Centro Virtual Cervantes

Obras de referenciaCongresos de la lengua

Congreso de Sevilla

Inicio



LA LENGUA ESPAÑOLA Y LOS MEDIOS AUDIOVISUALES

Congreso de Sevilla
 

Mesa redonda
Juan Gossain. Director de noticias de RCN. Colombia


Deseo iniciar mi modesta contribución en este afortunado encuentro de periodistas e hispanistas relatándoles un episodio que explica, por sí solo, las recónditas razones que tiene uno, a lo largo de todos estos años, para inquietarse por las relaciones, cada día más complejas, entre el idioma que heredamos y el oficio que ejercemos, sobre todo ahora, cuando se cumplen quinientos años del acontecimiento más importante que tuvo lugar en 1492: la aparición de la gramática de Elio Antonio de Nebrija, a la que acaba de dedicarle un breve y excelente estudio el sacerdote jesuita Manuel Briceño Jáuregui, director de la Academia Colombiana de la Lengua.

Entre todas las ideas, buenas y malas, que se pusieron en marcha para conmemorar estos cinco siglos de la llegada de los españoles a América, la edición dominical del diario El Tiempo, de Bogotá, hizo una singular invitación a sus lectores para que enviaran las palabras que son propias de cada región colombiana, los localismos, los giros singulares, los dichos y locuciones.

Llegaron al periódico centenares de cartas, y cada una contenía, en promedio, setenta palabras diferentes. Venían de valles y cañadas, de las costas ardientes del Caribe o de las negritudes del Pacífico, de ciudades y aldeas, de villorrios y caminos. Había expresiones campesinas, urbanas, de poetas callejeros, de ingenieros de computadores, de jóvenes y ancianos.

A duras penas el periódico encontró la manera de publicar una parte de ellas. Su registro completo sería más voluminoso que la última edición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, y casi tan extenso —si no fuera una exageración macondiana— como el Archivo de Indias.

Para quienes piensan que la abundancia es sinónimo de riqueza, aquel acontecimiento debe ser motivo de jolgorio. Fernando María Castiella, Ministro de Relaciones Exteriores del Gobierno español, en tiempos del general Franco, dijo alguna vez: «Las diferencias que advirtamos entre nosotros, en nuestra lengua común, responden a la rica diversidad que alienta dentro de nuestra unidad lingüística»1. Otros, por el contrario, preferimos creer, con perplejidad, que es un verdadero milagro que todavía podamos entendernos entre nosotros mismos, incluso en nuestro propio país.

No quiero ni imaginarme lo que pasaría si proyectáramos ese experimento colombiano a toda la América hispana, al lunfardo de Buenos Aires, a los indigenismos de Bolivia y Perú, a los nacionalismos del habla mexicana, a los neologismos que están inventando diariamente nuestros parientes en las calles de Miami, Nueva York o Los Ángeles; a la jerigonza de licuadora eléctrica que se escucha en Puerto Rico o Santo Domingo, y al aporte interminable que pueden hacer a esta Torre de Babel castellana los futbolistas españoles, los comentaristas deportivos, las revistas de frivolidades de Madrid, los mesoneros de Sevilla y los que emigran a la Comunidad Europea.

En estos días, a propósito del accidente del avión israelita en Amsterdam, escuché a un trabajador ecuatoriano, que vive en Holanda, hacer esta declaración por la radio: «Nosotros sabimus que algo había pasado al oír la explosión». Esa es, en pocas palabras, la formidable ensalada verbal que se está incubando en las entrañas de nuestro idioma. Es un amasijo sólo comparable a la olla revuelta de las brujas medievales.

¿Rico o abundante?

¿Es la abundancia un sinónimo de riqueza? Hace diez años, en Madrid, tuve el privilegio de conversar sobre este tema con Jorge Luis Borges. El «gran viejo» sostenía que el nuestro es un lenguaje voluminoso, impreciso, abundante, si se quiere, pero no rico. Es decir: abundoso. Como ciertas comidas tropicales, que llenan, pero no alimentan.

Borges ponía siempre un ejemplo magistral: la palabra sueño. Y comentaba que la expresión tener un sueño significa cualquier cosa en castellano: ganas de dormir, haber tenido una pesadilla, tener una ilusión en la vida, alimentar una ambición.

El becerro de oro

Todavía esta fresca la tierra sobre la tumba de Borges, y ya los medios informativos de habla castellana han pasado, como el péndulo de la fábula moderna, de un extremo al otro, del follaje al desierto. No se sabe cuál de las dos alternativas es peor. La única ruta posible, en el lenguaje periodístico, está en la belleza de la sencillez. Juan Ramón Jiménez lo dijo en un verso hermoso, que debería inscribirse como consigna en las salas de redacción: Donde puedas decir pájaro; no digas ave...

El periodismo de nuestro tiempo, y especialmente el que se practica con la inmediatez electrónica de la radio y la televisión, está creando ahora, también en la lengua española, un idioma propio, acerado, magro, que expresa los acontecimientos no sólo con la deseada brevedad, sino con tacañería. Ahora se le rinde culto ritual a los hechos. La palabra es objeto de burlas y desprecios y, a medio milenio del descubrimiento de América, no se lo considera ya un elemento sustancial de la información, sino un complemento técnico. Un simple recurso mecánico, como el micrófono o la cámara. Es una derivación, mientras más elemental mejor, de los computadores. Así lo proclaman hoy los exégetas de la tecnología.

Eso, como es natural, nos está conduciendo a un lenguaje periodístico más preciso y menos ambiguo, pero más pobre. Menos donoso, pero paupérrimo. Más exacto y ágil. Lo que pasa es que la agilidad resulta una virtud necesaria para trepar árboles, pero no para escribir o hablar en castellano. Este idioma de ahora, en suma, se parece mucho al lenguaje esquelético de los libros de contabilidad y los talonarios de facturas. Vivimos en la época de la concisión telegráfica.

Por ese camino, que hemos heredado —cuándo no— de la más reciente cultura norteamericana, ha surgido en nuestro periodismo audiovisual un nuevo becerro de oro, al que se le rinde una idolatría pagana. Me refiero a los verbos. Como un advenedizo al revés, que nos mandan del norte hacia el sur sin documentos legales, el verbo ha devenido en la manera fácil y expedita de registrar los hechos.

La lujuria del verbo está de moda en el periodismo electrónico. Nos la imponen, con una voracidad insaciable y colonizadora, los reporteros que viven deprisa y los traductores que, desgraciadamente, ya no cobran por la longitud de su trabajo en las agencias internacionales de noticias.

En nuestros días, como para que sintamos un asombro maravillado y nostálgico los que aún cultivamos el embeleco del viejo idioma castellano, los autobuses de carretera ya no se accidentan, simplemente, como antes, sino que ahora, además, se siniestran. Las bombas de los terroristas, que antes estallaban, ahora explosionan. En medio de la guerra del Golfo Pérsico, cierta mañana, un compañero mío dijo, a través de nuestra cadena radial, que Sadam Hussein resultó impunido durante el conflicto, porque, a pesar de todo, se mantuvo en su cargo.

Uno de los casos más temerarios que conozco ocurrió durante la negociación limítrofe entre argentinos y chilenos, con la mediación papal, por el Canal del Beagle. La Agencia Francesa de Prensa (AFP) escribió, en el más perfecto español macarrónico, que los delegados de ambos países habían inicialado el borrador de un acuerdo. Me devané la mollera tratando de descifrar ese enigma. Acudí en busca de ayuda a varios amigos de Bogotá, que también son aficionados a estas cosas inútiles de la vida, y que ya no me pasan al teléfono porque se creen que me estoy volviendo loco. No me hicieron caso: ellos tienen maneras más provechosas de desperdiciar su tiempo.

Al fin, por el método deductivo que tan buenos resultados le daba a Sherlock Holmes, descubrí lo que el corresponsal en la Ciudad del Vaticano había querido decir: que los comisionados, en señal de aprobación, habían puesto sus iniciales en aquel documento.

Inicialar, con su horrendo origen espurio, es una auténtica joya en el tesoro de la nueva cultura del verbo, que ahora, a diferencia del pasaje bíblico, no se hace carne, sino noticia.

Impresionante tarea tenemos todos los docentes por delante: enseñar a expresarse y a entender bien. ¿Cabe mejor lema para una política educativa?


Subir


Una estética del lenguaje

El verbo-noticia está causando estragos. Es una sangrienta carnicería provocada por la artillería pesada del verbo en las filas indefensas de un sustantivo desarmado, en un adverbio pacifista, en un adjetivo acorralado contra el pelotón de fusilamiento. En la hoguera pragmática de las declinaciones verbales, los periodistas de la radio y la televisión estamos sacrificando el idioma.

De la masacre no se salva nadie. Porque, como el venenoso alacrán que termina mordiéndose su propia cola, el verbo se devora incluso a sí mismo. Es el caso patético de concretar, sustituido malamente por concretizar.

La costumbre nos viene de esa lengua que se escribe y se habla en los Estados Unidos. Es evidente que no vivimos ya en la época del inglés que escribían Shakespeare o Bacon, y ni siquiera del idioma que hablaban los bretones antiguos. Se siente uno pasmado ante la habilidad yanqui para reducir la vida a un verbo. Pero no hay mucho tiempo para el asombro: en estos días supe de la existencia de otros dos verbos, turn to left, que significa ‘doblar a la izquierda’, y cómo no, su inmediato equivalente en contrario: turn to right, que se conjuga para doblar a la derecha.

Es una cosa de locos. Parece que ellos no tuvieran límite posible. Nosotros, los que hablamos castellano, sí lo tenemos, por fortuna. Consiste en un cierto sentido del decoro en el lenguaje, un paladeo, una degustación, un disfrute de la belleza de las palabras.

Esa estética del lenguaje será nuestra salvación, porque si bien es cierto que algunos tenemos la impresión tristonga de que iniciamos el viaje hacia el milenio del descubrimiento de América con la unidad del idioma en peligro de extinción, como algunas especies naturales, también es verdad que esa sensualidad con que nos deleitamos de cada palabra es nuestra arma más formidable para defenderla.

La estética del lenguaje es la que establece la diferencia. Si ella no existiera, y si no alinderara con su espíritu lúdico el talento de la vulgaridad, nuestro universo intelectual y periodístico sería uniforme, de manera tal que los reporteros cubanos de Miami podrían escribir las desventuras del Lazarillo de Tormes, los versos de don Antonio Machado, las transposiciones de Quevedo o las orgías verbales de García Márquez.

Nuestra estética del lenguaje impedirá que, a pesar de todos los esfuerzos perniciosos que hace el verbo-periodismo, terminemos hablando en infinitivos, como Tarzán o como los indios de las películas.

Aunque presiento que no es menester hacerlo ante ustedes, quiero dejar expresamente sentado que no me estoy oponiendo, con estos comentarios, a la evolución del idioma. Ni más faltaba. Nadie puede defender el inmovilismo, ni siquiera el del lenguaje. Pienso, todavía más, que el idioma anda por las calles, descalzo, sonriente, en las polleras de las muchachas y en la música de los campesinos.

Sostengo, por el contrario, que el lenguaje es un carro en movimiento, y cualquier chófer aficionado sabe que a un vehículo en marcha no se le puede poner la reversa.

Lo que reclamo es que se respete una estructura castellana del idioma para podernos entender. El profesor Ignacio Chávez, director del Instituto Caro y Cuervo, de Bogotá, lo expresa adecuadamente: «El problema periodístico del castellano de hoy —dice él— no es el léxico, sino la sintaxis».

Españolismos y americanismos

Con motivo de los quinientos años de América, la BBC de Londres le encargó a Eduardo de Benito una investigación formidable, si que también agotadora y emocionante, sobre lo que ha aportado el Nuevo Mundo a la lengua española. Los resultados de esa tarea, compendiados en doce programas especiales, suscitan admiración y complacencia. Nuestra contribución a la lengua común es fundamental.

Una tarea de similares proporciones emprendieron el año pasado la Fundación Santillana de Colombia y el Instituto Caro y Cuervo, al reunir, en Bogotá el I Encuentro Internacional sobre el Español de América, cuyas ponencias y conclusiones iniciales están publicadas en un primer volumen.

Ambos, tanto De Benito como los especialistas de Bogotá, se formulan la misma pregunta que nos hemos hecho siempre los parientes pobres de América: ¿por qué la Academia Española, cada vez que publica una edición de su Diccionario, marca expresamente las palabras que proceden de territorio americano?

Aquí mismo, en Sevilla, hace pocos días, en el marco de una cordial discusión privada entre cofrades, el ex presidente colombiano Belisario Betancur exigió que en lo sucesivo el diccionario ponga también una señal que diga españolismo, cuando se trate de palabras que sólo se emplean en España.

El profesor Günter Haensch, en su estudio lexicográfico del español de América, considera esa patente discriminación contra el español americano como un ejemplo de que «aún subsisten residuos de ideología eurocentrista y paternalista»2. Haensch, pues, lo considera un asunto «ideológico», es decir, político. Lo confirma una insólita resolución aprobada en el III Congreso de Academias de la Lengua Española, reunido en Bogotá en 1960, hace ya 32 años. Dice textualmente la sorprendente declaración: «... no es procedente la denominación de españolismo para los vocablos cuyo uso se halla atestiguado como general en España, ya que tales vocablos, úsense o no fuera de España, deben considerarse como pertenecientes al patrimonio común de la lengua española».

El profesor Haensch califica de «paternalismo ideológico» esa arbitrariedad. Yo prefiero decir, con más crudeza, que es un acto aberrante de vasallaje cultural, un coletazo arrogante de la colonia, otro manotazo del imperio y la metrópoli.

Para desentrañar este diferendo, la única clave válida es que admitan ustedes, los españoles, que los americanos no somos corresponsales de la lengua castellana; somos coautores de la lengua que ustedes nos dejaron por herencia hace 500 años.

No importa que a veces nos cueste un trabajo monumental entender nuestros propios léxicos: ustedes llaman pitillo al cigarro corto y delgado envuelto en papel, el cigarrillo de los colombianos o cigarrito de Venezuela. En las plazas de mercado de Colombia los vendedores de guarapo llaman pitillo a la pajita que sirve para tomar los refrescos con cierto melindre higiénico.

Los ejemplos son interminables. Voy a citar sólo uno más, porque este juego es divertido. En los altos arrozales del río Sinú, de donde yo vengo y en los parajes soleados del Caribe, en los estadios de béisbol de Cartagena o Barranquilla, la palabra cipote es admirativa y se aplica a lo desmesurado, lo grande, lo que no se puede medir, lo monumental y fuerte. Es, como ustedes pueden ver, un simple adjetivo calificativo. No estoy muy seguro de cometer la perversidad de emparentarlo con el sentido fálico y sustantivo —demasiado sustantivo, aunque no sea un simple sustantivo— que le da Cela en su hilarante y deliciosa historia del pueblo de Archidona.

Somos, en consecuencia, coautores del idioma, y lo pregonamos. Ustedes deben saber que en Bolivia y el Perú hay estaciones de radio que transmiten los partidos de fútbol del domingo por la tarde en dialectos indígenas. Yo no sé cómo se dirá gol en quechua ni tiro de esquina en aimara, pero creo que no hay manera más adecuada de expresar esa alegoría que ahora se llama «el encuentro de dos mundos».

Una reflexión final

Permítanme, al momento de terminar esta ponencia, regresar a lo que me incumbe por vocación y por oficio: el periodismo y el idioma.

Me quita el sueño la idea sobrecogedora de que, por culpa nuestra, de los periodistas, el lenguaje que hablamos y que escribimos se nos vuelva una colcha de retazos, de verbos sin oración, de parloteos sin sindéresis, y entonces, suprema ironía de la vida, los medios de comunicación que pusieron bajo nuestra responsabilidad, se convertirán en medios de incomunicación. Sería una de las traiciones más extravagantes de la historia humana.

Desde hace varios años, en foros y simposios, en charlas con estudiantes, en colegios y universidades, en diálogos con mis colegas, y a veces hablando solo, en el ascensor o en la calle, vengo proponiendo que se ordene a las facultades de periodismo de Colombia el establecimiento de una cátedra permanente de la lengua castellana. Ninguna ocasión más propicia para insistir en ello, con la fuerza demoledora de una cantaleta, que este Congreso del idioma, en los quinientos años de la gramática de Nebrija.

Creo, además, que las respectivas academias, los institutos lingüísticos y otras entidades similares, de las que ejercen como grupos de autodefensa de nuestra lengua, deberían promover cursos intensivos no únicamente en las aulas estudiantiles sino en las propias redacciones periodísticas, y trabajar con ellas de consuno.

Me inquieta pensar que le estemos dejando el idioma a los computadores.

Dentro de quinientos años nos volveremos a ver aquí, en Sevilla, en el primer milenio. Mientras tanto, nosotros, los americanos, seguiremos, aquí y dondequiera, guardando la heredad al pie de la lengua madre, a pesar de todos sus defectos. Por una razón sombría y simple: porque la lengua es lo único común que nos va quedando con la vieja España de Cervantes. Ustedes, los españoles, pertenecen ahora a una familia de mejor estirpe: son europeos.

Nosotros continuaremos, en los pueblos polvorientos y en los páramos de América, defendiendo un arcaísmo a dentelladas y luchando sin desmayo por el predicado, por el sujeto de la oración, por el subjuntivo y por todas esas estantiguas que nos llegan, como sombras, del pasado.


Subir


Notas:
  1. Citado por Gregorio MARAÑÓN en Presente y futuro de la lengua española. Tomado de Haensch.Volver al texto
  2. Günter HAENSCH, Publicado en Presencia y destino. El español de América hacia el siglo XXI. Tomo I, Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1991.Volver al texto
 

Subir
| La lengua española y los medios de comunicación |

| Portada del CVC |
| Obras de referencia | Actos culturales | Foros | Aula de lengua | Oteador |
| Rinconete | El trujamán |

| Enviar comentarios |

Centro Virtual Cervantes
© Instituto Cervantes (España), 2003-. Reservados todos los derechos.