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Congreso de Sevilla

Alfredo Pérez Rubalcaba. Ministro de Educación y Ciencia

Dignísimas autoridades, Sras. y Sres.:

Y para más despacio atormentarme,
llévame alguna vez por entre flores.
                             Garcilaso de la Vega

(Permítaseme que, con mi torpe y desaliñada pero sincera palabra —no olvidemos que estamos en Sevilla al calor de Antonio Machado—, felicite desde este momento a quienes con su trabajo e inteligencia han hecho posible este encuentro.)

Al abrir el programa del Congreso de la Lengua Española siento una gran satisfacción; puedo leer los nombres de instituciones que, salvando su historia y sus fines, han tenido y tienen un interés común: la lengua española. Se unen así, de manera casi simbólica, una institución de vida efímera, Pabellón de España, con otra acabada de nacer, el Instituto Cervantes, que ya empieza, con prudencia y con firmeza, su andadura para promover y difundir la lengua española y la rica diversidad de culturas que a lo largo de la historia han ido constituyendo lo hispánico; ambas, auspiciadas por la Real Academia Española, que hace siglos vela por nuestro idioma. El carácter efímero de Pabellón de España no ha impedido que haya concebido empresas de investigación de la Lengua Española, como el Simposio de la Lengua Española, Ciencia y Tecnología (Barcelona, 1991) o el Simposio Internacional de Investigadores de la Lengua Española, celebrado en Sevilla a finales de 1991. Lo efímero puede convertirse en muy duradero, como saben muy bien nuestros filólogos; de las solemnidades y fiestas públicas de los siglos
XVI y XVII, muchas de ellas de carácter muy circunstancial, nos han quedado piezas literarias bellísimas, tanto en la Literatura de España como en la de América, recogidas en Arcos, Certámenes o Celebraciones. A muy pocos metros de este salón, en la Catedral, a la muerte de Felipe II, se alzó un túmulo, muestra de la arquitectura efímera, que originó una auténtica conmoción en la vida de la sociedad sevillana y que quedó perpetuado en el soneto de Cervantes «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza...!» al que su autor, con ironía, recordaba «por honra principal de mis escritos».

¿Qué soneto con estrambote hubiéramos aprendido de niños si no hubiera existido una tradición de arquitectura funeraria efímera? Estoy seguro de que al leer las Actas de esta reunión, recordaremos los días de la Exposición Universal y podremos evocar las palabras de Quevedo «... y solamente lo fugitivo permanece y dura».

También veo con satisfacción la nómina de instituciones que se han adherido a los actos de este Congreso de la Lengua Española, nómina en la que aparecen centros de investigación de España y de América. Mi agradecimiento a todos, pues sólo puedo imaginar que esta adhesión es el comienzo de un conjunto de trabajos en los que aparecerán unidos los nombres de América y de España. Este noble empeño no hace más que reflejar la situación de una lengua, patrimonio común, enriquecida por hablantes y escritores de ambas orillas del Atlántico, cuyo cuidado e investigación corresponde a todos por igual, sin que nadie pueda presumir de tener algún título que le permita constituirse en modelo, ya que el único modelo es su empleo cuidado en Bogotá, en Buenos Aires, en México, en Sevilla, en Madrid, en Toledo o en Santander. La Lengua Española, de todos los presentes es bien sabido, en la «coiné» actual presenta diversos tonos, unos más acentuados que otros, cierto es, pero todos los que participamos de ella como lengua de comunicación y de cultura, absolutamente todos, cantamos la misma canción.

Asimismo, todos conocemos que la pujanza del español como sistema de comunicación se halla en el Continente Americano; en la actualidad, son más de 280 millones de personas las que se sirven del español en América para cifrar y descifrar el mundo que les ha tocado vivir, para soñar, reír, llorar y maldecir en el día a día de su existencia; para amar y morir entre quienes les han visto nacer y crecer. En definitiva, el peso del español en el mundo se ha trasladado del país que lo acunó —España— a los diferentes países, con su diversidad cultural, social e histórica, del Continente Americano, que lo eligieron como idioma nacional al mismo tiempo que con él pronunciaban el ilusionado grito de ¡independencia!

En el saber contemporáneo se han roto las barreras tradicionales que separaban los conocimientos y ya, como puede verse en la sección segunda del Congreso, los antiguos studia humanitatis necesitan de otros saberes y de otras técnicas; «las artes que dicen de humanidad» acuden a los colegas de facultades diferentes e, incluso, a los equipos de investigación de las empresas, en un intercambio mutuo que sólo nos conduce a un común enriquecimiento. En el fondo, a los científicos de tipo experimental y a los de humanidades nos une la pretensión de poner orden en un aparente caos, de hacernos preguntas nuevas; también nos une la búsqueda de una verdad a través de las verdades que nos han ido descubriendo los demás. En esta labor quiero recordarles los versos de Jorge Guillén: «Meditaré sin ensimismamiento, / Claridad es quien me guía...».

Necesitamos de la meditación como camino a la claridad, pero necesitamos de una meditación «sin ensimismamiento» abierta a todas las teorías y a todas las aplicaciones. En esta meditación diaria del científico, como es natural, aparecen muchas veces la desesperanza y el desencanto. Ante esta desesperanza y este desencanto debo recordarles el verso siguiente del poema de Guillén: «Todo lo inventa el rayo de la aurora». Nuestra obligación como investigadores es hacer posible la invención de este rayo de la aurora cotidiano. Sé que las dificultades son muchas y que, en muchas ocasiones, los recursos son escasos, pero debemos hacer un esfuerzo de imaginación para coordinar esfuerzos e información, no duplicar innecesariamente trabajos, formar conjuntamente a los jóvenes investigadores o llegar a un uso racional de instalaciones o de medios, sobre todo desde el momento que se ha iniciado la aplicación de las nuevas tecnologías al estudio de la lengua y que es muy necesario que las investigaciones queden enmarcadas en los proyectos comunes, ya sean de Europa o de América.


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Sé que el investigador de la lengua española se encuentra ante el dilema de elegir un aspecto muy limitado de su campo científico y, a la vez, con la necesidad de tener una visión general que le permita una perspectiva amplia. Hoy, tal como aparece en las páginas del programa del Congreso, ha aumentado la dimensión de la curiosidad científica hacia terrenos antes insospechados, sin que los campos tradicionales hayan perdido nada de su natural belleza. En estos próximos años tienen ustedes un auténtico desafío: conservar lo mejor de la tradición señera inaugurada por figuras como Bello, Cuervo, Menéndez Pidal o Tomás Navarro Tomás y, a la vez, incorporar los nuevos avances teóricos, «sin ensimismamiento» y con valentía, además de aplicar a la investigación los nuevos avances tecnológicos y dedicar una parte del esfuerzo investigador a las relaciones entre la lengua y los medios de comunicación.

Desafío que se presenta, sobre todo, a los jóvenes investigadores, algunos de cuyos representantes están hoy con nosotros. A ellos quiero transmitirles su ambición juvenil y su curiosidad. Se van a encontrar en su trabajo con una bibliografía abrumadora, pero deben vencer los obstáculos y recordar las palabras de Carmen Martín Gaite: «Con los libros pasa lo mismo que con las personas, que unos empiezan a hablarte de otros y se va tejiendo y ampliando una red de conocidos y de amigos de conocidos, a los que uno acaba conociendo por curiosidad o por azar».

No ha sido precisamente el azar lo que nos congrega aquí; en los últimos años, afortunadamente, ha aumentado el número de los miembros de la comunidad científica dedicados al estudio de la lengua española; este crecimiento y la ampliación de las perspectivas de estudio llevan a la necesidad de debatir con serenidad los objetivos de la tarea próxima y a fijar las líneas de investigación futuras. Esta es la tarea fundamental del Congreso de la Lengua Española, pues permitirá una economía de recursos y la consecución de una investigación coordinada y eficaz.

Como químico, les tengo que confesar mi envidia por su objeto de estudio, que en sí mismo es la unión del hombre con el mundo: «toda la vida en la palabra cabe» ha escrito el poeta y es gran verdad, pero, a la vez, también lo es «¡inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas!... que mi palabra sea la cosa misma» de Juan Ramón Jiménez. Todos recordamos el momento en que algún benemérito profesor «nos llevó a conocer el hielo» y aprendimos a leer y a escribir y, después, todos los demás saberes. La enseñanza es camino de justa igualdad de oportunidades y todavía más lo es la enseñanza de la lengua, pues logra llevar al individuo hacia el conocimiento. Todos reconocemos sin ambages que la lengua —su aprendizaje y conocimiento— es el principio real e inexcusable de la socialización del individuo. Sin socialización lingüística no hay posibilidad de participar en la cultura de la colectividad a la que el individuo pertenece.

En la medida en que el hombre es capaz de participar de la cultura de su medio, es capaz, asimismo, de conocer y es capaz de aprehender mayores cotas de libertad. En el principio fue la palabra. No podemos pensar ni construir el futuro colectivo sin ella. El alfa y el omega de los griegos siguen ahora presentes.

Como Ministro de Educación, veo con satisfacción que existe una sección del Congreso dedicada a la enseñanza, ya sea del español como lengua materna, ya sea de la enseñanza del español como lengua segunda, tareas ambas primordiales, tanto en contextos monolingües como bilingües. Y bien sabemos que no son los pueblos monolingües o bilingües, sino los hombres que en ellos habitan. Tareas que deben unirse al estudio y a la investigación de la riqueza que supone el plurilingüismo, pues el español, tanto en su historia pasada como en la presente, siempre ha estado conviviendo con otras lenguas peninsulares o americanas; de ahí, su grandeza. Convivir significa vivir en libertad.

Por las razones apuntadas, quiso el Parlamento de la Nación y el Gobierno del que me honro en formar parte responder a una demanda profundamente sentida por toda nuestra sociedad al vertebrar todo nuestro sistema de enseñanza en torno a la lengua.

En el momento final de mi intervención quiero reiterar a todas las instituciones que han intervenido en la organización del Congreso y a la Universidad de Sevilla que lo ha acogido con gentil hospitalidad, el agradecimiento de mi Departamento.

A los congresistas no les voy a pedir claridad, coordinación en el trabajo, solidaridad, libertad intelectual, porque estoy convencido de que el amor por la enseñanza y por la investigación de la lengua española les lleva a esos caminos, como han dado pruebas sobradas. Les quiero manifestar públicamente el apoyo del Departamento que presido a sus esfuerzos presentes y futuros, apoyo a la libertad intelectual, con la seguridad de que, dentro de unos años, alguien les podrá aplicar las palabras que el gran Rufino J. Cuervo escribió a propósito de algunos héroes de América y de España, los cuales tuvieron, según el ilustre bogotano, «la sed de libertad» e hicieron «el esfuerzo por conquistarla».

Permítanme concluir tomando prestadas las palabras de César Vallejo:

Quiero, para terminar,
cuando estoy al borde célebre de la violencia
o lleno de pecho el corazón, querría
ayudar a reír al que sonríe,
ponerle un pajarillo al malvado en plena nuca,
cuidar a los enfermos enfadándolos,
comprarle al vendedor,
ayudarle a matar al matador —cosa terrible— 
y quisiera yo ser bueno contigo
en todo.

Tienen ahora ustedes la palabra, ¡que el Congreso sea el éxito de ustedes porque así será el de todos!

 

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