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EL ESPAÑOL EN LAS AGENCIAS INTERNACIONALES DE PRENSA

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Mesa redonda
José Luis Iglesias. DPA


Ante todo, permítaseme, en nombre de la Agencia Alemana de Prinsa, agradecer a los organizadores de este Congreso de la Lengua Española la invitación a participar en este coloquio sobre cual es la situación, en las agencias de noticias, de la lengua en la que un marinero andaluz, Rodrigo de Triana, pregonó a los cuatro vientos, hace ahora 500 años, el desembarco de aquella Europa en expansión en aquel mundo nuevo que acabaría llamándose América.

Señalaba Octavio Paz hace muy pocos días, en la inauguración de la Feria del Libro de Francfort, el fenómeno paradójico de que el avance de la educación y la alfabetización en el mundo va acompañado de un creciente desinterés por la lectura. Y yo creo que los periodistas, en aquellos momentos en que difundíamos al mundo el mensaje del Premio Nobel mexicano, lo que menos pensamos fue que el reproche pudiera tener algo que ver con nosotros, pues nosotros, los periodistas, leemos, y además leemos muchísimo. Pero a poco que reflexionemos sobre nuestra labor cotidiana tendremos que reconocer que mucho de lo que leemos es lo que nosotros mismos, o nuestros compañeros de la redacción, o los compañeros de oficio de otras latitudes y otras lenguas han escrito. Lecturas —lo sabemos bien por experiencia— que no son precisamente las más adecuadas para mejorar nuestro léxico y nuestro estilo. Y así ocurre que los periodistas, debido muchas veces a las prisas y otras a una preparación cultural deficiente, producimos auténticos desaguisados idiomáticos. En particular el periodismo de agencia, agobiado siempre por el afán de llegar al mercado de la noticia antes que las otras agencias, es quizá el que mayor riesgo corre de caer en incorrecciones terminológicas y sintácticas.

Los periodistas leemos, pero salvo excepciones creo que no leemos bastante a los grandes escritores, a los buenos ensayistas, a los poetas, a aquellos que tanto nos pueden enseñar sobre el manejo de la palabra. Y esta falta de buenas lecturas se refleja, cómo no, en la pobreza del español que escribimos. Si me atrevo a repetir aquí este reproche general es porque antes ya lo hicieron voces bastante autorizadas. Recordaré, sin ir más lejos, las palabras que en un coloquio semejante a éste, celebrado hace tres años en Madrid, nos dijo a todos, sin ambages ni rodeos, Rafael Lapesa: «El verdadero mal de nuestro uso lingüístico es la incorrección, la chapucería... fomentadas por la prisa y la incultura».

En una agencia de prensa, sometida a las leyes de un mercado de la noticia cada vez más voraz y frenético, la rapidez es fundamental. Pero en aras de esa prisa desenfrenada se sacrifica demasiado a menudo el léxico y la sintaxis. La subordinación a la electrónica, que invade y hasta pretende avasallar la labor informativa, se traduce inevitablemente en toda suerte de desatinos. No descubro nada nuevo si menciono como atentados frecuentes a la sintaxis el alterar el orden lógico de la oración, sin el menor respeto a la inteligibilidad de la frase resultante, el empleo de extranjerismos sintácticos, calcando, de pura ignorancia, construcciones de otro idioma que no existen en castellano, abusar del gerundio a troche y moche, el desaliño en las preposiciones —hay quien escribe como si de no no fuera más que preposición de genitivo— y otras barbaridades de mayor o menor calibre.

El caso es que muchas de estas incorrecciones podrían corregirse si el periodista se fijase más en el uso del idioma que hace el destinatario de su producto, el lector normal y corriente, o el oyente no contaminado por las jergas del asfalto. Escuchar un diálogo entre dos pastores de Soria —valga el tópico— puede enseñarnos más sobre el buen uso de las preposiciones, o del gerundio, que muchos manuales de estilo.

Otro tema, al que sólo voy a aludir de pasada, es la inquina que los comisarios del idioma quieren que los periodistas le tengamos al adjetivo, sobre todo en las agencias de prensa, en aras de esa pretendida objetividad informativa, que muchas veces sólo esconde pereza mental, cuando no cobardía para llamar al pan, pan y al vino, vino. La proscripción del adjetivo puede no ser más que una falacia. Y, si no, que alguien me diga si el empleo de sustantivos de uso y abuso diario, por ejemplo cuando la noticia distingue entre «terroristas» y «fuerzas del orden», no oculta a veces bastante más carga ideológica que el adjetivo menos ponderado.

Aun a riesgo de prolijidad, me creo obligado a mencionar aquí dos «modas» que a mi juicio están empobreciendo y afeando el español de las agencias y, como consecuencia directa, el lenguaje de los diarios, los receptores de las notas de agencia, que muchas veces publican los despachos tal como les llegan, sin corregir siquiera errores de bulto.

Una de estas modas es la invasión del su, que hace que leamos a veces cosas tan pedestres como «los asaltantes robaron su coche», en lugar de «le robaron el coche», como dice, cuando habla, y dice bien, el lector normal y corriente medianamente instruido. Este abuso del posesivo, que suplanta al artículo determinado y además expulsa de la oración el dativo personal, suele achacarse al contagio del inglés de las agencias. Pero yo creo que sería más propio atribuirlo al mal inglés de las agencias, pues en todas partes cuecen habas y si el español de agencia no es precisamente el más pulido, tampoco destaca siempre por su pulcritud el inglés de muchos despachos de agencia elaborados en los más distantes puntos del plantea por personas cuya lengua materna puede no ser el inglés. En todo caso, por mucho inglés que sepamos, debemos saber español suficiente para escribir que «los soldados se pusieron el casco» y no «los cascos» y, mucho menos, «sus cascos». Y que «la joven resultó herida en el ojo derecho», y no «en su ojo», y que «a los gritos de la víctima acudieron los vecinos», no «sus vecinos». E informar de «grupos de alborotadores, algunos con la cara tapada...», y no «con su cara tapada». Esta retahíla de ejemplos tomados al azar podría ser interminable.

Otra moda, espero que pasajera, es la de pretender normar, desde los manuales de estilo, la formación del plural en todos los casos posibles, destruyendo la sana espontaneidad que lleva al hablante de español normal y corriente a hacer el plural en s. Nadie dirá los Péreces ni los Fernándeces, a no se en chistes baratos. Pero, por favor, que no se nos prohiba escribir que «los ladrones se llevaron dos Picassos» —si la inicial ha de ser mayúscula o minúscula, eso parece cuestión de menor cuantía—. Si alguien dice que posee «tres Mirós» se expone a provocar signos de perplejidad en el oyente, que se figurará que ha oído mal.


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Y que no se nos quiera imponer la formación del plural de voces foráneas con arreglo a los cánones de la lengua de que proceden. El desenlace de la polémica —bizantina— sobre si decir fedayines o muyahidines, o emplear el plural árabe in, creo que ya lo anticipó, hace siglos, el espíritu de la lengua en el crisol popular del idioma. La Historia nos cuenta que una de las invasiones musulmanas de España fue la de los benimerines, llamados por los nazaríes de Granada y vueltos a África en el siglo
XIV, tras ser derrotados por los cristianos en la batalla del Salado. La voz popular llamó a aquella gente los benimerines, y zanjó el supuesto problema soberanamente, sin pedir el dictamen de los doctos. A nadie se le ocurrirá, supongo, reprender a los teólogos, que llama serafines a los serafines, aun a sabiendas que el plural hebreo es otro. Ni nadie va a tildar de ignaros a los poetas que se embelesan con los querubines. Mutatis mutandi permítasenos a los periodistas que digamos fedayines palestinos y escribamos muyahidines afganos cuando no creamos oportuno, aunque sólo sea por evitar repeticiones, hablar de guerrilleros islámicos.

¿Qué diríamos si alguien pretendiera de nosotros que hiciésemos el plural de quiosco en turco? Siempre se habló de los pelotaris vascos, y no recuerdo que nadie nos haya mandado hacer el plural en euskera. ¿Y cuál será el plural «correcto» de canoa, que nos llegó al castellano procedente de un idioma indígena americano? Decimos macarrones y sonetos, sin usar el plural italiano en i, y cuando decimos ideas, caligrafías o fantasías hacemos el plural en s, sin acordarnos siquiera que son voces greco-latinas y que el plural en griego o en latín era otro.

Muchas incorrecciones del lenguaje de los medios de prensa, empezando por el de las agencias, podrían eliminarse, o al menos reducirse sensiblemente, si la industria de la comunicación, que a veces parece que su único objetivo es el lucro, no hubiera eliminado a los correctores. Las grandes industrias fabricantes, tanto si tratan de inundar el mercado con el último modelo de televisor, como si producen perfumes, artículos de cerámica o bicicletas saltamontes, destinan sumas elevadas a financiar los controles de calidad, ese riguroso control de salida sin el cual el producto no obtiene el «placet» para ser ofrecido al consumidor sin desdoro de la marca fabricante. Pero en la industria de la comunicación, las grandes empresas periodísticas y las agencias de noticias se permiten el lujo, en un verdadero atentado a la cultura, de eliminar a los correctores, ahorrando justamente allí donde las grandes industrias fabricantes no escatiman esfuerzos, en aras de las calidad. Los responsables de esta cicatería miope de la industria periodística parecen desconocer la diferencia entre gasto e inversión. Invertid en controles de calidad, en correctores dotados de preparación sólida, no es un derroche, es apostar por la cultura. Y creo que apostar por la cultura es una buena inversión. De lo contrario, la falta de correctores hará que todos acabemos, a fuerza de verlo impreso en los periódicos, escribiendo exuberante y exonerar con hache, o atentado en su contra, por ejemplo.

Para terminar, quisiera pedir que los manuales de estilo, que algunos se imaginan que los eximen de saber gramática, recomienden, en cuanto a términos geográficos alemanes, que se escriba Dresden, Hessen y Brandenburgo (o Brandemburgo), pues no hay ninguna razón válida para mantener grafías erróneas de origen francés, acomodadas a la fonética de la lengua del país vecino. (De seguir el modelo francés, también habría que decir Breme, no Bremen). Ese descomunal galicismo que es el Canal de la Mancha ya consiguió, hace mucho tiempo, carta de naturaleza en la lengua española. Pero los «Conciertos de Brandenburgo», si no los eliminamos esa segunda ene por imposiciones fonéticas foráneas, yo diría que suenan mejor en la grafía original.

 

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