Por César Antonio Molina
La gloria escrita sobre el agua. El taxi circunda la Puerta de Alcalá para enfilar la calle homónima orillando el enrejado del Retiro. El conductor me pregunta por el camino que quiero seguir hacia el aeropuerto. Lo dejo a su criterio. Pasamos los túneles de O’Donnell. Uno subterráneo; el otro: una colina horadada sobre cuyas lomas había un pinar. Al salir de nuevo a la luz veo a mi izquierda el cementerio de la Almudena. Queda situado en una larguísima hondonada, como si estuviera sobre el antiguo lecho de un río. Los sepulcros blanqueados refulgen al rayar el sol. «Hay más allí que aquí», comenta el taxista, y añade: «Si un día volviesen a levantarse todos y saliesen a las calles, ¡menudo atasco!». Pienso entonces en los miles de nombres apilados y en sus vidas subterráneas. Pero quizás su vínculo con las profundidades de la tierra no sea más que un levísimo contacto, pues probablemente lo atraviesen otros túneles, aparcamientos, líneas de metros, intercambiadores que siegan las raíces, las pistas del retorno. Esta cantera de piedra y mármol cincelado es tan llamativa a la altura de la carretera, por encima de la tapia, que ya han comenzado a plantar una larguísima hilera de cipreses. Pronto su frondosidad y largura celeste taparán discretamente este distraimiento de la conducción.
Pocas horas después estoy en Roma, en la Via Appia. Piranesi dejó constancia de la abigarrada y fastuosa arquitectura funeraria que la flanqueaba. Quien entraba o salía, era llamado por aquellos ausentes: «¡Párate!», «¡No te olvides!», «¡Recuerda!», «¡Como te ves yo me vi, como me ves te verás!» Horacio, en la V composición del I libro de las Sátiras, nos da una idea de este camino. Lo recorrió acompañando en el 37 a. C. a Mecenas, que iba a Grecia. Villas mezcladas con sepulcros de templete, mausoleos, cipos, estelas, aras, exedras, grandes sarcófagos. La Via Appia era un cementerio de los demás, hoy lo es de sí misma. Y su voz también nos reclama. Vuelvo a ella como de un exilio inmemorial cuyas causas y razones desconozco. «Me viene a la mente Roma, mi casa y el deseo de todos aquellos lugares y cuanto queda de mí en la ciudad que he perdido», dice Ovidio en Tristes. Roma es también mi casa y, en esta calle del mundo, la única en donde me reconozco, busco cuanto queda de mí en lo que perdí.
La Via Appia es una ruina: ni pasado, ni presente; sino un lugar donde se puede imaginar el futuro. No quedan nombres, todo es anónimo, el triunfo de la naturaleza sobre las obras del hombre. Crecen las higueras salvajes, la encina, los pinos, los cipreses. El alcaparro espinoso, un arbusto de hermosas flores blancas; el asplenium ceterach, el helecho que se cuela entre los huecos de los bloques de piedra; la parietaria o la orchis papillon, una discreta pero bellísima orquídea. Y los gatos, la lagartija verde al sol, el mochuelo y el erizo a la luz de la luna, ponen orden en este hábitat. En el museo del palacio de Charlottenburg, en Berlín, hay un cuadro del pintor romántico Franz Louis Catel (1778-1856), titulado Via Appia (1833). La describe en medio de un paisaje bucólico lleno de rebaños de ovejas, toros conducidos por mayorales, carros de bueyes con trigo y, en medio, la tumba de Cecilia Metella.
El camino de retorno hacia Dios no admite más nombres que el suyo innombrable. Estas ruinas son un templo vacío, hueco, han vuelto a albergar el espacio que había antes del frigio Eneas: colinas y pastizales. Estas ruinas son templos a la creación primigenia, al caos original. Propercio, en la «Elegía IV», se quejaba de que la grandiosidad arquitectónica de Roma hubiese ocultado el paisaje bucólico. En la Via Appia podemos imaginárnoslo. Este camino está lleno de almas, de almas que te llaman, que te susurran en los oídos. Una de ellas dice tu propio nombre y, entonces, sin poder evitarlo, te desvaneces sobre la losa donde estaba tu huella. A pesar del panorama desolador, en pocos espacios me encuentro más a gusto y seguro. Es quizás éste, un lugar a salvo del tiempo, donde el tiempo histórico se ha detenido, está en remanso. Piedras, columnas de ladrillo que han perdido su estuco, mármoles sajados, travertino o toba, pinos, cipreses, son la puesta en escena de una tragedia cuyo creador es el tiempo y los actores somos nosotros en comunión con los que fueron. El coro de voces convoca lo ausente a la presencia en el escenario. Estas ruinas, que no yacen al abrigo de alguno de los múltiples museos, son despojos abandonados definitivamente a su suerte; mojones ambiguos, contradictorios, ocultos, señales que disimulan lo sagrado. Busco aquí el lugar originario no en lo material, sino en los intersticios que quedan entre lo caído y su soporte térreo: «Mortua heie ego sum: et sum cinis: is cinisterra, seive est terra dea, ego sum dea, mortua non sum», dice un epitafio. 'Aquí estoy muerta: soy ceniza: esta ceniza es tierra, si la tierra es una diosa, yo también, no estoy muerta'. Gea, Cronos y en medio los huesos, las ruinas machacadas en el almirez del tiempo formando la argamasa que cubre las llagas del empedrado. El viento del atardecer alza las esquirlas, las estrella, las dispersa, las restituye a su principio. Las ruinas son un sentimiento más profundo que los afectos y la razón. Están más allá del saber, de las respuestas, sólo consuelan con la contemplación porque es también cuando nuestro tiempo se detiene mientras mantenemos la mirada sobre el objeto.
La Via Appia Antica parte de la Porta San Sebastiano, antes Porta Appia. Antiguamente se iniciaba en Porta Capena, un poco antes de las Termas de Caracalla. Avanza varios kilómetros cada vez más descampados. Sólo a algunas horas de la mañana hay turistas que acuden, principalmente, a visitar las catacumbas de San Calixto y las de San Sebastiano. El resto del día y al atardecer permanece despoblada. En invierno más. Este encuentro de soledades sólo se rompe por el amor furtivo de jóvenes parejas que restituyen la vida al ciclo. Se aman en los mismos lugares donde otros yacieron cumplidas sus vidas. Las catacumbas de San Calixto son las más importantes de Roma. Estuvieron enterrados entre sus muros los primeros papas y Santa Cecilia. Las galerías se extienden diez kilómetros a lo largo de cuatro pisos. Junto a las de San Sebastiano, está la basílica que recuerda el azotamiento del Santo, muy cerca de donde tuvieron sepultura Pedro y Pablo. En la primera capilla de la izquierda se encuentra una piedra con la huella de los pies de Cristo. En la iglesia del Quo Vadis, la más cercana a Porta San Sebastiano, hay una copia. Yo creí que era la original, pues fue allí y no en el otro lugar donde Jesús se le apareció a San Pedro. Este le preguntó: «Quo Vadis?», ‘¿Dónde vas?’. Y Él le contestó: «Venio iterum crucifigi», ‘¡Voy a que vuelvan a crucificarme!’. Pedro, que huía de las persecuciones y el martirio, regresó sobre sus pasos y se entregó a los verdugos. Toco las huellas de esos pies en San Sebastiano y el Quo Vadis. Tienen ambas la frialdad heladora y cortante de lo invisible. Las verdaderas la conservan de aquel instante; la copia, porque están en el lugar donde se produjo y todo el alrededor, por simpatía, le transmitió la misma frigidez. Es el culto resucitado de Serapis
Tres siglos antes de Cristo, el cónsul Appio Claudio el Ciego construyó esta Regina Viarum que conectaba la capital del Imperio con el sur de Italia: de Nápoles a Brindisi. Para llegar a Capua, capital de la Campania, se tardaba cinco días; mientras que a Brindisi, la puerta de Oriente, a seiscientos kilómetros, catorce. Otros caminos importantes de Roma se denominaban Tiburtina, Salaria, Cassia, Aurelia y Emilia. Los restos de tumbas, de villas patricias, del circo de Majencio o del acueducto Claudio, se desparraman por doquier en medio de un paisaje de hiedras, pinos y cipreses. La tumba de Cecilia Metela es lo más llamativo de todo cuanto está en pie. El torreón cilíndrico, durante la Edad Media sirvió de fortaleza. Queda su recuerdo por la corona almenada que le levantaron y los restos de un edificio anejo. Albergó seis décadas antes de Cristo las cenizas de una joven patricia romana. Está totalmente hueco. Sin embargo, aún reza intacto el epígrafe en su fachada que dice: «Hija de Quinto Cecilio Metello conquistador de Creta y esposa del hijo mayor del Triunviro Craso, siglo i a. C.». Aquellas cenizas debieron aventarlas sin respeto. Este hecho me hizo escribir estos versos: «Cuántos más siglos / resistiendo / tan sólo con tu nombre / a la usura del tiempo». Muy cerca se ven las ruinas del circo de Majencio, uno de los más grandes de la Antigüedad. Fue construido tres siglos después de Cristo y tenía una capacidad para diez mil espectadores. Estaba comunicado por un largo pasillo con el mausoleo de Rómulo, el hijo del emperador, y con el Palacio Imperial. Su espacio no sólo está marcado por los muros raquíticos que permanecen en pie, sino también por la espina central. Alrededor de la misma giraban los carros y estaba adornada con diversos elementos: edículos y pilones; y un obelisco situado en el centro, el de Domiciano. El papa Inocencio X, a mediados del siglo xvii, remató con este obelisco la fuente de Bernini, en la Plaza Navona. Me aventuro por en medio de matojos casi tan altos como yo mismo. Avanzo hasta subir a su dorso central. Me observo náufrago entre aquel oleaje de naturaleza salvaje. Se mueve tan dulcemente que uno podría abandonarse a su gula: «La spina es lo único que permanece, / ahora desarbolada como un rostro / perdido por entre el oleaje de matojos: / Firme, dura, todavía desafiante, / brillando a lo lejos como báculo de serpiente / o duro esqueleto de envenenado», apunto. Estoy solo. Temo regresar atravesando la jungla por donde corrían las fieras y la sangre del hombre se despilfarraba en los juegos. Crueldad, he aquí uno de sus templos cuya altivez se mantiene en el respeto que impone. ¿Pero incluso para ser hombre no tuvo Dios que sacrificarse ensangrentando la tierra? De aquella fuente derramada brotó trigo, óleo y vid; mientras que yo me encuentro rodeado de malas hierbas, de esa sangre gangrenada que corre por los pétalos rojos de rosas silvestres contra cuyos pinchos me araño abriéndome paso.
Más allá de aquí, debemos de estar a unos siete kilómetros de Porta San Sebastiano, la Via Appia conquista el campo abierto. A uno y otro lado hay restos de pequeños panteones. Brillan en un horizonte vacío de construcciones y están embebidos en la paz y el silencio de la campiña romana. El asfalto horrible de la carretera comienza a ser sustituido enteramente por la antigua pavimentación hecha con losas de basalto. Entre las numerosas tumbas están las arcaicas que contuvieron los restos de los Horacios y Curiáceos muertos en el legendario duelo entre Roma y Alba Longa; así como los restos de la Villa de los Quintilios, asesinados por el emperador Commodo; y el Casal Rotondo, tumba de base cuadrada y núcleo cilíndrico.
Mis mejores conversaciones con María Zambrano versaron sobre Italia y muy especialmente sobre Roma. Conocedora de mis viajes a esta ciudad, me encargaba fuera a ver tales o cuales sitios y, luego, le explicara su estado actual; o que le narrase aquellas novedades descubiertas, desconocidas por ella. Para María cada urbe, y más Roma, era imposible de conocer en su totalidad, pero siempre respondía a las preguntas que le hacíamos. El Campidoglio; Porta Magiore en donde estaba «su» Basílica Neopitagórica o el criptopórtico; las catacumbas: «Caminar por esos pasadizos es como ir por las raíces de un campo de trigo y sentir el olor de la germinación. La catacumba es germen. Contiene a Orfeo»; el Coliseo; la Vía de San Giovanni Decollato junto al Ponte Palatino; el Templo de Vesta y San Giorgio in Velabro, donde la cofradía de San Juan Degollado, a la que pertenecía Miguel Ángel, se dedicaba a documentar los tres últimos días del condenado a muerte; el campo de Fiori, detrás del Palazzo della Cancellería, una magnífica muestra de la arquitectura del primer renacimiento, un «rastro» donde antiguamente se ahorcaba a los reos o se quemaba a herejes como, por ejemplo, Giordano Bruno, cuya estatua preside la plaza cercana a la Farnese que se adorna con dos fuentes conformadas con dos enormes bañeras procedentes de las Termas de Caracalla; la Piazza del Popolo y el edificio del Café Rosati donde vivió, con la rampa de terrazas que conduce al Pincio, la iglesia de Santa María del Popolo por donde anduvieron antes las cenizas de Nerón en un magnífico mausoleo, el obelisco egipcio del tiempo de Ramsés II, doce siglos antes de Cristo, traído por Augusto desde Hiliópolis y colocado en el Circo Máximo y en el siglo xvi definitivamente instalado aquí por Sixto V; y en el lado norte de la plaza, desde donde se inicia la Via del Corso, las iglesias barrocas de Santa María dei Miracoli y Santa María di Montesanto; o en la Via dei Condotti n.º 85 el Café Greco, fundado en 1730, y uno de los más antiguos de Europa (pasaron por él, entre otros, Goethe, Stendhal, D’Annunzio, Berlioz). Todos estos lugares eran algunos de los favoritos de María.
A su regreso de Cuba, en 1953, María Zambrano se fue a vivir a Roma con su hermana Araceli. Habitaron un piso de la Piazza del Popolo hasta comienzos de la siguiente década. Fueron estos los días italianos más felices. Tras tres años en su nuevo domicilio de Lungotevere Flaminio, muy cerca del anterior, fueron expulsadas de la ciudad a causa de las decenas de gatos con los que convivían. Tras una fallida instalación en Nápoles, María, ya sola después del fallecimiento de Araceli, regresó por unos meses, en 1973, a residir en la Ciudad Eterna, en un hermoso ático de la Piazza dei Fiori. Los recuerdos del pasado y el dolor omnipresente por la ausencia de su hermana, la hicieron regresar a La Piéce. Una vez, a su requerimiento, subí a su antiguo piso de la Piazza del Popolo. Le conté tal cual estaba y en qué manos. Le describí, desde aquella misma ventana bajo cuya luz leía, la subida al Pincio, el jardín neoclásico colocado sobre la colina invasora del lugar donde antiguamente se alzaron lujosas villas patricias. Le hablé de las avenidas sombreadas por pinos, robles y palmeras; de la silueta de La Casina Valadier (el arquitecto de este espacio) y de los monumentos conmemorativos de Tiziano o Rafael, además del obelisco dedicado por Adriano a Antinoo, trasladado aquí a mediados del siglo xix. A María y a mí nos gustaba la elegíaca vista de Roma, ardiendo a la puesta del sol, desde el Pincio, pintada por Corot. También para describírselo y comprobar la certeza de su narración, me llegué, al atardecer de un mes de abril, hasta Santa María in Aracoeli, sobre la colina del Capitolio. En el lugar donde está la iglesia románico-gótica, se le profetizó a Augusto la venida de Cristo a la tierra. Aparte de albergar un panteón realizado por Donatello y unos frescos del Pinturicchio, me causaba curiosidad —y así se lo comentaba a María— que sobre los techos tallados estuviesen los símbolos navales conmemorativos de la victoria de Lepanto. Pero a nada de esto se refería ella, sino al correr del disco solar en su caída por entre las puertas abiertas, de par en par, de la iglesia.
María nombraba a Roma: Amor o Silva, pues tenía muchos nombres secretos. Decía que era una ciudad hermética, laberíntica, pero también abierta para quien le mostrase su afecto. Horizontal «porque no es posible rechazar su brazo y su presencia ni tampoco es posible, aun viviendo en ella, liberarse de la sensualidad de su cielo y de su aire. Se diría que es un aire comestible, que a veces se siente en Roma como dentro de una fruta». Yo le decía que también Roma era vertical, salía de las profundidades de la tierra y se alzaba hasta el cielo, era la ciudad más egoísta que conocía pues lo abarcaba todo y todo lo tenía.
A María le hablaba de los museos y le describía algunas de las piezas que sabía le emocionaban: las pinturas de la Capilla Sixtina; la estatua ecuestre en bronce de Marco Aurelio, el emperador filósofo, en el Capitolio; el Apolo y Dafne de Bernini en la Galería Borghese; La piedad de Miguel Ángel en el Vaticano y el Laocoonte; así como del sarcófago etrusco de los esposos y los Apolos del Museo de Villa Giulia, una obra maestra de la arquitectura del Renacimiento construida sobre la colina Parioli. Los etruscos, su enigma, le causaban una inaudita conmoción. A veces recordábamos: Volterra, Perugia o Tarquinia.
Le contaba también a María los paseos por entre los laureles salvajes del Palatino, bajo los pórticos del Coliseo y sobre las losas partidas del foro, según Byron narró en el libro cuarto de Childe Harold. Le relataba las visitas al cementerio protestante, al pie de la pirámide de Cestio, en la Porta Ostiensis, denominado como el de los Accatolici, el primero concedido por los papas a los extranjeros no católicos, donde reposan Keats y Shelley. Este último poeta lo conocía muy bien, pues en él enterró a su hijo William. No fue esta su única desgracia. Mandó construir una pirámide de mármol blanco para colocarla sobre la tumba, pero un descuido del enterrador la hizo poner en otro lugar perdiéndose el rastro del infante. En el prefacio a Adonais, se refiere a la belleza del campo santo cubierto de violetas, margaritas y de la hiedra, el símbolo del fracaso pues crece sobre las construcciones del hombre; pero también de la esperanza pues ella misma es vida. Keats, que vivió muy cerca de María, en la plaza de España, junto a la escalinata de la Trinitá dei Monti, llegó a la tumba antes que Shelley, quien se ahogó en la playa de Livorno. El poema «Triumph of life» fue el último escrito. Byron mandó enterrar aquí a su amigo. En el n.º 26 de la Piazza di Spagna está la Casina Rossa, un museo dedicado a los tres poetas románticos británicos. A María le agradaba oír el epitafio del autor de la Oda a una urna griega: «Here lies one whose name was writ in water», 'aquí descansa alguien, cuya gloria (o cuyo nombre) fue escrita en el agua'. La lápida de Keats está bajo copudos pinos, rodeada de cipreses y gatos que trepan sobre estas y otras tumbas como la de Antonio Gramsci. A María también le entusiasmaba otro epitafio, el de la tumba de su amigo, el escritor griego, Kazantzakis, en Creta, en Heraclión, al final del cabo que conforma la bahía: «No creo nada. No temo nada. Soy libre». Hablábamos de las descripciones romanas de Montaigne; de Goethe; de Stendhal perdido en los salones del Conde Cini, en la Plaza della Pietra y del Palacio de los Caetani en la Via delle Bothegue Oscure. En esta calle estaban las tiendas oscuras, sobre todo las de los caldereros. Convertían el mármol antiguo en cal para obtener materiales de construcción. Seis veces visitó Roma el autor de La Cartuja de Parma. Y la última, en 1827, se alojó en la Via Gregoriana, en una estancia que ocupara poco antes el pintor Salvator Rosa. Las ventanas daban —yo mismo lo comprobé— a la altiva escalinata de la Trinitá dei Monti, desde las cuales dominaba el bosque Pincio, por encima del cual asomaban los tejados de Villa Médicis.
María se extasiaba en Santa María della Vittoria, dentro de la capilla Cornaro, en el Quirinal, en torno a las Quattro Fontane. Construida por Bernini, fundió todas las artes para escenificar el éxtasis de Santa Teresa. El ángel lanzándole el dardo de oro y fuego que le llegaba a las entrañas y la dejaba abrasada en amor de Dios: «Era tan grande el dolor, que me hacía dar aquellos quejidos; y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay que desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios».
Pero María un día, en Madrid, en su piso de la calle Antonio Maura 14, muy cerca del que habitó Pío Baroja, me puso a prueba con un lugar de la Via Appia. Debía ir y relatarle cómo se encontraba. Era una estela funeraria. Decía estar situada cerca del cruce con la Via Latina. Era un bello adolescente que tenía un brazo con el puño en alto y el otro hacia abajo y llevaba una capa echada hacia atrás. María me contó cómo lo habían descubierto, ella y su hermana, en medio de una escombrera compuesta por latas de conserva, cajetillas de tabaco, botellas rotas, papeles de periódicos y cientos de colillas apagadas contra aquel indefenso muchacho. Ambas barrían la suciedad y luego la quemaban bajo la recriminación de la policía que no había hecho antes nada por impedir el sacrilegio. María me indicaba el camino que debía tomar desde el Coliseo hasta la Puerta San Sebastiano, pero a partir de allí las referencias eran confusas e incluso imposibles, pues la Via Appia Antica jamás se cruza con la Latina, sino que corren paralelas a gran distancia.
María identificaba esta estela con un rito de iniciación a Mithra, a aquel que por indicación del Sol había sacrificado un toro y del cuerpo de la víctima moribunda nacieron todas las hierbas y plantas saludables. De su médula espinal germinó el trigo y de su sangre, la vid que produce el licor sagrado de los misterios. ¿En qué grado de iniciación estaría aquel muchacho? Eliade, utilizando un texto de San Jerónimo y diversas inscripciones, los cifraba en siete: Cuervo (corax), desposado (nymphus), soldado (miles), león (leo), persa (perses), corredor del sol (heliodromus) y padre (pater). La admisión a los primeros grados se le concedía incluso a niños a partir de los siete años. Este Adonis tenía más edad. Le comentaba a María si esa estela no se la había encontrado en otros mithraeum, y el paso del tiempo la había llevado a confusión. ¿No estaría bajo las Termas de Caracalla, bajo San Clemente, en la Iglesia de Santa Prisca o en el Circo Máximo? Pero, no. Volvía a insistirme que en la Appia y me recriminaba cariñosamente. Mi desencuentro lo achacaba a mi angustia por encontrarlo. Eso hacía que huyese, se escondiese. Entonces le cité una frase de Louÿs, un autor demasiado exótico: «Desconfía de los jóvenes que van por los caminos con el viento del atardecer y el polvo alado». Le pareció oportuna y nos congració. A mi segundo fracaso estuve a punto de mentirle. En ese mismo instante me arrepentí. Confesé mi pecado. María me cogió la mano y me dijo: «La mentira está permitida en los casos en que es imposible conocer la verdad».