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La lengua de
siempre y los negocios del futuro
José Manuel Morán. Telefónica de España |
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Antes de iniciar las breves palabras a que me obliga el dirigir esta sesión sobre la
«Dimensión Económica de la Lengua Española» quisiera manifestar mi agradecimiento a
los organizadores del Congreso por haber tenido la amabilidad de haber invitado a
Telefónica de España a tener una participación activa, aunque mínima, en este singular
acontecimiento. Las prisas de la vida cotidiana y la gratuidad con que disfrutamos al
comunicarnos en la lengua de Cervantes hace que muchos de nosotros olvidemos la
importancia y las capacidades que permite el contar con un lenguaje tan rico y
multifacético como es el español. Y agradecerles, también, que hayan aceptado que en
esta mañana lluviosa yo pueda tomar la palabra para presentarles a dos profesores del
prestigio que tienen D. Fernando Reyes Matta y D. Bernardo Díaz Nosty. A ambos, y
abusando de la amabilidad de Vds., me voy a permitir hurtarles unos breves minutos, pues
no quisiera participar pasivamente sin expresarles mi opinión sobre la proyección
económica de nuestra lengua. Y que, a mi modo de ver, y así me adelanto un tanto a lo
que seguidamente voy a decir, desborda el impacto que tienen los medios de comunicación o
los dineros que mueven las actividades publicitarias.
Los profesores que me acompañan en esta sesión les van a hablar de esos impactos con la
precisión que los caracteriza y que les avalan sus numerosas publicaciones y docencias,
pero a los que nos dedicamos al mundo de las telecomunicaciones y las tecnologías de la
información nos corresponde haber hablado, también, de lo que supone para los nuevos
negocios electrónicos el contar con nuestro lenguaje. Pues pocos reparan en que en esa
febril actividad en, que estamos envueltos, y que busca acabar cableando e interconectando
las diversas geografías del planeta, estamos tejiendo los medios para que por ellos se
transporten infinidad de mensajes. Y entre los que para unos será fácil distinguir los
que al final conforman el contenido de nuestros noticiarios televisivos, o los sumarios de
la prensa escrita. Pero que ello no agota otros muchos mensajes que incluyen tanto
productos culturales genéricos como son lo que en España hemos dado en llamar
«culebrones» como aquellos otros que trasiegan informaciones económicas,
científicas o de identificación de datos personales y administrativos.
Nuestro mundo hispanoparlante no se entendería sin esas conexiones electrónicas que
permiten palpar y oír a esa comunidad que se expresa siguiendo los cánones gramaticales
de Nebrija, pero por más interconectados que estemos quienes la componemos de nada
valdrían las redes de telecomunicación trazadas si antes nuestros países no hubiesen
desarrollado unas mínimas industrias culturales o no tuviesen un acervo científico y
artístico sobre el que comunicarse. De nada valdrían, pues, los medios técnicos si antes
no hubiésemos generado la suficiente capacidad humana e intelectual para tener mensajes
que enviar con aquéllos. Y es que, en contra del viejo tópico que alertaba que «el
medio es el mensaje», hoy, los que estamos en la perspectiva del desarrollo incesante de
las telecomunicaciones, sabemos que no habrá medios sin mensajes. Y que el crecimiento de
aquéllos dependerá de la riqueza de éstos.
Hoy es un lugar común decir que estamos ante una revolución tecnológica que va a tener
en la interactividad y los multimedia su expresión más espectacular. Y hoy, también, es
otro lugar común, propio del conjunto de tópicos tecnológicos, hablar de bases de datos
intercomunicadas y de acceso fácil y generalizado, así como referirse a las
inteligencias en las redes, la importancia sociotécnica y organizativa del correo
electrónico o los horizontes que se abren con la televisión por cable o la pléyade de
satélites con que pueden abrumar de mensajes a cualquier comunidad. Tal plétora
informativa no viene a hacer a los pobladores de las mismas unos hombres y mujeres
multidimensionales, ni ello supone de inmediato el que cualquiera de nosotros multiplique
por cien sus «extensiones». Y es que hay demasiadas capacidades para la difusión y
demasiado poco espacio, tiempo y sosiego para el diálogo. |

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Telefónica podrá, por tanto, saber qué capacidad tienen sus canales y podrá ofrecer a
los medios de comunicación sus vías de transmisión, pero sus negocios, planes y
proyectos fracasarían si nuestras comunidades no fuesen capaces de generar las industrias
culturales y los materiales imprescindibles para que la sociedad de la información
empiece a ser un hecho entre nosotros. Y empiecen, eso es lo importante para la actividad
creadora de mi empresa y de todas las que están recreando la naturaleza del planeta con
sus redes, a crecer las demandas de información y las necesidades de intercambiarla,
consultarla, archivarla y volverla a revisar cuando sea preciso en cada circunstancia.
Sin esas demandas ilusorio sería pensar en el desarrollo de las nuevas «autopistas
electrónicas» capaces de dar cabida a todos los medios audiovisuales y videomáticos.
Pero esas demandas dependen, si me apuran, del estilo y pertinencia con que se escriben y
se almacenan en espera de ser consultados. Por eso no ha sido baladí el debate al que
hemos asistido en la sesión anterior sobre el riesgo que corre nuestra lengua al
desvirtuarse aceptando anglicismos y tecnicismos sin decoro ni reparo. Ni sería
insignificante el que al final no fuese posible instrumentar nuevos servicios de valor
añadido, o nuevas facetas y diversidades de lo que es el universo de las industrias
culturales, por no contar con un lenguaje depurado de tanta ganga supuestamente
innovadora. Pues si ello fuese así la arterioesclerosis de nuestros canales técnicos no
aparecería en ellos sino en las fuentes desde las que manan los mensajes.
No quisiera aburrirles más con mis palabras, ni quisiera seguir extendiéndome sobre la
importancia que para los sistemas de telecomunicación y las tecnologías de la
información tiene el rigor, la riqueza y el futuro del español. Ni puedo, por otro lado,
acompañar a los profesores Reyes Matta y Díaz Nosty a la hora de dar los datos que
complementarían la importancia económica con que ellos ven simplemente la actividad de
los medios de comunicación. Pero ya que en estos momentos no puedo aportarles esa
dimensión, bueno será que concluya aquí esta sucinta aportación y deje en el uso de la
palabra a D. Bernardo.
Muchas gracias.
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