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Informe sobre los
libros de estilo
Milagros Sánchez Arnosi.
Universidad Complutense. Madrid |
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Como ha señalado el profesor
Lázaro Carreter, los modelos lingüísticos de nuestra sociedad no son los grandes
escritores, sino la prensa, la radio y la televisión. Esto significa que la influencia de
los medios de comunicación sobre el destinatario es mucho mayor y, sobre todo, más
rápida. El periodista tiene una autoridad decisiva sobre un lector que, en general, no se
cuestiona el uso que el profesional hace del lenguaje. Al contrario, arrobado y
magnetizado ante la letra impresa, el lector no sólo admirará al periodista, sino que
reproducirá su forma de escribir.
Es esa particular forma de escribir la que ha levantado voces de alarma y alerta, hoy más
pertinaces que nunca. La actual insistencia sobre el mal uso y el empobrecimiento del
lenguaje «Caminamos hacia el desfallecimiento del estilo», ha señalado Manu
Leguineche es lugar común. Las quejas de profesionales, lingüistas, académicos,
profesores y lectores así lo demuestran, y es que, como sostenía Fray Luis de León, «el
arte de escribir es negocio de particular juicio». Hoy la queja de Larra: «En este país
no se sabe escribir» es de intensa actualidad. Casi todo el mundo sostiene que son los
medios de comunicación los que adulteran el modelo de lengua común. Algunos
profesionales así lo reconocen: «Nunca en los periódicos han escrito tantos y tan mal»
(Cándido). Hasta tal punto esto parece ser cierto que hoy decir lenguaje periodístico e
inconsistencia son sinónimos.
Es verdad que la prensa ha contribuido a neutralizar los niveles de lengua, reduciendo en
ese modo las exigencias lingüísticas de los españoles. No en vano Lázaro Carreter ha
afirmado que «estamos en un momento de insensibilidad idiomática». El deterioro es
general y todos somos responsables de él, pero al periodista, por ser un intermediario
directo que ejerce un fuerte impacto sobre el ciudadano, hay que exigirle más
responsabilidad lingüística. Se ha dicho que el lenguaje periodístico se usa mal por la
prisa, cuando en realidad es debido a la falta de asimilación y a la falta de un buen
aprendizaje lingüístico. La rapidez no debe prevalecer sobre el estilo, y ni mucho menos
el periodista ampararse en ella para justificar la expresión errónea, desacertada e
incorrecta, o la incongruencia gramatical.
Son evidentes las carencias y malos usos lingüísticos de la lengua periodística:
reiteraciones de términos, incomprensión de determinadas acepciones, uso de
extranjerismos innecesarios, cambios de género, empobrecimiento léxico (así, el
anglicismo «especular» ha eliminado formas como «conjeturar», «hacer suposiciones»... ), uso de barbarismos («las leyes contemplan», no «disponen»), puntuación
incorrecta y caprichosa, uso impropio de preposiciones, tendencia a la nominalización,
hinchazón y pomposidad lingüística, y un largo etcétera.
Los manuales de estilo tratan de suplir ese vacío. Constituyen una herramienta útil y
didáctica, sólo en algunos casos, para el periodista. Es evidente que si existen
manuales de estilo es porque algunos profesionales no utilizan adecuadamente la lengua.
Queda claro que el periodista la distorsiona, simplifica la sintaxis y puntúa mal, pero
nadie debe creer que estos Manuales enseñan a escribir, ya que, como sostiene el profesor
Martínez Albertos, «un libro de estilo es un conjunto de normas internas de cada
periódico que establecen un modelo genérico de cómo debe escribirse en particular para
ese medio informativo». Todos se apoyan en la gramática pero es de esperar que los
periodistas la conozcan. En general, dan normas relativas al uso de mayúsculas,
abreviaturas, siglas, gramática, ortografía, léxico, listas de gentilicios, de
gobernantes y políticos, transcripción de topónimos e incluyen también un diccionario.
Resuelven algunos problemas y dudas urgentes del lenguaje periodístico uniformando
ciertos usos. Contribuyen a mejorar la calidad expresiva del periódico. Hacen referencia
a su condición de obra abierta y flexible, porque la lengua es algo en perpetuo cambio.
Gracias a ello revisan criterios y acepciones. Previenen contra errores lingüísticos y
señalan los defectos más frecuentes. Coinciden en afirmar que las normas lingüísticas
van encaminadas a la objetividad, neutralidad e imparcialidad de la noticia. Recogen los
principios específicos del periódico. Tratan de mejorar la lengua porque son conscientes
de que los periódicos influyen decisivamente en el ciudadano. Son un modo de controlar
los abusos de los profesionales y coinciden en señalar que el lenguaje periodístico debe
ser claro, conciso y correcto.
Pero presentan un peligro señalado por Raúl del Pozo: «convertir al periodista en un
amanuense guiado por control remoto», y graves carencias ya que nada dicen de la
ampulosidad, del énfasis con que a veces se describen los hechos para compensar el
desgaste expresivo, de la tendencia a la nominalización, de la falta de nexos
conjuntivos, de la abundancia de complementos prepositivos y de adverbios usados como
meros enlaces, de la tendencia a usar giros complejos de fácil sustitución por otros
más usuales y expresivos, y de la propensión, señalada por Luis Núñez Ladeveze, al
mimetismo lingüístico.
Hay que decir también que los libros de estilo no llegan a acuerdos;
así, sobre el término caddie, el manual de El País
aconseja traducirlo por «ayudante», mientras que el de EFE y el borrador
de «ABC» recomiendan mantener la palabra inglesa, pero escrita entre
comillas. El manual de EFE propone escribir Gadafi, pero El
País y La Vanguardia aconsejan escribirlo con doble d. En otros casos, unos
manuales no aclaran usos incorrectos de reiterada aparición y otros la ignoran, como
sucede con la palabra mandatario. EFE aclara el significado y explica su uso correcto;
La Vanguardia recomienda no usarla como sinónimo de gobernante, pero no explica
por qué; El País no registra el vocablo, mientras que sólo el borrador de
ABC,
además de aclarar su significado, aconseja el uso de dignatario. Sólo
ABC
censura el uso de dramático por espectacular y ningún manual el empleo de
consultaciones por consultas. Tampoco los mencionados manuales comentan que, por
ejemplo, el verbo priorizar no existe en castellano, o, por señalar un último caso,
únicamente el borrador de ABC explica que es incorrecto el uso de
bilateral como
sinónimo de recíproco. |
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La afirmación de Luis Núñez Ladeveze: «Las diferencias que se perciben en los
manuales de estilo se basan en el hecho de que hay variaciones en su uso», no debe
hacernos pensar que sea buena la falta de acuerdo a la hora de elegir una solución
idiomática. Sí sería deseable una total puesta en común de todos los periódicos que
han elaborado un libro de estilo, con el fin de unificar criterios, mejorar la lengua en
la prensa escrita, contribuir de manera conjunta al decoro del idioma y, en definitiva, a
una mejor competencia lingüística. Como dice Fernández Beaumont, «el cuidado por la
lengua tiene que ser un acto de consenso para que su buen uso tenga posibilidades de
éxito».
El manual de la Agencia EFE fue el primero en plantearse con rigor una realización
concreta sobre normas de estilo. A diferencia de otros manuales, tiene como principal
objetivo la defensa del idioma castellano frente a la invasión de extranjerismos y
justifica su existencia «por la necesidad de normalizar el lenguaje ante el deterioro
progresivo que está sufriendo el idioma». Además, a diferencia de otros manuales,
proclama su deseo de contribuir a la defensa y unidad del español en todos los países de
habla hispana, e insiste en su deseo de resolver los problemas que plantea a los
profesionales la adopción del neologismo para evitar su invasión indiscriminada. Es por
lo tanto, un manual que tiene en cuenta a toda la comunidad hispanohablante; es el más
difundido y el que cuenta con un equipo heterogéneo formado por filólogos, académicos y
profesores de Ciencias de la Información. Al tener como fin prioritario el mantenimiento
de la unidad del idioma, da criterios uniformes sobre el uso del neologismo. Es contrario
a la neutralización del estilo como sinónimo de insipidez y no justifica los desmanes
lingüísticos por la urgencia informativa. Defiende el uso del lenguaje «estándar culto
de carácter instrumental» y, aunque sigue la normativa académica, no duda en tomar
decisiones acerca de términos sobre los que la Real Academia Española no se ha
pronunciado. A diferencia de otros manuales, trata exclusivamente de normas gramaticales y
léxicas, y es el único que incluye bibliografía básica.
El libro de estilo de El País queda definido con las siguientes palabras de
Juan Luis Cebrián: «No es una gramática, ni un diccionario al uso. Es simplemente un
código interno de una redacción de cualquier medio informativo que trate de unificar
sistemas y formas expresivas con el fin de dar personalidad al propio medio y facilitar la
tarea del lector en el caso de los periódicos».
El País cuenta con un defensor de los lectores que atiende quejas y sugerencias, a la
vez que garantiza que se observen las leyes profesionales contenidas en
su Libro de estilo. En su concepción estilística tienen más peso las razones ideológicas, de
ahí que suprima expresiones como «el día de la raza». Sus normas son de obligado
cumplimiento para todos sus redactores y asume funciones no sólo lingüísticas, ya que
ha fijado su personalidad con unas orientaciones definidas. Su objetivo principal es
«defender a los lectores del sensacionalismo, amarillismo y corporativismo de los
profesionales». Las normas generales que da sobre el uso del idioma están más
simplificadas y son más escuetas que, por ejemplo, El manual de la Agencia EFE.
El libro de estilo de La Vanguardia se define como un manual que «además de
los problemas de ortografía, morfología y gramática, tratados desde la perspectiva
periodística, incluye también los textos básicos para la orientación general del
diario». Incluye, pues, principios editoriales, normas generales de redacción y aspectos
gramaticales. Su novedad estriba en la importancia que concede a la normativa sobre el uso
de lenguas no castellanas, profundizando en el uso escrito del catalán.
El Manual de estilo de La Voz de Galicia, obliga también a todos los
redactores y colaboradores del periódico. Está estructurado en grandes bloques, de ellos
el de más extensión y consideración es el que se refiere a maquetación, mientras que
el dedicado a aspectos gramaticales es demasiado breve. Hay que destacar, sin embargo, que
al ser un periódico que busca la facilidad de lectura y comprensión, recomienda «la
utilización de una sintaxis sencilla y eludir lenguajes especializados a los que pueda
ser ajeno el lector». Reconoce el carácter oficial de la lengua gallega y recomienda su
uso en algunos casos, debido a lo cual incorpora una lista de errores más frecuentes en
gallego.
Por último mencionaré el borrador de ABC ya que está a punto de publicarse. En
su introducción se afirma que «pretende ser un recordatorio de las normas básicas de la
gramática y del estilo periodístico en español». Reconoce que los periódicos
perpetúan errores gramaticales y trata, no sólo de identificarlos, sino de evitarlos. Su
estructura es muy clara y didáctica. Al ser el de redacción más reciente (junio de
1992) amplía aspectos tan importantes como: errores de léxico, grafías dudosas, lista
de gentilicios españoles y extranjeros, lista de monedas, siglas, abreviaturas y
organizaciones internacionales.
En conclusión, podemos afirmar que los libros de estilo son una herramienta útil, pero
no exclusiva, para mejorar el uso del lenguaje escrito en la prensa. Debido al dinamismo
lingüístico y a la urgencia informativa, es necesario un acercamiento entre académicos,
lingüistas y periodistas, un consenso común entre todos ellos, una mayor exigencia
estilística entre los profesionales, un mayor asesoramiento lingüístico y una mayor
conciencia de los errores idiomáticos, con el fin de que los profesionales de la prensa
escrita no se conviertan en «prevaricadores del lenguaje». Hay que recapacitar
constantemente sobre el uso de la lengua para frenar el deterioro de la misma, ya que,
como se ha dicho, «un periódico bien escrito es la mejor escuela para el buen uso de la
lengua».
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