Por Enrique de Rivas
Cuando amigos y estudiosos de María Zambrano me hacen preguntas acerca de su vida en Roma, están lejos de darse cuenta de que provocan una especie de vértigo: el que se siente al asomarse uno al borde de un precipicio sin fondo visible. Es el vértigo del tiempo pasado. Contra esta sensación no hay antídoto, no hay remedio posible, porque quien interroga de este modo no ha pasado por la vivencia del tiempo que desaparece para surgir como presente que inexorablemente elude manifestarse.
Medicina no hay, pero sí queda el recurso al único instrumento capaz de ayudarnos cuando se trata de volver a visitar lugares, paisajes, indicios que nos niega la mayor parte de los puntitos que, puestos en hilera, darían una línea recta desde el principio hasta el fin de una vida. Sucede entonces que desaparece el momento insignificante o de significado oculto; queda sólo un perfume intenso, una esencia que fuertemente nos llega por nuestros sentidos para indicar de qué se trata: la memoria. Plutarco la define así: «La memoria es verdaderamente para nosotros como un oír cosas a las que somos sordos y un ver cosas para las que somos ciegos».1
Por ello, mi memoria se traduce en una imagen que conozco gracias a María Zambrano, quien en una ocasión muy triste me envió una tarjeta postal de un vaso griego con la diosa Eos (la Aurora) que sostiene entre sus brazos el cuerpo de Mnemón, su hijo, muerto por el gladio de Aquiles. Mnemón significa «el que recuerda», «el que hace recordar». Y así hoy, al cabo de más de cuarenta años, la metáfora de la aurora sosteniendo el cuerpo de quien «hace recordar» me reconduce a evocar a María Zambrano en su totalidad y en el único aspecto de su personalidad multifacética que me propongo destacar aquí: la capacidad innata de María Zambrano de participar en las vidas y avatares de sus amigos, de sus afectos, en un lenguaje espontáneamente metafórico, que nos lleva más allá de la anécdota en sí, sacándola del «tiempo medido», como sucede con la poesía. Este modo de manifestarse de María Zambrano en la conversación normal o en sus cartas es una prueba contundente de esta espontaneidad, innecesaria para quienes la hemos frecuentado en vida, pero útil para quienes han sido sólo lectores o estudiosos de su obra escrita, sin haber tenido la ocasión de acceder a su mayéutica transmitida por la palabra viva.2 Y así como Santa Teresa de Ávila encontraba a Dios entre los pucheros, cualquier elemento de la realidad cotidiana, por insignificante que pareciera, provocaba en ella un como brote de chorro de agua purísima, que traducía en un símbolo, en una metáfora, en un gesto que rescataba esa realidad de su «ser en sí», o mejor dicho, que la revelaba en su eternidad.
Cuando Aristóteles reprochaba a Platón el uso de metáforas porque —decía— «todo lo que se expresa en metáforas es obscuro», estaba mostrando sólo una cara de la moneda, porque si bien la metáfora se manifiesta por la palabra, y la palabra es en sí imprecisa como la penumbra, la palabra es sobre todo traducción de un estado de ánimo, y la metáfora es su traducción. En palabras de Héctor A. Murena, de su libro La metáfora y lo sagrado, «todo lo evidente es traducción», y «lo absolutamente intraducible es la Unidad perdida, que la traducción recuerda con su inconsciente esfuerzo por reunir las cosas convirtiendo unas en otras».3
Insisto en esta capacidad inagotable de María Zambrano porque quien no la ha conocido y frecuentado personalmente, como sucede a la mayoría de las personas jóvenes que frecuentan hoy en día su obra escrita, podrían imaginar que su modo de expresarse simbólica y metafóricamente era producto de una voluntad profesional, de un ejercicio intencional del filosofar. Pero tengo para mí que era todo lo contrario; era el resultado de una manera de estar en las cosas, que no era filosofar, sino poetizar. Y esto surgía sin necesidad de apoyos, porque para ella era como si la realidad se percibiera en estado de gracia, gracia que se identificaba con la pureza. «Si miras con pureza, todo tu ojo será puro», me escribió una vez.
Por esta especie de propensión a poetizar, que más que propensión era como una fatalidad inescapable en ella, lo más banal en apariencia cobraba un sentido que levantaba esta banalidad a un nivel de percepción rescatador: en ocasión, por ejemplo, de una pequeña enfermedad, me escribía «siento tu dolencia que obedecerá a un ciclo. Todo es así en esta vida. Ciertas dolencias vienen para algo más que para hacernos sufrir (estarás escribiendo, quizás)». Resultaba exacto.
Todo lo anterior no pretende sino ilustrar lo que entiende, siente y practica María Zambrano mejor que nadie, cuando escribe en su «Metáfora del corazón» [Orígenes, Año I, n.º 3, La Habana, Cuba, 1944] que «la metáfora es una definición que roza con lo inefable, única forma en que ciertas realidades pueden hacerse visibles a los torpes ojos humanos». «Hacerse visibles», expresión que nos conduce a lo que Moreno Sanz llama «sabiduría de la luz», luz esencial que Zambrano no encuentra exactamente en el «mirar», sino en un «ver que es también oír», citas que inevitablemente nos recuerdan la de Plutarco enunciada al principio de estas páginas, pero que en cierto modo nos traen también al lenguaje del Apocalipsis de San Juan, el cual, a su vez, nos arrastra a lo que puede intuirse como facultad de «profecía», concepto que en ocasiones se ha querido poner en relación con María Zambrano para dar una imagen suya.
Como las percepciones individuales son caleidoscópicas, y el caleidoscopio constituye la retina de la relatividad, puede producir tantas imágenes como personas, las cuales, en su pequeñez, reducen el todo a una faceta del prisma, por lo que se ha transmitido a veces de María Zambrano una imagen no siempre fiel a su todo, recreando o inventando una especie de sibila o pitonisa que, en pose de trance, se abría sobre el tiempo futuro para revelar sus misterios ignotos.
Como las palabras, los gestos de una persona se pueden interpretar de varios modos. Pero identificar el gesto naturalmente meditativo de María Zambrano —digo naturalmente, porque la meditación requiere un silencio previo y una quietud corporal que le son indispensables— con el gesto de una sibila o augur, es falso. Lo único que es lícito entender en el concepto de «profecía» aplicado a nuestra amiga es lo que define el prólogo del Infante don Fadrique al Libro de los engaños, obrita del siglo xiii que es una versión del Sindibad, y cuyo núcleo es la narración de un proceso de iniciación espiritual.
En este prólogo, don Fadrique dice: «quien bien faz nunca se le muere el saber que ninguna cosa non es por aver ganar la vida perdurable se non profeçía, pues tomó él la intención en fin de los saberes: tomó una nave enderesçada en pasar por la vida perdurable».4
Y más adelante define profeçía como «la gracia que a cada hombre le es dada e enviada de suso de amor», es decir, gracia como símbolo del amor que presuponía meditaciones celestiales, lo cual coincide con lo mencionado anteriormente en el caso de María de que percibía la realidad en estado de gracia. Pureza = estado de gracia = «profeçia». Sólo así se puede entender esta palabra cuando se aplica a María Zambrano, embarcada plenamente en la nave «enderesçada en pasar por la vida perdurable».
El grado de participación de María Zambrano en lo que se refiere a las relaciones humanas, personales, tangibles, le era indispensable, partiendo de sí misma, aplicándose la afirmación de Descartes en su Tratado de las pasiones del alma: «La génerosité consiste à s'éstimer au plus haut point qu'on se puisse légitimement estimer».5 Ella se demostraba de una generosidad sin límites cuando se trataba de compartir algo, fueran bienes materiales (siempre escasos), fueran ideas, sentimientos, sensaciones, vivencias o lecturas. Vivía en sí misma las vidas de los demás, en sus episodios, grandes o pequeños, traduciéndolos en el lenguaje que le era connatural y de este modo proyectaba a su alrededor una energía intelectual vital, contagiosa, que era incitación a lo que ella misma practicaba incesantemente. Los aludidos se sentían siempre involucrados, «compartidos».
En cierta ocasión una persona le dijo con intención no exenta de velada malignidad: «María, al verte, no se sabe si eres tú, o tu fotografía», lo cual podía implicar una acusación de narcisismo en pose autocomplaciente, o de gesto voluntario, buscado, intencional. Pero este comentario resulta, visto con los ojos desapasionados de la memoria, todo lo contrario: era un gesto verdadero, expresión metafórica de su meditación en acto que hacía que el cuerpo mismo de María se transmutase en una metáfora, acompañada, eso sí, por una profunda bocanada de humo inhalado a través de una larga boquilla, con lo cual María no hacía otra cosa sino vivir literalmente el símbolo de la inspiración, la cual, precedida por la atención y seguida por la exhalación, desemboca en la creación poética. De este modo la creación poética nace en el interior de la persona como creación espiritual pura, que por esto mismo no necesita de una forma determinada, pues la forma de la poesía —metro, rima, ritmo, cadencia, estrofa— nace cuando la vivencia de la poesía se encauza por los laberintos de la psique y la selva de los sentidos.
La creación espiritual pura en María Zambrano no sentía esta exigencia de forma, pues su natural capacidad de asociación establecía una especie de sinestesia de los símbolos, y si en la imagen de la diosa Eos con el cuerpo exánime de su hijo Mnemón, María sentía automáticamente la presencia de la aurora y de la memoria, ésta se transmutaba en la memoria del dolor infinito de una madre por su hijo, instantáneamente asimilado por ella a la imagen de la Piedad con el cuerpo del Crucificado en su regazo; y de ahí pasaba quizás a una alusión del cuerpo de la resurrección mística de los alquimistas chiítas en Irán.
Todo esto externado entre pausas, con algún movimiento trémulo de los párpados como enmarcando una pupila inquieta y una ligera inclinación de la cabeza sobre la seda de su bata, gesto en el que había como la evocación de una coquetería del alma, como el aleteo de una mariposa invisible, presencia de Yuan-Ke, el Inmortal Jardinero japonés cuya esposa enseña el secreto de la crisálida: las potencialidades del ser en eterna y continua resurrección.