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DIMENSIÓN ECONÓMICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA. LA PUBLICIDAD

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Informe de América
Eulalio Ferrer Rodríguez. Academia Mexicana de la Lengua. Grupo Ferrer


La pujanza del idioma español en las postrimerías de este siglo constituye, por sí misma, una respuesta contundente a quienes vaticinaron o pensaron, especialmente desde los países sajones, que el llamado ocaso de la cultura española aparejaría la decadencia de su lengua. Bastaría el espacio histórico de los cinco siglos que aquí se conmemoran para evidenciar que la cultura y la lengua españolas están en plena vigencia, enriquecidas y ampliadas, una y otra, por la suma de pueblos y valores que la integran. La cultura es, una identidad común que puede prosperar con la ayuda de la economía, pero que existe independientemente de ella. Más aún, cuando la cultura está vinculada a una lengua que proyecta y agiganta la dimensión colectiva de su nacionalidad, la nacionalidad determinada y determinante del idioma. Esta lengua nuestra, que fue noble y no ha dejado de ser noble. Que acaso sea hoy la lengua más literaria, esplendente en nombres y referencias. Testimonio de una cultura sin la cual no se puede entender la historia humana, ni la de nuestro tiempo.

El inglés, con sus 440 millones de hablantes y el español, con sus 340 millones, son los idiomas más hablados en el mundo de nuestros días, al cerrarse la Exposición Universal 1992 en esta Sevilla maravillosa, y sin par. Frontera con el pasado, lo es también con el porvenir. Aludo, sobre todo, al porvenir de nuestra lengua, que amanecerá en el siglo
XXI con más de 400 millones de hablantes, incluidos en ellos los 30 millones de la minoría hispana —mayoritaria será entonces— de los Estados Unidos. (Hay quien ha calculado que en el año 2025 será de 500 millones la población hispanoparlante). Quiere decirse que uno de cada diez estadounidenses hablará español, sin registrar a los ciudadanos norteamericanos —alrededor del 12 %— que hablarán español como lengua alternativa. Lo que significa, a la vez, que Estados Unidos será la más poderosa nación bilingüe —inglés-español—, quizá seguida, en un paralelismo creciente —español-inglés— por México. Conviene subrayarlo no sólo porque México es la mayor comunidad de habla hispana sino porque ésta es vecina de Estados Unidos en una frontera que puede moverse hacia el sur del continente americano en diversas ramificaciones e influencias, más aún a partir de la integración tripartita de México en un mercado común con Estados Unidos y Canadá.

La particularización estadounidense es valorable tanto por su poderosa economía, como por su notoria ascendencia sobre el lenguaje universal de la comunicación. El 50 % de la publicidad mundial se factura dentro de Estados Unidos y fuera por las agencias instaladas en cinco continentes; de ellas son como el 55 % de los mensajes televisivos —spots— que se producen. En Estados Unidos se origina más del 60 % del entretenimiento fílmico que se consume mundialmente. Y en inglés se procesa el 80 % de toda la información computerizada; en inglés se transmite el 75 % de los telegramas, telex y fax; el 50 % de los periódicos se escriben en inglés. El inglés es el idioma de la navegación marítima y aérea. El inglés es hoy, además de la fuente mayor de neologismos —sólo la NASA, el organismo aeroespacial de Estados Unidos ha producido más de 10 000—, el que más aporta de ellos a la lengua española, a la vez que acepta o tutela el mayor número de voces procedentes del español. (Tan intenso es el dominio del inglés que en Francia se ha generado un movimiento de resistencia lingüística, a cuya vanguardia figuran destacados intelectuales. Uno de ellos, el filósofo Michel Serrés, ha denunciado que en el París de hoy circulan más palabras inglesas que palabras alemanas en el París de la ocupación nazi. Y aunque parezca obvio, se acaba de incorporar un artículo a la Constitución francesa en el que se declara que el idioma oficial de la República es el francés).

Esta realidad idiomática ha sido vista por Estados Unidos desde la perspectiva pragmática de un mercado. Evidentemente, a través de él, ha universalizado términos ingleses, en muchos casos sin reparar en raíces o purezas de origen. Ahí están stop, holel, bar, hot-line, sex-appeal, feed-back, airport, jeans, tennis, okey, soda, cigarrette, tennis, golf, fax, telex, chip, software... Pero, al mismo tiempo, ha incorporado a su universalización voces españolas, como fiesta, siesta, bravo, rumba, hacienda, tamal, peón, chile, ideal, pronto, liberal... En función de un mercado —el de habla hispana y sus colidancias— los Estados Unidos se han preocupado, desde hace tiempo, en buscar a los nombres de marcas comerciales palabras o acuñaciones de fácil eufonía o comprensión para el público de habla hispana, como Coca-Cola, Kodak, Mejoral, Sonrisal, Admiral, Ariel, Visa, Anacín, RCA Víctor, Superman, Palmolive.... abiertamente, utilizan en sus marcas comerciales nombres españoles o hispanizados: Margarita, Imperial, Sevilla, Tabasco, Eldorado, Olé, Riviera, Amigo, Toledo, Rápido, Don Quijote... Por uno u otro camino, la llamada influencia hispánica se amplía y multiplica en ese gran universo que es el mercado de los productos norteamericanos. Cuentan en él todos los consumidores de habla hispana, no importa donde se encuentren. Pero merecen cada día más atención los que viven en Estados Unidos. Esa minoría-mayoría del próximo milenio que representa actualmente una inversión anual de más de 200 mil millones de dólares y un gasto publicitario que se acerca a los 2 500 millones, distribuidos principalmente en medios que hablan o escriben español: 32 canales de televisión, encabezados por «Univisión» y «Telemundo»; 200 emisoras de radio; 11 diarios impresos; 180 revistas semanarias y mensuales...


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Que los Estados Unidos ocupen un lugar tan predominante en el universo de la comunicación contemporánea es un factor gravitacional sobre el conjunto del tema y, muy esencialmente, sobre América y el fenómeno publicitario en sus fuertes vínculos con el lenguaje. Si el lenguaje nos constituye y articula, la comunicación nos domina y dirige. Si el lenguaje fija y norma, la comunicación encauza y transmite las verdaderas relaciones entre los significados del lenguaje y los significados del comportamiento humano. Del ser al tener y del decir al hacer; de la circulación al intercambio de las palabras y de las ideas. Esto es, dentro de un cuadro acelerado de aconteceres en el que las constantes innovaciones tecnológicas se adelantan al recambio de las palabras, por cancelación de las que han perdido vigencia y por anticipo de expresiones que piden nombre y de nombres, que reclaman identificación o definición. Vale recordar que la comunicación es la ocupación más importante del hombre, como se ha dicho de diversas maneras y por distintos teóricos. Dos de éstos, los profesores norteamericanos Keneth Oliver y Frank F. Dance, han coincidido en interpretar, la comunicación como una suma de estructuras políticas, económicas y estéticas que se eleva al nivel más alto de la civilización. En la misma línea, Umberto Eco especifica: «la comunicación engloba todos los actos de la praxis, en el sentido de que toda la praxis es comunicación global, es institución de cultura y, por lo tanto, de relaciones sociales».

Dentro de la suma de lenguajes que forman parte de la comunicación y le dan vida, el de la publicidad es, seguramente, el de más diversos tonos y alcances: ocupa el territorio más ancho, dinámico y sensible de la comunicación. Tanto como una modalidad, es un lenguaje de características, propias y distintivas, capaz de comunicar cuánto hay que decir y cómo decirlo, cubriendo las zonas vitales del comportamiento humano. Por tener que hablar en términos de necesidades es, según Jean Baudrillard, una pasarela al dominio de lo mágico. O sea: lo real imaginario y lo imaginario real. En el lenguaje publicitario no sólo hablan los esplendores del deseo, sino que éstos adquieren relieve y volumen. En sus dos vertientes fundamentales, el lenguaje figurado —retórica— y el lenguaje natural —realismo— están dotados de una serie de técnicas y recursos que van de la impresión a la recepción; de la recepción a la comprensión, de la comprensión a la persuasión, y de la persuasión a la demostración. Roland Barthes lo ha calificado de lenguaje original en sus tres planos: el literal, con su sentido inmediato; el asociado, con su sentido representativo, y el declarado, con su sentido último, el fin perseguido. Desde el punto de vista de la formulación del mensaje, Otto Walter Haseloff ha establecido otra escala tripartita que conserva, en lo esencial, su vigencia. Uno: el principio de la identificación, por cuanto concierne a la claridad y significado del mensaje. Dos: el principio de la precisión, al combinar la claridad y el significado del mensaje con sus requisitos informativos y persuasivos. Tres: el principio de la electividad, por la comprensión y acción del público. En el lenguaje publicitario todo se vuelve nombrable, numerable, memorable. No hay sensación humana que no recoja, ni juego de frecuencias que no busque. Muchas veces opera como un tranquilizante social: no sólo es lema y emblema, sino endoso, descarga de los apetitos. Está en todos los caminos de la apertura y de lo accesible. Allí donde se unen el modus dicendi y el homo ludens, convertida el habla en lenguaje y el lenguaje en cultura.

Este marco referencial nos lleva a una pregunta: ¿Hasta qué grado prosperará la política en curso de globalizar el mensaje publicitario en función de los adelantos tecnológicos de simultaneidad e instantaneidad que la comunicación registra y proyecta? Viene conformando esta tendencia globalizadora, apoyada por nuevos sistemas de comercialización y publicidad, el grupo concentrado de marcas ya universales por su penetración y consumo en los grandes mercados del mundo: Coca-Cola, Pepsi Cola, Nescafé, Phillips, McDonalds, Ford, Renault, Sony, Bayer, Benetton, Christian Dior, Danone... Frente a tal alternativa, se viene reivindicando la antigua teoría de la segmentación de los mercados, tanto en sus niveles socioeconómicos como en los culturales, tanto en el orden de la geografía nacional —con sus claves étnicas y, religiosas—, como en el de las categorías humanas: Mujer, Hombre, Joven, Adulto, Culto, No Culto... Si el idioma, precisamente el idioma español, cuenta en las estrategias mercadotécnicas de Estados Unidos, país que encabeza el movimiento de globalización, parecería lógico deducir que al margen o dentro de ella, no puede prescindirse de este tipo de identidad lingüística. Lo que en cierto modo significaría un condicionamiento operativo de la misma globalización. Hablar en inglés, en español, en japonés, en ruso, en alemán daría un carácter particular al mensaje publicitario. Es posible, por otra parte, que se piense en la globalización con un condicionante agregado o normativo: el de las divisiones por grandes territorios de mercados comunes: el Europeo, el Tripartita de Estados Unidos-México-Canadá y, el de la Cuenca del Pacífico. ¿Hasta dónde serían intercambiables o aplicables los mensajes de un mercado a otro, de una cultura a otra, incluida la del consumo, de una comunidad a otra, en su código de gustos y de hábitos? ¿En qué situación quedarían las naciones, muchas iberoamericanas, no adscritas a ninguno de esos tres gigantescos mercados? La respuesta, a nuestro juicio, pasa necesariamente por los matices y tamices de las identidades idiomáticas, entre las cuales se encuentra con relieves tan acusados la que abarca el mundo hispánico. Si ahora, en vísperas de la apertura de un nuevo milenio, es realidad determinante, andando por los caminos de él lo será en mayor escala de acuerdo con su futuro, en un análisis congruente de posibilidades.


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Aportaremos algunos datos, tomados de nuestro trabajo e investigaciones para una «Enciclopedia Universal de la Publicidad», que pueden contribuir a una mayor claridad del panorama expuesto, desde las peculiaridades del lenguaje publicitario. Por principio de cuentas, su vocabulario general no es tan restringido como se ha dicho o se cree, si bien Armando Mattelart aclaró recientemente que en los últimos diez años ha crecido más que en toda su historia. La realidad es que está compuesto de 15 000 palabras. Mientras el de los Estados Unidos comprende 6 000 voces, el promedio de los países de habla hispana, encabezados por México y España, es de 5 000 voces. Lo que da una idea del peso específico del vocabulario español, comparado con el de los demás países y de un modo más directo con el de los Estados Unidos, que es representativo del mundo de habla inglesa. Evidentemente, el vocabulario de la publicidad en inglés es más homogéneo, y más diverso el de la publicidad en habla hispana por las variedades nacionales que lo integran. Pero, como es característico también en el lenguaje de la propaganda, en el de la publicidad existe un núcleo central de términos reiterativos en el que se dan fuertes coincidencias, de un país a otro, de un vocabulario a otro. Así, en la base segmentada de adjetivos, incluidos un adverbio y un sustantivo, tenemos los diez que más se repiten en la suma total: más, mejor, calidad, bueno, grande, prestigioso, elegante, tradicional, bello, primero. De estas diez palabras segmentadas, el vocabulario norteamericano utiliza ocho. Las dos ausencias —prestigioso y tradicional— se llenan con los adjetivos nuevo y excelente. España y México, en línea con la mayor parte de los países iberoamericanos, también registran similares coincidencias, aunque sea en distinto orden, con el patrón general. En el caso de España las variantes son mucho y gustoso en lugar de elegante y bello. En el caso de México, sólo hay una variante: gustoso por bello. Lo que es significativo en cuanto al peso específico del vocabulario de la publicidad en lengua española, sin dejar de valorar la fuerza influyente de Estados Unidos en la composición del patrón referencial, habida cuenta de su desarrollo hegemónico en el mundo y en la publicidad. Añadiremos que en tanto en España funcionan alrededor de 800 agencias de publicidad y 500 en México, el número de las norteamericanas es de 12 335. Agregamos, también, para los efectos de una ejemplificación mayor, que el vocabulario de la publicidad en Alemania suma 2 000 términos, de los cuales siete coinciden con el patrón general. Las variantes son técnico, progresista y confiable, en lugar de prestigioso, tradicional y primero. Por su parte, Japón, con un vocabulario de 1 800, sólo coincide en cuatro —más, mejor, calidad, primero—, y las seis que aporta son: técnico, alto, nuevo, mayor, fiel y único. Es posible anticipar que las tres palabras invariables en el vocabulario mundial de la publicidad son: más, mejor y calidad. En un sentido estadístico, subrayaríamos que de cada diez lemas publicitarios que más circulan en nuestro planeta, uno lleva la palabra más.

De estos datos podría deducirse que el poderío dominante de Estados Unidos en el mercado mundial de la publicidad está más cargado a la tecnología, vinculada por supuesto a la superioridad económica, que al contenido, entendido éste como lenguaje. Lo que explicaría de alguna forma que, aun cuando las agencias norteamericanas lideran la facturación publicitaria en los países de habla hispana, no sucede lo mismo, al menos proporcionalmente, con los giros textuales de los mensajes, salvo en los términos profesionales de índole técnica. Semejante conclusión validaría lo que no ha dejado de ser una tesis esencial: a cada pueblo se le debe hablar en su propio lenguaje, de acuerdo con sus particularidades, respetando la sustancia de su cultura, incluso sus modismos. Si habláramos, en lo particular, de los modismos referidos al idioma español, podría afirmarse que, también contra lo que se cree, estos no alteran su unidad esencial, porque son registrados o absorbidos léxicamente. Valga apuntar que la edición de 1992 del Diccionario de la Real Academia ha incluido 600 de los 700 modismos propuestos por la Academia Mexicana. Algo más: en dos investigaciones recientes practicadas por el Colegio de México, sobre un catálogo de 1 200 palabras de uso común, la primera revela un uno por ciento de origen indígena y la segunda, un 10 % de mexicanismos.

Otras preguntas surgen, como desprendimiento natural de nuestro tema. ¿Hasta qué punto la integración de México en su Mercado Tripartita con Estados Unidos y Canadá afectará sus nexos con los países hermanos de Iberoamérica, y especialmente con España? ¿Hasta qué punto los países de Iberoamérica, desde las perspectivas de sus propios intereses y entendimientos, mantendrán y enriquecerán sus lazos solidarios con México, la comunidad hispanohablante más numerosa, consolidando un bloque continental en sus extensiones con la minoría-mayoría de los enclaves hispánicos de Estados Unidos? (Estados Unidos es ya el quinto país del mundo en habitantes de habla hispana, dentro del cual sobresalen los tres Estados más poblados, California, Nueva York y Texas) ¿Hasta qué punto la integración de España en el Mercado Común Europeo influirá en sus relaciones, históricamente descuidadas, con los países de Iberoamérica? ¿Hasta qué punto las comunidades autonómicas de España pueden fortalecer o interferir en estas relaciones? (Uslar Pietri ha calculado que al comienzo del próximo milenio nueve de cada diez personas que hablen español estarán en el continente americano).

No son fáciles las respuestas cuando a sus incertidumbres se une el imperio de la economía con toda la corte de sus leyes pragmáticas. Lo que se desea y se espera por quienes somos parte de su entendimiento activo es que el bloque idiomático español, lejos de ser colonizado o desviado, perviva y se acreciente. Y no sólo por las previsiones del incremento demográfico, sino como necesidad orgánica e indispensable de la comunicación. Nicolás Sánchez Albornoz y Gregorio Salvador son de los que opinan que la lengua española tiene mejor capacidad de comunicación, acaso por su riqueza metafórica. Su peso específico entre los Premios Nobel de habla hispana parecería corroborarlo. Ojalá que a los poetas escritores se sumen pronto los economistas y los hombres de ciencia.

Lo que nadie puede olvidar, en el conjunto y en las partes de la comunidad de habla hispana, es que la lengua constituye su producto más importante, sea bajo el enfoque de las afinidades culturales, sea incluso en términos de mercado. Lengua románica por excelencia, lengua humana siempre, el español es un patrimonio que a todos conviene defender y ampliar. Que se tenga firme conciencia de ello; que nos una el compromiso moral y material que entraña; que se adopten acciones eficaces con el concurso de todos, en un sólido bloque las 20 repúblicas paralelas que invocó Rubén Darío y la España de hoy, de ayer, de siempre... Será la mejor culminación del gran hecho histórico que nos ha convocado en Sevilla.
 

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