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Recepción del arte chino en España.

 


La narración de las relaciones artísticas entre España y China se entienden en el contexto de la recepción de las obras chinas en la península desde el siglo XVI a la actualidad. Un marco cronológico muy amplio que se inicia con una primera fase de descubrimiento que abarcaría todo el siglo XVI, a la que seguirían los encuentros, desencuentros, intercambios y apropiaciones, en los siglos posteriores. Los objetos y obras de arte, manifiestan el asombro, el interés y la curiosidad que lo novedoso —como sería el caso de la porcelana— causan en España y Europa, e incitan al interés y conocimiento por la cultura que manifiestan. Son la presencia real e ineludible de la existencia de otros mundos, de otras culturas que no pueden seguir siendo ignoradas y cuyo conocimiento permitirá la reafirmación en Europa de sueños imperiales y de nuevos horizontes culturales y científicos. El conocimiento de nuevos territorios, de nuevas culturas se desarrolla desde la literatura, pero también y de un modo cada vez más generalizado a partir de los objetos. Las primeras piezas que se difunden son las porcelanas azul y blanca que traen los portugueses y que tanto asombro causarán por su brillo, su transparencia y sonoridad. Pero no son tiempos para la observación y la curiosidad sino para la apropiación cultural y material, y por ello se inicia la costumbre de encargar piezas a China siguiendo los modelos formales y decorativos al uso en la España de los siglos XVI y XVII, aprovechándose del conocimiento técnico y estético del alfarero chino.

De este modo se va formulando un arte híbrido que en su origen técnico está hecho en China, pero no forma parte de su tradición artística, y que en su definición final se modela al gusto de las corrientes artísticas que se desarrollan en Europa. Felipe II goza en sus palacios de un gran número de objetos procedentes de China, desde porcelana a pinturas, muebles y objetos musicales que se atesoraban y distribuían en la corte con diferentes fines. En su conjunto se observa como conviven las piezas de porcelana hechas en China, con su escudo y con su mobiliario, como es el caso de la silla de la dinastía Ming que se conserva en sus aposentos privados del Monasterio de El Escorial o las pinturas de las que nos hablan los inventarios pero de las que no se tiene más conocimiento. Es, en definitiva, un compendio de la recepción de la cultura artística china en la época, donde conviven las piezas hechas en China por encargo y los objetos realizados desde la tradición china. Si en los primeros se pueden estudiar y observar los diferentes criterios estéticos y formales en el transcurrir del tiempo, en los segundos se utilizaran los soportes artísticos, porcelana, laca, madera, marfil, seda, para ir definiendo visualmente una cultura lejana e imaginaria que ahondará en los tópicos que construyen el imaginario colectivo sobre China.

 

Detalle de una botella china con las armas de Felipe II, h. 1573-1619, Fundação Oriente, Lisboa.

 

Detalle. San Hugo en el refectorio de los Cartujos, de Zurbarán. Museo de Bellas Artes, Sevilla.

De los salones de palacios, los objetos artísticos procedentes de China llegarán a la aristocracia y nobleza para finalmente en el siglo XIX decorar los salones de la burguesía. Su paso de condición de objeto de lujo a objeto cotidiano queda reflejada en la obra de pintores que, como Zurbarán (1598-1664) o Luis Menéndez (1716-1780), los incorporan a sus bodegones, reflejo del exotismo pero también de la cotidianidad en la que se integran. Algo que sucede de modo semejante en los virreinatos de Nueva España y Perú, integrados en el comercio entre China y España a través de las rutas marítimas de los llamados «Galeones de Manila». De la loza de Talavera a la producción de Puebla se toma como modelo los tipos chinos.

Los dibujos de pagodas y sauces inundan paredes, textiles y cualquier superficie decorativa es reinterpretada «a lo chinesco» durante el siglo XVIII. La Ilustración y el desarrollo científico de los siglos XVIII y XIXpermite un cambio de mirada hacia los objetos y, en definitiva, a la cultura que los ha generado. Por ello en la segunda mitad del siglo XIX e inicios del siglo XX se asiste en Occidente a un interés científico y arqueológico sobre el objeto como testimonio e instrumento de la historia, que permite el estudio y catalogación de las colecciones formadas desde el siglo XVI. El nacimiento de los museos públicos de arte asiático se entiende en este marco y en el desarrollo de la historia del arte como disciplina. Si en otros países del ámbito europeo se han formado colecciones de arte chino de gran importancia, fomentadas por un estudio científico, que han dado lugar a la creación de museos públicos y centros de investigación, en nuestro país hemos carecido de ello. En España, el coleccionismo de arte chino se ha centrado históricamente en la Corona, cuyo patrimonio junto con el de coleccionistas privados ha revertido en el Estado. Su catalogación y estudio ha sido un trabajo realizado apenas en los últimos 30 años, y permite en la actualidad rescribir la historia de la recepción del arte chino en España.

 

Detalle de Chambre du lit, Palacio de La Granja de San Ildefonso, Segovia, Patrimonio Nacional.

  Detalle de Bodegón con servicio de chocolate y bollos, de Luis Menéndez. Museo del Prado.

Desde la segunda mitad del siglo XX, el interés por el arte chino ha dejado de estar centrado en la cualidad técnica y exótica del objeto, por la apreciación de sus coordenadas históricas y artísticas. Una nueva estética basada en la simplicidad del gesto preconizada por los artistas, permite acercarse a otras producciones más sutiles y contenidas. Frente a la exuberancia de una pieza cantonesa del siglo XIX, se presenta un delicado monocromo del siglo XII, que se aúna con el reconocimiento al valor y sentir artístico del gesto que construye un carácter caligrafiado y que permite acompañar a un silencioso paseante por un paisaje o participar de las más actuales creaciones.

 

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