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Congreso de Sevilla
 

Felipe González Márquez. Presidente del Gobierno de España

Majestades. Señoras y Señores:

Al Patronato del Instituto Cervantes que se acaba de constituir pertenecen, entre otras eminentes personalidades, tres premios Nobel de Literatura procedentes de tres países hispanohablantes.

Por otra parte, tal y como acaba de expresar el Secretario de Estado para la Educación Pública de México, el próximo Congreso Internacional de la Lengua Española se celebrará en su país.

Estos hechos demuestran, con toda claridad, dos cosas: que el español es una lengua plurinacional y que es una lengua de prestigio literario internacional.

La constatación de ambos hechos no debe conducirnos a la autocomplacencia sino, muy, al contrario, a una reflexión que nos lleve a un esfuerzo continuado por el desarrollo, la difusión y el perfeccionamiento de la lengua común.

Para poder acometer este esfuerzo hay que empezar lógicamente por los hablantes, porque es en los hablantes en donde fundamentalmente reside la lengua.

De esta forma, una política lingüística que se pretenda globalizadora y ambiciosa, apenas es distinguible de las políticas educativas y culturales. Más educación para los hispanohablantes, más producción y consumo cultural (en forma de prensa escrita, libros, discos, programas televisivos, películas...) contribuirá inevitablemente a un enriquecimiento y mejora de la lengua.

No obstante, esta tarea no es exclusivamente política. Los gobiernos debemos diseñar políticas, crear instituciones y programas, asignar recursos, incentivar, crear conciencia, fomentar. Pero, en esta proyección del español, no somos los gobiernos los únicos concernidos: los académicos, los escritores, los profesores, los periodistas, los cantantes, los cineastas, los editores y tantos otros, tienen una responsabilidad en el mejoramiento de esta herencia que hemos recibido de nuestros mayores y que vamos a transmitir a nuestros herederos.

En la reciente Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno Iberoamericanos hemos acordado apoyar una serie de programas que, directa o indirectamente, tienen la lengua como objetivo.

Tal es el caso del Centro de Patentes, la cooperación en bibliotecas y archivos o el canal de televisión educativa.

La conciencia de la importancia de la lengua y la voluntad política de ocuparse de ella existe, pues, al máximo nivel en todos los países hispanohablantes. Profundizar en esta conciencia y esta voluntad política, actualizarlas de modo continuo y motivar a nuestras sociedades, es, por lo tanto, tarea que a todos nos concierne.  


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Los hablantes nativos de español no son, con todo, los únicos destinatarios de una política lingüística global. También lo son, en otro plano, los hablantes de otras lenguas que han aprendido español como lengua extranjera o desean aprenderlo.

Difícilmente, en efecto, se puede diseñar una política lingüística centrada en el español que no tenga en cuenta a los hispanistas, a los profesores de español como lengua extranjera y a tantos estudiantes y estudiosos de nuestra lengua.

El Instituto Cervantes, corresponsable con el Pabellón de España de la organización del Congreso de la Lengua que en este caso se clausura, es el instrumento que el Gobierno de España ha creado para este fin. Pero el Instituto Cervantes, por sí solo, no puede acometer tamaña empresa. Las universidades, las escuelas de idiomas, academias, prensa, editoriales, industrias culturales de todos los países hispanohablantes deben atender a esos millones de hablantes no nativos para los que el español es vehículo de comunicación y de acceso a la cultura como segunda o tercera lengua.

Y no sólo los hablantes, nativos o no, son objeto de una política lingüística global y racional. También la lengua misma lo es. La lengua española es algo más que la suma de trescientos millones de particularidades lingüísticas (o modos de hablar), y ese algo más es susceptible de atención, de estudio, de investigación.

La lengua española, en efecto, no sólo está depositada en textos escritos que se conservan en archivos, hemerotecas y bibliotecas, y en textos hablados conservados en películas, cintas, discos y otros soportes. También está en bancos de datos terminológicos, que habrá que incrementar para estar a la altura de las grandes lenguas internacionales de la cultura, la ciencia y el comercio.

También está en los sintetizadores electrónicos de voz, cada vez más presentes en máquinas y aparatos de uso corriente.

La investigación de la lengua misma, de ese código común que encontramos en tantas personas y tantos soportes, debe ser una de las facetas centrales de la política lingüística.

Y aunque esta tarea es, pues, inmensa y por ello trasciende a cualquier sujeto aislado, estoy convencido de que la responsabilidad de nuestros países logrará que el español, nuestra lengua común, alcance la amplitud geográfica y la difusión cultural que, por su historia, potencialidad demográfica y riqueza literaria, el futuro nos exige. Estas acciones, en definitiva, serán cauces adecuados por donde transcurra la riquísima vitalidad del español, que, creo, augura a nuestras culturas el más prometedor horizonte.

 

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