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Los últimos
mohicanos
Beatriz de Moura |
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La primera vez que expresé los sentimientos contradictorios que me obsesionan desde hace
tiempo como editora fue hace unos diez años, tal vez algo más, en un encuentro
internacional de editores literarios independientes organizado en Milán por Giangiocomo
Feltrinelli.
Allí reunidos, en aquella sala llena de buenas intenciones, tuve por, primera vez la
nítida sensación de pertenecer a una especie en extinción: de pronto me di cuenta de
que algunos, muy pocos de entre nosotros, ya bien entrados los cuarenta años, ¡éramos
los más jóvenes! Pero mis colegas se mostraban animosos, seguros de sus respectivas
trayectorias profesionales y de la continuidad de sus empresas; todos, en fin, nos
sentíamos ennoblecidos por trabajar en ese terreno de la edición literaria siempre tan
arriesgado, pero, tal vez por eso, siempre tan propenso a la adicción. Y todos sonrieron
con benevolencia cuando, pese a todo, les advertí que, aunque, en efecto, éramos guapos
y simpáticos, no debíamos olvidar que también éramos algo así como los últimos
mohicanos.
Entonces, es cierto, lo atribuí a una simple cuestión de falta de relevo. Hoy, sé que
los motivos son más graves, endémicos a nuestra actividad misma. Hoy, por ejemplo, casi
todos los que acudimos a aquella reunión han tenido que cerrar sus empresas o
abandonarlas en manos de otros y algunos, enganchados sin remedio al vicio del libro,
siguen pese a todo escépticos e inciertos itinerarios en el seno de grandes grupos
editoriales que los mantienen como a reliquias de los tiempos en que el libro era bastante
más que un mero objeto de consumo destinado al zapping de las grandes superficies.
Ahora sé también con certeza que los pocos, muy pocos, editores que vamos quedando en el
mundo somos efectivamente los últimos mohicanos, los últimos perpetuadores de la cultura
del libro, los últimos responsables, en complicidad con los escritores, de mantener en
buena salud la lengua escrita, creada y recreada constantemente por ellos. La conciencia
de ser yo misma uno de estos supervivientes me obliga en cierto modo a rendirles aquí,
con cierto lírico descaro, un homenaje que desearía les llegara a ustedes al alma.
Porque hagámosles justicia: de los cuatro intermediarios (agente, editor, distribuidor y
librero) que acostumbran a mediar entre el manuscrito de un escritor y su destinatario
el lector, tan sólo uno, el editor, corre todos, absolutamente todos
los riesgos de la empresa. Los cuatro viven de la misma materia prima que es el
manuscrito, pero sólo el editor arriesga en él su supervivencia económica y
también algo mucho más sutil que, además, casi nadie tiene hoy en cuenta: su prestigio.
Porque, en España, sepan ustedes, los libreros pueden devolver tranquilamente al
distribuidor los libros que no venden en el plazo de un mes, por estropeados, polvorientos
e inutilizables que estén; los distribuidores lo hacen a su vez con los editores cuando
«limpian» periódicamente sus almacenes; y, en cuanto a los agentes, les conviene
subastar y vender indiscriminadamente a sus autores al mejor postor con el santo argumento
de defender sus derechos pero, en realidad, naturalmente, para aumentar la cifra que les
deduce por sus servicios.Entretanto, sin
que al parecer nadie se asuste, el número de lectores que visitan las librerías decrece
de año en año, mientras va surgiendo, inexorable, una nueva figura: el consumidor de
libros, o sea el que los adquiere en puntos de venta atípicos (quioscos, drugstores,
grandes almacenes, supermercados) pero no los lee. De modo que, si todo sigue como hasta
ahora, muy pronto, cuando los libros no tengan en las superficies de venta que ya no
se parecerán en nada a lo que conocemos aún hoy por librerías más de un mes de
vida, cuando todo lo que exceda a esa permanencia ante el inestable y caprichoso deseo
adquisitivo del consumidor deba destruirse, o reciclarse inmediatamente en el papel de
otros libros que tendrán a su vez una existencia igualmente efímera, cuando ocurra esto,
muy pronto repito, en todo caso más pronto de lo que muchos confiados todavía se
resisten a creer, ¿quienes asegurarán la supervivencia de lo que algunos recordamos
todavía como literatura?
¿Quiénes correrán el riesgo de detectar, publicar, sostener, animar a los futuros
Premios Nobel cuya obra suele exigir no sólo tiempo a veces, mucho tiempo de
concepción y elaboración, sino también, en la mayoría de los casos, tiempo suficiente
para darse a conocer, para calar en el gusto de los lectores? Porque, para entonces,
queridos amigos, los editores literarios, independientes o no, que hoy todavía colean, o
se habrán sometido a las leyes implacables del producto de rápido consumo, o ya no
serán.
Es curioso: muchos, antaño defensores de la «cultura popular», habían soñado
por una vía totalmente opuesta, es cierto con un mundo feliz en el que los
libros estuvieran en todas partes, al alcance de todos; pero, paradójicamente, cuando el
libro aparentemente se «populariza», es precisamente cuando pasa a ser simplemente un
producto de consumo más, prácticamente un gadget, que la aplastante mayoría
adquiere, pero no lee. Habremos conseguido eliminar el analfabetismo tan sólo para
favorecer la proliferación de los iletrados.
Mi inquietud, que expreso aquí tal vez con cierto intencionado énfasis apocalíptico, no
es, pues, fruto de un espejismo inspirado en una novela de Ray Bradbury, les aseguro. Mi
inquietud proviene de la temible inercia de todo el sector relacionado con el libro ante
semejante demencial situación de deterioro: la industria editorial parece seguir
empeñada en pagar cifras astronómicas que, en la mayoría de los casos, jamás
recuperará para fabricar cada vez más libros destinados a iletrados que ignoran
olímpicamente las librerías; la incompetencia y la desidia se han apoderado de las
redacciones de cultura de la prensa no especializada diaria, semanal y mensual, y el
interés por la cultura en general, y los libros en particular, es nulo, o casi nulo, en
los medios audiovisuales, ya sean cadenas privadas o estatales; a políticos y miembros
destacados del diseño, la moda, las artes plásticas, que ocupan páginas enteras de
periódicos y revistas y chupan primeros planos en las pantallas, no se les cae las cara
de vergüenza, ni nadie a su alrededor se ruboriza, cuando declaran públicamente que no
tienen tiempo para leer o que simplemente «pasan de lectura», como afirmó con
desafiante orgullo en un programa radiofónico el «buen chico» de Mariscal. |
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Por supuesto sé que éstos son males que han afectado o están afectando a todos los
países avanzados del mundo occidental, males que no son exclusivamente de España.
Por supuesto, sé que el libro dejó ya hace más de un cuarto de siglo de ser el
vehículo principal de comunicación de ideas, conocimiento y creación artística; que
perdió su lugar hegemónico como medio de difusión de la cultura. Pero, si consideramos
el caso de otros países, europeos por ejemplo, comprobaremos que se encuentran en mejores
condiciones de hacer frente a esta nueva situación porque han vivido paso a paso la
evolución de la cultura hacia este punto, han tenido tiempo para asimilarla o, por lo
menos, para que la brusca aceleración de los cambios los pillaran prevenidos. Países
como Alemania o Francia, por ejemplo, han encajado de momento, no sin dificultades de
adaptación pero sí con cierta cautela, el impacto de la gran superficie; y eso porque en
ellos había arraigado ya la costumbre de la «librería de la esquina» que se visita con
regularidad y, con ella, el entrañable ritual de la lectura, salvaguardando así todavía
una diminuta, pero segura, parcela de la comunidad lectora.
Nosotros, en cambio, desde 1975, hemos ido dando auténticos saltos mortales por encima de
nuestra propia historia, de nuestras propias costumbres, adaptándonos o simulando
adaptarnos con espectacular rapidez y ligereza a circunstancias nuevas,
absolutamente inéditas. Hemos ignorado increadas tradiciones o nos las hemos saltado a la
torera, como si esto pudiera hacerse impunemente, sin pagar un coste que bien pudiera ser
mayor que el que sospechamos, tan elevado que fuera irreparable. Así, pasamos en un
periquete del temor a entrar en una librería que en España siempre fue como de
santuario para elegidos al fácil acceso y al veloz y efímero consumo del
producto-libro sin dejar tiempo, a nuestro paso acelerado, para el mínimo arraigo de una
afición o de una costumbre afianzadas. Pasamos, en efecto, del analfabeto al iletrado
dejando sin aliento a la ya enclenque tribu de lectores.
Debo aclarar ahora, para evitar cualquier malentendido, que esta inquietud mía no es en
absoluto de naturaleza nostálgica; aborrezco el lamento por cualquier tiempo pasado, ya
haya sido éste mejor o peor. (Dicho sea de paso, en nuestro país, difícilmente hubiera
podido ser mejor...) En este aspecto me siento por entero un ser mutante. Y, como tal,
sé muy bien que la televisión, el vídeo, los juegos en ordenadores, las máquinas
automáticas, todo ese mundo de imágenes rápidas y altos decibelios que tan bien exhiben
los pabellones de la Expo, y que son tan fascinantes y absorbentes, nos han quitado tiempo
de ocio y también incentivos para la lectura, pero sé también que esto no
es sino consecuencia de una evolución natural inexorable de la cual, por cierto, no me
disgusta ser testigo. Por lo tanto no me siento capaz de atribuirles, como oigo decir con
frecuencia, toda la responsabilidad de la lenta desaparición del hábito de leer y de
tantas otras cosas. En todo caso, los responsables, como casi siempre, unos más, otros
menos, seríamos nosotros mismos, y sólo nosotros mismos.
Dijo un día, hace ya muchos años, un gran escritor en lengua española, Premio Nobel por
más señas, que el peor enemigo del escritor es el editor. Lo dijo, claro, cuando ya era
célebre, vendía sus novelas como churros, y cobraba anticipos sobre derechos de autor que
jamás hasta entonces ningún escritor en nuestra lengua había cobrado. En su afán de
vengarse de los editores que habían rechazado su obra hasta que le llegara el éxito,
olvidó que fue, no obstante, gracias a uno de ellos el que sí supo leerla y la
publicó gracias al cual se dio a conocer.
Y es una editora preocupada por el destino de otros muchos escritores a quienes podría
ocurrirles lo mismo la que ahora les propone a continuación algunas preguntas que, en
realidad, aun sin tener respuestas, ayudan a encaminar una posible reflexión:
Siendo la lengua el modo de
hablar, de las distintas comunidades de nuestro planeta y siendo la expresión escrita el
modo al que han recurrido los seres humanos para fijar esa Lengua, creo que, al menos
aquí, estamos de acuerdo que son los escritores, y muy especialmente los poetas y los
novelistas, los que mantienen encendida la llama de su renovación, de su enriquecimiento
y de su evolución constantes.
¿Qué ocurriría pues si, un
día, los nuevos escritores no dispusieran del tiempo necesario, ni de los editores
idóneos, ni del espacio adecuado para escribir, publicar y llegar a su verdadero
interlocutor, que es el lector?
¿A qué procesos se sometería la
lengua y qué papel pasaría a desempeñar en un mundo en el que los libros de
creación literaria, por ejemplo, tal y como los concebimos hoy, hubieran dejado de
existir? ¿Cambiaría su estructura si terminara por transmitirse mediante textos
concebidos para ser leídos en pantallas de ordenadores, o, como ya es frecuente, para ser
simplemente oídos en el trayecto en coche entre la casa y la oficina?
¿Seguirían, en semejantes
circunstancias, existiendo lectores, al menos tal como los reconocemos aún hoy?
¿Es la transmisión
exclusivamente oral de la lengua suficiente para mantener el grado de complejidad del
pensamiento humano? ¿O acaso, de no serlo, su empobrecimiento, mediante el obligado
proceso de simplificación al que se vería sometida, no acarrearía de rechazo la
degradación de la facultad misma de pensar?
¿Acaso no está todo esto
ocurriendo ya? |
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