, por lo que en muchas ocasiones omite
referencias a lo consabido por ambos. En el coloquio no operan, siempre las exigencias del
discurso intelectual, y menos aún las de la creación artística deliberada; en cambio,
actúan fuertemente los móviles afectivos y prácticos; de ahí sus incongruencias, sus
frecuentes tanteos con pérdida del hilo sintáctico, sus frases sin acabar, abandonadas
al buen entendedor o con reticencia insinuadora; de ahí también sus exclamaciones e
imperativos, su viveza y expresividad. La actuación de los interlocutores, personal en
motivación y fines, discurre a menudo por los cauces comunales de frases hechas,
locuciones estereotipadas, refranes, gestos y ademanes convencionales. El marco ambiental
del coloquio hace que éste se refiera necesariamente a circunstancias del entorno natural
y social, con los consiguientes regionalismos y localismos. Por lo tanto, es el nivel de
lenguaje en que con más frecuencia se dan divergencias léxicas y semánticas que pueden
producir extrañeza al hispanohablante de otro país. Ángel Rosenblat puso entre otros
muchos ejemplos el de un cartel mejicano donde se leía: «Prohibido a los materialistas
estacionar en lo absoluto», esto es: Prohibido terminantemente aparcar a los
transportistas de materiales para la construcción. Un español que, a poco de
llegar a Buenos Aires, pregunte a un viandante por dónde debe ir, para llegar a tal o
cuál lugar, puede recibir la respuesta siguiente: «Camine usted por esta vereda y a las
cinco cuadras ha de encontrar las vidrieras de un negocio donde se venden sacos y
polleras», equivalente de Vaya usted por esta acera y a las cinco manzanas
encontrará los escaparates de una tienda donde venden chaquetones de señora y
faldas. También es en el lenguaje coloquial donde más equívocos pueden producir
al extranjero no prevenido las degradaciones de palabras por haber adquirido
significación indecorosa o connotación grosera: coger en Argentina y otros
países, pico en Chile, bicho en Puerto Rico son ejemplos de lo primero; sudar
en Argentina suele sustituirse por, transpirar; en Méjico volver y devolver,
reducidos a su acepción de vomitar, son reemplazados en otras por regresar:
«di cien pesos y me regresaron cinco», etc.
En la lengua culta, tanto escrita como oral, la formulación del pensamiento en la
palabra suele ser fruto de meditada elección; la estructura de la frase obedece a un
proyecto mantenido; se evitan incongruencias y se tiene presente para observarla o
para transgredirla conscientemente la norma establecida. La escritura elimina gran
parte de cuanto es diferencial, geográfica o socialmente, en el habla; prescinde de
gestos y ademanes; lo escrito puede leerse con cualquier acento, regional o no, selecto o
plebeyo, aunque el carácter del mensaje sea afín a unas modalidades y refractario a
otras. Dentro de este nivel más alto, el lenguaje científico, técnico y filosófico
tiene como características peculiares su imprescindible rigor, su resistencia a
infiltraciones expresivas o imaginistas y su empleo de nomenclaturas especiales. Debería
ser el más universal y uniforme, el más eficaz cooperador a la unidad idiomática; y sin
embargo, corre peligro de favorecer la escisión, pues los muchos neologismos nacidos en
otras lenguas penetran en el mundo hispánico por diversos caminos, y con frecuencia son
objeto de diferente acoplamiento o sustitución en unos y otros países receptores. Puede
ocurrir que dentro de poco, libros de física nuclear, economía, psicoterapia, etc.
publicados en Madrid o Barcelona empleen terminología distinta de la que usen los de
igual materia editados en Méjico, y que unos y, otros se aparten de la usada por los que
vean la luz en Buenos Aires, Bogotá o Lima, que a su vez diferirán entre sí. Si se
quiere evitar este Babel terminológico, habrá que recurrir urgentemente a una política
de acuerdos multilaterales que respalde las nomenclaturas unificadas propuestas en
coloquios y congresos panhispánicos para cada especialidad. Hasta ahora ha habido
meritorios intentos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de la Real
Academia de Ciencias y de otros organismos; pero es necesario coordinar las iniciativas
inconexas y darles fuerte apoyo oficial para que lleguen a la meta deseada.
El lenguaje literario tiene también su palabra exacta, que, a diferencia de la
científica, no responde sólo al contenido nocional, sino además o principalmente a las
resonancias afectivas, a la plasticidad de la imagen o a estímulos volitivos. Como
representación total de la vida, es más vario y cambiante que el lenguaje de la ciencia,
y cuando el propósito creador lo requiere, se instala en el nivel familiar o en el
vulgar. Influye poderosamente en el uso cotidiano, reflejado a su vez en géneros como el
teatro y la novela. Pero su característica esencial es la actividad creadora, la forja
continua de nuevos instrumentos expresivos y la renovación interna de los ya existentes.
Desde el primer momento de su hispanización, América contribuyó al florecimiento de
la gran literatura que se cultivaba en una misma lengua, sin que el Atlántico impidiera
la comunidad de tendencias y movimientos y sin que tal comunidad ocultase la personalidad
de la producción americana. Cervantes incorporaba a su Galatea el platonismo de
León Hebreo, mientras el Inca Garcilaso traducía los Diálogos de Amor. Don Juan
Ruiz de Alarcón y Sor Juana Inés de la Cruz son el paralelo indiano de Tirso de Molina y
Calderón. La novela picaresca resurgió puesta al día en Fernández de Lizardi. Las odas
de Quintana cantan la libertad con igual elocuencia que las de Olmedo; y Larra protesta en
El día de difuntos con la misma amargura que Echevarría en El Matadero.
¿Acaso no es el Poema conjetural de Borges muestra suprema del «vivir
desviviéndose», señalado por Américo Castro como rasgo común a los hispanos de los
dos mundos? Desde fines del siglo pasado hay intercambio de influencias. Si hasta entonces
partió generalmente de España, el modernismo poético tuvo su nacimiento en América y
su máxima figura en Rubén Darío. Hubo gran influjo de pensadores y ensayistas
españoles Unamuno, Ortega, Azorín y, como consecuencia de nuestra guerra
civil, el de los intelectuales españoles exiliados. La contrapartida estuvo a cargo de
Neruda y Vallejo, que tan marcada huella dejaron en nuestros poetas más jóvenes de la
generación del 27 y en la lírica posterior. Hoy es indudable la justificada atracción
ejercida por la novela hispanoamericana. Este flujo y reflujo hace que en el lenguaje
literario las amenazas contra la unidad lingüística sean mucho menos preocupantes que en
el campo de la ciencia y de la técnica. Un español puede leer páginas y páginas de
Alfonso Reyes u Octavio Paz, Uslar Pietri o García Márquez, Borges o Martínez Estrada
sin encontrar nada ininteligible o chocante; igual ocurre al lector de cualquier país
hispanoamericano ante escritos de Azorín, Baroja, Ortega y Gasset, Salinas, Dámaso
Alonso, Laín Entralgo o Marías. Es cierto que no toda la literatura de lengua española
se vale de lenguaje panhispánico: el Borges universalista de las Ficciones escribe
en porteño de bajos fondos el Hombre de la esquina rosada. Pero también la
literatura costumbrista, regional, indigenista, etc., contribuye a la unificación
lingüística rebajando la potencia diferenciadora de vocablos y giros particulares al
sacarlos de su ámbito limitado y ofrecerlos al conocimiento general: las novelas de Icaza
y Mejía Vallejo han puesto en circulación fuera de su recinto andino huasipungo y
gamonal; el Martín Fierro y el Don Segundo Sombra han divulgado las
peculiaridades del habla gauchesca. La unidad lingüística no se mantendrá con
restricciones y exclusivismos, sino con ensanchamiento y mutua apropiación.
La lectura debe completarse con la audición y la presencia visual del autor hablante.
Los grandes medios de comunicación lo están facilitando ya; la televisión no sólo ha
hecho perceptibles la voz y la prosodia de escritores sobresalientes, sino también su
mímica y actitud, su estilo completo de hablar. Ahora bien, lo hecho hasta ahora no es
bastante: necesita ampliarse y obtener respaldo en acuerdos internacionales que aseguren
reciprocidad. Hay que dar más altura a esos espacios cuyo tema y destinatario son los
trescientos millones de hispanohablantes y que lamentablemente centran su atención en el
pintoresquismo trivial y en la canción de hoy, pasajera y sin carácter. Mucho ganarían
reforzando la porción que conceden al folclore tradicional y dando entrada a obras
teatrales breves o fragmentos de otras más extensas, clásicas o costumbristas modernas,
representadas por hispanoamericanos y españoles: pienso en los entremeses cervantinos que
García Lorca y La Barraca llevaban a los pueblos, y que grupos teatrales mejicanos daban
todos los años en Guanajuato; en la deliciosa adaptación de la Gatomaquia que
estudiantes universitarios de Méjico pusieron en escena allá en el verano de 1968; o en
la versión escénica de En la diestra de Dios Padre de Tomás Carrasquilla,
especie de auto sacramental popular e irónico, con que un grupo colombiano amenizó en
Quito, aquel mismo año 1968, un Congreso de Academias de la Lengua: ¡qué maravilla de
vivacidad expresiva, de gracia desbordante y plástica! Y como contrapartida,
sainetes españoles, esperpentos de Valle-Inclán, teatro menor de García Lorca...
América es, además, la grande, inmensa fragua de hispanófonos. No solo por su enorme
explosión demográfica y por la creciente castellanización de la población india, sino
por incorporar tanto a españoles no castellanos como a extranjeros de diverso origen:
allí se castellanizan emigrantes gallegos, portugueses e italianos, gentes de la Europa
Central, eslavos, nórdicos, sirios y libaneses, y tanto en el nivel de las masas
populares como en el de los estratos superiores. Nos lo dicen así los apellidos de
eximios literatos como Victoria Ocampo, Borges, Molinari, Sábato, Uslar Pietri,
Carpentier, hermanados, en usar y ennoblecer la misma lengua, con Alfonso Reyes, Ricardo
Rojas, Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, de evidente ascendencia hispana.
¿Qué actitud, qué papel nos corresponde a los hispanohablantes de España en este
inmenso mundo de usuarios de nuestra lengua común? A fines del siglo pasado o principios
de éste un escritor peninsular se permitió decir que éramos los dueños del idioma.
Lamentable error. El español peninsular norteño y central sería pronto un dialecto
arcaizante arrinconado si las cifras globales de hablantes fuesen el único factor, el
decisivo. ¿Cómo explicar entonces que en América se consulte más que en España el Diccionario
de la Academia de Madrid y que las Academias americanas de la Lengua sean, casi
todas, correspondientes suyas y las que no lo son, se cuenten entre sus mejores
colaboradoras? La norma de cada país hispanoamericano difiere de la de otros: Méjico no
aceptaría la norma de la Argentina, ni viceversa; ni una ni otra aceptarían la de
Colombia; Venezuela, Ecuador, Perú, Chile, no se sienten con títulos inferiores. Ello
hace que se mantenga la autoridad de la Academia Española como poder moderador neutral
mucho más respetado, como digo, en América que en España con una
condición: que considere tan valedero como el uso culto español el uso culto de cada
país hispanoamericano.
¿Durará mucho tiempo en manos españolas ese poder moderador? Nadie puede predecirlo con
fundamento. Dependerá de que cumplamos o no el cometido del buen timonel, atento a los
vientos que soplan. Meditemos, pues, sobre las ideas rectoras, actitudes, comportamientos
y tareas sin los cuales el gobernable de la lengua española dejará de estar en España.
Propondría resumirlas en los siguientes puntos:
1. No sentirnos dueños del idioma, sino servidores suyos.
2. Admitir y proclamar que la versión culta peninsular de la lengua española no es la
única legítima; tan legítima como ella son las versiones cultas de cada país
hispanoamericano.
3. Rechazar la pueblerina tendencia a caricaturizar o menospreciar los modos de
hablar español admitidos en otros países del mundo hispánico.
4. No erigirnos en únicos herederos de la tradición lingüística y literaria
hispánicas.
5. Consecuentemente, admitir y proclamar que nuestros clásicos lo son también para los
mejicanos, cubanos, colombianos, peruanos, argentinos, etc., etc.
6. Admitir y proclamar igualmente que los clásicos hispanoamericanos antiguos y modernos
son también clásicos nuestros.
7. Aplicar estos principios a todos los grados de enseñanza.
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Leernos mutuamente, escucharnos unos a otros, vernos
recíprocamente actuar en nuestro ejercicio de la lengua oral, una y múltiple. Hagámosla
nuestra toda, sin fronteras ni aduanas. Gocemos la literatura panhispánica haciendo
nuestro lo creado por unos y otros. Sintamos en cada país como tesoro propio las voces
entrañadas desde siglos en cada rincón del mundo hispánico, y también las recién
acuñadas, las recién nacidas. Urge conseguir que el mejicano deje de sentirse molesto
ante las ces, las eses apicales y las elles de un castellano, y que no interprete la
energía de nuestro acento como insolencia imperativa; que el argentino deje de ver en
estos rasgos risible zafiedad de «gallego» inculto; y que el español rechace toda
prevención exclusivista, toda proyección cómica, toda tentación de vana superioridad
ante las peculiaridades americanas, tan legítimas herederas del común legado medieval y
clásico como las nuestras. Muchas veces he propuesto como lema de la imprescindible
comprensión mutua esta adaptación del terenciano Homo sum et humanum nihil a me
alienum puto: «Hablo español, y no considero ajena a mí ninguna modalidad de habla
hispánica». Aprovechemos al máximo los grandes medios de comunicación para que nos
ayuden a compartir nuestras formas de expresión y de vida, tan hermanas a pesar del
Océano y de los siglos de separación. Este redescubrirnos y compenetrarnos repercutirá
ineludiblemente en la formación de la deseable koiné hispánica, que podrá
fortalecer la unidad de nuestra lengua Dios sabe por cuántos siglos. |
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