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El Libro de buen amor, a pesar
de su originalidad, tiene unos antecedentes muy precisos, casi siempre dentro
de la tradición occidental, que algunos críticos, no sabemos por qué, le han
negado, o no han querido reconocerla en la medida que lo merecía. La
investigación de cada uno de esos antecedentes no es fácil, porque nuestro
Arcipreste ha cultivado en su obra todos los géneros posibles, desde la canción
mariana a la de escarnio, pasando por la fábula esópica o el episodio amoroso,
casi siempre pseudo-autobiográfico, y cada género exige ya de por sí una
dedicación especial, autónoma, anterior a un análisis de conjunto. En otros
trabajos, por ejemplo, al hilo de los de Margherita Morreale, y con el
precursor de Félix Lecoy, he podido estudiar los difíciles recovecos de la
fábula esópica en el Libro, para llegar a la conclusión de que, si bien
Walter el Inglés es a quien tiene más en cuenta, no es el único autor a quien
Juan Ruiz recurre: no es que su originalidad pueda desacreditarse al descubrir
deudas evidentes con otros Romuli, o con los comentarios en prosa y
sinopsis que acompañan los hexámetros latinos de aquél, sino que nos permite
seguir el método que Juan Ruiz adoptó para la creación de su libro. En estas
páginas me propongo analizar mayormente las aventuras amorosas del protagonista
contrastándolas con otras del mismo signo recogidas en un género que el
Arcipreste conocía muy bien, porque decidió, de manera incontestable,
parafrasear una de sus obras para incorporarla dentro de la suya en un contexto
de teoría amorosa: el episodio en cuestión constituye un ejemplo de los
consejos que don Amor da al protagonista, y esos consejos, incluido el ejemplo
que los ilustra, están presididos por una afirmación repetida en los accessus
al Pamphilus y usada por nuestro autor para definir, en el prólogo
en verso, inmediatamente después del cuento de los griegos y romanos, una de
las muchas intenciones que reconoce en su libro: «si mis castigos fazes, non te
dirá muger non» o «óy e leye mis castigos e sábelos bien fazer: recabdarás la
dueña e sabrás otras traer» (425d y 427cd) y «entiende bien mi livro e avrás
dueña garrida» (60d).1
La comedia elegíaca
Para la parte amorosa de su libro, el
Arcipreste ha elegido el modelo de la comedia elegíaca, sobre el que ha
construido prácticamente todas sus aventuras amorosas: el Pamphilus se
parafrasea en el episodio de don Melón y doña Endrina, pero también constituye
el contrapunto del de doña Garoça; el De vetula no sólo determina la
situación económica y el estado civil de doña Endrina, sino que aparece como
referencia de otros episodios en que el protagonista intenta seducir a dos
viudas con quienes no logra nada, bien porque una lo rechaza de entrada
(1318-1320), bien porque la otra ha contraído matrimonio con un caballero
(1321-1331); el De nuntio sagaci no sólo influye en la aventura con doña
Cruz, sino también en el de doña Garoça, especialmente en los diálogos entre el
mensajero y la muchacha (in nuce los de la monja con la alcahueta), y en
la descripción de la dueña de la segunda aventura, además de en otras
situaciones que en seguida analizaremos; el De tribus puellis y el De
uxore cerdonis parecen erigirse como el reverso de las aventuras por la
sierra o del episodio con la «niña de pocos días» (911b); el De mercatore y
el Ridmus de mercatore parecen estar en el origen del ejemplo muy
edificante de Pitas Payas. Dentro de esa tradición Juan Ruiz halló otro tipo de
materiales en que asimismo se pudo basar —o al menos tener en cuenta— para
elaborar algunas digresiones fundamentales en la trama amorosa: las relativas a
las propiedades del dinero y del vino; en cuanto a las del primero, sin duda
conoció textos como el De more medicorum o el De Paullino et Polla
para combinarlos con poemas goliardescos o morales.
De nuntio sagaci
El tema del mensajero sagaz o agudo
aparece tratado por Juan Ruiz en la segunda aventura amorosa, en que el
protagonista encarga a una persona de confianza, llamada Ferrán García, la
mediación para intentar la seducción de una muchacha con el nombre de Cruz, y
que tiene por oficios el de panadera y soldadera, los dos claramente vinculados
en la época con la prostitución; Ferrán García, en lugar de interceder por su
cliente, acaba seduciendo a Cruz, y así propicia el segundo fracaso de nuestro
personaje.2 En la comedia latina, en
cambio, el mensajero actúa siempre defendiendo los intereses de su amo, y no
parece que en ningún momento esté enamorado de la muchacha, en quien sólo
despierta sentimientos de amor pensando en el poeta, y no en sí mismo; si el
editor francés de la comedia, Alphonse Dain, supuso que el mensajero se enamora
de la doncella, y se convierte automáticamente en rival de su amo, la editora
italiana, en cambio, Gabriella Rossetti, está persuadida de que en la obra no
hay ningún indicio para defender esa hipótesis, y de que, por tanto, el
intermediario exhibe su sagacidad primero al suscitar, en su papel de
alcahuete, la curiosidad y el deseo en la inocente muchacha, y después al
sacarla del apuro en que ésta se halla al ser sorprendida por sus parientes
cuando regresaba a su casa de madrugada después de la entrevista amorosa con el
poeta.3 A pesar de esa diferencia
importante entre el texto latino y el castellano, existen varios aspectos en
que es fácil demostrar que Juan Ruiz llegó a usar la comedia no sólo para
perfilar y pergeñar su segunda aventura amorosa, sino para otros episodios de
su obra.
Para empezar, el Arcipreste creo que,
sin lugar a dudas, se inspiró en la descriptio puellae para la de
la dueña que pretende seducir en primer término y de la que destaca cualidades
morales más que físicas: «Era dueña en todo e de dueñas señora... / Sabe toda
nobleza de oro e de seda, / conplida de todos bienes, anda mansa e leda; / es
de buenas costumbres, sossegada y queda...» (78a y 79ac); el anónimo latino ha
combinado, en la descripción de su personaje femenino, las cualidades físicas
con las morales: «nobilis et talis, non hoc in tempore qualis... / Multum fuit
undique culta; / molliter incessit... / nullius mores fore dicuntur meliores; /
es bene nutrita, mansueta, iocosa, pudica» (vv. 37 y 83-84), ‘noble y tal, cual
no la hay en este tiempo... Era muy cuidadosa en todos los sentidos; anda suavemente,
con gracia... De ninguna se dice que haya de ser de costumbres mejores; estás
bien educada, eres dócil, alegre, púdica...’). A pesar de ese carácter sosegado
y manso de la dueña, el Arcipreste la presenta bastante colérica, en la
conversación con la mensajera, y pone en su boca unas quejas relativas a las
dificultades de hallar a un amigo fiel (la dueña no ha sido seducida por el
protagonista, pero le han hecho creer que éste se vanagloriaba de ella): «Diz
la dueña, sañuda: ‘No ay paño sin raça / nin leal amigo non es toda plaça’»
(94cd); el autor de la comedia también reproduce a su personaje femenino en
actitud airada hacia el mensajero, a quien hace responsable de cuanto le ha
sucedido con el poeta, lamentándose del incumplimiento de la palabra que le
había dado de no dejarla a solas con él: «Aspera cur loquelis? Irasci velle
videris. / Sed michi tu soli culpas imponere noli...» (215-216), ‘¿Por qué me
hablas tan ásperamente? Parece que quieres dejarte llevar por la ira. / Pero no
quieras darme las culpas sólo a mí...’ «O maledicta Fides, aliis te taliter
offers? / Nulla Fides certe: cunctis hoc testor aperte» (195-196), ‘¡Oh,
injuriada Lealtad, ¿tú te comportas así con los otros?. / Sin duda, no existe
ninguna Lealtad: esto lo atestiguo abiertamente a todos’.
Para la segunda aventura, el Arcipreste
ha elegido para su protagonista una dueña mucho más fácil de seducir: una
muchacha que, a diferencia de la primera, se podría vencer por «moneda
pintada»; para semejante empresa ha decidido hacerse con los servicios de un
mensajero, en vez de emplear a la mensajera del primer episodio, y a él ha
confiado toda la mediación, otorgándole la máxima responsabilidad al respecto:
«Coidando que la avría, / díxelo a Ferrand García / que troxiése la pleitesía /
e fuese pleités e duz» (117); en la comedia latina, el poeta se enamora de una
joven a la que describe con todo tipo de detalles y a la que no osa confesarle
su amor; por ese motivo, decide enviar a un mensajero, quien, ante ella, se
ofrece como guía de la negociación: «Me cape ductorem» (v. 144), ‘Tómame como
capitán o jefe’.4 El Arcipreste narra
cómo su protagonista ha dado instrucciones al mensajero para que haga llegar a
la muchacha una serie de regalos; el mensajero, por su parte, no sólo ha
entregado los presentes de aquél (fundamentalmente «trigo añejo»), sino que ha
dado los suyos (un «conejo»), y, con esa conducta, ha logrado seducir a la
joven prostituta; el protagonista termina lamentándose de la traición de su
compañero, a quien trata de ‘perro conejero’, al usar como punto de referencia
el mundo de la caza:
Prometiól por mi consejo
Trigo que tenía añejo
E presentól un conejo,
El traidor falso, marfuz.
¡Dios confonda mensajero
tan presto e tan ligero!
¡Non medre Dios tal conejero
que la caça ansí aduz! (119-120);
En la comedia anónima, el poeta
resuelve enviar a la muchacha una serie de regalos a través de su mensajero,
pero no parece adiestrarlo para que éste sepa lo que debe decirle en todo
momento; el mensajero justifica a la joven por qué su amo le ha mandado esos
regalos, sin duda movido por sus cualidades físicas y morales, que no se
abstiene de recordar ante ella (y, en ese elogio, podía pensarse que el
mensajero, al igual que el poeta, se había enamorado de la muchacha, pero el
elogio en cuestión formaba parte de su estrategia, siempre concebida para
defender los intereses de su amo): «Tandem quid feci? Mea munera mittere cepi,
/ mandans queque bona, me, si placet, et mea dona» (54-55), ‘En fin, ¿qué hice?
Comencé a mandarle mis presentes, ofreciéndole junto a ellos promesas de
felicidad y, si le placía, a mí mismo’. En su diálogo con la joven, el
mensajero nunca habla de sí, ni le entrega ningún regalo que no sea del poeta,
y, gracias a su astucia, consigue convencerla para que se entreviste y se vea
con su joven señor; tras prometerle que no iba a dejarla sola ni por un solo
momento, la lleva a la presencia de éste y, tras entrar en una estancia
apartada, en compañía de los dos, sale de ella, para que el poeta pueda
satisfacer sus deseos con la muchacha, quien, al no ver al mensajero, pregunta
por él, y, al oír que se ha marchado, empieza a insultarlo, tratándolo de
perjuro y de perro mentiroso: «Sponte fides mille periurus fecerat ille. / Me
male decepit; si vixero, non bene fecit. / Quo fugit ille canis mendax, lecator
inanis?» (198-201), ‘aquel perjuro espontáneamente me hizo mil promesas. Se ha
burlado de mí; si yo vivo, él verá que no obró bien. ¿A dónde ha huido aquel
perro mentiroso, glotón frívolo?’. Si bien el mensajero del Arcipreste seduce a
Cruz y el de la comedia latina ni tan siquiera lo intenta con la doncella, uno
y otro comparten rasgos bastante incuestionables: los dos mensajeros se erigen
en depositarios de los dones de sus señores y actúan a sus espaldas, aunque con
distinto propósito; los dos mensajeros cometen algún tipo de traición y, por
esa razón, acaparan las iras de uno de los dos amantes.
En la aventura duodécima, la de doña
Garoça, el Arcipreste ha decidido reproducir un extenso diálogo, repartido en
dos días, entre la mensajera y la monja, en ocasiones con elementos que se
diría inspirados por el del mensajero y la doncella de la comedia latina. En el
texto castellano, la alcahueta se presenta en el monasterio, en el que había
servido, para entrevistarse con doña Garoça y convencerla de que se deje servir
por su amo, aunque debe hacerlo con cierta desventaja, al no llevarle ningún
regalo, ni suyo ni del Arcipreste; en una primera fase, se esfuerza por
arrancarle a la monja una cita con su amo, y en una segunda, pacta las
condiciones en que ésta se ha de producir: «dexarm’ías con él sola, çerrarias
el postigo; / seria mal escarnida, fincando él conmigo»; ante semejantes dudas
y recelos, doña Urraca le garantiza que ni por un segundo va a apartarse de
ella: «... Señora, ¡qué coraçón tan duro! / De eso que vós resçelades ya vos
asseguro, / e que de vós non me parta en vuestras manos juro: / si de vós me
partiere, a mí caya el perjuro» (1482); y, siguiendo instrucciones de su
antigua ama, describe bastante por extenso a su cliente, poniendo especial
hincapié en su temperamento melancólico, en principio el más inofensivo para
las cuestiones amorosas y sexuales. En la comedia latina, el mensajero, por
iniciativa propia, entabla una extensa conversación con la doncella, quien expresa
idéntico temor: «Quam cito dimittis si forte fores michi claudis; / et mox sum
victa, postquam sum sola relicta» (153-154), ‘Cuán rápidamente me abandonarás
si acaso me cierras las puertas; y después de que me hayas dejado sola, seré al
punto vencida’. Por eso la muchacha exige al mensajero el juramento deseado, y
éste, al igual que la alcahueta, se lo otorga: «Primum mitte fidem mecum venias
ut ibidem, / et postquam venias, non me post terga relinquas. / Sit velut ipsa
petis et adhuc, si plurima queris,/ His ita concessis, volo finem ponere
verbis» (170-173), ‘Primero júrame que irás conmigo al mismo lugar, y que,
después que hayas llegado, no me darás las espaldas. Sea así como tú me pides y
todavía más, si me pides más cosas. Habiéndote concedido esto, quiero poner fin
a las palabras’. El mensajero, al ser interrogado por la muchacha sobre quién
ha podido mandarle esos regalos, ofrece una descripción del poeta, destacando,
en primer lugar, su nobleza, juventud y belleza, y, en segundo, su inocencia y
falta de experiencia para las cuestiones amorosas:
«Quis puer est ille, qui dat sua dona puelle?
Quando me novit? Dic. Novit? Nescio quis sit.
Dic mihi: quis puer est?...
Fama volat mundo quod non sit pulchrior illo.
Nobilior nemo vel in omnibus aptior illo.
Nescio si sic sit». «Sic est», sibi nuntius inquit,
«et,
si scire cupis, restat quod carius audis»...
«Huc
qui me misit, omni sine crimine vivit;
Vivit, ad omne valet, iuvenili corpore floret,
Et facie pulchra posset satis esse puella;
Nobilis ac humilis, prudens nimiumque fidelis,
Est dives, largus, verax et ad omnia cautus
Ultra quid dicam?...
Ignoras illum qui se promitit amicum;
Si bene cognoces, velut agnum tangere posses.
Quit sit amor nescit: pudor est ubi femina
tangit»
(vv. 61-63, 64-65, 90-95 y 145-147).
(«¿Quién es aquel joven, que da sus dones a una
muchacha? ¿Cuándo me conoció? Di. ¿Me conoce? No sé quién es. Dime, ¿quién es
el muchacho?. Es fama que en el mundo no hay joven más bello que aquél. Nadie
más noble ni más apto en todas las cosas que aquél. No sé si es así». «Así es»,
dijo el mensajero, «y, si deseas saberlo, sólo falta que escuches con más
interés... Este que me ha enviado, vive sin ningún pecado; tiene vitalidad,
vale para todo, resplandece en un cuerpo juvenil, y posee un rostro bello que
es suficiente para una muchacha; noble y humilde, prudente y muy fiel; es rico,
generoso, sincero y cauto en todas las cosas. ¿Qué os puedo decir más?... No
conoces a aquel que se compromete a ser tu amigo; si lo conocieras bien, podrías
tocarlo como si fuera un cordero. No sabe qué es el amor: cuando una mujer lo
toca, siente vergüenza»).
En el libro del Arcipreste, la monja,
tras aducir la fábula del hortelano y la culebra, trata a la alcahueta, a
quien, al parecer, había sacado de algún apuro, de desagradecida, al tramar su
perdición: «Tú estavas coitada, pobre, sin buena fama, / onde ovieses cobro,
non tenías adama: / ayudéte con algo, fui gran tiempo tu ama; / conséjasme
agora que pierda la mi alma» (1355); antes, en la moraleja de esa fábula, en la
que identifica a doña Urraca con la culebra, recuerda que el malo, en vez de
miel, suele dar veneno: «Alégrase el malo en dar por miel venino» (1354a). En
la comedia latina, tras oír en qué consite el factum al que aspira, como
casi cualquier amante, el poeta, la doncella recrimina al mensajero su conducta
y utiliza una imagen muy similar a la de doña Garoza: «Sentio quid queris: me
fallere velle videris... / Mel portas ore, sed fel latibat tibi corde» (133 y
158), «Entiendo lo que tú deseas: considero que me quieres engañar... Levas
miel en la boca, pero la hiel se esconde en tú corazón»; un poco después, ante
la insistencia de su interlocutor, introduce la misma reprensión: «Est grave
quod queris; me perdere velle videris» (165), «Es importante lo que me pides:
parece que me buscas la perdición». En el libro del Arcipreste, la alcahueta
intenta aplacar las iras de la monja asegurándole que sólo pretende que hable a
su señor, y nada más: «mas yo non vos consejo eso que vós creedes, / sinon tan
solamente ya vós que lo fabledes; / abenidvos entrambos, desque en uno estedes»
(1480bd); en la comedia latina, el mensajero pide calma a la doncella,
dejándole claro que no desea su deshonra, y que sólo tiene suficiente con que
intercambie palabras con el poeta: «Parcius, o virgo! Nullum tibi dedecus opto.
/ Fac puerum videas et secum verba reponas» (104-105), «¡Más moderación, oh
doncella! No te deseo ninguna deshonra. Me basta que tú veas al muchacho y que
respondas a sus palabras». En el poema castellano, el protagonista queda
estupefacto al ver a la monja en la iglesia, prendado de su belleza y
lamentando que se malograra en el servicio a Dios: «En el nombre de Dios fui a
misa de mañana, / vi estar a la monja en oraçión, loçana...: / desaguisado fizo
quien le mandó vestir lana. / ¡Valme, Santa María! ¡Mis manos me aprieto!»
(1499acd y 1500a); en la comedia anónima, el poeta, al tener a la doncella
cerca de sí, es acometido por un deseo más intenso que antes: «Hanc ego cum
vidi, talem venisse cupivi; / cum prope plus fuerat, tanto plus ipsa placebat.
/ Protinus ardebam; bene scitis quid cupiebam, / sed non audebam sibi dicere
quid cupiebam./ Molliter accessi, sibi dulciter oscula gessi» (176-180),
‘Cuando la vi, deseé que llegase una semejante; cuando más cerca estaba, más me
gustaba. Al punto me encendí; bien sabéis lo que deseaba, pero no osaba decir
lo que deseaba. Suavemente me acerqué, dulcemente le ofrecí besos’. En el texto
del Arcipreste, el protagonista también contempla a la monja desde lejos y, al
poco, al igual que el poeta de la comedia latina, se aproxima a ella, no sin
antes suspirar por sus ojos: «Oteóme de unos ojos que paresçían candela: / yo
sospiré por ellos, diz mi coraçón: ‘¡Hela!’. / Fuime para la dueña, fablóme e
fabléla, / enamoróme la monja e yo enamoréla» (1502).
Para la última aventura amorosa, la de
don Hurón, el Arcipreste no parece recurrir a ningún texto reconocido, ya sea fabliau
o cantiga de escarnio, pero es muy posible que haya tenido en cuenta el De
nuntio sagaci. En primavera, cuando el demonio de manera alegórica aparece
transportando en su regazo a muchos abades (a quienes habrá sorprendido en
plena faena erótica) en dirección directa hacia el infierno, el protagonista se
siente aguijoneado una vez más por el fuego del amor, y ya, sin alcahueta, debe
volver a las andadas para recurrir a un muchacho carente de cualquier luz
intelectual, el auténtico antagonista del mensajero sagaz y hábil para la
negociación: tras pedirle a su amo unas cantigas, a pesar de sus ineptitudes
para la lectura y el canto, como ya ha avisado el narrador, se dirige al
mercado para recitárselas a la primera mujer con la que se encuentra, y el
resultado es muy nefasto, porque ésta, en vez de hacerle caso, lo manda a paseo
sin ningún tipo de contemplación («¡Tírate allá, pecado!, / que a mí non te
enbía nin quiero tu mandado»; 1625cd). A diferencia del mensajero de la comedia
latina, que sabe engatusar a la muchacha de la que está enamorado el poeta,
captando desde el principio toda su atención, don Hurón no sabe en ningún
momento atraer la de la posible candidata para manceba de su señor: no ha
estado con ella más que unos segundos, el tiempo necesario que doña Fulana ha
necesitado para darle el pasaporte. Seguramente el Arcipreste ha creado a don Hurón
como contrapartida del mensajero sagaz del texto latino, porque en personajes
como ellos puede radicar el éxito de su empresa amorosa: está claro que no
quería un buen final para su personaje, que en la obra no ha contado con
demasiadas ocasiones para satisfacer sus deseos, y ha decidido cargar la
responsabilidad en el mediador, para introducir una nueva desorientación en sus
propósitos. ¡Qué habría ocurrido si el protagonista se hubiera hecho con los
servicios de un mensajero con las cualidades imprescindibles para el éxito en
ese tipo de actividades! En el fondo, todo depende del «buen entendimiento»,
tanto del señor que, por muy desesperado que esté, debe elegir a la persona
adecuada como del subordinado que ha de actuar con habilidad.
El Pamphilus y el De vetula
El Arcipreste, cuando decide adaptar el
Pamphilus, introduce con respecto al texto latino muchos cambios, y lo
hace a través del De vetula. Al modificar, por ejemplo, el estado civil
de la dama, de doncella a viuda, está pensando en la heroína de esa comedia
elegíaca, que sucumbe al amor del protagonista en el otoño de la vida, cuando
ya ha rebasado los treinta y seis años. En la pelea entre el protagonista y don
Amor, auténtico preámbulo del episodio de don Melón y doña Endrina, el Arcipreste
ya deja sentir la influencia del De vetula, especialmente en el retrato
de la mujer ideal, en la que distingue dos partes, una que se corresponde con
los miembros del cuerpo que aparecen al descubierto y otra con los que están
ocultos por las ropas, una que comprende del cuello para arriba y otra del
cuello para abajo; para el conocimiento de la segunda parte, don Amor aconseja
la búsqueda de una mujer que pueda verla sin las ropas:
Busca muger de talla, de cabeça pequeña;
Cabellos amarillos, non sean de alheña;
Las çejas apartadas, luengas, altas, en peña;
Angosta de cabellos: ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, someros, pintados, reluzientes,
E de luengas pestañas, bien claras, paresçientes;
Las orejas pequeñas, delgadas; páral mientes
Si ha el cuello alto: atal quieren las gentes.
La nariz afilada, los dientes menudillos,
Eguales, e bien blancos, un poco apartadillos;
Las enzivas bermejas; los dientes agudillos;
Los labros de la boca bermejos, angostillos.
La su boca pequeña, así de buena guisa;
La su faz blanca, sin pelos, clara e lisa.
Puna de aver muger que la vea sin camisa,
Que la talla del cuerpo te dirá: «esto aguisa»
Si dexier que la dueña non tiene ombros muy grandes,
Nin los braços delgados, tú luego le demandes
Si ha los pechos chicos; si dize «sí», demandes
Contra la fegura toda, porque más çierto andes.
Si diz que los sobacos tiene un poco mojados
E que ha dichas piernas e luengo los costados,
Ancheta de caderas, pies chicos, socavados,
Tal muger non la fallan en todos los mercados (434ab).
En la comedia latina, el protagonista
describe con detalle a la muchacha de la que se ha enamorado, y para ello
también establece dos partes, una relativa a los miembros que puede ver al
desnudo y otra referente a los que sólo puede adivinar bajo los vestidos, y,
puestos a elegir, concede mayor valor a la segunda, de poderla contemplar
desprovista de esos vestidos (ésa es su mayor ilusión):5
Silva capillorum supereminet atque rotundum
Circumplexa caput claro prefulgurat ostro,
Fulgori cuius radians color invidet auri,
Sed postquam dominam nutrita diu gravat, illam
Colligit in torquem sibi quadam lege cohercens.
Hac a lege tamen remanent ad timpora quidam
Exempti brevitate sua, crispedine rara
Connexi, volitantque vago ludente reflexu.
Frons spatiosa parum convexa, manus deus ambas
In qua plananda possuit, non sufficiente
Alterutra manuum; candorem lilia cuius
Non vincunt, non equat ebur, non florida cibus.
Nigra supercilii sinuosaque linea, criste
Exigui declivis utrimque superiacet, inter
Vicinos quodam limato limite pacem
Concilians, dum iure suo concedit utrique
Uti, distinguens a fronte situs oculorum.
Inter utrumque tamen, ubi fronti continuatur
Nasus, tam naso quam fronte superciliisve,
Plus depressa, parum discriminat area quedam,
Nuda pilis, candore potens equare ligustra...
Nasus in excesum nullum se transvehit, ut sit
Longus vel curtus, aquilus simusve nec ullam...
Et modo cesaries modicas in seque retortas
Contegit auriculas...
At modicum consurgit apex hinc inde genarum,
Punica malorum vincens fragmenta colore;
Lilia mixta rosis en eo certare putares.
Conficiunt etenim niveus roseusque colorem
Unum, sic tamen ut rubeus vincatur albo...
Bucca brevis, sola brevitate notanda...
Labra tument modicum, cerasorum invicta rubore
Collectorum, acri post imbrem sole secuto.
Que cum sint inversa parum, se velle parare
Seque offerre videntur ad oscula suscipienda.
Sed domina ridente loquenteve seve cibante,
Intus cuiusdam spectabilis ordo cathene
Clarior argento vivo se visibus offert.
Dispositis ibi dentibus in serieque locatis
firmis, consertis, equalibus atque minutis.
In collem ad collum collatum colliculumque
Terminus inferior faciei, mobile mentum,
labra se tollit, ad utrumque tamen moderate.
Collum tam planum quam plenum, non ibi nervi
Corda riget, non vena tumet, cuius cutis omni
Asperitate caret nec fedat eam maculosa
Menda, sed est nive candidior, nisi credulitatem
Frangat yperboleos laxata licentia tantam...
Cetera sunt preclusa michi, tegit omnia vestis.
Divinare tamen licet et per visa gradatim
Ad non visa venire, putando quod hec meliora
Sunt illis visis et quod captabiliora...
Pectore compresso, surgente tumore gemello,
Ubera conicio duo parvula, dura, recurva
Ac si complexu se velle premi fateantur
Et complexuro se velle ocurrere sponte.
Brachia longa quidem subtilia, mollia, plena.
Desuper aclives humeri rectique retrorsum.
Corpus procerum, pingues habitudine lumbi,
In strophio graciles, clunes humiles satis ample
Mobilitas crurum, curvato poplite, pesque
Tam brevis in medio, sinuosus, rectus in ante...
Et puto quod nullus cultus nullusque paratus
Aptior esset ei quam si sine vestibus esset.
O utinam nudam videam, si tangere nudam
Non est fas, saltemque semel, si non datur ultra! (II,
296-300)
(‘La selva de los cabellos, ciñendo su redonda cabeza,
sobresale y brilla más que la resplandeciente púrpura, y el color que desprende
suscita la envidia del fulgor del oro, pero, después que hubo crecido durante
bastante tiempo, [la selva de cabellos] molesta a la muchacha, y se la recoge
ciñéndola en una guirnalda según un orden. Pero algunos cabellos se mantienen
exonerados de esta ley a causa de su cortedad, mientras, enlazados en un
extraño encrespamiento, un rizo rebelde cae jugueteando. La frente espaciosa es
un poco convexa, y en ella Dios puso dos manos para allanarla, aunque no de
manera suficiente una de las dos; los lilios no vencen su brillo, no lo iguala
el marfil, no el árbol florido. La negra y curvada línea de las cejas está
puesta encima, por ambas partes, de una cresta de una ligera inclinación,
estableciendo entre ellas una paz a modo de una nítida frontera, mientras
concede a ambas servirse de su propio derecho, separando el emplazamiento de
los ojos del de la frente. Entre ellos sin embargo, donde la nariz es
continuada por la frente, se distingue un pequeño espacio más profundo que la
nariz, la frente o las cejas, y ese espacio está desprovisto de pelos y es
capaz de igualar la blancura del ligustro... La nariz no llega a ningún exceso,
al no ser larga ni corta, ni aguileña ni chata... Y unas veces la cabellera
oculta las orejitas pequeñas y vueltas hacia sí... Pero la punta de las
mejillas se levanta un poco por todas partes con un color rojo que vence las
cortezas de las manzanas; en él creerías que los lilios disputan mezclados con
las rosas. Se unen en uno el color de la rosa y el de la nieve, de modo que sin
embargo el rojo es superado por el blanco... La boca pequeña, notable
únicamente por la pequeñez... Los labios son modestamente carnosos, no vencidos
por el color rojo de las cerezas recogidas bajo un sol ardiente después de la
lluvia. Como están un poco vueltos, parecen prepararse y ofrecerse para recibir
besos. Pero la dama, al reír o al hablar o al comer, muestra en su interior una
hilera visible de cadenas más brillantes que la plata natural. Allí los dientes
están dispuestos en serie y están colocados fuertes, unidos, iguales y
menudos... La parte inferior de la cara, la barbilla movible, se alza a modo de
colina junto al cuello y a modo de collado junto a los labios, pero hacia uno y
otro lado de forma moderada. El cuello tan plano como repleto, allí no se eriza
la cuerda de los nervios, no se hincha la vena, cuyo cutis carece de cualquier
aspereza, ni la afea una mancha infame, a no ser que la licencia desatada de
hipérboles rompa tanta credibilidad... Las otras partes están ocultas para mí;
el vestido las cubre. Sin embargo, es posible adivinar, y llegar de lo que se
ve a lo que no se ve, considerando que éstas son mejores que aquellas que se
ven, y que son más atractivas... En el apretado pecho, del que emerge un doble
bulto, conjeturo dos senos pequeños, duros, curvados, como si confesaran ser
apretados en un abrazo y se ofreciesen voluntariamente al que se atreve a
abrazarlos. Los largos brazos indudablemente delgados, delicados, llenos. Por
arriba los hombros colgando y rectos hacia atrás. El cuerpo alto, los lomos, en
su aspecto externo, están llenos, pero delgados a la altura de la cintura, las
nalgas son pequeñas, pero bastante amplias. La movilidad de las piernas, con el
jarrete curvado, y el pie pequeño, sinuoso en medio y derecho delante... Y
considero que ningún ornato y adorno es más adecuado para ella que verla sin
ropa. ¡Ojalá pudiese verla —si tocarla no me es lícito— desnuda, y al menos una
sola vez, si más no se puede!’).
El Arcipreste, sin lugar a dudas, se
basó en estos versos de la comedia latina para pergeñar su descriptio
puellae, y, si bien en unos casos aduce atributos de la belleza femenina
muy difundidos y por tanto poco significativos para establecer relaciones
estrechas, en otros, en cambio, los menciona y formula en términos sólo
explicables a partir del De vetula. En las referencias al cabello y a
las cejas, no siempre ha sido demasiado claro, al menos para los editores:
«angosta de cabellos» parece la lectura original, con el sentido de ‘con los
cabellos recogidos, apretados’, en contraste con los sueltos y anchos, y esa
lectura puede avalarse por el texto latino, en que se dice que la protagonista,
para su comodidad, había decidido recogerse la cabellera en una especie de moño
(«cabellos ceñidos» y «angosta de cabellos» tienen el mismo sentido); por
tanto, resulta inaceptable la variante que trae S («ancheta de
caderas»), no sólo porque la de G se entiende perfectamente, sino
porque, en esa parte de la descripción, no es lógico que nuestro autor haya
ofrecido detalles de un miembro no visible (las caderas) entre los visibles
(cabellos, cejas, etc.), y más cuando ese detalle lo reproduce, como veremos,
en el lugar que le corresponde.6 Por lo
que respecta a las características de las cejas, también parece inspirarse en
las de la muchacha ovidiana: «çejas apartadas, luengas, altas, en peña» (432c);7 en la comedia anónima, las cejas son
negras, arqueadas y se hallan bastante altas, a juzgar por la imagen de su
trazo dibujado sobre dos crestas, y no se sabe si están o no apartadas entre
sí, al aludir a la frontera, casi imperceptible, que las separa.
Al centrarse en los del rostro o de la
cara, el Arcipreste enumera rasgos que no plantean ningún problema de interpretación,
pero que están igualmente en deuda con los de la viuda del De vetula:
«los dientes menudillos, eguales...» se entienden perfectamente como traducción
de «dentibus... equalibus atque minutis», y sólo «apartadillos» no se aviene
con el modelo, que trae precisamente lo contrario, «consertis» (‘unidos,
enlazados’), aunque no por eso nos dejaremos llevar por la tentación y
propondremos la corrección «apretadillos»;8
«los labros de la boca bermejos, angostillos» (434d) también parecen coincidir con los de la doncella que ha
elegido como punto de referencia, de la que se ha dicho que posee unos labios
ligeramente hinchados y un poco vueltos, con un color rojo semejante al de las
cerezas en un día de sol después de la lluvia: «angostillos», pues, como ‘no
demasiado estrechos o delgados’, guarda mucha afinidad con «tument modicum» o
«parum inversa», como si dijéramos ‘sólo un poco gordos o anchos’.9
Por lo que respecta a la nariz y a la boca, las concordancias ya no son tan
importantes: «La su boca pequeña» (435a) es rasgo que aparece prácticamente en
todos los retratos de mujeres ideales, y «la nariz afilada» (434a) puede aludir
al término medio de la comedia latina, de una nariz que no llega a ningún
exceso, ni larga ni corta, ni aguileña ni chata. La «muger de talla» (432a)
podía encerrar una alusión a su estatura, según se desprende del «corpus
procerum» de la comedia latina,10 y la «faz» «blanca, sin pelos,
clara e lisa» podría abarcar diversas partes de la cara, desde la frente y las
mejillas a la intersección entre ésta, la nariz y las cejas, en las que
predomina el color blanco y la falta de pelos («nuda pilis, candore potens
equare ligustra», etc).11 El «cuello... alto» (433d) es una característica que
no aparece en las comedias elegíacas, aunque se halla atestiguada en la
estética medieval, como, por ejemplo, en uno de los modelos que ofrece Geoffroi
de Vinsauf en su Poetria nova, 580-581: «Succuba sit capitis pretiosa
colore columna / lactea, quae speculum vultus sopportet in altum» (Edmond
Faral, 1961: 215), ‘la columna preciosa de la cabeza es una concubima del color
de la leche, que sostiene en alto el espejo del rostro’.12
Al terminar con la descripción de esos
miembros perfectamente visibles, el Arcipreste considera necesaria la
contratación de los servicios de una mujer para conocer los que están ocultos
bajo numerosos tipos de ropa: «Puna de aver muger que la vea sin camisa, / que
la talla del cuerpo te dirá...» (435cd); el autor anónimo, en lugar de buscar
una mujer para a través de ella saber de las intimidades de su amada, se las
imagina y, después de imaginárselas, al hacer presagiar cada una lo mejor,
expresa el deseo de querer verlas sin sus ropas, incluso renunciando a otras
aspiraciones, sin lugar a dudas carnales; y seguramente, porque ha retenido en
la memoria las formas de todos esos miembros, se percata en seguida del
cambiazo, cuando se acuesta con la vieja alcahueta, creyendo que lo está
haciendo con la muchacha de sus sueños. El Arcipreste, pues, ha convertido en
un consejo lo que en su modelo simplemente constituía un anhelo, y ha señalado
la transición de una a otra parte de manera más clara, al recordar la necesidad
de ver a la amada despojada de las ataduras de sus vestidos, antes de elegirla
como amante. En los dos casos, sin embargo, el conocimiento del «talle del
cuerpo» sin sus velos funciona como acicate: si el protagonista de la comedia,
al dar rienda suelta a su imaginación, se enciende más de lo que ya estaba, el
Arcipreste condiciona la conducta del amante a la información recibida de la
alcahueta, a quien éste, de serle satisfactoria, ya dará instrucciones para el
acoso de la amada.
Para la segunda parte, el Arcipreste
demuestra haber recurrido todavía más a la descripción de la comedia latina;
presta atención fundamentalmente a los mismos miembros que el autor latino,
desde los pechos a los pies, y, si bien unos son auténticos tópicos, otros no
lo son tanto, sobre todo al adoptar la misma combinación que en el modelo. El
Arcipreste no concede demasiada importancia al tamaño de los brazos o de los
hombros para dársela a los pechos: «Si dexier que la dueña non tiene ombros muy
grandes, / nin los braços delgados, tú luego le demandes / si ha los pechos
chicos...» (444ac); en la comedia anónima, se empieza precisamente por la
descripción de los pechos («Ubera... duo parvula») para seguir con la de los
brazos («bracchia... subtilia») y la de los hombros («acclives humeri»). El
Arcipreste ofrece a continuación las medidas de las piernas, los costados, las
caderas y los pies: «Si diz... que ha chicas piernas e luengos los costados, /
ancheta de caderas, pies chicos, socavados...» (445ac);13 el autor latino, en cambio, da las del
cuerpo, los lumbares, la cintura, las ancas, las piernas y los pies, y, en dos
de esos miembros, coincide plenamente con el Arcipreste: «clunes humiles satis
ample..., pesque / tam brevis in medio, sinuosus, rectus in ante» (325-326),
‘las pequeñas caderas bastante anchas..., y el pie pequeño, encorvado en medio,
recto delante’. El Arcipreste parece haber cambiado la referencia a las
lumbares por la del tórax, y de ellas dice que han de ser «luengas», quizá
porque ha leído que el cuerpo de la muchacha ovidiana es «procerum», o que su
pecho está ‘comprimido’ («Pectore compresso»).14
Al parafrasear el Pamphilus, el
Arcipreste echó mano del De vetula, tanto para aspectos mayores como
menores. Como ya se ha dicho, cambió el estado civil de doña Endrina, teniendo
en cuenta el de la heroína de esta comedia, en la que el protagonista, tras un
primera tentativa, la seduce ya en la madurez, cuando ella ha enviudado y ha
regresado a su ciudad de origen. Durante su primera cita con doña Endrina, el
protagonista (después, don Melón de la Huerta), al igual que Pánfilo, le pide, para futuros encuentros, uno de los grados del amor, aunque no el más
codiciado: «Señora, que me prometades, de lo que de amor queremos, / que, si
oviere logar e tiempo, quando en uno estemos, / segund que lo yo deseo, vós e
yo nos abreçemos...» (684ac); doña Endrina se lo niega, no aludiendo sólo a los
abrazos, sino también a los besos, y lo hace porque cree que unos y otros
constituyen el preámbulo del coito: «Es cosa muy provada / que por sus besos la
dueña finca muy engañada: / ençendimiento grande pone el abraçar al amada, /
toda muger es vençida desque esta joya es dada» (685). Pánfilo solicita, además
de los besos y los abrazos, las caricias: «Nos alternatim complexus, basia,
tactus, / ut dare possimus, cum locus affuerit...» (‘Que nos podamos, cuando el
lugar lo permita, dar recíprocamente abrazos, besos, caricias...’); Galatea es
bastante más generosa que doña Endrina, al asentir sin demasiados reparos a
semejantes peticiones, entre las que, por supuesto, no incluye el factum:
«Quamuis illicitum complexus nutrit amorem / et fallunt dominam basia sepe
suam, / hoc solum paciar, sed tu nil amplius addas...» (‘Aunque el abrazo
alimenta el amor ilícito y los besos engañan a menudo a la muchacha, sólo
convengo en esto, pero no añadas nada más’). Cabe preguntarse por qué el
Arcipreste nos presenta a su protagonista bastante más mojigata que la de su
modelo, y es posible que en semejante decisión haya influido el De vetula,
en que la heroína no otorga ni tan siquiera la entrevista con el protagonista.
En el Pamphilus, el personaje
homónimo decide buscar una alcahueta que parece conocer bastante bien: «Hic
prope degit anus subtilis et ingeniosa / artibus et Veneris apta ministra
satis. / Postpositis curis ad eam uestigia uertam / et sibi consilium
notificabo meum» (vv. 281-284), ‘Aquí cerca vive una vieja hábil e ingeniosa y
criada muy idónea o apta en las artes de Venus. Dejando de lado las
preocupaciones, dirigiéndome mis pasos hacia ella, le daré a conocer mi
parecer’; en el libro del Arcipreste, el protagonista elige a una entre muchas,
y, en vez de irla a ver, la recibe en su casa: «Busqué trotaconventos..., de
todas las maestras escogí la mejor... / Fallé una tal vieja qual avía mester, /
artera e maestra, e de mucho saber... / Desque fue en mi casa esta vieja
sabida...» (697ab, 698ab y 701a). En el De vetula, la voz que dice yo ha
tenido que pensar mucho y recorrer toda la ciudad para hallar a una vieja
adecuada, una mendiga a la que había visto pedir en casa de una hermana suya y
que, en el pasado, había sido nodriza de su amada:
Talia cum vigili cura meditarer apud me
Totque revoluissem vetulas et sepe diuque
Singula librassem, lustrans urbem spatiosam,
Occurrit tandem quod erat paupercula quedam
Linguipotensque mee vicina sororis, apud quam
Sepe dabatur ei cibus intuitu pietatis.
Et fuerat quondam dilecta sedula nutrix.
Hanc ratus esse michi pre cunctis utiliorem,
Aggredior verbis, propono probabile thema
(II, 355-363)
(‘Cuando, atento, pensaba en tales preocupaciones y
había recordado todas las viejas, y con frecuencia y por mucho tiempo había
considerado a cada una de ellas, recorriendo la extensa ciudad, finalmente se
me presentó una pobrecilla y locuaz, vecina de mi hermana, en cuya casa a
menudo se le daba alimento por su aspecto digno de piedad. Y era una aplicada
nodriza de mi amada. Persuadido de que ésta era para mí mucho más útil que
todas, la asalto con palabras, le expongo creíblemente el asunto’).
A propósito de este pasaje, Richard
Burkard (1999: 137) sólo ha llamado la atención sobre la «apariencia piadosa»
que tiene la vieja en el De vetula para explicar la impostura religiosa
de la alcahueta en el Libro de buen amor (pp. 136-137); sin embargo hay
otros aspectos mucho más importantes, como, por ejemplo, el proceso de
selección que tanto don Melón y el anónimo pseudo-ovidiano llevan a cabo, y,
además, la sensación de que se ha elegido a la mejor para la empresa amorosa
que ambos pretenden iniciar: «de todas las maestras escogí la mejor», «Fallé
una tal vieja qual avía mester», se diría que inspirado por «Hanc ratus esse
michi pre cunctis utiliorem...»; tampoco conviene desechar la influencia del De
vetula en la reflexión de don Melón sobre qué tipo de mensajera le conviene
más: «El cuerdo con buen seso pensar debe las cosas» (696a) parece determinado
por «Talia cum vigili cura meditarer apud me». Por otra parte, si en el Pamphilus
la primera entrevista entre el protagonista y la vieja se produce en casa de
ésta, en el Libro de buen amor en la de aquél, no queda claro dónde
ocurre en el De vetula (¿acaso en casa de la hermana?).
En el Pamphilus, la alcahueta, a
cambio de sus servicios, pide hallar siempre las puertas abiertas de la casa de
su cliente: «Deprecor ut pateat hinc michi uestra domus» (328), ‘Te pido que de
aquí en adelante tu casa esté abierta para mí’; el protagonista pone a
disposición de ella no sólo su casa sino toda su hacienda: «Hinc tibi nostra
domus et cetera nostra patebant, / sitque sub imperio copia nostra tuo!»
(329-330), ‘De aquí en adelante mi casa y mis otras pertenencias están abiertas
para ti, y mi fortuna esté bajo tu dominio!’; en el Libro de buen amor,
la trotaconventos es mucho menos ambiciosa, al pedir sólo una pequeña ayuda
para sobrevivir: «Si me diéredes ayuda de que passe un poquillo..., yo faré con
mi escanto que se vengan paso a pasillo» (718a y c); don Melón, al igual que
Pánfilo, le ofrece sus riquezas y su casa, pero, como un incentivo inmediato,
le entrega un «pellote»: «Madre señora, yo vos quiero bien pagar, / el mi algo
e mi casa, a todo vuestro mandar: / de mano tomad pellote...» (719ac). En el De
vetula, el protagonista, al no hallar buena disponibilidad en la vieja para
interceder por él ante su amada, debe colmarla de grandes regalos:
Attendi tandem quod eam promissa movere
Non poterant sine muneribus, tunc exuo morem,
Munera multiplico, satagens promittere plura.
Sic urgebat amor, sic ad mea fata trahebat.
Ergo dare insolito dandi modus adfuit omnis.
Do capram vini, do bladum, doque legumen.
Do perne partem, do peplum, do tunicam, do
Palliolum, do pellicium, do subareos, do
Tres species tele pro camisa facienda (II,
385-393)
(‘Reparé, finalmente, en que no podía convencer a la
vieja sin regalos; entonces dejé mi costumbre, multiplico los regalos, cuidando
de prometer mucho más. Así me urgía amor, así era llevado por mis hados. Por
tanto alejé el modo de dar por otro insólito. Le doy una piel de cabra para el
vino, le doy trigo, y le doy legumbres. Le doy un trozo de jamón, le doy un
manto, le doy una túnica, le doy una capa, le doy una piel, le doy alpargatas,
le doy tres clases de tela para que se pueda hacer una camisa’).
En las moderadas exigencias de
Trotaconventos y en la entrega de un regalo al menos más mesurable que toda la
hacienda, pudo haber influido el De vetula: la alcahueta castellana,
puesta a pedir, estaría pensando más en la serie de artículos enumerados arriba
que en la posibilidad de entrar en casa de su cliente cuando se le antojara, y
por eso, después de su primera entrevista con Endrina, convencida de que va a
prosperar en su empresa, reclama a don Melón algo más que el «pellote» que
había recibido en un principio: «mas yo de vós non tengo sinon este pellote: /
si buen manjar queredes, pagad bien el escote» (815cd).
En el Pamphilus, la vieja va en
busca de Galatea, pero no parece entrar en su casa, y es posible, por tanto,
que hable con ella en plena calle; en el Libro de buen amor,
Trotaconventos halla a doña Endrina en la puerta de su casa, y ella, al oír que
vendía unos manteles para toallas, la invita a entrar; en el De vetula,
la alcahueta va y viene muchas veces, consigue entrar en casa de la
protagonista, en la que había trabajado como criada, y de la mora no recibe una
buena respuesta, aunque nunca resulta tratada de forma descortés:
Itque reditque frequens et narrat plurima, primo
Cum quanta fuerit cautela nacta frequenter
Horam oportunam, quotiensque retenta timore,
Qualiter intrarit nichilominus et modico post
Qualiter orsa loqui qualem pretendere causam
Norit, cur spatio tanto non vidit alumpnam,
Adque suum quo propositum descenderit ausu,
Qualibus attulerint etiam me laudibus ambe.
Addit preterea qualem sit passa repulsam,
Sed tamen urbane; sic me miserum modo terret,
Spem modo dat tenuem, quod siquando reprehendo
«Tu sic debueras aut sic dixisse», fidem dat
quod sic dixisset, testesque deos vocat omnes
que non mentitur; quid credam nescio, credi
cuncta necesse, tamen credo quia credere oportet.
Sic me deducit verbis per tempora multa (II, 399-414)
(«Iba y venía con frecuencia, y cuenta muchas cosas:
primero, con cuánta cautela había conseguido una hora favorable, y cuántas
veces había sido detenida por el temor, y de qué modo sin embargo había entrado
y poco después había empezado a hablar, y de qué modo había inventado cualquier
excusa para explicar por qué no había visto a su nodriza, y de qué modo había acometido
con osadía su propósito, y también qué tipo de alabanzas ambas me habían
prodigado. Añadió, además, qué clase de despecho había padecido, aunque de
forma cortés; así a mí, mísero, ora me aterroriza ora me da un pequeña
esperanza, por lo que alguna vez la reprehendo: ‘tú debías haber hablado así o
así’; juraba que así había hablado, e invoca a todos los dioses como testigos
de que no había mentido; no sé qué creer, he creído que todas estas cosas eran
inevitables, pero creo porque me conviene creer. Así me distrajo con palabras
durante mucho tiempo»).
La vieja del De vetula, si no
miente, ha tenido todas sus entrevistas con la doncella en casa de ésta, y
quizá por ello el Arcipreste haya decidido elegir ese tipo de escenario para
las dos entre doña Endrina y la alcahueta, y abandonar las calles en que
transcurrían las de Galatea y la tercera; por semejante influencia, también ha
querido especificar que doña Endrina, tras oír hablar de cierto mancebo, por
cuyo nombre pregunta en seguida, no se ha dejado llevar por la ira y ha
replicado a su interlocutora sin vehemencia: «Respondióle la dueña con mesura e
bien» (737a). En el Pamphilus, tras el éxito de la primera entrevista,
la alcahueta engaña a su cliente, haciéndole creer que ya no hay nada que
hacer, porque se está preparando la boda de Galatea con otro; ante tales
noticias, Pánfilo siente mermar sus fuerzas, pero no arremete en ningún momento
contra la vieja. En el Libro de buen amor, ocurre prácticamente lo
mismo, salvo en la reacción de don Melón, que empieza acusando a la alcahueta,
a quien incluso llega a maldecir:
¡Ay viejas pitofleras, malapresas seades!
El mundo revolviendo, a todos engañades:
mintiendo, aponiendo, deziendo vanidades,
a los nesçios fazedes las mentiras verdades (784).
En el De vetula, el
protagonista, después de comprobar que los miembros que había abrazado
correspondían a los de la vieja, se levanta de la cama, se abstiene de ejecutar
cualquier tipo de venganza, para evitarle a la doncella un escándalo, sale de
la casa, tan triste como alegre poco antes había entrado, y se encierra en la
suya para pensar en un castigo adecuado para la alcahueta, pero no halla
ninguno a la altura de sus merecimientos, y se contenta con dejarla en la
miseria para siempre, deseándole lo peor, en una larga serie de maldiciones:
«igitur vivat luitura diu scelus istud. / Sit mendica manum non inveniat
miserantis. / Estoque siquid ei dabitur, modicumque malumque. / Panem non
comedat, nisi que dederit putre granum...» (II, 529-532), ‘Viva, pues, llorando
siempre este crimen. Sea mendiga y no halle una mano compasiva. Y si alguien le
da algo, que sea poco y malo. No coma pan, a no ser que se le haya ofrecido
grano podrido...’. Si el Arcipreste ha resuelto ampliar el Pamphilus
tras la primera visita de la alcahueta, con varias imprecaciones y una
maldición («¡malapresas seades!», ‘ojalá seáis desaventuradas’), sin duda habrá
sido por influencia de este pasaje del De vetula.
En el Pamphilus, durante su
segunda entrevista con Galatea, la alcahueta la invita a ir a su casa para
divertirse («ludere mecum») y comer manzanas y nueces; antes de ver a la
doncella, ha dado instrucciones a Pánfilo para que se presente en el lugar en
que ellos están hablando, porque tiene la intención de llevar hacia allí a la
joven, y por eso se despide de él con un ruego: «Si uos nostra simul solercia
collocat ambos / et loca affuerit, te precor esse uirum» (546), ‘Si mi
habilidad os coloca a los dos juntos y si hubiera lugar, te ruego que te portes
como un hombre’. En el Libro de buen amor, al final de su segunda visita
a doña Endrina, la vieja convoca a la viuda en su casa, no para ese mismo día,
sino para el siguiente; y de esa manera puede, exultante, volver a ver a don
Melón para explicarle los pormenores de esa cita y animarle a estar a la altura
de las circunstancias, a pesar de que ya antes, al igual que en su modelo, le
había dado consejos en ese mismo sentido («Si por aventura ya solos vos podiés
juntar, ruégovos que seades omne do fuer lugar»; 823ab):
Vínome Trotaconventos alegre con el mandado:
«Amigo», diz, «¿cómo estades? Id perdiendo coidado:
encantador malo saca la culebra del forado;
cras verná fablar convusco, yo lo dexo recabdado.
Bien sé que diz verdat vuestro proverbio chico,
Que el romero fito siempre saca çatico;
Sed cras omne en todo, non vos tengan por teñico:
Fablad, mas recabdat quando ý yo non finco.
Catad non enprerezedes, menbratvos de la fablilla:
Quando te dan la cabrilla, acorre con la soguilla;
Recabdat lo que queredes, nos vos tengan por çestilla,
Que más val vergüença en faz que en
coraçón manzilla» (868-870).
En el De vetula, la alcahueta,
en una de su idas y venidas, se presenta ante el protagonista para anunciarle
que ha llegado a la conclusión de que la doncella, a pesar de que no quiera
reconocerlo, lo ama, y que por ese motivo ha decidido tenderle una trampa,
consistente en sacarla una noche, con la excusa de lavarse la cabeza, de la
habitación de sus padres para llevarla a la de las criadas y acostarla —no se
sabe cómo— desnuda en la cama; entonces da instrucciones a su cliente de lo que
debe hacer la noche de marras (llegar a la casa de la doncella hacia las nueve,
entrar en ella sigilosamente —habrá dejado el cerrojo retirado— y, en medio de
la oscuridad, dirigirse a la cama donde estará durmiendo la muchacha, y el
resto, por supuesto, ya depende de él): «In lecto nudam invenies; tunc impiger
esto. / Si semel obtineas frustrabere postea numquam» (II, 435-436), ‘La hallarás desnuda en la cama; entonces tú sé
diligente. Si la obtienes una vez después nunca te sentirás frustrado’. Ya
Francisco Rico (1967: 319) había notado que la generosa adición que introduce
el Arcipreste en las coplas 869 y 870 podría explicarse por esos dos versos del
De vetula, recordados literalmente en el 870a, con imperativo incluido:
‘Catad non enperezedes...’ («tunc impiger esto»); y quizá no tan claramente en
el c y d: ‘recabdat lo que queredes...’ parece traducción de «obtineas»,
mientras el verso siguiente resulta una interpretación de «frustrabere postea
nunquam» (para no arrepentirse de no haberlo probado). Pero no sola esa
generosa adición del Libro de buen amor se entiende gracias al De
vetula, sino la manera en que Juan Ruiz la expresa y el marco en que la
sitúa: si Trotaconventos presume de haber engañado a doña Endrina («encantador
malo saca la culebra del forado»; 868), es porque la vieja del De vetula
presenta la cita que ha concertado entre su cliente y la muchacha como un
engaño urdida por ella («Quare fraude pia, sed me miseram, miseram me! /
decipienda michi est; faciam quod nocte notanda / lota caput, comenda michi
retinebitur extra maternos thalamos...», II,
423-426, ‘Por lo cual, a través de un piadoso engaño, pero ¡ay mísera de mí, ay
mísera de mí!, ha de ser engañada por mí; haré que una noche deba lavarse la
cabeza, y para peinarla la retendré fuera del aposento materno...’); si
Trotaconventos, después de convencer a doña Endrina para que pase un rato en su
casa, regresa a la de su cliente para decírselo, es porque en el De vetula
la vieja ha ido a casa del protagonista para anunciarle a bombo y platillo que
conseguirá que la doncella lo ame, aunque ella no lo quiera reconocer
(«perpendi quod te super omnes diligat ista / virgo, sed nulla id posset
ratione fateri», ‘yo haré que esta doncella te desee sobre todos los demás,
pero por ninguna razón quiere confesarlo’).
En el De vetula, el
protagonista, tras la decepción de comprobar que quien esperaba en la cama
desnuda no era la doncella, sino la vieja, introduce una reflexión sobre sus
escasos éxitos en la carrera del amor: «Non tamen inveni que vellet amabilitati
/ respondere mee, sed non ideo minus isti, / quam non in culpa scieram, bonus
esse volebam» (II, 518-520), ‘Sin
embargo, no he hallado a quien quiera corresponder a mi amor, y mucho menos a
ésta, a la que deseaba el bien, porque sabía que no tenía culpa’. Al poco hubo
de afrontar una nueva situación desfavorable: «Ecce superveniens luctum dolor
innovat, ecce / virgo datur tedis, longinquas nobilis illam/ ad partes sponsus
transducit...» (II, 550-552), ‘He
aquí que llegó inesperadamente un dolor que renovó mi pesar: la muchacha fue
entregada a los lazos nupciales, y el marido, de familia noble, se la llevó a
partes lejanas...’. Al cabo de veinte años, la mujer enviudó, y, bastante
desmejorada y envejecida por los muchos hijos que tuvo, decidió volver a su
ciudad natal, donde, a su llegada, el protagonista la abordó para recordarle el
incidente del pasado:
Et brevibus verbis ex ordine singula pando.
Subridens dixit, «memini certe satis horum,
Excepto quod anum te subposuisse putabam».
Me testante deos quod anum non subposuissem,
«Sed quid» ait «meminisse iuvat modo talia? Numquid
iam sumus ambo senes quasi nec complexibus apti?» (ii, 572-577);
(‘Y, con breves palabras y por orden, le revelo cada
uno de los hechos. Ella, sonriendo, dijo: ‘Los recuerdo muy bien, salvo que yo
pensaba que habías tenido relaciones sexuales con la vieja’. Poniendo por
testigos a los dioses le dije que no había tenido relaciones sexuales con la
vieja. ‘Pero ¿de qué sirve’, respondió, ‘recordar ahora tales cosas? ¿Acaso ya
somos los dos viejos para no ser aptos para los abrazos?’).
La viuda anunció al poeta que, cuando
lo creyera conveniente, le enviaría una medianera fiel y leal, y, al poco, una
sirvienta suya lo visitó para pedirle dinero prestado a cambio del empeño de
unas joyas de su señora:
Paulo post ad me facunda pedisseca quedam
Mittitur et secum pretiosa iocalia defert,
Aurea cum gemmis miro frabrefacta paratu.
«Hec» inquit «domine sunt illius, suus ad quam
procurator heri pro nummis misit habendis.
Sed quia tanta domi numerata pecunia non est,
Ad mercatores presentia pignora mittit» (II, 594-600)
(“Poco después me envió una criada habladora que
llevaba consigo joyas preciosas, oro con gemas fabricadas con admirable adorno.
‘Éstas’, dijo, ‘son de ella, a quien el procurador ayer mandó por dineros que
había de disponer. Pero porque no tenía en casa tanto dinero en metálico, me
envió a los mercaderes con estas prendas’”).
La sirvienta quería hacer creer al
poeta que había ido por su propia voluntad y que, en vez de dirigirse a los
cambios en busca de los mercaderes, desobedeciendo a su ama, había preferido
hablar con él para negociar el préstamo; el poeta, sin aceptar las joyas como
aval, le da el dinero, pero en seguida se arrepiente de su generosidad, porque
teme una vez más haber sido engañado por la medianera. Sin embargo, al cabo de
cinco días, volvió la misma sirvienta para anunciarle que a la noche siguiente
su señora lo recibiría y que le entregaría su cuerpo; y así ocurrió, sin ningún
tipo de contratiempo. En el Libro de buen amor, la alcahueta, durante su
primera visita, intenta convencer a doña Endrina de la conveniencia de casarse
con don Melón para solucionar sus problemas económicos y librarse de una serie
de pagos: «Éste vos tiraría de todos esos pelmazos, / de pleitos e de
afruentas, de vergüenças e de plazos» (744ab). Para Francisco Rico (1967:
320-321), y no sin razón, ése es el cambio más significativo que el Arcipreste
introduce con respecto a su modelo, y que demuestra de manera muy clara que
había conocido y utilizado el De vetula.
A partir de determinados pasajes del De
vetula, podremos entender mucho mejor alguno de los consejos que ofrece don
Amor al protagonista. En cuanto a la mensajera, aquél sugiere no buscarla entre
las sirvientas de la amada: «La muger que enbïares de ti sea parienta, / que
bien leal te sea, non sea su servienta; / no lo sepa la dueña, porque la otra
non mienta» (436ac); Ovidio, por su parte, había recomendado al amante trabar
amistad con la criada, pero había desaconsejado las relaciones sexuales con
ella (y, puesto a tenerlas, mucho mejor después de seducir a la señora, a quien
hay que ocultar cualquier prueba al respecto):
Sed prius ancillam captandae nosse puellae
Cura sit...
Quareis, an hanc ipsam prosit violare ministram?
[...]
Casus in eventust: licet hic indulgeat ausis,
Consilium tamen est abstinuisse meum...
Si tamen illa tibi, dum dat recipitque tabellas,
Corpore, no tantum sedulitate placet,
Fac domina potiare prius, comes illa sequatur!...
Sed bene celetur! Bene si celabitur index,
Notitiae suberit semper amica tuae (I, 351-352, 375, 379-380, 383-385 y 395-396)
(‘Pero lo primero que se ha de hacer es atraerse a la
criada de la muchacha deseada... ¿Me preguntas que si aprovecha forzar a esta
misma sirvienta?[...] Depende de cada caso: aunque en ciertas ocasiones esté
permitido semejante empresa, mi consejo sin embargo es abstenerse... Si sin
embargo ella, cuando da y recibe mensajes, te complace, no sólo por su
diligencia, sino por su cuerpo, conquista primero a la señora, aquella aliada
vaya después... ¡Pero se ha de ocultar bien! Si se oculta bien la prueba, tu
amiga acudirá a tu llamada o se expondrá a tu conocimiento’).
Un poco más abajo, don Amor, cuando ha
dejado claro que las mejores mediadoras se hallan entre las viejas alcahuetas,
introduce un consejo que había desorientado a Felix Lecoy (1974: 299-300),
quien lo había considerado, aparte de superfluo, una mala adaptación de la
sugerencia ovidiana:
Guárdate non te abuelvas a la casamentera:
doñear non la quieras, ca es una manera
por que te faría perder a la entendedera,
ca una congrueça de otra siempre tiene dentera (527)
Esta estrofa y los versos citados
arriba pueden, en efecto, explicarse por influencia del Ars amatoria de
Ovidio, pero tienen más sentido a la luz de la experiencia del protagonista del
De vetula (véase también Richard Burkard 1999: 137). El Arcipreste, para
empezar, ha descartado a la sirvienta de la amada como mediadora, y, a cambio,
ha propuesto, bien a un familiar del amante, bien a una vieja alcahueta; más
adelante, ha disuadido a aquél de mantener relaciones sexuales con ésta, no
tanto por razones estéticas, sino para no crear rivalidades con la amada, ni
despertar sus celos. En el De vetula, cabe recordarlo, el protagonista
se desnuda y se mete en la cama creyendo que iba a abrazar a la joven amada,
pero en su lugar halla a la vieja, de quien, al reconocerla y al comprobar que
su lujuria se había esfumado por arte de magia, se aparta en seguida y a quien,
quizá en un momento de debilidad, y sin duda de desesperación, llegó a forzar
(«Nec fuit hoc modicum quod desperatus amaui»; 515, ‘y esto no fue poco para
que yo, desesperado, la hubiera amado’);15
la muchacha, que seguramente había planeado la burla con su antigua nodriza,
nada más volver a su casa de soltera, discrepa de la versión que le ha oído a
su antiguo pretendiente, para confesar que ella creía que él había llegado al
coito con la tercera: «memini certe satis horum, / excepto quod anum te
subposuisse putabam» (‘las recuerdo muy bien, salvo que pensaba que habías
seducido a la vieja’). A raíz de ese episodio, el protagonista hubo de ver, sin
poder hacer nada, cómo la doncella se casaba con un noble caballero y se
marchaba de la ciudad. En ese contexto, se explica que el Arcipreste,
contradiciendo a Ovidio, haya desaconsejado como medianera a la sirvienta de la
amada: la vieja del De vetula podía haber pasado por una criada de la
doncella, precisamente por haber recibido al protagonista en una habitación de
la casa destinada al servicio (y por la colaboración entre ambas para
engañarlo); y asimismo se entiende que el Arcipreste no sea demasiado
partidario de una relación sexual con la «casamentera».
Tras la muerte de la niña de «pocos
días» y antes de la aventura por la sierra madrileña, el Arcipreste incluye un
episodio que los editores más solventes del libro han interpretado en términos
bastante diferentes. El protagonista, a raíz de la defunción de la niña, ha sufrido
una depresión, quizá por enfermedad de amor, y ha debido guardar cama por unos
cuantos días; durante su convalecencia, ha recibido la visita de una vieja, sin
precisar si se trata de doña Urraca o de otra alcahueta, y con ella tiene un
altercado que no acaba de entenderse:
El mes era de março, salido el verano;
Vínome ver una vieja, díxome luego de mano:
«Moço malo, moço malo más val enfermo que sano».
Yo travé luego d’ella e fabléle en seso vano.
Con su pesar la vieja díxome muchas vezes:
«Açipreste, más es el roído que las nuezes».
Díxel yo: «¡Diome el diablo estas viejas rahezes!
Desque han bevido el vino, dizen mal de las fezes» (945-946).
La vieja se presenta ante el Arcipreste
para burlarse de él, recordándole que es menos peligroso ahora, postrado en la
cama, que cuando estaba sano (y la burla resulta más dolorosa si se tiene en
cuenta el currículo amoroso —nada envidiable— del protagonista); el Arcipreste,
ante semejante observación, verosímilmente podría haber intentado una
demostración de fuerza, abusando —o al menos intentándolo— en su cama de la
alcahueta (Alberto Blecua [1992: 531] ha documentado el sentido obsceno de
«travar», al que se puede añadir un pasaje del Poema de Fernán González,
en que el agresor también es un Arcipreste); tras ese tipo de incidente, la
vieja siente o finge aflicción (en la que ciertos editores han visto —no sé
sabe en qué sentido— una especie de conversión del personaje), pero a la vez se
queja del comportamiento sexual del protagonista, al considerarlo muy decepcionante
y muy por debajo de las expectativas que se había creado por la fama del
violador (en efecto, ‘mucho ruido y pocas nueces’); y, por último, el
Arcipreste responde con otro refrán, muy apropiado para las viejas alcohólicas,
con el que viene a decir que las borrachas siempre se quejan del vino después
de habérselo bebido, cuando en el vaso sólo les queda el poso. Con esos
antecedentes, no habría ninguna duda sobre el contenido de los «cantares
caçurros» que el Arcipreste anuncia a continuación, pero que no aparecen en el
texto, no sabemos si porque no los llegó a escribir o porque se han perdido en
la transmisión del texto. Gybbon-Monypenny, en su edición (1988: 304), había
sugerido como posibilidad la lectura del episodio en esos términos, creyéndolo
una alusión irónica al De vetula. Si el episodio se interpreta de esta
manera, y no parece demasiado descabellado hacerlo, sin desacreditar otras
explicaciones, pensando precisamente en la comedia latina que lo había
inspirado, lógicamente habrá que identificar, como ya propone Corominas, la
vieja con doña Urraca, la alcahueta que acompaña al Arcipreste desde la
aventura con la niña hasta el de la mora, y a la que llora, con motivo de su
muerte, con gran dolor.
Esos «cantares caçurros» podrían
constituir una parodia del amor cortés o de las famosas cantigas de amor, en la
línea de determinadas cantigas de escarnio de la lírica gallego-portuguesa, en
las que el poeta de turno se lamenta por el desdén de una vieja de la que se ha
enamorado y que otros, y no él, se han llevado a la cama.16 En una de las más famosas sobre el tema,
compuesta por Pedro Amigo de Sevilha, se ofrecen las claves más importantes de
esa parodia:
Meus amigos, tan desventurado,
me fez Deus, que non sei oj’ eu quen
fosse no mund’ en peor ponto nado,
pois [m]’ua dona fez querer gran bem,
fea e velha, nunca eu vi tanto;
e esta dona puta é já quanto,
por qu’eu moiro, amigos, mal pecado.
E esta dona de pran á jurado,
Meus amigos, por que perco meu sen,
Que jasca sempre, quand’ouver guisado,
Ela con outr’, e non dé por min ren;
E, con tod’ aquesto, se Deus mi valha,
Jasqu’ eu morrendo d’amor, en sen falha,
Polo seu rostro velh’ e enrugado
(Rodrigues Lapa, 1965: 458).
Este tipo de viejas que suele aparecer
en cantigas como la de arriba se corresponde con famosas prostitutas de las que
en otras, de estilo muy diferente, se ha evocado su juventud: María Balteira es
el caso más ilustrativo de esa situación, porque sobre ella se conservan
cantigas que la presentan en su máximo esplendor, con sus viajes a Tierra
Santa, y otras que la describen ya en su decadencia, vencida y ultrajada por
los años, aunque sin embargo todavía deseables. En ese sentido, se podría
entender, hasta cierto punto, más allá de las influencias literarias, el fervor
que las ancianas llegaron a despertar entre los poetas gallego-portugueses:
ancianas a las que se seguía venerando por el recuerdo muy vivo que se tenía de
sus mocedades, en homenaje al amor que habían inspirado en sus mejores
momentos.17
La influencia del De vetula
abarca otros episodios amorosos más allá de éste y del de don Melón y doña
Endrina, y se deja sentir especialmente en el episodio undécimo, en el que el
protagonista se enamora en la iglesia de «una dueña fermosa» (1322a), viuda,
según se sabrá después, y pide a doña Urraca que interceda por él, andando
«passos de caridat»; la alcahueta, a diferencia del resto de aventuras,
responde con cierta reserva, alegando un caso que aún no había ocurrido, el de
la mora: «Ella fizo mi ruego, pero con antipara, / dixo: ‘Non querría ésta que
me costase cara / como la marroquía que me corrió la vara’» (1323ac). En el De
vetula, la vieja mendiga reacciona en términos bastante similares, poniendo
de manifiesto su temor al padre:
Plurima promitto bene, si celaverit et si
Prodiderit, subiungo minas; rationibus illa
Se primum excusat, ventura pericula pandens.
«Me miseram» dicit, «rem si sciret pater eius
quid factura forem? Cuius mortis genus aut quas
exciperem penas? Etiam tu forte negares
te iussisse michi nec subsidium michi ferres.
Obsecro per superos, ne sollicitaveris ultra
Me super hiis, in pace meam finire senectam
Me rogo permittas...» (II, 364-373)
(«Le prometo grandes bienes, si me encubre, y si me
descubre, la amenazo; ella primero se excusó con razones hablando de los
peligros venideros. ‘¡Ay mísera de mí!’, dice, ‘si su padre lo sabe, ¿qué
habría de hacer? ¿Qué tipo de muerte o qué castigos recibiría? Tú acaso
negarías lo que me habías mandado y no me prestarías ayuda. Te suplico por los
dioses que no me instes más sobre éstos, y te ruego me permitas terminar en paz
mi vejez...’»).
Tras la descripción de la amada, el
poeta había reconocido la dificultad de su empresa, al haber de salvar
muchísimos obstáculos, todos relativos al control que los padres de la muchacha
ejercían sobre ella, sin dejarla a sol y a sombra:
Sed locus et tempus non concurrere loquendi,
Presertim quia nimirum materque paterque
Excubiis multis et sollicitudine multa
Vallabant ipsam, ne subduci sibi posset
Blandittis, si forte levem concederet aurem.
Quid facturus eram? Quaerenda fuit mediatrix,
Mutua verba loqui que posset utrique vicissim,
Et facunda foret et suspicione careret,
Ambos ut, nullo mirante, liceret adire (II, 341-354)
(‘Pero el lugar y el tiempo no concurrían para hablar,
principalmente porque la madre y el padre la protegían con centinelas y con
mucha preocupación, para que no pudiera ser engañada o seducida con halagos, si
por casualidad les prestaba su delicado oído. ¿Qué había de hacer? Había de
buscar una mediadora, que pudiera alternativamente intercambiar palabras con
los dos, y que fuera habladora y no despertara sospecha, y que permitiera que
ambos nos acercáramos sin causar ninguna admiración’).
En el Libro de buen amor, la
alcahueta, superados los reparos iniciales, se dirigió a la casa de la «dueña»,
en la que entró, al parecer con bastante sigilo (tanto que no llamó la
atención), sin hallar a nadie, al menos del sexo masculino: «entró en la
posada, respuesta non le dan: / non vido a la mi vieja ome, gato nin can»
(1324cd). Si bien no disponemos de datos al respecto, porque el Arcipreste no
suele ser demasiado generoso en ese sentido, la dueña podía ser objeto también
de una vigilancia férrea, sin duda por personal femenino, como la primera dueña
a quien nuestro protagonista intenta seducir: «mucho de omne se guardan allí do
ella mora, / más mucho que non guardan los jodíos la Tora» (78cd); y, por otra parte, doña Urraca consigue hablar con su víctima, a quien procura
persuadir de buscar amante antes que volverse a casar: «ca más val suelta estar
la viuda que mal casar» (1326d); pero nada se dice ni se sabe del final de esas
negociaciones, a pesar de que la vieja se presenta muy alegre ante el poeta,
anunciando de entrada un éxito muy difícil de interpretar:
Si recabdó o non la buena mensajera,
vínome muy alegre, díxome de la primera:
«El que al lobo enbía, ¡a la fe!, carne
espera» (1328ac).
En las coplas siguientes, la dueña,
convertida en «tortolilla en el regno de Rodas», apostrofa a todas las mujeres
para preguntarles si no sienten ellas miedo por traicionar el amor a su primer
marido por contraer un nuevo matrimonio, y, acto seguido, el narrador refiere
el de la viuda con un caballero, de modo que el protagonista hubo de separarse
de ella: «E desque fue la dueña con otro ya casada, / escusóse de mí e de mí
fue escusada» (1330ab). Al margen de las contradicciones, el episodio no acaba
de entenderse, y por eso la crítica ha supuesto una laguna entre las estrofas
1328 y 1329. Por un lado, la alcahueta parece adoptar una conducta similar a la
vieja del De vetula, al engañar al protagonista, haciéndole creer que
podría seducir a la viuda, sacando a colación un refrán («El que al lobo enbía,
¡a la fe!, carne espera») que se ha interpretado en sentido erótico; el protagonista,
sin embargo, muestra un escepticismo que se diría inspirado por el de la
comedia latina: «quid credam nescio, credi / cuncta necesse, tamen credo quia
credere oportet» (‘no sé qué crea, he creído que todas estas cosas eran
inevitables, sin embargo creo porque me conviene creer’). Por otro lado, la
boda de la dueña con un caballero implica su alejamiento definitivo, al igual
que en el modelo: «ecce / virgo datur tedis, longiquas nobilis illam / ad
partes sponsus transducit, erat locus ille / ad quem nulla michi veniendi causa
dabatur» (‘he aquí que la virgen fue entregada a los lazos matrimoniales; el
marido, de familia noble, se la llevó a partes alejadas; aquél era un lugar al
que no se me ofrecía ninguna ocasión para ir’).
Si en ese episodio de la viuda hay una
laguna, no sabemos cómo llenarla: en los supuestos versos que faltan, el
protagonista ¿habría seducido a la viuda? (en tal caso, no se entiende su
comentario «Si recabdó o non la buena mensajera»), o simplemente ¿se habría
limitado a verla? (pero también en ese caso la alcahueta habría conseguido
cierto éxito); en ambas posibilidades, se explica que el protagonista precise,
después de la boda de la viuda, dar algún tipo de disculpa: «escusóse de mí e
de mí fue escusada». Si la acción de excusarse mutuamente puede implicar que se
hayan conocido, también podría referirse a la renuncia, aceptada y asumida por
los dos, de citarse por primera vez. Según la segunda hipótesis, en el episodio
no habría ninguna laguna, porque la viuda, tras la oferta de la alcahueta de
tener un amante en vez de un marido, habría decidido casarse: de esa manera
tienen perfecto sentido las dudas del protagonista-narrador sobre si doña
Urraca había tenido o no había tenido éxito en sus negociaciones, y el
episodio, con esta sucesión de los hechos, presenta claras analogías con el De
vetula. Tanto en el texto latino como en el castellano, la alcahueta habría
engañado a su cliente, creándole unas expectativas que luego no podría
satisfacer, y el protagonista, tras la intervención de la vieja, se entera de
que, para su mal, la dueña se casa con un caballero, y por ese motivo debe
renunciar a ella para siempre. En la aventura inmediatamente posterior, el
Arcipreste personaje, a sugerencia de doña Urraca, acomete la seducción de una
mujer madura, la monja doña Garoça (1392d), con quien logra tener relaciones,
no precisamente sexuales, sino más propias del «buen amor» (o el «limpio amor»
de Dios) al que debe aspirar todo cristiano. Gracias a su amistad, producida en
los términos más puros, con la monja, el Arcipreste abraza por primera vez en
la obra el amor divino, y habría constituido ese un bonito colofón para su
carrera de «doñeador» impenitente, como lo es, aunque en distinta medida, para
el protagonista del De vetula la consumación de sus deseos con una mujer
que había amado hace veinte años y a la que ya no sabía inocente del engaño del
que fue víctima en sus mocedades.
De mercatore y Ridmus de mercatore
Para el episodio de Pitas Payas (o
Pajas), la crítica no ha podido señalar un antecedente claro, y, en su defecto,
Joan Corominas (1973: 200) adujo una de las versiones de la comedia De
mercatore, especialmente la rimada, conocida como Ridmus de
mercatore, pero, puestos a buscar coincidencias, a pesar de las importantes
divergencias, las podremos hallar tanto en el texto en dísticos elegíacos y en
cuartetas monorrimas.18 En el relato
castellano, Pitas Payas es pintor, pero se hace mercader al decidir viajar a
Flandes, recién casado, para traerle muchos regalos a su mujer: «Nostra dona,
yo volo ir a Frandes, portaré muyta dona» (475b); en el Ridmus, el
protagonista es un mercader que, al añorar su casa y a su esposa, resuelve
regresar, después de ocho años en tierras muy lejanas, y que, para compensarla,
le compra piedras preciosas y vestidos:
Quidam uir officio uiuens mercatoris
Septem annis extitit in longuinquis horis;
In octavo senciens stimulum amoris,
Cui domum commiserat, fit memor uxoris.
Ad uxorem igitur cupiens redire,
Gemmas emit uarias, potestatis mire.
Et quascumque poterat uestes reperire,
Quas uxori credidit posse conuenire
(‘Un varón que vivía del oficio de mercader estuvo
siete años en países lejanos; en el octavo, sintiendo el estímulo del amor, de
cuyo hogar se lamenta, se acuerda de su mujer. Deseando, pues, regresar con su
mujer, compra varias gemas, de valor admirable, y había sido capaz de hallar
algunos vestidos que creía que podían estarle bien a su mujer’).
En el De mercatore, el
protagonista, también mercader, determina abandonar su casa para acrecentar sus
riquezas: «Institor intentus augendis rebus in orbem / pontum conscendit ut
cumularet opes» (1-2), ‘Un mercader, con la intención de aumentar su hacienda,
se embarcó en la mar para acumular riquezas’.19
El Arcipreste ha parecido combinar los dos textos latinos al iniciar su relato
antes de que Pitas Payas haya emprendido su viaje (no por mar, sino por
tierra), y al alegar como su causa la adquisición de unos regalos, no
especificados, pero quizá pensados para premiar a su mujer, con quien acaba de
casarse. En el De mercatore, el narrador anuncia desde el principio las
negligencias del mercader: «Pulcra sui coniux et adhuc immunis ab omni / prole
relicta fuit et sine teste domi» (3-4), ‘Su bella esposa fue dejada sin ningún
hijo y sin ninguna guarda para su casa’; y, a continuación, introduce una
extensa reflexión sobre los peligros de conceder a una mujer demasiada
libertad, sobre todo si es joven y hermosa:
Poteritne suos compescere motus
In fragili sexu femina, pulcra, potens?
In somnum poterit longas deducere noctes,
Quas solet insomnes reddere promptus amor?
Feminee levitatis opus gravitate pudoris
Castigare potest sollicitata procis?
Cum uir abest, seruare potest, custode pudore,
Uxor inaccessum sola cubile suum?
Si presente uiro placuit sibi gloria noctis,
Vix absente potest esse pudica diu
Incestare solet quandoque licentia maior,
Que, si non animo, corpore casta foret.
Nescit ab excessu sua femina facta tueri,
Semper in illicitum luxuriosa ruit.
Tam procul ergo uiro, libertas uota sequendi
Quo minus ista queat esse pudica facit.
Ad Veneris mores usumque libidinis urgent
Cuncta quibus fieret casta, remissa sui:
Absens uir, sine teste locus, caro prodiga
luxus,
Instantes proceres et sua forma placens (5-24)
(‘¿Acaso podía, bella, fuerte, perteneciente al sexo
débil, refrenar sus pasiones? ¿Podía pasar dormida las largas noches que el
amor presto suele volver insomnes? La obra de la inconstancia femenina ¿puede
ser corregida por la fuerza del pudor, al ser acosada por galanes? Cuando el
marido está ausente, ¿puede la mujer sola conservar, con el respeto al pudor,
su cama vacía? Si estando presente el marido, ya desea los placeres de la
noche, estando ausente, apenas puede mantenerse pudorosa por mucho tiempo. La
mucha libertad suele a veces corromper a la que sería casta, si no de
pensamiento, al menos de obra. La mujer no sabe proteger sus hechos del exceso,
siempre, lujuriosa, cae en lo ilícito. Tan pronto como su marido se halla
lejos, la libertad de seguir sus deseos la hace incapaz de ser pudorosa. Muchas
cosas [por las cuales, si estuvieran apartadas de ella, sería casta] urgen a
los hábitos de Venus y al uso de la lujuria: el marido ausente, un hogar sin
vigilancia, la carne ansiosa de lujuria, los caballeros acosadores y su belleza
arrebatadora’).
El Arcipreste, en menor medida, por
supuesto, también insiste en esas debilidades de la mujer, más explicables por
la condición de recién casada de la protagonista, quien había probado los
dulzores de la carne, pero no lo suficiente para cansarse de ellos o poder
olvidarlos por mucho tiempo, y por eso un mes se le hace un «año entero» (para
los médicos, la histeria se manifestaba especialmente en las mujeres que por
motivos diversos interrumpían su actividad sexual):
Como era la moça nuevamente casada,
Avié con su marido fecha poca morada;
Tomó un entendedor e pobló la posada,
Desfízose el cordero, que dél non finca nada (478).
Para la descripción del pecado de
adulterio, el Arcipreste parece basarse más en el Ridmus que en el De
mercatore: «Set hec, dum hic aberat, alium amauit, / quem furtim in lectulo
sibi copulauit» (III, 1-2), ‘Pero
ésta, mientras él se hallaba ausente, amó a otro, con quien se unió
secretamente en su lecho’; sin embargo, ha prescindido del motivo del
nacimiento del hijo que aparece en sus dos posibles modelos, y lo ha sustituido
por el del cambio de la pintura de un animal que el marido, para controlarla,
había dibujado debajo del ombligo de su mujer: con las prisas, el amante, a la
hora de restituirla, en lugar de volver a pintar un corderito, pinta un carnero
adulto. A pesar de esa diferencia importantísima, que obliga a suponer una
fuente desconocida, el Arcipreste ha subrayado la astucia con que la mujer
justifica a su marido el trueque de un animal por otro similar, por más que también proverbial en ese tipo de
relatos, a la manera cómo la protagonista de las comedias latinas explica a su
marido el nacimiento de un hijo, afirmando que lo ha concebido no por las
relaciones con otro hombre, sino por haber ingerido o tragado nieve:
Illa rogata refert, cum uult, indigna rogari,
Possit ut urbana fallere fraude uirum:
«Queris quis pater est? Nescis me matre
parentem
te fore? Forte fores te faciente fidem:
lege maritali si sum tibi iuncta, parens es;
hoc probat ipsa caro qua sumus una duo.
Concepi, non passa uirum, neque federe leso;
Si peperi, materque fui, sic sic puer iste
Te de iure suum uindicat esse patrem (53-62)
(«Ella contesta a las preguntas, porque él lo quiere;
indignada por ellas, llega a engañar a su marido con una burla sutil: ‘¿Me
preguntas quién es el padre? ¿No sabes que, al ser yo su madre, tú has de ser
el padre? Si acaso me crees, tú lo eres. Si yo estoy unida a ti por la ley del
matrimonio, por fuerza tú eres el padre; lo prueba la misma carne por la que de
una somos dos. Yo he concebido, no por haber sufrido a un hombre, ni por
mancillar mi honra; por haber probado la nieve, mi vientre se ha vuelto pesado.
Si yo he dado a luz y he sido madre, así este niño defiende que, según el
derecho, tú eres su padre’»).
En el Ridmus, la esposa ofrece
la misma versión, pero añade un elemento que hace más verosímil el engaño, el
del pensamiento y el deseo del marido ausente en el momento de la fecundación,
producida por la caída de nieve en su regazo:
Ego quidem coniuge ueluti priuata,
Et deserta penitus, et ut uiduata,
Plus quam decet feminam, eram desolata,
Nulli tamen ideo uiro sociata.
Semel magis solito de te cogitaui
Quem solum pre ceteris omnibus amaui.
Tunc tenere lectulo te desideraui
Et quia sic uolui, sic esse putaui.
Interim, dum meditor de te tota mente,
In sinum ab aere niue coruente,
Ego facta grauida, uentre tumescente,
Hunc a te concipio licet tunc absente (IX-XI)
(‘yo como despojada de cónyugue y profundamente
solitaria, y como si fuera viuda, estaba desolada, más de lo que conviene a una
mujer, por tanto no unida a ningún hombre. Al mismo tiempo, pensaba en ti más
de lo acostumbrado, a quien amaba por encima de todos los otros. Entonces te
deseaba en el delicado lecho, y porque así lo deseaba, así consideraba que
ocurría. En el intervalo, mientras pensaba en ti con toda el alma, cayendo
nieve desde el aire en el regazo, yo, quedándome embarazada, con el vientre
hinchado, lo concebí de ti, a pesar de que tú entonces estabas ausente’).
En el Libro de buen amor, Pitas
Payas, al igual que el mercader de las comedias latinas, pide explicaciones a
su mujer, al comprobar que el cordero se ha convertido en un carnero, con un
par de cuernos muy visibles: «Cató Don Pitas Pajas el sobredicho lugar, / e
vido un grand carnero con armas de prestar:/ ‘¿Cómo es esto madona, o cómo pode
estar/ que yo pinté corder e trobo este manjar?’» (483); la mujer halla una
explicación muy sencilla para el fenómeno, y, como en el Ridmus, a
través de ella alude indirectamente a la despreocupación e indolencia del
marido: «Como en este fecho es siempre la muger / sotil e malsabida, diz:
‘¿Cómo, mon señer, / en dos anos petid corder non se fazer carner? / Vós
veniéssedes tenplano e trobariades corder’» (484). Si en el Libro de buen
amor es la mujer quien burla al marido, en las comedias latinas, en cambio,
es el marido quien acaba por burlar a la mujer, llevándose al niño de viaje,
vendiéndolo a unos esclavos y, a su regreso, diciendo a la madre que su hijo,
al haber sido creado de la nieve, por su exposición al sol, se había
transformado en agua.
Si en las comedias el protagonista pasa
siete años fuera de su casa, en el Libro de buen amor Pitas Payas sólo
está dos: «Fuese Don Pitas Pajas a ser novo mercadero; / tardó allá dos años,
mucho fue tardinero» (477bc), «Monstrat certificans septeni circulus anni, / se
non esse patrem» (De mercatore, 51-52), ‘El transcurso de siete años
muestra con certeza que él no era el padre’, «septem annis extitit in
longuinquis horis...» (I, 2),
‘Estuvo siete años en tierras remotas’; sin embargo, entre los Carmina
cantabrigensia, aparece un poema con el mismo argumento que las comedias
latinas, y en el que el mercader vuelve al hogar después de dos años: «Duobus /
volutis annis / exul dictus / revertitur» (V,
1-4; Ricardo Arias y Arias, 1970: 36), ‘Transcurridos dos años, el desterrado
regresó’.20 El Arcipreste y el anónimo
poeta de los Carmina exhiben cierta afinidad a la hora de presentar el
relato como algo risible: «Del que olvidó la muger te diré la fazaña, / si
vieres que es burla, dime otra tan maña» (474ab), «Advertite, / omnes populi, /
ridiculum / et audite, quomodo / suevum mulier / et ipse illam / defraudaret» (V, 1), ‘Prestad atención, todos los del
pueblo, a la gracia, y oíd de qué modo la mujer engañó a un suevo y él a ella’.21
Otras comedias
Para la descripción de la cuarta
serrana, la crítica ha sugerido una posible relación con la de la vieja del De
vetula, pero en realidad apenas pueden aducirse analogías más allá de las
deformaciónes lógicas de la tradicional desciptio puellae:
Accusant vetulam membrorum turba senilis,
Collum nervosum, scapularum cuspis acuta,
Saxosum pectus, laxatum pellibus uber.
Non uber sed tam vacuum quam molle, velut sunt
Burse pastorum, venter sulcatus aratro.
Arentes clunes macredine crudaque crura,
Inflatumque genu, vincens adamanta rigore,
Accusant vetulam membrorum marcida turba (II, 501-508)
(‘El conjunto senil de miembros es el propio de una
vieja, el cuello nervudo, la punta aguda de las espaldas, el pecho como roca,
el seno dilatado por las pieles. No era un seno sino bolsas de pastores, tan
vacías como blandas, el vientre surcado por un arado. Las nalgas secas y
flacas, y las piernas duras o groseras, y la rodilla hinchada, que supera en
dureza al diamante, manifiestan que el conjunto marchito de miembros es el de
una vieja’).
María Rosa Lida de Malkiel (1973:
173-174) y Gybbon-Monypenny (1988: 321), con razón, señalan que el retrato de
esa serrana invierte, casi rasgo por rasgo, punto por punto, el de don Amor sobre
la mujer ideal (si, en un caso, la boca ha de ser pequeña, en el otro, en
cambio, es grande, y etc.).22 Para
documentar la retractatio introducida en las estrofas 1015 y 1016 («yo
non vi en ella ál... / Mas, en verdat, sí, bien vi fasta la rodilla»), Alberto
Blecua (1992: 536) había aportado el ejemplo de la comedia De tribus puellis:
«Non referam, que quamuis poteram meliora referre, / illam cum vidi, sed tibi
non referam... / Vix me continui, cum corpora nuda viderem...» (261-263), ‘No
lo referiré, aunque podía referir lo mejor, cuando la vi, pero a ti no lo
contaré. Apenas me contuve cuando había visto el cuerpo desnudo...’.23 Pero las concordancias con el género que
estamos estudiando no se agotan aquí, y pueden hallarse otras, quizá más
significativas, en otras comedias en las que se describe con detalle a los
criados o esclavos de los protagonistas.24
En el Alda de Guglielmo de Blois, Pirro se enamora de oídas de la
heroína, que había crecido bajo la estricta vigilancia de su padre, lejos del
contacto y la conversación de los hombres; el criado de aquél, Spurio, juega un
papel importante, al aconsejar a su señor en sus amores por la doncella
encerrada, y constituye un estupendo contrapunto de los protagonistas,
empezando por sus rasgos físicos, de los que podemos destacar su nariz y
piernas: «Deturpant oculos frontis sub valle sepultos / silva supercilii
continuusque sopor... / Et picturate calige mentita colorem / scribitur assiduo
tibia rubra foco» (173-174 y 189-190), ‘la selva de cejas y el continuo
adormecimiento desfiguran los ojos sepultados bajo el valle de la frente... / y
simulando el color de la caliga pintada, la tibia tiene un grabado rojo por el
fuego asiduo’.25 En el Libro de buen
amor, el Arcipreste describe los ojos de la serrana como «fondos, bermejos»
(1012c), y en esas características, a pesar de coincidir con el Alda, no
puede postularse una influencia directa, pero, en un aspecto tan realista como
el de las vejiguillas en las piernas, formadas al pasar largo rato frente al
fuego, podría demostrar su uso de esa comedia latina (y es curioso que a la
serrana de la cantiga se la llama Alda): «de las cabras de fuego una grand
manadilla» (1016c).
En el Geta, Vitalis de Blois
presenta al esclavo homónimo (Sosias en la comedia de Plauto) perplejo al verse
a sí mismo guardando las puertas de la casa de su amo a la que acaba de llegar:
en realidad, está contemplando a Archas (Mercurio en su modelo), que ha
adoptado su forma para acompañar a Júpiter en la seducción de Alcmena; Geta,
para disuadir a su interlocutor de que sólo hay uno como él, decide recordar
sus rasgos físicos más importantes, en los que sobresalen el color negro de su
piel, los pelos en las barbas y en las mejillas, los ojos rojos, etc.:
Totus inaudita fedaque nigredine dampnor
Atque color membris omnibus unus inest:
Sum uelut Ethiopes aut quales India nutrit.
Eterna scabie leditur atra cutis,
Hirsutum caput est et cinctum crine caprino,
Frons breuis et naris longa, rubent oculi;
Menta genasque tegit et obumbrat silva pillorum...
Zonaque nulla potest hunc catigare tumorem
Cum pane absortis dum tumet aluus aquis...
Sed sic dum crebro singultu colligit iram
Ad certum muto tenditur usque genus (327-333, 337-338 y
340-341)
(‘Todo yo estoy dañado por un
color negro feo e insólito, y un mismo color se halla en todos mis miembros:
soy como los etíopes o como el que crece en la India. Una sarna imperecedera agrieta mi negra piel, la cabeza es peluda y está coronada por
una cabellera caprina, la frente es pequeña y la nariz larga, los ojos se ponen
rojos; la selva de los pelos oculta y ensombrece la barba y las mejillas...
Ninguna cintura puede reprimir esta hinchazón cuando la barriga se hincha por
el pan absorbido con agua... Pero mientras así con palpitaciones frecuentes
concentra su ira, mi miembro viril se extiende seguro hasta la rodilla’).
El Arcipreste describe los cabellos de
la serrana con un color semejante al de la corneja: «cabellos chicos, negros,
más que corneja lisa» (1012b); Vitalis de Blois había empleado como punto de referencia
la cabra: «Hirsutum caput est et cinctum crine caprino» (en el retrato de sí
mismo, Juan Ruiz se refiere a sus cejas «prietas como cabrón», al menos según
el manuscrito S, como recuerda Alberto Blecua 1992: 555). El Arcipreste
destaca en la serrana una barba bastante poblada: «Mayores que las mías tiene
sus prietas barbas» (1015a); Vitalis de Blois alude a los muchos pelos que su
personaje tiene en la cara y barba: «Mentas genasque tegit et obumbrat silua
pilorum». El Arcipreste, siguiendo la tradición de las mujeres criadas en el
campo, insinúa que el cutis de la serrana es negro o moreno: «Costillas mucho
grandes en su negro costado» (1020a); Vitalis de Blois insiste exageradamente
en el color obscuro del esclavo: «Totus inaudita fedaque nigredine dampnor /
atque color membris omnibus unus inest» (y el Arcipreste habla de sí con una
lítote: «es un poquillo baço»).26
Entre las comedias elegíacas, la
titulada De uxore cerdonis, Iacopo de Benevento utiliza como
protagonista —eso sí, en tercera persona— a un representante del clero, al que
se llama «presbiter», «sacerdos», etc., y que pretende la seducción de una
mujer casada; el preste en cuestión, para satisfacer sus deseos, contrata a una
alcahueta, quien, después de recibir una generosa compensación, visita a la
dama, y, al no conseguir convencerla, disuade a su cliente de insistir en su
propósito y le anima a elegir a otra mujer: «Invenias aliam, quia te non
diligit ipsa; / que te contempnit, tu nec amare velis» (187-188), ‘Requiere a
otra, porque ésta no te ama, y no quieras amar a quien te desprecia’. En la
décima aventura, el Arcipreste delega en doña Urraca la búsqueda de una dueña,
y la alcahueta le propone una «biuda loçana, / muy rica e bien moça» (1318ab),
a quien sin embargo no logra persuadir para que ame a su amo, y en ese sentido
adopta una actitud muy clara y nada ambigua para con él:
Assaz fizo mi vieja quanto ella fazer pudo,
Mas non pudo trabar, atar nin dar nudo:
Tornó a mí muy triste e con coraçón agudo,
Diz: «Do non te quieren mucho, non vayas a
menudo» (1320).
En el primer episodio, tras padecer la
cólera de la «señora de dueñas», a la que ya no puede volver a ver, por culpa
de los tradicionales mestureros, el Arcipreste decide poner el ojo en otra
muchacha: «Querer do no me quieren faría una nada, / responder don no me llaman
es vanidad provada» (106bc). En la comedia latina, en cambio, el protagonista
porfía en su amor hacia la dama casada, incluso a costa de su muerte, y la
alcahueta, en semejante disyuntiva, decide visitarla de nuevo, llevándole esta
vez diversos regalos de un gran valor económico: el sacerdote, a pesar de que
el marido le había tendido una trampa, consigue pasar toda una noche con ella.
En la tercera aventura, el Arcipreste
se enamora de una «dueña de buen linaje e de mucha nobleza» (168a), a quien, a
través de un «buen mensajero», hace llegar una serie de regalos, pero en quien
no halla ninguna receptibilidad, según anuncia desde un principio utilizando
una imagen documentada especialmente en Ovidio: «Por amor d’esta dueña fiz
trobas e cantares, / senbré avena loca ribera de Henares» (170ab); en ese
sentido, Francisco Rico (1982: 53-55), entre otros muchos ejemplos, había
aducido el del Pamphilus, en que la alcahueta recrimina a Galatea que su
cliente logre tan escaso favor: «Nam sibi nulla refert semina durus ager. /
Quis nisi mentis inops sua semina mandat arene?»(560-561), ‘Pues su duro campo
no produce ningún fruto. ¿Quién sino un loco enterraría semillas en la arena?’.
En la Lidia, Arnolfo de Orleans usa la imagen en un contexto, si cabe,
más próximo al del tercer episodio amoroso del Libro de buen amor.
Lidia, casada con el duque Decio, se enamora del caballero Pirro, a cuya casa
envía a una de sus criadas, Lusca, para explorar sus sentimientos; Pirro, sin embargo,
rechaza los ofrecimientos de la mensajera, apelando a su fidelidad al duque,
que también la exige en su mujer; con esas malas noticias, Lusca regresa a casa
de su señora para anunciárselas: «Lidia, perdidimus, quia nil maris edit
harena, / perdidimus sterili semina lapsa solo» (177-178), ‘Lidia, hemos
perdido, porque la arena del mar nada produce; hemos perdido las semillas al
dejarlas caer en un suelo estéril’. Tanto el Arcipreste como Arnolfo de Orleans
han recurrido a una imagen muy tópica en circunstancias prácticamente
idénticas: sólo habría faltado que los versos del primero estuviesen puestos en
boca del «buen mensajero», después de su fallida negociación con la dueña de
turno.
A lo largo de las páginas anteriores,
no siempre con la misma convicción, se ha podido demostrar el conocimiento que
tenía el Arcipreste de la mayoría de comedias elegíacas, y el uso que llegó a
hacer de todas ellas, al repartirlas unas veces en diversos episodios y al
concentrarlas otras en uno solo, siguiendo una técnica de composición que ya
había adoptado en las fábulas esópicas, cuando no se limitaba a elegir una
versión, la de Walter el Inglés, como se creía, sino que recurría a otros Romuli.
Nunca llegó a emplear de manera exclusiva una sola comedia para pergeñar cada
una de sus aventuras amorosas, y semejante proceder ya lo puso de manifiesto
para la de don Melón y doña Endrina, basada claramente en el Pamphilus,
pero perfilada a través del De vetula, o también, por ejemplo, para la
de doña Garoça, elaborada a partir de la combinación, bastante sutil, entre el Pamphilus
y el De nuntio sagaci.27 En
todas esas comedias, los protagonistas logran sus objetivos, la relación sexual
con la mujer de la que se enamoran, pero en el Libro de buen amor la voz
que dice yo en contadas ocasiones consigue satisfacer sus deseos, y cuando lo
hace o bien se ve obligado a colmar los de una serrana a quien no se había
planteado seducir, y a quien ni siquiera codiciaba, o bien se metamorfosea en
otro personaje, o bien la dueña a la que ha rendido, no por sus encantos, sino
gracias a la magia de la alcahueta, muere al poco tiempo. En ese punto, el
Arcipreste se ha apartado de sus modelos, porque ha querido dar una versión de
sí mismo totalmente incompatible para el «loco amor», y de esa manera encauzar
a los lectores de su obra hacia el «buen amor» de Dios: ha dedicado una parte
importante de ella a los consejos para la seducción de dueñas, pero, a la vista
de los resultados obtenidos por su protagonista, ha dado a entender que para
unos cuantos revolcones hay que tomarse excesivas molestias, y que en ese
sentido es más fácil y mucho más productivo buscar la salvación eterna.
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NOTAS
1. Para la fuente de este último verso, comp. John Dagenais
[1986-1987].
2. El tema del mensajero que suplanta a su señor ante la dama
del que éste se ha enamorado aparece documentado tanto en la tradición oriental
como occidental: está tratado de manera muy clara en Andrés el Capellán, De
amore, II, vii, 16 (ed. Inés
Creixell Vidal-Quadras, 1985: 340-343), y en Ibn Hazm de Córdoba, El collar
de la paloma, XXIII (ed. José
Ortega y Gasset, 1981: 214); tangencialmente se aborda en Sendebar, V (ed. María Jesús Lacarra, 1989: 92),
y en Juan de Sajonia, Historia septem sapientium, XIV. Para más información, véase
Francisco Rico, 1967: 310, n. 22.
3. Véase la sinopsis que ofrece Alphonse Dain [1931: 110]: «Un
jeune homme séduit par la beauté d’une jeune fille charge son valet de lui
ménager un accès auprès d’elle. L’astucieux messager parvient à realiser le
désir de son maître, puis, devenu son rival, il se sauve en entraînant la
belle»; en rotundo desacuerdo con ese resumen de los hechos se manifiesta
Gabriella Rossetti [1980: 14]: «É una storia talmente semplice e lineare che
sembra davvero inutile complicarla, come fa il Dain, supponendo che anche il
messaggero si innamori, a sua volta, della fanciulla, e divenga, così, rivale
del suo padrone [...] Non si trovano, però, in tutta la commedia, elementi che
giustifichino questa ipotesi». Al igual que Dain, María Rosa Lida [1962: 36]
pensaba que el mensajero le «soplaba» la dama al poeta.
4. Esta coincidencia, junto a la del canis mendax, había
sido señalada por Francisco Rico (1967: 310, n. 23) dentro de los «varios
rasgos únicos» entre la comedia latina y el poema castellano.
5. Hasta donde alcanzo, esta división en dos partes me parece
exclusiva del autor del De vetula: sólo en otra comedia elegíaca, De
tribus puellis, el protagonista ofrece una doble descripción de su amada,
una cuando la contempla por primera vez, vestida y acompañada por otras dos
muchachas, y otra cuando goza del privilegio de admirar su desnudez, antes de
gozar de otro mucho mayor, tras haber sido recibido en el lecho de ella. Si
bien son bastante comunes en otros retratos de mujer, los rasgos que el
narrador del De vetula admira en la heroína presentan algunas analogías
con los que Guido delle Colonne atribuye a Helena en su Historia
Destructionis Troiae: «Miratur enim tam in ea rutilanti fulgore flauescere
crines multos, quos niuei candoris protractus in medio crine dyametris
equalibus diuidebat et aurea fila hinc serpencia sub certi lege federis
coegerant inuolutos... Miratur etenim in tam nitide frontis extremis
conuallibus gemina supercilia, que manufacta sic decenter eleuata flauescere ut
geminos exemplata uelud in arcus... rursus figurare labia uidebantur roseam
surgentem auroram, que nec multa tenuitate uideri poterant dulcia basea
refutare sed eorum dura decenter eleuacione tumentes intuentes ad oscula auidis
affectibus inuitabant. Sic miratur dentes eburneos pusillos et in ordine
positos, alterum nullatenus alterum excedentem... Sic miratur in illa brachia
decenti proceritate distensa amplexus suadere dulcissimos...» (VII; Nathaniel Edward Griffin 1970: 71-73). El pasaje fue traducido
con mayor o menor fortuna, como, por ejemplo, en la Corónica Troyana: «maravillóse primeramente e deleytóse en contemplar el grand
resplandor de sus cabellos, que verdaderamente paresçían madexas de oro, e eran
partidos en dos eguales partes, fecha por medio de la cabeça una pequeña senda
que los departía... Marauillóse e deleytóse en contemplar las tan bien obradas
çeias, que paresçían ser a grand sotileza fechas por mano de maestro a manera
de dos leuantados arcos... cuyos labrios, delgados quanto cumple..., bien
paresçían non refusar los dulces besos, mas paresçían en su graçiosidad que
todos quantos la mirauan conbidauan a los venir besar, so guarda e cobertura de
los quales tenía los menudos dientes..., puestos en orden non uno más grande
que otro... e los fermosos e bien compasados braços, los quales paresçían non
denegar los dulces abraçados» (Frank Pelletier Norris, 1970: 110-112); o por
Pedro de Chinchilla, en su Libro de la Historia Troyana: «Maravillóse del resplandor tan claro que d’ella procedía, y de los
munchos cabellos, los cuales por iguales partes una línea de blancor de nieve
partía. E aquellos dorados cabellos después, en uno allegados, eran ligados con
cuerdas de oro boltadas a manera de serpiente... Maravillóse cómo... dos
vecinas sobrecejas avía que parescía de arteficiosa mano fechas, con orden
levantadas a manera de dos arcos... en los cuales rostros [‘labios’] no era
visto que por su delgadez contradixesen los dulces besares, mas con dureza un
poco arregaçados, a los mirantes con ardiente deseo a besar convidavan.
Maravillóse de los dientes pequeños e como marfil blancos, así en orden puestos
que non parescían los unos a los otros un punto exceder... Maravillóse de sus
braços, con ordenada compusución estendidos amonestantes abraçares muy dulces»
(María Dolores Peláez Benítez, 1999: 181-183); o también en catalán, en las Histories
troianes: «meraueylas molt dels seus cabeyls resplendents de gran rossor,
los quals per aguals parts departia una clenxa del blancor de neu passant per
mig del cap e alcuns fils daur qui, deuallants de cascuna part, los tañen
detrás ligats sots certa ley e regla...» (Josep Pujol, 1997: 163); y, bien
directamente, bien a través de estas u otras traducciones, influyó claramente
en el Tirant lo Blanc y en La Celestina, donde se nos presenta a Melibea con los cabellos muy largos, pero recogidos: «su longura hasta el
postrero asiento de sus pies; después crinados y atados con la delgada cuerda,
como ella se los pone...» (Bienvenido Morros, 1996).
6. Al no entender la expresión «angosta de cabellos», que
parafraseó como ‘cabellos estrechos’, Alarcos Llorach (1973) propuso enmendar
«cabellos» por «carriellos» (‘mandíbulas, quijadas’); Alberto Blecua (1992:
513), sin descartar la sugerencia de Alarcos, creyó más verosímil un error por
«tenlleras», por tratarse de una voz, si bien documentada, bastante rara en el
siglo XV: sin embargo, no
introdujo su reconstrucción en el texto, al pensar que «angosta de cabellos»
tenía sentido con «cejas» como sujeto, especialmente a la luz de la descripción
que Agostino Nifo ofrece de Juana de Aragón: «capillis oblongis aurisque...
semicircularibus superciliis suffuscis, quorum pili breues sunt», ‘con los
cabellos alargados y las orejas..., con las cejas morenas y semicirculares,
cuyos pelos son cortos’.
7. El verso pudo influir en la prosa del Arcipreste de Talavera
cuando describe la belleza femenina no natural sino artificiosa: «Las çejas
byen peladas, altas, puestas en arco» (II,
4; ed. Marcella Ciceri, 1990: 180); en esa dirección, se moverá después Eneas
Silvio Piccolomini, Historia duobus amantibus, al ofrecer el retrato de
Lucrecia («Supercilia in arcum tensa, pilis paucis nigrisque debito interuallo
disuncta», ‘las cejas tendidas en arco, con pocos pelos negros, y separadas por
el intervalo debido’), que su traductor al castellano traduce con alguna
infidelidad («las cejas en arco tendidas, delgadas, con espacio conveniente en
medio»; en Inés Ravasini, 2001: 171), que parece asumir el primer autor de La Celestina, I («cejas delgadas y
alzadas»), pero no Juan de Lucena en su Repetición de amores («las
sobrecejas, a manera de dos arcos, con poquitos pelos negros por su devido
espacio apartadas»; Miguel M. García-Bermejo (2001: 104), donde más adelante,
al hilo del De casibus virorum de Boccaccio, refiere los afanes de las
mujeres por lograr una belleza que Dios no les ha dado: «Las sobrecejas, si son
juntas, con unas tenazuelas pelando se las apartan e las tornan en una
delgadeza qual quieren» (144). El detalle del espacio que debe haber entre ceja
y ceja, y que Juan Ruiz comparte al quererlas «apartadas», se halla sugerido en
Mathieu de Vendôme, Ars versificatoria, 14-15: «Nigra supercilia via
lactea separat, arcus / dividui prohibent luxuriare pilos» (Edmond Faral, 1961:
129), ‘Una via láctea separa las negras cejas, los arcos divididos impiden que
los pelos jueguen’.
8. Esta corrección la había sugerido ya Tomás Antonio Sánchez
[1790; reimpr. 1966: 240] y la habían respaldado tanto Julio Cejador [1913;
reimpr. 1967] como Felix Lecoy [1938; reimpr. 1974: 302, n. 1], con la cita no
sólo del De vetula, sino también del Cligés (vv. 826-827) y del Roman
d’Eneas (3999-4000); en cuanto a los dientes en general, Mathieu de
Vendôme, en su Ars versificatoria, 27-28, ya sugiere las características
más comunes: «Dentes contendunt ebori, serieque retenta / ordinis esse pares in
statione student» (Edmond Faral, 1961: 130), ‘Los dientes contienden con el
marfil, y mantenidos en una sucesión de hileras se afanan por ser iguales en su
sitio’; y de esa línea no se saldrá Eneas Silvio Piccolomini, Historia
duobus amantibus («dentes paruuli & in ordinem positi, ex cristallo
uidebantur»), que su traductor sigue con bastante fidelidad («los dientes,
pequeños y en orden puestos, semejavan de cristal»; Inés Ravasini, 2001: 171),
al igual que el autor primitivo de La Celestina, I («los dientes menudos y blancos»), y Juan de Lucena,
Repetición de amores («los dientes chicos y en orden puestos, que
parecían de cristal»; Miguel M. García-Bermejo, 2001: 105). Véase también n. 5.
9. En la Rota Veneris, Boncompagno da Signa se decanta
por unos labios un poco más gordos («labra crossula et rubencia»), que pudo
influir, no sabemos si directamente, en La Celestina, I («los labrios colorados y grosezuelos»), quizá a
través de Eneas Silvio Piccolomini, Historia duobus amantibus («labia
corallini coloris ad morsu aptísima»), o de su traductor al castellano, en este
caso bastante atenido al original («los beços, como corales, assaz codiciosos
para morder»; Inés Ravasini, 2001: 171), aunque lo es mucho más Juan de Lucena,
Repetición de amores («los labios de color de coral muy aptísimos para
morderlos»; Miguel M. García-Bermejo, 2001: 105); Mathieu de Vendôme había
utilizado, en cambio, un estilo más parafrástico para una descripción similar
de los labios, tanto en el Ars versificatoria como en su comedia Milo
(véase arriba, n. 5): «Oris honor rosei suspirat ad oscula, risu / succincta
modico lege labella tument. / Pendula ne fluitent, modico succincta tumore /
plena dioneo melle labella rubent», ‘El ornato de la boca de rosa hace suspirar
por los besos; los labios cortos se hinchan según una ley proporcionada. Para
que no cuelguen, los labios enrojecen con una moderada hinchazón llena de miel
amorosa’, y «modico surgentia risu, / purpurat assiduus grata labella rubor»,
‘los labios agradables se levantan con una pequeña sonrisa, y un color rojo
asiduo los tiñe de púrpura’ (Edmond Faral 1962: 130, y Marcel Abraham, 1931:
169).
10. Mathieu de Vendôme, en su comedia Milo, describe a
Afra según una estatura media: «Excessu statura carens mediumque reseruans /
nec nimis ascendit nec sine lege iacet» (vv. 31-32; Marcel Abraham, 1931: 169),
‘Su estatura carece de exceso y se mantiene en el término medio: ni sube
demasiado ni cae sin tasa’; Eneas Silvio Piccolomini, en cambio, presenta a
Lucrecia con una estatura superior a lo normal: «Statura mulieris eminentior
reliquis»; el traductor anónimo también la pondera: «Era la estatura de Lucrecia
algo más que de sus compañeras» (Inés Ravasini, 2001: 171); y otro tanto hace
Juan de Lucena con su amada en la Repetición de amores: «de
estatura más apacible que todas las otras mugeres» (Miguel M. García-Bermejo,
2001: 104).
11. En su Historia Destructionis Troiae, Guido delle
Colonne describe el rostro de Helena en términos parecidos: «Miratur eciam
tantam pulchritudinem faciei tanti nitoris, lacteo candore perfusam...» (VII; Nathaniel Edward Griffin 1970:
72); en la Crónica Troyana y en el Libro de la Historia Troyana de Pedro de Chinchilla se traduce: «Dase otrosí a grand maravillosa
fermosura de su amoroso e rresplandesçiente gesto, que paresçía ser en su
blancura de nieve» (Frank Pelletier Norris, 1970: 111), y «Marauillose de tanta
fermosura de cara, esclarecida por muncha blancor, así como leche...» (María
Dolores Peláez Benítez, 1999: 182). En las Histories Troianes, Jaume
Conesa ofrece una versión más próxima a Chinchilla («Meraueylas encara de tota
la ballea de la cara, de tanta resplendor de blancor como a neu escampada...»;
Josep Pujol, 1997: 163), que influye en el Tirant lo Blanc, CXIX («la lindesa de la cara, que era
d’estrema blancor de roses ab liris mezclada...»), y seguramente en La Celestina, I («La tez lisa, lustrosa, el
cuero suyo escurece la nieve, la color mezclada...»).
12. María Rosa Lida de Malkiel (1973: 173), que aduce estos
versos del Vinsauf, considera que el cuello alto es una predilección medieval;
Alberto Blecua (1992: 513) aduce un pasaje de Agostino Nifo, De pulcro:
«recto ac procero collo, albo atque perpleno...», ‘con el cuello recto y alto,
blanco y muy relleno’.
13. Para las caderas, véase Rasis, Physiognomoniae, en la
versión latina de Gerardo Cremonense: «Coxas vero utrinque habent crasas et
nates similiter», ‘Pero tienen las dos caderas gruesas y las nalgas también’
(ed. R. Föster, 1994: 178).
14. Ya Felix Lecoy (1938; reimpr. 1974: 302, n. 1) había
subrayado, para el tipo de caderas, la coincidencia con el De vetula,
que conoció a través de la versión francesa de Jean Lefèvre, y con François
Villon, Testamento, 503. En Lo somni, Bernat Metge, que había
traducido al catalán la trama amorosa del De vetula como «Ovidi
enamorat», censura a las mujeres que forran sus ropas para ensanchar sus
caderas: «e ab les gonelles, de la cinta avall, molt amples e folrades per
retre e mostrar llurs anques ben grosses...» (Lola Badia, 1999: 128).
15. Es curiosa la situación del protagonista, quien pasa de un
súbito enfriamiento, cuando se hallaba animado y excitado ante la perspectiva
de una noche de amor con la joven doncella, a una portentosa recuperación de
sus fuerzas para desahogarse con la vieja: «Vertitur in luctum cithare sonus
inque stuporem / deliciarum spes, moritur fax, ignis amoris. / Siquid erat quod
epar, ventoso turbine misso, / fecerat arrectum, subito languet caditque. /
Sopitur virtus, frigescunt omnia membra [...] / Concitus exsurgo, cepi firmare
quod illam / appeterem ferro, sed mens ad se revocavit / virgineam famam, que
scandala ne pateretur, / continui, quamvis omnis spes eius habende / iam
discessisset; sic dextra quievit amor que / extinctus vivum potuit superare
dolorem» (II, 488-492 y 509-514),
‘Se vuelve dolor el sonido de la cítara y estupor la esperanza de los placeres,
el ardor, el fuego de amor se desvanece. Lo que el hígado, al haberme enviado
un remolino ventoso, había hecho levantar, súbitamente languidece y cae. La
fuerza se apacigua, todos los miembros se enfrían [...] Me levanto rápido,
empecé a asegurar que atacaría a aquélla con una daga, pero la fama de la
muchacha me hizo desistir de mi propósito, para que no sufriera un escándalo,
me abstuve, a pesar de que cualquier esperanza de obtenerla ya se había
alejado; así la amistad se adormeció y el amor extinguido pudo superar el vivo
dolor’. El Arcipreste se halla en una tesitura muy parecida: desanimado, con
las fuerzas amortiguadas por el dolor de la muerte de la niña «de pocos días»,
es capaz de arremeter contra la vieja para seducirla; quizá así, al concebir,
como el protagonista de la comedia latina, la relación sexual con la vieja como
un mero desahogo, se explicaría que ésta se quejara de su potencia sexual.
Aunque pueda resultar más o menos difundida, resulta curiosa la coincidencia
entre el «cithare sonus», que hace presagiar la proximidad de los deleites
sexuales, y el «son de çítola» a cuyo compás podrían moverse las «tetas» de la
última serrana (1019d).
16. El Arcipreste de Talavera alude a la costumbre, que cree
absolutamente reprobable, de ciertos muchachos de casarse con viejas, a pesar
del escaso atractivo que las novias tienen: «Aconórtese con la mala vejedad,
con su cuero curtido, su vientre rrugado, su boca fedionda e dientes podridos»
(Corbacho, III, 9; ed.
Marcella Ciceri, 1990: 257).
17. Los poetas que usaron el gallego-portugués podrían haber
conocido el De vetula, según se desprende de un verso en latín
macarrónico puesto en boca de una vieja en una cantiga de Airas Pérez Vuitoron
y que me ha recordado Francisco Rico: «Non vetula bonbatricon scandit
confusio ficum» (v. 37; M. Rodrigues Lapa, 1965: 132); por el sentido de ese
verso, cabe pensar que vetula alude al título de la obra compuesta por
hexámetros dactílicos.
18. La crítica por lo general ha emparentado el ejemplo de Pitas
Payas con la tradición del fabliaux, aunque no le haya encontrado una
fuente conocida; Donald McGrady (1978), a partir de versiones posteriores al Libro
de buen amor, ha reconstruido el posible arquetipo del cuento.
19. El mercader o comerciante siempre estaba viajando, y por eso
se hallaba expuesto a los posibles engaños y deslealtades de su mujer; es el
oficio que tiene el protagonista del famoso cuento de la «perrilla llorosa» en la Historia septem sapientium, V:
«Fuit quidam mercator, qui habebat uxorem bonam et castam quam diligebat valde.
Volens itaque remotius ire dixit uxori suae: ‘o cara uxor, ego volo arripere
longum iter. Precor, iura mihi quod, si moriar, tu non quaeras accubare cum
alio viro; et si tu mortua fueris, ego non coniungar alteri’», ‘Érase un
mercader que tenía una mujer buena y casta a la que amaba mucho. Teniendo la
intención de ir muy lejos dijo a su mujer: ‘Oh, querida esposa, yo querría
emprender un largo viaje. Te suplico que me jures que, si muero, no quieras
acostarte con otro hombre; y si tú murieras, yo no me casaré con otra’; también
lo ejerce el marido del cuento de «el amante y la espada» en el Esopete
historiado (Toulouse, 1488), dentro de las «fábulas coletas», X: «Un mercader partiendo para una
feria dexo en guarda la muger a su suegra porque ge la tuviesse honesta et
castamente» (ed. Victoria A. Burrus y Harriet Golberg, 1990: 145).
20. El motivo de la mujer de un mercader que intenta convencer a
su marido de que, durante su prolongada ausencia, ha tenido un hijo de la nieve
procede de la literatura clásica y se documenta, posiblemente a través de
Oriente, en el fabliau «Enfant qui fu remis au soleil», y en otros
géneros afines, ya también en lengua francesa o en otras, desde la italiana a
la alemana (véase Adolphe Dain, 1931: 264, y Felicia de Casas, 1994: 32, n.
37).
21. John S. Geary (1996: 249) ha sugerido algún pararelo en ese
sentido con el fabliauLe Dit des perdriz: «Por ce que fabliaus
dire sueil, / en lieu de fable dire veuil / une aventure qui est vraie, / d’un
vilain qui delez sa haie / prist. II.
pertris par aventure».
22. A propósito de los pechos, en su Corbaccio,
Boccaccio, sólo unos cuantos años después que Juan Ruiz, describe, por boca del
difunto marido de la mujer de la que se ha enamorado, la extraña metamorfosis
que su amada había experimentado con los años: «In quello gonfiato, che tu
sopra la cintura vedi, abbi per certo ch’egli non v’è stoppa né altro ripieno
che la carne suola di due bozzacchioni, che già forse acerbi pomi furono, a
toccare dilettevoli e a veder similmente, come che io me creda che così sconvenevoli
li recae del corpo della madre; ma lasciamo andar questo. Esse, qual che si sia
la cagione, o troppo l’essere tirate d’altrui, o il soperchio peso di quelle
che distese l’abbia, tanto oltre misura dal loro natural sito spiccate e
dilungate sono, se cascare le lasciasse, che forse, anzi senza forse, infino al
bellico l’aggiugnerebbono, non altrimenti vote o vizze che sia una vescica
sgonfiata; e certo, se di quelle, come de’ capucci s’usa a Parigi, a Firenze
s’usasse, ella per leggiadria sopra le spalle se le potrebbe gittare alla
francesca» (Pier Giorgio Ricci, 1965: 532-533). Bernat Metge, por su parte, en Lo
somni, abrevia bastante su fuente, en la que se le cruza el recuerdo del De
vetula («Non uber sed tam vacuum quam molle, velut sunt / Burse pastorum»):
«¿Les sues mamelles, quines penses que sien? Cert, blanes com a cotó, grans
entrò al llombrígol e buides com a bossa de pastor» (Lola Badia, 1999: 143). La
última serrana a la que se enfrenta el Arcipreste exhibe unos pechos con una
desmesura parecida, pues, encorsetados, ya alcanzan la cintura, y sin
encorsetar podrían llegar hasta debajo de las ijadas, más o menos a la altura
de la cabeza del fémur: «Por el su garnacho tenia tetas colgadas, / dávanle a
la çinta pues que estavan dobladas, / ca estando senzillas darl’ién so las
ijadas» (1019ac).
23. Una retractatio similar introduce Geoffroi de Vinsauf
en su Poetria nova, 593-599: «Sit locus astrictus zonae, brevitate
pugilli / circumscriptibilis. Taceo de partibus infra: / aptius hic loquitur
animus quam lingua. Sed ipsa / tibia se gracilem protendat; pes brevitatis/
eximiae brevitate sua lasciviat. Et sic / a summo capitis descendat splendor ad
ipsam / radicem, totumque simul poliatur ad unguem» (Edmond Faral, 1961: 215),
‘La parte de la cintura es estrecha, con la estrechez del puño redondo.
Silencio las partes de abajo: aquí es más conveniente que hable el alma que la
lengua. Pero la misma tibia se alarga de manera delicada. El pie, de una rara
pequeñez, juega con su pequeñez. A lo sumo el esplendor de la cabeza descienda
a la propia raíz, y todo al mismo tiempo sea reluciente hasta la uña’.
24. María Rosa Lida de Malkiel (1973: 173) había mencionado los
casos de Geta y Spurius como los de un tipo de fealdad masculina «antítesis del
caballero cortés», y los había relacionado con el villano de Brocelandia en el Yvain
de Chétien de Troyes y con el boyero que Aucassin encuentra en el bosque en
Aucassin et Nicolete. Sin embargo, no se decidió a sugerir analogías con
la descripción de la última serrana del Libro de buen amor, y las buscó
especialmente en la de Béroe que ofrece el Ars versificatoria de Mathieu
de Vendôme, quien empieza comparando el modelo con una de las Furias y con un
espectro: «Altera Tisiphone, confusio publica, larvae / consona...» (1-2),
‘Otra Tisífone, una turbación pública, fantasmas en armonía...’.
25. María Rosa Lida de Malkiel (1973: 173-174, n. 13) aporta el
paralelo con el Ars versificatoria, 58: «Tibia vermescit scabie», ‘la
pierna se pudre por la sarna’.
26. En el Corbacho, el Arcipreste de Talavera, a
propósito de la envidia que despierta en una mujer la alabanza de la hermosura
de otra, se recrea en rasgos parecidos, y en ocasiones parece dejarse influir
por Juan Ruiz, e influye claramente en La Celestina: «No la han visto desnuda como yo el otro día en el baño: más negra es que un diablo [...]; sus
cabellos negros como la pes, la cabeça gruesa, el cuello gordo e corto como de
toro [...]» (II, 4; ed. Marcella
Ciceri, 1990: 179-180).
27. Para la influencia del De nuntio sagaci sobre el Pamphilus,
véase Stefano Pittaluga (2002).
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