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El judeoespañol,
lengua peregrina
Samuel Hadas |
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Es para mí como israelí un privilegio poder dirigirme a ustedes en una lengua que me es
familiar y que, sobre todo, es sustancial al pueblo judío, ya que forma una parte
importante y fecunda de su historia.
La presencia quizá insólita de un diplomático entre tantos y tan importantes estudiosos
de la Lengua Española exige, creo, una explicación. Desde luego que no son mis profundos
conocimientos de la lengua española lo que la justifica, pues dudo que aprobara un examen
de gramática de una escuela secundaria española, sino que tiene otros cometidos: en
primer lugar, hacerles un recordatorio vivo (o en vivo, si quieren) de una dimensión casi
olvidada del español, la del español peregrino, el judeoespañol o español de los
judíos; y en segundo lugar, traerles un mensaje.
También se ha hablado en este Congreso de las otras lenguas de España: su Constitución
reconoce la pluralidad lingüística. Sin embargo, al mismo tiempo, los españoles se han
olvidado de una lengua tan suya como el castellano, la lengua oficial española, una
lengua que hace 500 años salió de España y comenzó una peregrinación que continúa
todavía en nuestros días.
Quiero y debo compartir hoy con ustedes la inquietud por esta lengua, de ahí que esta
participación mía no esté destinada a comentar el erudito informe del Marqués de
Tamarón (lo que además sería una osadía de mi parte), sino agregarle con su anuencia
algunos párrafos sobre otra dimensión internacional del español: la del judeoespañol.
No debemos olvidar que mi pueblo ya estaba en la cuna de la lengua española aún antes de
que ésta naciera, que contribuyó a su enriquecimiento y que, finalmente, cuando se
produce la trágica separación, la llevó consigo y no la abandonó nunca,
transmitiéndola a las sucesivas generaciones.
Pero no sólo es reseñar la historia del judeoespañol lo que me trae aquí, hablemos
también de ese español:
Permítaseme una cita:
Debemos reconocer que fue admirable, a pesar de las circunstancias de su salida, que
las comunidades sefarditas guardaran, con lógicos sentimientos encontrados a su patria de
tantos siglos, fidelidad a su lengua, el ladino, a sus obras y tesoros literarios y
fidelidad al romancero musical.
Estas fueron las palabras de S. M. el Rey en la ceremonia que conmemoró el 31 de marzo
último en la Sinagoga de Madrid, el V Centenario de la expulsión de los judíos de
España.
Efectivamente, los judíos en su dispersión siguen hablando el español de la Península
y lo conservan, así como sus tesoros literarios, sobre todo los romances, refranes y
cuentos; incluso, han sacralizado las melodías de los romances del país ingrato
transformándolos en rezos. Más de un siglo transcurrió hasta que el español de los
judíos comenzó a diferenciarse del de la Península.
Los judíos mantuvieron el uso de su arcaico español, no sólo en el hogar, en la vida
cotidiana, sino como lengua literaria. Más aún, quedó como una lingua franca.
Quizás uno de los aspectos que interesa destacar es la pervivencia de romances de los
más antiguos del Romancero tradicional español, que se han ido tansmitiendo de
generación en generación con una increíble fidelidad. El esfuerzo invertido por
importantes investigadores, especialmente Manuel Alvar, con el objeto de estudiar el
legado literario judeoespañol, es la prueba de la importancia que tiene este aspecto en
el marco de la cultura hispánica.
«El Romancero judeoespañol no sólo lleva la tradición peninsular, hay una elaboración
propia, pero conservando el carácter plenamente hispánico, porque el debilitamiento de
la tradición hispánica nave al garete no supuso muerte en el alma de los
judíos españoles», señala Alvar en su libro Poesía Tradicional de los
Judíos Españoles. De la poesía judeoespañola cabría decir lo que de sí
cantaba la hermosa Flérida:
Voyme a tierras extrajeras
pues ventura allá me guía
D. Miguel de Unamuno en el
prefacio del libro Babel y el Caslellano de Arturo Capdevila, escribe: «Lengua
española, ladinada con que te lloro, Sión, y a ti, España, la posada, nido de
consolación, te apechugaré sin miedo, dulce lengua sefardí, la que manaba en Toledo,
cuna de Juda Levy... »
Con la decadencia política, económica y cultural del Imperio Otomano en los últimos
siglos, donde como es sabido se establecieron mayoritariamente los judíos expulsados,
también el judaismo sufrió del deklino (como se dice en judeoespañol). La falta
de comunicación con el mundo cultural español fue una de las razones, quizá la más
importante. Los judíos hablan el idioma transmitiéndolo de generación en generación,
pero desconociendo la evolución de la lengua en la península hispana.
El siglo XX presencia la desaparición de numerosas comunidades
sefardíes, siendo el holocausto nazi la causa brutal de la eliminación física de la
mayoría de las establecidas en Europa. Desaparecieron comunidades enteras y otras se
desplazaron, cambiando así la geografía del judaísmo sefardí, por ejemplo, recordemos
que en los años 50, la gran mayoría de los judíos de Marruecos se desplazan
principalmente a Israel y otros países. |

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Aunque el judeoespañol ya había alcanzado Tierra Santa, llevado por los primeros
judíos que llegan después de la expulsión, es a partir del advenimiento del Estado de
Israel cuando, atraídos por la perspectiva de vivir en su propio Estado, decenas de miles
de judíos sefardíes llegan a este país y, de esta forma, el centro de gravedad del
judaísmo sefardí se traslada también a Israel.
Israel alberga actualmente a las principales instituciones sefardíes, entre las que
destacan las relacionadas con la investigación. Pero también se llevan a cabo otras
actividades muy importantes, especialmente las artístico-musicales.
Lamentablemente, los usos y las costumbres, la lengua y la cultura de estas comunidades al
sufrir el impacto y la influencia de la cultura nacional israelí de la mayoría de la
población, y de la lengua hebrea dominante, se debilitan gradualmente. En los primeros
años del Estado de Israel había que reconstituir un sólo pueblo, con una sola lengua,
dada la multiplicidad de grupos y comunidades con diversos idiomas (ochenta) y culturas
que integran el entramado social israelí.
Como consecuencia de esto, el proceso de declive del judeoespañol, que ya había
comenzado mucho antes, se ha acelerado. Este registro vivo del español del siglo XVI, con los
trazos de las diversas influencias de las lenguas de los distintos países en que
residieron sus hablantes, no durará mucho más tiempo.
El español de los judíos agoniza. Hay quienes aseguran que su fin está próximo y las
razones son tres:
1.ª La disminución del
número absoluto de hablantes de judeoespañol, por emigración y por la asimilación
cultural tanto en Israel como en los otros países a los que inmigraron.
2.ª La no actualización de la lengua en cuanto a los conceptos de la ciencia
y la tecnología modernas y otras esferas de la vida social, no específicamente
religiosas o tradicionales.
3.ª Los mecanismos de transmisión del lenguaje están reducidos
prácticamente al núcleo familiar, careciéndose de una infraestructura educacional e
institucional con suficiente poder de influencia cultural sobre las generaciones más
jóvenes.
De ahí que debamos concluir con una
nota poco optimista: este legado del español se perderá de no adoptarse un programa de
rescate, aunando esfuerzos para preservarlo. Estamos asistiendo en nuestros días a la
gradual desaparición del judeoespañol como lengua viva.
Para concluir, quiero recordar lo que un ilustre español escribió a principios de siglo:
El
mundo sefardí no es simplemente para España una pieza de museo, aunque admirable, sino
un miembro vivo, palpitante, de la patria española esparcida por el vasto mundo y una
presencia permanente de lo hispánico en todo país y en toda ciudad donde hay sefardíes.
De la misma manera
que España llevó al continente americano su lengua y su cultura, la dispersión de los
judíos españoles expandió esta lengua y cultura por la cuenca mediterránea y luego,
hacia lejanos confines, contribuyendo, a su manera, a la expansión del español.
En este año en que se cumplen cinco siglos de la trágica separación entre lo español y
lo judío, recordamos las palabras del periodista Carlos Luis Álvarez (Cándido): «los
españoles y judíos tenemos poco para celebrar y mucho para recordar». Sería muy
acertado que de este congreso sobre la Lengua Española surgiera alguna iniciativa en
favor de la lengua judeoespañola, en el espíritu de la renovada connivencia entre
españoles y judíos.
Un aspecto de la presencia de la lengua española en Israel digno de destacar es la
existencia de por lo menos ochenta mil hablantes de español, procedentes de
Iberoamérica, ávidos consumidores de la literatura en esta lengua. Los latinoamericanos
en Israel traen consigo una cultura que no muere. Mantienen, a la vez que se enraízan en
el entramado de la sociedad israelí, características muy propias.
La literatura en español en Israel merece, creo, una mención especial. El español, a
través de su literatura, hizo su ingreso simbólico con una versión del Quijote,
traducida al hebreo (¡desde el ruso!) por el poeta nacional Jaim M. Bialik.
Posteriormente ha sido traducido del español, por lo menos en dos ocasiones.
En los años 70, coincidiendo con el auge de la literatura latinoamericana, se produce un
crecimiento de la producción editorial en Israel, que no tarda en hacerse eco del
fenómeno literario en el mundo de lengua española. Hasta el momento, se han publicado en
Israel más de 200 libros de autores españoles y latinoamericanos, además de numerosas
antologías, así como cuentos y poemas publicados con bastante frecuencia en los
suplementos y secciones culturales de los periódicos más importantes de Israel, así
como en las revistas especializadas. Los títulos en hebreo de autores de habla española
son cada vez más familiares al lector culto israelí. Merece destacarse la cada vez más
importante presencia en el teatro israelí de autores españoles.
Todo ello permite al israelí conocer no solamente una nueva dimensión de la literatura,
sino una nueva noción de la realidad misma, como bien afirmara recientemente un ensayista
israelí. El israelí descubre que la literatura española y latinoamericana habla de una
realidad que no es la de otros, sino la suya propia. Uno de los más importantes
escritores israelíes, A.B. Yehoshua, sefardí, llegó a afirmar incluso en una
oportunidad: «Yo me siento muy cercano a la literatura iberoamericana contemporánea».
Un refrán judeo-español nos enseña que «Serca de los ojos, serca de corasón, leshos
de los ojos, leshos del corasón», y eso porque, como dice otro refrán judeoespañol,
«lo qe mis ojos no vyeron, mi corazón no yoró».
Acerquemos, entonces, nuestros ojos al Judeoespañol y lo acercaremos a nuestro corazón.
Termino con un mensaje de esperanza precisamente recordando otro refrán en español de
los judíos: «La ora más oskura es para amaneser». Después de haber pasado sus horas
más oscuras, es posible que la lengua judeoespañola esté cerca de un nuevo amanecer.
Eso dependerá de todos nosotros. Salgamos de la indiferencia.
No me resisto a la tentación de reproducir probablemente por deformación
profesional unos párrafos de un «foyetón» (o «culebrón») por entregas del
periódico semanal israelí La Luz de Israel titulado El amor del diplomático:
Arleta rogó del
chofer de passar con el oto por todas las kalejas de Kadiz por pueder ver todo, sea de las
kalejas lucsosas i prensipales, ásta los kuatieres de los esnofes i de la provaya. En
passando por la rejion del porto, vieron numerosos vapores y Mirella batía con sus manos
de entusiasmo. Arleta estava kontente que en fin reucho a kitar e la yovena eleva de la
atmosfera pesada i ofisiala del palasio y le dio una alegria espessiala.
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