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Mesa redonda
Antonio Guerrero Troyano.
Director de El Correo Español-El Pueblo Vasco. Bilbao |
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Es significativo y consolador que tantos y tan brillantísimos actos celebrados aquí en
Sevilla con motivo del V Centenario y de la Exposición Universal culminen con este
Congreso de la Lengua Española que es, con la Fe en Cristo, el gran legado español que
permanece y se acrecienta, no sólo en la veintena de naciones que la tienen como idioma
oficial, sino también en esa creciente e impresionante legión de seres humanos de todas
las razas y países que hablan español y que el Universal Almanac de 1992 cifra en
320 millones de personas (1). Ante este grande y
brillantísimo concilio universal sobre la lengua que se reúne en la universal Sevilla,
se removerán gozosamente en su tumba las cenizas de aquel Antonio Martínez de Cala,
paladín del humanismo renacentista español, a quien recordamos como Elio Antonio de
Nebrija, autor hace también 500 años de la primera Gramática de la
Lengua Castellana.
Agradezco a los organizadores de este Congreso, a sus auspiciadores y coordinadores, la
oportunidad que han querido brindarme para comparecer, desde la humildad, en este apartado
del Congreso dedicado a la lengua española y la prensa escrita.
Dirijo un veterano y curtido periódico de Vasconia que ha cumplido ya 80 años y que
aúna en su propio titular, sin traumas y sin melindres, la gozosa conjunción de lo
español y de, lo que, por vasco, es triplemente español: El Correo Español-El
Pueblo vasco. La Vasconia entrañable es, queridos amigos, como ya recordó y
remachó Claudio Sánchez Albornoz, la abuela gruñona y tozuda de España
(2). De sus confines occidentales partieron un buen día aquellos adustos
y aguerridos foramontanos a quien el bueno y admirable Víctor de la Serna atribuyó nada
menos que la maravillosa y admirable empresa de engendrar España. En sus confines surorientales, en las tierras de San Emiliano que llaman de la Cogolla, sonó hace más de
mil años, el vagido primero del castellano escrito, hermanado premonitoriamente con el
latín que se iba y el euskera que permanece. Por lo que sé, sus majestades los Reyes,
que honran con su presencia esta magna asamblea sevillana sobre la lengua española,
estarán también, dentro de unas semanas, en el Suso y en el Yuso de San Millán de la
entrañable Rioja a cuyas veras, además del castellano escrito nació el clérigo
benedictino de nombre Gonzalo de Berceo, primer poeta conocido que versificó en
castellano.
Ahí es nada, queridos amigos: un viejo y arisco rincón al borde del nebuloso Cantábrico
que, cuando vuelve su mirada al sur, contribuye decisivamente al nacimiento de España y
mezclando latín y euskera, barrunta y alumbra y por escrito, un idioma
distinto y singular con el que inmediatamente comenzaría el pueblo a «fablar a su
vecino» y con el que nos entendemos y rezamos hoy más de 300 millones de personas.
Este idioma, esta lengua, de la mano esta vez del México entrañable, ha protagonizado de
nuevo la Feria Internacional del Libro de Frankfort, considerada como la más importante
del mundo y clausurada hace tres días: 8 236 expositores; editoriales de 103 países, 350
000 libros... Si no el paraíso de Borges, que lo imaginaba como una gran biblioteca, sí
al menos la antesala del paraíso. España ha acudido a Frankfort con 327 expositores
pese al momento crítico de su industria editorial y México, que se expresa
también en español, con 165, 12 000 libros y medio centenar de escritores encabezados
por el «Nobel» Octavio Paz. Cifras y datos gozosos (3),
evidentemente, para cuantos entendemos que el libro es un vehículo de cultura y,
naturalmente, un propagador del idioma.
Y, sin embargo... 43 895 títulos inundaron durante 1991 las 4 000 librerías de este
país nuestro, en donde el 42% de la población no lee ni un solo libro al año (4). Es más, según datos de una encuesta realizada por
el Ministerio de Cultura y divulgados el pasado mes de mayo, el 53% de los encuestados
confiesa no haber comprado nunca un libro.
La encuesta (5) evidenciaba, por demás, una
preocupante tendencia nacional al abandono de la lectura: los que leían libros a diario
eran el 25% en 1988 y fueron el 18% en 1990.
Las carencias y limitaciones que revelan estas cifras y que deberían actuar como
revulsivo para todos los implicados en una necesaria tarea de regeneración cultural
que implica también el uso correcto y el disfrute de nuestro hermoso idioma
abona la tesis del maestro Lázaro Carreter, certeramente recogida aquí por Milagros
Sánchez Arnosi, según la cual los modelos lingüísticos de nuestra sociedad no son los
grandes escritores sino la prensa, la radio y la televisión, es decir, los medios
informativos con audiencias millonarias. Y digo «audiencias» y no digo «difusión» por
lo que a la prensa se refiere, porque en este aspecto y a escala nacional, nos movemos
todavía en límites próximos al subdesarrollo. Estima, en efecto, el último informe de
«Fundesco» sobre Comunicación Social, presentado en Madrid el pasado 16 de septiembre,
que la prensa española alcanzará en 1992 una difusión conjunta de 4,08 millones de
ejemplares diarios equivalente a los 105 ejemplares por cada mil habitantes (6). Si estas estimaciones se corresponden con la
realidad y yo soy algo más pesimista, habremos superado por primera vez en la
historia el índice considerado por la UNESCO como de subdesarrollo de lectura de prensa
100 ejemplares por cada mil habitantes aunque estaremos todavía muy lejos de
la media europea (232 periódicos por cada 1 000 habitantes) y no digamos de la media
habitual de países como Japón o los nórdicos de nuestra propia Europa.
En cualquier caso, según los datos de la segunda ola del Estudio General de Medios
(mayo-junio 1992), la prensa española tiene 10 766 000 lectores diarios
(7), El Correo Español-El Pueblo vasco, periódico al que
represento aquí, contribuye a esa cifra con 551 000 lectores el quinto de España
de entre los de información general, y el conjunto de los siete periódicos que
constituyen el Grupo El Correo, con 1 820 000 lectores y una difusión de 425 000
ejemplares diarios.
La mención de estas cifras no tiene intención distinta a la de avalar la enorme
responsabilidad colectiva que nos concierne a los periodistas y a los medios en ese buen
servicio a la sociedad que sintetizó el otro día el maestro Camilo José Cela (8) en su «dodecálogo» de los «Deberes del
periodista», expresado con ocasión de la Asamblea de la Sociedad Interamericana de
Prensa celebrada en Madrid. Resumía Cela, en definitiva, las «generales de la ley», y
entre ellas y como décimo precepto la necesidad de «escribir siempre con la
máxima sencillez y corrección posibles y un total respeto a la lengua». «Si es
ridículo escuchar a un poeta en trance apostilla don Camilo, ¡qué
podríamos decir de un periodista inventándose el léxico!».
Ya decía Berceo, ya para ocho siglos, que «escribir en tiniebra es un mester pesado».
Ni la presura ni la madrugada constituyen, sin embargo, excusas para justificar la
expresión periodística errónea o la incongruencia gramatical. Comparto en este sentido
lo que ha afirmado antes Milagros Sánchez Arnosi, pero discrepo cariñosamente en eso de
que los llamados «manuales» o «libros de estilo» se hayan establecido porque «algunos
profesionales no utilizan adecuadamente la lengua». Quod natura non dat, Salmantica
non prestat: la formación literaria y gramatical del periodista que ha de traducirse,
como mínimo, en el empleo correcto del idioma y como máximo en emplearlo, incluso
con brillantez no será nunca fruto exclusivo de los «masters» de Periodismo, ni
de las Facultades de Ciencias de la Información, ni de la aplicación rigurosa de los
«manuales de estilo». Esto hay que mamarlo en ubres mucho más elementales y lejanas,
comenzando por la mismísima escuela primaria, continuando por el bachillerato;
restableciendo aquel viejo principio según el cual no era concebible un universitario con
faltas de ortografía, y apoyando todo ese largo proceso formativo con muchas horas de
biblioteca y de lectura. Y si es bueno llegar al periodismo habiendo leído traducciones u
originales de Truman Capote y otros divos del periodismo anglosajón tan propiciados en
nuestras facultades de Ciencias de la Información, sorprende dolorosamente que las nuevas
generaciones de periodistas, con las excepciones que se quieran, desconozcan la prosa de
aquellos maestros que, brillando en la mera crónica periodística, brillaron también y
están incorporados a la historia de nuestra mejor literatura: estoy recordando a Azorín,
a Wenceslao Fernández Flórez, a Julio Camba, a Víctor de la Serna, a César González
Ruano... Estoy recordando, aunque sea francés, a Raymond Cartier, del que existen muy
cuidadas traducciones y a cuya memoria rindo la admiración de un periodista veterano a
otro gran periodista fallecido ya, que aunó como pocos la concisión periodística y la
elegancia literaria.
No se pide un imposible cuando se aboga por una unificación de criterios entre los
medios con «libros de estilo» para contribuir en común al decoro del idioma. Tampoco lo
sería, posiblemente, que hurgando en sus propios archivos, esos medios pudieran alumbrar
de consuno o separadamente, un selecto ramillete de sus mejores páginas, de sus mejores
crónicas; de lo que sembraron, en definitiva, aquí y acullá decenas y aun cientos de
periodistas muchas veces olvidados y cuyo estilo, a mi juicio por lo menos, sigue
constituyendo la mejor escuela y el libro mejor para mejorar el estilo de los periodistas
y de los periódicos de hoy.
Porque insisto y concuerdo con Milagros los libros de estilo no sustituyen al
diccionario; el libro de estilo no es un manual de gramática: el libro de estilo no
enseña a escribir. El que rige en El Correo Español-El Pueblo Vasco fue gestado
a lo largo del año 86, cuando nuestra difusión media diaria había sobrepasado ya
holgadamente los 100 000 ejemplares y llevábamos 75 años compareciendo ante los lectores
y siendo crecientemente aceptados por ellos. Antes del libro de estilo, creo que hacíamos
un periódico aceptable y después del libro de estilo creo que lo seguimos haciendo.
¿Por qué, entonces, un «libro de estilo» para un periódico que ha vivido 75 años sin
él? Porque ya no somos diez redactores, sino un centenar; porque ya no editamos diez o
doce páginas diarias, sino, en ocasiones, sumadas nuestras siete ediciones, más de
doscientas; porque el veterano y casi único canal informativo externo de antaño que era
la Agencia EFE, hogaño se ha multiplicado por veinte: tal volumen y tal diversidad
imposibilitan el cuidado meticuloso y personal que dedicaban a los contenidos los viejos
directores y los viejos redactores-jefes. La técnica de las computadoras y las pantallas
ha multiplicado, por otra parte, las posibilidades de las antiguas cajas y las antiguas
linotipias. Los viejos confeccionadores que decidían a pie de platina títulos y
formatos, son hoy, en no pocos periódicos, auténticos departamentos de diseño,
condicionados por una normativa previa que, de no ser flexible, puede abocar a lo que
algunos maestros han definido como la «tiranía del diseño», supeditando el fondo
periodístico necesariamente cambiante y distinto cada día a la rigidez de formas
preconcebidas.
Para unificar en lo posible tanta y tan amplia diversidad, para armonizar las formas, para
racionalizar, siquiera parcialmente, el uso de las múltiples siglas que nos invaden y, en
nuestro caso concreto, para establecer algunas normas elementales sobre el uso del euskera
en un periódico que se escribe en castellano pero que sirve a una comunidad parcialmente
bilingüe y que está comprometido también en la conservación y promoción del milenario
idioma de Euskalerría, se preparó en mi periódico un Libro de estilo que, desde
luego, no es perfecto y que, como la Constitución, prevé en su propio articulado la
posibilidad de su modificación. Por cierto, que ahora habrá de ser modificado, y no en
razón de los cambios ortográficos admitidos por la Academia, ni en razón de la amplia
terminología técnica o popular incorporada al último Diccionario de la Real
Academia Española. Habrá de hacerse esa modificación en virtud de un nuevo
diseño, de una nueva apariencia externa que, con el estreno de una nueva rotativa, será
realidad a lo largo de 1993. De donde se deduce, una vez más, que ni éste ni
posiblemente ningún libro o manual de estilo, quizá con la excepción del Manual de
la Agencia EFE, tienen como propósito fundamental la dignificación del idioma, aunque
tampoco excluyan esta noble tarea.
La infatigable campaña del maestro Lázaro Carreter contra los desmanes idiomáticos en
los medios de comunicación, realizada con buenas dosis de humor, implica una constante y
razonable denuncia que aunque afecte más, a mi juicio, a los medios orales, no ignora que
son los escritos porque lo escrito permanece y porque lo escrito en los periódicos
llega a millones de personas cada día los que influyen más en la conformación del
idioma. Ha propugnado don Fernando Lázaro en el V Congreso Mundial de la Federación
Iberoamericana de Periodistas (9) una acción
conjunta de los medios de comunicación en defensa del idioma y que sea la Real Academia
de la Lengua quien se encargue de coordinar el propósito. Es deseable, desde luego, que
cuando «se está pasando del periodismo como sucursal de la literatura al periodismo como
variante de la oralidad menos trabajada» en palabras de ABC (10) se pase también de la denuncia a la
acción. Puede intentarse, desde luego, que los diferentes libros de estilo existentes en
los medios españoles, aúnen criterios de léxico y de gramática bajo los
auspicios de la propia Academia para mantener y defender la pureza del idioma; pero
eso sería, en todo caso, un remedio muy parcial y limitado: porque ni tienen
libro de
estilo sino muy contados medios españoles, ni los libros de estilo», como vengo
tratando de demostrar, están concebidos exclusivamente para la defensa del idioma, acaso
con la excepción de la Agencia EFE, como dije antes, cuyos condicionamientos técnicos no
son, por otra parte, los propios de un periódico.
Los manuales de estilo conllevan, finalmente, un riesgo apuntado por no pocos
profesionales: en frase de Raúl del Pozo, también citada por Milagros, el de «convertir
al periodista en un amanuense guiado por control remoto». Si el periodismo es algo vivo y
cambiante como lo es la realidad y como lo es el propio idioma, pienso que perderá tanta
viveza y tanta más espontaneidad cuanto más se someta al periodista y a los periódicos
a normas rígidas que, en el aspecto concreto del lenguaje, pueden, en vez de
enriquecerlo, contribuir a envejecerlo y momificarlo. Quizá por eso, las normas de los
libros de estilo no rigen en general para los colaboradores y aún menos para los
colaboradores de acreditada formación literaria.
Hubo un tiempo en que, además de la oportunidad de la noticia, se valoraba incluso
popularmente y no sólo en círculos selectos la calidad literaria de los
contenidos de casi todos los periódicos españoles. Se correspondió, ese tiempo, más o
menos, con aquel en que los foros políticos eran también escuela de brillantísima
oratoria. Entre aquellas alturas de un ayer ya lejano y las chabacanerías idiomáticas
que nos invaden hoy, pese a tantos esfuerzos en lo contrario, pienso que hay un término
medio que es, como mínimo, expresarse con corrección. Es fácil decirlo. Pero, huyendo
de fórmulas simplificadoras, habrá que actuar en muchos campos desde el parvulario
a la Universidad para lograrlo.
Registro personalmente esa insatisfacción que es ya costumbre como signo de permanencia
de la vocación periodística: todo periodista de vocación está, a mi juicio,
permanentemente insatisfecho de su propia obra, considerando que su tarea es siempre
perfectible. Nos convencemos a diario de que, aunque lo hagamos bien, podemos hacerlo
mejor. Y esto, por lo que se refiere a los medios escritos, alcanza también
el léxico y
la expresión literaria. Estoy seguro que esta convicción, posiblemente compartida por
muchos profesionales, será también un acicate permanente para que podamos ofrecer a los
lectores, además de buenos periódicos, periódicos bien escritos.
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Notas:
- The Universal Almanac 1992. Edición de John W.
Wright. Kansas City. pág. 315.
- Claudio SÁNCHEZ ALBORNOZ, España, un enigma
histórico. 3.ª ed., Ed. Suramericana, Buenos Aires, 1971. Tomo II, cap. 16

-
El Correo Español-El Pueblo Vasco, 30 de septiembre
de 1992, pág. 46.
- Datos del diario
ABC. Octubre, 1992.
- Datos de una encuesta del Ministerio de Cultura, recogidos
por El Correo Español-El Pueblo Vasco, número del 31 de mayo de 1992.
- «Fundesco». Informe anual «Comunicación social 91-92.
Tendencias». El País, 17 de septiembre de 1992.
- Datos recogidos en
Noticias de la Comunicación, núm.
61, 14-20 septiembre de 1992.
- Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa
(SIP). Intervención de Camilo José Cela, Dodecálogo,
recogido por Deia, 30
de septiembre de 1992, última página.
- Madrid, 5 de octubre de 1992. Referencias en
ABC y en
El Correo Español-El Pueblo Vasco, del 6 de octubre de 1992, pág. 47.
-
ABC Ovidio, en «Zigzag», 6 de octubre de 1992.
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