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Francisco Moreno Fernández
Medias lenguas e identidad
Lengua e identidad
Que la lengua
hablada por cualquier persona forma parte de su identidad es cosa bien sabida y
mil veces testimoniada a lo largo de la Historia, desde aquel pueblo gileadita
que se distinguía por pronunciar la inicial de la palabra shibboleth con
la palatal [ò] y no con la alveolar
[s], como hacían los efraimitas (Jueces XII 6), pasando por el ceceo que
caracterizó el habla de los gitanos en la España del siglo XVI (Alonso 1952),
hasta el uso de la muy respetuosa forma de tratamiento su merced
[sumersé] que se identifica con la gente de Colombia, especialmente con los
cundiboyacenses o rolos, como ha explicado el profesor Montes Giraldo
(2000: 148). Podríamos, pues, mudar el refrán y sentenciar: dime qué hablas —o, mejor— dime cómo hablas y te diré quién eres.
Efectivamente,
la relación entre lengua e identidad es tan estrecha que no ha podido pasar
inadvertida a los modernos teóricos de la Sociolingüística. Le Page y
Tabouret-Keller (1985), por ejemplo, han propuesto un «modelo de proyección»
que define la conducta lingüística individual como una serie de acciones por
las cuales la gente revela tanto su identidad personal como la búsqueda de una
posición dentro de un grupo social. Según este modelo, los actos de habla son
actos de proyección de imágenes, como en el cine, de modo que los hablantes
proyectan su universo interior a través de su lengua o, cuando se trata de
contextos multilingües, de la elección de una lengua. El hablante, mediante los
usos lingüísticos, invita a sus interlocutores a compartir su proyección del
mundo y sus actitudes hacia él, a la vez que se muestra dispuesto a
modificarlas por influencia de las personas con las que habla.
Pero, dejemos el
modelo de proyección así perfilado, pues habrá de servirnos al enfilar las
conclusiones, y quedémonos con la aceptación de los teóricos y del ciudadano de
a pie de que la lengua es una de las más importantes señas de identidad de las
personas y de los grupos sociales.
Lengua e identidad
territorial
Ese ciudadano de
a pie al que acabo de referirme suele aceptar, por otro lado, que cualquier
lengua está vinculada de forma absolutamente natural a un dominio geográfico. Y
tan es así, que la identificación de una lengua con un territorio llega a
aceptarse a modo de axioma, sin necesidad de demostración alguna, y a través de
entimemas tan transparentes como simples: habla español, luego es de España.
Por eso mismo, los argentinos —en general los suramericanos— se sienten
cómodos llamando a la lengua castellano, porque asumen que el español es
cosa de españoles y que lo suyo no es lo mismo. Comentaba Cecilia Roth en una
entrevista televisiva que, cuando regresaba a Argentina tras hacer una película
en España, todos le decían que volvía «hablando gallego», en alusión,
naturalmente, al español de España. La identificación «lengua = dominio
geográfico» es una constante que puede reducirse a aseveraciones tan lógicas
como que Islandia es el territorio del islandés, Japón lo es del japonés,
Polonia del polaco y Rumanía del rumano. Y esto es asumido por propios y
extraños, de manera que los habitantes de cada uno de esos territorios
consideran sus lenguas respectivas como parte esencial de su identidad.
En la
interpretación más neutra y general, las naciones o estados ideales son
aquellos en los que solamente se habla una lengua, de modo que la Rumanía ideal
es la que solo habla rumano y la Francia ideal es la que solo habla francés
(López García 2004: 78). Hasta tal punto está arraigada esta asunción, que la
excesiva similaridad lingüística llega a combatirse para marcar con claridad
las diferencias entre unas naciones y otras, como ha ocurrido con el serbio y
el croata, que acabaron expresándose por escrito mediante alfabetos diferentes.
Los que no se expresan como yo, son distintos de mí; los que no hablan del modo
en que se hace en mi tierra, sencillamente no son de mi tierra.
Es palmario que
las cosas son así de hecho en numerosos casos, principalmente cuando se trata
de naciones o estados de pequeña extensión, pero no suele serlo cuando los
estados son grandes, pongamos España e Italia o, en una mayor dimensión, Rusia
o Canadá. Conforme la geografía se extiende, va resultando más evidente que las
ecuaciones «lengua=dominio geográfico», «lengua=nación» o «lengua=estado»
no son categóricas. En el caso de Rumanía, es verdad que esa es la tierra del
rumano, pero no puede olvidarse que la independiente y vecina Moldavia también
utiliza una variedad de la lengua rumana, como hay pueblos de lengua húngara en
Rumanía, concretamente en Transilvania. Turquía se identifica con la lengua
turca, asumida la transfiguración que supuso el abandono del alifato, pero no
puede olvidarse que Turquía es también la tierra del kurdo, como lo son Irak,
Irán y Siria. En la España monolingüe se asume que sólo se habla español y
choca conocer casos como el de Olivenza, en la frontera con Portugal, donde se
ha producido un histórico duelo de adscripciones político-lingüísticas, como
también choca saber que en el Sur de las islas de Gran Canaria o de Tenerife
pueda haber localidades en las que solo se habla alemán o danés. Sin embargo,
estas situaciones no niegan la validez de la ecuación: en su interpretación
popular, se trata de simples imperfecciones, anomalías o salvedades, la mayoría
inocuas para el buen entendimiento de la realidad común. Cosa distinta opinan los
que viven en esas realidades anómalas.
La actitud y el prestigio
lingüístico: centro y periferia
Visto desde la
teoría de prototipos, en la que son fundamentales los conceptos de centro y
periferia, la actitud lingüística más generalizada es la de asumir la
identificación entre una sola lengua y el territorio de una nación o estado.
Del mismo modo, se da por cierto el hecho de que los mejores hablantes de esa
lengua se localizan en un territorio determinado, especialmente los que habitan
en sus núcleos más prestigiosos. Ellos constituirían el centro de esa
realidad geolingüística y todo lo que no se identificara nítidamente con ella
sería la periferia. Los hablantes que ocupan el centro de un sistema
geo-socio-lingüístico no suelen sentir ni plantearse dudas de identidad; los
que ocupan algún lugar de la periferia, sí. Cuando hablamos de sistema
geo-socio-lingüístico nos referimos a una lengua o variedad identificada con un
territorio bien delimitado y con unos grupos sociales bien perfilados. Pongamos
como ejemplo el uso de la lengua española en los territorios tradicionales de
Castilla, en España.
Por otra parte,
es habitual que cuando en un territorio se utilizan diversas variedades
lingüísticas, pongamos lenguas o dialectos diferentes, cada una de ellas reciba
una valoración general, de los propios hablantes y de los hablantes de las
demás variedades, de acuerdo con cuatro criterios fijados por William Stewart
en 1962: su autonomía, su historia, su estandarización y su vitalidad. Las
actitudes lingüísticas suelen ser más positivas hacia una variedad cuanto más
clara sea la percepción de cada uno de esos atributos, concediéndoseles en su
grado más elevado el más alto nivel de prestigio. No hay que olvidar, sin
embargo, que, paralelamente al prestigio abierto y reconocido por toda una
comunidad, puede existir un prestigio encubierto por el cual
determinados usos lingüísticos, objetivamente desprestigiados, son los únicos
que resultan adecuados y aceptados en el seno de ciertos grupos de hablantes o
en determinadas situaciones comunicativas (Trudgill 1975).
Entrelazando los
elementos teóricos que se acaban de mencionar, podría decirse que las lenguas
que reciben una mejor valoración y disfrutan de prestigio abierto son las que
se encuentran en el centro de un sistema geo-socio-lingüístico, en las cuales
además se aprecia un autonomía, una historicidad, una estandarización y una
vitalidad en su grado máximo. Las lenguas o variedades que se encuentran en la
periferia de un sistema geo-socio-lingüístico manifiestan esos atributos en un
menor grado, cuando lo hacen, y no suelen disfrutar de más prestigio que el que
se les quiera atribuir de forma encubierta, para ciertos contextos o entre
ciertos tipos de hablantes.
Lengua, territorio, etnia y
grupo
En la argumentación
que estamos desarrollando para poner en cuarentena la ecuación «lengua =
dominio geográfico», hay que añadir algunas afirmaciones importantes. Una de
ellas sostiene que ni siquiera las entidades lingüísticas cuya definición
depende más claramente del concepto de territorio exigen tal dependencia de un
modo absoluto. El concepto de dialecto, por ejemplo, es definido por Manuel Alvar como «sistema de signos [...] normalmente con una concreta delimitación
geográfica», pero con el uso de ese «normalmente» se está aceptando que hay
variedades dialectales, que no se identifican tanto con un territorio
específico, como ocurre con el judeo-español, por ser una modalidad de
diáspora. Además, lo movimientos migratorios de urbanización, tan intensos
durante el siglo XX, han convertido muchas variedades dialectales o geolectales
en variedades sociales, características de ciertos barrios en los que se han
ido asentando los inmigrantes procedentes de determinadas áreas
geolingüísticas.
Todo esto nos
lleva a afirmar que el uso de una lengua o de una variedad lingüística, de
igual modo que puede adscribirse a un territorio, también puede hacerlo a otro
tipo de nociones, como la de grupo social o la de etnia. De hecho, la
Sociolingüística urbana de los últimos treinta años ha dedicado sus trabajos y
sus días al descubrimiento de rasgos lingüísticos que co-varían con los
factores sociales que se dan cita en las grandes comunidades de habla, de la
misma forma que la etnolingüística se ha preocupado de caracterizar grupos
humanos de origen étnico muy diverso. Pensemos en la fuerte identificación
entre lengua y etnia que se produce en los pueblos indígenas de África o de
Iberoamérica, o incluso en el caso del territorio vasco, donde los
nacionalistas vinculan la lengua vasca a un pueblo (Euskalherria) y a
una etnia, cuyas fronteras geográficas y sociales no coinciden con las
fronteras lingüísticas. En otras ocasiones, el uso de una lengua se adscribe no
a un territorio o a una etnia, sino a la práctica de una religión, como ocurre
en Asia, sobre todo con el uso del árabe, en Filipinas o en la India.
Generalmente, en estos casos suele existir una lengua de uso más general, a la
que podríamos calificar de super-estructural, que articula la dinámica de esos
grupos con la vida del estado en que se insertan y que da lugar a situaciones
de diglosia. Así ocurre en la relación entre el inglés y el árabe en Filipinas,
entre el inglés, el hindi y el árabe en la India, entre el francés y las
lenguas indígenas, en Senegal, o entre el español y las lenguas de algunos
grupos indígenas en México, por poner algunos ejemplos.
Si aceptamos la
conexión íntima entre lengua y territorio, por un lado, entre lengua y grupo
social, por otro, y entre lengua y etnia, por otro, apreciaremos que en cada
una de estas circunstancias se localiza un centro y una periferia. Cada área,
cada grupo, cada etnia tienen un epicentro y unas fronteras exteriores, que
marcan sus límites con la periferia de otras áreas, otros grupos y otras
etnias. Y es en estos ámbitos periféricos donde surgen unos usos lingüísticos
de gran importancia para los sistemas a los que venimos aludiendo, unos usos de
frontera, de periferia, que a menudo se entremezclan con los de sus vecinos.
Hablamos de los fenómenos incluidos bajo el rótulo genérico de «lenguas en
contacto» y específicamente de todo aquello que tiene que ver con la mezcla de
lenguas, a lo que daremos el nombre genérico de «medias lenguas». Tal carácter
periférico a menudo provoca entre los usuarios de esas variedades de frontera
sentimientos de baja autoestima, temores de desintegración social o incluso
deseos de automarginación. En estos ámbitos, la identidad se discute como un
auténtico problema, como una cuestión esencial, mientras que desde el exterior
a menudo se transmite una desconsideración que agudiza la que ya existe en el
interior.
Mezclas de lenguas en las
fronteras hispánicas
El mundo hispánico
puede concebirse como un inmenso sistema geo-socio-lingüístico, con su centro y
su periferia, si bien, por tratarse de una realidad cultural y lingüística tan
rica y compleja, hay que hablar de la existencia de diversos centros, con sus
respectivas periferias, así como de una periferia general. Es aquí donde
aparecen las lenguas mezcladas, las soluciones de frontera, las medias lenguas,
denominación también utilizada en español para hacer referencia al habla
limitada de los niños o de los extranjeros aprendices de la lengua.
El origen de
estas situaciones limítrofes es muy variado, desde la simple vecindad histórica,
hasta las migraciones, antiguas o modernas, por razones de colonización,
ideológicas o económicas. Somos conscientes de que las variedades que incluimos
aquí han sido estudiadas desde especialidades diferentes dentro de la
lingüística, pero creemos que pueden ser interpretadas desde un marco teórico
común, entendiéndolas como una manifestación más de los fenómenos derivados de
la acomodación comunicativa, proceso psico-sociolingüístico que todo hablante
experimenta y que lo lleva a buscar la convergencia con sus interlocutores
(Giles y Poweslan 1975).
En términos
generales, puede hablarse de la existencia de tres clases de fronteras: las
fronteras geográficas, las fronteras étnicas y las fronteras sociales. Estas
fronteras se corresponden con tres de los conceptos que conforman la identidad
—territorio, etnia, grupo social— y se localizan en la periferia de las
identidades regionales, de las identidades étnicas y de las identidades
sociales, respectivamente (Fishman 1999). En cada uno de estos tipos de frontera,
surgen lenguas mezcladas —medias lenguas—, cuyo inventario, dentro del mundo
hispánico, esbozamos a continuación.
Mezclas en las fronteras
geográficas
En los límites del dominio
lingüístico del español aparecen variedades fronterizas que se entreveran con
las correspondientes lenguas circunvecinas. Esas variedades suelen reunir
elementos del español y elementos de las lenguas contiguas, en una mezcla
inestable, si bien de cierta extensión y aceptación social, que parece servir
de puente o de área de transición entre las dos lenguas colindantes. En el
mundo hispánico, tal vez las dos modalidades de frontera más significativas
sean el chapurreao de la franja oriental de Aragón, en el límite entre
el catalán y el castellano (Martín Zorraquino et al. 1995), y el fronterizo-fronteiriço
de la divisoria entre Uruguay y el estado de Rio Grande do Sul, de Brasil (Rona
1965; Elizaincín 1992). En ambos casos podría hablarse de una apreciable
difusión social de la variedad mezclada, con efectos incluso políticos, y de
una extensión geográfica digna de mención: en Aragón, se encuentra en todo el
extremo oriental de Huesca, Zaragoza y Teruel; en Uruguay, afecta a varias
localidades, como Artigas, Rivera o Tranqueras. También merece destacarse la
existencia de un prestigio interno o encubierto específicamente de la variedad
mezclada.
A las dos
modalidades mencionadas podríamos añadir otras, halladas esta vez en municipios
concretos o extensiones más reducidas, como el aguavivano, el mirandés
o el barranqueño. Se llama aguavivano a la mezcla de hablas
valencianas y aragonesas que se produce en la localidad de Aguaviva, en Teruel,
con elementos fónicos, gramaticales y léxicos de unas y otras entremezclados
(Sanchis Guarner 1949); se llama mirandés al habla de Miranda do Douro
en la región portuguesa de Trás-os-montes, modalidad que incorpora elementos de
las antiguas hablas leonesas (Maia 1996), como ocurre con el barranqueño,
mezcla conocida en la localidad portuguesa de Barrancos, en el Bajoalentejo.
Junto al mirandés, pueden considerarse otras hablas de frontera, como las de
Eljas, Valverde del Fresno y San Martín de Trebejo, en la que también se
entreveran rasgos portugueses, aunque estén muy castellanizadas, o las de
Ermisende, Riodonor, Guadramil y Lubián, en la confluencia del gallego, el
portugués, el leonés tradicional y el castellano (Elizaincín 1992).
En todos estos casos,
por lo general, el habla mezclada, sea comarcal sea local, suele estar
desprestigiada, tanto desde dentro como desde fuera. Este hecho se refleja
parcialmente en el nombre que les dan los propios hablantes, quienes unas veces
prefieren usar sencillamente el nombre local, dando una idea precisa de su
limitado alcance (por ejemplo, fragatino o tamaritano, de Fraga y
Tamarite, en Aragón), otras veces se refieren al nombre genérico del área (fronterizo,
en Uruguay) y otras optan por utilizar un nombre tradicional en el que se
trasluce el escaso prestigio abierto de la modalidad (chapurreao en
Aragón; chápurreu en la sierra de Gata, en la frontera con el
portugués).
A pesar de lo
comentado, la creación de variedades mixtas no es un resultado obligado en toda
situación de frontera geográfica. Dentro de la Península Ibérica, hay
territorios en los que las lenguas de cada lado están bien diferenciadas entre
sí, como ocurre en numerosos puntos del límite entre España y Francia. Lo mismo
pasa en la frontera entre español y portugués en el territorio amazónico de
Leticia y de Tabatinga, ciudades perfectamente contiguas donde los colombianos
hablan español con los brasileños y estos portugués con los primeros, incluidos
los indígenas ticunas de cada país, como tuvimos ocasión de explicar en
Valladolid en 2001. Allí no existe un «portuñol» con base social, más allá de
las normales transferencias individuales e inevitables en un contexto de
coexistencia de lenguas.
Mezclas en las fronteras
interétnicas (geo-étnicas)
En los contactos entre las etnias
que coexisten en el territorio hispánico, cuando se manejan códigos
lingüísticos diferentes, también pueden aparecer variedades mezcladas. Hablamos
de etnias que tienen su propio hábitat geográfico y que no conviven de forma
continuada con los hablantes de español como primera lengua, aunque el contacto
sea frecuente. Esas variedades suelen reunir elementos del español y elementos
de la lengua étnica, en una mezcla estabilizada socialmente y, por lo tanto,
capaz de funcionar como seña de identidad y de servir de puente o de
instrumento de comunicación entre los dos grupos coexistentes. En el campo de
la Sociolingüística, estas modalidades han recibido la consideración de lenguas
pidgin y lenguas criollas. Estas últimas son las nacidas de una mezcla que ha
dado lugar a una comunidad de habla, al poder ser adquirida como lengua
materna. Las primeras son lenguas de compromiso, circunstanciales, generalmente
para el comercio, y no se conocen en el actual mundo hispanohablante, como
tampoco se encuentran las llamadas hablas bozales, usos de los esclavos
africanos que intentaban comunicarse con los hablantes de español..
La relación
hispánica de este tipo de mezclas estaría formada por el chabacano
(Filipinas), mezcla de español y una lengua indígena, como el tagalo, el papiamento
(Antillas Holandesas), mezcla de español, portugués, holandés y elementos
africanos, palenquero (Palenque de San Basilio, Colombia), mezcla de
español con elementos africanos, el chamorro (isla de Guam, Marianas del
Norte), mezcla de lenguas austronésicas con español y elementos del inglés y
del japonés y el bendé (San Andrés y Providencia, Colombia), mezcla de
español e inglés, llamada también papiamento. Además nos atrevemos a
añadir a esta lista la media lengua (Ecuador), mezcla de base quechua
con elementos léxicos del español, que parece localizarse en ciertas
poblaciones e incluso adquirirse como lengua materna. También en esta relación
llama la atención la doble vía para denominar tales variedades: la que prefiere
ceñirse al nombre local (palenquero) y la que hace alusión a su forma
lingüística, como en el caso de media lengua.
Mezclas en las fronteras
sociales
Los contactos entre etnias
diferentes también son posibles dentro de un mismo espacio geográfico,
generalmente urbano, como consecuencia de los movimientos migratorios
(Guibernau y Rex 1997; Martín Alcoff y Mendieta 2003). En estos casos, con
todo, las etnias se convierten en grupos sociales, asimilables a otro tipo de
agrupaciones de las muchas que pueden surgir en una comunidad. De los contactos
entre grupos sociales o socioétnicos distintos pueden surgir variedades de
mezcla, cuando migrantes y receptores utilizan instrumentos de comunicación
bien diferenciados. Los grupos socio-étnicos coexisten, comparten espacios
socio-geográficos, pero pueden funcionar con dinámicas diferentes, de las
cuales surge la modalidad mezclada, la media lengua urbana, con la posibilidad
de cumplir funciones muy diferentes y de ofrecer perfiles formales variados y
complejos. En esa circunstancia es frecuente que aparezcan dudas sobre la
identidad propia, dudas que en ocasiones llevan a la transculturación o a la
búsqueda de una personalidad, que no se identifica necesariamente ni con la
cultura de origen ni con la de la sociedad de acogida.
Como ejemplos de esas
medias lenguas sociales, citaremos tres: el cocoliche argentino, el portuñol
brasileño y el espanglish estadounidense. Las tres manifestaciones
lingüísticas son consecuencia de movimientos migratorios de gran intensidad. No
incluimos en este apartado las lenguas percibidas como autónomas, por mucha
influencia que hayan recibido del español: pensamos en el guaraní, lengua
oficial de Paraguay, a la que se le da el nombre de guaraní paraguayo
(también se emplea jopará [jopará] mezcla o guarañol), bien
diferenciado del guaraní tribal, pero que no por ello deja de ser guaraní
(Granda 1994; Lipski 2004).
En el caso del cocoliche,
se trataba de un español o castellano de la región de Buenos Aires que
incorporó numerosos elementos de origen italiano, muchos de los cuales han
pasado a la lengua común, aunque la mezcla más abigarrada se haya ido
disipando. Por otro lado, aquí estamos llamando portuñol al español
cargado de elementos del portugués que se viene utilizando por parte de los
hispanohablantes llegados a Brasil desde fines del XIX, tanto de España como de
Hispanoamérica, dándose la circunstancia de que cuando los españoles emigrados
son de origen gallego, la mezcla a veces no permite identificar dónde acaba el
gallego o el castellano y dónde empieza el portugués. En un caso como en otro,
la cercanía de las lenguas es un elemento clave para entender la facilidad del
proceso de mezcla.
El caso del espanglish
es sociolingüísticamente más complejo, por estar las lenguas protagonistas más
alejadas en su forma y por coexistir en una sociedad tan compleja como la
estadounidense, en la que, para empezar, lo hispano o hispánico porta valores
diferentes según el territorio de los Estados Unidos de que se trate: no es lo
mismo la frontera con México, que Florida, Nueva York o Chicago. Por eso son
varios los nombres que se le ha dado a la mezcla de inglés y español durante el
último siglo: chicano, pocho, tex-mex, caló, espanglish,
entre otros (Villanueva 1980). Las cuestiones de identidad que se derivan de
todo ello afectan a muchos aspectos de la presencia hispana en los EE.UU.,
incluido el nombre preferido para autodenominarse como grupo social: latino/hispano (Gracia 2000).
Sin ánimo, de
prestar al espanglish una atención desproporcionada, sí resulta
importante tener en cuenta algunos aspectos no siempre bien entendidos. En
primer lugar, el espanglish es lo que técnicamente se denomina una «mezcla de
lenguas bilingüe»; desde un punto de vista socio-histórico, surge en el seno de
un grupo étnico que se resiste de algún modo a la completa asimilación al grupo
dominante; desde un punto de vista lingüístico, el espanglish está tan
diversificado, al menos, como el origen de los hispanos que lo utilizan
(mexicano, cubano, puertorriqueño,.) y a esta diversidad hay que añadir la del
modo, variadísimo, en que se producen los calcos, los préstamos, las
transferencias gramaticales o las alternancias de lenguas.
En segundo
lugar, aunque el espanglish ha sido valorado en términos muy peyorativos desde
fuera del grupo de los hispanos estadounidenses (se ha dicho, entre otras
cosas, que es una «invasión del inglés», una «prostitución del idioma», una
«aberración», una «degradación del español», un «producto de la pereza», una
«capitulación», una «desviación idiomática», un «disparate» o un «producto de
marketing»), su apreciación desde dentro del grupo no es tan negativa, al menos
desde la perspectiva del prestigio encubierto. En una investigación preliminar
realizada para conocer la actitud de los jóvenes hispanos universitarios de la
ciudad de Chicago, comprobamos que una de las manifestaciones más típicas del espanglish,
la alternancia de lenguas, si bien no es valorada tan positivamente
como el uso homogéneo del español o el inglés, tampoco es despreciada de modo
absoluto y suele asociarse a lo coloquial, a lo joven y a lo familiar.
Por otro lado,
por muy extrañas que puedan parecer ciertas expresiones, no puede soslayarse la
enorme importancia del componente netamente hispánico en los usos lingüísticos
de los hispanos en los EE.UU. También hemos tenido la oportunidad de realizar
una investigación del léxico disponible de hispanos de segunda generación, con
edades comprendidas entre los 16 y los 18 años, y comprobamos que el nivel de
anglicismos léxicos es realmente elevado en los campos relacionados con la ropa
y con los juegos, como ocurre en otros lugares del mundo hispánico, pero el
índice de anglicismos es proporcionalmente bajo en los campos de la comida —con mucho léxico mexicano— de los muebles y utensilios de la casa o de los
animales. El léxico disponible de esos jóvenes hispanos de Chicago es
mayoritariamente hispano, cuando hablan español.
Del análisis de
la situación lingüística de los Estados Unidos de América, concluimos que el
español no es una lengua más: su implantación social va creciendo, su prestigio
continúa elevándose y su uso diversificándose. En tal circunstancia, los
intercambios y transferencias con la lengua inglesa son sencillamente
inevitables: el espanglish durará tanto como dure la coexistencia del español y
el inglés.
¿Las medias lenguas son
español?
A la vista de las situaciones
periféricas que hemos tenido ocasión de comentar —geográficas, étnicas y
sociales— y teniendo en cuenta las actitudes negativas de muchos de sus
propios hablantes, las actitudes negativas por parte de hispanohablantes
ubicados en otros espacios del sistema y el prestigio encubierto que suele
encontrarse en estos ámbitos limítrofes, podría llegar a ponerse en duda la
adscripción de todas esas medias lenguas o lenguas mezcladas a la lengua
española y, por tanto, la consideración de sus hablantes como parte integrante
del universo hispánico. Ahora bien, ante la duda, nuestra respuesta es clara:
no sólo es posible adscribirlas al ámbito del español, sino que lo más adecuado
es tratar esas modalidades de frontera y a sus hablantes como una parte más del
mundo hispanohablante, por muchas peculiaridades que puedan acumular. Es un
hecho que en toda la hispanofonía se aprecia un aire de familia, que también se
reconoce en las lenguas de mezcla.
El modelo de Le
Page, al que aludíamos al principio, incluye una hipótesis general que se
formula del siguiente modo: el individuo es capaz de crear sus propias pautas
de conducta lingüística con el fin de acomodarse a los miembros del grupo o de
los grupos con los que desea ser identificado en cada momento. Así es como las
variedades de frontera van adquiriendo su personalidad: acomodándose a las
modalidades que las rodean. Ahora bien, el cumplimiento de esa hipótesis
general viene determinado por cuatro condiciones:
- que exista un grupo identificable como tal;
- que el hablante tenga la capacidad de modificar su propia conducta;
- que el acceso a un grupo sea posible y se permita el análisis de sus pautas de conducta;
- que exista motivación para vincularse a un grupo.
Trasladadas estas condiciones a la
situación del hablante de una «media lengua» en relación con la lengua del gran
grupo de los hablantes de español, observamos que las dos primeras condiciones
pueden ya existir sin mayores dificultades, puesto que los hispanohablantes se
identifican fácilmente como comunidad y damos por supuesto que buena parte de
los hablantes de «medias lenguas» tienen capacidad individual para modificar su
conducta o, al menos, su actitud. Las condiciones c y d, sin embargo, no
dependen tanto de los hablantes como de la comunidad hispánica. El mundo hablante
de español, en su conjunto y en cada una de las comunidades que lo integran,
tendría que mostrarse accesible a los componentes de los demás grupos y de
todos los individuos, especialmente de los considerados periféricos,
facilitando la identificación con sus elementos comunes y favoreciendo los
contactos entre áreas diferentes. Solo así podrá nacer, desarrollarse o
fortalecerse un sentimiento de comunidad que redunde en el enriquecimiento de
la identidad propia.
A nuestro
juicio, es importante que los hablantes de «medias lenguas» se sientan miembros
de la gran comunidad hispanohablante, por muy particulares, especiales o
periféricos que se vean; pero a la vez es vital que los que ocupan las áreas
centrales del sistema sean conscientes de que el concepto de centro exige el de
periferia y que prescindiendo de ella o ignorándola se le está dando la espalda
a una de las principales fuentes de innovación, originalidad y, en definitiva,
de desarrollo sociolingüístico. Pensemos que la evolución de cualquier lengua
viene determinada por su propia dinámica interna y por la influencia de agentes
externos, entre los que destacan los usos lingüísticos circunvecinos y los usos
de las poblaciones migrantes. Sencillamente, la vida social de una lengua no
puede entenderse sin estos factores externos.
En 1998, elaboré
con Jaime Otero un análisis demolingüístico del español en el que surgió, de
inmediato, una pregunta crucial (Moreno y Otero 1998): los hablantes de
chabacano, de papiamento de medias lenguas ¿cuentan como hispanohablantes? La
respuesta nos pareció entonces tan clara como ahora: naturalmente que cuentan y
no solo en la acepción matemática del verbo. Siguiendo los juegos de palabras,
terminamos afirmando que las medias lenguas no solo cuentan mucho en el mundo hispánico,
sino que pintan tanto que el cuadro nunca estaría completo sin su singular
existencia y colorido. Sin duda, la identidad de las medias lenguas también es
hispánica.
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