Centro Virtual Cervantes
Literatura

Zambrano: los años de Roma > Presentación
Zambrano en Roma

El perfil del exilio (desde la atalaya de un centenario)

Por Francisco José Martín

Acaban de cumplirse cien años del nacimiento de María Zambrano. La ocasión que nos brinda la celebración del centenario debería servirnos para rescatarla del último y más preocupante de sus exilios. Se trata de un exilio sui generis, pues, si bien es cierto que el reconocimiento y el prestigio de su figura no han hecho más que crecer en los últimos veinte años, poniendo fin a su exilio vital y resolviendo en parte su exilio filosófico, multiplicándose las ediciones de sus escritos y los estudios sobre su obra, también es cierto que el brillo de este reconocimiento y prestigio alcanzados ha sumido el corpus zambraniano en una especie de limbo o lejanía que se contempla como si de un museo se tratase. Más citada que efectivamente leída, María Zambrano corre el riesgo de convertirse en un clásico sin que se hayan creado las condiciones críticas necesarias para que tal cosa advenga, corre el riesgo de entrar en el canon por la puerta falsa de la reparación institucional de un adverso destino y no por la de la efectiva valoración del legado de su obra. Esta falaz forma de triunfo, esta insegura conquista del canon, más allá de los refulgentes destellos de su inmediatez, puede acabar por esconder los efectos más severos, inclementes y despiadados de una condena sin paliativos.

María Zambrano nació el 22 de abril de 1904 en la ciudad andaluza de Vélez-Málaga, donde sus padres ejercían como maestros de escuela. En 1909 su padre gana la cátedra de gramática castellana en la Escuela Normal de Segovia, trasladándose la familia a la ciudad castellana. Es el ambiente intelectual que rodea a la figura carismática del padre el elemento más importante en la formación de estos años de infancia y primera juventud zambranianas. Creía —el padre— en la reforma posible y en la modernización de España, y, como tantos herederos del krausismo decimonónico, pensaba que la educación constituía un camino seguro para el cambio. Era una misión. Y lo era dentro y fuera del hogar. Conoció a Antonio Machado, también destinado en Segovia en aquellos años, y entre ellos fue naciendo una amistad profunda en el ritmo lento de la vida provinciana. Son estos hombres austeros que aparecían por casa en compañía del padre los que van a ir entretejiendo en el espíritu de la joven Zambrano un modelo de moralidad al que nunca dejaría ya de sentirse vinculada.

En 1926 la familia se traslada a Madrid, lo que permite a la joven dar una cierta regularidad a sus estudios de filosofía iniciados como alumna libre pocos años antes. Madrid significa, sobre todo, el descubrimiento de Ortega y Gasset. Quien había de ser su maestro estaba entonces en uno de sus momentos de mayor esplendor creativo: con España invertebrada (1922) había disuelto el «problema de España» en la «crisis de la modernidad», y con El tema de nuestro tiempo (1923) indagaba ya una salida a la crisis a través de la formulación de la «razón vital». Este es el Ortega que deslumbra a María Zambrano, el Ortega brillante e innovador, el Ortega que pretende con el raciovitalismo salvar el abismo que separa la vida de la cultura, el Ortega que no termina su magisterio en la clase sino que es punto de referencia de los jóvenes artistas e intelectuales de entonces. A través de los círculos orteguianos María Zambrano principia su participación en la vida cultural madrileña, una participación creciente que se irá cargando poco a poco de responsabilidades cívico-políticas.

En 1930 publica su primer libro, Horizonte del liberalismo, libro juvenil e inmaduro escrito desde las coordenadas intelectuales del orteguismo, pero con una clara reivindicación generacional bajo la bandera común del «nuevo romanticismo». Es un error intentar comprender la nueva juventud que irrumpe en la escena cultural de aquellos años desde el concepto de «generación del 27». Esta es una categoría literaria que hace del neogongorismo el centro explicativo de la poesía española de la época, pero no sirve para dar cuenta ni de la complejidad de los procesos intelectuales ni de la dinámica cultural de los años treinta. Más acertado sería, acaso, el nombre de «generación de 1930», como la misma Zambrano se autocomprendía, o el de «generación de la República», con el que se resalta la responsabilidad política frente a la creación artística e intelectual. El «nuevo liberalismo» zambraniano explicita precisamente esta responsabilidad generacional frente a la política.

En los años de la República la joven Zambrano colabora regularmente en Revista de Occidente y en Cruz y Raya, las revistas de Ortega y Bergamín: son trabajos que ponen de manifiesto la profunda huella orteguiana de su pensamiento, pero también una sensibilidad nueva que, por un lado, la liga al sentir común de la juventud de su tiempo, y, por otro, indica ya la búsqueda de un camino propio desde el horizonte de la «razón vital». Bergamín y Zubiri van a constituir un sostén de poderoso apoyo en el desarrollo zambraniano de la «razón vital». Y también lo serán la lectura a fondo de Unamuno y el ejemplo ético de Machado. Los textos de esta época, recogidos años después en el libro Hacia un saber sobre el alma (1950), revelan ya una personalidad intelectual independiente y, sobre todo, la búsqueda y persecución de una respuesta propia —más allá del raciovitalismo orteguiano— a la crisis de la modernidad. El mismo título que después iba a tener el libro evidencia la distancia que la separaba del maestro: frente al laicismo de Ortega, frente al carácter radicalmente mundano de su filosofía, la joven discípula, en su intento de ampliar el radio de acción de la «razón vital», va a dirigir su atención a la dimensión espiritual y transcendente de la persona. La joven Zambrano formula aquí una «razón integradora» de la rica y varia sustancia del mundo. Es el preludio de la «razón poética», enunciada con precisión años más tarde y verdadero centro del filosofar zambraniano.

La Guerra Civil y sus consecuencias supusieron la experiencia más radical y decisiva de María Zambrano. Todo su ser y su pensamiento brotan de esa herida trágica, de esa fractura irreparable, de ese «drama de España», de esa «historia sacrificial». Publica Los intelectuales en el drama de España (1937), un grito reflexivo sobre la tragedia que se avecinaba (primer acto de una reflexión sobre el poder, la democracia y el fascismo que continuaría en La agonía de Europa y en Persona y democracia). Abraza con decisión la causa republicana, y más la abraza cuanto más parece inminente la derrota, incluso después de la derrota. El 28 de enero de 1939, en compañía de su madre y de su hermana (su padre había muerto pocos meses atrás en Barcelona), cruza la frontera francesa camino del exilio.

Fue como ser arrancada del presente para ser arrojada al futuro incierto con todo el peso del pasado reciente y de la historia. Arrancada de cuajo y arrojada sin piedad. El suyo fue, sin duda, uno de los exilios más duros y penosos de nuestro tiempo. Duro por ser exilio; más duro aún por ser mujer. El pudor con el que siempre habló de él obliga al silencio. Era un viaje sólo de ida, porque de la vuelta nada podía saberse entonces. Era un desgarro, un rompimiento. Una forma de muerte que perdonaba la vida, pero dejaba sólo eso, la vida. La vida a la más completa intemperie.

Con los «transterrados» de la «España peregrina» buscó cobijo en tierras americanas: primero en México, después en Cuba. Impartió cursos de filosofía en varias universidades, dictó conferencias y, sobre todo, se entregó a un paciente ejercicio de escritura radical, sin concesiones de ningún tipo, una escritura en cuerpo y alma consagrada a la expresión de su propia experiencia de pensamiento, una escritura que devuelve al lenguaje una preeminencia nueva en el orden del pensamiento. En 1939 publica Pensamiento y poesía en la vida española y Filosofía y poesía, dos libros decisivos para la configuración definitiva de la «razón poética». Dos libros que se complementan mutuamente, que arrancan de la constatación de la crisis de la modernidad y de la consiguiente denuncia del modelo de razón que ha sustentado el desarrollo de la filosofía moderna. Dos libros que buscan una alternativa y acaban proponiendo una nueva forma de racionalidad: una razón no coercitiva, sino mediadora e integradora, una razón que no pretende imponerse sobre las cosas, que no quiere su posesión o su dominio, sino, al contrario, dejarse poseer por la infinita variedad y multiplicidad del mundo y de la vida. Es la «razón poética» que se abre paso. El triunfo de la metáfora sobre el concepto. La verdad no es ya una conquista, sino un encuentro.

La difícil situación en que habían quedado su madre y su hermana al finalizar la II Guerra Mundial motiva su regreso a Europa (su madre morirá antes de que ella llegue). Vive con su hermana (de quien ya no se separará) en París. En 1949 regresa a La Habana y en 1953 vuelve definitivamente a Europa, esta vez para fijar su residencia en Roma. Este vaivén patentiza las dificultades de la vida en el exilio. Que no hay en él cobijo ni morada posibles. Sólo errancia sin fin; sólo intemperie. En estos años romanos publica El hombre y lo divino (1955), acaso uno de sus libros más importantes, una personal «fenomenología del espíritu» en la que estudia la necesidad de los dioses para la vida humana. También da inicio a una indagación sobre los sueños que iba a constituir en adelante uno de los ejes centrales de su quehacer filosófico. De ahí saldrá El sueño creador (1965) y, póstumamente, Los sueños y el tiempo (1992).

En 1964 se traslada a Suiza. Vive en una casa de campo cerca de Ginebra. Publica España, sueño y verdad (1965) y La tumba de Antígona (1967), un intenso ejercicio autobiográfico configurado desde la reinterpretación del mito clásico. Escribe sin cesar. Escribe como si en ello le fuera la vida, acaso porque en ello le iba de verdad la vida. Publica Claros del bosque (1977), uno de sus libros más famosos, verdadero ejemplo práctico de la razón poética. Escribe en estos años varios textos que sólo habría de publicar después de su regreso a España (como sucederá con Delirio y destino, la novela autobiográfica escrita en La Habana): De la aurora, Notas de un método, Los bienaventurados.

En 1984 regresa a España después de 45 años de exilio. Recibió honores y homenajes, y varios intentos de reparación institucional que nada podían reparar. Murió en Madrid el 6 de febrero de 1991.

María Zambrano es su exilio. «Hay ciertos viajes de los que sólo a la vuelta se comienza a saber. Para mí —dirá—, desde esa mirada del regreso, el exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido». Pensar-en-el-exilio deviene pronto una ocasión para pensar-el-exilio. Un pensamiento del exilio que nace de la experiencia trágica de pensar (en) el exilio —con un paréntesis gráfico que quiere simbolizar precisamente una suspensión, una ausencia. Su pensamiento arranca de esa experiencia crucial, que es personal, sí, «saber de experiencia», pero que pronto queda trascendida y elevada por la razón poética a metáfora general de la condición existencial de la vida humana. La vida toda comprendida como exilio. Exilio del ser y de la nada, de la luz y de las sombras.

Exilio filosófico también, el suyo, y en un doble y fuerte sentido, pues su obra se gesta y crece al margen de las escuelas y de las academias (téngase presente que fueron los poetas antes que los profesionales de la filosofía los que primero reconocieron el valor de su pensamiento), y, sobre todo, se hermana, a través de la reivindicación de la razón poética, de su abrazo integrador, de su opción por los saberes vencidos y humillados por el peso de la historia, con toda la tradición del pensamiento exiliado y de los exiliados de la Gran Filosofía, tradición que reivindica como pocos y ayuda a reconstruir en aras de una nueva historia para un nuevo futuro.

Exilio también, de algún modo, el que incumbe sobre sus alumnos y discípulos, en cuyas manos ella depositó las esperanzas de un pensamiento por completar. Evitemos los nombres, pero digamos con fuerza que, en este año de balances del zambranismo, en varias ocasiones, demasiadas para ser, sin más, simplemente tolerable, al amparo que suelen dar ciertas posiciones académicas, o una tan presunta y presuntuosa como falsa e inconsistente «cientificidad», al amparo de todo ello, pues, se ha practicado con impiedad el ninguneo de una serie de personas cuya culpa por la que ahora les pasan factura es la de haber pertenecido al círculo de las amistades efectivas y verdaderas de los últimos años de María Zambrano, cuando ni la Academia ni la «ciencia universitaria» prestaban aún más que un simple interés exótico por el pensamiento zambraniano. La labor como estudiosos de estas personas, como la de todos, es y debe ser susceptible de crítica, claro está, pero a esa labor hay que reconocerle el mérito de haber apostado por el pensamiento de María Zambrano cuando éste era aún un riesgo evidente y no poseía aún la fácil contrapartida del reconocimiento de un valor académico. Algunos apostaron en ello la vida, y otros, o los mismos, que para el caso es igual, han pagado por ello un precio profesional alto en exceso, quedando por ello, precisamente por ello, fuera de la Academia. En su favor conviene recordar aquí que la obra de María Zambrano se hizo siempre fuera de la Academia, a veces, incluso, en contra de ella, y acaso hoy mismo se siga entendiendo mucho mejor fuera de ella.

María Zambrano es hoy nuestra filósofa con mayor proyección internacional, la obra que mayor interés filosófico suscita fuera de nuestras fronteras. Sus libros están ya (o están siendo) traducidos a las principales lenguas extranjeras, y en cada uno de estos ámbitos culturales distintos del nuestro personalidades relevantes del mundo intelectual han empezado a dedicarle una mirada llena de interés. Representa, pues, una ocasión inmejorable, y no sólo como afirmación de su propio pensamiento al lado de los grandes pensadores del siglo xx, sino también para abrir paso a la defensa y difusión de la tradición filosófica hispánica. María Zambrano puede ser hoy una suerte de ventana capaz de permitir que desde fuera nos miren adentro (y que nos miren mejor de lo que hasta ahora lo han hecho, mostrando que lo que aquí ha habido no es precisamente un desierto filosófico o un desarrollo insuficiente de la filosofía, sino más bien el ejercicio y la práctica de modos de pensar ajenos al modo racionalista de pensar dominante en la modernidad europea) y, a la vez, que desde dentro salgamos afuera y seamos por fin capaces de romper el aislamiento y postergación de nuestro pasado filosófico enganchándolo con las líneas maestras del pensamiento moderno. Y podría ser también una ventana interior, una ventana para mirarnos dentro, para vernos mejor a nosotros mismos, para reconocernos en la asunción de una experiencia trágica marcada por el desgarro y por el olvido, en el gesto que abraza un destino adverso, en la palabra que se lanza históricamente contra la historia. María Zambrano nos pertenece, y nosotros, de algún modo, también le pertenecemos. Desatender este encuentro acaso pueda significar una íntima traición a nuestras posibilidades de futuro.

Flecha hacia la izquierda (anterior) Flecha hacia arriba (subir) Flecha hacia la derecha (siguiente)
Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es