Por María Fernanda Santiago Bolaños
El pensamiento de María Zambrano es frecuentemente analizado desde perspectivas que abarcan tanto la simbología como la más estricta reflexión intelectual, porque fue la suya una palabra que, como la del poeta, siempre está viva; así que no es difícil encontrar, entre las líneas de sus libros, secretos escondidos que el tiempo va encargándose de desvelar. El tiempo que, en sí mismo, acumula lecturas y experiencia y, por ello, orada pasadizos en las entrañas de la mente humana que siente.
Habló María Zambrano de un método de trabajo creador cuya estructura se ajustaría más al orden musical («ese orden que armoniza las diferencias») que al arquitectónico. Heredera, pues, de ese universo que la música representa, María Zambrano excede las páginas en las que se recoge su pensamiento convirtiéndose en germen, «en sibila», capaz de iniciar senderos que podríamos llamar «inspirados», como se constata cuando recorremos la obra de pintores, músicos o poetas, por ejemplo, para quienes Zambrano ha sido y es fuente constante de un aprendizaje que impregna cada acto creativo transformado, así, en auténtico espacio de conocimiento.
Si, como escribe Zambrano, la razón es una isla rodeada de «irracionalidad», «salir» de ella podría ser emprender un viaje a ese lugar sagrado donde las almas eligen una nueva vida, tal y como se señala en los textos platónicos. En el Libro X de República, específicamente, Sócrates le narra a Glaucón la historia de Er el armenio, quien tuvo la oportunidad de visitar el mundo de los muertos y regresar al de los vivos para referirlo. En un momento de aquella experiencia, Er asiste a la elección de los cuerpos que servirán para seguir evolucionando según el poso de sus acciones en la vida previa que hizo de un alma, pongamos por caso, Atalanta, Agamenón o Áyax. Llega el turno del alma de Ulises quien:
[.] acordándose de sus pasados infortunios y libre ya de ambición, buscó durante largo rato y descubrió por fin en un rincón, aparte, la apacible condición de un simple particular, que había sido desdeñada por todas las demás almas, y exclamó, al verla, que aun cuando hubiera sido la primera en escoger, no hubiese hecho otra elección.1
El soldado armenio había muerto en batalla, aunque se le permite volver a la vida doce días después, justo cuando iba a procederse a su cremación: ha sido designado como mensajero del más allá para que los hombres sepan que sus almas serán juzgadas y, tras siete días de espera, comprenderán las características del «huso de la Necesidad», que hace girar las esferas celestes, y el Destino, porque a su lado se encuentran las Moiras o Parcas.
Tras ello, Leteo cuyas aguas hacen olvidar, de modo que las almas, «como si fueran una lluvia de estrellas» caerán a la tierra sin recuerdos para proseguir el ciclo de las reencarnaciones. Sin embargo, cabría preguntarse, en términos actualizados, si no estarán esos recuerdos en el inconsciente profundo del individuo y del grupo, en esa condición «arquetípica» que la creación artística rescata, en el «encuentro poético».
El mito de Er presenta rasgos pertenecientes a la tradición órfico-pitagórica, cuyos principios hallamos, personalísimamente expuestos, a lo largo de toda la obra de María Zambrano. Se habla, por ejemplo, de un «itinerario», de pruebas que se resuelven en una serie de plazos cuyas cifras están cargadas de sentido (doce como los meses del año, siete como los días de la semana, etc.), ante ciertos seres específicos, en espacios concretos.; se habla, pues, de una suerte de iniciación que posibilitará la salida de lo oscuro, de la Noche, tras haber descendido al fondo abismático, a los ínferos, de uno mismo. Se habla, en definitiva, de la sabiduría que se despliega en el misterio de un ritual y en el Arte.
En todo este itinerario hay un término clave: memoria. Memoria capaz de reconstruir, de recuperar lo perdido; memoria como actividad en cuyos brazos germinará la vida: memoria viva y vivificante; memoria que se ejercita en el recuerdo como impulso hacia el futuro. Memoria que genera «imágenes-guía», que «imagina», y le da cuerpo a aquello que intuido tomará forma donde aposentarse. «Itinerario» que bien podría serlo de la Poesía en su sentido etimológico de creación, y que explicaría, acaso, desde un punto de vista metafórico, la «elección de Ulises» si esta es leída a la luz de las palabras zambranianas: el Arte es capaz de «deshumillar» todas las cosas, y ahora «el héroe» tocará con su experiencia guardada todo lo que en la nueva vida sencilla se le presente hasta colocar esa vida a la altura de su heroicidad.
Por todo lo anterior, la obra de María Zambrano no se agota en un cerco de corte logocéntrico, sino que se extiende a otros modos de pensar que incorporan el misterio de lo que la razón sola no abarca, y que, como decíamos, puede relacionarse con la «inspiración». Podríamos citar multitud de ejemplos que justificaran la afirmación expuesta, mas mencionaremos únicamente el trabajo musical de Guillermo McGill Los sueños y el tiempo, cuyo título ya nos da las claves del mismo; la obra pictórica de Jesús González de la Torre y la de Ramón Pérez Carrió; la obra poética de Antonio Colinas o, y, por favor, no lo vean ustedes un acto de arrogancia, mi propia novela El tiempo de las lluvias donde las palabras de María Zambrano se convierten en el simbólico corazón de toda una familia capaz de identificar una época más allá de los tiempos históricos.
Desde el Arte, la vida en la tierra otorgará dignidad, protagonismo, a la más ínfima partícula de existencia porque, precisamente, esa es su «tarea»: «El Arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia. Testimonio de que el hombre ha gozado alguna vez de una vida diferente».2
Como Ulises, el «alma» que elige la creación artística —o que por ella es elegida, si queremos ser consecuentes— perderá su nombre en el universo de la forma para entregarse al anonimato de la obra, que siempre busca sobrepasar los límites de quien, sin más, actúa de mediador para que la Belleza emerja. Tal alma navegará en el mar de la «irracionalidad» conducida por la memoria de una razón cuyo método será, en terminología zambraniana, la «razón poética».
Razón poética que no es mero juego lingüístico, sino una actitud ante la vida, un modo de estar en el mundo que resalta la opción de unir, y no de separar; de alcanzar un «lenguaje», «una palabra», en la que sexo, circunstancia política, biografía social o histórica, se superen en aras de una perspectiva más profunda, más bella, más simbólica: «La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse, sin que ninguna otra presencia se entremezcle con la suya, desfigurándola».3
Dice María Zambrano en el prólogo de La tumba de Antígona que vamos a utilizar de psicopompo en esta reflexión compartida: «Antígona, en verdad, no se suicidó en su tumba, según Sófocles, incurriendo en un inevitable error, nos cuenta. Mas, ¿podía Antígona darse la muerte, ella que no había dispuesto nunca de su vida?».
A partir de tan sugerente lectura, María Zambrano «permite» que Antígona hable con el pasado, con el presente más inmediato y con un porvenir que, en puridad, recorre la existencia de la hija de Edipo haciéndola depositaria de todas y cada una de las biografías silenciosas y silenciadas que tejen el cuerpo de la Historia; porque, como dice Zambrano en otra ocasión, «toda historia es historia universal». «Universales» son, entonces, todos los actos de ignominia y grandeza que nacen de los seres humanos.
La riquísima simbología de La tumba de Antígona permitió al Aula de Investigación Teatral de la Facultad de Filosofía (UCM), que tengo el placer de dirigir, aproximarse al texto con la certeza de que el Teatro es ese espacio donde se puede «invocar» al misterio que sostiene la vida humana; el lugar, pues, donde es posible hacer sagrado cada instante preparándolo para que se manifieste la Belleza con toda la fuerza trágica, subversiva y transformadora de la misma.
Esa Belleza entrega senderos inexplorados donde no habrá vencedores porque no habrá vencidos, donde no habrá víctimas porque no habrá verdugos, donde no habrá resignación o miedo porque no habrá imposiciones irracionales. Así, Antígona, en el simbólico útero de orfandad que es la tumba, se encontrará con su memoria y sus fantasmas, con sus deseos frustrados, también con sus logros. Allá, en la oscura caverna, la está esperando el eco de un poder que ignora la piedad y que, como una araña, teje trampas de las que solo el amor salva.
Ese amor que le enseñó a ella a rechazar las leyes que anulan el corazón. Ese amor mediante el cual La tumba de Antígona se transforma en un espejo donde se refleja el alma de todos los que sufren porque la historia acoge pero también expulsa, porque existen el mal y lo injusto contra los que no siempre nos rebelamos o ante los que nos sentimos, muchas veces, impotentes. Pero, sobre todo, la hermosa pieza dramática de Zambrano es un espejo en cuyo fondo se atisba, resistente, el rostro benefactor de la esperanza. Estamos convencidos de que la Razón y la Poesía unidas son los elementos esenciales para lograr un mundo donde el orden se parezca al de la Música, un orden capaz de armonizar las diferencias, como dice Zambrano, en el que lo distinto no sea motivo de recelo o enfrentamiento, sino de riqueza personal y social; donde la creatividad, que siempre es solidaria porque pide ser compartida, nos enseñe a seguir inventando, un día más, esa Tierra en la que quepan todos los que hagan de la vida humana, como Antígona, un lugar de Amor y de Belleza. Y donde los que aún ignoran ese camino descubran que es el único en el que podemos llegar a ser dignos y felices.
Con ese convencimiento comenzamos, hace ahora un par de años, el trabajo en torno al Teatro como Rito e Invocación, encontrando en las palabras poéticas de Zambrano el «templo» perfecto para que el lenguaje manifestara el ser.
Quisimos que la razón poética fuera nuestra «guía», y que la palabra generara el espacio escénico, el gesto, el movimiento humano y no a la inversa. En un auténtico ejercicio de «escucha» hicimos nuestras las palabras de José Ángel Valente quien, escribiendo acerca de Claros del bosque, de María Zambrano, dice:
Repentina presencia, órbita de plenitud o de claridad, en la que no siempre se puede entrar, como en los claros del bosque, y a la que sobre todo no se puede ir con la prefiguración del propósito, la intención, el método o la simple interrogación.4
Nuestra puesta en escena comenzaba corporeizando la sensación fronteriza que el Arte expresa. Como en un juego del que se aceptan reglas, los espectadores «descendían» al interior del antro donde, poco después, Antígona iba a tener la oportunidad de recorrer su biografía. Los espectadores, transformados en actores también, descendían, decimos, en la oscuridad que sólo mancillaban las tenues linternas de quienes ejercían el rito del Teatro y que, silenciosamente, aguardaban en la orilla de la escena. La entrada, pues, era ya parte de la representación; sin que hiciera falta dar indicaciones, el público buscaba su lugar adaptando los ojos a lo oscuro y contagiándose del silencio capaz de invocar aquellas presencias señaladas en La tumba de Antígona.
Cuando todos, actores y espectadores que a estas alturas formaban ya un cuerpo único, estaban listos para la ceremonia, irrumpían sobre el escenario Los desconocidos que cierran el texto de María Zambrano. La representación, entonces, se abría con lo que iba a ser, después, el cierre, dándose en esta primera intervención la peculiaridad de que ambos desconocidos no concluían la escena, dejándola en suspenso hasta el momento de la intervención de Antígona, cuyas palabras sí habrían de oírse en la segunda intervención.
¿Por qué esta pequeña licencia escénica? Acaso porque se trata de dos personajes sin nombre y, sin embargo, fundamentales. Remedan, cómo no recordarlo, lo que los enterradores de Ofelia, en el Hamlet de Shakespeare, significan, y, por extensión, el homenaje que Valle-Inclán hace de este momento en el entierro de Max Estrella en Luces de bohemia.
¿Quiénes son estos dos desconocidos de intensísimo diálogo? Podrían ser la ley de la ciudad y la del corazón; podrían ser el amor y la razón; podrían ser la inspiración y el poeta. Cuando la ceremonia dé comienzo, cuando los actores que «guiaban» a los futuros iniciados hasta su lugar, para que de ser público se hicieran actores también, hayan apagado ya sus tenues luminarias, sobre la escena esos «desconocidos» han encendido velas e inciensos, han santificado el espacio escénico ofreciendo a los dioses los cuatro elementos. Después, han iniciado su diálogo desde la oscuridad, dos «desconocidos» que se encuentran, de súbito, en un lugar de transición —podría ser a la ida o a la vuelta—; hay algo en común entre ellos, pero no un conocimiento amistoso: no hay sorpresa total en ese encuentro pero tampoco hay rechazo; quizás un mero esperar.
Cómo no revisar los textos de Zambrano que hablan de los espacios intermedios, su cercanía con la mística sufí, por ejemplo; cómo no revisar las enseñanzas del Libro tibetano de los muertos donde se explicita el drama que tendrá lugar en el Bardo, ese espacio de transición entre la vida y la muerte.
Silencio. Los dos desconocidos han ido «descubriendo» fragmentos de su cuerpo que se iluminaban, sin orden aparente, sin un método estricto, al ritmo de sus palabras, como si estas fueran breves pájaros que se posan en los hombros, en la boca, en las manos e iluminan el lugar. Cuando uno de los desconocidos invita a Antígona a acompañarlo, y sin dar tiempo a que ella responda como hará, decíamos, al concluir la representación, será la música la que «anime», en sentido literal, la escena: las actrices, una Antígona múltiple que se irá desglosando a medida que el tiempo avance, un coro-Antígona vestido de blanco, con los pies desnudos, con un velo negro cubriendo su rostro; los actores, como esos desconocidos que aguardaban ya sobre la escena, y que se incorporarán ahora a la representación, con un traje blanco que bien podría ser un esquemático traje de etiqueta, una mortaja, o el rudo mono de un obrero transformado en histórica figura indispensable.
Levemente, con la cadencia de los sueños, los oficiantes de la ceremonia recorren la escena hasta «encontrar» su lugar, hasta hallar ese Paraíso final que todas las tradiciones sitúan en Occidente, el lugar del ocaso, de la reflexión, de la memoria de la luz cuyo anticipo preludia la Aurora. No olvidemos, en este punto, que La tumba de Antígona discurre aproximadamente en una jornada humana, pues cuando Creón venga a buscar a la muchacha castigada por elegir la vida y el amor, se le recordará que el sol aún no se ha puesto.
Los actores y las actrices han encontrado ese «centro» a partir del cual se irá desarrollando la obra. Los espectadores asisten a la mostración de un cementerio de inquietantes presencias arrancadas quién sabe de qué umbral. Presencias que, como mariposas de aceite en los ríos sagrados, como ofrendas, han ido encendiéndose, reconociéndose, aprendiendo a estar en este tránsito, aprendiendo a morir o a vivir del todo.
La escena cobra vida, entonces, desde estos cuerpos de peculiar transparencia. Y los espectadores sienten la llegada de un barco cuya quietud y cuyo movimiento no es más que un reflejo de lo que los actores y las actrices sienten a su vez y trasladan a la escena.
Los cuerpos se humanizan, imprimen la pendular danza de una barca que atravesara la Laguna Estigia, y un fragmento del coro-Antígona se desgaja del resto comenzando a decir ese tremendo inicio de la escena titulada, precisamente, Antígona, con la que da comienzo María Zambrano a los acontecimientos de esta «tumba»:
Vedme aquí, dioses, aquí estoy, hermano. ¿No me esperabas? ¿He de caer aún más bajo? Sí, he de seguir descendiendo para encontrarte. Aquí es todavía sobre la tierra. Y ese rayo de luz que se desliza como una sierpe, esa luz que me busca, será mi tortura mayor. No poder ni aun aquí librarme de ti, oh luz, luz del Sol, del Sol de la tierra.5
En vano tratarán las palabras de Antígona de cambiar el destino. O quizás, precisamente, una actitud, como escribe Zambrano, sea lo que cambia el destino. La actitud de Antígona la llevará a la tiniebla, impidiéndole la entrada a la patria de los muertos; la condenará a permanecer allí, «ni en la vida ni en la muerte». Pero también, como Hércules desviando la corriente de un río para limpiar un establo, el enfrentamiento de Antígona con la historia abre la puerta a la esperanza y a la reconciliación de quienes evitan saber que, como ya escribiera Homero, una guerra es un combate que causa lágrimas.
El final de esta escena, con los pasajeros del barco llevándose a Antígona, termina igual que empezó: un cementerio de vívidas presencias que ahora tienen un rostro, y cuyas luminarias formarán, ante los ojos de los espectadores, una constelación.
Llega, entonces, La noche presidida por Las Parcas tejedoras de las vidas de los seres humanos; El sueño de la hermana que nos condujo al oriente del amanecer, a la tradición creativa que hace proceder «el juego del Arte» de los dioses; el Edipo sin rostro capaz de despertar el tiempo pasado, la memoria desde la que, como dijera Adorno, es posible revisar dónde quedaron rotos nuestros sueños y, acaso, recuperar aquella hora perdida que suele tener que ver con los fracasos del presente. Llega Ana, la nodriza, desde el remoto reino de la infancia, quizás la única patria, ofreciendo las aguas de esa «fuente» simbólica en la que el rostro reconocerá el rostro y el misterio oscuro de la vida, el Misterio de los Padres, hará nacer al hijo, dándole continuidad al tiempo.
Llega La sombra de la madre cubriéndolo todo, como un manto, dándonos la mano para que no temamos el descenso hasta la entraña donde el grano de trigo llegará a ser, un día, espiga entregada a la luz, como en Eleusis.
Y, cumplida la ceremonia, Antígona ya está preparada para enfrentarse a la Harpía, esa araña enredadora que «llena» la escena de sus hilos laberínticos, de la cárcel del tiempo, de lo que pudo ser y no fue, de lo que no tendría que haber sido; de una ley inexorable que distribuye la felicidad a su antojo, que decide el bien y el mal y que así lo impone. Una razón que es muerte desde el inicio, que mata toda diferencia, que oprime porque la mueve el miedo y una suerte de orden rígido que María Zambrano-Antígona quiere transformar en ese orden democrático cercano a la Música y capaz de armonizar las diferencias.
Por eso es fácil entrar en esa escena impresionante de Los hermanos en la que resplandece una razón poética, luminosa; en la que se atisba un tiempo nuevo, un lugar donde el amor no haya que hacerlo porque, como se dice en un momento, «se vive en él. No hay más que amor».
Antígona-María Zambrano muestra el reino de la piedad, el reino de los hermanos; se duele del dolor de los hombres porque es el dolor de ella misma, porque es la historia aposentada sobre los cráneos de los muertos, sobre la muerte y no sobre la vida:
Sí, teníais que morir y que mataros. Los mortales tienen que matar, creen que no son hombres si no matan. Los inician así, primero con los animales y con el tiempo y con ese grano de pureza que llevan dentro. Y en seguida con otros hombres. Siempre hay enemigos, patrias, pretextos.6
Un breve Hemón anulado por Polinices y Eteocles, fantasía amorosa de Antígona, con esos gestos de los actores del teatro tradicional japonés que «miman» el movimiento antes de hacerlo, anticipando su estar y difuminándolo a la vez; un Creón vivo que sabe de su muerte social si Antígona se queda allá en la tumba, que sabe que los días de un poder avasallador están contados porque es la hora ya de otro orden, de otro tiempo, la hora del porvenir.
Antígona revisando, en el último instante, lo que aún queda, el resto, lo que es ya ruina y memoria; Antígona como la yedra, que es señal de vida porque es renacer incesante. Antígona ascendiendo ahora que la tumba oscura es ya inevitable. Antígona encendiéndose, una vela en un río sagrado de nuevo, una ofrenda, un recuerdo ya imperecedero; Antígona ya inmortal: «Ahora sí, ha de ser la hora ya. Ahora que está aquí la estrella».7
Antígona con Los desconocidos del inicio que se preguntan, que se responden, que hablan por enigmas que la razón poética traduce; que se hacen depositarios de una palabra que, como el agua de los manantiales, manará siempre en el silencio de la noche; que se llevarán esa palabra necesaria, esa palabra-tesoro que, como el primer verso, es de los dioses que habitan en el alma de los poetas.
Antígona y Los desconocidos. Respondiendo ella sin dudarlo ahora: «Ah, sí. ¿Dónde? ¿Adónde? Sí, Amor. Amor tierra prometida».8
Antífona que dejará en la memoria el gusto inalterable de la Belleza que, acabada la representación, es ya memoria también, sueño acaso. Sueño que flota o se sumerge en las aguas de la imaginación creadora, en el fondo primero y último de la creatividad, esa que nos hace humanos y, por lo mismo, libres.