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Mesa redonda
Diego Carcedo. Director de RNE |
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Quizá una de las cosas que más se nos olvidan a los que tenemos por profesión la de
comunicadores, periodistas en distintos medios de comunicación, es la de saber cual es el
momento psicológico oportuno en el que no decir nada. Una parte de los errores imputables
aquí, entre nosotros, en lengua española, en medios de comunicación españoles, a los
que utilizamos ese elemento espléndido que es nuestro idioma, está basada en el exceso
de verborrea, de palabra, que nos brotan pensamos que a veces por obligación de
llenar torrencialmente sin tasa, sin medida, ni discreción. De la discreción que
es la gramática del buen lenguaje como apuntara Cervantes; de la mesura que debe estar
llena de silencios para pensar lo que vamos a decir, cómo lo vamos a decir y cuál es el
sistema más ameno y breve para decirlo.
La verdad es que los medios de comunicación audiovisuales, a los que corresponde una
parte importante en la responsabilidad de la correcta o menos correcta expresión de todos
los españoles, no se distinguen hasta ahora por ser modelos paradigmáticos de un buen
decir. No quiero hurtar esa responsabilidad puesto que como profesional estoy metido de
lleno en ella y como Director de un medio de comunicación de alcance nacional participo
más aún todavía de la misma.
Cierto que en lengua castellana también en otras las palabras, como los
navíos, necesitan de cuando en cuando limpiar fondos. Esto no se me ha ocurrido a mí, la
expresión brillante, aguda, lleva la firma de Ortega y Gasset. Pienso por ello que a
veces las palabras no requieren acentos, ni tonos, ni voces, ni matices, ni rostros; por
sí solas tienen tal fuerza que llevan firma.
Pero cierto también, que hay voces difícilmente digeribles; sé que los contenidos por
bellos y atractivos que sean han de estar acompañados de un tono idóneo. Hay mensajes
que nos llegan sin voz, sin acento y ello ocurre en el mensaje escrito. Hay mensajes que
sólo entendemos, cuya hondura tan sólo apreciamos, enriquecedora en matices y en
acentos, llena de inflexiones, de una voz que los haga surgir como propios, como queridos,
como sentidos.
El papel de las academias, el influjo del profesor sobre sus alumnos es dramáticamente
más escaso que el que ejerce el comunicador audiovisual, el que se hace oír, escuchar y
ver en radio y en televisión. |
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Estamos inmersos en el mundo de los medios de comunicación y con esa realidad
asentada debemos asumir lo que en 1926 asumiera en su origen la BBC británica: se
planteó el problema de crear una lengua digamos «alta» para comunicarse con sus
oyentes. Y desde entonces, aunque muchas cosas han ocurrido, dicha institución siempre
consideró como una de sus más importantes responsabilidades transmitir en lo que debe
ser un inglés correcto. Y ello lo hizo porque tuvo conciencia clara de que sin una lengua
correcta la comunicación es a todas luces deficiente. Quizá nuestra responsabilidad es
la de llevar a la conciencia colectiva los principios de la corrección en el uso de la
lengua española, principios que son válidos no porque sean correctos, sino porque,
gracias a serlo, establecen una más fácil y amplia comprensión entre todos nosotros.
Hemos llegado a un punto de desarrollo tecnológico en el que los mensajes en el curso de
los próximos años van a llegar masivamente de uno a otro lado del Atlántico y
viceversa, los medios audiovisuales castellano hablantes de ambas orillas van a mantener
un intercambio masivo, y eso no debe preocuparnos; porque lo importante es el lenguaje
correcto; la corrección no es nunca una imposición, es siempre una cultura, sean cuales
sean los matices, los acentos idiomáticos, las peculiaridades, el color local que los
envuelven y enriquecen. Un mexicano culto, o un peruano culto, están al mismo nivel que
un español culto y recíprocamente. El color local en nada afecta a la intelección del
sistema. Pensar que nada hay más falso ni repelente que ese español en conserva que se
nos sirve en el doblaje de películas: falto de vida que le da el ser de algún sitio e
inexpresivo porque no es de ninguna parte. No se puede quitar, no se debe, quitar nunca el
sabor local, porque quitándolo hacemos morir esa obra de arte que es nuestra lengua
castellana.
Ahora bien, debemos guardarnos de los términos equívocos y malsonantes puesto que hay
palabras que en España, Iberoamérica y Filipinas tienen este carácter, siendo preciso
compensar las diferencias inevitables que nacen de la extensión casi universal de la
lengua española. Y aunque afortunadamente la unidad es cada vez mayor en los países de
habla hispana, todavía quedan algunas palabras equívocas o malsonantes aquí y allá. El
repertorio de dichos términos no es amplio y puede ser memorizado con rapidez por quienes
tienen por misión escribir o difundir mensajes destinados a uno y otro lado del
Atlántico indistintamente.
Quiero apuntar también, finalmente, lo que en su discurso en el acto de su recepción
pública como Académico de la Española dijera Francisco Ayala cuando desarrollaba el
tema de la retórica del periodismo: «Así como en los parlamentos el debate vivo ha sido
sustituido por secos informes, leídos o semiaprendidos, desprovistos de dramatismo (cosa
que, desde otros puntos de vista, no me parece lamentable), las informaciones transmitidas
por las ondas a la distancia, escuetas y desaliñadas, procuran actuar sobre las mentes a
la manera de martillazos, que clavan un contenido sin dar espacio al análisis
reflexivo.»
En todo caso, en el futuro habría que recuperar una cierta tendencia en los mensajes a
dejar de ser dardo o martillazo audiovisual destinado a clavarse en las mentes de quienes
los reciben, deberían ser más bien incitaciones que los llevaran a profundizar en
lecturas de prensa, a buscar en libros más luz, ampliaciones de aquello que les llegó
por periodismo oral y visual. Quizá a mi edad todavía se está convencido de que el
libro es elemento fundamental en la cultura, en la convivencia humana.
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