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Hispanismo y
nacionalidad filipina
Raúl Manglapus y Sevilla.
Ex Ministro de Asuntos Exteriores de la República de Filipinas.
Academia Filipina de la Lengua |
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Hace poco tiempo se celebró en Madrid una cumbre de la Hispanidad, una reunión de jefes
de estado ibéricos y americanos. Filipinas no estaba presente. Decían que Filipinas no
es ibérica ni americana. Además, decían, en Filipinas ya apenas se habla español.
Según esta interpretación, la Hispanidad se identifica sólo con la península ibérica
y con el continente americano. Además, mundo hispano significa mundo hispanohablante.
El congreso hispanoasiático del Pacífico
También hace poco tiempo, en otra parte del mundo, se celebró otro congreso con otra
interpretación de Hispanidad. En Manila se celebró el primer Congreso Hispanoasiático
del Pacífico. A esta convocatoria acudieron delegaciones de España y de Filipinas,
observadores latinoamericanos de los países ribereños del Pacífico y, además,
representantes de países del océano Pacífico occidental, de las repúblicas de
Micronesia, de las Islas Marshall y de Palau, de la mancomunidad de las Marianas y del
territorio de Guam.
El tema de la convocatoria era la cooperación política y económica, pero lo que
sobresalía por encima de todo aquel trabajo, era la ansiedad de los organizadores y de
los participantes por rehabilitar nuestra rama, distante, pero no por ello menos
auténtica, de una gran familia, invocando los rasgos idénticos e indelebles que nos
trazó y nos legó la Madre España.
Por de pronto, sucumbiendo a nuestra suerte común histórica, en ese congreso nos
comunicamos en inglés.
Lenguaje corporal
Y sin embargo, el español sí se utilizó, aplicado en aquella forma que los japoneses
denominan Haragey, Body Language o lenguaje corporal. El lenguaje corporal, según
el antropólogo japonés Masao Kunihiro, consiste en sentir un conjunto de emociones, un
deseo de ser tratado de un modo especial, puesto que a la otra persona se lo considera un
amigo, un miembro del grupo.
Así nos comunicamos en aquella reunión. Las palabras eran en inglés, pero las
emociones, la camaradería eran hispanas.
Y esa es la forma en que los filipinos, como nación, nos comunicamos con el resto del
mundo. A pesar de que en tagalo nuestra lengua oficial existen 18 000 palabras
españolas, y solamente 5 000 vocablos de origen malayo (según los datos de la Oficina de
Educación Iberoamericana de Madrid), nuestro pueblo ya no se expresa en español hacia el
exterior, pero su lenguaje corporal es de sabor hispano y nos pone en relación con los
otros países enriquecidos por tradiciones hispanas, compartiendo con ellos esa
«comunidad de emociones» y declarando al mismo tiempo que «nosotros también
pertenecemos a esa hermandad».
Linaje global
En la política exterior de Filipinas, no cabe duda que nuestra principal alianza es la
establecida en la Asociación de Naciones del Sudeste de Asia (ASEAN). Pero en esta
Asociación, nuestros hermanos de Brunei, Indonesia, Malasia, Singapur y, Tailandia se
enorgullecen de sus vínculos con sus respectivas familias, como la British Commonwealth o
Mancomunidad Británica y la Organización Islámica. ¿Y qué se dice de nuestra familia?
¿Acaso Filipinas puede pretender ser un linaje? ¿O es que a pesar de haber reclamado ser
acogida entre los de su mismo linaje, estos la han rechazado?
En el siglo XVI, antes de desembarcar en la isla de Cebú el portugués
Hernando de Magallanes al frente de un pequeño ejército de españoles, nuestro
archipiélago se encontraba habitado por centenares de colonias, separadas unas de otras y
esparcidas por siete mil islas, sin ningún tipo de gobierno que aglutinara a todas ellas,
porque carecían de sentido de nacionalidad, aunque practicaron costumbres comunes de
consenso democrático.
Nacionalidad
La nacionalidad filipina comenzó su desarrollo con la llegada de España. Según el
académico salvadoreño, Rodolfo Barón Castro, que escribía con pluma desapasionada, esa
nacionalidad, bautizada como «Filipina» en honor de Felipe II, se formó gracias a cinco
factores, a saber: evangelización, educación, legislación, cultura, mestizaje y
costumbres.
Precisamente este mestizaje es lo que nos diferencia de nuestros hermanos
latinoamericanos. En Filipinas la inmigración no fue tan numerosa como la que se dio en
América Latina. Vinieron soldados y frailes pero, quizás por razones de distancia, muy
pocos de aquellos millares de aventureros y atrevidos que dejaron Europa para transformar
para siempre, con el intercambio comercial y matrimonial, el contexto de las sociedades de
los países de ultramar.
Barón Castro añade, que «a diferencia de la América Latina los españoles en Filipinas
no se desparramaron por el país, sino que se concentraron en Manila, donde durante dos
siglos y medio se dedicaron al comercio del galeón». También hay que destacar que el
fraile español prefirió enseñar la religión en el idioma nativo, tanto es así que
hasta hoy las mejores gramáticas tagala, visaya, ílocana y de otros dialectos de las
islas, siguen siendo las que escribieron los padres misioneros del siglo XVII.
Poco mestizaje
Por todas estas razones, concluye Barón Castro, la cosecha del «mestizaje espiritual»
fue más rica que la del biológico. Fue precisamente esta falta de mestizaje biológico
la que impidió que el español se convirtiera en la lengua común de todo nuestro pueblo.
Sin embargo, la élite mestiza o no se educó en español en los colegios y
seminarios de las órdenes religiosas, excelentes pero inaccesibles para la gran mayoría.
Con los albores del siglo llegaron los norteamericanos y establecieron escuelas públicas
por todo el país en las que la instrucción era en inglés. Mi generación fue testigo de
la sustitución oficial, casi forzosa, del español por el inglés como lengua de la
enseñanza, del comercio, del gobierno y de la sociedad. Mientras que jesuitas irlandeses
americanos me enseñaban en inglés, mi español, o mejor dicho, mi castellano como
insistía mi padre, lo aprendía de boca de mis padres, por cuyas venas,
precisamente, no corría ni una gota de sangre de España.
En Manila se siguieron publicando periódicos en español hasta algunos años después de
la segunda guerra mundial. Pero la atrición encontraba una débil resistencia: ¿por
qué? Una de las razones podría ser precisamente la falta de mestizaje, que fue
precisamente la razón que impidió que en Puerto Rico, aquella otra base de la Hispanidad
cedida a los norteamericanos en el mismo Tratado de París de 1898, el nuevo colonizador
desarraigara la lengua cervantina.
Voluntad filipina no faltó
Les molesto con estos detalles en mi ansiedad de demostrar que la suerte de la
lengua
española en Filipinas estaba predestinada por la deficiente voluntad de España en su
mantenimiento, y no por la voluntad filipina. También hay que señalar que, a pesar de
todo, tampoco hay razón para el desánimo: queda mucho de esa lengua por revivir y
desarrollar en un país como el nuestro, que lleva su nombre en español el único
que brinda a un monarca español y que tiene en español también los apellidos de
nuestras gentes, nuestra música, nuestros bailes, nuestra fe y nuestro ser; lo mejor de
la Hispanidad.
Hay mucho que reanimar, hay mucho que alentar, pero España nos tiene que ayudar. A Manila
hoy día vuelan todas las líneas aéreas importantes del mundo, menos la de España. En
Manila se escuchan las emisoras de radio de Inglaterra, de Francia, de China, de Estados
Unidos y de Japón, pero no de España. |
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Unidad e hispanismo
¿Por qué razón? ¿Es que la calidad de la hispanidad filipina no justifica su
renovación? Recordemos al mundo esa calidad. En 1986 más de un millón de compatriotas
filipinos se reunieron en la arteria mayor de nuestra capital, llamada avenida Epifanio de
los Santos, conocida con las siglas de su nombre: EDSA. Armados con rosas y santos
rosarios, se enfrentaron a los tanques del ejército, haciéndolos retroceder y abandonar
al tirano. Hubo un momento en aquellos cuatro días de febrero de esa histórica
«Revolución del poder del pueblo» en que se sintió la necesidad urgente de desplegar
un símbolo de nuestra nacionalidad y de nuestra unidad.
No improvisaron una réplica de la estatua de la Libertad neoyorquina, como lo harían
tres años después los estudiantes chinos en la Plaza de Tian An Men. No había necesidad
de improvisar. Sacaron un recuerdo fidedigno de cómo se formó la nación filipina: la
estatua de la Virgen Santísima, y era la de la Virgen de Fátima.
Como dirían los norteamericanos, How much more Iberian can you get? ¿Acaso hace
falta decir más para establecer el carácter ibérico de la nacionalidad y unidad
filipina?
Se dice que aquella Revolución de EDSA fue la impulsora de la ola de democratización del
Este de Europa y de aquellas partes de América Latina a las que todavía no había
alcanzado su efecto depurador. Esa ola, que desde hace veinte años barre nuestro planeta,
se generó aquí, en esta Península Ibérica, en Portugal y en España, cuando en los
años setenta se iniciaron las vías para su redemocratización.
Lenguaje y democracia
El símbolo de nuestra Revolución de EDSA nos proporciona nuevas dimensiones, nuevas
razones para rehispanizarnos. Hubo un tiempo en el que extremistas y marxistas atacaban en
Filipinas al español por considerarlo el símbolo de la antigua opresión. Hoy es
evidente que esa lengua se ha convertido en la lengua del cambio social, de la liberación
y de la democracia, valores que aprecia el corazón filipino. Lo habla don Juan Carlos,
paladín activo de la libertad humana, cuya monarquía hoy día recibe su legitimidad no
sólo por herencia, ni tampoco por imperativos propios del sistema vigente, sino por
voluntad popular. Lo hablan los jefes de estado demócratas, como Patricio Alwin, Carlos
Andrés Pérez y Violeta Chamorro. Y en Filipinas, no hace mucho, lo hablaron los
presidentes Manuel Quezón, Sergio Osmena, José Laurel, Manuel Roxas, Elpidio Quirino,
Carlos García y Diosdado Macapagal, que todavía vive. Hace casi un siglo lo habló
Emilio Aquinaldo cuando fundó la primera República Filipina.
El insigne hispanista e hispanófilo filipino, don Claro M. Recto, estaba de camino para
España cuando murió en Roma en septiembre de 1960. Llevaba consigo discursos que nunca
logró pronunciar. Uno de ellos, titulado «Por los fueros de una herencia», concluía
con una poesía compuesta por él especialmente para la ocasión.
Genio y amor
«He compuesto un homenaje al castellano escribió él, un breve romance o
silva asonantada». Lo llamaba «Elogio del idioma». Y ahora quiero rendirle un homenaje
a don Claro, atreviéndome a entresacar algunas estrofas de ésa su última obra de genio
y de amor que ansiaba él mismo poder presentar ante un auditorio español tan distinguido
como éste:
Oh, lengua de
Castilla,
deidad del pensamiento mensajera,
que te ostentas cual vívida custodia
de la única verdad en las conciencias,
como el sol en las cúspides hostiles
donde el ciclón fermenta,
como el anhelo máximo que fulge
en el blasón astral de mi bandera:
no en vano fueron por inciertos mares
de Cristóbal Colón las carabelas,
proa hacia lo ideal, a rendir parias
al ensueño y la idea;
no en vano desafiaron
tus nautas las tormentas,
y llevaron su imperio y sus hazañas
al corazón de América
y hasta a mis bravas tórridas campiñas,
donde alzaron sus tiendas
y vieron el portento de mis lagos
y mis calladas noches hechiceras; [...]
Mas si algún día aciago
convocan del honor a la palestra,
y tus juradas huestes
a la justa se aprestan
del bien decir por la sagrada causa,
por tu solar, tu historia y tus leyendas,
alguien dirá al narrar, de aquí a mil años,
cómo fue la refriega:
«Cayó allí un filipino
por amparar los fueros de tu herencia».
Se dice que don Claro, hombre de
recursos pero no un gran viajero, nunca en su vida llegó a visitar España. Su castellano
lo aprendió en Manila de jesuitas españoles.
¿Se habla español en Filipinas? Creo que sí. Se habló, se habla y con su apoyo lo
hablaremos aún más. No será difícil rehabilitarlo porque forma parte de nuestro ser. Y
bien entendemos lo que representa: libertad, paz, fe y dignidad humana. |
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