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Presentación
Federico Ibáñez Soler. Director General del Libro y Bibliotecas
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Las siguientes consideraciones sobre la edición en lengua española requieren algunas
precisiones previas sobre la idea de edición y, más concretamente, la edición de
libros.
El punto de partida es el libro, ese instrumento de comunicación entre escritor y lector
a través del doble fenómeno de la escritura y la lectura. Sobre esta definición
elemental cabe, sin embargo, hacer algunas consideraciones:
a) El libro se sustenta en lo escrito; es decir
es vehículo de una forma de lengua: no hay oralidad ni sonoridad, no hay gestos
que acompañen o interpreten. El libro, soporte del texto, habla por sí mismo.
b) No todo lo escrito, ni siquiera todo lo impreso, es un libro. Este se caracteriza por
una cierta longitud y por una cierta coherencia o unidad interna.
c) Tal como hoy los conocemos, los libros son ejemplares o coplas de una edición. El libro
moderno es el producto de una multiplicación idéntica de un texto, en un soporte
generalmente papel con determinada forma externa (aspecto icónico). Con ello
el libro se convierte en un soporte duradero de una lengua, que así se comunica y se
propaga en el espacio y en el tiempo.
El hecho es que vivimos en un mundo repleto de
libros, productos diversos de millones de ediciones. En 1989 los treinta primeros países
produjeron 670 000 títulos.
Ahora bien, este fenómeno es posible porque detrás hay todo un proceso tecnológico en
funcionamiento la impresión que explica la multiplicidad y la identidad del
producto libro y que, como tal proceso, requiere un soporte industrial. Hay una industria
del libro.
La multiplicidad precisa de la difusión y distribución de los ejemplares hasta el
lector, convertido ahora en comprador. Esto significa que entre el texto y el lector
existe un aparato industrial, comercial y financiero, que requiere una decisión de
invertir dinero en el proceso señalado.
Ahora bien, eso es lo que hace el editor, en el sentido que damos hoy aquí a este
término, no en el sentido anglosajón que equivale más exactamente a editor literario
(no empresarial). Se trata, en suma, de elegir el texto, multiplicarlo de una manera
determinada, y difundirlo. Y éstas son opciones culturales y estéticas que, en nuestras
sociedades, exigen una inversión.
La perspectiva industrial y económica se hace más patente si tenemos en cuenta el conjunto
de profesionales que entran en juego: no solo editores, distribuidores y libreros,
sino también escritores, ilustradores, diseñadores, impresores, etc. Todos ellos
constituyen el soporte humano de un sistema de comunicación que es, también, una
actividad económica de considerable importancia: 65 000 millones de dólares (6,5
billones de pesetas). Fuente: Livres Hebdo (24-4-92).
Con estas ideas como trasfondo, desde el libro y la edición podemos contemplar ahora el
tema de la edición en lengua española. Porque resulta que el libro depende de la lengua,
y como apuntábamos antes, es el soporte duradero de una lengua, la cual se conoce,
se difunde y se propaga de manera excelente mediante aquél. Todas las lenguas y en
particular las que están en expansión inglés, español, alemán deben
tenerlo en cuenta.
No disponemos de muchos datos, pero las informaciones procedentes del CERLAL nos hablan de
98 000 títulos en 1991 repartido entre 20 países hispano-parlantes, entre ellos España
incluyendo en esta cifra las novedades y las primeras ediciones. Como en
España se editaron 43 000 títulos, al resto le corresponden 45 000.
Tratándose de estimaciones, en mi opinión al alza, se puede señalar la siguiente
disposición:
1) España, con más de 40 000
títulos (superando a Francia)
2) México, 16 500 títulos
3) Argentina y Colombia, con 6 000 títulos
4) Chile y Venezuela entre 2 600 y 3 200 títulos
Todos los demás países se encuentran por debajo
de los 1 500 títulos.
A partir de aquí hay gran opacidad.
En el caso de España:
número de
editoriales con actividad: 2 000;
cifra de negocios: 390 000 millones de pesetas;
tiradas medias: 5 600 por título;
propiedad intelectual pagada: 10 000 millones de pesetas.
Un aspecto importante que relaciona la lengua con
la edición es el hecho de que la comunidad de la lengua ha configurado un espacio
común para el libro. El espacio iberoamericano de la lengua determina en principio
el flujo del libro más allá de las barreras arancelarias. (La situación de la C. E.
de libertad de mercancías y abolición de las barreras arancelarias para muchos productos
es evidentemente otro caso).
Digo «en principio» porque no siempre sucede así:
el reparto de la lengua inglesa entre
Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, se hace por la vía del
copyright;
en, cambio, en el caso de la lengua española, la edición ha superado el marco
geográfico, configurando un espacio iberoamericano del libro. La I Conferencia
Iberoamericana del Libro, en Granada, y la Cumbre de Jefes de Estado de países
Iberoamericanos hablan bien claro de un «mercado común del libro» en este ámbito
cultural y político.
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Hay muchas razones que abogan por él, desde la permeabilidad de los editores hasta
los fenómenos históricos como el del exilio español en Hispanoamérica.
Sus elementos fundamentales son:
existencia
de un área multipolar. Hay centros de edición en España, Argentina,
México, Colombia;
son básicamente exportadores de libros, aunque
sólo España y Colombia tienen saldo favorable en este capítulo;
unidad de copyright. Este no se fragmenta y, si
esto sucede, es por acuerdo entre editores;
es un sector maduro, basado en una lengua universal, en expansión y con
múltiples posibilidades de coedición y distribución; si bien hay que dejar constancia
de la difícil instalación in situ;
una red compleja de distribuidores y comercios;
una crítica literaria internacionalizada, que permite que no todos hagan lo
mismo sino que sean producciones complementarias. Ningún país tiene toda la oferta.
Aquí se plantea la necesidad de un
ISBN del área, pues nadie solicita un libro por su país de origen, sino por la lengua o
el tema.
Hablamos de un espacio lleno de dificultades y hasta de tensiones. Es un espacio maduro,
reconocido y reconocible, pero contradictorio. Se pueden señalar:
tensión entre mercado
potencial y mercado real;
dificultades geográficas y de transporte;
diferentes situaciones económicas (que conllevan dificultades para los
medios de pago);
distintas legislaciones sobre propiedad intelectual;
diferentes equipamientos culturales;
distintos hábitos de consumo cultural, en sociedades cambiantes;
diferentes principios del productor y del consumidor de libros
«extranjeros».
Unos, propician la edición nacional
(pública), tentados de consolidar o fortalecer la aduana y de expropiar
el copyright. Otros,
se preocupan sobre todo por la reprografía salvaje y por los medios de cobro seguros.
Algunos, se preocuparían de fomentar la edición «latino-americana» frente a la lengua
española.
Pero todos participan de los mismos problemas:
pérdida
del monopolio de la comunicación;
competencia en el dominio del ocio;
irrupción de nuevas tecnologías reprográficas del libro que lo
relegan a «soporte primario»;
necesidad de resituarse y enfrentarse a la crisis actual atendiendo tanto a
razones objetivas del mercado y del sector, donde conviven numerosos pequeños editores
con grandes grupos de comunicación, así como a las «percepciones sujetivas», que
afectan a la edición vivida como riesgo especialmente en las pequeñas editoriales. El
famoso dilema de «producir lo que se vende y vender lo que se produce».
A ello habría que añadir un buen
conocimiento de los profesionales del libro del mercado de todos los países, ferias del
libro instituciones transnacionales, escritores, etc.
A la Función Pública le corresponde una tarea de educación y de fomento de los hábitos
de lectura, así como la defensa del copyright, como piedra angular del sistema global,
que debe quedar establecido y sancionado por una normativa legal.
se
deben llevar a cabo políticas nacionales de desarrollo del libro, que
constituyan un plan global de fomento de la infraestructura cultural.
Un capítulo fundamental sería la abolición o reducción significativa
del IVA, como barrera arancelaria;
las políticas internacionales, por su parte, pueden promover convenios de
alcance parcial, siempre en la perspectiva del Mercado Común del Libro.
La Función Pública considera el
libro sobre todo como soporte del mundo de los valores sociales y culturales y de los
conocimientos, que hay que promover y fomentar desde su papel nacionalizador. |
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