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De Marco Polo a Cervantes: China y España en la era moderna.

 


De vuelta de su segundo viaje al Nuevo Continente, el año 1496, Cristóbal Colón encargó a un mercader de Bristol que le comprase la edición latina de Los viajes de Marco Polo. La sombra del Gran Catayo se proyectaba como un enigma inquietante sobre las islas recién descubiertas al otro lado del Atlántico. En la biblioteca colombina se conserva aún un ejemplar de aquel Milione anotado por el propio Colón, con breves comentarios como «hay islas más allá del polo» o bien «seda y paños en abundancia»...

A principios del siglo XVI, las primeras incursiones españolas en Asia Oriental lo ignoraban prácticamente todo de China. Se dirigían al objetivo de desplazar a los portugueses en el control del mercado de las especias generado en las islas Molucas. Sin embargo, al cabo de unas décadas el interés de los españoles en Asia se trasladó hacia el Imperio chino. La conquista de Manila en 1571 permitió descubrir la presencia de una pequeña comunidad de comerciantes chinos que anualmente se acercaba a Manila en una pequeña flota de juncos. Al ritmo de los monzones, trazaban a través de los mares del sur de la China un circuito que unía Fujian, Borneo y diferentes islas del archipiélago filipino. En menos de una década el comercio entre Manila y las costas de la provincia china de Fujian se incrementó de forma exponencial. A inicios de 1580 más de cinco mil chinos residían de forma permanente en el llamado Parián de Manila, la alcaicería o barrio chino del principal enclave castellano en Luzón. Eran conocidos como sangleyes, que ya en las etimologías del momento se interpretaba como «los venidos a mercadear». Se abría así en aquel entonces la ruta de navegación y comercio transoceánico de más larga duración: el Galeón de Manila que uniría durante siglos Acapulco con Manila, ciudad en la que los juncos chinos vendían sus sedas, especias, porcelanas y artesanías varias para obtener a cambio prácticamente lo único que les podía llegar a interesar: la plata mexicana.

 

Félix Lope de Vega, La famosa comedia otomana.
Ms. de la Real Biblioteca, Madrid, Patrimonio Nacional.

 

Tomás de Iriarte, El huérfano de la China.
Ms. de la Biblioteca Nacional, Madrid [Ms. 14653].

Sin embargo no siempre fue provechoso y armónico el trato entre estas comunidades chinas y los conquistadores españoles de Manila. A lo largo del siglo XVII se sucedieron diversos levantamientos de los sangleyes del parián, que fueron reprimidos de forma expeditiva y brutal con el exterminio del total de los pobladores chinos de Manila por parte de las autoridades españolas. Miles de sangleyes perecieron en cada una de estas revueltas. A pesar de ello, a los pocos años de haber sucedido cada una de estas matanzas, el proceso comercial y migratorio se reemprendía como si nada hubiese sucedido, y de nuevo el parián se reconstruía, convirtiendo una vez más Manila en una populosa ciudad china con un núcleo amurallado controlado por los conquistadores españoles.

Los padres dominicos eran los encargados de asistir espiritualmente a las comunidades chinas de Manila. Uno de ellos, Juan Cobo publicó en 1592 la que puede ser considerada la primera traducción de un libro chino a una lengua europea; se trata de la traducción castellana del libro chino Ming xin bao jian, Beng Sim Po Cam / Espejo rico del claro corazón, colección de aforismos y breves diálogos sapienciales de tradición confuciana atribuida a Fan Liben. El dominico Juan Cobo tradujo el libro con el concurso de diferentes chinos manilenses conversos al cristianismo.

Durante las últimas décadas del siglo XVI se sucedieron desde Manila las incursiones misionales fallidas hacia la provincia de Guangdong o de Fujian, los intentos de embajada abortados antes de iniciarse y los más o menos insensatos planes de conquista de China, finalmente siempre desestimados. Felipe II llegó a redactar una carta al emperador Wanli, que debía acompañar a todo un ajuar de regalos, en el que se incluían cuadros, espejos y rarezas preciosas, en una magna embajada que nunca llegó a zarpar de Nueva España. La unión dinástica entre Castilla y Portugal en 1580 erigía el espejismo de la Monarchia universalis, ante la cual tan solo el Imperio chino desafiaba el impresionante despliegue de los sistemas imperiales ibéricos, que en Manila y Macao tenían sus apéndices extremos.

 

Juan Pablo Forner, Los gramáticos. Historia chinesca.
Manuscrito de la Biblioteca Nacional, Madrid.
[Ms. 9583]

  José Ibarro, El héroe de la China
Manuscrito de la Biblioteca Nacional, Madrid.
[Ms. 16237].

La China de los Ming se resistía a los contactos formales, pero sus comerciantes no dejaron nunca de desafiar las restricciones oficiales; mientras tanto, los mandarines locales de las provincias costeras del sur de China no tuvieron tampoco ningún empacho en permitir —al margen de la legalidad— que se radicase en Macao un enclave de los portugueses —por aquellos años, entre 1580 y 1640, súbditos también de la corona de los austrias Felipe II y Felipe III—. Permitieron asimismo a un grupo de jesuitas liderados por Mateo Ricci adentrarse en territorio chino hasta llegar al corazón mismo del palacio imperial de Pekín, donde serían aceptados como sabios con conocimientos singulares en astronomía, óptica y otros saberes útiles y concretos. Durante las primeras décadas del siglo XVII destacó en esta misión jesuita de Pekín el español Diego Pantoja, que redactó en lengua china clásica varios tratados teológicos y divulgativos del saber y la religión cristiana.

En 1585 se publicaba en Roma el libro Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del Gran Reyno de la China (1585) de Juan González de Mendoza. Su autor, el fraile agustino que debía liderar la embajada de Felipe II ante el emperador Wanli que quedó empantanada en México, no estuvo nunca en China pero compiló en su libro todo aquello que en aquel momento se sabía sobre China. Sus fuentes eran en buena medida portuguesas, aderezadas con los relatos de los misioneros que se habían adentrado sin fortuna en tierras chinas: Martín de Rada, Pedro Alfaro, Agustín de Tordesillas, Martín Ignacio de Loyola... El libro de Juan González de Mendoza se convirtió en la obra que difundió una imagen utópica e hiperbólica de China entre los medios cultos europeos, ávidos de noticias sobre este mitificado reino, durante las últimas décadas del siglo XVI y durante las primeras décadas del siglo XVII. Se tradujo a las principales lenguas europeas y gozó de más de cuarenta ediciones en apenas dos décadas. Autores tan diversos como Montaigne, Francis Bacon o como Sir Walter Raleigh se basaron en la obra de Juan González de Mendoza cuando se escribían sobre China. En el ámbito de las letras castellanas encontramos su huella en las piezas teatrales Angélica en el Catay, de Lope de Vega, así como Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto.

 

Juan González de Mendoza, Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del Gran Reyno de la China, Medina del Campo, 1595.
Biblioteca Nacional, Madrid [R/7869].

  Bernardino de Escalante, Discurso de la navegación que los Portugueses hazen a los Reinos y Provincias de Oriente y de las noticias que se tienen de las grandezas del Reino de la China, Sevilla, 1577.
Biblioteca Real, Madrid [IX/5901].

Incluso en el Quijote cervantino hay ecos tangibles del mito del «Gran Reino de la China» que el fraile agustino Juan González de Mendoza se encargó de difundir. Al inicio de la segunda parte de la novela El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, publicada en 1615, Miguel de Cervantes incluyó una dedicatoria al conde de Lemos y virrey de Nápoles, don Pedro Fernández Ruiz de Castro y Osorio. En dicha dedicatoria, Miguel de Cervantes contaba como la aparición del Quijote falsario de Avellaneda había causado náusea «por todo el orbe», lo cual a su tiempo provocó que se le hubiese estado dando prisa para publicar sin dilación la auténtica segunda parte de las aventuras del hidalgo manchego. Contaba asimismo Miguel de Cervantes que quien más mostró desear este libro fue el gran emperador de la China, y relató su petición en estos términos:

(...) en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Justamente con esto, me decía que fuese yo a ser rector de tal colegio.

El emperador de la China pedía en la presunta carta cervantina un ejemplar del Quijote para así poder inaugurar con cuatro siglos de antelación una especie de centro del Instituto Cervantes en Pekín precursor en su género, pero la realidad era muy otra: entre todo lo que pudiesen llegar a ofrecer los mercaderes españoles de Manila, prácticamente lo único que en realidad interesaba a inicios del siglo XVII al emperador de la China Ming y a sus súbditos era la plata novohispana, que anualmente llegaba a Filipinas en el galeón desde Acapulco...

 

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