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¿Por qué clamamos por el retorno de don Quijote?

 


No es casual que de un tiempo a esta parte hayan aparecido casi simultáneamente en China varias traducciones del Quijote. Puede que hayan tenido que ver ciertos tejemanejes comerciales, pero yo prefiero rastrear motivaciones más trascendentales. Sospecho que se trata de una sed social, sed del idealismo.

La misma pasión por don Quijote se dio en la década de los treinta: entre 1931 y 1939  se publicaron en China, por lo menos cuatro versiones de la obra inmortal de Cervantes, que parecían querer competir con otra muy anterior titulada Vida del paladín encantado, adaptación libre del Quijote realizada por un autor de la vieja escuela llamado Lin Shu. Aquel interés derivó también de la necesidad de un idealismo que vigorizara la nación frente a la inminente amenaza de verse anexionada a Japón. ¿Cuál puede ser la amenaza que afrontamos ahora para que volvamos a acordarnos de don Quijote y clamar su retorno? Según me parece, no es más que la acción descarada o subrepticia del materialismo. El mal cobra mayor relieve y voracidad en China por su reciente y furiosa irrupción en venganza de otro desequilibrio que acabamos de abandonar: la excesiva y unilateral exaltación de un idealismo tan totalizador que resultó inalcanzable. Ya ven ustedes, otra vez la perpetua paradoja de la que no podemos deshacernos nunca: procurarnos el equilibrio en medio de constantes desequilibrios.

El materialismo que se presenta con ciertas particularidades en China es en realidad un fenómeno universal. Como se observa, la tecnología moderna ha proporcionado a una parte de la población mundial un nivel de vida nunca soñado, mientras promete algo parecido al resto, en un plazo más o menos largo. Esta realidad y las expectativas generadas han despertado en el hombre, más que nunca, la soberbia y la codicia. Se cree con todo el derecho de expoliar el entorno. De ahí la furia por acaparar riquezas que azota todo el planeta en detrimento de los valores humanos. ¿Y las consecuencias? Tan nefastas como palpables. Paralela al galopante deterioro del medio ambiente, asistimos a una paulatina deshumanización del hombre que se va volviendo un mero animal económico. El amor, el altruismo, la solidaridad, la responsabilidad social, el sentido de equidad y la justicia brillan en muchos casos por su ausencia. Si no, ¿a qué se atribuirán tantas guerras, tanta violencia, tanta rapiña, tanta arbitrariedad, tanta indiferencia ante los sufrimientos ajenos? No crean ustedes que estoy predicando un inhumano ascetismo. No, nada de eso. Soy consciente de que cualquier ser humano tiene derecho a un elemental confort material. Pero el hecho es que el mejoramiento de las condiciones materiales no se ha traducido necesariamente en una superación de la naturaleza humana como preveían los cientificistas, y no podemos negar que en el mundo actual la balanza está tan inclinada que amenaza con quebrar el equilibrio entre lo material y lo moral. Ya es hora de poner algunos contrapesos, entre ellos, el idealismo quijotesco, porque que una sociedad desprovista de una aureola idealista acabará hundiéndose, por exceso de lastres, por metalización, por enfriamiento, en un abismo donde no habrá redención posible.

Es decir, cuando Sancho Panza se queda sin don Quijote, se rompe aquella armonía en la que los dos formaban una pareja recíprocamente complementaria y antagónica. Entonces sucede lo que suele suceder. Sancho se aparta de los senderos de la buena crianza que su amo ha labrado en su agostado entendimiento abonándolo y cultivándolo como si se tratara de tierras estériles y secas. Ahora el pobre vuelve a su rústico instinto dejándose romper el saco por la codicia. Pero lo grave no se limita sólo al nuevo embrutecimiento de Sancho, que evidentemente supone una degradación de nuestra especie. Junto a esto, se está perfilando una perspectiva mucho más inquietante. Faltando don Quijote, ¿qué será de nosotros con tantos agravios sin desfacer, tantos entuertos sin enderezar, tantas sinrazones por enmendar, tantos abusos sin corregir y tantas deudas sin pagar? Para eso no se puede contar con los Sanchos, por numerosos que sean, porque sólo se disponen a despojar al prisionero, una vez que su amo lo deja derribado en el suelo. De modo que no nos queda otro remedio que clamar con toda vehemencia un nuevo retorno de don Quijote, cuya presencia luminosa a lo mejor contribuirá de alguna manera a balancear nuestro buque para dirigirlo hacia un punto de equilibrio.

Puede que se nos repruebe la ocurrencia de recurrir a un lunático, pero no nos acomplejemos. Es precisamente lo que buscamos. ¿Acaso no está de moda que mucha gente se la dé de lista engañando, estafando, traicionando? Pues bien, llevémosle la contraria. De todas maneras siempre han sido tildados de locos y han constituido objeto de burlas aquellos que abrazan algún ideal y persisten en alcanzarlo. De una cosa estamos seguros: un mundo compuesto exclusivamente por listos y sensatos, con los locos y los tontos desterrados, es un mundo no sólo monótono sino siniestro. Además, no sabemos todavía a ciencia cierta quién está más loco. ¿Lo está el que abriga un noble ideal, por ilusorio que sea, y no ceja en los esfuerzos por aproximarse a su meta o el que se lanza frenético en persecución de las riquezas en las que ve su única razón de ser? Para mí, siempre es preferible lo primero. Después de todo, ennoblece, mientras que lo otro envilece.

El hombre, durante su penoso recorrido a lo largo de la historia, siempre ha aspirado a una serie de normas que, según piensa, constituyen la premisa de la armonía, del decoro, del bienestar. Desde tiempos inmemoriales, ese sueño dorado ha inspirado a generaciones de filósofos y poetas, ha animado a sucesivas sectas de reformadores, ha exaltado a ininterrumpidos contingentes de revolucionarios y, por supuesto, desgraciadamente, también ha facilitado armas a proliferantes turbas de demagogos. No obstante, tras tan prolongados forcejeos e incontables sacrificios, la aspiración no ha dejado todavía de ser simple aspiración. Hasta hoy día, el sueño tan largamente acariciado no sólo está lejos de hacerse realidad, sino que frecuentemente se producen efectos contrarios. Pues bien, en una época en que este ideal, tan antiguo como la misma humanidad, se va quedando en el olvido y se convierte para mucha gente en una cantinela que huele a rancia, merece la pena repasar la lección. No ambicionamos despertar del letargo a la multitud. Nos conformamos con llamar la atención sobre lo desquiciada que es la época que nos toca atravesar. Bien, acerquémonos a don Quijote para escucharlo. Lo que nos va diciendo, posiblemente nos sirva como una especie de bálsamo refrescante capaz de aquietar un poco este mundo atormentado por perniciosas calenturas.

Sobre el buen orden social y la justicia:

Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de «tuyo» y «mío» […] No había la fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza.
La Justicia estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez… (I, 10)

Bien, en lo tocante a eso de mío y tuyo, cabe quizá un breve paréntesis: En realidad no es conveniente ni posible aunar ambas cosas. Mientras existan un yo y un tú, siempre les corresponderá eso de mío y tuyo. Lo que ocurre en esta edad nuestra de hierro amargo son dos extremos que no pudieron haber sospechado en absoluto aquellos bondadosos salvajes. Pues a veces, lo mío es mío y lo tuyo también. Aquí fue Troya. Y otras veces, lo mío no es mío; lo tuyo tampoco es tuyo. Dicen que es de todos, luego no es de nadie. Resultado: todo el mundo al pillaje.

Ya está; sigamos con las citas:

Sobre la correcta manera de administrar la justicia:

Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos.
Hallen en ti más compasión, las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.
Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre.
Cuando pudiere y debiere tener lugar la capacidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente; que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo.
Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia.
Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de su injuria y ponlas en la verdad del caso.
No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los yerros que en ella hicieres, las más veces serán sin remedio; y si lo tuvieren, será a costa de tu crédito y aun de tu hacienda.
[...] Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. (II, 42)

Sobre la libertad:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el Cielo dio un pedazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo Cielo! (I, 58)

Referente a la hermosura:

Advierte, Sancho, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, y en la liberalidad y en la buena crianza, y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventaja. (II, 58)

La gratitud:

Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, atendiéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico; porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben son inferiores a los que dan, y así, es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo, la suple el agradecimiento. (II, 58)

La perseverancia:

Al comparar a los caballeros cortesanos con los andantes don Quijote describe lleno de orgullo el derrotero que está destinado a seguir: «por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras» (II, 6), ya que su cometido ha determinado que «busque los rincones del mundo; éntrese en los más intrincados laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los hielos» (I, 13).

Curiosamente algo muy semejante dijo nuestro Mencio ya en el siglo III antes de Jesucristo. Citémoslo textualmente:

Cuando el Cielo resuelve hacer recaer sobre alguien un magno cometido, lo primero que hace es poner a prueba su voluntad, fatigarle los músculos, martirizarle el estómago con hambre, privarlo de todo bienestar, confundirlo en sus quehaceres, para de esta manera forjar su temperamento y fortalecer su naturaleza.

Se ve que en diferentes culturas y distintas épocas se aprecia por igual la perseverancia con que hay que afrontar las adversidades y sufrimientos, tanto al acometer grandiosas empresas como al querer llevar a feliz término cualquier quehacer cotidiano.

 

Dignatario. Primer tercio del siglo XIX.
Papel de arroz. 36 x 27 cm. Palacio Real de Aranjuez, Madrid, Patrimonio Nacional.

 

Oficial. Primer tercio del siglo XIX.
Papel de arroz. 36 x 27 cm. Palacio Real de Aranjuez, Madrid, Patrimonio Nacional.

La fidelidad en el amor y la constancia en los principios:

Ya en el prólogo de la primera parte, el autor ha señalado que don Quijote de la Mancha fue el más casto enamorado y el más valiente caballero, frase desde luego no exenta de cierta jocosidad, de lo cual trataremos a su debido tiempo. De todas maneras, eso del más casto enamorado es verídico como lo demuestra el protagonista en sus andanzas. Ni la rústica Maritornes que don Quijote confundió en plena oscuridad por la princesa del castillo ni la juguetona Altisidora con sus picantes coplas y fingidas lágrimas consiguieron menoscabarle su fidelidad a Dulcinea. Escuchémoslo:

No ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tengan Merlín o Montesinos donde ellos quisieren; que adondequiera eres mía, y a doquiera he sido yo, y he de ser, tuyo. (II, 48)

Olvidemos por el momento el tono burlesco que siempre percibimos bajo la pluma de Cervantes. ¿Qué podía hacer si había sufrido tantos desengaños en vida? Pero no por eso se convirtió en una persona resentida, capaz de esgrimir un mordaz sarcasmo en son de venganza. La suya es una ironía benigna, especialmente cuando se dirige al entrañable hijo de su propia creación. Bueno, divagaciones aparte, sea como sea, menciono la fidelidad en el amor no sólo porque forma parte indisoluble de la personalidad quijotesca, sino porque no es precisamente el punto fuerte de estos tiempos nuestros tan frívolos. Y algo más: en el fondo, don Quijote confunde a su dama idealizada con su ideal. Otra vez, las palabras del personaje:

Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica, o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfección que en las hermosas humildemente nacidas. (II, 32)

Está visto que don Quijote no habla de ninguna mujer en concreto, sino de una idealización, o sea, de un ideal al que él determina mantenerse fiel.

La valentía:

Sabemos de sobra que en casi la totalidad de las ocasiones, la mal usada intrepidez de don Quijote no conduce a otra cosa sino a grotescas caídas y humillantes atropellos. Pero en eso reside precisamente el ardid del autor. Cervantes trata de darnos a entender que en un mundo plagado de mezquindad y cobardía, la valentía no tiene sentido de ser. Recordemos que en otro lugar declara en dos versos: «Y tanto el vencedor es más honrado, / cuanto más el vencido es reputado» (II, 14). Pese a eso, Cervantes valora altamente el temperamento intrépido y lo atribuye a su protagonista, quien una vez dijo:

Veamos el peligro de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta el fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar, y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede sin dar tiempo al tiempo de sus muertes, valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. (I, 38)

Seguro que muchos hemos tenido la misma experiencia: a medida que vamos recorriendo estos pasajes, se metamorfosea la imagen de don Quijote. Si en un principio sus extravagancias todavía provocaban hilaridad, terminamos admirándolo aun en medio de la burla más grotesca de que constituye el objeto. Si ahora reímos de vez en cuando, lo hacemos con lágrimas en los ojos. No podemos menos que lamentar que un hombre de tanta rectitud no encuentre quien lo estime ni tiempo ni espacio donde ejecutar sus actos justicieros. Lo peor es que todas sus altas cualidades tienen que malgastarse entre las mofas de una chusma que no llega ni a la suela de su zapato, por más títulos nobiliarios que ostente. Pero aun en estos casos él sabe sobreponerse por encima de las humillaciones más apabullantes a las que le suelen someter. Esta entereza inquebrantable deriva del poder ennoblecedor del idealismo que dignifica al que lo abraza. Cuanto más alto es el ideal que se plantea, mayor encumbramiento moral tiene que alcanzar el que se siente elegido para acometer la empresa, porque es consciente de que así lo pide lo arduo de la tarea. No es justo tachar a don Quijote de fanfarrón cuando declara: «De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos» (I, 50). Puede que exagere, pero la verdad es que anhela alcanzar tal perfección con toda sinceridad. ¡Ojalá cada uno de nosotros pudiera adquirir ese equilibrio de virtudes, siquiera en pequeñas proporciones! Entonces, aun cuando no se nos deparase suficiente fuerza como para barrer el mundo de toda su mugre, por lo menos conservaríamos limpio un trozo de terreno en nosotros mismos.

Hay algo más. El poder enaltecedor del idealismo no se circunscribe al propio idealista, trasciende. Cerca tenemos a Sancho Panza. Él, rústico, astuto, codicioso, egoísta, cobarde, pero en compañía de don Quijote se va cultivando hasta el punto de aprehender elementales nociones de honor, de fidelidad, de rectitud, de responsabilidad. Incluso se le empieza a pulir el lenguaje. No es pura palabrería cuando dice con el corazón en la mano:

Eso no es el mío; digo que no tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna: un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga. (II, 13)

Está comprobado que los Sanchos necesitan de los Quijotes, particularmente cuando «triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía» (II, 1).

De hecho, este apego de Sancho a don Quijote ha dado origen a grandes acontecimientos históricos. Se pueden citar numerosos casos en que enfervorizados idealistas han arrastrado tras de sí multitud de seguidores, provocando conmociones que sacudían el mundo, para bien o para mal, pero siempre con el efecto de quebrar algún estancamiento social. Que nos guste o no, no podemos negar la función vigorizadora del idealismo. ¿Que el idealismo no alimenta? Pues no, pero alienta.

Para no adolecer de parcialidad, tenemos que reconocer que el idealismo es a la vez necesario y peligroso. Lo último lo atestiguan sobradamente todas las magulladuras de don Quijote que truecan la ilusión en realidad. Lo peor es que la obsesión idealista puede degenerar en fanatismo y despotismo, aun tratándose del caso de los sinceros con exclusión de los disfrazados, que en el fondo son demagogos arribistas. Cualquiera que sea el caso, una radicalización en este sentido conduce ineludiblemente a grandes desastres. Por eso siempre hace falta la presencia de los Sanchos para refrenarlos en sus impulsos insanos con sabia perspicacia pragmática. Entonces se da un fenómeno muy interesante, parecido a la llamada resultante de fuerzas en física: tirado por Sancho en una dirección y por don Quijote en otra, el carro arranca hacia un rumbo que ninguno de los dos deseaba. ¿Quién sabe? Tal vez esto es lo que significa el equilibrio del orden social. Bueno, se me ocurre una idea bastante extravagante: probablemente el primer idealista que surgió entre las manadas de monos pretendió volar como un pájaro, pero sus compañeros sanchescos prefirieron seguir desplazándose a cuatro patas. Ya ven ustedes adónde nos ha llevado el promedio: ponernos en pie y echar a andar en dos patas.

Para finalizar quizá sólo cabe decir: Si se me pregunta: «Al fin y al cabo, ¿para qué sirve tu idealismo?». La respuesta es obvia: «Para que no nos arrastremos por el suelo como gusanos».

Bibiliografía:

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes Saavedra, Editorial Alfredo Ortells, 1991, Madrid.

Las vidas de Miguel de Cervantes, Andrés Trapiello, Planeta, 1993, Barcelona.
 

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