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La investigación del español en América:
proyectos inmediatos
Manuel Alvar. Real Academia
Española Consideraciones sobre la
bibliografía
Es útil volver los ojos al pasado de nuestras
investigaciones y saber qué se ha hecho, pues de ello podemos deducir qué queda por
hacer. Enfrentarnos con el español de América, hoy resulta sobrecogedor: tanto se ha
llevado a cabo y tan dispersas están las investigaciones. Pero resulta consolador
contemplar nuestro panorama; basta pensar en las etapas cubiertas desde que nos dejaron
Pedro Henríquez Ureña y Amado Alonso. Entonces nos explicaremos el temor a la
bibliografía, pero es necesario poner orden a la maraña para que podamos dar sentido a
lo que debemos hacer. Tenemos bibliografías que nos pueden orientar entre las sombras,
pero también habría que poner orden a las bibliografías. Hay unas fiables (1), y otras mucho menos (2) y nos quedan las que van apareciendo en las revistas más solventes,
digamos Nueva Revista de Filología Hispánica o Revista de Filología
Española. Los trabajos de Lope Blanch y Carlos A. Solé son especialmente útiles
por sus apreciaciones críticas; sobre todo el de Lope Blanch que valora, con su habitual
rigor, esas contribuciones de las que tanto necesitamos. Mis planteamientos hoy van a ser
de carácter muy distinto, pero, al comenzar, me parece útil dedicar esta breve
referencia a lo que hay hecho y, a lo que, desde variadas perspectivas, se ha
interpretado. Basándome en lo que la investigación más reciente ha llevado a cabo,
quisiera señalar los caminos que podría seguir la investigación en un futuro inmediato.
No se trata de una bibliografía del pasado, sino de unas consideraciones hacia el futuro.
Y en este sentido saber qué debemos hacer es un primer paso en el que nos guiarán no
sólo las bibliografías generales sino las que se han dedicado a dominios particulares (3) . Pero por beneméritas que sean compilaciones de
este tipo, no debemos olvidar que trabajamos en una intrincada selva y que necesitamos
partir de algo que nos ahorre esfuerzos: las bibliografías exhaustivas son necesarias,
¡quién lo duda!, pero debería indicarse cada trabajo con una señal de valoración para
no engolfarnos en procelas que nos llevan al naufragio. La propuesta no es nueva: don
Homero Serís tentó algo de esto en el Índice alfabético de su Bibliografía (4) y en repertorios históricos se hicieron
ordenaciones sistemáticas en diversos grupos (5).
Merece la pena tener muy en cuenta las referencias bibliográficas que aparecen dispersas
y ordenarlas sistemáticamente en períodos de tiempo no demasiado largos. Incluso podría
trabajarse conjuntamente en lugares distintos, pues hoy se han reducido a límites casi de
insignificancia la lejanía y los plazos. Para el mundo de Hispanoamérica, pienso en algo
semejante a lo que son los repertorios de la Unesco (6)
y no puedo silenciar un hecho harto significativo: Alwin Kuhn preparaba la bibliografía
de la Zeitschrift für romanische Philologie que, como todos los repertorios de
este tipo, aparecía en las listas descarnadas, pero esos ordenamientos asentaron las
bases de su libro Die romanischen Sprachen (7).
Creo que disponer de buenas bibliografías, establecidas con criterio riguroso y, a poder
ser, con justas valoraciones sería el primer paso para poder trabajar con una perspectiva
que a veces falta, y acaso permitiría enfrentarse con rigor al arduo problema de estudiar
con proyección general lo que es el español de América. |
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La historia lingüística en los documentos particulares Si partimos de unas consideraciones diacrónicas,
evidentemente tendremos que considerar los inevitables estudios sobre los orígenes del
español americano. Entonces deberemos recurrir a los documentos de carácter privado,
pues en ellos podemos rastrear cómo hablaban los colonizadores que se asentaron en cada
zona. Lógicamente, sólo se podrá encontrar sentido a este tipo de trabajos en la
consideración de fuentes primarias o publicadas con un rigor que los lingüistas
exigimos, pero que no suelen ser los habituales en otro tipo de indagaciones. Pienso, por
ejemplo, en el libro de Olga Cock Hincapié (8),
minucioso, lleno de precisiones y de interpretaciones válidas, nos encontramos con un
buen modelo que podría extenderse a otras regiones y, a otros fenómenos. En tal sentido
las investigaciones de Juan Antonio Frago nos muestran la fecundidad de recurrir a
documentos originales (9), pues sólo así podremos
asentar las bases de unas sólidas conclusiones. Porque el conocimiento de la realidad
americana desde comienzos del siglo XVI tendrá que hacerse por transcripción rigurosa de los
textos y el conocimiento de la procedencia de los colonizadores. El primer motivo debe
llevarnos a la formación de unas colecciones documentales tan rigurosas en sus lecturas
como las que en su día hicieron Staaff, Menéndez Pidal y Navarro Tomás con referencia a
los dialectos peninsulares (10). En estos momentos
conozco tres empresas orientadas en este sentido: la de Lope Blanch, la de ALFAL y la de
Frago. El primero de estos investigadores presentó en el IX Congreso de ALFAL (Campinas,
1990) El proyecto de estudio histórico del español americano, que se completó
con otro Proyecto de estudio histórico del español americano debido a Guillermo
Guitarte (11). El proyecto de Lope Blanch se
centraba en el castellano de la Nueva España, mientras que el de ALFAL tenía un
carácter general; sin embargo, planeado modestamente, debería llevarse a cabo con una
mayor amplitud: Humberto López Morales me propuso editar los documentos cuya
transcripción era coordinada por la profesora Fontanella de Weinberg. La Real Academia
Española acogió la edición del corpus, pero a propuesta mía ampliándolo
considerablemente y, en este momento, Juan Antonio Frago había transcrito ya una
impresionante colección de más de mil quinientas páginas de textos que se guardan en el
Archivo de Indias de Sevilla. Sé cuánto se ha trabajado en esta colección y, cómo
podremos beneficiarnos de ella, pues la obra del profeso Frago está transcrita con una
serie de ventajas incalculables: técnicos de paleografía, participación de pocas
personas en el trabajo y variedad de procedencia de textos. A mi modo de ver servirá para
que de una vez podamos conocer la génesis y desarrollo del español americano.
Terminarán así los lamentos en que prorrumpimos cada vez que leemos los documentos
transcritos sin rigor paleográfico y esto se comprueba con un hecho inmediato: Francisco
Ruiz Fernández ha transcrito una serie de cartas privadas que han sido la base de su
tesis doctoral (12). Es un ejemplo de lo que necesitamos
seguir haciendo: esas cartas habían sido transcritas en un libro apasionante donde los
haya, pero su valor se aminoraba mucho al resultar inservible para el estudio de la
lengua. Enrique Otte en la transcripción de esas 650 cartas privadas, como en otros
trabajos suyos, se había desentendido de lo que más nos interesa a nosotros y a la
historia americana (13). Tenemos que volver
a lo que fue la llamada en los comienzos de la filología española y que no todos
comprendieron: la edición de los Fueros leoneses por Federico de Onís y Américo
Castro es un modelo de lo que debiera hacerse (14)
y ahí hemos seguido quienes en el Cantar del Cid encontramos el punto de partida
y el nacimiento de la lingüística española. Que en Hispanoamérica se
había hecho algo es evidente, pero ese algo cubría muy pocas parcelas y en la
heterogeneidad de los textos y en el carácter fragmentario de la edición no podemos
encontrar, satisfacciones a nuestras exigencias, por más que don Agustín Millares fuera
la autoridad indiscutible en los estudios paleográficos y su rigor (15) lógicamente nos hubieran servido de salvaguarda. Que nos
lo diga la transcripción de los documentos de su Paleografía o un libro, nada
americano, por cierto, pero impreso en Buenos Aires: el Pentateuco que publicó el
Instituto de Filología en un lejano 1927 (16).
Estas transcripciones deben ir emparejadas con el
estudio del origen de los colonizadores. Tenemos los índices de Bermúdez Plata (17), y de Boyd Bowman 18), que nos pueden ayudar, pero tenemos también los destinatarios de
tantas cartas privadas que nos sirven para saber de dónde procedía tan abigarrado tropel
de gente. Así podremos explicar la génesis del fonetismo americano, pero, también, la
articulación de su léxico. En las cartas publicadas por Otte, podemos rastrear rasgos
del dialectalismo léxico safrán por azafrán, quedar por dejar, olear dar
los santos óleos, mollinita por llovizna, que nos podrá servir para
inferir la historia de algunas isoglosas actuales (19). Pienso, por ejemplo, en los preciosos artículos que Corominas amparó
bajo el título genérico de Indianorrománica (20)
y en los que intenta señalar el leonesismo, actual, de alguna parcela del léxico
hispanoamericano. Cuestión que para mí no es nada fácil de resolver, pues la Andalucía
occidental (especialmente Huelva) sufrió la impronta leonesa y convirtió en propios los
elementos de reconquista (21). La cuestión es
clara: leonesismos originarios (podrían serlo habida cuenta de la emigración extremeña
a las Indias) o a través de esa Andalucía que aún hoy conserva en su toponimia el
calificativo de León. Si de los documentos particulares pasamos a los oficiales,
tendremos que repetir las mismas cuestiones. Tenemos viejas colecciones de cartas (22) que se han reproducido modernamente (23), y, cuya transcripción parece más rigurosa que
las cartas particulares que comento. Pero lo hecho no es demasiado y la besana está
abierta. En este sentido habría que otear muy variados horizontes, ilustrativos de no
pocos aspectos de la historia social y cultural de América. Pienso, por ejemplo, en la
transcripción de unas fuentes para la historia lingüística, por más que rebase esos
límites. Elena Alvar transcribió hace años, y siguen inéditos, los legajos que daban
testimonio de la creación de la cátedra de chibcha (1581) en Santa Fe de Bogotá (24). Al filo de inacabables disputas de frailes, de
intervención de la corona, de desesperadas series de dimes y diretes, hay una lengua que
sustenta los inacabables pleitos y una postura ante hechos que tienen una proyección
mucho mayor. Se llega incluso a sustentar una teoría de la traducción que viene de muy
lejos y que encontramos en los doctrineros de los indios muiscas. Entonces, en la
inmensidad de América, se traen a colación los desvelos de los traductores bíblicos:
En los lugares donde no se pudiere traduzir berbo
por berbo lo que se les quisiere dezir se podra traduzir sentencia por, sentencia, como lo
an hecho rnuchos doctores e personas sauias, famocissimos lenguatarios que han traduzido
de la lengua hebrea e griega en latina ynfinitas obras, las quales, en llegando al lugar
donde faltan terminos para traduzir a la letra, dexando yntegra la sentencia mudan la
formalidad de las palabras, traduziendo con otras de equibalente significacion (25).
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Los cronistas de IndiasEn las consideraciones diacrónicas que
vengo teniendo en cuenta, es necesario aducir el estudio de los cronistas de Indias. Estos
singularísimos escritores no habían sido considerados lingüísticamente, sino de una
manera muy fragmentaria. Enfrentarse con la realidad que transmiten e interpretan creo que
es un quehacer fundamental. Me cupo ser el primero en presentar los valores de conjunto de
uno de estos narradores; acaso el más apasionante de todos ellos, Bernal Díaz del
Castillo (26). A partir de él, Colón, las Relaciones
de Yucatán, Juan de Castellanos (27) y multitud de
tesis doctorales que dirigí (28) o monografías
que conmigo se hicieron (29). Lope Blanch escribió
sobre la lengua de Ordaz (30) y Enguita sobre
Fernández de Oviedo (31). Prescindo de trabajos
más estrictamente monográficos, pero que demuestran el valor lingüístico de estos
Viejos textos (32). Creo que es baladí insistir en
estas cuestiones para justificar lo que está fuera de cualquier ponderación, pero no
podré decir que con lo hecho se haya agotado el tema; el interés que suscita sigue en
pie y no creo que el manantial esté exhausto, sino que está manando.
Pienso en el estudio con que Ángel
Rosenblat resucitó a la vida la historia perdida de otomacos y taparitas (33) y que no es sino una muestra de las posibilidades latentes. Sin embargo
hay más: con los trabajos propios y con los que he dirigido hemos podido ordenar un
copioso diccionario de indigenismos antiguos del español. Gracias al concurso de Manuel
Alvar Ezquerra se ha redactado un volumen de casi 300 páginas a doble columna y de gran
formato con todas las ocurrencias de los términos y su documentación, amén de un
diccionario inverso de indigenismos que servirá, entre otras cosas, para los estudios
morfológicos. Pero quisiera insistir en el modo de proceder. Como es sabido, Georg
Friederici compuso dos repertorios, el Amerikanistisches Wörterbuch y el
Hilfswörterbuch für den Amerikanisten (34),
cuyo valor no vamos a discutir. Pero desde un punto de vista estrictamente lexicográfico,
ambas obras son heterogéneas: se mezclan indigenismos, hispanismos, anglicismos,
galicismos, etc. con términos de las lenguas más variadas (algonquino, papúa, kimbundo,
etc.), con lo que se nos dan unos repertorios misceláneos y, sobre todo, incompletos. El
americanista que pretenda comprobar un término, corre el riesgo de no encontrar nada de
lo que busca. Voy a poner ejemplos que tengo comprobados: un 38 % de los términos
indígenas que utilizó Bernal Díaz del Castillo no constan en los repertorios, pues de
algo más de ochenta americanismos léxicos, faltan veintinueve (35). Del mismo modo, más del 25 % de los indigenismos de Juan de
Castellanos, tampoco han sido recogidos (36) y, si
descendemos al campo léxico de las castas coloniales, de un corpus de ochenta y dos
términos el investigador alemán sólo recogió nueve, y de los más triviales (37). Sólo en las seis páginas que dedicamos a la
letra a , faltan más de cuarenta voces: lengua chíbcha aba, maíz,
aba jaspe labrado, tuneva abá madre, achagua abacajo
cinco, achagua abacaytacay veinte, quechua abasca ropa
basta, caribe abay nombre de una fruta, quechua abazae traidor
a su señor, chibcha abira Dios, quechua aca
estiércol, aca chicha, chibcha acaíma
caballero principal, náhuatl acaiyelt canuto para fumar,
quechua acatanca escarabajo, caribe acaya exclamación de
dolor, náhuatl achcauhtli alguacil mayor, maya-quiché achque
hechícero, quechua acllagaci(r)casa donde vivían las doncellas
dedicadas al sol, quechua aclla huaci id., quechua acoahunotl
asesor del juez, náhuatl acoli hueso del hombro, acribano
señor de vasallos, quechua acta garrapata, náhuatl aculhuaque
advenedizo, açuba árbol de gran tamaño, chibcha adoreto
carga de sal, agazpalin especie de cocodrilo,
maya-quiché aglatul hechicero, caribe aguagenipa,
maíz desgranado, quechua aguacolla cardón, caribe? aguaricha
afeminado, quechua aillo boleador, chibcha airaespañol,
añasco al hijo, caribe alabuqui hechicero, quechua alcoperrillo,
quechua al(l)í bueno, quechua allpa tierra, polvo,
kaliña am algo, quechua ama no (38). La riqueza del vocabulario que hemos recogido es impresionante, y por
lo que vemos, sirve para documentar decenas y decenas de palabras indígenas, que
transcritas por los cronistas, tienen un valor singularísimo, pues, aparte atestiguar los
términos prehispánicos, nos aseguran su existencia, su documentación en los textos y,
muchas veces, la adopción y los procesos de adaptación. Hoy tenemos perspectiva para
saber el destino de todas esas palabras que aparecieron en las crónicas, pero entonces
no. El valor de los testimonios está en su veracidad y en la espontaneidad de lo que se
ha recogido. Como, por otra parte, son repertorios exhaustivos, no caemos en el
subjetivisino o en el capricho, el corpus es de un incalculable valor. De ahí que piense
que practica caminos a una investigación que no deberá limitarse a consignar la
existencia de un término, sino que abre puertas al estudio de la adaptación fonológica,
de los cambios semánticos y de las posibles causas de la desaparición de términos que
un día llegaron a la literatura escrita. |
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GramáticaEste camino por los viejos textos nos ha llevado a otro
aspecto de la investigación histórica. Porque si el vocabulario pertenece a la
estructura superficial hemos de tomar en consideración la estructura profunda que se
denuncia en las artes y gramáticas. Evidentemente, antes de reducir, una lengua a arte
fue necesario establecer los modelos que la conforman. La repetición de unos determinados
esquemas llevó a las reglas de combinación, pero no menos cierto es que no se hubieran
podido establecer, de no haberse conocido las palabras que las constituían. Antes que las
reglas gramaticales se apercibieron palabras que querían significar algo. Creo que la
cuestión no merece ser debatida, pues lo que tenemos son unos resultados. Si la aduzco
ahora es para justificar el orden en que procedo.
He estudiado cómo Nebrija conformó las descripciones de las gramáticas
amerindias. No voy a repetirme, sino a citar muy abreviadamente algo que es válido y a lo
que deberemos atender desde muchas más perspectivas de las que yo he considerado.
Estudiando la gramática quechua de Fray Domingo de Santo Tomás (1560), la náhuatl de
Fray Alonso de Molina (1571) y la chibcha de Fray Bernardo de Lugo (1619) (39) vemos cuán importante fue el papel que jugaron las Introducciones
latinas, con independencia del que tuvo el Arte. Pero lo que sí quiero dejar
claramente asentado es cómo los frailes españoles hicieron y cuántas veces
el prodigio de fijar unas lenguas que, sin ellos, no hubiéramos conocido, pero en la
sorpresa que es América, aquellos gramáticos habían descubierto dos cosas: primero la
necesidad de someter las lenguas indígenas a un arte que las fijara. Sin querer, pues,
daban a tales lenguas la dignidad con que Elio Antonio quiso enriquecer a la suya propia,
comparándola con las clásicas. Por, otra parte, las Instituciones eran un tratado
para enseñar latín a unos mozos españoles; sustituyendo latín por español, o por la
lengua americana pertinente, se convertían en un manual práctico para la adquisición de
una segunda lengua. Creo que así se asienta el doble valor que Nebrija tuvo para América
y que va mucho más lejos de lo que desde nuestra perspectiva española pudiéramos creer.
Estamos ante otra doble proyección: describían el uso correcto de la lengua amerindia,
y, por, tanto, la codificaban según unos modelos de corrección, pero al fijar ese uso y,
recomendarlo como mejor, se convertían en árbitros de una norma basada en numerosos
principios sociológicos, digamos la variedad más prestigiosa o más difundida o más
cultivada. Sin olvidar el fin que perseguían todos aquellos esfuerzos: la
evangelización.
Pero lo que ahora nos interesa es saber la aplicación que las artes
tuvieron para el conocimiento de las lenguas indígenas. Voy a poner un solo ejemplo. Fray
Domingo de Santo Tomás escribe:
Unos indios de una prouincia dizen xámuy,
que significa venir; otros en otra prouincia dizen hámuy, en la misma
significación. Unos en una pronunciación dizen çára, que significa trigo; otros
en otra dizen hara en la misma significación. Unos en una prouincia dizen xullull,
que significa en uerdad; en otra dizen sullull que significa lo mismo.
Unos dizen pori que significa andar y otros en otras provincias dizen póli,
etc. (40).
En estas pocas líneas nos ha señalado algo que
apunta hacia una geografía lingüística del quechua, pero que podemos poner en relación
con el español. Cuando fray Domingo dice que suena de un modo u otro está,
implícitamente, refiriéndose al español y de ahí inferimos la oposición fonológica
de x y h, de ç y h, de x y s. No estamos lejos
en los casos de x/h y x/s de poder asentar unos principios válidos para el
funcionamiento de nuestra lengua en el siglo XVI. Podemos, pues, inferir lo mismo que de los
diccionarios algunas referencias sobre la pronunciación del español de su tiempo.
Unas veces en unas consideraciones generales («quán fácil y dulce sea a la
pronunciación de nuestra lengua») (41); otras, en
particular («sí alguna vez vsan de dos ll juntas, así como milla, que
quiere dezir en el mayzal [...] han de pronunziar como en el latín dezimos vjlla y
no como en el romance dezimos marauilla») (42).
Fray Bernardo de Lugo, apuntó articulaciones que bien valen para el conocimiento del
español; entresaco algunos motivos:
1. La z «no se ha de pronunciar aguda, como se pronuncia en
nuestra lengua, sino pronunciarse ha como la s». Es decir, y poniendo en
correlación el sistema de las dentales, z era un sonido dental o alveolar, pero
como emplea zh para transcribir ts, debemos
inferir que su z, no interdental y de timbre como s, sería una dz
(alveolar, no aguda) sonora.
2. El grafema castellano ch representa a s, pero no x,
por lo que habrá que pensar en la pronunciación jota de la x.
3. La equivalencia de f chibcha = b castellana nos hace
creer en el carácter bilabial de la b española (no en una labiodental) (43).
Podríamos ir espigando motivos en mil casos distintos, pero no merece la pena abrumar;
tratamos de señalar caminos a posibles y cercanas investigaciones. Lo que sabemos nos
ayuda a intentar explorar estos nuevos intereses. Tenemos no pocas referencias, pero todas
son fragmentarias y ocasionadas por la condición de cada lengua. Reuniendo todas las
informaciones dispersas sabríamos y no poco de la fonética indígena en esos
años de los siglos XVI y XVII en los que las gramáticas se compusieron, pero
sabríamos también la situación del español, de algún aspecto del español, en
momentos que fueron decisivos en la historia de nuestra lengua.
También los diccionarios de lenguas indígenas facilitan informes sobre el valor de su
pronunciación con referencia a la lengua de los colonizadores y con la adquisición del
léxico indígena. Al primer caso pertenecerían cuestiones como éstas:
El tza, tze, tzi, tzo, tzu, que se vsa mucho en
esta lengua, va a la pronunciación de (ça, ce, ci, ço, çu, quise lo poner junto con
él en la letra c, más por parecerme que era lo más acertado entretexirlos todos,
como aca vno le cupiese su lugar, guardando el orden vsado del Abece, y por poner también
el tza, tze, tzi, tzo, tzu en la letra T, pues que se escribe con ella, aunque se
pronuncie a manera de,ça, ce, ci, ço, çu por tanto lo hize assi (44).
En esta lengua no ay vso destas letras nuestras
B, D, F, G, X ni V consonante sino hua por (va) y de la L senzilla no ay vso, sino doblada
(ll) y al reués de la R no ay vso de dos RR sino de vna R (45).
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DiccionariosEn cuanto al
vocabulario, hay que pensar cómo el español había adoptado los términos antillanos y
los difundía al extenderse por el continente. Sabemos de esa universidad americanista que
fueron la Española o Cuba y sabemos cómo la lengua pasó configurada americanamente
en su expansión por los imperios azteca e inca. Alguna vez he hablado de que el español
fue una especie de latín vulgar que difundiera préstamos a lenguas que de otro modo no
hubieran tenido ninguna relación. Abramos viejos diccionarios: en el Lexicón o
vocabulario de la lengua general del Perú, compuesto por el maestro fray
Domingo de Santo Tomás (46), como términos
españoles ya se dan axí especias de indios, canoa nave
de un madero, mayz trigo de los indios, no es demasiado, pero sí
muestra cómo la lengua de los taínos se había incrustado en la de los conquistadores.
Por otra parte, manifiesta la adaptación de algún término tradicional a la nueva
realidad; así gallinaza o ave de Indias. En un texto ejemplar, Agustín de Zárate
había tenido conciencia de los cambios que la nueva realidad había impuesto:
En todas las provincias del Perú había señores
principales, que llamaban en su lengua curacas, que es lo mismo que en las Indias
solían llamar caciques, porque los españoles que fueron a conquistar el Perú, como en
todas las palabras y cosas generales y más comunes iban amostrados de los nombres en que
los llamaban en las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Tierra-Firme, donde habían
vivido, y ellos no sabían los nombres con que los cristianos nombran estas cosas
generales por los vocablos que han oído dellos, como al cacique, que ellos llaman curaca,
nunca le nombran sino cacicúa, y aquel su pan [...] le llaman maíz, con
nombrar en su lengua zara, y al brebaje llaman chicha y en su lengua azúa
(47).
Si abriéramos ahora el diccionario de fray Alonso de
Molina (48), no sólo axí, canoa, y
maíz sino que se documentan otros varios antillanismos y nahuatlismos: cacao
almendra y moneda, bebida (49),
caña de maíz helada, caña de maíz verde, caña de maíz seca (50), coa pala para cavar, cordel o mecapal
(51), cutaras sandalias, embixar
(pero falta bixa), guindarse en hamaca (pero no está hamaca), petaca
hecha como caxa de cañas (nahuatl petlacalli), taita
padre de los niños, tata, tuna cierta fruta [higo chumbo].
No digamos que son demasiados los términos, pero tampoco desdeñables: los tiempos que
habían pasado desde la conquista no eran muchos y la lengua se iba acomodando en su nueva
vida. El español aceptaba lo que le era necesario o transmitía lo que ya había
aprendido. Bernal Díaz del Castillo emplea americanismos, un 27 % de los que transmite
procede de las islas y en él figuran algunos de los que fray Alonso de Molina utilizó.
Hemos de creer que a esa primera etapa de la americanización del español corresponde
también el aprendizaje del franciscano, pues el náhuatl acabó sustituyendo a los
términos taínos por los que eran patrimoniales en el mundo azteca. Así no lograron
arraigo cutara frente al cactli, tuna frente a nopalli, amén
de axí frente a chili (52). Y nos
queda algo que llega hasta hoy: cómo el castellano llevó a los más recónditos lugares
los términos que iba adquiriendo; más tarde vendría el establecimiento de las lenguas
generales y la nivelación lingüística que impusieron los españoles (53) y de lo que hay buena cuenta en fray Domingo de Santo Tomás:
Nunca esta lengua [el quechua] en los tiempos
antiguos fue tan generalmente vsada quasi de todos, como el día de hoy. Porque con la
comunicación, tracto y grangerías que al presente tienen unos con otros, y consenso en
los pueblos de los christianos, y mercados deellos, assi para sus contractadores como para
el servicio de los españoles, para entenderse entre sí los de diversas pronvincias usan
desta lengua general.
Si nos fijáramos en lenguas que no tuvieron lengua
general, veríamos cómo los problemas se repiten mucho después que fray Alonso de Molina
publicaba la gramática mejicana, don Joseph Zambrano hacía imprimir la suya totonaca (54). En el vocabulario temático las equivalencias
castellanas que aparecen están dadas con indigenismos: gan = naguas, chana
= coa, laya = guacamaya, quingan = mis naguas, ztagna = chile verde, ztapu
= mozquito, gegen, zcauh = chochomite, taxah = cierto bejuco, xcaba =
maguey, xcabag = ocote. En el mismo libro el cura de San Andrés Hueitlalpan
incluye los Distintos significados de la totonacalpa a la totonalca de Naolingo
(págs. 63-74) y se vuelve a encontrar americanismos como mamey, camote, maíz
gaujolote, atole, jícara, chile ancho, mano de metate, elote, azote oo
mecate, temazcale, naguas, quexquemil, rueda de tochomite. |
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Los concilios y la lengua
La evangelización en lenguas indígenas es un factor que debemos tener muy en cuenta.
Francisco de Solano ha publicado un libro capital: Documentos sobre política
lingüística en Hispanoamérica 1492-1800 (55).
Abriéndolo tenemos una historia portentosa en la que razones y sinrazones nos va dando la
historia de diversas actitudes ante la lengua y ante las lenguas. El III Concilio de Lima
(1583) dictaminó taxativamente que «no se obligue a ningún indio a aprender las
oraciones o el catecismo en latín, porque basta y es mucho mejor que los diga en su
idioma; y, si alguno quisiere, podrá agregar también el español, que ya dominan muchos
de ellos. Exigir de los indios alguna otra lengua que no sea ésta es superfluo»(56). De ahí la cátedra de chibcha en Santa Fe, a la
que he podido referirme, la que fundaron en Quito para enseñar quechua, de acuerdo con
una real cédula del 7 de junio de 1509, en la que se mandó «instituir y fundar cátedra
de la lengua de los indios en las ciudades principales de las Indias»(57), o las que fueron surgiendo. Que el interés no se generó en ese mismo
instante es cierto, pues el colegio de Tlatelolco funcionó desde 1537 y tuvo no poco
valor para la hispanización y cristianización de los adolescentes indígenas; por otra
parte, Fortino Hipólito Vera publicó una abundante documentación que permite plantear
no pocos problemas para la castellanización de la Nueva España y otras cuestiones que
tendrían que ver con el empleo de las lenguas indígenas (58), pero acaso nada tan significativo como los acuerdos del Concilio III
de Lima (1538) que dio lugar a singulares consecuencias, como el curiosísimo Confesionario
de 1858 (59) que, traducido al quechua y al aimara,
es un venero de riquísimos informes. Porque no se trata de un repertorio para facilitar
la reconciliación, sino como consta en el Proemio:
Es estas prouincias del Piru es cosa de
admiración ver la muchedumbre y variedad de supersticiones y cerimonias y ritos y
agüeros y sacrificios y fiestas que tenían todos estos indios y quán persuadidos y
assentados les tenía el demonio sus disparates y errores.
Al denunciar cuáles eran los errores, se nos da una
especie de repertorio antropológico sobre creencias, supersticiones e idolatrías. Buena
conciencia tuvieron de ello los padres que redactaron el confesionario en un Proemio
cargado de sensatas doctrinas. Al descender al mundo de la práctica, hay un casuismo que
permite asomarnos al oscuro reino de las viejas creencias. El valor del texto está en
cada uno de los planteamientos; un poco al azar selecciono lo que se nos dice en el primer
mandamiento (60):
1. ¿Has adorado las huacas, villcas, cerros,
ríos, al sol o otras cosas?
2. ¿Hasles offrescido ropa, coca, cuy o otras cosas?
7. ¿Has desenterrado y hurtado de la yglesia algún defunto para llevarlo a la huaca o a
otra parte?
9. Viendo algunas cosas de animales o de sabandijas o de aves o oyéndolas cantar ¿has
dicho o creydo que ha de suceder bien o mal a ti o a tus cosas?
10. ¿Has creído en sueños o pedido que te los declaren o declarado los tres astros?
Junto a estos principios, un léxico indígena incrustado
en el español: curaca, guaca, tianguiez chacra, caica, tambo, china, hilacatas,
marcamayos, quipocamayos, etc., etc. ¿Cuántos términos propios del incario o
traídos por los españoles? ¿Cuántos documentos tan importantes como éste esperan
nuestra diligencia? Y no acabaremos nuestro interés sin tener en cuenta muchos principios
que afectan a la discreción que deben usar los confesores. Repasar estas páginas es
disponer de un inmenso caudal léxico, de unas minuciosas equivalencias y de unas
riquísimas observaciones de todo tipo, pero lo más importante es que las recomendaciones
se proyectaron sobre otros tratados. A veces, tras el arte con que se fijaba una lengua
aparecía una guía de confesión y en ella los principios a los que había que combatir
y, en contrapartida, las creencias más arraigadas.
Fray Bernardo de Lugo escribió la primera gramática chibcha (1619)
(61). Siguiendo las pautas del III Concilio de Lima, está el manual de
confesión y en él el conocimiento de unos yerros para que pudieran ser desarraigados.
Podemos aclarar con lo que hoy sabemos cosas como ésta: «¿Has creído en sueños?» En
efecto los chibchas creían en ellos y tenemos la historia del sacerdote Papón que
predijo la muerte del zipa Tisquesusha interpretando un sueño, pero resulta que tales
creencias siguen durando: en Rionegro los indígenas creen que, cuando están durmiendo,
el espíritu viaja y ve cuanto ha de ocurrir y los betoyes también se aferran a sus
sueños. Otra pregunta de la guía de la confesión se formula así: «¿Cuando llora la
tórtola o aúlla el perro, has dicho que es para suceder mal alguna cosa?». Pues bien,
en el siglo XVI, fray Pedro de Aguado denunció tales augurios, los
confirmó el padre Gilij y se acredita hoy entre los indios chaima de Venezuela. Pondré
un último ejemplo; el P. Lugo inserta esta pregunta: «¿Has mascado hayo o tabaco de
noche, maliciosamente?». La cuestión era razonable: cuenta Juan de Castellanos que los
moscas consultaban el humo del tabaco y tomaban yopa para predecir el futuro, lo mismo que
hoy se hace entre los cumanagoros y gaujiros. Podríamos seguir aduciendo testimonios,
pero no merece la pena. Lo he hecho en otra ocasión y nos basta (62). Si los aduzco aquí es para mostrar el valor de unas fuentes que, tal
vez por inesperadas, nos abren puertas para estudios que han de ser fructíferos. |
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La sincronía: geografía lingüística
Nos lamentamos siempre de las lagunas de ignorancia que presenta el español de América.
No voy a unirme al coro de los lamentos. Pero la queja tampoco tiene nada de original.
Cuando en 1889, Wilhelm Meyer-Lübke decía esto mismo del mundo románico (63) estaba muy lejos de poder predecir que pronto
surgiría un método capaz de acallar los lamentos. La historia es sabida y la he contado:
Jules Gilliéron acertó con la vena que iba a saciar las preocupaciones y nos haría
olvidar, en muy poco tiempo, esas muchas zozobras. En América pasa lo mismo: si
dispusiéramos de un atlas lingüístico de inmenso dominio, no tendrían sentido los
lamentos. Y aquí se nos plantea una nueva cuestión: ¿atlas general o atlas particular?
¿La visión sintética o la analítica? Creo que, como siempre, debemos atender a lo que
es hacedero y lo hacedero puede ser un atlas de todo el dominio formado con las partes del
gran mosaico. Entonces tendríamos la posibilidad de ir trabajando en un mundo
fragmentado, que nos permitiría, al final, la ordenación del inmenso rompecabezas.
Tendríamos, pues, que la situación, metodológicamente al menos, viene a ser la misma
que suscitó el nuevo atlas lingüístico de Francia por regiones. Cierto que la
caracterización de ambas posibilidades es harto distinta: en Francia un cuestionario
formado por dos partes (una general y otra particular) permite conocer cuál es la
situación actual de la lengua francesa y cuál es la vitalidad del dialecto. Pero en
América se nos plantea todo de un modo diferente: no teníamos un atlas previo y, por
tanto, debemos hacer frente a una realidad que parte de un cero absoluto, con grandes
áreas de las que nada sabemos y con otras que son conocidas de una manera muy
discontinua. Por otra parte, nuestra ignorancia de las peculiaridades regionales insertas
en las nacionales es también, en muchos casos, de un gran vacío. A la vista de ello creo
que es preferible suscitar un atlas general, con un cuestionario único, de validez para
toda Hispanoamérica, aunque las encuestas se hagan, como vamos trabajando, por sectores
más asequibles que la inmensidad monolírica de todo el domino: Antillas, el Istmo,
Estados Unidos y Méjico, varios fragmentos del cono Sur. Si dispusiéramos de estos
ámbitos parciales sería fácil su unión conforme fuéramos realizando cada uno de
ellos. Así las cosas, hemos trabajado mucho, aunque no sé si con los frutos que debiera
dar el esfuerzo (64), pero es muy difícil contar
con idóneos colaboradores: unas veces falla la transcripción fonética, otras la
economía, otras abruman las penalidades. Así y todo, en muy poco tiempo podremos contar
con el Atlas de las Antillas y el de América Central, uno y otro totalmente terminados e
informatizados (65). Se ha trabajado en otros
países (Perú, Ecuador, Bolivia, Argentina, Chile, México, Estados Unidos, etc.) (66) y en alguno más se han organizado las encuestas
(Venezuela).
Tenemos algo más que un proyecto: desde que lo presenté en la UNAM de Méjico (67) hasta los días en que hemos redactado los
informes anteriores han pasado muchas cosas. El germen inicial de la obra fueron
doscientas preguntas que organicé para trabajar en el campo con mis alumnos de El Colegio
de México, (68); después editamos el cuestionario
e inmediatamente nos pusimos a trabajar: la primera encuesta se hizo en La Habana (marzo
de 1984) (69) y, por hoy, la última en Guayaquil.
Si contemplamos este Atlas veremos que es un representante de la que he llamado cuarta
etapa de la geografía lingüística (70): un
macrosistema comparable a los atlas del Mediterráneo (71),
de Europa (72) o de la Romania (73), bien que con sus propias cualidades, pues es de una lengua única y su
amplitud, mucho mayor de lo que conocemos para otros atlas.
Estas condiciones vienen a darnos pie para que podamos hacer alguna consideración: es un
atlas fuertemente trabado, solidario en todas sus partes y de elaboración fácil, una vez
que se tengan los equipos colaboradores. Pero es un atlas necesariamente
sintético; por tanto en modo alguno interferirá en otros trabajos realizados o en
realización; más aún, será un espléndido complemento para todo cuanto se ha hecho y
tendrá la ventaja de la coherencia. Porque tenemos ya obras cartográficas de América,
pero sus condiciones son totalmente heterogéneas y metodológicamente insolidarias.
Contamos con algún atlas menor (Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú, Argentina) (74), que poco significa ante las obras generales, por
grande que sea su interés. Colombia y Méjico tienen obras admirables, pero su naturaleza
no permitirá comparaciones solidarias. El Instituto Caro y Cuervo publicó una obra
gigantesca, el ALEO pero sus planteamientos nos llevan, de una parte, a la segunda etapa
de la geografía lingüística; de otra, a un período pre-gilliéroniano (75). El no haber utilizado la transcripción fonética plantea no pocas
restricciones. Por su parte, el ALEMéx (76)
es totalmente diferente: se trata de un atlas de polimorfismo, tal y como postuló
Allières (77). Diríamos que uno por defecto y
otro por exceso no podrán ponerse en parangón; por otra parte, al no tener un
cuestionario afín se dificultan mucho las comparaciones y se pierde buena parte del
sentido que pudieran tener esas grandes obras para la geografía lingüística de
Hispanoamérica. En 1963, el Congreso de Instituciones Hispánicas llegó a la conclusión
de cuán necesario sería en el futuro que todos los cuestionarios tuvieran una parte en
común (78). Que la coexistencia de un atlas de
todo el dominio con otros nacionales nada afecta a la simultaneidad de empresas de este
tipo está fuera de duda; más aún, podrá servir de estímulo, y de hecho ha servido (79). Y esto nos lleva a una nueva cuestión: ¿por
dónde debe empezarse? ¿Por un atlas sintético o por la pluralidad que significan los
analíticos? En teoría pienso que es preferible la visión de conjunto y después el
análisis minucioso de otros dominios más pequeños: digamos ALF y NALF.
Pero hemos de trabajar según nuestras posibilidades y acaso sea más fácil realizar un
atlas regional que uno nacional, y éste más que uno continental. No debemos perdernos en
el bizantinismo estéril, sino trabajar en lo que nos sea dable. Pero la verdad es que se
ha hablado de muchos atlas de pequeños países, pero me parece que se ha hecho muy poco;
sin embargo ahí están el ALEC y el ALEMéx.
En nuestra América hay no pocas naciones en las que las posibilidades de estos grandes
trabajos grandes, aunque se trate de pequeños dominios no son viables,
mientras que una obra coherente, en la que todos participáramos y todos la sintiéramos
propia, nos permitiría saber en muy poco tiempo mucho de lo que necesitamos y tendríamos
abiertos los portillos que nos permitirían acceder a las mil cuestiones que hoy tenemos
negadas. Mis conclusiones son de una gran esperanza si miramos al futuro: los atlas de
América están esperándonos. Tenemos iniciada la obra de todo el dominio y otra de
varios dominios; necesitamos que los trabajos se logren y que no nos quedemos como se ha
comprobado para el léxico de nuestra lengua: empezar aparece tres veces más que terminar.
Pero no olvidemos otra cosa que también nos es necesaria: los atlas no se oponen, sino
que estimulan, a las monografías dialectales. Tenemos estudios excelentes, pero escasos.
Sin la imagen que nos puede dar la obra sintética está la llamada a otras mil
posibilidades (biología lingüística, sociolingüística, etnolingüística (80) que sólo en las monografías locales podrán
cobrar el pleno sentido de cuanto necesitamos conocer. Desde los atlas se han hecho
monografías locales (81), pero estoy significando
trabajos de más alto porte, que también son necesarios. |
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La sociolingüística
Un cierto modo de hacer sociolingüística nació del AIS (82), y no podemos negar que no hayamos aprovechado la lección. Pero la
consideración social de los hechos lingüísticos afecta hoy a la totalidad de la lengua.
De ahí los mil métodos que se aplican y los mil intereses que se suscitan. Desde los
problemas de las lenguas en contacto a la variación, desde la oposición dentro de los
grupos urbanos a la antítesis ciudad/campo. Enumerar todo esto nos llevaría al fárrago,
y en nuestro mundo, tenemos magníficos estudios que nos pueden servir de introducción:
pienso en los de Carmen Silva Corvalán y en los de Humberto López Morales (83). Pero no puedo olvidar que la sociolingüística
también se podrá relacionar con la geografía lingüística y ahí tenemos otro motivo
de interés: nada en ciencia me es ajeno. Cuando planteé las consideraciones sobre los
niveles socio-culturales del habla de una gran ciudad, los estudios previos de geografía
lingüística me sirvieron de apoyo (84) y la
fragmentación lingüística de una pequeña aldea me incitó a reconsiderar lo que
consideramos demasiado estático en los atlas (85).
De ahí que en América hagamos sistemáticamente encuestas entre gentes cultas e incultas
o, en ocasiones, opongamos el habla entre hombres y mujeres (86). Pero esto es sólo un aspecto de entre los muchos que podemos
analizar: se ha iniciado el estudio de las variantes dentro de unos núcleos urbanos (87), se ha hablado de la sociolingüística urbana (88), se ha hablado de multitud de cuestiones de
actitudes lingüísticas (89), se sabe no poco de
lenguas en contacto (90) o de indigenismos (91). Qué duda cabe que queda mucho, muchísimo por
hacer, pero no hemos de frecuentar las trochas abiertas. Tendríamos que volver sobre
viejas cuestiones que, si resueltas un día, han cambiado de perspectiva: pienso por
ejemplo en los nombres de la lengua. Y nos queda una gran duda con el Proyecto de la
lengua culta al que habrá que volver una y otra vez, pues sus frutos aunque muchos
sean los recogidos no están exhaustos (92).
Pero no se trata ni de hacer una bibliografía ni de decir dogmáticamente qué debe
hacerse, sino de algo más importante: llevar a todos la conciencia de lo que se está
haciendo. La sociolingüística es una metodología muy reciente (93) y por ello se ha incorporado con madurez a nuestros estudios, frente a
una geografía lingüística a la que nos hemos incorporado a una etapa, sin haber
conocido las anteriores. Y esto nos hace pensar en la necesidad de recuperar el tiempo no
vivido o acaso la urgencia por llegar a donde los demás están, y no hablemos de
técnicas complementarias imprescindibles o de grandes inversiones económicas que nos
llenan de zozobras. Con la sociolingüística no ocurre esto: los investigadores
americanos han llegado a un momento de plenitud, pero se han presentado con todas sus
armas y con una formación que era más que asequible (no digo ni fácil ni difícil), por
cuanto Estados Unidos había impuesto su garra en la sociolingüística y desde
Hispanoamérica es más cómodo trabajar en la gran nación del norte que
desplazarse a la desmigajada Europa. Formación y cronología me parece que son capitales
para entender por qué en el mundo hispánico los resultados de estas investigaciones son
muy brillantes y están incardinadas en lo que es la ciencia más reciente. Más aún, los
lingüistas de Hispanoamérica han dicho cosas que me parecen dignas de consideración,
incluso en el campo de la teoría. Me permito citar unas líneas que publiqué en 1977 y
que recogió la Universidad Nacional Autónoma de México en 1978. Textualmente dije esto,
y reduzco una cita que debiera ser mucho más larga:
Pienso que estos problemas [los de sincronía y
sintopía] que de modo tan directo afectan al español son los que han hecho que
lingüistas del mundo hispánico hayan sido quienes se planteen más rigurosamente una
serie de cuestiones que llevan, por fuerza, a la revisión del propio concepto de
sociolingüística. Para mi nadie ha ido tan lejos como Rona o López Morales,
precisamente porque ambos han suscitado en toda su trascendencia el contenido y método de
esta disciplina. Ya que hacer, como Fishman o Mathiot, una dicotomía entre problemas
nucleares (la diversidad lingüística como reflejo de la diversidad social) y problemas
marginales (cambio lingüístico, adquisición del lenguaje, relativismo lingüístico) no
es fijar el concepto de sociolingüística, ni siquiera establecer un orden (94).
Creo que nada puedo añadir. |
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... Y final
Después de este largo, e insuficiente, periplo se nos plantea la primera cuestión,
previa a cualquier otra. ¿Cuáles son los proyectos inmediatos para el español de
América? La respuesta es muy simple: todos. Y no sólo para el español de América, sino
para el español de España, y para cualquier otra lengua. Las humanidades no se arrumban
como el viejo modelo de un automóvil al que hubiera que hacer andar dando vueltas a una
manivela o cebando el motor. Tenemos ante nosotros esas viejas y venerables disciplinas
que constituyen la filología. ¿Diremos que están exhaustas? Después de rechazos
injustos e innecesarios, ahora vuelven las aguas a sus viejos cauces. Grave intemperancia
la de creer que un método puede arrumbar a otro. Cada uno sirve para lo que sirve, lo
demás es filosofía de secano. No tenemos unos recursos que invalidan a los otros, sino
que juntos pueden coexistir y ayudarse. Nos encontramos con la historia. Quienes reniegan
de ella la buscan, a poder ser tergiversada, para que les sirva en otros intereses. Pero
no es ése el camino. Vuelvo a los métodos que pudiéramos llamar diacrónicos y
sincrónicos. ¿Todos nos son igualmente válidos? No puedo olvidar mi condición de
lingüista y, entonces, la filología cobra para mí un sesgo de rigor y de ascetismo que
para otros no tiene. El desdén por una comilla o por una tilde resulta que para nosotros
es fundamental; tal vez en ello vaya embarcado el caminar seguro de nuestra lengua.
Tenemos que volver una y otra vez a las fuentes primarias. ¿Impertinencia? Exigencias de
una disciplina a la que dedicamos nuestro fervor. Entonces los documentos menos solemnes
nos dicen de la vida de unas gentes, de su procedencia, de su inseguridad o de su
asentamiento. No nos basta con lo que tenemos, aunque sea mucho. Hay que volver al texto y
en él encontraremos esos mil motivos de la vida que faltan en los documentos solemnes.
Son estos modestísimos papeles los que, acaso, encierren para nosotros más inesperadas
sorpresas. Y, sobre todo, dan la vida sobre la tierra, esa misma que aún seguimos
compartiendo. He anotado alguna posibilidad de trabajo, tal vez no hubiera debido hacerlo,
pues tantos son los riesgos del olvido. Pero no trato de enseñar a nadie, sino de que
entre todos meditemos sobre el futuro.
Pero el amor por los textos humildes no puede significar descuido por lo que también nos
da otras vidas que cruzaron por los grandes escenarios de la historia. Ahora son otros
relatos: se acercan a una vida menos parcial, pero más compleja. Hombres que lucharon y
que colonizaron, con el esfuerzo de sus brazos y con los oídos atentos a las voces con
las que convivían. Tenemos en ellos un filón inacabable de vida; no siempre la de los
héroes oficiales, pero siempre la de los modestos soldados que en sus piernas sufrían
las espinas de las plantas, que veían juegos populares o aprendían en Dios sabe qué
escuelas. Podremos repetir mil veces lo consabido, pero otras mil nos asomarán los
inesperados, con su geografía, con su proceso de adopción y con la nada sencilla
adaptación. Pero así llegamos a otro lago que debemos cruzar. El léxico y las artes o
los vocabularios y las gramáticas. Hoy hablamos de las lenguas en contacto, pero también
estaban en el siglo XVI, y con sus propias peculiaridades y con el
descubrimiento que el español vino a ser para las lenguas indígenas, cuando las lenguas
indígenas apenas habían sido descubiertas. Pensar en lo que el español adquirió no es
poco, pero mucho más lo que dio, muchísimo más lo que permitió. Aquellas lenguas se
salvaron gracias a los frailes doctrineros y hoy las podemos estudiar; en el español
está la migración de los términos y la creación de las lenguas generales. Gracias a
una voluntad por evangelizar, se fijaron modelos que nunca se hubieran salvado y sabemos
de esas lenguas, pero siguieron las enseñanzas de Nebrija. ¿Arte, Instituciones?
También debemos estudiarlo, aunque ya vayamos sabiendo más que algo. ¿Trabajo cumplido?
Tampoco. Habrá que ampliar nuestros saberes y al hacerlo encontraremos nuevos fines.
Porque no se pueden emitir juicios absolutos: «proyectos inmediatos». La investigación
planteará, pero no pasará de una hipótesis de trabajo (95). El camino se hace al andar. Y al pisar una senda trillada surgen otras
que estaban ocultas y que es necesario rebuscar. ¿Quién pensaría que una gramática
tuviera una guía de confesión o que una guía de confesión nos sirviera para mil
motivos lingüísticos o antropológicos?
Hemos caminado por una diacronía de múltiples imágenes. Acaso su carácter lejano y
definitivamente estático nos hace ver las cosas con una gran precisión. Acaso. Pero la
sincronía es deslizante y tenemos que fijarla: también, como siempre, lo consabido. El
eje de las abscisas que fija el dónde y el cómo. Hablamos de geografía lingüística y
de dialectología. Hablamos de los ordenamientos sociales. Aquí ya cabe todo. ¿Hay
descripciones de hablas vivas? Muchas menos de las que quisiéramos. ¿Hay lagunas de
conocimiento? Muchas más de las deseables. Hay que trabajar con ahínco allí donde los
huecos sean más ostentosos, pero hemos de buscar los procedimientos para que los
descuidos desaparezcan (96). Y entonces nos
embarcamos en un método fecundo para que olvidemos algo de nuestra
ignorancia. Pero la sociedad condiciona nuestro ser real. Fuera de ella, no seríamos
nada. Y el campo se hace infinito: la variación, el cambio, los contactos, las lenguas
criollas, las normas. Es el cuento de nunca acabar.
Mi postura necesariamente es muy humilde. No vengo a dar lecciones a nadie, sino a decir
qué hemos hecho entre todos. Resulta entonces que no propongo novedades; antes bien,
partiendo de lo que sabernos, ir caminando a lo desconocidos (97) y lo desconocido no es repetir mejor o peor lo que los demás han
hecho, sino contemplar nuestro pasado y creer en el futuro. ¿Cómo vamos a proponer
caminos nuevos si los caminos aún no existen? He querido ordenar un poco lo hecho, y
hacer que nuestro punto de partida sea lo que ya sabemos. Lo hecho es mucho, muchísimo.
Con cuantas menesterosas necesidades digamos, es incalculable lo que los brazos de los
segadores han agavillado. He querido explicar algo de lo que sé y, encontrarle sentido.
Pero esto es un quehacer personal. El futuro no es de uno, sino de todos nosotros unidos. |
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Notas:
- Juan M[iguel] LOPE, BLANCH, El español de América.
Madrid, 1968. (Se había publicado en inglés en el t. IV de Current Trends in
Linguistics); Carlos A. SOLÉ, Bibliografía sobre el español de América
1920-1967. Georgetown University, Washington, D.C. 1970. (2.ª edición, actualizada
hasta 1986. Bogotá, 1990).
- Gisela BIALIK HUBERMAN, Mil obras de lingüística
española e hispanoamericana. Un ensayo de síntesis crítica. Madrid, 1973. Reseña
de Humberto López Morales en el «Anuario de Letras», XIII, 1975, págs. 299-307.
- Pienso, por ejemplo, en la Bibliografía del español
en el Perú, de Enrique CARRIÓN ORDÓÑEZ y Tilbert Diego STEGMAUN. Tübingen, 1973.
- Bibliografía de la lingüística española,
Bogotá, 1964.
- Jaime VICENS VIVES, Índice Histórico Español, 1953-54.
- Bibliographie linguistique des années 1939-1947 (2
vols.), Bruselas, 1949-1950.
- Erster Teil. Berna, 1951. (Según mis informes sólo se
publicó este volumen).
- El seseo en el Nuevo Reino de Granada (1550-1650).
Prólogo de Guillermo L. Guitarte. Bogotá, 1969. El propio Guitarte publicó un trabajo
de suma utilidad en las Actas del II Simposio de PILEI, que vieron la luz un año después
del encuentro. La constitución de una norma del español general: el seseo (Bogotá,
1967, págs. 166-175).
- Una introducción filológica a la documentación del
Archivo General de Indias («Anuario de Lingüística Hispánica», 111, 1987, págs.
67-97), El seseo entre Andalucía y América («Revista de Filología Española»,
LXIX, 1989, págs. 277-3 10), Yeísmo dominicano en 1569 y problemas conexos («Actas
del III Congreso Internacional de El español en América», Valladolid,
1991).
- Erik STAAFF, Lancien dialect léonais d`aprés
des chartes du XIII, siécle. Uppsala, 1907; Ramón MENÉNDEZ PIDAL, Documentos
Lingüísticos de España, I Castilla. Madrid, 1919; Tomás NAVARRO TOMÁS, Documentos
de Aragón. Syracuse, N.Y., 1957.
- Vid. las Actas de la reunión (San Juan de Puerto
Rico, 1974, págs. 169-172).
- Fonética del español americano en cartas de emigrados
andaluces a Indias. Tesis doctoral. Sevilla, 1992. Enrique Otte editó una impresionante
colección de 650 Cartas privadas de emigrantes a Indias, 1540-1616 (Sevilla,
1988), carentes de cualquier valor filológico.
- Cartas privadas de Puebla en el siglo XVI («Jahrbuch für
Geschichte von Staat, Wirtschaft und GeselIschaft Lateinamerikas», III, 1966, págs.
10-87), Die europäischen Siedler und die Probleme der Neuen Welt (lb., VI,
1969), Semblanza Espiritual del poblador de Indias, siglos XVI y XVII («Verhandlungen
des XXXVIII Internationalen Amerikanistischen Kongress», III, Stuttgart-Munich, 1971,
págs. 441-449).
- Madrid, 1916. Navarro Tomás tuvo que defender a estos
autores de la intemperancia de quienes nada sabían de cuanto debía hacerse (vid. Revista
de Filología Española, IV, 1917, págs. 210-212).
- Vid. Índice y extractos deI Archivo de
Notarías de México (siglo XVI). México, 1945. Debe tenerse en cuenta un
libro mucho más reciente: Vicenta CORTÉS, La escritura y lo escrito. Paleografía y
diplomática de España y América en los siglos XVI y XVII, Madrid, 1986.
- Biblia medieval romanceada. I. Pentateuco, edic.
de A. Castro, A. Millares y A. J. Battistessa. Buenos Aires, 1927.
- Cristóbal BERMÚDEZ PLATA, Catálogo de pasajeros a
Indias durante los siglos XVI, XVII y XVIII, Sevilla, C.S.I.C., I, 1940; II, 1942;
III, 1946.
- Índice geobiográfico de cuarenta mil pobladores
españoles de América en el siglo XVI, t. I. Bogotá, 1964.
- Vid. mi libro inédito Los otros cronistas de
Indias.
- Occidentalismos americanos («Revista de Filología
Hispánica», VI, 1944, págs. 139-175 y 209-254). Cfr. Juan Antonio FRAGO, Nuevo
planteamiento para la historia del occidentalismo léxico en el español de América («Actas
de las VII Jornadas de Andalucía y América». Sevilla, 1990, t. I, págs. 151-167).
- Manuel ALVAR, Estructura del léxico andaluz («Boletín
de Filología», Universidad de Chile, XVI, 1964, págs. 5-12), Portuguesismos en
andaluz («Weltoffene Romanistik. Festschrift Alwin Kuhn». Innsbruck, 1963, págs.
309-324).
- Se habían publicado en Madrid, 1877, y se han reimpreso
facsimilarmente en México, 1980. En este momento creo útil aducir la obra de un
benemérito americanista, Joaquín GARCÍA ICAZBALCETA, Cartas de religiosos
de Nueva España, 1539-1594. México, 1896.
- Se incorporaron a la «Biblioteca de Autores Españoles»
(Madrid) con el mismo título de Cartas de Indias.
- La transcripción es rigurosamente paleográfica, como la
autora había hecho al editar el Cancionero de Estúñiga (Zaragoza, 1981) o la Confesión
del amante, de Juan GOWER, traducida por Juan de Cuenca (Madrid, 1990).
- Archivo General de Indias. Audiencia de Santa Fe, legajo
234, f.25 r-v.
- Americanismos en la «Historia» de Bernal Díaz
del Castillo. Madrid, 1970. (2.ª edición, Madrid, 1990).
- Juan de Castellanos. Tradición española y realidad
americana. Bogotá, 1972.
- Con ellas, algunas tesinas y muchas lecturas
complementarias hemos preparado el diccionario de indigenismos al que hago mención más
adelante.
- Emma ÁLVAREZ y Mahjoub YAKHLEF, sobre la Conquista del
Nuevo Reino de Granada, de Rodríguez Freyle; Cecilia CAMPOS DO NASCIMENTO, sobre El señorío
de los Incas, de Cieza de León; Almudena CAÑAMERO, sobre los Naufragios, de
Cabeza de Vaca; Rosa CARRASCO, sobre Historia de los Incas, de Sarmiento de Gamboa;
Rosangela LOPES DE SANTANA, sobre la Historia de la nación chichimeca, de
Ixtlilxochitl; Marisol PALÉS, sobre La Florida del Inca, etc.
- «El habla de Diego de Ordaz». Contribución a la
Historia del Español americano. México, 1985.
- La influencia americana en el léxico de la «Historia
general y natural de las Indias», de Gonzalo Fernández de Oviedo. Zaragoza, 1981.
Este autor escribió también sobre los Indoamericanismos léxicos en la «Historia de
Chile» de Góngora Marmolejo («Anales de la Universidad de Chile», V, 1984, págs.
95-119).
- Por jemplo, Rafael LAPESA, La ruptura de la consecutio
temporum en Bernal Díaz del Castillo. Kurt BALDINGER, Pedro Cieza de León,
«Descubrimiento y conquista del Perú» («In honorem Manuel Alvar», I, págs.
103-118).
- Los otomacos y taparitas de los llanos de Venezuela («Anuario
del Instituto de Antropología e Historia», I, 1964). También responde a planteamientos
afines, Hermann TRIMBORN, Señorío y barbarie en el valle del Cauca. Estudio sobre la
antigua civilización Quimbaya y grupos afines del oeste de Colombia, trad. J.M.
Gimeno Capella. Madrid, 1949.
- 2.ª edición. Hamburgo, 1960.
- Son: alala, cacahuatera, cacicazgo, cazalote, cuilones,
cuylonemiquis, huehue, ipiri, jiquipiles, lopelucio, malinche, mazatecas, motolinea,
pachol, quequexque, quilite, sacachules, tacalnagua, tatacul, tatuan, tececiguata, tezcai,
t1ati, tlenquitoa, tonatio, tololiques, xihuaquetlan, yxoxol y zacotle.
- Vid. la enumeración que hice en las págs. 102-103
de mi libro sobre el poeta.
- Léxico del mestizaje en Hispanoamérica. Madrid,
1987, pág. 68. Aduzco esta proporción como ejemplo, pues no se trata exclusivamente de
términos indígenas.
- En la enumeración no he incluido los nombres propios
aunque conste su equivalencia en español.
- Nebrija y tres gramáticas de lenguas americanas
(náhuatl, quechua y chibcha), en los Estudios nebrisenses. Madrid, 1992,
págs. 313-339. Del mismo año un libro fundamental: José Luis SUÁREZ ROCA, Lingüística
misionera española, Oviedo, 1992.

- Fray Domingo DE SANTO TOMÁS, Gramática general de los
indios de los Reynos del Perú. Valladolid [a. 1550], edición facsímil, por la que
citaré, de 1951, pág. 18.
- Ibidem, pág. 40.
- Fray ALONSO DE MOLINA, Arte de la lengua mexicana y
castellana. México, 1571. Edición facsímil, Madrid, 1945, f. 5 v.
- Estas líneas resumen las págs. 27-30 del prólogo que
puse a la Gramática del padre Bernardo de Lugo (1619), edic. facsimilar. Madrid,
1978.
- Fray Alonso DE MOLINA, Vocabulario en lengua mexicana y
castellana. México, 1571, aviso segundo del Prólogo.
- Diego GONÇÁLEZ HOLGUÍN, Vocabvlario de la lengva
general de todo el Perv llamada lengua qquichua o del inca [1608], edic. Raúl Porras
Barrenechea. Lima, 1952, pág, 9.
- Valladolid, 1560. Raúl Porras Barrenechea publicó una
edición facsímil (Lima, 1951).
- Historia del descubrimiento y conquista de la guerra
del Perú, y de las guerras y cosas della, «Biblioteca de Autores Españoles», XXVI,
pág. 470 b.
- Vocabulario en lengua castellana y mexicana [1571].
Citaré por la edición de Madrid, 1944.
- Bajo el epígrafe beuida aparecen varios tipos: de maíz
tostado o yzquiatl, de maíz cocido o poçolatl, de cacao con
maíz cacaua atl, de cacao con axi o chilcacauatl, de cacao
solo o atlanelollo cacahuatl, de maíz de otra manera o xocoatl,
de cacao con flores secas y molidas o xochiayo cacauatl, etc.
- También en hoja hay referencias a maíz y, por
supuesto, muchos términos agrupados s.v. maíz.
- Mecapal, figura junto a cordel en la entrada
castellana. En el diccionario náhuatl consta: mecapalli, mecapal cordel para
llevar carga y en numerosas palabras consta mecapal como definidor de mecapahuia,
mecapaltia, etc.
- Vid. Americanismos en la «Historia», págs.
34-35. Esther Hernández leyó una tesis doctoral sobre el vocabulario de Molina (State
University of New York of Albany, septiembre 1993).
- Ibidem, pág. 39.
- Arte de la lengua totonaca conforme al Arte de Antonio
de Nebrija. Puebla, 1772.
- Madrid, 1992.
- Capítulo 6.
- Recopilación, libro I, título XXII, ley 55.
- Compendio histórico del Concilio III Mexicano, o
índices de los tres tomos de la colección del mismo concilio. Amecameca, 1879.
- Confesionario para los curas de indios con la
instrucción contra sus ritos y exhortación para ayudar a bien morir y summa de sus
privilegios y forma de impedimentos del matrimonio. Ciudad de los Reyes, 1585.
- Páginas 6-7. El número de la pregunta es el que figura
en el confesionario; suprimo lo que creo de menos interés.
- La publiqué en edición facsimilar en Madrid, 1978.
- He resumido algunas de las cuestiones que puse en el
prólogo a la gramática chibcha (págs. 39-46).
- Grammaire des langues romanes, trad. E. Rabiet, t.
I. París, 1890, pág. VII.
- Para la situación de nuestros atlas propios y ajenos, vid.
«Lingüística Española Actual», XIII, 1991. Seguirán nuevos informes.
- M. del C. CABALLERO y J. B. CORRAL, Informatización
del Atlas lingüístico y etnográfico de Hispanoamérica (LEA, XIII, págs. 223-250).
- Antonio QUILIS, Situación actual del Atlas
Lingüístico de Hispanoamérica (LEA, XIII, págs. 269-271); Manuel ALVAR, Encuestas
en Estados Unidos, id., págs. 273-278). Sobre el español en Estados Unidos
según los materiales del ALH redacté una ponencia con análisis de los resultados en
Nuevo Méjico, Tejas y Luisiana. (La presenté en el congreso sobre el español en Estados
Unidos que se celebró en Santo Domingo).
- En el Coloquio sobre el español de América
(1979). El cuestionario se imprimió en Madrid (1984).
- Léxico del español de América. Cuestionario
preliminar. Granada, 1966. Con este repertorio recogí los materiales de mis trabajos
de Oaxaca, Yucatán, Ajusco y Guatemala (reunidos ahora en Norma lingüística
sevillana y español de América. Madrid, 1990).
- Antonio Quilis y yo éramos profesores visitantes en la
Academia de Ciencias de Cuba.
- Las caracterizo por cada una de las obras que encabezan
cronológicamente el grupo: la primera sería la del ALF; la segunda, la del AIS; la
tercera, la del NALF y la cuarta, la de los macrosistemas (Atlas de Europa, del
Mediterráneo, de la Romania).
- Questionario dellAtlante Mediterraneo.
Venecia, 1960. Bibliografía y otras cuestiones, en el prólogo al t. I de mi Léxico
de los marineros peninsulares. Madrid, 1985.
- Sobre esta cuestión véanse los Atlas plurilingües.
Metodología. Madrid, 1977, donde hay numerosos estudios sobre el ALM y el ALE.
- Michel CONTINI, Project dun Atlas Linguistique
Romane (ALIR) («Géolinguistique», III, 1987, págs. 1-16).
- Tomás NAVARRO TOMÁS, El español de Puerto Rico.
Contribución a la geografía lingüística hispanoamericana. Río Piedras, 1948;
Manuel NAVARRO, En torno a un atlas lingüístico venezolano. Carabobo, 1974; Pequeño
atlas léxico de la Sabana de Bogotá, dir. Luis Flórez. Bogotá, 1973; Augusto
ALCOCER MARTÍNEZ, Pequeño atlas léxico del cuerpo humano en la Provincia de Canta
[Lima, Perú]. Lima, 1988; Documentos del Predal Argentina, Atlas Lingüístico
Antropológico de la República Argentina. Buenos Aires, 1987.
- Manuel ALVAR, Consideraciones metodológicas sobre el
Atlas lingüístico-etnográfico de Colombia (en prensa en el Homenaje a José Pérez
Vidal. Universidad de la Laguna).
- Juan M. LOPE BLANCH (dir.), Atlas Lingüístico de
México. México, 1990. Vid. Manuel ALVAR, El Atlas Lingüístico de México
(«Nueva Revista de Filología Hispánica», XXXIX, 1991, págs. 665-687).
- Un exemple de polymorphisme phonétique: le
polymorphisme de 1s implosif en gascon garonnais («Via Domitia», I, 1974).
- Conclusiones del congreso «Presente y futuro de la lengua
española». Madrid, 1964, t. II, pág. 426. De momento puede servir, María Angustias
LUZÓN, Índices léxicos de los atlas lingüísticos españoles («Español
Actual», núm. 47, 1987). Hay preparada una segunda edición muy ampliada.
- Vid. Raquel GARCÍA RIVERÓN, El Atlas
Lingüístico de Cuba (LEA, XIII, págs. 199-222). Antes había publicado Caracterización
geolingüística del español de Cuba («Anuario. I Proyecto de investigación».
Universidad de La Habana, 1989, págs. 69-91).
- Son los motivos en los que el AIS superó lo hecho
pon el ALF (Karl JABERG, Aspects géographiques du langage. París, 1936,
pág. 19).
- Vid. Manuel ALVAR, Sevilla, macrocosmos
lingüístico. Fonético y fonología según el «Atlas Lingüístico y Etnográfico de
Andalucía» [1974], recogido en la Norma lingüística sevillana y
español de América, Madrid, 1990.
- En las encuestas dobles que se hicieron en algunas
localidades (vid. Estructuralismo, geografía lingüística y dialectología actual
(2.ª edición). Madrid, 1973, pág. 153). De aquí salieron estudios como los de Rohlfs
sobre Le patois de Lescun («Misc. Alcover». Palma de Mallorca, 1931).
- Carmen SILVA CORVALÁN, Sociolingüístico: teoría y
análisis. Madrid, 1989; Humberto LÓPEZ MORALES, Sociolingüística. Madrid,
1989.
- Niveles socioculturales en el habla de Las Palmas de
Gran Canaria. Las Palmas, 1972.
- Sociología en un microcosmos lingüístico. (El
Roque de las Bodegas, Tenerife) («Prohemio», II, 1971, págs. 5-24).
- Es lo que se practicó también en el AIS y que
tuvimos en cuenta en el ALEA.
- Orlando ALBA, Variación fonética y diversidad social
en el español dominicano de Santiago. Santiago, República Dominicana, 1990; Giorgiu
PERISINOTTO, Distribución demográfica de la asibilación de vibrantes en el habla de
la ciudad de México («Nueva Revista de Filología Hispánica», XXI, págs. 71-79);
Antonio QUILIS-MARÍA VAQUERO, Realizaciones de /c/ en el área metropolitana de San
Juan de Puerto Rico («Revista de Filología Española», LVI, págs. 1-52); Guillermo
L. GUITARTE, El ensordecimiento del zeísmo porteño, recogido en los Siete
estudios sobre el español de América. México, 1983; María B. FONTANELLA DE
WEINBERG, Dinámica social de un cambio lingüístico. La reestructuración de las
palabras en el español bonaerense (México, 1979), Variación y cambio
lingüístico en el español bonaerense («Lingüística Española Actual», V, 1983,
págs. 93-112); Nélida E. DONNI DE MIRANDE et alt., Variación lingüística en el
español de Rosario. Rosario, 1991.
- Humberto LÓPEZ MORALES, Estratificación social del
español de San Juan de Puerto Rico. México, 1983; Rocío CARAVEDO, Sociolingüística
del español de Lima. Lima, 1990; Nélida E. DONNI DE MIRANDE et alt., El español
de Rosario. Estudios sociolingüísticos. Rosario, 1987.
- Recogí varios estudios de este tipo sobre Cuba, Puerto
Rico, República Dominicana, Guatemala, Amazonia Colombiana en Hombre, etnia, estado.
Madrid, 1986; Germán DE GRANDA, Actitudes sociolingüísticas en el Paraguay
(«Revista Paraguaya de Sociolingüística». 18, 1981, págs. 7-22); Alicia MALANCA et
alt., Actitud del hablante frente a su lengua. Resultado de una encuesta realizado en
la ciudad de Córdoba (Argentina) («Lingüística Española Actual»), III, págs.
33-47, Actitud del hablante hacia su lengua. Estudio del español hablado en la
Argentina mediterránea («Anuario de Letras», XXIV, págs. 387-406); Mercedes J.
BLANCO, Lenguaje e identidad. Actitudes lingüísticas en la Argentina,
1880-1960. Bahía Blanca, 1991.
- Arnulfo RAMÍREZ, en Albany y en Bator Rouge, ha trabajado
denodadamente y ha dirigido no pocos estudios sobre la cuestión.
- Por el rigor de sus planteamientos, y de su realización,
debe ser imitado el estudio de Juan M. LOPE BLANCH, El léxico indígena en el español
de México. El Colegio de México, 1969.
- Vid. Juan M. LOPE BLANCH, El estudio del
español hablado culto. Historia de un proyecto. México, 1986, y mis referencias
bibliográficas en El español de las dos orillas (2.ª ed.). Madrid, 1993, págs.
211-212.
- De la propia inseguridad del término se hicieron cargo
MARCELLESI-GARDIN, Introduction à la Sociolinguistique. La linguistique sociale.
París, 1974, págs. 14-19.
- Cito por la compilación Hombre, etnia, estado.
Actitudes lingüísticas en Hispanoamérica. Madrid, 1986, págs. 30-31.
- Si se quisiera tener un amplio proyecto de futuro,
bastaría con meditar sobre los treinta y cuatro artículos que constituyen el
recentísimo volumen, coordinado por César HERNÁNDEZ ALONSO: Historia y presente del
español de América. Valladolid, 1992. Basta ver lo mucho, y bueno, que hay y lo no
poco que falta, incluso de dominios que están bien representados.
- Con un estimulante pesimismo, Juan M. Lope Blanch hablaba
de «nuestros escasos conocimientos del español mexicano» y daba una buena serie de
monografías dialectales (Los estudios generacionales sobre el español de América,
«Cuadernos del Sur», núm. 16, 1983, pág. 20, nota 14).
- Me parece que no otras son las valoraciones de LOPE BLANCH
en La investigación lingüística en Hispanoamérica («Actas del Segundo Congreso
Nacional de Lingüística», t. III. San Juan, Rep. Argentina, 1989, págs. 359-370). Para
temas de los que he tratado aquí, haría referencia a otro trabajo de LOPE BLANCH, Tareas
más urgentes de la lingüística iberoamericana («Atas do Simpósio de São Paulo».
São Paulo, 1979, págs. 105-112).
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