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Fray Juan Cobo

 


Mientras que la ruta de la seda, que promovió y afianzó el comercio entre China y Europa, se abrió paso por tierra firme, la ruta de la traducción entre el chino y el español se abrió paso por las aguas del océano que conducía de España a México y de México a Filipinas.

Los primeros encuentros entre la lengua china y la española se dieron en el marco de la evangelización de China. No es arriesgado pensar que los primeros intérpretes, en el sentido moderno del término, de chino y español fueron mayoritariamente clérigos que ponían sus artes interpretativas y lingüísticas al servicio de dicha tarea religiosa. De entre todos estos misioneros, fray Juan Cobo destaca por haber sido uno de los primeros traductores (si no el primero) de libros del chino al castellano, así como fue también el primero que predicó en lengua china, según la Historia de la Provincia del Santo Rosario impresa en Manila en 1640 (p. 140), y probablemente el primer europeo que escribió un libro sobre las ciencias europeas en chino, titulado Shilu y publicado en Manila en 1593. Su dominio, por lo tanto, de ambas lenguas y de ambas formas de comunicación en sendas culturas no parece dejar mucho lugar a la duda.

Pero no nos confundamos. No fue fray Juan, ni mucho menos, el primero que dejó escritos sobre China, pues esto ya lo habían hecho otros, pero sí, por lo que sabemos actualmente, el primer traductor de un libro chino al español.

La obra que tradujo fray Juan Cobo se titulaba —según la trascripción en letras latinas que hiciera el traductor a finales del siglo XVIBeng Sim Po Cam en chino y Espejo precioso del claro y limpio corazón en español. Esta traducción del título busca el sentido, la idea; no se ciñe al pie de la letra ni incurre en el error de buscar un paralelismo palabra por palabra, de pretender mantener la estructura sintáctica del original en la versión castellana. Todo lo contrario. El traductor consigue un título que sigue la prosodia del castellano, no la del chino, y se toma la libertad (o, mejor dicho, cumple con el deber) de añadir un adjetivo para mejor captar la riqueza semántica del original. El título Beng Sim Po Cam (que, según el sistema actual de trascripción llamado pinyin aprobado por la Unesco hace más de cuarenta años, debería escribirse hoy día Ming xin bao jing) significaría, en bruto, en muy bruto, algo así como «limpio + corazón + tesoro + espejo». Dado que el primer término del título se aplica en chino tanto a lo luminoso, a la luz, como a lo límpido, a lo cristalino, el traductor decidió utilizar dos adjetivos, claro y limpio, para mejor trasladar la riqueza semántica del original. Esta búsqueda del sentido en el título fue más allá y no escatimó aclaraciones ulteriores; el fraile retocó el título así: Espejo precioso del claro y limpio corazón o Riquezas y espejo con que se enriquezca y donde se mire el claro y límpido corazón. La traducción de la obra así titulada se publicó en versión bilingüe en Manila en 1593, es decir, en tiempos de la dinastía Ming, siendo Shenzong emperador de China y estando Felipe II, rey de España y Portugal, a cinco años de su muerte. Era la primera obra escrita que se traducía del chino al castellano.

El primer libro traducido del chino al castellano, Beng Sim Po Cam / Espejo rico del claro corazón, del que hablábamos anteriormente, consistía en una antología general de sentencias filosóficas y morales tanto de los más grandes pensadores de la historia de China como de las más influyentes obras (algunas anónimas) de su civilización. Entre este elenco de pensadores aparecen Confucio, Mencio, Han Fei, Laozi, Xunzi y largas citas de los libros canónicos de la civilización china como el Libro de los documentos y el Libro del Tao, lo que indica que la antología abarcaba las principales escuelas de pensamiento sin exclusiones.

  Beng Sim Po Cam (Espejo rico del claro corazón).
Manila, 1592. Tinta sobre papel. 22 x 17,5 cm.
Biblioteca Nacional, Madrid [Ms. 6040].

De la manera en que fray Juan Cobo traducía el título de su obra se puede colegir el tipo de traductor que fue: no miraba el orden de las palabras en el original ni violentaba el del castellano para que reprodujese el del original, sino que expresaba en español fluido el sentido que él veía en el original; no padecía el complejo de algunos traductores actuales consistente en sentirse obligado a mantener el mismo número de términos que hubiera en el original para su traducción. Se limitó a la traslación del texto chino íntegro, produciendo así una traducción voluntariamente escasa de esas aclaraciones marginales —salvo en contadísimas excepciones— que habrían cumplido una función análoga a la de nuestras modernas notas a pie de página.

El traductor, en general, obvió aclaraciones que tal vez habrían podido venir bien al lector de entonces... o tal vez no, ya lo veremos luego, y que se referían tanto al sentido de muchos términos con fuertes connotaciones culturales dentro del mundo chino, como a la identidad de los emisores de las sentencias que conforman el libro.

Entre las primeras, el traductor se las tiene que ver con términos cuyo sentido no es nada sencillo, claro ni unánime para los especialistas actuales, como, por ejemplo, el término junzi, que fray Juan Cobo traduce por «hombre virtuoso» y que se refería en China al hombre perfecto, es decir, el que obra como se debe obrar desde el punto de vista de los cánones de comportamiento defendidos por la Escuela de los Letrados, y que ha sido traducido en los últimos años entre nosotros por «hidalgo» o «el hombre superior», por ejemplo; o como ese otro término, esencial para la comprensión del pensamiento confuciano, que es ren ai, que fray Juan vierte como «el hombre bien morigerado para seguir la virtud», término que ha sido traducido por «hombre piadoso».

Fray Juan Cobo apenas si escribió tres o cuatro notas aclaratorias, que hoy llamamos «referencias culturales», a lo largo de las ciento noventa y seis páginas de su traducción. Una de dichas notas, que por excepcional merece ser destacada, aparece en la siguiente cita tomada del segundo gran filósofo confuciano de China, Mencio:

En el Ayuntamiento de Lusi se dijo: si algunos hubiere virtuosos, unos a otros se animen al bien: si algunos hubiere que erraren, unos a otros se enseñen. Los que vivieren con orden y policía, unos a otros se perfeccionen: si algunos hubiere tristes y trabajados, unos se compadezcan de otros. (p. 152)

La nota que puso el traductor al término Ayuntamiento dice así: «Usan en China, de quince en quince días, juntarse en sus Ayuntamientos para enseñar los diputados para esto al pueblo, y en uno de ellos se dijeron estas sentencias».

En cuanto a las aclaraciones sobre los emisores de las máximas, fray Juan también guarda silencio. Uno se pregunta cuántos lectores hispanohablantes de la época sabrían quiénes eran la mayoría de los insignes personajes a quienes se atribuyen todas las frases del libro. Y es que no solo aparecen frases puestas en boca de grandes filósofos, como el ya citado Mencio o como Laozi, autor del Libro del Tao, sino también de figuras legendarias de la historiografía china que aparecían en tratados históricos de la antigüedad, como algunos duques del período de los Reinos Combatientes (siglos VIIIIII a. n. e.) que, muy probablemente, resultaban difíciles —si no imposibles— de identificar para el lector castellano. ¿Importaba identificarlos? Probablemente, no: lo que importaba eran las ideas, los fundamentos ideológicos de la civilización china que, gracias a las traducciones, comenzaba a conocerse mejor. La excepción a esta regla fue, cómo no, Confucio, a cuyo nombre se permitió el traductor añadir una nota a pie de página que, con mucha justicia y exactitud, reza así: «Este Conchu [Confucio] es el gran filósofo y el gran maestro de toda China, y fue muchos años antes de la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo».

 

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