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José Antonio Pascual
En la Salamanca finisecular a la que llegó Miguel de
Unamuno se encontró el joven profesor universitario con una situación que no
resultaba ajena a otras partes del mundo hispánico, caracterizada porque se
había abandonado, al menos entre algunas personas de las clases medias, el
sentido de autoenajenación referente a su manera de hablar. Se trata de uno de
los rasgos de aquel que Miroslav Hroch ha llamado «nacionalismo elitista»: un
tipo de nacionalismo que se mantiene en lo meramente cultural y no llega a la
mayor parte de los ciudadanos. Este nacionalismo iba asociado en la pequeña
ciudad del Tormes —tampoco en esto era una excepción— a una forma de
regeneracionismo conservador, mucho más cercano al tipo de literatura que se
publica en la «Biblioteca Patria» que a la que cultivaban otros escritos
situados en el ámbito de las ideas políticas federalistas. A esta forma de
nacionalismo le cuadra mejor el nombre de «regionalismo», que define así don
José María de Pereda, para explicar dónde se sitúa su novela regional:
«[En
la idea de algunos] el sentimiento, no ya la pasión, del regionalismo, conduce
a la desmembración y aniquilamiento de la colectividad histórica y política, de
la patria de todos, de la patria grande. Yo no sé si existirá algún caso de
éstos en la tierra española, y, por de pronto, lo niego, porque no le concibo
en mi lealtad de castellano viejo; pero exista o no, no es ese el regionalismo
que yo profeso y ensalzo, y se nutre del amor al terruño natal, a sus leyes,
usos y buenas costumbres; a sus aires, a su luz, a sus panoramas y horizontes;
a sus fiestas y regocijos tradicionales, a sus consejas y baladas, al aroma de
sus campos, a los frutos de sus mieses, a las brisas de sus estíos, a las
fogatas de sus inviernos, a la mar de sus costas, a los montes de sus
fronteras; y como compendio y suma de todo ello, al hogar en que se ha nacido y
se espera morir; al grupo de la familia cobijada en su recintos, o a las
sombras veneradas de los que ya no existen de ellas, pero que resucitan en el
corazón y en la memoria de los vivos, en cada rezo de los que piden por los
muertos, entre las tinieblas y el augusto silencio de la noche, la voz, que
jamás se olvida, de la campana de la Iglesia vigilante... Y así por este orden, hasta lo que no se
cuenta por números. Pues a este regionalismo le tengo yo por saludable, elevado
y patriótico; y no comprendo cómo se le puede conceptuar de otra manera menos
honrosa sin desconocer y confundir lastimosamente los organismos fundamentales
de los Estados» (J. M. de Pereda 1897: 110-111).
Se
trata de un apego a la tradición que huye, por una parte, de la peligrosa
modernidad:
«Pero
aun considerado este regionalismo como mera pasión romántica y sentimental, es
acreedor a mayores respetos que los que debe al llamado modernismo hay
triunfante, que alardea de desdeñarle siempre que le encuentra al paso» (Id.,
112).
A
la vez que busca defenderse de la invasión de las costumbres extranjeras,
consustanciales con el modernismo:
«...anda el extranjerismo infiltrado en nuestra vida social; en las costumbres que
seguimos, dentro y fuera del hogar; en los nombres de las cosas más usuales y
corrientes; en las ideas que ventilamos, en las leyes que nos rigen, y hasta en
la lengua que se habla, y en los libros que se leen, y en la atmósfera que se
respira. Y yo pregunto en vista de ello: ¿se puede construir con estos
materiales extranjeros, y sin un milagro de Dios, una obra española, en el
sentido en que debe tomarse esta palabra cuando se trata de obras de arte?
Responda el más obcecado modernista, y advierta de paso, al negar esta
condición a esa novela que tantas y tantas otras eminentísimas posee, no hago
más que reclamar lo que el vulgo equivocadamente le adjudica, para dárselo a
quien pertenece en buen derecho: a la novela regional, motivo de estas
descosidas e insignificantes observaciones. Porque, o no hay novela propiamente
española, o lo es ésta, hecha precisamente con los elementos indígenas
desdeñados o desconocidos por la otra; lo es, repito, esta novela, la novela de
la provincia, la novela del campo o de la costa; la del pueblo, en fin, alto o
bajo, urbano o rústico, pero pueblo siempre, libre aún del contagio de esa
invasión extraña, que todo lo desnaturaliza, confunde y amontona; del pueblo
con sus leyes, usos, grandezas y miserias, virtudes y preocupaciones y, sobre
todo, con su lengua original, rica y briosa, con sus modismos provinciales que
son, al decir de una autoridad que no rechazaréis vosotros seguramente, “la
savia, el jugo de la hermosa lengua castellana”» (Id., 127-128).
De
las pistas que nos proporciona Pereda en su fundamentación de la novela
regional, ahí tenemos esa lengua «original, rica y briosa» que emana del pueblo
que encuentra «la savia» y «el jugo» en los «modismos provinciales». Vamos a
ver cómo se busca esa savia en esa pequeña ciudad universitaria que es la Salamanca de la Restauración a la que llega Miguel de
Unamuno a finales del XIX. Es sólo un ejemplo de una situación que se podría
analizar en cualquier otro lugar, como es el caso de Zamora; aunque la base
elitista de esta recuperación, tal y como se da en el reino de León, explica
que dispongamos de muchos menos datos en la prensa zamorana de la época. a la
vez que contemos con la ventaja de un libro publicado no hace muchos años, por
Jean Claude Rabaté, sobre la salamanca de Miguel de Unamuno, del que voy a
tomar la mayor parte de los datos que contiene el apartado siguiente.
1.
El marco histórico
Este
hispanista francés ha visto la ciudad como el escenario en que contrasta:
«una
poderosa cultura tradicionalmente religiosa, la crisis del campo, la
recuperación eclesiástica y su corolario, el rechazo anticlerical, las
tentativas de secularización y el debate en torno a la enseñanza y la Universidad, la crisis ante todo moral
de 1898» (J.-C. Rabaté 1997: 320).
Se
asistía en aquella pequeña ciudad universitaria al choque entre las ideas
racionalistas del krausismo con el tradicionalismo integrista, todo ello
distorsionado por el agobiante resonador de una prensa en la que cada idea,
cada palabra tenía un protagonista bien conocido. Es en esa situación en que
Miguel de Unamuno toma partido contra el sector conservador y, desentendiéndose
de un regeneracionismo que viniera de arriba, acude a los estudiantes —es a
este respecto revelador el discurso de apertura del curso 1900-1901— para que
se animaran a conocer activamente las realidades vivas de España y de su
provincia, buscando bajo la realidad aparente que les rodea, ese flujo
permanente de la vida del pueblo que conforma la intrahistoria:
«Tenéis
que descubrir a nuestro pueblo tal como por debajo de la historia vive,
trabaja, ora, sufre, goza [...]. En la historia apenas se oye más que los
bullangueros y vistosos; los silenciosos y oscuros, que son los más, callan en
ella y por ella se deslizan inadvertidos. Óyese en la nuestra el trotar de los
caballos de los moros que invadieron nuestro suelo, pero no el lento y
silencioso paso de los tardos bueyes que trillaban en tanto en las mieses de
los que muy de grado se dejaron conquistar. Y sin la comprensión de esto es
aquello incomprensible.»
Silencio
que, paradójicamente, afecta a la lengua mucho más de lo que pudieran haberla
condicionado las voces de los poderosos:
«Quedan
estratificaciones, la voz de los que han callado en la historia [...]; el
estudio de nuestros romances nos enseña que todos esos pueblos que pasaron
metiendo ruido por nuestra historia, apenas dejaron rastro en sus lenguas.»
Y
que encuentra su voz en una literatura que:
«solo
se refresca y corrobora acudiendo de continuo al siempre ineshausto (sic)
manantial de cantos, cuentos, consejos, dicharachos, relatos, refranes y
leyendas que guarda y lega el pueblo, y empapándose en la vida de este» (apud
Rabaté 1997: 288, 289).
Él
mismo nutre su poesía de tantas voces del pasado desconocidas por la lengua general,
pero mantenidas en esas aguas subterráneas en que convierte la historia:
Ir
cazando con la rima
palabras
que se perdieron
y
sacarlas de la sima
del
pasado; las que fueron
gala
antaño del idioma
y
con alquimia paciente
renovarlas
en redoma
-guarda
la sima corriente
de
la vida soterraña
sobre
el lecho del olvido-
es
alumbrar de la entraña
flor
de saber escondido
(M.
de Unamuno 1984: 564-5).
De
ahí la importancia que tiene el material tradicional en su escritura, como
ocurre, según ha visto Luis Cortés (1948: 106), con lo que le contaron don
Miguel en su visita al lago de Sanabria el 1 de junio de 1930, de lo que no
sólo toma la imaginaria Villaverde de Lucerna como escenario de su San Manuel
Bueno, mártir, sino que da cuenta de la propia leyenda en los versos que coloca
en el prólogo a su obra:
Ay
Valverde de Lucerna
hez
del lago de Sanbria
no
hay leyenda que dé cabria
de
sacarte a luz moderna.
Se
queja en vano tu bronce
en
la noche de San Juan,
tus
hornos dieron el pan,
la
historia se está en su gonce.
Servir
de pasto a las truchas
es,
aun muerto, amargo trago
se
muere Riba de Lago
orilla
de nuestras luchas.
Hasta
aquí nos lleva la idea de la intrahistoria formulada en el discurso inaugural
del curso 1900-1901, citado, que supone de una forma de regeneracionismo de
cuño universitario. No tiene ése nada que ver con el que promueve en Valladolid
Santiago Alba, vinculado a la suerte de los cerealistas de Castilla la Vieja, después de la pérdida de sus mercados
antillanos, pues lo que busca el Rector salmantino es el «renacimiento nacional
por la cultura» (Rabaté 1997: 292); en lo que conecta plenamente con la
renovación que se buscaba desde los círculos intelectuales de nuestra ciudad
—en los que confluían el tradicionalismo y el liberalismo—, a través de los
maestros. Éstos, que a principios de siglo, dejan de ser contratados por los
Ayuntamientos y pasan a depender del Estado, imponen los valores de la
convivencia, de la cultura y hasta de la higiene. No es casual que este
abnegado cuerpo sufriera en sus carnes, como ningún otro, la represión de la
dictadura, durante la guerra civil española.
Aparte
de la mayor o menor fuerza de las ideas abstractas, la Salamanca unamuniana se plantea la regeneración
con los pies puestos en el mundo de la cultura y en su consecuencia: la
importancia que tienen los maestros para lograr difundirla. Es al mundo de la
escuela al que miran los versos del poeta salmantino José María Gabriel y
Galán:
La
escuela es un hermoso jardín fragante
donde
oscuros y humildes cultivadores
con
benditos afanes y fe constante
cultivan
almas puras en vez de flores.
La
escuela es un bendito templo sagrado,
segundo
hogar de hombre, segunda cuna.
Podrán
parecernos ripiosos estos versos; pero lo importante no es lo que se refiere a
la estética, sino el hecho de que forman parte de una literatura orientada
hacia el campo en la que el maestro, no el cura, es el elemento capaz de
cambiar la realidad, como acontece en el caso del diálogo entre el maestro y el
Tío Rejero, para impedir que el muchacho despierto que se quede en el campo y
sea el torpe el que se dirija a la ciudad para ser «deputao, senaor,
prestamista u marqués», en lo que los amantes del cine de Woody Allen verán una
genial anticipación de alguna idea suya. Una visión de la realidad cuya otra
cara de la moneda es la crítica a la ciudad, del tipo de la que hacen Gabriel
y Galán en el poema Regreso o Maldonado en las Coplas del ciego de Robliza y en
otros textos en los que la crítica a la situación del campo poco tiene que ver
con la complacencia en una sociedad idílica que se percibe en la mayor parte de
los escritores regionalistas salmantinos.
La
apoteosis de lo regional tiene un claro referente en la celebración de los
Juegos florales de 1901, donde prácticamente todos los salmantinos coinciden en
la exaltación de lo propio, incluida la lengua, a través de la poesía de
Gabriel y Galán, dentro de esta alabanza de aldea y vituperio de la ciudad que
el obispo, el Padre Cámara, presenta así:
«Los
aires que por aquí se respiran son los embalsamados del cantueso y del tomillo,
son aires de salud y frescura, los que vigorizan el cuerpo [...] Todo organismo
se enflaquece, todo espíritu se disipa en el impurificado ambiente de las
ciudades; tomad el baño de estos raudales y estos aires deliciosos; respirad.»
Hemos
llegado hasta aquí, llevados de la mano de Jean Claude Rabaté —aunque la
comodidad nos haya permitido la licencia de no ir párrafo a párrafo dando
cuenta de las distintas páginas de su libro de las que este apartado es
deudor— a una Salamanca finisecular en la que se da una complacencia en la
visión entrañable del mundo rural, con sus tradiciones, sus ideas y
sentimientos, tal y como se representan en el Ama del poeta premiado en los
Juegos Florales, que no admite comparación con lo que ocurre en otros
territorios hispánicos, en los que se llega a reivindicaciones totalmente
distintas, como la que Manuel Murguía hace para Galicia en su discurso de los
Jogos Forais de Tui de 1891:
«Chegóu
en verdade; dabondo o sabedes, como tamén que pasado o tempo dos queixumes,
n'hai outro remedio —se nos somos homes e queremos ser pobo— que lembrarnos
do que os alleos nos magoaron con seus ditos e con seus feitos. Tempo é xa de
que este Lázaro saia da sepultura en que o puxenon, e volva ó que foi seu [...]
O primeiro o noso idioma.
O
noso idioma! O que falaron o nosos pais e vamos esquecendo, o que falan os
aldeáns e nos achamos a ponto de n'entendelo; aquel en que cantaron reis e
trovadores [...], o gallego, en fin, que é o que nos dá dereito á enteira posesion
da terra en que fomos nados, que nos di que pois somos un pobo distinto,
debemos selo; que nos pormete o porvir que procuramos, e nos dá a certeza de
que ha de ser fecundo en bens pra nós todos. Nel, como a en vaso sagrado en que
se axuntan todos os prefumes, áchanse os principaes elementos da nosa
nacionalidade, de novo negada, e aínda mais, escarnecida. Doulle o celta a súa
dozura e a maor parte do seu vocabulario; o romano afirmóuno; ten do suevo as
inflesións; do noso corazón, o acento afalagador; e os bonos sonos, e os
sentimentos das razas célticas. Un tanto femeninos, é certo, pro que se tempran
no valor heroico dos seus fillos. Léngoa distinta —di o aforismo político—
acusa distinta nacionalidade. Digámolo nos tamén, se nos compre, con maor
firmeza aínda, e poñamos de nós o que faga falta, pra que sea pra sempre esta
léngoa en consonancia co noso esprito, e feita coma ningunha outra pra
espresión dunha literatura tan oposta o xenio da de Castilla como é esta que
nós temos» (M. Murguía 1891: 110-112).
El
discurso de Murguía nos proporciona un marco comparativo que permite situar en
su justo término lo que se busca en aquella Salamanca de hace más de un siglo.
2.
Filología y regionalismo
A
diferencia de Galicia no hay aquí una lengua que reivindicar, pero sí unos usos
propios que enaltecer. Tal enaltecimiento tiene muy poco que ver con el del
castellano hablado en el País Vasco, estudiado por Jon Juaristi (1992); no es
tampoco comparable a la creación de una jerga social urbana de cuño literario
como la que se llega a hacer en Madrid o como la que en La Argentina da lugar al lunfardo. Se trata, como
hemos señalado, en el caso salmantino, de la búsqueda de los valores
tradicionales que mantiene el campo, entre los que está nuestra manera de hablar.
Y esto tiene lugar en una situación de tensión entre la ciudad y el campo, que
retrata así Luis Maldonado, mostrando la causa de la pérdida del dialecto:
«...en la ciudad, a pesar de su tradicional cultura, existió siempre una feroz
enemiga contra todo lo campesino, especialmente dirigida contra las formas del
lenguaje de los charros [...].
Ese
encono entre la ciudad y el campo circundante, que cristalizó en la frase al
charro y al limón, estrujón, no ha desaparecido, antes ha aumentado de un modo
notorio con el engrandecimiento económico y la verdadera conquista que los
charros han hecho de la ciudad, substituyendo en ella, con alardes de riqueza,
a la aristocracia de la sangre y acorralando hostilmente a la clase
intelectual.
Ya
no pueden decir los salmantinos que estrujan al limón; sino que vueltas las
tornas, son ellos los estrujados y los absorbidos.
El
último baluarte de los viejos ciudadanos, la última forma de protesta de la
ciudad contra la invasión campesina, es el dialecto: los charros invasores,
gracias a su esfuerzo, viven en las mejores casas, visten a la última moda
parisién, aturden a las gentes con la crepitación y las bocinas de sus autos,
llenan las localidades de preferencia en los teatros, lucen su riqueza en las
fiestas taurinas..., pero hablan mal, usan frases charrunas, toscas, impropias
de la ciudad, carecen de la finura del lenguaje de los señores... ¡Aún hay
clases! [...].
Los
charros toman en serio sus reproches y creen, equivocadamente, que hablan mal y
procuran poner remedio a ese postrer nivel que les separa y diferencia de la
raza ciudadana, educando a sus hijos lejos del campo y procurando ellos mismos,
modificar la lengua nativa, imitando, casi siempre con poca fortuna, la manera
de producirse de las personas distinguidas» (L. Maldonado 1924: 241).
El
diagnóstico de Maldonado no desentona de los que conocemos del Renacimiento, en
lo referente a que la manera de hablar del campesino se tomaba como modelo de
incivilidad y de grosería, distanciado de tal modo de los usos de la corte, que
Giovanni Battista de Luca se veía obligado a hacer la siguiente recomendación a
los caballeros sobre la educación de sus hijos:
«...un grande error el hacer educar[los] con las amas y los criados de el país,
porque el niño aprenderá aquella habla, no solamente en los vocablos, en que
podría haber remedio cuando mayor, sino en los acentos; lo cual es irremediable
y así cuando se conduzca a la ciudad y metrópoli o la corte y practique con sus
iguales se hará ridículo» (Fernando Bouza 2003: 43).
Es
la misma diferencia que Luis Maldonado establece entre el campo salmantino y la
ciudad; si bien, da cuenta de que en sus últimos estertores, el dialecto
mantiene la fuerza que le insuflan las personas ilustradas de Salamanca. en
parte por curiosidad, pero sobre todo, por broma o por juego —había ocurrido
lo mismo con los pastores de Lucas Fernández o Juan del Enzina— que por un
sentido de autoafirmación de lo dialectal:
«Esa
sería bastante causa para la desaparición del dialecto de los invasores, si no
fuera porque la gente ciudadana, aun sin darse cuenta y a guisa de burla, va
introduciendo en su lenguaje frases y giros charrunos, que se van aclimatando y
supliendo deficiencias del castellano en la expresión de cosas y de ideas que,
naturalmente, han legado con la invasión campesina. Hasta el acento, tratado en
broma y abultado por los ciudadanos, va infiltrándose y hoy en día existe una
mutua penetración del idioma y del dialecto que, indudablemente, ha enriquecido
al castellano de la ciudad incorporando a él nuevos vocablos de la vida
campestre» (L. Maldonado 1924: 244).
Ese
es el ambiente en el que surge la literatura regional, que encuentra en
Maldonado su mejor cultivador, con obras como Del campo y la ciudad o las
Querellas del Ciego de Robliza, estas últimas nada ajenas al Martín Fierro,
están construidas con los usos de los charros de Villamayor y Aldeaseca, con
tal verosimilitud que el propio Unamuno llegó a tomar como auténticamente
populares. El escritor, al tejer pacientemente estas estampas rurales trataba
de frenar el progresivo abandono de los usos del campo:
«La
forma dialectal sucumbe bajo el rasero de una cultura general, creada en ínfimo
nivel por la prensa periódica; el bello y castizo dialecto leonés, al menos lo
que queda de él entre los charros de las Uces, Valsalabroso, Cabeza del
Caballo, Cerezal de Peñahorcada, El Rebollar, Peñaparda y otros pocos pueblos
más, no sirve ya de forma expresiva a la nueva literatura.»
es
ese mismo ambiente el que lleva a los filólogos, don Ramón Menéndez Pidal de
una manera particular, a recoger los restos del dialecto, aunque con el fin de
estudiarlo, para conocer su pasado. Maldonado reconoce la importancia de estas
tareas filológicas:
«De
los literatos espontáneos ha pasado definitivamente a los reflexivos, a los
técnicos, a los filólogos, y Menéndez Pidal, Américo Castro, Federico de Onís
dan congüelmo a la labor iniciada por Unamuno, Lamano y Beneite y Fernàndez de
Gata» (1924: 246,247).
Pero
percibe bien que ese trabajo filológico está siendo también decisivo para la
conversión del dialecto en materia de creación literaria:
«Toda
esta pléyade de verdaderos artistas salmantinos ha nacido y se ha desenvuelto
al calor con que Menéndez Pidal acogió los primeros vagidos del renacimiento de
la vida local que lleva un apreciable sumando a la obra magna de la cultura
patria» (1924: 249).
Si
la obra de Menéndez Pidal es decisiva para la concienciación de lo dialectal de
los salmantinos ilustrados, no lo es menos la de don Miguel de Unamuno, que
empieza a escribir, poco después de llegar a Salamanca, al menos desde 1895 (M.
García Blanco 1958: 64) su Vida del romance castellano, caracterizado en su
correspondencia como: «Ensayo de biología lingüística; trabajo en recolectar
voces, giros, fonetismo, dichos, etc., de esta región salmantina» (carta de
30.10.1897, citada por M. García Blanco en M. de Unamuno 1958: 65, publicada
también en EA: 43), que debió ser «tarea de los primeros años de su estancia
en Salamanca» (M. de Unamuno 1958: 64) y que permaneció inédito hasta bastante
tiempo después de su muerte (Publicado en M. de Unamuno 1958: 959-1014, con el
título: «Vida del romance castellano. Ensayo de Biología lingüística.
Introducción a la
Filología»).
En él trata de entreverar lo leonés dentro las raíces de una lengua para la que
Castilla había servido de catalizador.
Pero
no se conforman los dos filólogos con tratar de conciliar lo antiguo con lo
moderno, para buscar, a juicio de Maldonado, en la lengua de nuestra región
—¡que ya es buscar!— «el fondo original de la raza con todo su lastre
consuetudinario», con la autoridad añadida para mediar entre los que toman como
excesos, tanto por quienes los cometen a partir con otras lenguas:
«...la discusión con catalanistas no puede dar fruto alguno [...]. Mejor hace V. en
entenderse con los argentinos. Allí no hay tanta pasión, y la autoridad de V.
puede hacer mucho bien» (M. Menéndez Pidal, 14 de enero de1903).
Como
también para quienes la cometen con la nuestra:
«Ahora
estoy metido con los chilenos y con sus ridículos alardes —de algunos— de tener
un idioma nacional propio. ¡Qué cosas dicen! Mi tribuna es La Nación, de Buenos Aires, donde a mi modo
españolizo y sobre todo procuro destruir ciertos aditamentos que allí iban
anejos a lo español» (Unamuno, 28 de enero de 1908).
«Me
alegra, hablando de otra cosa, su tarea en la Nación de Buenos Aires. Es bien necesario allá
hacernos conocer y estimar, en lo que modesta o razonablemente debemos aspirar.
Recibí una publicación de Chile que me muestra que allí prende ahora la semilla
de Abeille» (M. Menéndez Pidal, 19 de febrero de 1908).
Porque,
de hecho, el interés de ambos filólogos por lo local se da para encontrar ahí
los datos del pasado de una lengua, que consideran el motor de la historia de
España. Una historia en la que no entra en colisión la atención a lo regional
de una variedad lingüística en alguna medida continuadora del leonés, con la
construcción de la historia del castellano.
De
la importancia que el autor de los Orígenes concede a lo dialectal para la
reconstrucción histórica, así como del interés científico de los datos
conservados en la provincia de Salamanca, son prueba las palabras con las que
da cuenta del viaje realizado por esta provincia en 1910, acompañado de Onís,
viaje largamente deseado, por lo menos desde 1901, en que le escribe a don
Miguel:
«Si
V. trae los apuntes sobre el habla de ahí me aprovecharán en grande; prepararé
en vista de ellos un cuadro del dialecto que terminaré en un viaje que deseo
hacer a esa Provincia» (M. Menéndez Pidal, 5, de 20 de octubre de 1901).
Se
comprende que casi diez años después exprese así el interés del vieja que por
fin logró realizar
«Mi
viaje con Onís me resultó sumamente interesante. Hallamos viva, por ejemplo, la
pronunciación del castellano literario en el siglo XVI (las consonantes
perdidas en el castellano moderno) y esto es ya una novedad importante. Es
preciso conocer las múltiples variedades dialectales que aun susbsisten en
España, y deslindarlas en el mapa para tener una idea del habla viviente que
late debajo de la uniformidad literaria» (M. Menéndez Pidal, 9 de octubre
de 1910).
Entender
la historia, pero construirla también, según lo demuestra el testimonio de
Federico Onís, quien se quejó a su maestro Unamuno, porque:
«Usted
cree que como mejor se sirve a la cultura patria es estando en su puesto, es
decir, explicando su cátedra; y yo creo que como mejor sirvo hoy (y dentro de
la ley) a la cultura de mi patria es reventándome a trabajar en el Centro de
Estudios Históricos, para poder poder construir un pedazo de la historia de
España que mañana he de enseñar en la Universidad y que aunque me vuelva loco
no podré enseñarla si no existe» (Onís, carta a M. de Unamuno de 19 de
marzo de 1912).
3.
Conclusiones
La
confluencia entre una versión cultural del regionalismo propiciada por don
Miguel de Unamuno, con el trabajo filológico desarrollado por don Ramón Menéndez Pidal, muestran en el cambio de siglo XIX al XX una ciudad como Salamanca, unos
planteamientos respecto a la lengua que han de tomarse también en
consideración, para explicar la intervención de los hablantes en la
conformación de la representación que nos hacemos de una lengua.
BIBLIOGRAFÍA:
Bouza,
F. (2003): Palabra e imagen en la Corte. Cultura oral y visual de la nobleza
en el Siglo de Oro, Madrid: Aba Editores. Se cita ahí un pasaje de El cavallero
y la dama o discursos familiares, traducido por Rodrigo Rodríguez de Velasco,
BNM, Ms. 17993, capítulo XV, 8.
Cortés,
L. (1948): «La leyenda del Lago de Sanabria», RDTP, 4, 94-114.
Maldonado,
L. (1924): «El dialecto charruno». En Homenaje a Menéndez Pidal. En Madrid:
Sucesores de Hernando, I, 155-160 [reimpreso siguiendo la versión reformada de
El Adelanto de 1926 en De «Mis memorias». Estampas salmantinas, II, Salamanca:
Librería Cervantes, 1986, por donde cito].
Murguia,
M. (1891): «Discurso nos Xogos Forais de Tui», en Prosa galega, I, Vigo:
Galaxia, 1976
Pereda,
J. M. (1897): Discursos leídos ante la Real Academia Española en las recepciones
públicas del 7 y 21 de febrero de 1897, Madrid, 97-147.
Rabaté
J.-C. (1997): 1900 en Salamanca. Guerra y paz en la Salamanca del joven Unamuno, Salamanca:
Publicaciones de la
Universidad de
Salamanca.
Unamuno,
M. (1958): Obras completas, VI, ed. de M. García Blanco, Madrid: Afrodisio
Aguado.
Unamuno,
M. (1984): Cancionero, Madrid, Akal. |
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