Por Francisco José Martín
Durante los días 15 y 16 de diciembre de 2004 se celebró en la ciudad de Roma el Congreso Internacional conmemorativo del centenario del nacimiento de María Zambrano. Los actos congresuales se desarrollaron en la Sala del Carroccio del Palacio del Campidoglio y en el Templo de Adriano, respectivamente, y contaron con la participación de destacados especialistas en la obra y en el pensamiento zambranianos. Creo que nunca fue tan fácil justificar la oportunidad de un congreso. Es más, creo que este congreso sobre los años romanos de María Zambrano no necesita justificación alguna. Roma, en efecto, no podía faltar a la cita de los actos conmemorativos del centenario de María Zambrano. Roma fue, sin duda, una de las ciudades más decisivas de su vida. Lo fue vitalmente y lo fue también intelectualmente. Por eso, a los actos de Vélez-Málaga, de Segovia y de Madrid, quisimos sumar el esfuerzo de Roma, sobre todo como acto simbólico, sin que esto quiera en modo alguno restar importancia a las ponencias congresuales. Un congreso, este nuestro, que ha querido ligar la ciudad de Roma y la figura y la obra de María Zambrano; un congreso que, por su ubicación, quiso ofrecer esa dimensión transnacional y europea propia del pensamiento zambraniano; un congreso que, además, centrándose precisamente en los años romanos de María Zambrano, ha querido contribuir al esclarecimiento y al estudio de una de las fases menos y peor conocidas de su obra.
No quisiera extenderme en demasía, pero no puedo eximirme de manifestar públicamente una serie de agradecimientos. En primer lugar, a las instituciones que han apoyado esta iniciativa: el Instituto Cervantes, la Dirección General del Libro, el Ayuntamiento de Roma y la Red de Bibliotecas de Roma. En segundo lugar, a los ponentes, pues todos ellos se sumaron con entusiasmo cuando todo esto era sólo un proyecto. En tercer lugar, al público, al interés demostrado por esta iniciativa, a su decisión de estar presentes, pues era también, en el fondo, una forma de hondo tributo a la memoria de María Zambrano.
Finalmente, mas no en último término, debo hacer constar también una serie de agradecimientos personales, pues en estos casos, el interés y el apoyo demostrados han ido indudablemente más allá de lo que su cargo institucional o su labor profesional requerían. Al Instituto Cervantes de Roma, que acogió este proyecto y lo hizo enseguida propio, debo una gratitud especial. Es para mí un deber de honradez intelectual consignar aquí sus nombres: Javier Ruiz Sierra, Ana Vázquez Barrado, Miriam Barrondo y Olivia Gallego. Para mí ha sido un honor poder colaborar con todos ellos.