Los días en la vida del traductor por cuenta propia que elige residir en un país extranjero, aunque sea en uno tan exótico y remoto como Taiwán, no son tan diferentes de los de otro que se haya quedado en su tierra.
Hay algo que no cambia nunca: La mayor parte del tiempo transcurre delante de la pantalla de un ordenador. Sin importar que lo que tengas al otro lado de la ventana sea la familiar estatua de Colón o el mismísimo rascacielos más alto del mundo, Taipei 101, se trata de ti y el escritorio de Windows. Que tienes puesto un paisaje, pues paisaje ves. Que dejaste la foto de Bart Simpson, pues son sus ojos saltones los que te saludan cada mañana.
También es la norma para muchos de nosotros que ahoguemos aquellas ínfulas de traductores literarios que gastábamos al acabar la carrera aceptando traducir una marabunta de cartas comerciales, textos legales, avisos publicitarios y un sinfín de manuales de instrucciones que, en un día bueno, son de algo más estimulante que de reproductores de MP3. Tostadoras, por ejemplo. Sí. No sé muy bien por qué suelo interpretarlo de esa manera, pero de entre mis especialidades tengo a las tostadoras por encima de los MP3.
Sin embargo, y es algo mágico que sólo pasa muy de vez en cuando, también puede suceder que, algún día, repasando con el primer café de la mañana en la mano esa montaña de correos con trabajos grises con la que no hay quien pueda, te llame la atención el remitente de una agencia desconocida o un cliente nuevo con una propuesta que hacerte.
Como aquella petición de presupuesto para la traducción de una «novela china clásica de varios volúmenes» que recibí el invierno pasado.
Hay que empezar aclarando lo rara que es una oferta semejante; un verdadero acontecimiento. Nadie va ofreciendo perlas así porque, la verdad, históricamente se las han repartido cuatro traductores en el mundillo, que eran los que eran porque eran los que sabían. Aún años después, para los que hemos venido detrás es muy difícil cambiar esa inercia y poder dar el salto de la tostadora a la lírica.
También es importante mencionar
que la novela en cuestión acabó resultando ser nada
menos que El Gran Emperador Kangxi..., una novela histórica
sobre el emperador de la dinastía Qing de hace más
de 300 años, adaptada a la televisión en varias
ocasiones, de más de un millón quinientos mil caracteres
chinos y popularísima en China.
De ahí las pocas esperanzas que puse al responder aquella oferta y de ahí lo poco que me sorprendió que aquel proyecto no siguiera adelante, ya fuera por el tema de los derechos, ya fuera por lo desorbitado de mi presupuesto o por la bendita globalización.
Lo importante para mí no
fue aquella negativa, sino lo que me pasó después.
A la hora de volver a sentarme a traducir manuales, me resbalaba
de la silla. No podía hacerme a la idea, simplemente era
incapaz de atar a mi imaginación para concentrarme en traducir
un manual de instrucciones o una guía de inicio rápido
más.
Terminé haciendo un pacto
conmigo mismo: Me decidí a no dejar escapar esa ocasión,
a traducir esa novela igualmente, por amor al arte, aunque terminara
sin ver la luz más allá de mi disco duro. ¿No
era por eso por lo que había dedicado tantos años
de estudio fuera de casa, para poder hacer llegar al público
español obras como la película que me enamoró
de la cultura china, La linterna roja?
El pacto incluía seguir dedicándome a la traducción comercial debido a costumbres extrañas que yo tengo como la de hacer tres comidas al día, pero quedé en que en mis ratos libres me entregaría primero a leer el libro y luego a traducirlo. Y así fue. Estamos a mediados de junio y han pasado muchas cosas. También he aprendido muchas cosas. La primera, que un millón quinientos mil caracteres son muchos caracteres. Llevo traducidos tres capítulos de un total astronómico de cuya cifra exacta no quiero acordarme. Lo cierto es que no han sido muchos los ratos libres, apenas un par de horas o tres cada sábado y, de hecho, no me puse a traducir hasta hace tres semanas. Lo que estuve haciendo todo este tiempo anterior fue documentarme, comprar libros de arte y biografías históricas, visitar el Museo Nacional de Palacio de Taiwán. A ver quién es el listo que incluye todo eso en un presupuesto de traducción para novela histórica.
Es por eso por lo que me decidí
a traducir tardara lo que tardara: para tener la experiencia de
poder madurar una traducción todo lo necesario sin que
por una vez nadie me tirara de la oreja para enseñarme
un reloj.
Otra cosa que he aprendido en este
tiempo es que cuanto más me sumerjo en las aguas del chino,
más profundas y oscuras me resultan. Cuanto más
aprendo, menos sé. La buena noticia es que al menos no
estoy solo en este sentimiento; y no hablo de mis compatriotas
compañeros de estudios, sino que me viene a la mente alguno
de los taiwaneses a los que he tenido ocasión de enseñar
español en los más de 5 años que llevo viviendo
aquí en Taipei. Más de uno y más de tres
me han expresado su frustración en el estudio quejándose
de lo difícil que es nuestro idioma. Yo en esos casos,
sobre todo al principio, no podía ni disimular mi pasmo
más absoluto: el español, ¿difícil?
¡Eso viniendo de una persona que no sólo tiene la
capacidad de distinguir los cuatro tonos del mandarín (cinco,
incluyendo el neutro) sino que también ha memorizado y
domina, como mínimo, los 2000 caracteres establecidos como
baremo de alfabetización!
A lo largo de estos años
he ido concienciándome de lo superficial que resulta hablar
en términos absolutos de la dificultad intrínseca
de una u otra lengua extranjera. De que en lo que debemos fijarnos
es en lo lejana o distinta que esta pueda ser de la propia lengua
materna. Eso les digo yo ahora a mis alumnos: «¿Difícil
para quién?».
Sin embargo, desde una perspectiva
más visceral, a veces con esta traducción no he
podido evitar pensar que, ante afirmaciones como la de aquel estudiante
mío, soy yo el que debe sentirse más autorizado
a calificar el chino de lengua intrínsecamente difícil:
sólo una lengua como el chino podía tener una sola
palabra para referirse indistintamente al color negro, al color
azul y al color verde.
Es un término que me apareció ya en el primer capítulo de la novela, que empieza presentándonos la ciudad amurallada de Pekín de hace más de trescientos años. Al ser un período de guerras, abunda la miseria y los cadáveres se amontonan en la nieve. La historia arranca cuando, una mañana temprano, un posadero retira los postigos de la puerta principal de su establecimiento y al abrirse la puerta le cae a los pies un harapiento joven. La conmoción del dueño es mayúscula al comprobar que aquel joven moribundo tendido en el umbral porta un sombrero… ¡Nada menos que de color «qing» (青)!
De color «qing». ¿De
color «qing»? Uno, que hace ya tiempo que en su día
se aprendió no solamente los nombres de los colores cotidianos
sino que también en el día a día ha ido asimilando
el significado de metáforas como el «color arroz»
(米色, un tipo de blanco parduzco, crudo) no puede
evitar sentirse abrumado cuando se pone a leer un texto más
o menos culto y por primera vez se encuentra con los cinco colores
clásicos: el rojo (赤), el amarillo (黃), el
blanco (白), el negro (黑) y el… «qing»
(青).
Aunque los chinos no necesiten
de más referencias y el color «qing» sea eso,
el color «qing», ¿cómo pasarlo al español? La palabra qing, que es también un adjetivo
entre cuyos significados se encuentra el de fresco
o bueno como en la frase hecha «productos de
la mejor calidad» (最青的貨) (un
sentido evocador de nuestro «estar verde»), también
es el «qing» de «un pimiento verde» (青椒),
el «qing» de «un sol blanco sobre el cielo azul»
(青天白日) y el «qing» de
«negros cabellos» (青絲).
Este no es un fenómeno como el de
la concreción de la lengua de algunas tribus esquimales, que
distingue entre varios tipos de blanco. Eso sería una distinción
muy fina entre tonalidades, digamos que uno siempre puede ir a la
tienda de pinturas y encargar aquel color exacto. En cambio, la
palabra qing señala
al verde pero también al azul y a veces incluso al negro.
Esta cualidad mutante y abstracta
del lenguaje, vista como imprecisión a ojos occidentales,
es uno de los mayores problemas a la hora de traducir del chino:
¿«Xin» (心) significa mente
o corazón? A veces uno, a veces otro. O ambos.
Cuando llega el año nuevo lunar y en Pekín celebran
el comienzo del año que nos hemos acostumbrado a llamar
de la cabra, «yangnian» (羊年) ¿es
realmente el año de la cabra solamente o el año
de la cabra y también el de la oveja y del cordero? Porque
los tres caben en el carácter «yang» (羊).
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La emperatriz
en su pabellón. Detalle del biombo.
Cat. VIII-8, Palacio Real, Madrid, Patrimonio Nacional. |
Volviendo al tema del verde «qing», parece que el concepto chino de color es bastante distinto del nuestro; se entiende más bien como un adjetivo que encarna la cualidad de ese color y no la tonalidad simplemente. Así, el «qing» de la expresión «montañas frondosas y aguas verdes» (青山綠水) significa no sólo
‘verde‘, esta vez oscuro, sino la cualidad de espesura del follaje.
Claro que toda esta poesía inherente al idioma chino sigue sin explicarnos el porqué de aunar tres colores en uno. La respuesta viene de la química. Los chinos, que fueron los primeros del mundo en teñir sus ropas de azul, obtenían esa tintura de la planta conocida como «lancao» (藍草).
El «lan» de «lancao» es el carácter que en tiempos modernos ha llegado a significar
‘azul’, pero cuando Xunzi (荀子) lo mencionaba en su
Sobre el aprendizaje (勸學篇) se refería a la hierba:
青,取之於藍,而青於藍
冰,生於水,而寒於水
(«El [color] qing viene de [la hierba] lan y es más azul que [la propia hierba] lan; el hielo tiene su origen en el agua y es más frío que esta».)
Vista a través del cromatógrafo, la mancha de savia de «lancao» se extiende en el papel dibujando círculos concéntricos que van expandiéndose y aclarándose desde el concentrado centro negro al verde y finalmente al azul. ¡He aquí la respuesta al misterio de la trinidad de colores que eran uno y tres a la vez!
¿Con cuál quedarse? El pimiento sólo puede ser verde y no azul ni negro; en presencia del sol el cielo sólo puede ser azul y no negro ni mucho menos verde… pero, ¿un sombrero? Al investigar sobre la vestimenta de la época no me quedó lugar a dudas: el color de ese tipo de sombrero sólo podía ser azul, lo cual implica que aquel misterioso joven desfallecido en el portal de la posada era de origen noble. Así se explica la sorpresa del posadero.
Resuelto el acertijo, me dispuse a seguir traduciendo. Fue entonces cuando empecé a comprobar que eran legión los problemas similares que encontraría. ¿Por qué el posadero manda acto seguido a los mozos a por sopa de jengibre y alcohol caliente? Para que el moribundo recupere su
qi. ¿Qué extraña palabra pronuncia el emperador para referirse a sí mismo? Un antiguo pronombre de primera persona que sólo él podía usar para referirse a sí mismo y que, de salir de la boca de cualquier otro, garantizaba a este un destino trágico.
Voy haciéndome a la idea de que en mi versión final habré de calzar los diferentes tratamientos, compartimentadísimos y muy importantes para la caracterización, en las opciones de que dispongo:
tú, usted, y su majestad. También tengo pendiente pensar un verbo para aquella expresión que encontré que denotaba el latigueo brusco de las mangas de una túnica. Pulir expresiones como «olor a cobre». Explicitar el significado unívoco que tiene la túnica blanca de cola de zorro del emperador. Decidir en qué casos me conviene mantener un aire grandilocuente (Como cuando elegí mantener «el decimoctavo año de reinado del Emperador Shunzhi» en lugar de decir «1661») y en qué casos me va a ser imposible mantener la solemnidad de algunas expresiones, como aquella intraducible manera de decir la hora que combina los conceptos astrológicos chinos de los diez tallos celestes y las doce ramas terrestres.
Otras veces he sentido que me extralimitaba. Al fin y al cabo, qué importancia tiene para mí por ejemplo traducir exactamente y al milímetro las unidades de medida.
Me ha resultado curiosísimo comprobar cómo la correspondencia en metros cuadrados
de una misma unidad de superficie clásica china crecía a lo largo de las épocas proporcionalmente a la codicia de los terratenientes. El sistema de pesos y medidas chino ha cambiado muchísimo a lo largo de los siglos; las unidades no se estandarizaron hasta el siglo veinte y hasta entonces reinó el caos. Entonces, ¿qué importancia tiene para mí convertir matemáticamente al milímetro los cinco
li de «corrió cinco li a caballo» o las pulgadas de «llevaba una trenza de tres pulgadas y media» si en realidad estas cifras tienen un valor más retórico? Basta con algo que dé la idea de una gran distancia o de pelo largo.
También he comprobado que el mismo autor habla de ceremonias funerarias en estancias de la Ciudad Prohibida que, según me cuentan, de ningún modo estaban destinadas a ello. Y he encontrado anacronismos como el hecho de situar al jesuita alemán Johann Adam Schall von Bell en una posición de poder en la corte cuando los documentos demuestran que por aquella época estaba empezando a ser cuestionado por sus innovaciones en el calendario y pronto acabaría en prisión.
No hay que olvidar que, al fin y al cabo, se trata de una novela, un
best-seller de Er Yuehe, cuyas novelas históricas ambientadas en la dinastía Qing de hace 300 años no gozan de la misma popularidad en el mundo académico como entre el gran público. Los historiadores no suelen disimularse bien la desesperación que sienten al ver cómo las nuevas generaciones de chinos empiezan a partir de estos folletines modernos que convierten el rumor en hecho y la leyenda en verdad, plagados de hechos sin contrastar o incluso simplemente
de anacronismos.
Así pues, sigo con el trabajo lento pero lleno de satisfacciones de dar forma a una traducción fiel que no peque de
hipercorrecta. Y es que no quiero perder de vista el componente de diversión de esta historia épica. Las referencias estarán ahí siempre que se pueda y en la medida de lo necesario mantendré todo el exotismo.
Tengo muy claro que la empresa va a durar mucho más allá de este largo verano y que durante el camino voy a tener que seguir con los manuales de instrucciones, pero es un camino que vale la pena recorrer. Me animo diciéndome que el buen traductor que lo traduzca, buen traductor será.
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