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LA LENGUA ESPAÑOLA Y LOS MEDIOS DE AUDIOVISUALES

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Mesa redonda
Darío Arizmendi Posada. Director del Servicio Informativo Caracol. Colombia


Desde el comienzo de los tiempos la comunicación ha sido un mito. Tomen ustedes el caso del arzobispo de Constantinopla que se quiere desarzobispodesconstantinopolizar. Para hacerlo debe informar de su propósito, debe comunicarlo. Pues bien. Llega un desarzobispodesconstantinopolizador experto que, de inmediato, no sólo ante el deseo expresado por el jerarca sino ante la evidente fatiga de sus fieles, se convierte en la panacea de todos los males. La transmisión de ese deseo hace de la información el vehículo adecuado para superar las dificultades que se viven en un momento dado. Pero resulta que la operación termina mal, y que el nuevo prelado se convierte en un opresor que nadie esperaba. De inmediato, será la información que transmitió el mensaje de su antecesor, la culpable de todos los males, y los desarzobispodesconstantinopolizados le achacarán a ella la responsabilidad de haberlos sacado de un estado que poco a poco comienza a parecer ideal, para sumirlos en la opresión y en la tragedia.

Una noticia es una noticia

Ahora bien, como lo definía Roland Barthes, «el mito es un sistema de comunicación, un mensaje». Y henos aquí metidos de una vez por todas en una tautología envidiable. Una pera es una pera. Si la comunicación es un mito, como la define Francis Balle, y el mito es un sistema de comunicación, hasta para el más elemental de los escolásticos la comunicación sería un sistema de comunicación. Por lo cual debemos desandar lo andado y regresar a un punto de partida donde no nos habíamos enredado la lengua con el arzobispo de Constantinopla ni sus propósitos desarzobispodesconstantinopolizadores.

Digamos, en consecuencia, que la comunicación no es un concepto ni un objeto. Es una forma y como tal sus límites son formales. Si abrimos esta ventana, que entornó Barthes en 1957 para juzgar desde su posición de schollar la tarea de Elle y de Paris Match, podríamos afirmar que una noticia es una noticia, pero que una noticia presentada por un medio u otro puede llegar a ser dos noticias. Y eso es lo que nos ocurre hoy en día. El mismo hecho, la apretada votación francesa en torno a Maastricht, es para los periódicos de derecha una «Europa en veremos», y para los periódicos liberales una «Europa aliviada». Pero, claro está, no se trata aquí de entrar en el laberinto de las ideologías. Se trata sólo de precisar, a través del lenguaje, los límites esenciales de la información, no sólo para convertirla en un vehículo veraz sino también para avanzar desde el periodismo, que es la herramienta de creación verbal más formidable de todos los tiempos, hacia el lenguaje esencial, donde el pan es pan y el vino vino.

Noticias del mondongo

Sobra decir que se trata de una tarea bien difícil, de una epopeya que en su momento sólo pudo ser emprendida por don Francisco de Quevedo, enfrentado a las joyas y filigranas de un culteranismo náufrago de sus propias palabras. Y ya estamos aquí en el castellano, aunque inmersos todavía en una época donde la poesía era el medio de comunicación más sensato para informar de los amores imposibles por las amadas del rey. En Iberoamérica Quevedo es el maestro de maestros, de manera que todavía no llega a considerársele como el hombre que da noticias. Y sin embargo da noticias:

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía...

Da noticias Quevedo, noticias del amor y del Imperio, de las costumbres, de las ideas y hasta de los mondongos:

Con poco temor de Dios
los Mondongos, por lo limpio,
pretenden para las pruebas
el ser Actos positivos.

Pero, claro está, el periodismo se ha modernizado. Al fin y al cabo desde entonces han transcurrido cuatrocientos años. Y sin embargo el asunto esencial sigue siendo el mismo, dar noticias del amor y del Imperio, de las costumbres, ideas y mondongos, con otros medios, en distintos contextos, en diferentes circunstancias pero con el mismo lenguaje, el lenguaje de Garcilaso y de Cervantes, nuestro lenguaje común que nos lleva y nos trae y nos expresa y nos desespera, que nos saca de quicio, al que estamos en la obligación de encontrarle permanentemente una quinta pata para que los oyentes no se duerman, para que los televidentes no cambien de canal, para que los lectores no doblen la página, para que queden informados, para que formen su propio criterio de tal manera que puedan participar con los ojos abiertos en el proceso político, social y económico que vivimos, para que analicen sin temores dónde están ubicados, para que deduzcan —si así lo desean— qué pueden esperar, qué deben aportar, cómo pueden hacerlo.

Historias de Marceau y la bailarina

Pero se trata del idioma, de la lengua, que es elemento constitutivo inicial, esencial del universo de la comunicación y de los medios. Claro está que en este oficio de abrir puertas y ventanas, de interrogar, de plantear dudas, de sembrar posibilidades, podríamos irnos por el camino de la semiología y afirmar, por qué no, que la gestualidad es un sistema de comunicación a la cual le sobra la palabra. Marcel Marceau podría contarnos sin problema las razones y sinrazones del presidente Collor de Mello, de tal manera que en un acto alucinante, pleno de humor y de tragedia quedaríamos enterados de sus jardines de Babilonia, de los hermanos enemigos, de los infartos de la madre, de la familia desalmada, de las explosiones callejeras, de la votación en el Congreso. De otro lado, la bailarina en cuyo estudio fue capturado Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, sería la mejor testigo del momento, que podría relatar con unos pasos de danza moderna para los cuales no necesitaría decir ni fu ni fa ni pío. Y sin embargo, uno y otra dirían más que quince mil noticias juntas, con signos y códigos que pertenecen al inconsciente colectivo, que comunican.

Cuestión de temperamento

Pero permítanme ustedes aclarar el porqué de esta digresión, cuando no venimos a hablar de Saussure sino de palabras en lo posible castizas, precisas y significativas. Pues bien. Viene a cuento por razón de temperamento. Somos como somos, emotivos, sentimentales, comprometidos, explosivos. De manera que se nos ha convertido en un verdadero problema el no adobar nuestras informaciones y noticias sin una sonrisa, sin un gesto de aprobación o de reproche, sin unas comisuras de los labios para arriba, sin un imperceptible fruncimiento de hombros, sin un leve temblor de circunstancias en los párpados. De esa forma hablamos, de esa manera calificamos. Ese es otro código que dice sin decir que lo que transmitimos es bueno o malo, bello o feo, apetecible o detestable.

Maupassant, citado por Sábato, se muestra partidario de la palabra exacta. «Cualquiera sea la cosa que se quiera decir, no hay sino una sola palabra para decirla, un verbo para animarla, un adjetivo para calificarla». Cómo se ve que Maupassant murió cincuenta años antes de la televisión y de las explosiones de la imagen. Si hubiera alcanzado a conocerlas, a saborearlas, su sentencia hubiera rezado de esta manera: «Cualquiera sea la cosa que se quiera decir, no hay sino una sola palabra para decirla, un verbo para animarla, un adjetivo para calificarla, y un gesto para modificarla». Un rictus dubitativo del periodista en el noticiero de televisión vale más que un editorial del periódico más prestigioso, que una fotografía impecable, que un titular llamativo y exacto. Y ese rictus, que puede destrozar una fortuna, construir una honra, decretar el exilio de un político, anonadar a una familia, fustigar a un gobierno, apabullar a un gabinete, es un rictus, gesto, mueca, seña o arrumaco nítidamente castellano. Cuestión de temperamento.


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Señales de alarma

Ahora, entremos por la puerta falsa a las palabras. Muchas veces, cuando se proponen tenias como éste, La lengua española y los medios audiovisuales, en el fondo titilan las luces de advertencia de la Real Academia y del Real Diccionario. ¡Cuidadito con el idioma! ¡El adverbio es la parte invariable de la oración que acompaña al verbo, al adjetivo, al nombre o a otro adverbio para modificar su significación! Las preposiciones son a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, etcétera. ¡Cómo se le ocurre! Etcétera no es preposición: es una voz que proviene del latín que significa «y el resto». Y así hasta el agotamiento.

Discusiones, precisiones, aclaraciones. Ignoro qué pueda ocurrir en el resto del mundo, pero en Colombia nos agobian los purismos, los arcaísmos, los barbarismos, los galicismos, los anglicismos, los cultismos, que centenares de espontáneos con ojos de lince y lupa de Sherlock Holmes persiguen, acosan, cazan y, por último, exhiben como trofeos. Uno de los pocos temas que restan en las pocas tertulias que restan entre nosotros tiene que ver con la integridad de la gramática. Se habla del dequeísmo, del gerundio, del participio pasado. Y ¡ay de aquél que cometa un desafuero! De inmediato se convierte en el tema del día. El tono siempre será de chisme: «¿Oíste a fulano? ¿Qué tal ese gerundio?» «¿Cómo te pareció el de que de Mengano?» «Yo diría que Zutano habla con mala ortografía». «A Perencejo habría que recordarle que en boca cerrada no entran moscas».

Tres vertientes, un lenguaje

Y es cierto. En boca cerrada no entran moscas. Pero resulta que nuestra tarea es la de mantener la boca abierta —y bien abierta— para comunicar hechos e ideas. Ahora bien, a partir del auge de la publicidad las palabras se han hecho mucho más sensuales, más significativas. Muchas veces una sola dice lo que quiere decir y dice su opuesto. En Colombia fue famoso hace dos años un grafitti para denunciar la violencia: «¡Qué violencia tan macha!», decía sencillamente. Y junto, como única firma inocente, el símbolo de la mujer. Ahí hay una frase y dos lenguajes, uno evidente, otro soterrado, los dos de denuncia. Lo mismo ocurre con las preguntas de los reporteros, que dejan constancia de «lo que se dice» preguntando por algo completamente distinto. Se entrevista a un personaje de la televisión que tiene tres hijos en su matrimonio y uno —no reconocido— por la mano izquierda. El periodista, con su mejor cara de inocencia, entra al terreno íntimo. «¿Y qué hacen sus cuatro hijos?» El entrevistado revira: «Mis tres hijos». Y ya quedó dicho todo.

Palabras, lenguajes, herramientas en la lengua española y los medios audiovisuales. En nuestro oficio hay tres vertientes. La primera tiene que ver con el mal uso del castellano, la pobreza en que hemos caído. La segunda con el enriquecimiento del lenguaje común. La tercera con la precisión del lenguaje periodístico.

Fuera del frizer. ¿Frizer?

Primera vertiente. Toda esa compleja relación de significantes y significados, los vericuetos de los sinónimos y de los antónimos, don Federico Carlos Sáinz de Robles, los diccionarios ideológicos, doña María Moliner, el lenguaje barroco, la ampulosidad del predicado, el escueto sustantivo desnudo y sin perendengues, parecen pertenecer a otra época y otros códigos en un universo donde se atropella la gramática, donde los acontecimientos son voraces, donde las escuelas son mediocres, donde la historia se remonta apenas a dos o tres años atrás, siempre y cuando esté a nuestro alcance en las pantallas de los computadores. Un mundo vertiginoso nos ha hecho olvidar del tronco y las raíces de nuestra lengua común, que es nuestra herramienta común, para convertirnos en endebles hojas al viento que hablan en jerigonza. Ese lenguaje habitual de todos los días está hecho de muy pocos términos castellanos (si digo ochenta me atrevería a sustentarlo), con vocablos en distintos idiomas con los cuales pretendemos demostrar la versatilidad de nuestros conocimientos. Muchas veces, como ocurre en la publicidad, no se trata de transmitir ideas: se busca transmitir sensaciones. La mayoría de las veces, de una noticia de radio o televisión se saca en claro una opresión en el pecho, un ahogo, una oleada de calor, un baldado de agua fría. Como el lenguaje de los medios dejó hace mucho de ser opulento para volverse escueto y miserable, se ha metido en un callejón sin salida en el que es obligatorio horrorizar para sustituir ideas por vértigos, catedrales por socavones. Es urgente recuperar el idioma, hacerlo profundo, hablar el lenguaje de los alarifes, las marimondas y las hicoteas, que no tiene por qué verse reducido cada vez más a la novela sino que debe salir del congelador (¿del frizer?) del Real Diccionario y de la Real Academia para entrar a formar parte, otra vez, de las conversaciones y las noticias.

Un cono insignificante

Segunda vertiente. Enriquecer el idioma. No digo rescatarlo, que pertenece a la categoría anterior, ni defenderlo contra el atropello de la cibernética empeñada, para comenzar, en que no podamos decir empeñada sino empenada, señora sino senora, y que en nuestras exclamaciones más sabrosas nos limitemos a un ¡cono! insignificante. Digo enriquecerlo, inventando nuevos vocablos a partir de las raíces griegas y latinas, para lo cual el griego y el latín deberían regresar a la escuela en forma obligatoria, enriquecerlo añadiendo nombres exactos a los nuevos lenguajes abstrusos que exigen una ampliación de la ya tradicional función metalingüística, pero enriquecerlo a partir de sí mismo, sin perjudicarlo mediante la imposición, el trasplante de palabras extraídas de otros idiomas que se castellanizan mediante fonemas en ningún caso rigurosos. Este es el gran desafío de nuestra lengua común que, según dicen, es la lengua de la poesía en el universo de la técnica. Tal vez sí, tal vez no. Pero lo cierto es que la técnica no se puede verbalizar si en el fondo no hay un espacio para el pensamiento y para la expresión de las ideas. De manera que de esos dos males: una técnica sin poesía o una poesía sin técnica, el peor es el primero. Técnica tiene cualquiera, mientras que Poesía sólo llegarán a tener los elegidos.

Ahora bien, sobra decir que en este mundo marcado por la información y por la imagen, son los medios y, concretamente, los medios audiovisuales, los que pueden convertir a la gramática en una nueva versión del queso emmenthal del flautista de Hamelin. Un queso con miles de poros abiertos por donde escapen las ratas —no otra cosa que los anglicismos y los galicismos— y por donde entren las nuevas palabras que van a crear un mundo que todavía nos es ancho y ajeno. Nombrar es crear, decía Borges. Mientras no nombremos de acuerdo con nuestra propia genealogía, tendremos que concederles a otros el usufructo del futuro.

Palabras y ética

Pero es a la tercera vertiente a la que en verdad quisiera referirme. La precisión del lenguaje periodístico. Ya hablé de la ambigüedad que proviene de la sensualidad generada en las palabras que fabrican imágenes, pero no dejé en claro que esa ambigüedad es un cáncer que corroe en su esencia la razón de ser de la información. Esta última sólo puede decir lo que debe decir con una exactitud de relojero. De ahí que la precisión de las palabras sea una condición sine qua non para el ejercicio ético del periodismo. Hay que sumergirse a fondo en el lenguaje, convertirlo en esqueleto, hacer de las palabras leves briznas de polvo contra las piedras, devorarlas hasta hacerlas parte de nosotros mismos, integrarlas a nuestros nervios, a nuestras venas, a nuestra corriente sanguínea, masticarlas cuantas veces sea necesario y utilizarlas siempre en el momento exacto, para la situación exacta, en el contexto exacto, dentro del mensaje preciso, de tal manera que, echando mano de la semiología, las palabras cumplan también las funciones primarias para las que fueron creadas. Sobra decir que cuando hablamos, cada uno de nosotros crea un lenguaje distinto, que obedece a parámetros propios, tiende a objetivos singulares. Hacer que nuestro lenguaje coincida con el lenguaje verdadero debe ser nuestro propósito obsesivo. Que nuestras palabras sean transparentes como el cristal y exactas como el acero. Ese es, ni más ni menos, el problema.

 

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