Por Joaquín Verdú de Gregorio
L’amor che muove il sole e l’altre stelle
Dante Alighieri
Pudiera situarse la estancia de María Zambrano en Roma en varias perspectivas: la de un destino, de un hallazgo o la de una pausa recreadora en ese largo peregrinaje que supone su exilio.
Exilio que se inicia tras ese suceso histórico y vital: el período de la República y de la Guerra Civil española que influyó hondamente en su vida y pensamiento.
La vertiente trágica de aquel suceso se proyecta en el sueño de ese personaje-autor de la tragedia cual es Antígona, fundido a su vez en la imagen primaveral del mito de Perséphone. Antígona es condenada a morir, lo que en una primera apariencia significaría la destrucción de la joven adolescente, enterrada viva como aquella España que María debía abandonar, enmurallada en su recinto. Pero aquella experiencia de vida no vivida había de despertar. No fue posible entonces y quedaría entre sombras, sombras que deberían aclarar su sentido, retornar a la luz. Antígona-España no podía morir, como Perséphone debería esperar esa primavera-luz que permitiese que su revelación se manifestase en el adecuado espacio que la refleje, que le permitiera nacer. Porque toda verdadera revelación es palabra... Ahora queda sólo en profecía...«y esas palabras que se aglomeran ahora en tu garganta, saldrán sin que lo notes. Su voz desatará tu lengua...».1
Y en esa búsqueda de la tierra prometida para que se entrañe la voz, se irá desentrañando el exilio de María. Y en él hay espacios, como pautas musicales en las que despierta una armonía que la integra en aquel centro del que se ausentó. Son presencias que responden a la ausencia, la ausencia de ese «vivir dentro del desierto el encuentro con patrias que lo pudieran ser, fragmentos, aspectos de la patria perdida, una única para todos antes de la separación del sentido y de la belleza».2
Halla fragmentos en su peregrinaje que semejan espejos que reproducen o amplían aquel espacio abandonado... «Las islas, lugar propio del exiliado que las hace símbolo allí donde nos aparecen. Las hace o las revela dejándolas flotar en la ilimitación de las aguas pasadas sobre ellas, sostenidas por el aliento que viene de lejos remotamente...»3
Mas a veces esa isla ya hecha se revela a Zambrano y ese sentimiento desvela que «los seres vivos... producen la impresión de venir de muy lejos. De haber llegado... desde una profundidad, como si lo viviente emergiese de un fondo subhumano, y que dicho en términos generales será de un largo pasado invisible.».4
Y quizás una de las partes que más honda huella dejan en su viaje sea su tiempo en Italia, y más hondamente Roma en la que discierne una nota perenne en ese movimiento que implica el existir, ya que
la historia nos muestra que no le es posible al hombre instalarse en lugar alguno. Que apenas instalado en una de esas posiciones que parecen definitivas, algo comienza a socavarle. En nuestra tradición, sin embargo, el Imperio romano ha persistido. La vasta influencia de Roma ¿acaso ha terminado la influencia de esta civilización? Si consiguiéramos apartarnos un tanto de nuestro presente para mirar desde el punto x hacia el futuro, nos sorprenderá entrever que aún vivimos los occidentales bajo la estructura romana en ciertos aspectos de la vida, que aún nos sostiene y quizás... nos oprime un tanto...5
María considera al hombre occidental como heredero de la cultura griega, mas recuerda aquel adagio de Delfos «Todo con medida. Nada en demasía», y en él se incluiría «Ni aún el afán de hacer historia».
Vislumbra también en Italia esas ciudades, antes ciudades-estado que le rememoran el universo griego, pues que la polis griega entraña un
tipo de sociedad que nunca había existido. Anteriormente existía la tribu, la patria, el reino... las monarquías absolutas... la polis integra todo ello y aparece el individuo, el simple individuo que ya es anuncio de la persona: por primera vez aparece el político... que ya se desentraña, en tanto que ciudadano, de los lazos de la sangre... fluye como ciudadano... en su condición de hombre... su condición social es suplemento por ser hombre... ya visible, sin necesidad de máscara...6
Mas la cualidad de ser histórico que acompaña al ser occidental surge en Roma, el hombre «ha cifrado su ser en la historia, que ha creído en ella y querido hacerla...».
Y María originaria, ahora, de esa experiencia histórica va a la búsqueda de un universo que pueda ser habitado por ella y por su palabra. Ser en el mundo supone la esperanza de habitarlo. Y tan imprescindible como el tiempo se nos aparece el espacio. Y ello se podría completar con la idea de Merleau-Ponty que nos dice vivir humana e históricamente es habitar el ser.
Y para María habitar es también armonizar. Un armonizar que es un reconocer quizás recordando el dicho pitagórico: «¿Por qué se reconocían? Porque obedecían a la misma música». Y así se establece una relación de simpatía entre el ser, ahora María, y el espacio que lo alberga. Un espacio que mutuamente se trasciende... como diría Dürckheim «el espacio es distinto según el ser cuyo espacio es y según la vida que en él se realiza. Se modifica con el hombre que se encuentra en él, cambia con la actualidad... de determinadas posturas y orientaciones que, de modo más o menos momentáneo, dominan todo el yo...»7 y así parece suceder en ese universo italiano que la acoge. Es el ser ahí y el ser imaginante que habita también a través de la imaginación poética... como afirmaría Gastón Bachelard, fluye esa imaginación en la que el sueño del hombre —no olvidemos que sueño y vigilia se armonizan en María —ha de acompañar el sueño de las cosas... Zambrano e Italia, cual veremos, sueñan y se despiertan armónica y paulatinamente.
El universo italiano tiene centros, pero para Zambrano fluye uno especialmente: centro-corazón se podría denominar a Roma. Cierto que cada civilización ha tenido los suyos, Irán, China... pero el proverbio popular todos los caminos conducen a Roma pudiera tener una expresión más profunda: su caracter de eje o cruz iniciática, no sacrificial como bien nos descubre Renée Guénon, sino la de esa presencia del mundo infernal subterráneo, el humano terrestre y el celestial supra-terrestre y algún reflejo de ello pudiera hallarse en Dante y su Divina Comedia. Todo lo cual implica, según Mircea Elíade, esa oposición entre el espacio que el hombre conoce y parece dominar y el desconocido e indeterminado que le rodea. El cosmos y el espacio extraño e indeterminado, el caos.
Pudiese considerarse, y más en la presentación ordenadamente tecnificada del mundo actual, a Italia, y más precisamente a Roma, como un genuino cosmos... pero, según María, es una ciudad abierta —recordando el inolvidable film de Roberto Rossellini— y a la par secreta, con sus ocasos, su caos y sus oscuridades... Es hermética y secreta... y laberíntica.
No hay guía prefijada... no se muestra transparente. Hay que hallarla... encaminarse en una encrucijada que siempre llama a opciones, decisiones...
Una ciudad más que razonable, sintiente, y es necesario hallar las fibras de su sentir, un sentir de sus correspondencias en sus sonoridades, su visión o su gusto... algo que nos recuerda a esa temporalidad remota, casi perdida de la que nos habla Walter Benjamin cuando nos comenta las correspondencias en Baudelaire... Habría que divisarlo al encontrarse con Roma descubriéndola, que
no es posible rechazar su brazo y su presencia ni tampoco es posible, aún viviendo en ella, liberarse de la sensualidad de su cielo y de su aire. Se diría que es un aire comestible, que a veces uno se siente en Roma como dentro de una fruta, de un melocotón diría yo, por ese color dorado, que en otras ciudades... también existe, pero no atenta, no se dirige al paladar.8
Roma, como Italia, se podría percibir como una versión extensiva del horizonte... que a su vez es laberíntica... el mayor laberinto es el desierto, afirma Jorge Luis Borges. Un laberinto que hay que trascender y no dejarse llevar por una primera visión que sería la de una inmediatez, por esa belleza que podría tentar de no adentrarse en ella...
[.] esa belleza está poseída por la hermosura que brilla... resplandeciente que destaca entre todas las cosas. Mas sabe que como el poeta... no puede dejar de olvidar, que tendrá que dejar de verla, de gozar de su brillo. El poeta está por su desventura, consagrado a una divinidad que perece, en el doble sentido de lo que vemos irse ante nosotros y que nosotros nos iremos a donde ella no esté.9
Y por ello se es llamado a desentrañar la visualidad de ese universo y la de sus resonancias... quizás ser visionario, recordando a Rimbaud... y María acude por ello a ese vislumbrar originario cual es la mirada:
tiene la mirada que sale de la noche —de esta de la historia también— una disponibilidad pura y entera, pues que no hay en ella sombra de avidez. No va de caza. No sufre el engaño que procura el ansia de captar. La tiranía del concepto que somete la libertad con el cebo del conocimiento lo acecha cuando todavía flota en el mar de las aguas primeras.10
Una mirada en la que el yo y el tú, el otro u lo otro se visualizan en ese diálogo amoroso aún sin palabras... tan sólo una específica atención y a través de ella, María Zambrano irá desvelando lo «que en la vida es como abrir caminos, "chemins qui ne mènent nulle part"», recordando a Rilke, en su finalidad técnica o utilitaria.
Y esos caminos le servirán de guía a imagen del camino recibido que el ser descubre en su trascender vital. Senderos que le van revelando y desvelando las diversas perspectivas de Italia a imagen de esos nombres que se atribuían a Roma:
[.] uno, el secreto; otro, el oficial; otro, el que después le daban los hermeneutas y enamorados, como Adriano en el caso de Roma pudo leer también amor... un amor que se puede paradójicamente ocultar. Tal sucede con la vida, y con la muerte en Roma... está terriblemente viva, devoradora... allí también está la muerte.11
Esa muerte violenta reflejada en el circo romano y trágicamente en acontecimientos más cercanos en el tiempo. Y ese morir, raíz de vida inmortal cual se manifiesta en las catacumbas.
Y catacumba es la metáfora actual de esa espera de su palabra... en comunión con los condenados al silencio para
ver con el corazón, sentir lo que no está delante, habitar con el sentimiento allí donde no se está, participar en la vida misteriosa, oculta, en la vida entrañable de esos millones de seres de los que la distancia nos ha cercenado, rehacer el camino todos los días para ir a participar de su dolor, o dejar a fuerza de quietud y de silencio que venga a encontrarnos esa llama pequeña pero ardiente... que se enciende en lo hondo y alumbra el pensamiento. Esa llama y ese fuego que debieron salir allá en los siglos ii y iii de esas cuevas que se llamaban catacumbas.12
Esa comunión con las víctima, tan cercana al sentir de Albert Camus, quien le expresaba una honda admiración, fluye parecidamente en la hermosa descripción de ese ritual que conmemora a las víctimas de la Inquisición, o más bien de todas las Inquisiciones, víctimas de esa historia sacrificial de la que habrá de surgir esa experiencia de exilio como revelación y como historia.
Todo ese ritual se celebra por la cofradía iniciática de San Juan Degollado, nacida en Florencia, otra de las ciudades tan presente en este su pensamiento. Y queda reflejado, a través de las víctimas de la hoguera, ese estigma sacrificial que trágicamente se integra en la historia. Y en su otra perspectiva esa ofrenda del hombre en aras de la libertad.
¿Se tratará de la necesidad que el ser humano occidental tiene de hacer arder cuerpos vivos, de no conformarse con la llama del amor y ni siquiera con la llama del odio? Seguramente sí, es la misma necesidad de ver arder al heterodoxo, no al enemigo: al heterodoxo, al diferente, al distinto, al que se ha atrevido a ser él, a pensar y a sentir.13
La pensadora universaliza la víctima y la trasciende hacia todas las víctimas que se sitúan más allá de ese orden determinado por ‘el poder y el saber’ que sólo pertenece a un dominio que obstruye toda libertad. Y Zambrano, siempre heterodoxa, simboliza a estas víctimas en la presencia de Giordano Bruno... considerado como uno de los condenados, por esta cofradía que celebra en esa Piccola Sistina su ritual dos veces al año... y al que asiste en compañía de Araceli, la hermana, y de Elemir Zola.
Y Giordano Bruno evidencia un universo donde la gravedad, la atracción hacia lo terreno no puede cerrar el horizonte que nos eleva, nos hace volátiles, cual anhelo del hombre hacia esa leggerezza tan bellamente desvelada en un ensayo de Italo Calvino. De ese ser que trasciende en su sueño el confinamiento de los límites «. seguro de mí mismo puedo desplegar mis alas. No temo la bóveda de cristal; cuando surco la fragancia del éter, asciendo al mundo de estrellas dejando muy lejos, bajo mis pies, el globo terrestre».14 Y en estas sus palabras supera a Tolomeo e integra a Copérnico, anunciando las hazañas de Colón... El hombre posee con ansia de lejanía que a la par entraña, como alega Novalis «el misterioso camino hacia el interior». Es el hombre quien delinea su propio horizonte, aquel que no le es impuesto, pues que para Zambrano «El hombre es criatura en trance de continuo nacimiento».
Y a esa fe profunda en lo humano, que anhela superar la violencia sacrificial enraizada en la historia, semejan responder las palabras de Elemir Zola una vez acabado el ritual de la cofradía: «si la ortodoxia católica hubiese aceptado a un hombre de paz como Giordano Bruno, nunca hubiese existido después un tal Robespierre».15
Ante ello, María se pregunta, ante aquella Inquisición que tan trágicamente horadó la vida española y esta. Ante ese sentir en su caminar se pregunta por qué el
[.] inocente se vino a encontrar crucificado en el aspa de la historia, en la rueda movida por fuerzas contrarias, que debe proceder de un centro que se despierta sin cesar, una y otra vez y que pide sacrificio humano. Tal como si en esta historia que conocemos esa oscura fuerza no pudiera ser anulada.16
Al rememorar el origen del circo romano, se interroga sobre esa crueldad y horror que tanto acompaña a la historia y que surge como aplacamiento hacia aquellos que se han deificado. El ídolo sustituye al dios y se le ofrece un sacrificio, en «un ritual juego» de muerte, más allá de toda batalla y guerra, que trágicamente y por sus propias características la integraría.
Y de un modo directo ese sacrificio, entrega del hombre a la fiera. ¿No puede ser el residuo de una antiquísima religión sin nombre, de la cual la conciencia «no quiere acordarse»?, en que una bestia era divina...y que a aquello en que se creyó un día y se tributó culto, después de un largo período y renacimiento, se le teme aún más, se cuenta con su rencor...17
Y advierte en Roma y en la leyenda de su fundación, esa enemistad entre Rómulo y Remo, pero dulcificada por la loba-nodriza como compensación a esa violencia de la tierra, pues que
el animal madre que nutre y protege, el que se pasó decididamente al partido del hombre-rey, rey de Roma, rey de la Tierra, sólo maternalmente podía hacerse. Pero... sólo disfrazándose de crueldad podría, más tarde, ser regocijo la entrega del hombre al animal que siguió fieramente en su trono, el rey vencido que no abdica.18
Y algo semejante acaece en la historia de Caín y Abel que tan honda raigambre adquiere en Unamuno, uno de los maestros de Zambrano, y en el enfrentamiento fraterno del que había sido testigo la propia pensadora. ¿Sería posible amansar esa violencia animal, trascenderla...?
María descubre, frente al mito fundacional y bíblico del enfrentamiento, el de la armónica participación en la leyenda mítica de Cástor y Pólux:
[.] en ella la fraternidad salva el abismo entre dos naturalezas, la una inmortal y la otra mortal, ya que entre los griegos, antes del cristianismo, la naturaleza inmortal o bien era un don concedido por un dios o bien adquirido por una especial iniciación a los ‘Misterios’ que tenían ese poder como el de Eleusis.19
Y así, frente a las pugnas entre esos hermanos, a los que puede integrarse la de... Antígona con su hermano Creón, el poder, la ciudad... ahora el conflicto se resuelve en pacto, amistosa ilación entre lo humano y lo semi divino que integra lo celeste y lo infernal, las Hades, en un acuerdo paulatino en el que en
[.] vez de luchar en una de esas guerras civiles entre hermanos se entendieron y así en vez de ser dos puntos fijos de obstinada lucha, se conjugaron. Su movimiento es creador de orden cósmico, terrestre y estelar. Por ellos, según el mito, hay noche y día, las tinieblas y la luz están repartidas, hay giro de las estaciones del año y las cosechas fructifican. Y muerte y vida se entrelazan y con ellas la condición solamente humana y la divina.20
Por otra parte, se percata de una respuesta crística como consecuencia de este destino sacrificial pues que «si los dioses de las religiones del sacrificio humano hubiesen sido dioses de verdad, ese su exigir hubiera sido descender. Y así cuando el sacrificio lo pide el dios verdadero, es él quien desciende».21
Mas quizás el ser humano necesite recuperar una inocencia perdida, pues que «el despertar de la inocencia anula la soledad, trae la identificación consigo mismo y con todos los hombres, que parece entonces imposible que sean "otros" o los "otros"».22 Esa mirada inocente es para María la de los Bienaventurados y, entre ellos, la franciscana.
En Florencia, frente a ese esplendor ritual del cortejo con ocasión de la fiesta del Corpus, frente a «ese río multicolor que enmarca la fiesta en la que lo inmemorial resucita», su mirada se trasciende en esa pobreza alejada de la ostentación: la cruz desnuda como si quisiese salvar la víctima a la que es destinada, y que se refleja «la misma pobreza y su cruz esa de leño casi sin desbastar...» llevada por los discípulos del Hermano Francisco... y se vislumbran
ligeros como si la cruz no pesara: la seguían como una banda de pájaros a una señal que cruzara los cielos. Y sintió que la cruz era el Paraíso, que sólo ella lo era aquí en la tierra, ya que aquella desnuda pobreza y el Paraíso son la misma cosa.23
Esa experiencia ya manifiesta una vertiente de los «Bienaventurados... hombres en quienes la condición humana se especifica desde la lograda identidad. Son lo que son sin contradicción alguna... del perfectamente pobre sin contradicción alguna...».
Y de ello halla huella, parecidamente en la pintura de Fra Angélico:
ya que parecen ser obra de no se sabe quién ni de qué, de lo que ha quedado de inocencia en el alma humana; una obra de arte natural se diría como un almendro que florece, o como una aurora que se abre...24
Testimonia esa transparencia una conciencia que se sitúa más allá de la culpa, a la que opone la mirada de Savonarola, él «que proyectaba la sombra de pecado sobre las expresiones más ingenuas de la belleza y sobre aquella hora de holgura del pensamiento».25
Pero sería incompleta la visualización de la mirada de Zambrano sin esa presencia del pueblo en sus escritos. Ese pueblo que se refleja en la cultura y la cultura que se manifiesta junto a él en la contienda española, origen de su exilio.
En Italia ese pueblo se «presentifica» en diversas pausas, motivos de sus escritos:
Pues lo que sucede es que la palabra pueblo tiene dos significaciones... El pueblo como realidad humana que padece más que hace la historia, que interviene sólo en esos momentos extraordinarios, esa especie de «éxtasis histórica» que luego resultan ser paradójicamente los momentos más históricos.
Y otro sentido de la palabra «pueblo» es el que se refiere a la totalidad, el que incluye a todos los miembros de una sociedad determinada. Y ese es el supuesto de la democracia: que toda sociedad sea pueblo.26
María permanece en Italia en uno de esos momentos históricos en los que la libertad se iba desvelando tras una larga etapa de oscuridad. El anverso de su país de origen. Y el pueblo se muestra en variedad de perspectivas y la más cercana, es la diaria, la cotidiana, cual la de las
Trattorie donde se reúnen unos vecinos y alguien llega con cierta autoridad, pero sin mostrarla mucho, porque se trata de un príncipe de verdad. Al menos existían cuando yo estaba allí... y hablaban naturalmente con las gentes del pueblo, que en ese pueblo tenían su séquito, sus confidentes, sus servidores, sus seguidores... y que no había esa distancia que establece la propiedad. No era Roma... una ciudad propietaria, es decir, propiedad del capitalismo industrial...27
Parecida impresión semeja «desentraviarse» en uno de sus recorridos por los alrededores de Roma.
Cerca del lugar descrito había un cafetín donde todavía se servía un helado hecho a mano y un maravilloso café con un aroma indecible. Allí entraba alguien, algún varón de la localidad vestido de negro, con ese delantal también negro que recuerda a la antigua toga romana. Y extendiendo la mano decía: «"Salve César", ¡un café! ¡Como en el circo!».28
El sabor y el aroma se conjuntaban con un ritual de representación.
Realidad y representación se fundían, se alternaban en esa cotidianeidad espontánea.
Mas quizás donde la representación trasciende la realidad es en el cine italiano de aquella época que supuso la aportación de un nuevo género, el
Neorrealismo. Y no parece haber artificio en este cine italiano. No había actores ni actrices. Apenas argumento. Ningún decorado. La calle. La ciudad. El paisaje no es en sí mismo sino visto desde una carretera o desde un cuarto de fonda, una ancha plazuela de Roma y una casa de la vecindad, el patio de una iglesia parroquial como el de Roma cittá aperta, la gran revelación.29
La inmediatez, el testimonio de aquello que sin él hubiese permanecido anónimo, la figura del hombre sin más... Una nueva forma de producción más allá de la búsqueda de un interés o utilidad económica, pues que primordialmente se busca la plasmación del ser humano más allá de «esos guardianes diabólicos de la vida de hoy: el dinero y la técnica».
Es un nuevo humanismo que acoge a los desplazados —a semejanza de aquellos fantasmas-personajes que buscaban, llamaban a la puerta de Pirandello, para que los mostrase, les otorgase su autoría. Y es una razón de misericordia —aquella que María Zambrano pide para los vencidos— la que ahora acoge a los, de otra manera, no vistos, no escuchados y así
todos somos protagonistas a través de nuestra vida. El cine italiano de la postguerra merece aquel pensamiento de Leonardo da Vinci en su tratado de pintura. «E necessario che la bellezza sia per tutti e che il bacio sia per tutti».30
Mas es la dimensión de amor lo que guía esencialmente el viaje de María Zambrano. Pues que «el pensamiento sin amor no florece. El pensamiento de Giordano Bruno nació del amor, no necesariamente del amor como amante, pero del amor».31
El amor como trascendencia se integra en esa razón poética que ha ido desgranándose desde la época española, como bien expone Luis Miguel Pino, en esa
Neo-Antígona del siglo xx. María Zambrano, que, siendo joven, era una mujer comprometida social y políticamente, pero que tras el ‘fracaso’ en la Guerra Civil española, hubo de abandonar ese compromiso activo por el hombre español, para dedicar el resto de su vida a otro compromiso más universal y trascendente, como fue el buscar una nueva razón, la razón poética, asumible por toda la humanidad, una razón que le permitiera acceder a un conocimiento verdadero.32
Y paradójicamente, con ocasión de los trabajos en el subsuelo romano para la construcción del ferrocarril Roma-Nápoles, se descubre «una basílica blanca por fuera y más enteramente blanca por dentro». Y ese color semeja anunciar otra revelación de amor en el ábside de la basílica que María llama pitagórica: la muerte de Safo —que para María no es suicidio, como no lo era el de Antígona— que
se plasma al lado de su amante. Faetón la empuja a dar el salto en el mar y al otro lado del abismo Apolo llama con gestos de absoluta acogida... Así puede interpretarse el suicidio de Safo, como el tránsito ineludible de un amante terrestre a uno divino.33
El itinerario de María ha sido, es, iniciático, y frente a los enigmas no ha respondido tan sólo con su inteligencia, con su razón... pues que tras la máscara de la primera realidad se halla otra u otras, hay que trascenderla. Y así la muerte de Safo no es la de la víctima como ofrenda a un dios sacrificial...
[...] el salto al mar azul desde una de las muchas leukade (‘promontorios blancos’) era una ordalía ofrecida a los criminales acusados de transgredir alguna ley sagrada... que se les ofrecía, algo semejante a un juicio de Dios. El reo... era devuelto a la voluntad del dios ofendido y en el lugar del archipiélago que los egipcios nombraban los pueblos del mar. Bajo el azul del cielo purísimo, reflejado en las aguas tersas, reflejo del cielo, este promontorio blanco había de tener imagen de paraíso y no de castigo infernal a lo europeo. Pero era la muerte o la inocencia si salía vivo, y aún la muerte, quien lo sabe, era un abrazo del dios mar que rescataba a uno de sus hijos que le habían perdido.34
¿Retornaría el hombre a ese lugar perdido?, ¿a un origen amoroso, originario del Amor? Intuye que el amor escoge a sus elegidos que siguen ese camino recibido y a veces se muestra a quien siente sus ecos, su música... «Y ninguna dirección que le sea ofrecida por la mente al uso puede abrir paso a esa llamada indecible del corazón sumergido».35
Quizás fuera esa la voz del desnudo iniciático, la voz que a través de la belleza se trasciende, en ese cuerpo del dios adolescente,
que sin negar el esplendor del cuerpo y el placer, lo «depasa». Y la naturaleza que rodea a esa estatua-enigma se trasciende en templo. Sin embargo irradiaba tal fuerza en aquella especie de palio que los cipreses mismos le hacían parecer una llamada, un cobijo, una cueva, un lugar sano para sí.36
Mas sólo los iniciados son llamados a esa contemplación, a ese instante, repetido de belleza, pues que María y la hermana, Araceli, lo consideraban como encuentro único; se transformaban en sacerdotisas que preparan el ritual al limpiar el lugar y quemar todo resto que oscureciese lo sagrado... a la par enigmático, «pues lo sacro tiene que recibir por sí mismo, mostrarse por su propia voluntad...» y así sucede en esta historia, y ellas sintieron que otros llegarían y serían escogidos: «hasta que un día ¡Señor! en la estatua del muchacho, en su cuello de cisne, hallamos suspendida una guirnalda de flores. Y el suelo estaba limpio...»37.
La estatua se encontraba cerca de la Via Appia, pero pocos escogidos, muchos enviados por María, llegaron a hallarla... queda intacta en su misterio.
Quizás cercanamente se hallaría alguna ruina. Hay muchas en Roma, pero la ruina también es templo, es templo de esa naturaleza que se había aliado para proteger al joven dios.
Lugar sagrado donde el tiempo transcurre con otro ritmo que el que rige más allá, a unos metros tan sólo, donde la actualidad se agita. La presencia de la muerte-vida lo define todo: los pinos, los cipreses, cualquier matojo, adquieren carácter de símbolo de la vida, nacida de la muerte en su desnuda fuerza transformadora...38
Pero es quizás en Dante Alighieri donde Zambrano hallaría ese centro en el que el hombre trasciende los universos, el horizonte y esa trascendencia se hace mediadora entre lo terrestre y lo ultraterrestre, entre la gravedad que nos mantiene adheridos a lo terreno y la leggerezza, entre la condena a una solidez que nos funde en la inmovilidad y beatitud que traspasa todo límite.
En él se «depasa» la experiencia vivida en experiencia soñada. Pues que pensamiento y amor no se enfrentan, se encuentran; es el pensamiento guiado por el amor el que viaja; guiado por la mano del Poeta hacia los infiernos; guiado por Beatriz hacia el Paraíso. Y ese recorrido iniciático —purgatorio— prueba en medio a la escala ascendente hacia la beatitud que María Zambrano compara a una escala mística; desde la noche oscura, infernal, trascendiendo una experiencia purgativa, hacia la quietud. Y para la pensadora, la mística es heterodoxa, no originariamente cristiana sino adherida al cristianismo, desde esa raíz oriental en que ella ve huellas de la escuela iniciática, los fedeli d’amore.
Y en otra de sus vertientes se podría hallar un eco del mito de Eurídice fundido en el de Perséphone, «pudiera ser el trasunto del retorno del despertar de la perdidiza primavera, estación del amor».39
En la propia vida de Dante, en su exilio, se refleja la pensadora —cual peregrinaje, interior, en una Italia exiliada de sí misma como lo era España en aquel trazo de su historia— y a través de sus encuentros decisivos, el de Beatriz y el de ese amor que transforma y hace renacer al hombre
ya en la Vita Nuova aparecen palabras indicativas de que el amor le condujo hasta los últimos confines de la vida, de que se trata de un amor que transforma, que hace del hombre, que era Dante, un hombre nuevo; de que le ha hecho morir y renacer tanto como es posible sin dejar de ser habitante de la tierra.40
Exilio y lealtad a la palabra le une en esa trasformación en la que el hombre traduce su vivencia personal en humana y universal. Y ese universo irá más allá de todo límite: el hombre que podemos llamar universal tiene en cambio ante sí la totalidad del horizonte, está como en el centro del círculo que abarca todo lo que al hombre concierne.41
Todas las temporalidades, y más aún la amorosa, tendrían una resonancia en lo que la pensadora denomina Olvido. Tiempo antes de la consciencia del transcurrir, cual si el hombre considerase que su vivir es una ausencia, de una presencia anterior, amorosa o divina; allí donde el hombre habitara un estado anterior a toda degradación, del yo antes del yo... cual si más allá de toda fragmentación, hubiese un universo de unidad...
¿Amor? ¿Poesía? Tiempo anterior a la consciencia de temporalidad...
Y ese estado de aproximación a esa ruptura entre lo visible y lo invisible, o cuando lo visible se inicia en la percepción de lo invisible... María Zambrano lo siente en Venecia y en la contemplación de La tempestà de Giorgione, enigma e laberinto que se funden en el misterio...
Lo que ocurre en Venecia, a mi parecer y por mi propia experiencia, es que toda confusión, toda anomalía, todo prodigio entre inmediatamente en el orden, es asimilado, no hay antes ni después... hay un Siempre que lo recoge todo.42
Y el enigma que acompaña a toda interrogación humana, pues como afirma Einstein: «Tras todo descubrimiento aparece un nuevo dilema», se percibe ante La tempestà del misterioso pintor...
un acontecimiento que no acontece o que no amenaza, un fuego que no devora, una lluvia que no empaña, un rayo que no va a caer. Y si cae es como si no cayese... uno se imagina que esa tormenta existe, y sin embargo, no existe ni tormenta ni acontecimiento; es algo que no sucede y es suceso. Es la naturaleza a la que nada importa; pero la naturaleza está allí; se deja ver solamente a través de los seres amenazados por ella y a los que podría destruir.43
La experiencia vital de María en Italia pudiera concebirse como una nueva etapa en su caminar profético, Incipit vita nuova. Y tras esa presencia, perenne en su recuerdo, manifestar cual lo hiciera Dante: «Io tenni li piedi in quella parte al dilá de la qualle non se può tenire piú per intendimento de ritornare».
E Italia, en las palabras de un creador universal del siglo xx, Pier Paolo Pasolini, como un eterno retorno hacia el inicio, hacia el origen de una vida; testigo de una vida nunca perdida...
Adulto? Mai - mai. Come l’esistenza
che non matura — resta sempre acerba,
di splendido giorno in splendido giorno —
io non posso che restare fedele
alla stupenda monotonia del mistero.Ecco perché, nella felicità,
non mi sono abbandonato — ecco
perché nell’ansia delle mie colpe
non ho mai toccato un rimorso vero.
Pari, sempre pari con l’inespresso,
all’origine di quello che io sono.