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LA LENGUA ESPAÑOLA Y LA PRENSA ESCRITA

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Mesa redonda
Clara Eugenia Lázaro. Diario ABC


Estoy totalmente de acuerdo con las palabras pronunciadas por la profesora Milagros Sánchez Arnosi sobre los manuales de estilo. Conozco los textos de los medios españoles aquí representados, pero ustedes, con la excepción de nuestra ponente a la que hemos enviado una fotocopia, no conocen el de mi periódico, el ABC, puesto que aún no se ha publicado. He de decir que se editará en breve y que, naturalmente, no difiere demasiado de los demás.

Como dice nuestra introducción, nuestro manual está dividido en tres apartados. El primero se ha estructurado en cuatro capítulos que versan respectivamente sobre aspectos ortográficos, recomendaciones gramaticales, normas de redacción y estilo propias de ABC —entendido el estilo también como el tono general y la conducta informativa— y, por último, las instrucciones sobre la presentación técnica de originales, obligadas para asegurar la uniformidad visual del diario.

El segundo apartado es un léxico —en cuya elaboración he participado con verdadero placer— y en él se ordenan por orden alfabético numerosos términos de empleo y grafía dudosos y otras muchas expresiones tópicas de las que conviene depurar el estilo periodístico. En el final del manual hemos incluido un apéndice con informaciones prácticas —topónimos extranjeros y su correspondencia en castellano, gentilicios españoles y extranjeros, diferencias horarias, unidades monetarias, etc., etc.—, cuya consulta evitará laboriosas o estériles indagaciones en fuentes a menudo dispersas.

Las prescripciones del manual de ABC son de obligado cumplimiento para todos los redactores del periódico y su recomendación encarecida para sus colaboradores.

Por supuesto, no estimamos que sea el único aceptable ni el mejor. Ya se ha mencionado aquí que el idioma es algo vivo y cambiante y que el estilo periodístico ha de ajustarse a estos cambios, por lo que con frecuencia se han de modificar normas lingüísticas, criterios, etc. Por ello, nuestro manual no es un repertorio de instrucciones que persiga la perennidad. Es más bien un esfuerzo unificador que habrá que ir transformando a medida que vaya siendo necesario.


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Pero, he de añadir que, aunque considero los manuales de estilo prácticos para nuestros respectivos medios, soy escéptica en cuanto a su eficacia y ello por dos principales razones:

— No hay uniformidad en la solución de problemas que a todos se nos han planteado, como los referentes a transcripciones, traducciones, aceptación o no de neologismos, etc.

— Porque la competencia lingüística de algunos redactores (podemos afirmar lo mismo de muchos licenciados en otras carreras) no es la que debe corresponder a un español con título universitario.

Este escaso y, a veces, deficiente conocimiento de nuestro idioma, e incluso el poco aprecio por su correcto uso son imputables a nuestro sistema docente, desde la Escuela Primaria hasta la Universidad, pasando, por supuesto, por el Bachillerato. Soy profesora de Lengua y Literatura españolas en un Instituto madrileño y hablo desde mi experiencia como tal. También son imputables al uso que de nuestra lengua se hace en todos los medios de comunicación, que son los que en la actualidad enseñan español (la labor de los profesores es muy poco eficaz comparada con la de los mass-media, sobre todo la radio y la televisión, ya que como todos sabemos, en nuestro país se leen pocos periódicos).

Y este poco aprecio por nuestro idioma junto con su escaso y deficiente conocimiento conducen a esos redactores de los que hablábamos (insisto en que podría referirme a muchos otros profesionales) a no dudar de su conocimiento idiomático, a no consultar los diccionarios, a no preguntar a los lingüistas, posiblemente, a no abrir el manual.

En el diario ABC intentamos paliar este enorme problema que en ocasiones se nos plantea y para el que todavía no hemos encontrado la solución perfecta, con un equipo de filólogos que trabajamos todas las tardes junto a los periodistas. Leemos sus artículos casi inmediatamente después de ser redactados y corregimos todos los errores que encontramos sean del tipo que sean. Las correcciones «entran» en la segunda edición, que es la de Madrid, pero no en la primera por falta de tiempo, aunque estamos intentando solucionar este asunto. Estoy segura de que lo conseguiremos.

Siento haberles castigado a ustedes con mi escepticismo, aunque les aseguro que no hay desánimo en mis palabras. Todos tenemos que trabajar más, pero tenemos que hacerlo todos juntos. El Ministerio de Educación debe colocar nuestro idioma en el lugar que realmente tiene que ocupar en nuestra formación —no hay que olvidar que es el único instrumento que poseemos para pensar— y nosotros, los medios de comunicación, tenemos que seguir preocupándonos de su correcto uso puesto que estamos enseñando a hablar y a escribir. Para ello, y aprovechando esta inmejorable oportunidad, solicito la ayuda y colaboración de la Real Academia Española y le pido que lleve cuanto antes a la práctica su idea de reunirse con los medios de comunicación para elaborar entre todos, y bajo su coordinación, un conjunto de normas lingüísticas específicas para el lenguaje periodístico, es decir, un Manual de estilo para todos los medios de comunicación españoles y, si es posible, también hispanoamericanos.

 

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